Opinión

Los Zetas Inc · Guadalupe Correa-Cabrera

Entre las transnacionales y el narco

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ADELANTOS EDITORIALES

Uno de los cárteles más sanguinarios del país, los Zetas, ha conseguido una posición dominante no solo por ese poder brutal que ejerce, sino por las prácticas de negocios que lo acercan más al comportamiento de una empresa.

Esa es la impactante conclusión a la que llega Guadalupe Correa-Cabrera, profesora asociada de la Escuela Schar de Política y Gobierno en la Universidad de George Mason (antes profesora asociada de Asuntos Públicos y Estudios de Seguridad en la Universidad de Texas del Valle del Río Grande).

Por medio de un reportaje profusamente documentado, la académica lleva al lector por cómo este cártel, inicialmente formado por exmilitares que servían como sicarios, ha podido organizar cada una de sus prácticas comerciales que incluyen el contrabando, los secuestros y la piratería de música y películas.

Mención aparte merece la incursión de los Zetas en el comercio del petróleo crudo, el gas natural y la gasolina, no solo por medio del robo o saqueo, sino también con el uso de empresas fachada que se aprovechan de los cambios en la legislación del sector energético.

Además, la autora afirma que la estrategia gubernamental de enfrentar al narco por medio de las armas, contribuyó a que la situación en el país se asemeje al de una guerra civil que arroja beneficios económicos para algunos. Entre ellos, las compañías productoras de armamento, el sistema bancario internacional  y las compañías internacionales de petróleo y gas.

Una investigación puntual que desvela las claves para entender una estructura con la cual esta facción del crimen organizado ha pasado a convertirse, prácticamente, en un nuevo tipo de corporativo transnacional.

Adelanto del libro Los Zetas Inc, de Guadalupe Correa- Cabrera (temas’de hoy.) © 2018, cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Guadalupe Correa-Cabrera. Doctora en Ciencias Políticas (The New School for Social Research). Es profesora asociada en la Escuela de Política y Gobierno Schar de la Universidad George Mason. Sus áreas de especialización son las relaciones México-Estados Unidos, el crimen organizado, la inmigración, la seguridad fronteriza y la trata de personas.

Cruzar el umbral al Medio Oriente

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CAPÍTULO 1

Los orígenes de los Zetas

Este capítulo explica cómo iniciaron los Zetas —como el brazo armado del Cártel del Golfo (CDG)— y describe la formación de la Compañía. También examina la batalla por el control de Tamaulipas entre esta sociedad criminal y La Federación, una alianza formada por el Cártel de Sinaloa y otras agrupaciones criminales. Adicionalmente, el capítulo ilustra la excepcionalidad de los Zetas, las victorias iniciales en contra de la Federación y su independencia final del Cártel del Golfo. La resultante autonomía de los Zetas implicó la creación de una organización criminal transnacional (OCT) sumamente exitosa y extremadamente violenta que ha transformado el rostro del crimen organizado en México y otras partes del hemisferio.

El Cártel del Golfo

Tamaulipas-Texas: una frontera estratégica

Con una larga línea divisoria con Texas y una línea costera extensa, el estado mexicano de Tamaulipas tiene una de las fronteras más dinámicas en Latinoamérica. Tan sólo la aduana de Nuevo Laredo maneja aproximadamente 40% del comercio entre México y Estados Unidos, y los tres principales puertos marítimos de Tamaulipas alojan a más de la mitad de los barcos cuyo destino es el mercado europeo (Alvarado 2012, párr. 19). Dada su ubicación, el estado se encuentra en una posición natural para desempeñar un papel clave en el tráfico de drogas y el tráfico ilegal de personas hacia el norte, a Estados Unidos, y en el tráfico de armas hacia el sur, a México y Centroamérica. Sus principales ciudades fronterizas (Nuevo Laredo, Miguel Alemán, Reynosa, Río Bravo y Matamoros) son los puntos más cercanos de entrada para los traficantes que importan cargamentos ilícitos a través de los puertos marítimos en los estados de Quintana Roo y Yucatán y a lo largo del Golfo de México, así como a través de los importantes puertos que se encuentran en el Pacífico.

Con una ubicación tan estratégica, en Tamaulipas las actividades de tráfico ilegal inevitablemente se desarrollaron y proliferaron junto con actividades comerciales legales. Esto no sólo generó violentas disputas por la tierra sino que también rejuveneció «antiguas y violentas confrontaciones políticas por el control de todo [lo] transportado a través de este territorio» (Alvarado 2012, párr. 20).1 A medida que el comercio a lo largo de la frontera creció, especialmente el comercio ilegal, el crimen organizado se enquistó en el estado. De acuerdo con el consultor de seguridad y exfuncionario de inteligencia Eduardo Guerrero (2014a, párr. 42), «La forma y el tamaño de la frontera [de Tamaulipas] alentó las actividades de tráfico ilegal, y, así, apareció ahí inicialmente una organización poderosa y cohesionada con un fuerte liderazgo, la génesis del Cártel del Golfo». Este grupo criminal «no sólo fue un pionero en el tráfico de drogas a gran escala, sino que también fue un vanguardista en el desarrollo de un brazo armado con disciplina militar y una elevada potencia de fuego» (párr. 42).

Los orígenes del Cártel del Golfo

La agricultura y la manufactura (maquila) han sido durante mucho tiempo las principales fuentes de desarrollo legítimo en Tamaulipas. Sin embargo, durante el último siglo, el tráfico de drogas comenzó a ser un factor clave en la economía del estado, y el Cártel del Golfo fue un actor importante. Esta organización criminal surgió en la ciudad de Matamoros y, con el tiempo, dominó las actividades ilegales claves y el crimen organizado en Tamaulipas durante varias décadas (Correa-Cabrera 2014c). Sus orígenes pueden rastrearse hasta la década de 1930, cuando Juan N. (Nepomuceno) Guerra comenzó a traficar whisky hacia Estados Unidos durante la Prohibición. A partir del whisky, Guerra extendió sus operaciones para incluir muchos otros productos, entre ellos alcohol, cigarros, ropa, autos, maquinaria y artículos electrónicos. En las décadas que siguieron agregó a su portafolios las apuestas, la prostitución y el robo de autos. En general, Guerra no era considerado un capo de la droga (narcotraficante), sino más bien un contrabandista.2 Su organización, que posteriormente se convertiría en el CDG, comenzó a crecer y con el tiempo se convirtió en una «empresa criminal rentable» (Tabor 2014, párr. 7). En este proceso, Guerra comenzó a construir una compleja red de relaciones con políticos y funcionarios en todos los niveles de gobierno y en ambos lados de la frontera (Flores 2013b).

Detrás de la historia contemporánea de Tamaulipas, de acuerdo con el profesor Israel Covarrubias, se encuentra una compleja «historia de élites políticas y empresariales que alentaron los negocios criminales durante décadas», haciendo de este estado una especie de «cápsula del tiempo», en la cual la ausencia de democracia y transferencia del poder promovió la monopolización de los recursos económicos. Bajo semejantes condiciones, un «sistema de violencia feudal fue impulsado no sólo por miembros del crimen organizado, sino por funcionarios públicos actuales y anteriores a niveles muy elevados» (citado en Alvarado 2012, párrs. 5 y 6).

Guerra inició la moda de mezclarse con las élites y estableció una enorme red de contactos políticos en el noreste de México. Mantuvo una amistad cercana con influyentes líderes sindicales de la región y con exgobernadores de Tamaulipas, incluyendo a Praxedis Balboa (1963-1969), Enrique Cárdenas (1975-1981) y Emilio Martínez Manatou (1981-1987).3 Esta red incluía no sólo a figuras políticas locales, sino también a líderes influyentes a nivel nacional como el dirigente sindical Joaquín Hernández Galicia (alias La Quina) y Raúl Salinas Lozano, exsecretario de Industria y Comercio y padre del expresidente Carlos Salinas de Gortari (Guerrero 2014a, párr. 3).

El Capo del Golfo

La organización de Guerra creció considerablemente y se volvió extremadamente influyente en los mercados ilícitos de Tamaulipas y el Golfo de México. Sin embargo, a mediados de los años 1980 —cuando la frontera de Tamaulipas se convirtió en un corredor estratégico de tráfico de drogas que, finalmente, facilitaría la llegada de los narcóticos a la Costa Este de Estados Unidos— la expansión del grupo se aceleró espectacularmente. «Debido a los éxitos de interdicción por parte de Estados Unidos en el Caribe durante [finales de la década de 1980] y la década

de 1990, México [se convirtió] en la más importante estación de paso para la cocaína y heroína producidas en los Andes, y [siguió siendo] un importante productor de marihuana y metanfetaminas» (Brands 2009a, párr. 4). Al mismo tiempo, la naturaleza y permeabilidad de la frontera entre México y Estados Unidos permitió «un fácil tránsito hacia Estados Unidos», y la tajada de México en lo relacionado con el comercio de las drogas creció ininterrumpidamente.4 Este crecimiento considerable del tráfico de drogas a lo largo de la frontera norte de México se hizo especialmente visible en la parte este de la frontera entre México y Estados Unidos, en la frontera Tamaulipas-Texas, un área que parecía estar abandonada u olvidada por las autoridades. Muy pocos analistas, creadores de políticas públicas y autoridades de seguridad pública prestaban atención a lo que estaba ocurriendo ahí, particularmente las actividades y flujos de comercio ilícitos.

Durante esta época, los traficantes de drogas colombianos comenzaron a establecer importantes alianzas con sus contrapartes mexicanas como respuesta a una creciente demanda de sustancias ilícitas. En este nuevo contexto, Juan García Ábrego, el sobrino y sucesor de Juan N. Guerra, negoció con los hermanos Rodríguez-Orijuela, del Cártel de Cali, y acordaron transportar drogas desde la frontera sur de México hasta Texas a cambio de la mitad de cada cargamento. Como afirma el escritor Damon Tabor (2014, 7): «Fue un acuerdo más riesgoso, pero inmensamente más rentable, y, al final, dio nacimiento a una de las primeras organizaciones importantes de narcóticos de México: el Cártel del Golfo». Estas nuevas operaciones requerirían una coordinación logística a una mayor escala, la adquisición de aviones y otros equipos sofisticados, la construcción de pistas de aterrizaje, bodegas clandestinas y acuerdos para sobornar a las autoridades de seguridad pública a lo largo de la frontera sur, en el noreste de México y a lo largo de la región del Golfo de México (Guerrero 2014a, 5).

Conocido por algunos como «El Capo del Golfo», Juan García Ábrego hizo prosperar el negocio de su tío introduciendo el tráfico de drogas a gran escala. El negocio de las drogas se volvió particularmente rentable hacia finales de la década de 1980 y en la de 1990, un periodo durante el cual el Cártel del Golfo estaba introduciendo cocaína, marihuana, metanfetaminas y heroína a ciudades estadounidenses importantes. Se estima que hacia el final de ese periodo el ingreso anual del CDG por llevar a cabo esta actividad fue de aproximadamente 20 000 millones de dólares: irónicamente, la misma suma de dinero que Estados Unidos prestó a México para superar la crisis financiera de 1995 (Muñoz 1996, párr. 4). Para mediados de la década de 1990, la organización había crecido considerablemente y había consolidado su posición en la región de Tamaulipas, gracias a las relaciones políticas que Juan N. Guerra comenzó a forjar y García Ábrego extendió y fortaleció. El CDG creó gradualmente una compleja red de corrupción que involucraba al crimen organizado y autoridades gubernamentales de Tamaulipas (Alvarado 2012; Flores 2013b). Esta red de corrupción incluía a funcionarios gubernamentales de todos los niveles del gobierno estatal y local. Incluso se forjaron vínculos cercanos entre el CDG y el gobierno federal, incluyendo la rama ejecutiva.5

De hecho, el crecimiento exponencial del Cártel del Golfo no fue únicamente resultado de la visión o las capacidades de liderazgo de García Ábrego. La complicidad de políticos claves y la participación de la policía de todos los niveles en las operaciones de tráfico de drogas fueron cruciales y permitieron que el capo de la droga del CDG controlara aproximadamente 30% de la cocaína que cruzaba hacia Estados Unidos por tierra a mediados de la década de 1990. Algunos calcularon que quienes estuvieron involucrados en el negocio del tráfico de drogas durante esa época gastaron aproximadamente 500 millones de dólares al año en sobornos asignados a todos los niveles del gobierno mexicano (Muñoz 1996, párr. 3). El CDG, en alianza con el gobierno de Tamaulipas, también logró obtener casi el control total de los medios de comunicación para forzar la cooperación entre los disidentes (Correa-Cabrera y Nava 2013).

En resumen, las autoridades locales y otras figuras sociales y políticas claves colaboraron muy de cerca con este grupo dedicado al tráfico de drogas. Con sus prácticas intimidantes, la organización se convirtió en un actor criminal predominante que disfrutaba de lazos estrechos con funcionarios corruptos a todos los niveles de gobierno, periodistas, empresarios, migrantes y pandillas, así como con otros grupos vinculados con el crimen organizado en Estados Unidos (Flores 2013b). En los años venideros, el Cártel del Golfo «dejaría de ser una organización criminal regional que actuaba como una subsidiaria de los cárteles de la droga colombianos para convertirse en un actor clave en el negocio transnacional del tráfico de drogas» (Guerrero 2014a, párr. 5).

La Compañía: Historia, aliados y enemigos

Osiel Cárdenas y los Zetas: los orígenes de la Compañía

En 1996, García Ábrego fue capturado y deportado a Estados Unidos.6 Su sucesor indirecto fue Osiel Cárdenas (alias el Mata-Amigos), un hombre que transformaría el panorama del crimen organizado en México.7 El liderazgo y la estrategia de Cárdenas ayudaron a fortalecer el monopolio local del Cártel del Golfo sobre las actividades ilegales, al tiempo que continuaron diversificando sus fuentes de ingresos. El estilo del liderazgo de Cárdenas, sin embargo, fue distinto al de su predecesor, en parte debido a que no tenía los mismos mecanismos de control que García Ábrego, el cual favorecía el extenso uso de las redes de protección gubernamental combinado con una violencia quirúrgica de bajo perfil (Flores 2013b).

Cárdenas, que alguna vez fue mecánico en Matamoros, consolidó su poder en la organización a través del uso generalizado de la violencia y, en particular, a través de la introducción de los Zetas a finales de la década de 1990 como los ejecutores armados del Cártel del Golfo.8

Los miembros de este grupo de sicarios estaban «altamente entrenados y eran totalmente eficientes». El grupo se creó para apoderarse del territorio y eliminar a los rivales, y supuestamente tomó su nombre de la señal utilizada durante las llamadas telefónicas militares del primer comandante (Tabor 2014, párr. 8). Según la mayoría de los reportes, el grupo inicialmente estaba compuesto por Arturo Guzmán Decena (alias el Z-1) y treinta miembros del Ejército mexicano, muchos de los cuales venían de fuera de Tamaulipas. Se trataba de desertores que pertenecían a las fuerzas de élite.9 Estaban entrenados en el uso de equipo militar altamente especializado, así como en las operaciones de contrainsurgencia.10 De acuerdo con algunos informes, recibieron entrenamiento de gobiernos extranjeros en Estados Unidos, Israel y otros países (Rodríguez 2006, párr. 8).11 Muchos consideran a los Zetas como un grupo paramilitar (Correa-Cabrera 2014c; Paley 2014). Originalmente trabajaron como asesinos a sueldo y guardaespaldas. El periodista mexicano Ricardo Ravelo (2009) se refiere a ellos como una especie de «Guardia Pretoriana»,12 la cual, al principio, seguía las órdenes de Osiel Cárdenas y lo protegía.13 Debido a las precarias condiciones laborales y salarios del personal militar en México, este grupo floreció rápidamente. Como Marco A. Rodríguez (2006, párr. 10) reconoce, el grupo de asesinos más violento y peligroso en la historia del tráfico de drogas en México «pasó de combatir a los narcos en la frontera a trabajar para ellos. Era mucho más rentable».

La introducción de los Zetas estaba destinada a cambiar el panorama del tráfico de estupefacientes en México, así como las formas en las que el crimen organizado opera en el país. Al introducir a este grupo criminal en el negocio, el Cártel del Golfo aseguró su dominio de las actividades ilegales en Tamaulipas a «sangre y fuego» (Nava 2011, 16). El experto en seguridad Robert Bunker reconoce que «antes de los Zetas, básicamente se trataba de soldados de a pie y sicarios de baja calidad […] Lo que los Zetas trajeron a la mesa fue esa capacidad operativa [militar]. Los otros cárteles no sabían nada de esto. Revolucionó el panorama completo» (citado en Tabor 2014, párr. 8). Guerrero (2014a, párr. 14) hizo notar que «la aparición de los Zetas representó un cambio paradigmático en la operación de los grupos dedicados al tráfico de drogas, ya que inauguró una fase especial en la construcción de ejércitos criminales profesionales». Desde su punto de vista, fue fácil para los otros grupos observar las formas en que los Zetas ayudaron a Osiel Cárdenas y al CDG a consolidar su poder en Tamaulipas, así como a extender su influencia sobre el resto del Golfo de México y partes de la frontera sur del país.

La expansión de los Zetas en el estado de Tamaulipas comenzó con la incorporación de mercenarios procedentes de Matamoros, quienes después empezaron a operar a lo largo de la frontera con Texas. De forma subsecuente, la influencia del grupo se expandió a otras partes del estado y luego a otros estados vecinos. Las prácticas y tácticas de los Zetas, así como su «política de muerte», los ayudó a eliminar enemigos y a incorporar en su estructura todo tipo de negocios ilegales y grupos locales más pequeños del crimen organizado. La organización adoptó políticas y estrategias empresariales y se convirtió en una especie de monopolio criminal que, con el paso del tiempo, reproduciría el modelo de una corporación con múltiples subsidiarias; esto es, con muchos negocios relacionados con actividades criminales (véanse capítulo 3 y apéndice 5).

De acuerdo con los reportes e investigaciones de inteligencia militar que llevó a cabo lo que alguna vez se denominó la Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada (UEDO),14 los Zetas pudieron detener la entrada de otras organizaciones criminales poderosas —tales como el Cártel de Juárez y el Cártel de Sinaloa— a ciudades claves a lo largo de la frontera de Tamaulipas gracias al uso de tácticas paramilitares (Pineda 2003, párr. 5). Una de las plazas más disputadas fue la estratégica ciudad de Nuevo Laredo,15 «la ciudad que se asienta directamente a lo largo de la frontera desde la Interestatal 35, la principal arteria que va de norte a sur en Estados Unidos» (Brands 2009a). De hecho, proteger esta plaza clave fue una de las principales razones por las que Osiel Cárdenas estableció por vez primera contacto con un pequeño grupo de exmiembros de las Fuerzas Armadas mexicanas altamente entrenados y les solicitó su ayuda.

La ciudad capital de los Zetas

Nuevo Laredo, Tamaulipas, puede denominarse «la ciudad capital de los Zetas». Es «el cruce de carga más transitado de Estados Unidos a México, y ese pesado flujo de tráfico permite que una enorme cantidad de cargamentos de contrabando se oculten junto con productos legítimos» (Stewart y Reed 2013, párr. 19). La ciudad es considerada la joya de la corona en el mundo del tráfico de estupefacientes debido a su ubicación estratégica y su ajetreada aduana, lo cual facilita el tráfico de diversas sustancias y bienes, incluyendo armas, personas y drogas. Se estima que Nuevo Laredo maneja aproximadamente 40% del volumen total del comercio entre México y Estados Unidos. Más de 8 000 vehículos y 300 000 personas cruzan en promedio cada día los puentes internacionales que conectan esta ciudad con Texas.16 Inspeccionar minuciosamente todos los autos, camiones y personas que cruzan este segmento de la frontera es prácticamente imposible. De acuerdo con el periodista Alberto Nájar (2005), los agentes aduanales tienen aproximadamente 10.6 segundos para revisar cada uno de los vehículos que cruzan la frontera y sólo 3.4 segundos en el caso de los peatones, todo esto en un día laboral de 24 horas. Las limitaciones en términos de tiempo y recursos para propósitos de gestión de la frontera permiten que crucen en ambas direcciones cantidades considerables de drogas, armas y dinero.

Al ser un lugar tan privilegiado para los traficantes, Nuevo Laredo estuvo profundamente disputado, particularmente después de la detención de Juan García Ábrego en 1996. En esa época, otras organizaciones de tráfico de drogas (OCT), como el Cártel de Sinaloa, intentaron desplazar al Cártel del Golfo para ejercer control sobre este valioso territorio fronterizo (Nájar 2005). Desde finales de la década de 1990 en adelante, con la creación de los Zetas, el noreste de México, y la frontera de Tamaulipas en particular, experimentaron un aumento espectacular en la violencia relacionada con las drogas. Se decía que «el derramamiento de sangre que siguió no fue en ninguna parte más intenso que en Nuevo Laredo» (Brands 2009a, párr. 6). Cárdenas utilizó a los Zetas para proteger este valioso territorio, así como para fortalecer las operaciones del Cártel del Golfo en ese lugar y para intimidar o eliminar a sus principales rivales. El profesor Hal Brands (2009a, párr. 8) explica este proceso como sigue:

Cárdenas inicialmente empleó a los Zetas como asesinos a sueldo y mantuvo un firme control sobre el grupo y sus actividades. Encargó a los Zetas la protección de su territorio en Nuevo Laredo, el asesinato o la intimidación de sus competidores y acompañar los envíos de droga a la frontera con Estados Unidos. Aparentemente también utilizó a los Zetas como su servicio personal de protección, haciendo del grupo un bien inmensamente valioso en una época en la que los capos de la droga tales como Cárdenas estaban cayendo cada vez más víctimas de la violencia que ellos mismos habían generado.

El periodista Manuel Pineda (2003) informó que el nombre «Zetas» se mencionó por vez primera en Nuevo Laredo el 27 de enero de 2002, varios meses antes de su primera aparición pública en Matamoros. En esa fecha, un poco antes de la medianoche, un convoy formado por al menos doce vehículos deportivos utilitarios entró en la ciudad y esperó frente a la iglesia de El Santo Nino. Los miembros del convoy se comunicaban a través de radiofrecuencias y se identificaban a sí mismos utilizando la letra Z y un número,

Una compañía exitosa con aliados «oficiales»

A medida que el poder de los Zetas aumentó, el grupo se volvió más independiente y estableció una alianza informal con el Cartel del Golfo. Juntos comenzaron a ser conocidos como la Compañía. El proceso de transformación económica que permitió que la Compañía se formara y tuviera éxito coincidió con un proceso de importante transformación política y económica en México. Las denominadas reformas neoliberales se implementaron en la segunda mitad de la década de 1990. Estas reformas se aceleraron después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) e incluyeron la privatización y políticas de libre comercio (0 una menor intervención gubernamental en la economía). Tuvieron un impacto sobre las agrupaciones criminales, permitiéndoles diversificar sus actividades y operar más como corporaciones transnacionales modernas con un menor control centralizado por parte del gobierno.