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Los hijos del rey vikingo • Lasse Holm

Ragnar, el rey vikingo, ha sido brutalmente asesinado. Pero sus cinco hijos siguen con vida. Y claman venganza.

Por ADELANTOS EDITORIALES 20/04/2019 00:00 a.m.


Primavera 866. Un pueblo del norte de Inglaterra es atacado por los vikingos. El ataque no ha sido una casualidad: Bjørn, Ivar, Sigurd, Ubbe y Halfdan, los cinco hijos de Ragnar Lothbrok, el primer rey vikingo, han desembarcado en Inglaterra para vengar a su padre, que fue capturado por el rey de los ingleses y arrojado a un pozo de serpientes venenosas.

En sus últimas palabras antes de morir aseguró que sus cachorros lo vengarían. Y la venganza acaba de empezar.

Una épica aventura histórica para los fans de Vikingos o de Juego de tronos.

Fragmento del libro Los hijos del Rey Vikingo, de Lasse Holm. © 2019, Editorial Espasa. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Lasse Holm (1968) es un autor danés muy conocido en su país por sus novelas históricas sobre la época romana y griega. Diseñador gráfico de formación, ilustra él mismo sus propias novelas con mapas de territorios, ciudades y batallas.

Los hijos del rey vikingo | Lasse Holm

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Los hijos del rey vikingo

VENGANZA

2

La pregunta del gigante de barba gris fue el inicio de los viajes de mi larga vida, que hicieron que dejara de ser un joven solitario, traicionado y abandonado por todos para convertirme en un fuerte y poderoso conde con un ejército personal de trescientos hombres.

He participado en expediciones a lejanos reinos. He visto ponerse el sol sobre los tejados y capiteles de Miklagård. He pasado mis manos entre la hierba de las interminables estepas rusas, caminado por las altas monta­ ñas noruegas, he visto un volcán escupir humo y piedras incandescentes por encima del hosco paisaje islandés, he comandado a millares de guerreros en batallas tan grandes y sangrientas que sólo unos pocos atisban su alcance y crueldad. He vivido más experiencias que la mayoría. No me quedo a la zaga del emperador del poderoso reino de los francos ni en riqueza ni en renombre. Y sin embargo sé, mientras escribo estas líneas en el atardecer de mi vida, que jamás he sentido nada tan in­ tenso como la alegría de vivir que me invadió cuando, de pie sobre el barril con la soga al cuello en aquella mísera aldea sajona, comprendí que había salvado la vida gracias a una casualidad inverosímil que sólo podía achacarse a la intervención de los dioses, de cuya benevolencia yo gozaba en ese instante, pues los nórdicos, que de tiempo en tiempo asolaban la comarca, nunca antes habían hablado sajón, del mismo modo que rara vez prestaban atención a los míseros campesinos y sus magras cosechas. Su meta siempre fueron los monasterios con sus reliquias de plata, así como las abundantes provisiones y animales domésticos de las enormes granjas de los ealdormen. La pregunta del hombre de la barba gris fue tan inesperada como insólita la masacre en la aldea. Me esforcé por responderle de un modo que pudiera despertar su interés.

—Si tengo elección, elijo vivir.

Por vez primera rastreé una emoción en su mirada.

Era sorpresa.

—¿Cómo es que hablas nuestra lengua? —preguntó.

—¿La respuesta a esa pregunta será lo que pueda salvarme?

—Difícilmente —gruñó—. Pero a lo mejor lo hacen tus conocimientos de la zona. ¿Conoces la ciudad de tu rey?

Yo aún tenía la soga alrededor del cuello. El pie derecho del gigante de barba gris acariciaba el barril. No tardé demasiado en responder.

—Nosotros  los  sajones  llamamos  a  la  ciudad  Eoforwic. Y por supuesto que la conozco. Conozco cada camino y sendero de Northumbria. —Me contemplaba con mirada dubitativa, así que exageré—. De hecho, he viajado por todo el país de los anglos.

Mi empleo de la terminología propia de los nórdicos para referirse a Inglaterra no convenció al tipo de barba gris. Quizá él supiera que únicamente los thegns y aquellos que poseían condados tenían permiso para desplazarse fuera de sus tierras. El barril crujía bajo mis pies. El nudo me apretaba el cuello.

—El monasterio de San Cuthbert en Creca está mucho más cerca que Eoforwic —continué, con miedo de que el favor de los dioses hubiera sido breve y pasajero como sucede en demasiadas ocasiones—. Es el monasterio más rico de la comarca. Los monjes poseen reliquias de plata maciza. Tapas de libros cubiertas de piedras preciosas. Cálices bañados en oro y cuentas de vidrio.

—Vamos a verlo.

El rostro del gigante de barba gris permaneció neutro. Reflexionó un instante antes de voltearse y llamar.

—¡Ylva!

Se acercó un guerrero de anchas espaldas, el único del grupo que no tenía barba, y cuyo pelo rubio asomaba bajo el borde de su casco.

—Ylva, ¿cuál es la situación actual de los tesoros del monasterio de San Cuthbert?

Es cosa bien sabida que los nórdicos tenían nombres raros, de manera que no fue hasta el momento en que respondió el barbilampiño cuando abrí los ojos como platos. Su voz era clara y cantarina. Pertenecía a una mujer.

—Sus bandejas adornan las paredes de nuestro vestíbulo —dijo ella—. De los cálices bebo mi hidromiel todos los inviernos. Mi madre utiliza el relicario de plata con la gema roja para sus cosas personales, y frente al gran espejo de bronce se sienta mi hermana cada mañana durante largo rato, aunque en ella no es cosa digna de asombro. ¿Por qué te interesa?

Mientras la mujer hablaba se había quitado su casco revelando que estaba lejos de ser una belleza. Su rostro era tosco y anguloso, las mejillas tenían cicatrices, los ojos pequeños estaban demasiado juntos. El tórax plano no revelaba forma alguna bajo la cota de malla y tampoco parecía muy joven. Calculé que andaría por la mitad de la veintena.

—Porque aquí el mozo campesino afirma —respondió el de barba gris— que a los monjes de San Cuthbert les quedan todavía más bienes de los que te llevaste hace diez años.

Ahora yo gozaba además de la atención del resto. El grupo estaba reunido bajo el roble y me observaba asombrado, a pesar de no ser yo ni por asomo una visión tan peculiar como ellos mismos.

Los hombres eran barbudos de pelo largo. Su ropa y pertrechos atestiguaban los múltiples y azarosos saqueos. Algunos llevaban la cabeza cubierta con objetos imprecisos, abollados y agujereados, otros iban a cabeza descubierta, mientras que algunos más, como Ylva y el guerrero de barba gris, portaban distinguidos cascos con adornos y protección sobre los ojos. Sus armas eran tan dispares como su vestimenta; historiadas hachas de hierro nórdicas y lanzas colgaban de las manazas callosas junto a elegantes espadas de acero francas o irlandesas con mangos en forma de cruz dentro de fundas plateadas. Si el grupo no acabara de aniquilar a la población entera de una aldea hacía unos instantes, se les podría haber tomado por una tropa ambulante de saltimbanquis.

—¿Podría haber más tesoros en el monasterio? —preguntó Ylva mientras se rascaba la indómita mata de pelo rubio. Sonrió con una hilera de enormes dientes irregulares cuando se dio cuenta de mi sorpresa por su condición sexual.

—Los monjes tienen una cripta secreta —respondí yo— donde guardan las reliquias de mayor valor y dejan a la vista algunas bagatelas para engañar a los ladrones.

—Quizá valdría la pena llegar hasta el fondo de esta historia —dijo ella con algo en la mirada que parecía hambre.

—Desde luego que sí —gruñó el gigante de la barba gris—, y muchos otros aparte de ti se alegrarían de ello. Pero nuestra misión aquí es distinta, por eso será mejor que tú y el resto de los curiosos se moderen, dejando a los monjes en paz hasta más adelante. —Alzó la voz para dirigirse a todos—. ¿De acuerdo, muchachos?

La tropa rezongó y asintió de mala gana. Ylva fue la única que protestó. Su saya de cuero crujió al cruzarse de brazos. Por fuera de las largas mangas refulgían al sol las esclavas de plata.

—Si los monjes guardan más tesoros, nos pertenecen a mis escoltas noruegos y a mí, que los saqueamos hace diez años sin llevárnoslo todo. Sería injusto que ahora tuviéramos que repartirlo con otros.

El tipo de barba gris entornó los ojos para mirar a la mujer de anchas espaldas.

—El botín —ronroneó él de forma pausada— que en aquella ocasión lograste llevarte a casa te pertenece mientras lo puedas mantener. El que dejaste aquí en Inglaterra es de cualquiera. Te recuerdo que hiciste el mismo juramento que los demás. Si lo rompes, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Ylva y el guerrero de la barba gris se miraron fija­ mente un rato. La mirada de él era firme e inescrutable. La de ella estaba llena de reflexiones y reparos. Por fin Ylva abrió los brazos.

—Es una suerte —dijo ella— que sea tan mansa. Otro podría tomarse a mal esa manera de hablar y retarte a duelo con facilidad.

—Entonces tu mansedumbre nos beneficia a ambos —respondió él—, porque los desafíos suponen a menudo un importante problema para la parte ganadora a la hora de compensar a la familia del perdedor. Aunque al menos en tu caso no se podría hablar de la obligación de resarcir por el varón.

Por un instante estuve convencido de que Ylva iba a sacar la espada, pero se tragó su ira y dijo:

—Me encargaré gustosa del prisionero procurando que no se escape.

—Ya me lo figuro. Sin embargo, creo que otro guardián será el más indicado para nuestro objetivo común.

—Sin apartar de ella la mirada gritó—: ¡Hastein! Ven.

El silencio siguió al grito. El resto de los hombres miró alrededor con ojos interrogantes.

—¡Hastein! —bramó de nuevo el gigante.

Una esbelta silueta se tambaleó hasta la luz a través de la pequeña puerta de la herrería. Un joven de mi edad se sujetaba las calzas con una mano, mientras con la otra palpaba su espada, apoyada en la puerta.

—¿Qué haces ahí dentro, Hastein?

La piel del rostro del jovencito era lisa y delicada. Los pelos diseminados de la barba que se concentraban en el mentón y la larga cabellera que asomaba bajo el borde del casco tenían el color del heno. Vaciló, pero al fin introdujo el brazo detrás de la puerta y sacó a una mujer. Jadeé de forma involuntaria al ver a Bella, la hija de Al­ ton, el herrero de la aldea, y su proporcionado rostro ovalado con la pequeña nariz, los gruesos labios, los enormes ojos azules y la larga cabellera oscura. Había permanecido escondida en la herrería de su padre du­ rante la invasión. Pero finalmente el destino la había alcanzado.

El de la barba gris bajó de la colina con un pesado contoneo y se detuvo a escasos pasos de la dispar pareja, entonces examinó a Bella.

—¿Es virgen la muchacha? —preguntó.

—No lo sé. —Una pícara sonrisa se deslizó por los finos labios del joven—. Bueno, no me diste tiempo suficiente de abalanzarme sobre ella y averiguarlo. Pero en seguida me ocupo de la cuestión.

Bella se encogió sin entender sus palabras, aterrada por los cadáveres que yacían frente a ella.

—Ylva —dijo el de la barba gris por encima del hombro—, de todas formas voy a asignarte una tarea. Encárgate de la joven.

La guerrera asintió en silencio, se aproximó y cerró su manaza en torno al fino brazo de Bella. Su gesto de confianza la llevó a resignarse. Las dos mujeres se detuvieron, ya que Hastein sujetaba el otro brazo de Bella.

—Fui yo quien la encontró —dijo él asiendo con su mano libre la empuñadura de la espada—. Es mi botín.

En la mirada que el gigante de barba gris dirigió a Hastein no había la misma amenaza que en la que un momento antes había clavado en Ylva. Más bien parecía como si al enorme caudillo barrigón le divirtiera la rebeldía del joven.

—Muy bien —resolvió—. Ya que fuiste tan perspicaz de registrar las casas, mereces conservar lo que encontraste. Pero si ella es virgen, tendrás que conformarte con menos, y tú sabes bien por qué. Entretanto tengo otro encargo para ti.

Una vez dirimido el asunto, Hastein se mostró ansioso por responder a la confianza que se había puesto en él. Atravesó, junto al de barba gris, el grupo de guerreros para llegar hasta mí debajo del roble.

—Parece que hubiera pasado por la hoguera —dijo al observar las heridas aún abiertas de las quemaduras en mis manos, mi ropa chamuscada y el pelo erizado don­ de las llamas lo habían lamido—. ¿Por qué lo iban a colgar?

—No importan las cuentas que los sajones tuvieran pendientes con él. Conoce los alrededores y habla nuestra lengua. Bájalo de ahí y vigílalo bien.

—Confía en mí, Bjørn Costado de Hierro. El nombre me dejó de una pieza.

Mientras Hastein retiraba la soga de mi cuello y los demás nórdicos arrojaban con movimientos negligentes leños ardiendo desde los hogares de las chozas a los techados de paja, yo sólo tenía ojos para el caudillo barrigón que caminaba por la zona dirigiendo la devastación.

Si el gigante de barba gris era el renombrado Bjørn Costado de Hierro, cuyas incursiones para saquear la capital del reino franco, París, habían dado tanto que hablar a monjes y sacerdotes pocos años antes, las perspectivas de Northumbria no eran demasiado buenas.

***




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