Opinión

Los hijos del imperio · Francisco Cruz

Un libro imprescindible para comprender los derroteros del poder en México.

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ADELANTOS EDITORIALES

Si el PRI incrustó a sus cachorros en las nóminas gubernamentales, los patriarcas empresariales delegan sus empresas a una generación dispuesta a hacer lo que sea necesario con tal de prolongar el protagonismo de sus familias en el mundo de los negocios.

Hank González, Garza Sada, Baillères Gual, Salinas Sada, Slim Domit y Servitje Montull son algunos de los apellidos que Francisco Cruz rastrea en estas páginas para develar los mecanismos de operación del poder económico nacional.

Fragmento del libro "Los hijos del imperio" de Francisco Cruz (Booket), © 2022. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Francisco Cruz es un sólido periodista formado en algunos de los medios de comunicación más importantes de México. En 1997 recibió la Presea Estado de México José María Cos en periodismo.

Los hijos del imperio | Francisco Cruz

#AdelantosEditoriales

 

Capítulo I

Hank, el de doble sangre azul

Carlos Hank González es un empresario de 45 años de edad, cuya educación se dividió entre dos familias rigurosamente tradicionales y multimillonarias en las que la estirpe y el patronímico prevalecen hoy como un elemento de diferenciación social: por el lado paterno destaca el Hank del extinto y acaudalado político priista Carlos Hank González, y por el materno el González del también fallecido magnate neoleonés Roberto González Barrera.

Ciertamente él se ha ido formando como un personaje independiente en el que impresionan sus casi dos metros de estatura y su férrea voluntad de hacer carrera propia, sin ataduras ni sombras, alejado de aquellas dos figuras familiares obsesionadas en hacer fortuna y acumular, aunque todavía es más conocido por las peculiares características de sus apellidos y porque sus dos abuelos tenían mucho en común, aunque hubieran nacido a casi mil kilómetros de distancia uno del otro en familias humildes en las que muy poco se mencionaban palabras como casta, abolengo, aristocracia y sangre azul.

Y esto último parece una contradicción porque hay quienes están convencidos y hasta podrían jurar con la mano en el corazón que el joven e impetuoso Carlos Hank III es un personaje de noble estirpe y de doble sangre azul, que sus familias siempre fueron poderosas y que él corre atrás de sus fantasmas porque, aunque lo quisiera, no podría huir de su realidad. Este nuevo Carlos Hank González ha intentado marcar distancias, pero, como advierten quienes lo han tratado: "¿Cómo podría luchar contra la herencia de sangre".

Intenta forjarse un mundo aparte en el que se relaciona personalmente con los principales banqueros, funcionarios de primer nivel, liderazgos partidistas y las élites empresariales, pero es muy difícil pensar que sin la carga de sus dos apellidos las empresas familiares bajo su mando habrían florecido como lo han hecho: sólo entre 2003 y 2012, como él mismo lo ha señalado, Grupo Financiero Interacciones creció 1,252 por ciento en ingresos financieros; 1,182 por ciento en utilidad y más de 2,000 por ciento en activos. Esos números sorprendentes bajo el liderazgo del joven Hank III tienen sus razones. Si bien algunas actividades de la familia serán siempre un misterio, el nicho de Interacciones es el financiamiento a gobiernos estatales, municipales, empresas del Estado, el propio gobierno federal y organismos como Petróleos Mexicanos (Pemex) mediante la emisión de deuda bursátil.

Así, labrarse un mundo aparte, alejado de las herencias Hank y González es complicado porque desde su primera experiencia laboral aparecen las empresas familiares: de la fábrica de tractocamiones que visitaba a los 12 años de edad para aprender —como él lo ha contado en algunas entrevistas— a la fábrica Mercedes-Benz en Alemania: "Iba yo en moto a la fábrica [de tractocamiones] en Santiago Tianguistenco, era obrero y me divertía [...] no solamente por lo que me enseñaban los obreros [...] En las pausas ¡me enseñaban a manejar los tracto camiones!".1

Con el aura de mito vivo de sus dos abuelos, a finales de 2013 Carlos Hank III, entonces director general de Grupo Financiero Interacciones, hizo una confesión que heló la sangre de muchos, desencantó a otros, aquellos que aún creen en las leyendas del apellido Hank porque parecía que, de veras, intentaba alejarse de la imagen de su abuelo mexiquense.

Palabras más, palabras menos, al final de la presentación de un informe de labores, dijo que sus aspiraciones políticas habían quedado en el olvido y que se dedicaría de lleno a las empresas, a impulsar los negocios bancario, energético, industrial, de la construcción y turístico, en lugar de incursionar en la política mexicana.

Para muy pocos era un secreto que durante los gobiernos panistas de Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa a este joven se le habían detonado los deseos de hacer política partidista, siguiendo el ejemplo de su tío el multimillonario Jorge Hank Rhon, quien cobijado por el PRI en 2004 se había convertido en presidente municipal de Tijuana y más adelante en un candidato derrotado a la gubernatura de Baja California.

Como quiera, con el regreso de los priistas a Palacio Nacional el 1 de diciembre de 2012, encabezados por el ex gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto, cobijado por dinosaurios seriamente cuestionados como sus tíos Arturo Montiel Rojas —quien en 2004 jugó y se burló de su padre Carlos Hank Rhon—, Alfredo del Mazo González —otro viejo enemigo y rival de Carlos Hank González—, Manlio Fabio Beltrones Rivera, Emilio Gamboa Patrón, Jesús Murillo Karam, Miguel Ángel Osorio Chong y el inexperto —e incapaz, como se ha demostrado— Luis Videgaray Caso, Carlos Hank III perdió el interés por el activismo político y se le enfriaron los ánimos por la militancia partidista.

Aquel febrero de 2013, muy pocos se acordaron, porque la memoria es así de selectiva por más que se pueda refrescar en los archivos de la hemeroteca nacional, que en 2004 su padre intentó ser gobernador del Estado de México, disputándole la candidatura priista a Peña Nieto. Esa breve participación fue un fracaso monumental, por más que Hank Rhon intentara llenar el vacío en la política mexicana que dejó su padre al morir.

Nunca lo podría hacer. Hank II renunció, con carácter de irrevocable, a la candidatura el 7 de diciembre de 2004, un día después de que apareció, ciertamente en forma misteriosa, un automóvil gris Pasatt en cuyo interior se encontraba el cadáver de su amigo el ingeniero Enrique Eduardo Salinas de Gortari. El asesinato nunca se resolvió, sólo se informó que la policía encontró el automóvil de la víctima en las calles de un fraccionamiento residencial del municipio de Huixquilucan.

Hank acudió puntualmente a las exequias de Enrique Eduardo, el menor de los Salinas. Pero quedó muy maltrecha su relación con el todavía gobernador Arturo Montiel y el sobrino de este, el precandidato gubernatorial Peña. Nadie en el PRI del Estado México respetó el apellido, la alcurnia ni la fortuna de la familia Hank. Tampoco se tomaron en cuenta las aportaciones de El Profesor al priismo mexiquense. Y eso fue demasiado.

Con el peso del fracaso sobre los hombros, Carlos Hank Rhon se reintegró casi de inmediato al manejo de sus empresas, se dispuso a olvidar su fugaz aventura política y, a su manera, puso todo su empeño para dar el último impulso a la carrera empresarial, financiera y bancaria de su primogénito Carlos Hank III o el nuevo Carlos Hank González. Y este joven de apellidos de abolengo no necesitaba mucho para llegar a ese mundo extraño y complejo al que no cualquiera puede entrar.

Peña y Hank Rhon se reconciliarían hasta agosto de 2009. Aquel mes, Guadalupe Rhon viuda de Hank fue la intermediaria para que se diera un acercamiento entre su hijo Carlos y el gobernador Peña. El nuevo pacto se selló el 28 de agosto, cuando Peña encabezó una especie de festejo en honor al patriarca Carlos Hank González. Los priistas de todo el país vieron esa reconciliación como un símbolo más de la unidad del fantasmal Grupo Atlacomulco.

Hank Rhon se había integrado a su vida normal. Había conseguido poner punto final al chorreo de información sobre su fallida aventura e ingenuidad política, mientras la carrera empresarial y financiera de su vástago tomaba caminos insospechados desde que en 1995 lo había integrado formalmente como director general de la Casa de Bolsa; cinco años más tarde —cuando él peleaba inútilmente por la gubernatura— lo había hecho director de Grupo Financiero Interacciones, de donde en 2008 saltó a la dirección del Grupo Hermes.

Carlos Hank III crecía a pasos de gigante. Fuera por su personalidad, su fortuna o su abuelo, también sedujo a una parte de la prensa. Sus apellidos le otorgaron una especie de identidad. No le hacía falta la política. Tan rápido fue su ascenso que hasta parecía natural y programado. ¿Talento o herencia? La pregunta nada tenía de ociosa, tomando en cuenta su doble sangre azul.

Sus colaboradores afirman que es más lo primero, un ejecutivo brillante, amante de los caballos finos y muy trabajador, como sus abuelos. Pero afuera todavía hay suspicacias y se levantan interrogantes porque si bien el verdadero impacto de la herencia aristocrática es muy difícil de medir y cuantificar, hay razones de sobra para convencerse de que sus abuelos o sus nombres siguen presentes en el trabajo que se hace porque quienes gobiernan al país son los mismos de antes. Quizá algunos más jóvenes, a fin de cuentas son los herederos, pero tienen las mismas costumbres para gobernar.

Aunque ha pasado una gran parte de su vida en la residencia familiar de Santiago Tianguistenco —una mansión majestuosa que ocupa unos 20 mil metros cuadrados, resguardada por una gran barda de piedra de tres a cinco metros de altura, que colinda con un parque industrial donde se fabrican autopartes y camiones de carga de la Mercedes Benz—, Hank III nació el 1 de septiembre de 1971 en el Distrito Federal.

Describir esa mansión y lo que la rodea equivale a contrastar el entorno de pobreza en que permanece el municipio de Santiago Tianguistenco, mientras sus clases políticas se enriquecen cada día más.

Según lo ha confesado en algunas entrevistas, aunque desde niño trabajó en áreas diferentes en las empresas de la familia, su vocación empresarial-financiera nació a los 18 años de edad cuando su padre lo envió a ganar experiencia como representante del grupo financiero al piso de remates de la Bolsa Mexicana de Valores. Su futuro se decidió entonces, aunque su abuelo tenía delineado para él un proyecto político que empezaría en la Presidencia Municipal de Santiago Tianguistenco.

Hank III se mantuvo firme, tenía decidido su futuro, aunque su abuelo paterno sabía lo que hacía. Como nadie, conocía muy bien a los volubles y frívolos políticos priistas. Y, por tanto, conocía las claves de la "inmortalidad": en los círculos cercanos a los Hank sigue vivo el mito del primer Carlos o Carlos Mario Hank González, su nombre completo, conocido también como el Midas Gengis Hank, maestro del sutil arte de la manipulación, quien nació en la cabecera del modesto Santiago Tianguistenco, estado de México, y se hizo una marca a partir del dinero y del poder.

Y la marca Hank le dio al lenguaje político mexicano un giro lingüístico denigrante, pícaro, violento e impune. Lo corrompió todavía más. Para bien o para mal, el apellido se ha inmortalizado en Hank, el padrino, la truculenta vida de un político empresario, de José Luis García Cabrera; Las enseñanzas del profesor, de José Martínez; Hank, las élites del poder en México, de Joaquín Herrera; La liturgia del tigre blanco: Una leyenda llamada Jorge Hank Rhon, de Daniel Salinas Basave, y Carlos Hank González, prologado por Enrique Peña Nieto, en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, así como en los testimonios vivos y descarnados que plasmó el extinto Julio Scherer en La terca memoria.

Al analizar las páginas de los diarios se descubre un largo paso henchido por el espejismo priista en relatos que hacen siempre suponer la inmortalidad. Surgen en esas páginas incontables imágenes y recuerdos sobre un hombre que resguarda siempre la desproporción de aquellos mecanismos sutiles y casi perfectos del ansiado efecto de la manipulación.

Pocas dudas hay de que aquel político que murió en agosto de 2001 renació también en 2008 en un monumento a un costado de la Presidencia Municipal de Santiago Tianguistenco y otro en el Paseo Tollocan de Toluca —el monumento al ladrón, lo bautizaron los habitantes de la capital mexiquense—, que oprimen y se alzan como símbolo ominoso de la verdadera significación del priismo o un recordatorio de la extensión opresiva del poder personal de Hank I, de lo que un político puede alcanzar cuando hay ambiciones desmedidas y una lección sobre cómo se pueden combinar los altos cargos públicos con los negocios y la impunidad.2

Atado para siempre al municipio de Atlacomulco, tierra de los ex gobernadores mexiquenses Enrique Peña Nieto, Arturo Montiel Rojas, Alfredo del Mazo González, Salvador Sánchez Colín e Isidro Fabela Alfaro, Hank amalgamó y controló por cinco décadas, desde su natal Santiago, a los políticos mexiquenses emanados del PRI. Y encontró la fórmula o una estrategia efectiva para extender sus redes de poder y lealtad hasta crear una inmensa telaraña de intereses y complicidades por todo el país.

Rodeado de un aura que le crearon aquellos políticos educados en el arte de adular, también representa la imagen del desenfreno del poder, del libertinaje en el manejo de los dineros públicos y de la obscenidad en el tráfico de influencias gubernamentales, un político risueño, seductor e inescrupuloso, dueño de una muy dudosa reputación política fuera de los círculos priistas.

El segundo de los abuelos no tiene esos monumentos ni tantos libros. Pero no es un ejemplo de tantos. No abundan muchos como este personaje que nació en el pequeño, pobre e histórico municipio de Cerralvo, Nuevo León, una población más cercana a Nuevo Laredo que a Monterrey, y eje neurálgico de la política privatizadora del gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

En las décadas de 1960 y 1970 forjó una entrañable amistad con Antonio Ortiz Mena —secretario de Hacienda con Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, artífice del desarrollo estabilizador y por 17 años presidente del Banco Interamericano de Desarrollo—, fundamental para que levantara y conservara un imperio a través de la industrialización de la harina de maíz y desde allí, en el salinismo, diera forma a uno de los grupos financieros-bancarios más sólidos del país, el único de los históricos que sigue en manos mexicanas.

Roberto González Barrera sabía que la política era un teatro, pero siempre tuvo una notable astucia política. Fue un personaje abiertamente priista y aliado siempre de poderosos priistas, aunque se dedicó enteramente a la vida empresarial. Su última gran aventura todavía se recuerda: fue uno de los artífices para encumbrar en la Presidencia de la República al mexiquense Peña Nieto. ¿Sabía lo que hacía? Sí, nunca dio un paso en falso, aunque muy pocos, verdaderamente, podrían haber adivinado que el país caería en un tobogán a la llegada de este político mexiquense a la Presidencia de la República.

Con esa fórmula, conocer a los políticos mexicanos, incluido su lado oscuro, y rodearse de excepcionales asesores, alejados de las ideologías, de las esferas partidistas y del activismo político como Ortiz Mena y más tarde Guillermo Ortiz Martínez —ex secretario de Hacienda y ex gobernador del Banco de México—, a los 40 años de edad Roberto González Barrera era un hombre millonario.

Dicen quienes lo conocieron que no toleraba la ineptitud y siempre terminaba imponiendo los términos de su colaboración con el gobierno. Su intuición fue siempre crucial. Era un líder y terminaba imponiéndose y sacando el mejor de los provechos, aunque para muchos no era sino un depredador que se aprovechó de los apoyos gubernamentales.

Nada que ver y mucho en común el uno con el otro. Hank nunca consiguió tener una fama pública respetada por toda la sociedad,  contrario al segundo, quien a pesar de los lazos que lo unían en forma inexorable al priismo y al salinismo; sin embargo, Hank y González Barrera parecían estar unidos por una vida de estrechez, opresiva y de miseria en la niñez, así como por conceptos "básicos" y muy útiles en el torcido sistema político mexicano: mantenerse cerca de los políticos de poder y todavía más cerca de quienes toman las decisiones en el gobierno federal o el presupuesto es para hacer política, y lo que sobre, para obra pública.

Además de ser contemporáneos —Carlos Hank I nació el 28 de agosto de 1927 y Roberto González el 1 de septiembre de 1930—, estos personajes mantuvieron y cultivaron a partir de 1961 y hasta morir una muy estrecha alianza-amistad que los llevó a emparentar a través del matrimonio de sus hijos el primogénito Carlos Hank Rhon y Graciela Silva González Moreno, padres a su vez del nuevo Carlos Hank, el cachorro de doble sangre azul.

Desde fines de la década de 1960, Hank y González Barrera, ya patriarcas, parecían haber encontrado el equilibrio idóneo para influir en el poder —ejercerlo desde las mismas entrañas priistas a partir de 1955 en el caso de Hank— y mantener abierta la meta de hacer de sus negocios corporativos multinacionales.

Beneficiario directo de las concesiones del poder, al joven Hank se le ve como un empresario y administrador pragmático, un hombre de familia formado para los grandes negocios como mandan los cánones de la tradición familiar. Y él lo ha señalado así en su sitio oficial www.carloshankgonzalez.mx:3 "Soy un mexicano orgulloso de pertenecer a esta nueva generación de empresarios. Me apasiona verdaderamente lo que hago. Me motiva y llena de adrenalina poder vivir estos momentos en mi país. Es mi forma de vivir, mi forma profesional; quizás suene un poquito romántico pero creo que lo que nos ha dado el éxito en Interacciones y Grupo Hermes es creérnosla, ponernos esas metas ambiciosas, agresivas. Y que todo el equipo también lo crea".

Conocido pues, por casi todas las clases pudientes, Carlos Hank III nació el 1 de septiembre de 1971 en la Ciudad de México, tiene una licenciatura en Administración de Empresas por la Universidad Iberoamericana (la Ibero) y desde muy joven, su voz se ha hecho escuchar en las empresas familiares, sobre todo las paternas, que controla Carlos Hank Rhon, en las que ascendió de trabajador en la fábrica de tractocamiones en Santiago hasta la dirección del Grupo Hermes.

Esa misma ruta había seguido Hank Rhon desde muy jovencito. Su padre lo apartó de la política para desarrollar una carrera en la iniciativa privada, en las empresas que se crearon o adquirieron bajo la sombra del profesor Hank González: bancos, servicios financieros, autopartes, transporte, proyectos de manufactura, construcción y energía, calderas y partes, así como estructuras de acero y camiones.

La fortuna, la historia y los mitos del profesor Hank cubren también al estrambótico, controvertido y caprichoso magnate, político y empresario Jorge Hank Rhon, conocido como el zar del juego, propietario de las empresas que controla el Grupo Caliente, el mayor emporio de casa de juego en México, sorteos de números, cruce de apuestas y máquinas tragamonedas.

Involucrado hasta en el tráfico y contrabando de animales exóticos, los problemas de Jorge estallaron el miércoles 20 de abril de 1988, cuando el extinto Jesús Blancornelas, entonces director editorial del prestigioso semanario Zeta, una publicación crítica al gobierno, lo responsabilizó del asesinato del periodista y columnista local Héctor El Gato Félix Miranda, cuando se dirigía a las oficinas del periódico.

"Tres días después del crimen —advirtió Blancornelas en una entrevista—, la Policía Judicial del estado encontró una pista que conducía hacia Agua Caliente. Los agentes judiciales catearon las instalaciones del hipódromo, pero no nos dejaron que los acompañáramos, lo cual nos hizo desconfiar. En realidad, ahí empezó el proceso de encubrimiento de Hank Rhon".4

Nadie se atrevió a tocarlo. Así pasó con los presidentes priistas Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León; el panista Vicente Fox dejó pasar el tema, mientras Calderón lo intentó, pero la investigación navegó y zozobró en las aguas fangosas de la política mexicana. Y los responsables de investigar hicieron tan mal las cosas que, literalmente, cualquier pasante de derecho habría descubierto las pifias en el caso que le intentaron armar. La investigación estaba para desternillarse de risa.

Tres años después de la muerte de su padre [11 de agosto de 2001], en agosto de 2004 y de la mano de su amigo Roberto Madrazo Pintado, viejo aliado y protegido de su padre, Jorge irrumpió en la política priísta estatal. Ganó la alcaldía de la populosa Tijuana en Baja California, a pesar de los señalamientos que lo involucraban también en delitos de contrabando de pieles exóticas y narcotráfico. Su apellido, su fortuna, la debilidad de las investigaciones oficiales o de plano las bondades de un sistema formado para servir a los poderosos lo han salvado de todo

1.  Entrevista con Jacobo Bautista para la revista especializada Líderes, en agosto de 2014.

2. Al lado de Arturo Durazo Moreno, El Negro, a quien aceptó como jefe de la policía cuando gobernaba el DF y cuyas pillerías —de explotación de policías a delincuencia organizada— pasó por alto, y de caciques como el potosino Gonzalo Natividad Santos Rivera, el Alazán Tostado, Hank I representa la rama del árbol torcido y corrupto que nació con las semillas del PRI.

3. Consultado los días 12 de noviembre de 2014, 3 de febrero de 2015 y 25 de mayo de 2015.

4. Para Zeta, nunca hubo duda de quién fue el autor material del asesinato. Semana a semana, por años, lo denunció: "Jorge Hank Rhon: ¿Por qué me asesinó tu guardaespaldas Antonio Vera Palestina? [...] El Lic. Ernesto Ruffo Appel sí pudo encarcelar al que me mató, y dijo que en este caso ´todos los caminos conducen al Hipódromo de Agua Caliente´. ¿Podrá su gobierno capturar a los que ordenaron mi crimen? Héctor ´Gato´ Félix Miranda".