Opinión

Los Dones • Carlos Mora

Un panorama de varios periodistas de la segunda mitad del siglo pasado.

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ADELANTOS EDITORIALES

De acuerdo con Pedro Ochoa, quien escribe el texto introductorio de “Los Dones” “es el conjunto de artículos publicados en el hebdomadario Zeta entre de 2012 a 2018, época en la cual logró reunir más de cien textos, se presenta bajo el criterio de la profesión del Don en cuestión, se incluyen, empresarios, políticos, periodistas, en un plan editorial”.

El libroLos Dones” de Carlos Mora está dividido en dos tomos, en los que examina la vida y desarrollo profesional de diversas personalidades. En los tres capítulos que ofrecemos ofrecemos aquí (83.- Don Julio Scherer García, 84.- Don Miguel Ángel Granados Chapa y 85.- Don Enrique Maza García) nos ofrece un panorama de estos periodistas de la segunda mitad del siglo pasado, pilares fundacionales de la revista “Proceso”.

Cortesía de publicación otorgada bajo el permiso del autor Carlos Mora.

Carlos Mora Álvarez. Nacido en la Ciudad de Tijuana, Baja California el 27 de Abril de 1962. La carrera de Licenciatura en Derecho la curso en la Universidad Iberoamericana. Ha publicado artículos en Reforma y El Norte. Semanalmente publica su columna “Los Donez” en el Semanario Zeta de Baja California. Ha participado como Orador Magistral en infinidad de foros, seminarios y simposios sobre la Iniciativa Privada, Migración, Política y diversos temas.

#AdelantosEditoriales


Fragmento “Los Dones” de Carlos Mora

83.- Don Julio Scherer García

“Si tuviera 40 años menos, me batiría a duelo con usted…”, fue lo primero que me dijo cuando mi esposa, la protagonista de la discordia, nos presentó una tarde antes de la comida en el restaurante Saverio’s de Tijuana. “¡Dígame! ¡Dígame qué me responde!” insistió casi gritando, a lo que contesté: “A su edad usted no es peligroso, Don Julio”. Entonces me lanzó la primera, ruidosa, y feroz carcajada, de las miles que me ha obsequiado desde entonces.

Con Don Julio Scherer García es simplemente así: todo o nada. Entrega o rechazo total; entendimiento o discusión, respetado, temido, idolatrado. Intenso como es, desde el primer momento nos hicimos amigos íntimos, cercanos, filiales, entrañables. Fue a la mitad de la década pasada, algo que me marcó la vida para siempre. Don Julio visitaba nuestra ciudad reporteando para escribir un libro; llegó a la puerta de esta casa editora y demandó platicar con la Directora, así sin más, así nada más. Cientos de anécdotas se han desarrollado en estos años, me encantará poder compartirles en esta entrega algunas de ellas.

Pero aquella no fue la primera vez que le vi. Una ocasión anterior tuve oportunidad de observarlo de lejos. Fueron varios años antes, a finales del siglo pasado. Él se encontraba feliz en una mesa compartiendo y debatiendo alegremente con una amiga periodista a la que después supe, no sólo quiere y admira, sino que además adora un poco: Carmen Aristegui. El escenario fue el bello restaurante San Ángel Inn, al sur de la Ciudad de México. Entonces no quise importunarlo presentándome, pero su presencia destacaba entre tanto personaje.

A Don Julio lo empecé a leer desde mi época de juventud. A mediados de la década de los ochenta inicié con Los Presidentes, después siguió el libro titulado Estos Años, más adelante con La Pareja hasta terminar con La Terca Memoria y con Historias de muerte y corrupción; también disfruté por entonces el fabuloso libro del maestro Vicente Leñero Los Periodistas, donde retrata al fundador de Proceso magistralmente.

La obra de Don Julio es vasta, incluye otros títulos como Siqueiros: La Piel y la entraña, Salinas y su imperio, Parte de guerra –en co-autoría con el gran Carlos Monsiváis–, El poder: historias de Familia, La Reyna del Pacífico y Calderón de cuerpo entero, solo por citar algunos.

Al respecto de La Terca Memoria guardo en mi cabeza y en mi corazón una anécdota incomparable, bella, irrepetible. Nos citó a comer donde lo hacíamos por esos días en el añorado Restaurant Le Cirque del Distrito Federal. Comidas mágicas, largas, etílicas, y para mi sorpresa y la de mi mujer llegó con las “galeras” (el original del libro que se le entrega al autor previo a su publicación y para su revisión final), nos las mostró y en un gesto gallardo, elegante y más que generoso, nos las obsequió; tesoro de la literatura no ficción que guardamos en un lugar muy especial de nuestra biblioteca.

A sus casi 90 años Don Julio no se detiene, trabaja como el que más. Seguramente en estos precisos momentos está tecleando su máquina para una nueva obra maravillosa.

Don Julio Scherer García vio la primera luz en la Ciudad de México un 7 de abril del año 1926; es periodista y escritor, dirigió el periódico Excélsior, hasta que le fue arrancado de las manos en un cobarde acto ordenado desde la oficina principal de Los Pinos en el año de 1976, por el titular del ejecutivo, Lic. Luis Echeverría Álvarez, al no soportar la línea editorial crítica, y al negarse los periodistas liderados por Scherer, a ceder un ápice la fuerza y la dureza de sus artículos sobre las deficiencias y corrupciones de la administración federal.

Aquello no fue suficiente para detener al periodista. Es famosa la fotografía que le tomaron al retirarse de las oficinas y en plena calle y al lado de los incomparables maestros Don Miguel Ángel Granados Chapa (de quien ya hablaremos), Don Vicente Leñero, Don Francisco Ortiz Pinchetti, Don Enrique Maza y varios grandes más que se dirigirían a fundar lo que sería su nueva casa: Proceso y que publicó su primera edición en menos de 6 meses en pleno mes de noviembre y previo a la salida indignante del Presidente Echeverría en medio del escándalo.

Don Julio encabezó heroicamente la revista Proceso durante 20 años, institución de la que todavía continúa como Presidente del Consejo de Administración. Y a la que –no lo puede evitar– acude dos, tres veces a la semana para no olvidar el olor de la redacción, para mantener la cercanía con los reporteros, para informarse y dar cátedra de periodismo.

Acercándose a las nueve décadas de vida, todos los días nada en la amplia alberca olímpica del club Chapultepec, y personalmente maneja su automóvil Jetta color azul. Don Julio se engalana de manera natural con una multiplicidad de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza. Además, destaca por su valentía que raya en la osadía, por su amor y enorme respeto por las palabras; porque nos entretiene con sus infinitas anécdotas de todo y de todos, desde Siqueiros hasta Paz, desde Pinochet hasta López Portillo, con quien por cierto le unía un pasado familiar; grandes y vistosos han sido sus enriquecedores artículos.

En medio del festejo por el aniversario número treinta de ZETA, llegó pleno, activo, majestuoso, a encabezar junto con los directores el acontecimiento y fue de los más buscados; era abril de 2010 y recién había publicado una reveladora entrevista con uno de los criminales más perseguidos por las autoridades de éste y del vecino país, Don Julio atendió a todos con confianza y generosidad, se dejó abrazar y posó para la fotografía. Su presencia en Tijuana fue muestra del apoyo indiscutible al periodismo de este semanario.

Su familia es maravillosa, sus hijos son su adoración, pero el recuerdo de su amada Susana siempre está presente, siempre vigente la infinita idolatría por ella y por su dolorosa ausencia; no se volvió a casar. Al abrir su cartera –siempre insiste en pagar todas las cuentas– lo primero que uno divisa es la fotografía de Susana. Ella le llena la mente donde mantiene miles de anécdotas de su vida en pareja.

Las comidas con él son francamente agotadoras, largas, fabulosas, increíbles. Pasamos de reír a llorar con bastante facilidad. Por estos días nos ha dado por comer en el Restaurant Champs Elysées, en pleno Paseo de la Reforma. La comida es deliciosa –el mismo platillo para todos–, la bebida abundante, las tardes se convierten en noches y las horas transcurren rápidamente, ansiosos por rencontrarnos prontamente; el cariño y el absoluto respeto con que trata a los que le sirven es muy generoso y siempre bondadoso, estar junto a él es una verdadera delicia, es tocar la grandeza.

La historia de este país tiene un lugar muy especial reservado para Don Julio, sus luchas han sido las de todos, sus defensas por todos, sus enseñanzas para generaciones. Nunca ha rehuido una confrontación, ni verbal, ni intelectual, ni laboral, mucho menos personal, es un hombre de un valor excepcional, de una vida muy rica en experiencias y conocimientos, es un hombre en toda su magnitud, es un hombre a recordar para la posteridad, es simplemente un gran Don.

Hasta siempre, buen fin.

84.- Don Miguel Ángel Granados Chapa

Enmarcado en el centro de las distinguidas personalidades que honraron los festejos por el 30 Aniversario de la fundación del Semanario ZETA, entre los más grandes comunicadores de la nación encabezados por Don Julio Scherer, Carmen Aristegui y Sergio Sarmiento, entre otros, el conferencista magistral en la cena de gala en el CECUT, fue presentado elegantemente por el maestro de ceremonias, mi querido compadre el Lic. Pedro Ochoa Palacio de la siguiente forma: “Con ustedes, estimados invitados, el creador de ‘Plaza Pública’, el maestro Don Miguel Ángel Granados Chapa”. El ensordecedor aplauso fue lo siguiente.

Jamás lo había escuchado disertar en público, pero la elocuencia de su mensaje ante la vasta audiencia no tuvo desperdicio. La seriedad del mensaje, la valentía de sus palabras y el cariño y el respeto que profesó por los que en esta casa editora laboran fue extraordinario; inició recordando su formación y al inolvidable fundador de ZETA, Don Jesús Blancornelas, sus luchas, su batallas, sus guerras. Todas en busca de la verdad y de la limpieza del periodismo, así como su incansable defensa por la libertad de expresión. Señaló Don Miguel Ángel con una terrible seriedad, la fuerza de sus argumentos y la eterna valentía para defenderlos. Culminó con una dura sentencia: “Cuatro cruces son demasiadas en cualquier directorio periodístico”.

La primera ocasión que tuve oportunidad de charlar con él, jamás podré olvidarla; fue a mediados del año 2001, tenía escasos seis meses de haber llegado a la Ciudad de México y la primera conferencia de prensa que me pidió organizar nuestro presidente de CONCANACO-SERVITUR, mi amigo el Lic. Arturo González Cruz, fue poco afortunada, eran las primeras semanas en el cargo y a nuestra convocatoria solo asistieron unos cuantos reporteros, la cobertura fue menor y nos prometimos y comprometimos en lograr que en pocos meses, se pudiera obtener la atención de los medios nacionales. Algo debemos de haber hecho bien, porque poco después Don Miguel Ángel nos obsequió una serie de referencias en la columna más leída a nivel nacional en el periódico Reforma, su espacio, “Plaza Pública”, lo que me dio el pretexto para buscarle. Cuál no sería mi enorme sorpresa, cuando al marcarle me recibió la llamada de inmediato y con un “¿En qué le puedo servir?”, le dije: “Maestro”, solo le marqué para agradecerle los comentarios tan positivos que ha hecho al respecto de nuestro trabajo; después de una más o menos larga conversación, concluyó el periodista: “Están haciendo las cosas bien, sigan así que aquí estaré yo para comentarlo”, y cortó amablemente la llamada. En esos 2 o 3 años le busqué un par de veces más, siempre atento, siempre parco, siempre serio, pero siempre amable.

Don Miguel Ángel Granados Chapa nació un 10 de marzo del año 41 en el venturoso estado de Hidalgo, estudió simultáneamente las Licenciaturas de Derecho y Periodismo en su amada UNAM además del doctorado en Historia en la Universidad Iberoamericana; ejerció su incansable labor por más de cuatro décadas en distintos medios, tanto impresos como electrónicos. Fue Director de La Jornada, de la revista Mira, de Radio UNAM y jefe de noticias del Canal 11, entre otra infinidad de trabajos en su infatigable trayectoria.

Su obra publicada fue vasta, escribió entre muchos otros libros: ¡Escuche, Carlos Salinas!, Fox & Co., Comunicación y Política, La Banca nuestra de cada día, por citar algunos. Recibió todos los grandes reconocimientos que un mexicano de su valía pudiera esperar: tres veces el Premio Nacional de Periodismo, la alta condecoración del Senado de la República, la medalla Belisario Domínguez, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Metropolitana y la que estoy seguro, más le entusiasmaba: la posesión de la silla con el número XXIX de la Academia Mexicana de la Lengua, ya que amaba profundamente las palabras.

En el 2009 y por encargo de mi amada hermosa, organizamos un desayuno para invitarle a las festividades del Semanario que se celebrarían en abril del 2010, su salud ya estaba afectada y me advirtieron que difícilmente aceptaría la reunión y mucho menos viajar a nuestra querida Tijuana. Obtuvimos con dificultad el encuentro que se pactó a las 9:30 de la mañana y me aseguraron que solo estaría 30 minutos exactamente. Fue una mesa magnífica, nos obsequió más de dos horas de su tiempo y me propuse arrancarle cuando menos una sonrisa en medio de su legendaria seriedad. Es quizá uno de los eventos más bellos que mi memoria retiene de mi etapa en el DF. La charla fue increíble, su inteligencia y sabiduría carecían francamente de límites. Jamás podré olvidar esa mañana en la que le vimos y sentimos feliz, hasta alegre, diría yo, además de obtener varias anécdotas y lecciones, nos regaló muchas risas. Cuando meses después arribó a nuestra tierra, le esperaba un comité de recepción con vehículo y chofer, pero Don Miguel Ángel con la más grande humildad, rechazó elegantemente cualquier trato preferencial. Preguntó por la puerta de salida y solo y serio, como siempre serio, tomó un taxi que por supuesto él pagó; además de su pasaje y hospedaje, hubiese sido imposible que aceptara cualquier deferencia.

Investido de una gran dignidad personal, Don Miguel Ángel era un hombre en toda la extensión de la palabra, valiente y ético además de severo y sobrio. Un gran crítico del sistema político al que aportó su gran capacidad por su honestidad a toda prueba sirviendo al Estado Mexicano en instituciones como el IFE donde fue Consejero y es recordado como uno de los mejores.

Don Miguel Ángel Granados Chapa fue llamado a los brazos de las posteridad la mañana del 16 de octubre del año 2011, dos días antes de su partida se despidió de sus lectores en su máxima tribuna del periódico Reforma, Plaza Pública, donde apuntó: “Esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”. Con este mensaje rindió un sentido reconocimiento a lo que más seguramente apreciaba, sus lectores, que jamás podremos olvidar a este mexicano de excepción que por sus acciones en defensa de los más altos valores, la historia y el futuro le tienen asegurado un lugar con letras de oro en el firmamento de esta gran nación.

Hasta siempre, buen fin.

85.- Don Enrique Maza García

A punto de concluir el siglo XX visitó nuestra querida ciudad. Traía bajo el brazo para presentarlo, su último libro, por lo sugerente del título de la publicación lo busque inmediatamente para invitarlo a una sesión de la Comisión de Asuntos Fronterizos del XVI Ayuntamiento del Cabildo de Tijuana, generoso el hombre de Dios atendió nuestra amable convocatoria.

La entrega literaria destacaba en la portada: “Pa'ver si salía de pobre: La Cara Oculta de la Migración”, el autor: Don Enrique Maza García, Sacerdote jesuita, poeta, escritor, pero sobre todo, orgullosamente periodista y el último de los grandes maestros, sobrevivientes fundadores de la extraordinaria revista realmente nacional: Proceso.

Fue breve nuestro único encuentro, apenas unas cuantas horas, sus palabras resultaron; secas, duras, precisas, descarnadas, sin embargo, igualmente entrañables, conmovedoras, reflexivas e ilustrativas, como las de los 4 genios de la revista forjada por ellos, hoy ya desaparecidos todos y que se une a las irreemplazables y dolorosas ausencias el pasado 23 de diciembre al fallecer a los 86 años Don Enrique, enlazando su nombre en la inmortalidad, como lo hizo en vida con Don Julio Scherer García, Don Vicente Leñero y Don Miguel Ángel Granados Chapa, a quienes no nos cansaremos, jamás, de rendirles homenaje.

Migrante eterno, ve la primera luz en el Paso, Texas en la Unión Americana, en 1929 al encontrarse sus padres en el vecino país, huyendo de la “Guerra Cristera”, llegando al Distrito Federal con apenas 1 año de vida, donde pertenecería por decisión propia, como mexicano ejemplar.

A los 16 años ingresa a la Compañía de Jesús graduándose en Filosofía y Teología, además de obtener las Maestrías en Ciencias y Humanidades hasta completar su rica formación académica con el Periodismo que estudió en la Universidad de Missouri, enviado por los hermanos Jesuitas para coronar su magistral educación. El 17 de Marzo del año 2004 en la presentación de su libro “Medios de Comunicación: Realidad y Búsqueda”, a propósito de la intachable vida del autor y de su irreductible compromiso como reportero, Don Julio Scherer García destaca puntualmente: “Capellán de la capilla estremecedora, la de los condenados a muerte, entre el camino imposible a la silla eléctrica, en medio de heces y maldiciones, Maza, llego al fondo de sí mismo”, como corolario termina diciendo sobre su idolatrado compañero de mil batallas: “Enrique, es un hombre que no transige con el poder”.

Durante más de medio siglo ejerció su apostolado entre la vocación religiosa y el infinito amor a las letras Don Enrique Maza García, dejando un legado de virtud que encierran los valores y principios de toda una generación, que con su partida se despide en las últimas palabras pronunciadas por sus hermanos jesuita en las exequias: “Estuvo dedicado a celebrar la vida eterna como sacerdote y como periodista”.

Hasta siempre, buen fin.