Opinión

Los amos de México • Jorge Zepeda Patterson

Los lectores juzgarán por sí mismos a Los amos de México.

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ADELANTOS EDITORIALES

Los amos de México • Jorge Zepeda Patterson

Los lectores juzgarán por sí mismos a Los amos de México.

El contenido en este libro lleva a pensar que sí. Las 20 familias más acaudaladas del país concentran más de 10 por ciento del PIB, la mitad del valor accionario de la Bolsa Mexicana; influyen en la economía y la política y, por ende, en la vida de los mexicanos.

Los 11 casos son objeto de polémica: Carlos Slim y Emilio Azcárraga, son cabezas de los dos imperios económicos más influyentes; Alberto Bailleres es el segundo hombre más rico del país; Lorenzo Zambrano y su Cemex han cambiado la faz de Monterrey y pavimentado al resto del mundo; María Asunción Aramburuzavala es la mujer con mayor fortuna de América Latina; Lorenzo Servitje y su osito Bimbo son aves de tempestad por su protagonismo político; Roberto Hernández ha sido el banquero de Fox y Calderón; Olegario Vázquez Raña ha irrumpido en los medios de comunicación apoyado por sus hoteles y hospitales; Roberto González no sólo es el rey del maíz, también es propietario de Banorte. Quizá hay otros más ricos que Jorge Vergara (Omnilife y Chivas) y la familia Ramírez (Cinépolis), pero ambos constituyen los capitales más dinámicos de sus respectivas regiones: Jalisco y Michoacán.

En la revista Forbes 2007 aparecen 10 multimillonarios mexicanos con fortunas que superan los mil millones de dólares: seis de estos diez forman parte de Los amos de México. Sus biografías muestran que se trata de personas con virtudes y defectos comunes y corrientes, potenciados, eso sí, por el poder y la disponibilidad de una enorme chequera. Los autores de esta obra son profesionales de diversa procedencia. Reporteros o editores formados en El País, El Universal, La Jornada, Reforma o revistas como Proceso, Expansión, Día Siete y Gatopardo. Deliberadamente se buscó hacer un libro plural, ajeno a capillas o corrientes ideológicas.

FragmentoLos amos de México”, Coordinador Jorge Zepeda Patterson. (Temas de hoy), © 2007, 2011. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Jorge Zepeda Patterson es economista y sociólogo, hizo maestría en la Flacso y estudios de doctorado en Ciencia Política en la Sorbona de París. Fundó y dirigió la revista Día Siete y es analista en radio, televisión y prensa escrita. Todos los jueves El País publica en la edición para América su columna «Pensándolo bien». Fue director fundador de los diarios Siglo 21 y Público, y director de El Universal. En 1999 obtuvo el Premio María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia. Dirige el diario Sinembargo.mx. Es autor y coautor de media docena de libros de análisis político

Los amos de México | Jorge Zepeda Patterson

#AdelantosEditoriales


Carlos Slim

Liderazgo sin competencia

Francesc Relea*

La sombra del magnate planea sobre la vida de la mayoría de mexicanos de clase media desde que despunta el sol. Una buena mañana, Pancho González sale para hacer media hora de ejercicio en su bicicleta, que está fabricada por Bimex. En la casa, los conductores de electricidad que dan luz a la vivienda son de Empresas Nacobre, y el agua de la ducha corre por tuberías de cobre extraído de una mina de FRISCO. El disco compacto que suena en el equipo de música mientras nuestro protagonista se viste fue adquirido en la cadena MixUp. La primera llamada telefónica del día es a través de la línea fija de Telmex.

El vehículo lleva neumáticos nuevos de la marca Euzkadi adquiridos en los almacenes Sears. De camino a la oficina, suena el teléfono celular, que tiene contrato con Telcel. Antes de llegar al trabajo, es obligada una parada para desayunar. Qué mejor que cualquiera de las cafeterías de la cadena Sanborns, que abundan en toda la ciudad. Después del primer café del día apetece el primer cigarrillo, de Cigarrera La Tabacalera Mexicana (Cigatam). En el trabajo, lo primero es conectar el ordenador para revisar el correo electrónico y dar una ojeada a la prensa a través de Internet, cuyo servidor es de Prodigy Infinitum (Telmex). A media mañana, llega a la oficina un agente de seguros con el que contrata una póliza, de Seguros Inbursa.

La jornada llega a su fin y de regreso a casa hace una parada en una pastelería para comprar unos chocolates elaborados o distribuidos por Nacional de Dulces, y acompaña a un cliente al hotel Calinda, operado por Real de Turismo. Al llegar el fin de semana apetece una escapada al mar, sin que se disparen los gastos. Volaris, una línea aérea de bajo coste, es la compañía perfecta para viajar a Acapulco.

Todas estas empresas y negocios, que pertenecen a sectores tan diversos como bicicletas, construcción, minería, comercio, telecomunicaciones, autopartes, restauración, tabaco, alimentación, hostelería o aviación, giran en la órbita de Carlos Slim Helú, el número uno de los empresarios mexicanos, el más rico de los ricos, dueño de un conglomerado que representa más de una tercera parte del valor del principal índice bursátil de México.

El cineasta Sergio Arau hizo la película Un día sin mexicanos, en la que mostraba en clave de humor la situación de colapso que generaría en la economía de Estados Unidos si de la noche a la mañana los millones de emigrantes latinos desaparecieran del estado de California. Uno podría preguntarse qué pasaría si un día el imperio de más de 200 empresas de Slim dejara de funcionar. ¿Podrían vivir sin Slim, ni siquiera un día, los millones de mexicanos que, como el Pancho González de esta historia, se mueven al ritmo del magnate?

El despacho del hombre más rico de México está en un edificio menos aparatoso de lo que cabría esperar, bien custodiado por efectivos policiales que revisan al visitante sin grandes aspavientos. El sancta-sanctórum de Carlos Slim es la sede principal del grupo financiero Inbursa, en la colonia Lomas de Chapultepec, un barrio residencial de la capital mexicana. Lo que empezó como un fondo de inversión en 1981 ha ampliado sus prestaciones bancarias, y ofrece también seguros y planes de pensiones, hasta convertirse en uno de los cuatro ejes del imperio económico del magnate. Los otros tres son telecomunicaciones, comercio e infraestructura.

Slim es el presidente honorífico vitalicio del consejo de administración y presidente del comité ejecutivo de Teléfonos de México (Telmex), la joya de su patrimonio. La revista Forbes, que cada año publica la lista de los más ricos del mundo, situaba en 2004 al empresario mexicano en el puesto 17. Tres años después, la cotización de sus activos en la Bolsa le ha permitido dar un salto espectacular que le ha colocado en el segundo lugar del ranking de millonarios. Forbes precisó que el pasado 29 de marzo Slim “calladamente desbancó” al multimillonario estadounidense Warren Buffet. La fortuna atribuida al magnate mexicano era de 53 mil millones de dólares, y en apenas dos meses aumentó 4 mil millones de dólares.

No deja de ser paradójico que el segundo hombre más rico del planeta viva en un país con la mitad de la población en el umbral de la pobreza, y que figura en el puesto 103 de 126 naciones en la lista de Naciones Unidas sobre igualdad. El aumento de la riqueza de Slim contrasta con la realidad lacerante de muchos de sus compatriotas, según muestran las estadísticas: en los dos últimos años ganó 27 millones de dólares diarios, mientras que el 20 por ciento de la población mexicana vive con dos dólares al día.

Los analistas bursátiles confirman que la mayor parte de su fortuna procede de sus movimientos al alza en el mercado de valores, especialmente por el buen desempeño en la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) de América Móvil, la mayor operadora de telefonía celular de América Latina, con un valor superior a 100 mil millones de dólares.

Algunas fuentes, como el portal de Internet Sentido Común, ya lo señalan como el número uno del mundo después de calcular los últimos aumentos de valor de las acciones de sus empresas, que con 67 800 millones de dólares estaría unos 9 mil millones por delante del estadounidense Bill Gates, dueño de Microsoft, a quien la revista Forbes considera el hombre más rico del planeta desde hace 13 años ininterrumpidos. Forbes no ha confirmado el cálculo de Sentido Común y no despejará las dudas hasta marzo de 2008, cuando dé a conocer su nueva lista de las mayores fortunas.

Mucho más claro está el panorama en México. En su país de nacimiento, Slim no tiene rival. Las cifras hablan por sí solas. En el ranking de los 100 empresarios mexicanos más importantes que publica anualmente la revista Expansión, Slim ocupa el primer lugar de manera destacada desde hace tres años, gracias a que combina las mayores ventas, una gran participación de mercado y es el protagonista de las mayores operaciones bursátiles. Es, asimismo, el empresario más exitoso económicamente –sus compañías representan el 6.3 por ciento del PIB de México–, el primer empleador privado, con 218 mil puestos de trabajo directos y medio millón indirectos, y el que obtiene mayores beneficios, en condiciones de seguir creciendo. En 2006 sus empresas obtuvieron utilidades por 7 mil millones de dólares y el valor de las acciones de sus compañías aumentó 45.8 por ciento respecto al año anterior.

A Slim le encanta exhibir su poderío y autoridad. Lo hace, por ejemplo, cuando habla por el interfono que tiene sobre la mesa de reuniones para cualquier consulta a sus colaboradores, que le atienden con sumisión y celeridad.

–Eduardo, ¿Inbursa se formó en el 80? ¿Cuándo bajó de valor? ¿De abril del 80 al 92 nunca bajó de valor? Dime cuál fue la rentabilidad, anda Eduardo.

–Ahora mismo se lo miro, señor.

Al instante, el jefe llama a su secretaria para aclarar más dudas: a cuánto pagamos la acción de tal empresa, cuál era el valor de Inbursa, a cuánto vendimos aquella otra compañía… “Desde su constitución como fondo de inversión, en abril de 1981, hasta 1990 el valor de las acciones de Inbursa siempre se mantuvo al alza”, dice con satisfacción. “En los 26 años de existencia, el rendimiento anual compuesto en dólares ha sido del 22.4 por ciento de promedio”.

Como el rey Midas, lo que toca Slim se convierte en oro. Ésta es la imagen del multimillonario mexicano que transmiten los medios de comunicación, y que él se encarga de alimentar. Su mayor éxito es haberse convertido en el líder indiscutible de las telecomunicaciones en México, con tentáculos en toda la región. “El año pasado uno de cada dos latinoamericanos tenía un teléfono móvil, y este año, dos de cada tres. En algunos países de Latinoamérica tenemos una penetración semejante a la de Estados Unidos. Es muy satisfactorio ver cómo esta empresa, América Móvil, que empezó de cero en 1990, ha crecido de esta manera”. Los tentáculos del gigante de la telefonía celular de Slim llegan hasta Estados Unidos, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Puerto Rico, República Dominicana, Colombia, Ecuador, Brasil, Paraguay, Perú, Chile, Argentina y Uruguay, con más de 131 millones de usuarios.

Pero volvamos al cuartel general del hombre más rico de México. La vigilancia en el interior del edificio parece más destinada a la protección de las obras de arte repartidas en las diversas dependencias y en la sala de exposiciones. Los guardias prestan especial atención a dos esculturas del francés Auguste Rodin (1840-1917), uno de los artistas preferidos de Carlos Slim. La mayor colección de obras del escultor que existe en el mundo fuera de Francia está en el Museo Soumaya, inaugurado el 8 de diciembre de 1994 en la ciudad de México, que exhibe gran parte del patrimonio artístico del millonario mexicano. Constituyen el acervo del museo más de 64 mil obras.

Emilio Azcárraga Jean

Las trampas del raiting

Jenaro Villamil*

A los 29 años de edad, Emilio Azcárraga Jean tuvo que dejar a un lado su pasión por los deportes acuáticos para concentrarse en el rescate del consorcio más importante de medios de comunicación en habla hispana. En marzo de 1997, el tercero en la dinastía de los Azcárraga, varón único del tercer matrimonio de Emilio el Tigre Azcárraga Milmo, heredó de su padre un enorme desafío más que el goce de una fortuna valuada en 5 400 millones de dólares por la revista Fortune.

La situación no era nada fácil para Azcárraga Jean. Televisa tenía una deuda que entonces parecía impagable: 1 480 millones de dólares, derivada en su mayoría de la compra de la participación accionaria de Rómulo O’Farrill, de la deuda Alameda, cuyos intereses crecieron en forma exponencial, de la deuda de 320 millones de dólares con su tía Laura Azcárraga y de 200 millones de dólares con los bancos, más una serie interminable de intrigas y ambiciones de parientes y ex socios de su padre; las ventas netas de televisión habían disminuido drásticamente: 17.9 por ciento entre 1994 y 1995, como resultado del “error de diciembre”; los gastos de capital también se redujeron drásticamente, de 2 168.8 millones de pesos en 1994 a 955.8 millones en 1995. Televisa terminó 1996 con pérdidas netas por 598.5 millones de pesos, según el informe del consorcio ante la Securities and Exchange Commission (SEC), el organismo de Estados Unidos que regula la actividad del mercado de valores.

A la muerte del magnate, las acciones de Televisa cayeron 1.35 por ciento en un solo día.

Por si fuera poco, el principal producto de Televisa –sus contenidos audiovisuales– registraba una caída sostenida ante la audiencia mexicana. Su competencia, TV Azteca, con apenas cuatro años de existencia, le quitaba rating a sus telenovelas, noticiarios y programas de espectáculos. La empresa IBOPE México informó que en el horario triple A, el más caro de la televisión privada, Televisa “bajó progresivamente a lo largo de 1996, de un promedio anual de participación en el mercado de aproximadamente 81 por ciento en 1995 a poco más de 74 por ciento en 1996”.

Al 31 de diciembre de 1996, la compañía que controlaba 65 por ciento de las concesiones de televisión privada y las compañías de televisión restringida Sky y Cablevisión poseía el 50 por ciento de la empresa satélite Panamsat y ramificaba sus intereses en la industria editorial, radiofónica y en el mercado estadounidense a través de Univisión; asimismo tenía un número total de 20 700 empleados entre la compañía y sus subsidiarias. El problema no sólo era el gran número de empleados sino el oneroso gasto de mantener 46 vicepresidencias que, en muchos casos, no cumplían con funciones clave. Ahora tiene 16 205 empleados, después de sucesivos recortes y reestructuraciones que le permitieron eliminar salarios tan onerosos como el del médico personal de su padre y otros afectos de el Tigre, que sin hacer nada ganaban entre 500 mil y un millón de pesos.

Televisa estaba tan enferma como su dueño y artífice de la transformación del imperio mediático de habla hispana, Emilio el Tigre Azcárraga Milmo. Y el elegido para enfrentar la terapia de choque, su hijo Emilio Azcárraga Jean, no tenía ni la edad, ni la experiencia, ni el control accionario suficientes para revertir la situación. Poseía apenas el 10 por ciento de las acciones de la empresa, un porcentaje menor al que tenía la familia de Miguel Alemán Velasco, con 11 por ciento del total, los Burillo Azcárraga con el 16 por ciento, y los Cañedo White con el 10 por ciento.

El Tigre Azcárraga Milmo enfermó de gravedad a finales de 1996 y no había tomado las previsiones suficientes para pasarle a alguien la estafeta. Miguel Alemán Velasco, el segundo accionista más importante y amigo de años atrás de el Tigre desempeñó un papel clave en este proceso de transición en el mando de la empresa.

A finales de febrero de 1997, Alemán fue a visitar a su amigo para recomendarle que tomara medidas urgentes en la sucesión. El Tigre quería que él se quedara al frente durante un periodo de transición. Él le confió que buscaba hacer una carrera política, ahora que ya nadie le diría que era su padre, el ex presidente, ni el poderoso empresario quienes apadrinaban sus aspiraciones.

Frente a esta situación Azcárraga Milmo anunció el 3 de marzo de 1997 que su hijo Emilio Azcárraga Jean sería el nuevo presidente de la compañía, pero compartiría el poder con el joven Guillermo Cañedo White, hijo de su otro amigo y compañero de la aventura en la construcción del Estadio Azteca, quien fungiría como presidente del consejo de administración.

Consultado sobre ese periodo, Alemán rememoró:

“Tanto Azcárraga Jean como Cañedo White y el licenciado Mondragón, secretario del consejo, se trasladaron a Beaver Creek, Colorado, a reunirse conmigo e invitarme a Los Ángeles para organizar los cambios en la compañía. Entre otras cosas se me informó que Alejandro Burillo dejaría de ser integrante del consejo de administración. En esa época, mi hijo Miguel Alemán Magnani había adquirido del señor Azcárraga un 3 por ciento adicional de acciones del Grupo Televicentro, por lo que éramos el segundo accionista más importante.

“Se celebró el consejo de administración, se modificaron los estatutos de la compañía para asegurar que, de ser necesario, se podía forzar la salida del señor Cañedo White de la presidencia del consejo de Grupo Televisa que en mi opinión siempre debió ocupar el señor Azcárraga Jean; yo tuve que atender la reunión porque mi hijo estaba de luna de miel, ya que se casó días después de que el señor Azcárraga Milmo cayó enfermo.

“A la muerte del señor Azcárraga Milmo se acordó un aumento de capital en el que la familia Alemán conservó el porcentaje, pero no lo aumentó a pesar de que tenía derecho para ello con el propósito de permitir que el señor Azcárraga Jean tuviera una posición de control cómoda en la empresa porque siempre hemos considerado que la familia Azcárraga ha sido la cabeza del Grupo Televisa.”

Por supuesto, la transición no fue tan tersa. Las amenazas e intrigas de sus propios familiares para desplazarlo del control de Televisa fueron constantes. Los periodistas Claudia Fernández y Andrew Paxman relatan en su extraordinario libro El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa, que tras la muerte de su padre, Azcárraga Jean enfrentó varias disputas. Primero, con su primo Fernando Diez Barroso, hijo de Laura Azcárraga, que estaba decidido a cobrar los 320 millones de dólares de deuda, al tiempo que su otro primo, Alejandro Burillo Azcárraga, mantenía una guerra nada soterrada con los hermanos Guillermo y José Antonio Cañedo White para desplazarlos y tomar el control de la empresa. Coyunturalmente, Azcárraga Jean y Burillo Azcárraga se aliaron para desplazar a los Cañedo y a Diez Barroso.

Este último realizó una maniobra documentada en este libro. En el restaurante Morton’s de Los Ángeles, Fernando Diez Barroso se reunió con Marvin Davis, un especialista en compras apalancadas y adquisiciones hostiles. Esa misma noche, en otra mesa, cenaban Emilio Azcárraga Jean y Guillermo Cañedo White con David Evans, presidente de Sky Latin América. “Diez Barroso había sido sorprendido in fraganti”, escribieron los autores de la biografía de Azcárraga Milmo.

Si Diez Barroso se hubiera aliado con Burillo Azcárraga y con Miguel Alemán, que poseían el 14 por ciento del control de la empresa cada uno, tendrían el 49 por ciento de Televisa y, por tanto, el control de la empresa, desplazando al heredero. “Sólo les habría quedado persuadir a alguno de los seis herederos de don Emilio, Paula (Cusi) o alguna de las hijas, por ejemplo, para entre todos tener una mayoría de acciones con voto. Es casi seguro que éste fuera el tema de la discusión entre Diez Barroso y Davis esa noche en Morton’s”, escribieron Fernández y Paxman.

Para enfrentar a sus familiares, Azcárraga Jean no sólo demostró astucia sino también buscó, de entrada, diferenciarse de su padre y de las herencias incómodas. A quien le preguntara, Emilio Jr. les afirmaba: “las lealtades de mi padre no son mis lealtades”.

Tampoco las fobias, al menos, en un inicio. Antes del fallecimiento de su padre, el 15 de abril de 1997, Azcárraga Jean realizó una serie de entrevistas en medios de comunicación que durante años fueron críticos a la línea de conducción de su padre. Este hecho rompía con el clásico menosprecio de su padre a la opinión pública y, aún más, a los medios poco amigables con Televisa. En entrevista con la revista Proceso, Azcárraga Jean declaró no sin algún dejo de candor:

“Yo nací llamándome Emilio Azcárraga, ése es mi nombre desde

hace 29 años. No me puede pesar porque es parte de mí, de lo que soy. Estoy orgulloso de llamarme como me llamo, como mi padre, como mi abuelo.

“Sí, tengo 29 años y no me rajo. Esto me tocó ser y lo asumo. Tengo un compromiso moral con las gentes que trabajan en esta empresa”.

El representante de una nueva generación de empresarios de medios de comunicación, heredero de la visión y las redes de poder que construyó su abuelo en los años treinta y de la cultura corporativa de su padre, también fue tajante:

“Esto es un negocio. Lo fundamental, la cara de esta empresa es la producción de entretenimiento, después la información. Educar es labor del gobierno, no de Televisa”.

Esta declaración de principios de quien comenzaría a ser conocido como el Tigrillo no ha cambiado en una década. Se ha agudizado. Televisa ha dejado cualquier pretensión de servicio social o su condición de servicio público concesionado para centrarse en el negocio de la producción, distribución y concentración de contenidos audiovisuales. Ha expandido su interés en las teleapuestas, en el Internet y ahora la telefonía fija vía cable, aspiración que lo coloca en franca competencia con Carlos Slim, su segundo ex socio.

Tampoco es casual la sacralización del rating por parte de Azcárraga Jean. Después de su estancia en 1988 en la estación de Televisa en Tijuana, en 1993 su padre lo nombró vicepresidente de Programación. Desde esa posición, aprendió que los contenidos del consorcio eran la clave del negocio y que su comercialización requería un constante cambio.

Paradójicamente, en esa primera entrevista Azcárraga Jean se mostró claramente incómodo con la regla de oro de su padre en su relación con la política y el poder: “somos soldados del Presidente”, dijo en alguna ocasión Azcárraga Milmo.

Su hijo afirmó: “yo no creo que tener relaciones con personalidades de la política nos vaya a beneficiar en lo que importa. Yo creo en el rating. No creo que tener buenas o malas relaciones con el secretario de Gobernación vaya a alterar mi rating, que a final de cuentas es a lo que me dedico, a obtener el mayor rating posible”.

La reiteración del rating como el valor más importante en la pantalla mexicana la aprendió Azcárraga Jean de su propio padre. “éste es un país de jodidos y hacemos una televisión para jodidos”, fue una de las frases más polémicas de su padre.

La formación académica del heredero de Televisa consistió en estudios de Relaciones Industriales en la Universidad Iberoamericana (no concluidos), un posgrado de Mercadotecnia y Administración en Southwestern College, en San Diego, California, y otros estudios en la Universidad de Lakefield, Canadá. Sin embargo, él mismo advierte que su auténtica “escuela” fue la propia empresa.

A pesar de minimizar el papel de la política, desde abril de 1997 Azcárraga Jean entendió perfectamente que Televisa requería de los favores del poder y que el mismo consorcio necesitaba convertirse en un poder político para enfrentar los enormes desafíos que tenía ante sí.

Los corresponsales de The New York Times, Julia Preston y Samuel Dillon, publicaron pocos años después que fue el presidente Ernesto Zedillo quien facilitó la operación para que Azcárraga Jean se impusiera a sus parientes y a otros accionistas que buscaban quedarse con el control de la empresa.

Así reprodujeron el diálogo entre el entonces primer mandatario y el heredero de el Tigre:

“‘Emilio, tu papá me pidió que te ayudara y te cuidara’, le dijo. ‘Entre el gobierno y la familia Azcárraga siempre ha habido un pacto, comenzando por tu abuelo y pasando a tu padre, y ahora tú tienes la responsabilidad. Pero la situación ha cambiado, y debemos ajustarnos a la nueva realidad’.

‘Emilio, los asuntos de Televisa los vamos a ver tú y yo directamente, eso debe quedar claro’. Rechazó la propuesta que traía el grupo de formar un comité ejecutivo, y alentó a Alemán a vender sus acciones. Dijo que no le quedaba claro qué intereses representaban los hermanos Cañedo, dejándolo desconcertado. Al final todos acordaron que en adelante trataría sólo con el joven Emilio”.

Sin embargo, Miguel Alemán Velasco, el consigglieri de Azcárraga Milmo durante décadas, rechaza esta versión:

“No es cierto porque yo estaba ahí cuando le informé al presidente Zedillo que el presidente de Televisa iba a ser Emilio chico. Él me preguntó: ‘¿qué es lo que debo hacer?’ Le dije: ‘yo creo que debemos darle su lugar, es decir, tú lo puedes recibir, es una manera, pero si tú vas a visitarlo es otra manera’. ‘¿Cómo?’, me preguntó. ‘Tú vas solo y lo ves sólo a él. No ves a nadie de nosotros. Nosotros ahí no existimos. El nuevo Tigre es él’”.

María Asunción Aramburuzabala Larregui

La heredera que rompió moldes

Rita Varela Mayorga*

“Mariasun se ve estupenda junto a Tony”, dicen los amigos cercanos a la mujer de negocios más importante de México y América Latina.

La vida de María Asunción Aramburuzabala Larregui ha cambiado mucho en los últimos años. Sobre todo a partir de 1995, cuando por circunstancias familiares –la muerte de su padre, Pablo Aramburuzabala Ocaranza– y por su temperamento y firmeza de no ceder ni un ápice de la participación de su familia en Grupo Modelo, se puso al frente de la vicepresidencia en lo que fue una incursión histórica para ese consejo de administración, comandado hasta entonces sólo por varones.

Pero su circunstancia se ha modificado todavía más después del 23 de abril de 2005 cuando, “completamente enamorada” –según comentarios de su madre, doña Lucrecia Larregui González–, se casó con Antonio Óscar Garza Quintana, Tony Garza, quien es embajador de Estados Unidos en México desde el 22 de noviembre de 2002.

Un ejemplo de esto, cuentan sus allegados, se dio el martes 13 de marzo de 2007. El sol maya de Uxmal fue testigo de esa transformación que mencionan sus amigos y familiares y que refleja su rostro. Ahora, la mujer más rica de Latinoamérica, la “Reina de la cerveza”, como la nombra la revista Forbes, tiene una sonrisa pronta. La antes llamada “Dama de hierro” (en alusión a la ex primera ministra británica Margaret Thatcher), la que difícilmente aparecía en público o en los medios, y si lo hacía era sólo para hablar de sus negocios, caminó con su esposo por esas ruinas mayas repartiendo saludos, estrechando manos e incluso haciendo cariños a su marido, con quien todo el tiempo intercambió miradas cómplices, sin importar incluso el protocolo por la cercanía de sus amigos los presidentes George W. Bush y Felipe Calderón Hinojosa, durante la última visita del mandatario estadounidense a tierras de Yucatán.

Ahora se ve estupenda, cierto. Y aquí la mayoría de los mexicanos podríamos preguntar al unísono: ¿Y cómo no estarlo, si posee una fortuna valuada –según el último ranqueo de Forbes— en 2 mil millones de dólares?

Pero no, ella no es una simple heredera de papá. Y tampoco es que todos los martes 13 hayan sido tan soleados como el de marzo del 2007.

Es una mujer respetada, admirada y querida en muchos círculos, aunque en otros ha sido objeto de fuertes críticas durante los últimos meses. Incluso se le han hecho señalamientos de ser, supuestamente, una empresaria que apoya con su fortuna intereses nada claros.

Sus relaciones con la ex pareja presidencial –Vicente Fox y Marta Sahagún–, incluyendo donaciones a la Fundación Vamos México; su apoyo económico a la campaña presidencial de Felipe Calderón; su relación con la firma que protagonizó la aparición del padrón del Instituto Federal Electoral (IFE) en el sitio del Partido Acción Nacional (PAN) e, incluso, su matrimonio con Tony Garza, quien se dice mantiene contactos de negocios en Austin, Texas, que beneficiarían los actuales intereses de la empresaria, así como la carrera política del embajador, son algunos de los dardos que con más veneno se le han lanzado.

Sin embargo, impasible, discreta y sin acometer los dimes y diretes de la prensa política y de negocios, la esposa del embajador estadounidense, que muy pronto aprendió de negocios con los viejos empresarios de Modelo, ahora muestra que la diplomacia también es un terreno que puede dominar.

La ex “Dama de hierro” ni siquiera se inmuta. Armada de su “avasalladora personalidad”, ahora reparte sonrisas, hace caridad entre instituciones privadas, promueve exposiciones de arte, reúne a mujeres mexicanas de todos los signos e identidades políticas para mostrar su poder de convocatoria. En fin, vive sin sobresaltos en el búnker que es ahora su hogar; una casona que funge como residencia oficial de la embajada de Estados Unidos en las Lomas de Chapultepec (un tanto diferente al exclusivo complejo habitacional Club de Golf Bosques, en la barranca de Hueyatlaco, donde el costo de un departamento de 380 metros cuadrados es de un millón 200 mil dólares, y donde vivió hasta antes de éstas, sus segundas nupcias). Mientras tanto aumenta cada año sus negocios y ganancias ahora, principalmente, dentro de los sectores financiero, inmobiliario y de telecomunicaciones.

Todo esto para dejar claro lo que sólo una vez comentó a The Wall Street Journal: “Es importante no sentirme una mujer inútil que heredó dinero y se sienta en un sillón a comer palomitas y ver películas”.

Y es que, en los últimos 12 años, María Asunción Aramburuzabala Larregui se ha encargado de forjar su propia herencia millonaria, una que muestra su fortaleza para romper barreras y tradiciones, lo que, en el mundo de los negocios mexicanos –tratándose, además, de una mujer–, no ha sido sencillo.

Así como rompió el molde en Grupo Modelo, instalándose en el consejo de administración presidido por los viejos empresarios cerveceros, así también lo hizo el 28 de abril de 2003 cuando, por primera vez en más de 100 años de la historia de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), se permitió a una mujer ocupar un lugar como consejera.

Esa escena se ha repetido en otros consorcios empresariales. María Asunción superó el reto de defender y mantener la fortuna forjada por su padre y, más aún, se ha encargado de multiplicarla y ponerle su propio sello. Por eso, ella es ya un caso de estudio por parte de las escuelas de negocios y de instituciones tan disímbolas como el World Economic Forum o el Instituto Nacional de las Mujeres.

Los abuelos Modelo

Siete décadas después de que don Braulio Iriarte Goyeneche fundara la Cervecería Modelo S.A. (el 8 de marzo de 1922), María Asunción se convirtió, de forma activa, en la tercera generación de empresarios de origen navarro en dirigir esa empresa.

Primero, su abuelo, don Félix Aramburuzabala Lazcano-Iturburu, destacaría como fundador y estratega de la firma y luego, su padre, don Pablo Aramburuzabala Ocaranza, de carácter recio y experto contable, le pasaron la estafeta.

La historia comenzó a escribirse mucho antes de que el ahora Grupo Modelo se convirtiera en la cervecera líder en México, en el productor de Corona, la marca mexicana más vendida en el mundo, y que según la Bolsa Mexicana de Valores reportó al primer trimestre de 2007 una utilidad neta consolidada de 3 783 millones de pesos, esto es 46.5 por ciento mayor que la registrada en el mismo periodo de 2006. Todo comenzó hace casi 150 años en una comunidad campesina de España. Fue en la casa Martindea del barrio Txojoto de Elizondo, en el Valle de Baztan, Navarra, donde Braulio Iriarte nació en 1860.

Según el historiador Alberto Alday Garay, un experto en la historia de los navarros de la comunidad baztanesa en México, don Braulio era un hijo de campesinos, sin formación académica, oficio, ni capital alguno. A los 17 años viajó a México, que era un destino minoritario de la emigración navarra durante el siglo XIX.

En 1877 inició como empleado en una panadería, pero ya al comenzar el siglo XX había llegado a ser un gran empresario panadero, propietario de 80 panaderías, y posteriormente harinero. Regenteaba el molino Euskaro en la ciudad de México, y el Beti-Ona de la Compañía Molinera Veracruzana, en el puerto de Veracruz, junto con sus sobrinos Agustín Jáuregui Iriarte (nacido en Elizondo en 1890) y José Larregui Iriarte (nacido en Elbete en 1899).

En 1913, durante la Revolución mexicana, Iriarte Goyeneche decidió entrar, en sociedad con un grupo de empresarios panaderos navarros, en un tercer negocio relacionado con la panificación fundando la sociedad Levadura Comprimida Leviatán, S.A., que fue la primera empresa en México dedicada a la fabricación de levadura para pan, producto que era importado de Estados Unidos hasta la Revolución.

Con este capital acumulado y durante décadas de actividad industrial en México, el 8 de marzo de 1922 fundó la Cervecería Modelo, S.A., empresa que comenzaría en 1925 a fabricar las cervezas Modelo, Corona y Negra Modelo.

Para la constitución de la sociedad, Iriarte buscó el apoyo financiero de algunos de los empresarios más prominentes de la colonia española en México.

Él aportó a la sociedad la fábrica de cervezas y el terreno llamado “de Anzures”, sobre el que se había construido la fábrica, ubicado en la colonia de Santa Julia, en la antigua Hacienda de la Ascensión del Señor, municipalidad de Tacuba del Distrito Federal. Este terreno lo había comprado don Braulio en 1920. Hoy, ocho décadas después, la fábrica de cerveza aún se encuentra en ese mismo lugar.

Sobre ese acto fundacional, el diario español El Sol publicó: “La inauguración de esta hermosa fábrica tuvo efecto el día 25 de octubre de 1925, a la que concurrió el presidente de la República Mexicana, señor don Plutarco Elías Calles, acompañado de todo su gabinete; asimismo asistió el excelentísimo marqués de Berna, ministro de España en México, y casi todo el cuerpo diplomático, además de todas las personalidades en los negocios, finanzas e industria, e innumerable cantidad de público”. Esto pone de relieve la trascendencia social y económica de la instalación de la cervecería en la Ciudad de México.

A pesar de que las convulsiones políticas y sociales que se vivían en México en esa época no generaban el escenario ideal para hacer negocios, don Braulio Iriarte logró consolidar el producto internamente y, luego, aprovechó dos momentos clave para superar la expansión en el mercado estadounidense y triunfar en aquel país: el primero fue el final de la Ley Seca (21 de marzo de 1932), momento en el que Iriarte envió en tren más de un millón de litros; el segundo llegaría en la década de los cuarenta, con la autopista panamericana y los trailers, pues ahí inicia una etapa de expansión tanto en la República Mexicana como en la frontera norte del país.

Iriarte Goyeneche, quien fue presidente del consejo de administración entre 1922 y 1932, no estaba solo en todos estos esfuerzos: tenía a su lado un amplio equipo navarro que reforzó cuando los socios españoles dejaron esta aventura ante la primera crisis de 1923.

Alday Garay comenta que para sustituir a los socios salientes, Iriarte acudió a sus paisanos euskaldunes de la montaña navarra, pequeños y medianos empresarios panaderos, como Francisco Cilveti Ilarregui (Aritzu, Valle de Anue, 1877), quien fue vicepresidente de la compañía; Martín Oyamburu Arce (Lizaso, Valle de Ultzama, 1881); Andrés Barberena Urrutia (Garralda, Valle de Aezkoa, 1880); Marcelino Zugarramurdi Etxenike (Arizkun, Valle de Baztan, 1882); Fermín Buadés Neol (Elizondo, Baztan, 1882); Pedro Magirena Saldías (Bera, 1877) y Victoriano Loperena Ilarregui (Arizkun, Baztan, 1883).

Estos navarros integraron el segundo consejo de administración de Cervecería Modelo. Asimismo fueron comisarios los también navarros Segundo Minondo Rota (Nagore, Valle de Arce, 1888) –quien fue además el primer gerente de la sociedad–, José Olave y Pedro Etxenike Inda (Gartzain, Baztan, 1893), dando inicio a la etapa de control navarro de la compañía. El accionista de Modelo Miguel Burgaizea Urrutia (Elizondo, Baztan, 1871) era al mismo tiempo el administrador de Levadura Leviatán.

A la muerte de Braulio Iriarte, ocurrida el 25 de junio de 1932, le sucedió en la presidencia el entonces vicepresidente Pablo Díez Fernández, nacido en Vegaquemada, León, en 1884.

Pablo Díez había entrado en el accionariado y administración de la sociedad en noviembre de 1922. Era uno de los hombres de confianza de Braulio Iriarte y también procedía del sector del pan y las levaduras (socio, consejero y gerente de Levadura Leviatán).

Paralelamente, los socios navarros fueron abandonando la sociedad. Zugarramurdi había renunciado a su cargo de consejero en 1929 y Loperena lo hizo en 1933. Con la desaparición de Oyamburu y Buadés concluyó el dominio navarro de esta empresa y empezó el leonés.

A este tránsito, Alday lo denomina “De la Corona Navarra a la Corona Leonesa”. Pero su éxito no decreció. Uno de sus mayores aciertos fue desarrollar en los años cuarenta la etiqueta de cristal que presumía: “no ensucia, ni se despega ni se pierde”, y asociar la cerveza a una imagen de relax y palmeras. Su impacto en el turismo americano fue contundente y se convirtió en la mejor embajadora mexicana.

La persona clave de esta etapa es el leonés Pablo Díez, presidente del consejo de administración desde 1932 hasta 1971.

Y es precisamente en esta época cuando aparece como protagonista don Félix Aramburuzabala Lazcano-Iturburu (Eskoriatza, 1886-México, 1972), quien fue el hombre de confianza de Díez, y quien, además, retomó la saga vasca del emporio cervecero.

La periodista Alicia Ortiz Rivera, autora de una biografía sobre Juan Sánchez Navarro, comenta que el llamado “ideólogo empresarial de México”, quien también es parte fundamental de la historia de Grupo Modelo y en sus últimos años tuteló a Mariasun en asuntos de negocios, consideraba que los mejores empresarios que había conocido en México eran Carlos Slim, presidente de Telmex; Pablo Díez y Félix Aramburuzabala, fundadores del Grupo Modelo, además de Lorenzo Servitje, presidente del Grupo Bimbo.

Y es que don Félix, como tantos otros empresarios vascos exitosos en México, llegó al país siendo muy joven y además en la pobreza.