Opinión

Las compañeras de Zapata · Felipe Ávila

Un retrato íntimo de Zapata a través de los testimonios de las mujeres que lo acompañaron.

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ADELANTOS EDITORIALES

La vida pública de Emiliano Zapata como luchador revolucionario y líder honesto e incorruptible es bastante conocida, y se ha analizado y descrito en centenares de libros, artículos y documentales.

Su retrato se aprecia en fotografías, películas y diversos artistas se han apropiado de su imagen. Colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de transporte público, organizaciones campesinas, fundaciones y colectivos se han bautizado con su nombre. Hoy es un símbolo de los oprimidos y su fama ha rebasado las fronteras nacionales.

Sin embargo, sabemos poco sobre la vida privada de este personaje histórico y, menos aún, sobre las mujeres que compartieron parte de su vida con él. Los testimonios reunidos en este libro dan voz a un eje fundamental de la Revolución mexicana: las mujeres.

Las compañeras de Zapata tuvieron orígenes y destinos distintos, pero un evento las unió: acompañaron al Caudillo del Sur y fueron partícipes en la lucha por la tierra, la justicia y la libertad. Esta es una invitación a conocerlas.

Fragmento del libro "Las compañeras de Zapata" (Crítica), 2021, Felipe Ávila. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Felipe Ávila. Sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por El Colegio de México. Es profesor de Historia del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Las compañeras de Zapata | Felipe Ávila

#AdelantosEditoriales


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Inés Alfaro Aguilar, su primera compañera

Cuando tenía poco más de 20 años, se hizo novio de Inés Alfaro Aguilar, una joven de Villa de Ayala —hija de Remigio Alfaro, uno de los vecinos más influyentes de esa localidad—, a quien se llevó a vivir con él y con la que tuvo cinco hijos. La primera, Guadalupe, nació en 1903, pero murió al poco tiempo. El 6 de diciembre de 1904 nació Nicolás, el hijo que lo sobrevivió, pues los otros tres —Juan, Ponciano y María Elena— murieron prematuramente. En el México de esa época, las enfermedades, la desnutrición, la falta de higiene y de servicios médicos, la insalubridad y la pobreza diezmaban a la población infantil; esta situación se agudizó con la Revolución y la violencia que conllevaba, que quizá tuvo en Morelos a su epicentro, lo que aumentó de manera exponencial los riesgos para la sobrevivencia de los infantes. De los 15 hijos que tuvo Zapata, solo cinco llegaron a la edad adulta.

Emiliano sembraba sandías, chile y maíz, que vendía en el mercado local. Acarreaba caña para la hacienda de Tenextepango. Tenía algunos animales. Como el único hijo varón que se había quedado en Anenecuilco, heredó las pocas tierras de su padre; con sus ahorros, adquirió otras más. No le iba mal. Era trabajador y responsable. A pesar de su carácter serio y taciturno, reservado, que es el perfil con el que lo conocemos a partir de que se hizo famoso, era alegre y cariñoso. Le gustaba tomar con los amigos, las peleas de gallos y, sobre todo, montar a caballo y hacer suertes con él. Era asiduo a las fiestas y ferias de los pueblos del oriente de Morelos y del suroeste de Puebla. Era uno de los mejores con el caballo y el lazo, y se animaba también a torear vaquillas. Eso le acarreó algunas cornadas, muchas revolcadas y, al decir de algunos, le hizo perder la falange de un dedo de la mano.

Su sobrina Irene Merino Barrientos, nacida en 1904 en Villa de Ayala, Morelos —hija del primo hermano de Emiliano, Rafael Merino, uno de los primeros en levantarse en armas junto con Zapata contra Porfirio Díaz, firmante del Plan de Ayala y caído en combate en las primeras semanas de la rebelión— contó cómo veía a Zapata de niña: «No había otro charro como él, la gente, cuando lo veía, lo distinguía luego luego de en medio de la gente».1

Era sociable. Tenía compadres y amigos. También era infiel. Había tenido una relación sentimental al comenzar el siglo con Luisa Merino. Después se juntó con Inés Alfaro, con la que vivió varios años; esta relación le ocasionó problemas con la justicia, ya que la familia de la joven, que supo de su noviazgo con Josefa Espejo —con la que se casaría después—, lo denunció, por lo que fue apresado y enrolado en el ejército federal, del cual escapó poco después.

Otro hecho que fortaleció la amistad entre ambos fue la emboscada que sufrieron en el puente de Calderón, de la que se defendieron y escaparon, aunque el padre de Herlinda fue herido en un pie. Dado que era común que los amigos en el mundo rural de la época se hicieran compadres, el papá de Herlinda le pidió a Emiliano que fuera padrino de una de sus hijas:

A pesar del estado de salud de mi padre (por la herida de la emboscada) continuó como compañero de trabajo y amigo de don Emiliano, siendo en estas circunstancias que le pidió llevasen él y su esposa Inesita a bautizar a mi hermanita Cándida, proposición que aceptó con mucho gusto, pues este hecho fortalecería más su amistad y su confianza.

1. Entrevista a Irene Merino Barrientos, 23 de febrero de 1974, inah, Programa de Historia Oral, pho/Z/1/95.

2. Entrevista a Miguel Espejo, 21 de septiembre de 1974, Me´xico, inah, Programa de Historia Oral, pho/Z/1/67

3. Idem

4. Herlinda Barrientos, Ma. Dolores Ca´rdenas y Guillermo Gonza´lez Cedillo, Con Zapata y Villa: tres relatos testimoniales, Me´xico, inehrm, 1991, p. 15