Opinión

Las buenas madres • Alex Perry

La historia real de las mujeres que se enfrentaron a la mafia más poderosa.

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ADELANTOS EDITORIALES

Fundada hace más de 150 años por pastores calabreses, la ‘Ndrangheta está considerada la mafia más poderosa del mundo: trafica con el 70 % de la cocaína y la heroína de Europa, negocia acuerdos ilegales de venta de armas con criminales y terroristas, y blanquea miles de millones de euros al año. Es el imperio del crimen más poderoso, afirma Alex Perry, pero lo extraño es que pocos de nosotros hemos oído hablar de ella.

¿Qué papel desempeñan las mujeres en esta organización criminal? Cuando Alessandra Cerreti llegó a Calabria en abril de 2009 como nueva fiscal antimafia de la región, se hizo esta pregunta, y siguió en su empeño en averiguarlo pocos meses después, con la desaparición de Lea Garofalo, quien había testificado contra su marido mafioso en 2002 y llevaba más de doce años huyendo con su hija.

Con una prosa ágil y una fuerte tensión narrativa, el autor reconstruye no sólo la vida de Lea Garofalo y su hija Denise, sino de otras mujeres a las que la fiscal Cerreti logra persuadir para que rompan el silencio y testifiquen. Es la historia de unas madres que se enfrentan al mayor de los peligros para salvar sus vidas y las de sus hijos, y es también el devenir de una jueza y de unos mafiosos que darán la batalla de forma despiadada. Una lucha en la que no todos sobrevivirán.

Fragmento del libro Las buenas madres (Ariel), © 2020, Alex Perry. © 2019 Traducción: Juanjo Estrella. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Alex Perry fue el jefe de la oficina de TIME en África hasta 2013. Regresa a África con frecuencia, y escribe para muchas publicaciones, entre ellas Newsweek, para quienes es editor colaborador. Ha dado clases de Filosofía, Política y Economía en la universidad de Oxford y ha recibido numerosos premios de periodismo. 

Las buenas madres | Alex Perry

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Las buenas madres de Alex Perry

II

En Calabria, la desaparición de Lea Garofalo no necesitaba explicación. La mafia había acuñado incluso un término para la gente que un día, sin más, desaparecía: lupara bianca, «escopeta blanca», una muerte sin cadáver que nadie había presenciado. En Pagliarelle, la remota aldea de montaña en el arco de la bota italiana en la que habían nacido Lea y Carlo, la gente sabía que no debía volver a pronunciar jamás el nombre de Lea.

Pero no iban a poder olvidarla del todo. El modesto estudio de Lea, situado en una primera planta, con las contraventanas y cañerías de desagüe pintadas de rosa chillón, estaba a pocos metros de la plaza principal. Pero los cuatrocientos habitantes de Pagliarelle habían aprendido hacía tiempo a vivir con sus fantasmas. En el transcurso de tres décadas, treinta y cinco hombres y mujeres habían sido asesinados en vendettas de la mafia allí y en la localidad vecina de Petilia Policastro; entre ellos, el padre de Lea, Antonio, su tío Giulio y su hermano Floriano. En un lugar como ese, en una familia como la suya, la desaparición de Lea podía parecer inevitable, incluso una especie de resolución. Años después, su hermana Marisa alzaría la vista desde la calle para contemplar la ventana de Lea, en el primer piso, y diría: «Lea quería libertad. Nunca agachó la cabeza. Pero, para la gente que sigue a la ‘Ndrangheta, esa elección se considera algo muy excéntrico. Muy serio. ¿Quieres ser libre? Pues lo pagas con tu vida». Lo que Marisa decía en realidad era que nadie podía hacer nada.

Alessandra Cerreti sabía que muchos de sus colegas compartían esa misma visión. Cuando, siete meses atrás, había llegado a Calabria procedente de Milán para tomar posesión como nueva fiscal antimafia de la provincia, le sorprendió constatar que muchos calabreses aceptaban la ‘Ndrangheta como una parte inmutable de la vida. Más allá del sur de Italia, la mafia se veía como una película o una novela, una leyenda entretenida y hasta glamorosa que tal vez en algún momento hubiera tenido algo de verdad histórica pero que, en una época de preocupaciones más sofisticadas, como la crisis financiera, el cambio climático o el terrorismo, parecía la fábula de una era pretérita. Pero en Calabria no. Como sus primas más conocidas de Sicilia y Nápoles, la ‘Ndrangheta había nacido entre mediados y finales del siglo XIX. Pero si bien los sicilianos, sobre todo, habían visto su poder constantemente erosionado por la ofensiva del Estado y la resistencia popular, la ‘Ndrangheta se había ido fortaleciendo cada vez más. La organización todavía la dirigían sus fundadores originales, ciento cuarenta y una antiguas familias que se dedicaban al pastoreo y al cultivo de naranjos, y que gobernaban los valles aislados y los pueblos de Calabria. Sus peones seguían recaudando miles de millones al año a comerciantes, dueños de restaurantes y heladeros calabreses (y asesinando a algún que otro agente de policía testarudo, o al juez o al político que se interpusiera en su camino). Con todo, lo que había transformado a la ‘Ndrangheta era la internacionalización. Ahora, esta traficaba con el 70 por ciento de la cocaína y el 80 por ciento de la heroína de Europa. Saqueaba al Estado italiano y a la Unión Europea muchos miles de millones de euros más. Negociaba acuerdos ilegales de ventas de armas con criminales, rebeldes y terroristas de todo el mundo, incluidos todos los bandos de la guerra civil siria. Según cálculos de la fiscalía, en 2009 el imperio de la ‘Ndrangheta abarcaba cincuenta países, la cuarta parte del planeta, desde Albania hasta Togo, y era el nexo de unión entre una guerra de bandas en Toronto y el asesinato de un abogado en Melbourne. Era la dueña de todo un barrio de Bruselas y también de una pizzería de Queens, Nueva York, llamada Cucino a Modo Mio (cocino a mi manera), donde se distribuía cocaína. Al inicio de la segunda década del nuevo milenio, la ‘Ndrangheta era, según casi todos los parámetros, el sindicato del crimen más poderoso de la Tierra.

Si la violencia despiadada era el combustible de su imperio global, su resultado era una riqueza inusitada. Todos los años, la organización obtenía unos ingresos de entre cincuenta mil y cien mil millones de dólares, el equivalente al 4,5 por ciento del PIB italiano, o el doble de los beneficios de Fiat, Alfa Romeo, Lancia, Ferrari y Maserati juntos. Allí había tanto dinero que para lavarlo y ocultarlo hacía falta un segundo negocio. Y los calabreses habían llegado a ser tan buenos lavando dinero, poniendo en circulación miles de millones a través de restaurantes, constructoras, pequeños bancos en paraísos fiscales y grandes instituciones financieras, incluido el mercado holandés de las flores y el comercio europeo del chocolate, que los colegas fiscales de Alessandra empezaban a recabar informaciones según las cuales otros grupos criminales organizados —de Europa del Este, Rusia, Asia, África y Latinoamérica— pagaban a la ‘Ndrangheta para que hiciera lo mismo con sus fortunas. Ello significaba que la ‘Ndrangheta gestionaba el flujo de centenares de miles de millones, incluso de billones de dólares ilegales por todo el mundo.

Y era eso, la dispersión del dinero del crimen organizado de todo el mundo a manos de la ‘Ndrangheta, lo que aseguraba que los calabreses tuvieran algo que ver en la vida de todo el mundo. Miles de millones de personas vivían en los edificios que pertenecían a la ‘Ndrangheta, trabajaban en sus empresas, compraban en sus tiendas, comían en sus pizzerías, compraban y vendían sus acciones, hacían negocios con sus bancos y escogían a políticos y partidos financiados por ella. Tan importante como las mayores empresas, bancos o gobiernos, el dinero gestionado por la ‘Ndrangheta movía mercados y cambiaba vidas desde Nueva York a Londres, desde Tokio a São Paulo, pasando por Johannesburgo. En las primeras dos décadas del nuevo milenio, costaba imaginar otra iniciativa humana que ejerciera una influencia equiparable sobre tantas vidas. Y lo más destacado de todo era que casi nadie había oído hablar de ella.

La ‘Ndrangheta (pronúnciese andr¯angueta), palabra que deriva del griego andragathía que significa sociedad de hombres de honor y valor, era un misterio incluso para muchos italianos. En realidad, esa ignorancia se debía tanto a la percepción como al engaño. A muchos italianos del norte les costaba incluso concebir que en el sur hubiera riqueza o cualquier tipo de éxito. De hecho, el contraste era llamativo. El norte tenía Florencia y Venecia, tenía el prosciutto y el parmigiano, el vino Barolo y el vinagre balsámico, el Renacimiento y la Ilustración, el AC Milan y el Inter de Milán, Lamborghini y Maserati, Gucci y Prada, Caravaggio, Miguel Ángel, Pavarotti, Puccini, Galileo, Leonardo da Vinci, Dante, Maquiavelo, Marco Polo, Cristóbal Colón y el Papa. El sur tenía limones, mozzarella y sol en invierno.

Alessandra sabía que esa era la gran mentira de una Italia unificada. Hacía dos mil años, el sur había sido una de las fuentes de la civilización europea. Pero cuando Giuseppe Garibaldi, general del norte, convirtió la península italiana en una sola nación en 1861, lo que intentaba era amalgamar ilustración, industria y cultura con feudalismo y con falta de escolarización y de alcantarillado. Aquella contradicción había resultado excesiva. El norte había prosperado en industrialización y actividad comercial. El sur se deterioró, y millones de meridionales se habían ido de su tierra y habían emigrado al norte de Europa, a América del Norte y del Sur y a Australia.

Con el tiempo, las provincias situadas al sur de Roma pasaron a conocerse como el Mezzogiorno, la tierra en la que el sol del mediodía abrasaba las cabezas, una extensión seca y adormecida de campesinos y pescadores que iba de los Abruzos hasta Nápoles y llegaba hasta la isla de Lampedusa, a ciento once kilómetros del norte de África. Para gran parte del sur, esa descripción genérica era un tópico que no se ajustaba a la realidad. Pero, para el caso de Calabria, la punta del tacón, sí resultaba adecuada. Los romanos la habían llamado Bruttium y, en sus doscientos cincuenta kilómetros de norte a sur, Calabria era poco más que tierras de arbustos y montañas agrestes entre las que se intercalaban campos de olivos de tronco retorcido y otros cubiertos de una fina capa de polvo gris. Todo mostraba un aspecto fantasmagórico y poco poblado: más de un siglo de emigración había hecho que fueran cuatro veces más los calabreses y sus descendientes que vivían fuera de Italia que en su patria. Cuando salía en coche de Reggio y se adentraba en el campo, Alessandra pasaba por una sucesión de pueblos vacíos, aldeas desiertas y granjas abandonadas. Era como haber llegado después de una gran catástrofe. Y es que en realidad lo era, si se tenían en cuenta los siglos de constante indigencia.

Con todo, había una belleza dura en aquellos parajes. En lo alto de las montañas, los lobos y los jabalíes recorrían bosques de hayas, cedros y encinas. Más abajo, la tierra se abría formando espectaculares barrancos a través de los que unos ríos de aguas gélidas descendían hacia el mar. A medida que las pendientes se suavizaban, los bosques dejaban paso a viñas y pastos de verano, y más abajo aún a terrazas con plantaciones de limoneros y naranjos. En verano, el sol abrasaba la tierra, convirtiendo el suelo en una extensión polvorienta, y las hierbas espinosas en rastrojos dorados. En invierno, la nieve cubría las montañas y las tormentas azotaban los acantilados de la costa y se tragaban las playas.

Alessandra se preguntaba si era la violencia de su tierra la que alimentaba la ferocidad de los calabreses. Estos vivían en pueblos antiguos construidos sobre fortalezas naturales de roca. En sus campos cultivaban pimientos picantes y jazmines de perfume embriagador, y criaban unas vacas de grandes cornamentas y cabras de montaña que asaban enteras en hogueras alimentadas con vástagos de vid. Los hombres cazaban jabalíes con escopetas y peces espada con arpones. Las mujeres aliñaban las sardinas con pimientos picantes y dejaban secar las truchas al aire libre durante meses hasta que su carne se convertía en un estofado café de olor acre. Para los calabreses, también era muy fina la línea que separaba lo sagrado y lo profano. Durante las festividades de los santos, las procesiones matutinas venían seguidas de fiestas callejeras por las tardes en las que las mujeres servían gigantescos platos de maccheroni con ‘nduja, un embutido blando con pimentón picante, del color del ladrillo, que se acompañaba de un vino tinto que teñía los labios y abrasaba la garganta. Cuando el sol empezaba a ponerse, los hombres bailaban la tarantela, un baile así llamado por los efectos de la picadura de la tarántula. Al son de las mandolinas, al ritmo de las panderetas que acompañaban unas letras sobre amores desgraciados o amores de madre, o de la emoción de un chorro de sangre saliendo del corazón apuñalado de un traidor, los hombres competían durante horas por ver quién bailaba más y más tiempo. «La Grecia de Italia», escribían los periódicos, aunque en realidad eso era un insulto para Grecia. A diferencia de su vecino del mar Jónico, la economía legal del sur de Italia no había crecido desde el cambio de milenio. La tasa de desempleo juvenil, del 50 por ciento, era la más elevada de Europa.

Pero el sur sí había experimentado cierta clase de desarrollo. Muchos meridionales veían la creación garibaldina de un Estado italiano dominado por el norte como un acto de colonización. Condenados ya por lo que eran, les importaban poco las opiniones de los norteños sobre lo que hacían. Por todo el Mezzogiorno, desde el nacimiento de la república, reinaban los bandoleros. Algunos se organizaban en grupos familiares. En el siglo y medio transcurrido desde la unificación, unos centenares de familias en Nápoles, Sicilia y Calabria se habían enriquecido. Y, como rebeldes delincuentes dedicados a subvertir un Estado ocupante, recurrían a la intimidad y a la lealtad de la familia, así como a un violento código de honor y a la resistencia con causa, para correr un velo de omertà sobre su riqueza. En 2009, en Calabria, los jefes del crimen seguían vistiendo como campesinos dedicados al cultivo de la naranja. Solo en los últimos años el gobierno italiano había empezado a ser consciente de que aquellos hombres de aspecto rudo, con sus mujeres de mandíbula retraída y sus hijos vándalos, se encontraban entre los cerebros criminales más importantes del mundo.

Como mínimo, quién dirigía la ‘Ndrangheta no era ningún misterio. La falta de progreso del sur era tanto una cuestión social como material. La tradición imponía que las familias eran como reinos feudales en miniatura en los que los hombres y los hijos varones ostentaban el poder absoluto. Los hombres concedían a las mujeres escasa autoridad o independencia, poco más que una existencia de vasallaje, consideradas propiedades y objetos de honor. Como los reyes medievales, los padres emparejaban a sus hijas adolescentes para sellar alianzas entre clanes. Pegar a las esposas y las hijas era algo rutinario. Para los hombres, las mujeres eran deseables pero inútiles; no podía confiarse en su fidelidad y no se consideraba que fueran capaces de dirigir sus propias vidas, así que por su propio bien debían ser estrictamente controladas. Las mujeres que engañaban a sus maridos, incluso las que eran infieles a la memoria de los que ya llevaban veinte años muertos, eran asesinadas, y eran sus propios padres, hermanos, hijos y maridos los encargados de ejecutarlas. Solo la sangre limpiaba el honor de la familia, decían los hombres. A menudo quemaban los cadáveres o los disolvían en ácido para asegurarse de borrar del todo la vergüenza familiar.

Esa perversión de la familia habría resultado algo extraordinario en cualquier momento y en cualquier lugar. Y mucho más en Italia, donde la familia era algo casi sagrado. La severidad de aquella misoginia había llevado a algunos fiscales a comparar la ‘Ndrangheta con ciertos grupos islamistas. Al igual que ISIS y Boko Haram, los ‘ndranghetisti aterrorizaban de manera rutinaria a sus mujeres y aniquilaban a sus enemigos en aras de un código de honor inmutable y de su sentido de la justicia.

De modo que, según los fiscales calabreses, la vida de una mujer de la ‘Ndrangheta, como era Lea, resultaba en efecto trágica. Y sí, el machismo inhumano de la organización era una razón más para erradicarla. Pero ello no implicaba que las mujeres fueran de gran utilidad en esa lucha. Casi desde el día mismo en que Alessandra llegó procedente de Milán en abril de 2009, sus colegas le dijeron que las mujeres de la mafia eran unas víctimas más de esta. «Las mujeres no cuentan», le aseguraron. Al saber de la desaparición de Lea, sus compañeros de trabajo admitieron que la noticia era desgarradora, sobre todo para los que la habían conocido, a ella y a Denise, como testigos protegidos. Pero la muerte de Lea era meramente un síntoma del problema, insistían. No era relevante para la causa.

Alessandra discrepaba. No es que se atribuyera una comprensión más profunda de las dinámicas familiares. Tenía treinta y nueve años, estaba casada, no tenía hijos, y su aspecto —delgada, bien vestida, con su pelo corto, liso, peinado à la garçonne, con raya al lado— enfatizaba su profesionalidad. Sin embargo, cuando se trataba de la familia, Alessandra defendía que era lógico que las mujeres desempeñaran un papel fundamental en una organización criminal estructurada en torno a los lazos de parentesco. La familia era la sangre de la mafia. Como un cordón umbilical invisible que no se había cortado, la familia era el modo en que la mafia se procuraba alimento y poder. Y en el corazón de toda familia había una madre. Además, según ella, si era verdad que las mujeres no contaban, ¿por qué los hombres lo arriesgaban todo para matarlas? Las mujeres tenían que ser algo más que meras víctimas. En tanto que siciliana y en tanto que mujer perteneciente a la judicatura italiana, Alessandra también sabía algo sobre patriarcados que ninguneaban a las mujeres a pesar de depender de ellas. A sus colegas, en su mayoría, se les escapaba la importancia de las mujeres de la ‘Ndrangheta, y en su opinión era porque casi todos eran hombres. «Y los hombres italianos subestiman a todas las mujeres —añadió—. Es un problema real».

Cuando Lea Garofalo desapareció, las pruebas que corroboraban el punto de vista de Alessandra se exponían casi a diario en todos los periódicos italianos. Durante dos años, la prensa escrita había llenado páginas y más páginas con las escandalosas alegaciones y las actitudes conservadoras de un fiscal de Perugia llamado Giuliano Mignini. Este acusaba a una estudiante estadounidense, Amanda Knox (con la ayuda de dos hombres, uno de los cuales era novio de Knox desde hacía cinco días), de asesinar a su compañera de departamento británica, Meredith Kercher. Mignini alegaba que los dos hombres estaban atrapados por los encantos satánicos de Knox. Asumiendo el planteamiento del fiscal, un abogado del caso describió a la acusada como «diablesa… de aspecto luciferino… demoníaca… dada a la lujuria». De cincuenta y cinco años, ferviente católico y padre de cuatro hijas, Mignini le contaría luego a un director de documentales que aunque las pruebas forenses contra Knox eran escasas, su «carácter desinhibido» y su «falta de moral» habían terminado de convencerlo. «Se llevaba a chicos a su casa —reflexionaba—. Placer a cualquier precio. Eso está en el origen de la mayoría de los crímenes».

Al final, Knox y su novio fueron absueltos dos veces en el tribunal de apelación, y los fiscales castigados por el Tribunal Supremo de Italia por presentar un caso con «defectos flagrantes». Pero en la época en la que Lea desapareció, faltaban apenas unos días para que Knox fuera condenada en primera instancia, y la versión de los hechos expuesta por Mignini —que una mujer soltera, estadounidense, que se había acostado con siete hombres, era una pervertida diabólica capaz de conseguir que sus esclavos sexuales asesinaran a su compañera de departamento— era una verdad aceptada.