Opinión

La mujer que nació tres veces • Sandra Frid

Nahui Olin, la mujer de fuego, la pintora y poeta del cosmos.

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ADELANTOS EDITORIALES

Carmen empaca el último de sus abrigos mientras su esposo, Manuel, se acomoda indiferente la corbata frente al espejo. En Veracruz la espera el barco que los llevará hacia Europa en un último intento de darle color a una vida y un matrimonio insatisfactorios. Es 1914 y Carmen arde en deseos de conocer el París de las luces y la bohemia, quiere ser pintora y rodearse de todos los grandes: Picasso, Matisse, Gris... No puede imaginarse que, en unos años, será amiga de Diego Rivera y Tina Modotti y que, bajo un nuevo nombre que la marcará para siempre, se convertirá en un ícono de la cultura, condenado y venerado con igual fuerza: Nahui Olin, la mujer de fuego, la rebelde, la pintora y poeta del cosmos.

La mujer que nació tres veces es la novela de uno de los personajes más extraordinarios del siglo XX y el apasionante retrato de un corazón desbordado, tocado por la locura y la pérdida: artista, modelo, esposa y amante que llevó su existencia febril a los límites.

Fragmento del libro La mujer que nació tres veces, de Sandra Frid © 2019, Planeta . Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Sandra Frid estudió la licenciatura en Diseño Gráfico en la Ciudad de México. Ha realizado estudios de Filosofía en la Universidad Anáhuac y en el ICS; en la Universidad Iberoamericana estudió los diplomados en Novela Histórica, Literatura Israelí y Literatura Latinoamericana; y en la UNAM, Mujeres en la literatura.

La mujer que nació tres veces | Sandra Frid

#AdelantosEditoriales


Fragmento La mujer que nació tres veces

 

CIUDAD DE MÉXICO

1914

Carmen recorrió con la mirada los vestidos colgados en el ropero. Junto a ella, sobre el edredón de plumas de ganso, había dos maletas abiertas: la suya, casi vacía; la de él, llena y lista.

—Date prisa, el tren sale a las seis —la apremió—, y ojalá corramos con suerte, leí que los de la bola bloquean las vías y asaltan a los pasajeros.

Ella encogió los hombros restándole importancia. Confiaba en su buena suerte y prefería imaginarse en la cubierta del barco, con el viento marino despeinándola y a su alrededor la luminosidad del cielo, donde los astros parecen estar al alcance de la mano.

—Hará frío —dijo al sacar su abrigo de mink—. Llevaré esto encima, sin ropa.

Manuel la miró a través del espejo en el que él, esmeradamente, se anudaba la corbata.

—Poco apropiado para el clima de Veracruz.

—Si me acaloro, me lo quito.

Carmen dejó la piel sobre la cama y abrió un cajón. Sus dedos acariciaron la seda de las medias que guardaba en una caja de raso; la tomó y vació su contenido en la maleta. Manuel, que no había dejado de observarla, volteó:

—Son demasiadas, ¿no crees?

—Nunca lo son.

Abrió otro cajón, el de los camisones. Como le gustaba dormir desnuda, eligió solo dos.

La criada se anunció con ligeros golpecitos en la puerta. Carmen le indicó qué vestidos meter en el baúl grande. Los sombreros, envueltos en papel para evitar que se estropearan, ya estaban, cada uno, en su estuche. A punto de perder la paciencia, Manuel llamó al mozo para que cerrara el equipaje y empezara a cargar los bultos.

Parsimoniosa, ella se sentó en el canapé de su tocador. Con una borla se polveó la cara, cepilló sus rizos, mezcla de oro y cobre, y se pintó los labios en tono frambuesa; frambuesa madura que su marido no ansiaba morder. La incomprensión de aquella indiferencia a los seis meses de casados la hizo fruncir el entrecejo. Suspiró. Recogió los objetos esparcidos en el peinador y los guardó en el neceser.

Se caló el sombrero de faya color aceituna, los guantes de cabritilla y salió sin mirar atrás.

El enorme buque llenó las pupilas de un Manuel novato en la navegación. Le temía al mareo que, según había oído, a algunos puede mantenerlos recluidos en el camarote durante todo el trayecto. La escala en La Habana me dará un respiro, decidió al abordar. Su sobresalto creció mientras un grumete los dirigía al compartimento: desde ahí, las tres chimeneas negras se elevaban, descomunales, hacia un cielo sin nubes. ¡Qué multitud! Si esto se hunde, ¿cuántos moriremos? El calor y la humedad se adherían a su cuerpo. Le urgía quitarse el saco, la corbata y meterse bajo un chorro de agua fría.

Ya instalados, Carmen, radiante, se puso guantes de hilo y unas gotas de perfume. Cuando la sirena anunció que estaban a punto de zarpar, abrió la puerta del camarote.

—Vamos a ver cómo se aleja el barco del muelle, el gentío despidiéndose…

—Hará mucho viento, prefiero quedarme aquí.

Ella anudó las cintas del sombrero bajo su barbilla y salió, dejando la puerta abierta. Colérico, Manuel se levantó a cerrarla. Se asomó un momento por la claraboya y, seguro de haberse mareado, regresó a la cama.

Carmen miraba sonriente los tres navíos que, tras ellos, los acompañaban hasta la boca del puerto. Además de los oficiales, algunas personas agitaban pañuelos y vociferaban adioses que el estruendo de la sirena ahogaba. Entonces, Carmen miró el horizonte y pensó en su padre. «¡Falta poco para vernos!», gritó al viento. Antes de volver al camarote, decidió familiarizarse con el barco.

Manuel abrió la puerta y asomó la cabeza en espera de ver pasar a un camarero.

—¿A qué hora llegaremos a Cuba? —preguntó.

—Al mediodía. ¿Se siente usted mal, señor?

—Un poco mareado.

—Puedo llamar al médico o, si me lo permite, le sugiero beber jugo de limón en medio vaso de agua con dos cucharadas de azúcar y no tomar café durante el viaje.

—Eso haré, gracias.

Luego de un día en altamar, la costa habanera se distinguía a la distancia. Carmen corrió para ganar un espacio en la proa. Junto a ella, un hombre mayor señaló una fortaleza.

—Es el castillo de San Carlos de la Cabaña —le explicó—.

¿Lo conoce?

—Habré estado aquí hace años, pero no lo recuerdo.

De pronto, apareció Manuel. Su cara, recién afeitada, relucía. Olía a after shave y llevaba el sombrero ladeado.

—¡Estás guapísimo! —Soltó Carmen tras un silbido.

—Y listo para pisar tierra firme.

Del frescor del edificio de la aduana salieron al calor de la plaza de San Francisco. Pasearon un rato, pero la sombra de los árboles no les daba suficiente cobijo. Se refugiaron en un café. Más tarde volvieron al barco que, anclado, apenas se balanceaba. Aprovechando la estabilidad y colgándose de su brazo, Carmen lo llevó a explorar la nave; después permanecieron en cubierta oteando el horizonte.

—¡Qué bien se está aquí! —exclamó para sugestionarlo. Manuel asintió sin mucho convencimiento y cuando zarparon, regresó a la penumbra del camarote.

Ella deambulaba por el navío, leía recostada en una tumbona, gozaba las cenas de cinco tiempos, el vino y las horas que pasaba reclinada en la barandilla observando la piel del mar. A la mañana siguiente, mientras se ataviaba con un vestido blanco de lino, insistió:

—Manuel, toma más agua de limón azucarada y vamos afuera, el aire te hará bien. Además, hay personas interesantes. Si te distraes, olvidarás el mareo.

—La verdad, estoy un poco aburrido. ¿Me esperas? Me cambio de ropa y me peino, no tardo. —Accedió levantándose de la silla.

Poco después, salió con ella en un traje azul claro, camisa inmaculada y corbata de moño. Fueron a un salón. La gente jugaba cartas o ajedrez. Asqueado por el humo de los cigarros, sugirió ir al exterior. Sentados bajo una sombrilla, ordenaron sendas limonadas. Carmen sacó de un bolsón lápiz y cuaderno. Al dibujar el perfil de su marido, descubrió las miradas y ciertas sonrisas que él cruzaba con un joven de ojos grises y tez morena. Para disimular que los observaba, su mano continuó moviéndose sobre el papel. Juraría que se guiñaron un ojo. Su corazón se agitó. Apretó los labios. Giró la silla para quedar frente al extraño. El movimiento arrancó a Manuel de su abstracción. Nervioso, sorbió su limonada y se atragantó; un acceso de tos le encendió el rostro, extrajo un pañuelo, secó el sudor de su frente, echó la cabeza hacia atrás y, poniéndose el sombrero sobre la cara, musitó que tomaría una siesta. El joven moreno fijó la vista en Carmen. Sonrieron. La mujer cruzó una pierna y se subió la falda arriba de la rodilla. Sin dudarlo, él se acercó.

—Bonjour. ¿Me permite invitarla a tomar algo?

—Con gusto.

—¿Coñac? O… ¿prefiere limonada?

—Coñac.

El joven dio dos palmadas. El camarero acudió. Las bebidas no tardaron en llegar.

—¿Marido y mujer?

—Hermanos.

Él asintió, deslizando la mirada hasta el muslo femenino. Chocaron las copas.

—¿Viaja usted solo?

—Oui… —continuó en francés—; non, mi esposa está indispuesta, parece que el viaje no le sienta bien. ¿Nos reunimos más tarde?

—Quizá —dijo ella antes de levantarse.

Esa noche Carmen lució un vestido de raso color violeta. Aunque el modelo llevaba un prendedor que cerraba el escote, decidió no ponérselo. Manuel, con traje gris perla y cera en el cabello, fue a cenar con su esposa. Desde que salieron del camarote, sus miradas vagaban en busca del mismo hombre que en el comedor, a cierta distancia, compartía una mesa con una señora y dos niñas. Manuel retiró la silla para que su mujer se sentara, pero ella permaneció de pie y alzó el brazo para llamar la atención del francés. Él la vio. Carmen, con naturalidad, le lanzó un beso. Manuel sintió que le ardía el rostro y se agachó como si buscara algo. Risueña, su esposa tomó asiento. Él tuvo el impulso de salir corriendo, sin embargo, se obligó a guardar la compostura, temía hacer el ridículo ante sus compañeros de mesa y aquel joven moreno que, afortunadamente, le daba la espalda.

Después de once años, París la recibió con nubes grises y espesas que parecían reclamarle su ausencia. Carmen alzó el cuello de su abrigo, el mink acarició sus mejillas y un regocijo que hacía tiempo no sentía la invadió: estaba a punto de reencontrarse con su padre y con ese amado país donde vivió los años de su infancia. Se olvidó del frío, tomó la mano de Manuel y aceleró el paso.

—Te mostraré Paris, el de mi niñez, el del amor, la Ville Lumière, el Sena, los puentes… Les bruits, les nuits, les folies, les femmes jolies, les paradis, sont à Paris —le dijo emocionada.

Arrastrado por su mujer, Manuel agrandó los ojos. Él también se alegraba de estar allí. ¿Quién no ha dicho alguna vez que nadie puede morir sin conocer París? ¡La capital del mundo, del arte y la moda!

La gente iba y venía; los automóviles y calesas circulaban entre las pequeñas calles que separaban edificaciones descoloridas cuyas chimeneas lanzaban conos de humo al cielo. Cocheros con sombreros altos gritaban azuzando a sus caballos.

De pronto, mientras se acercaban a su destino, la desazón de convivir con sus suegros bajo el mismo techo en una ciudad extraña enturbió el alborozo de Manuel. Doña Mercedes es metiche y torpe, pero el general… ese viejo inflexible y abominable me perturba.

Nueve meses sin ver a su suegro le resultaron pocos cuando, al entrar a la casa, lo saludó. Un rígido apretón de manos que, como siempre, le provocó temblores. Manuel Mondragón lo miró con auténtico desdén. Renuncia o destierro, da igual, pensó el yerno, el chiste es que no pudo detener el avance de las tropas revolucionarias… urgía deshacerse de él. Y helo aquí, viviendo en Francia, rodeado de lujo gracias a ese veinte por ciento de aumento que exigía a los proveedores extranjeros por cada pieza de artillería que compraba el gobierno mexicano. ¡Bribón!

Había una recámara lista para los recién llegados. La chimenea caldeaba el ambiente; el lecho, alto y con dosel, tenía sábanas bordadas y en el buró hallaron un florero con dos rosas,

¡Una verdadera ostentación en aquel invierno parisino!

En cuanto la servidumbre dejó el equipaje, Manuel Rodríguez Lozano se apresuró a pedirles que se retiraran.

—Tenemos órdenes de ayudarles a desempacar…

—No será necesario —dijo.

La criada y el mozo se miraron contrariados.

—Es que doña Mercedes…

—Descuiden, yo le explicaré. —Aseguró antes de cerrar la puerta.

No había pasado ni una hora en esa casa y el vocerío ya le resultaba insoportable. ¿Cómo podré vivir entre tanta gente? Su esposa se había quedado en el despacho con el general, así que aprovechó para acomodar sus pertenencias a su gusto. Un rato después entró su mujer. La sonrisa que le iluminaba el rostro lo molestó.

—Hay demasiada gente viviendo aquí, ¿no te parece? —le preguntó.

—Estoy de acuerdo, pero ¿qué le vamos a hacer? Ni creas que mis hermanos me hacen gracia, y sus mujeres, menos. De todos ellos, prefiero a Lola.

—Todavía me confundo, ¿Lola es tu hermana mayor?

—Y María Luisa, la menor. Ni te molestes en aprenderte los nombres de mis cuñadas. —Se quitó el sombrero, varios rizos cayeron sobre su espalda—. Me acabo de enterar, precisamente por Lola, de que mis tías supervisan la preparación de las comidas porque papá desconfía de la servidumbre.

—¿De…?

—Teme que lo envenenen. ¿Quién querría envenenarlo? Manuel guardó silencio. No sería él quien le explicara a la hijita mimada que muchos consideraban al general un traidor y asesino.

De pronto se abrió la puerta y un instante después, gritos y risas.

—Son los hijos de Guillermo —dijo Carmen—. Escuincles odiosos.

Manuel cerró con llave. Esto es un manicomio, pensó y se concentró en el lado amable de su situación: Estoy en la capital de Europa, aquí llegan artistas de todas partes del mundo; aprenderé las técnicas de los grandes, visitaré el estudio de Picasso, de Matisse…, beberé ajenjo con sus modelos, vestiré a la última moda.

Durante el viaje, él y Carmen lo habían platicado: ambos deseaban dedicarse a la pintura.

—El prestigio de París crece día con día. Iremos a Montmartre —le había dicho entusiasmada—, centro de pintores y escritores. ¿Sabes quién es Paul Poiret? ¡El mejor modisto francés! Así que a él también lo visitaremos.

Una mañana, con las cúpulas de Sacré Coeur a la vista, subieron los escalones que desembocan en aquel barrio. Pasearon por la plaza entre artistas que, frente a sus caballetes, esgrimían sus pinceles. Había cuadros reclinados en postes, sillas y bastidores. Se embelesaron con una naturaleza muerta cuyos colores la avivaban; un paisaje lluvioso que deslavaba árboles y gente con paraguas. Querían comprarlos todos; solo adquirieron la miniatura de un ramo de flores. Luego se sentaron en un café. A dos mesas de distancia alguien hablaba español, español mexicano, advirtió ella. Volteó. Diego Rivera, atraído por esa mirada, interrumpió su diálogo y le sonrió. Carmen, impresionada ante su enorme figura y sus ojos grandes, negros y vivaces, le devolvió la sonrisa.

—¡Es Diego Rivera! Lo vi en la escuela de San Carlos…

—dijo Manuel.

El pintor ya se acercaba sin despegar las pupilas de la joven.

—¡Mexicanos! ¡Qué gusto! —dijeron sus labios gruesos—.

¿Turistas?

—No, hemos venido a estudiar pintura —afirmó Carmen. Acostumbrado a que los hombres lo ignoraran cuando estaba junto a su mujer, Manuel se levantó y extendió el brazo.

—Mucho gusto, Manuel Rodríguez Lozano. Es usted Diego Rivera, ¿verdad? Nos conocimos en…

—Lo soy, ¿y la señorita…?

Carmen, mi esposa— se apresuró a anunciar.

Diego besó la mano femenina sin apartar la vista de aquellos ojos que lo embobaban. Quería verla de pie para evaluar su cuerpo. Los invitó a la mesa que compartía con Juan Gris. Manuel notó la mirada de Diego fija en las nalgas de su mujer, torció los labios y se interpuso entre ellos. Tras las presentaciones, Diego pidió dos vasos más y les sirvió vino. Manuel, cohibido, apenas mojó sus labios en el tinto; ella bebió la mitad y le preguntó al madrileño sobre su obra.

—He empezado a trabajar en una nueva técnica, papier collé. Son recortes de cartón y papel que pego en el lienzo, luego aplico óleo —explicó Juan, arqueando sus cejas oscuras.

Carmen no podía creerlo. ¡Gris y Rivera junto a mí, en la misma mesa! Sus pupilas iban de uno a otro, no quería perderse una sola palabra del diálogo que ambos mantenían. De pronto, los interrumpió:

—¿Dónde está su estudio?

—En Montparnasse.

—¿Podemos ir? —El brillo de sus ojos no permitía una negativa.

—Ahora no, pero los llevaré a un lugar interesante.

La mano de Diego rozó la de Carmen; retiró la silla para ayudarla a levantarse y tomó su bastón tallado. Gris prefirió quedarse; los demás se dirigieron al Bateau-Lavoir.

Dentro de aquella casa ruinosa que alguna vez fue una fábrica de pianos, los Rodríguez miraban extasiados paletas, frascos con pinceles, brochas, trapos, cajas con carboncillos, tubos de pintura y lápices; bocetos en los muros desconchados, en caballetes y en el piso. Una joven posaba desnuda, dos hombres delineaban su cuerpo en hojas grandes. Olía a humedad, a solventes y a barniz, a polvo y a colillas amontonadas en latas y botellas. Caminaron por corredores oscuros, gélidos y laberínticos; subieron y bajaron escaleras. En el piso superior, frente a una ventana, alguien pintaba. Diego los animó a acercarse advirtiéndoles que lo hicieran en silencio. Durante unos minutos observaron al artista. Carmen lo identificó, sus ojos se agrandaron y abrió la boca. Se llevó las manos a las mejillas, miró al esposo, luego a Diego; le urgía gritar. Como si lo adivinara, este la tomó del brazo y la guio a otra área. Manuel fue tras ellos.

—¡Pablo Picasso! Vi a Picasso, Manuel, ¿te diste cuenta?

¡Es Picasso! Tenemos que volver.

—No pensarás interrumpirlo, sería una falta de respeto.

—¡Es nuestra única oportunidad!

—Pablo anda tristón —explicó Diego—, su padre falleció el año pasado. Prometo presentárselo otro día. —Ofreció negándose a perder la atención de Carmen.

—Y usted, ¿en qué está trabajando? —interrumpió Manuel.

—En un marinero. ¿Conocen el cubismo? —preguntó, observando a Carmen—. Cuatro dimensiones.

—Como quebrar el cuerpo en pedazos —respondió ella.

—Dudar entre realidad e ilusión. —Se aventuró Manuel.

—Demoler la perspectiva —agregó Diego.

—Es lo que hace Picasso —dijo Carmen.

—Pablo copia mis ideas —aseguró el pintor alzando la voz.

—¿Podemos verlo trabajar? —preguntó ella alzando la cabeza hacia aquel gigante de barba corta y descuidada, cuyo pequeño bigote no le cubría el labio.

Los ojos del guanajuatense volvieron a recorrer el cuerpo de la dama.

—Usted puede hacerlo cuando quiera.

Manuel, incómodo, tomó la mano de su mujer y dio un ligero tirón para sacarla de ahí; pero ella se soltó.

—No tengo la dirección —dijo acentuando el singular.

—Bueno, podemos encontrarnos aquí pasado mañana a esta hora.