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La muerte de Hitler

Jean-Christophe Brisard | Lana Parshina

Por ADELANTOS EDITORIALES 27/04/2019 00:00 a.m.



La investigación de la KGB publicada después de 70 años.

Aquí está la investigación que lo revela todo: interrogatorios a los oficiales nazis que vivieron los últimos días del Führer, los planos de su búnker secreto en Berlín, fotografías a color de los presuntos restos del dictador y una oscura historia que arroja luz sobre la muerte más enigmática del siglo XX.

Berlín, 30 de abril de 1945, se escucha un disparo dentro del búnker. Heinz Linge entra a la habitación y encuentra el cuerpo inerte sobre un sillón. Hitler se ha suicidado.

Su fiel asistente lleva el cadáver a un lugar seguro y le prende fuego. Eso es lo que contaría a los oficiales de la KGB que lo torturaron durante largas noches de interrogatorios salvajes. Si eso sucedió, ¿por qué nunca se encontraron los restos?

Setenta años después, Jean-Christophe Brisard y Lana Parshina obtuvieron acceso exclusivo a los archivos confidenciales sobre la búsqueda del cuerpo de Hitler. Finalmente, el Kremlin aceptó presentarles restos humanos: un trozo de cráneo con un impacto de bala y una prótesis dental.

Los rusos aseguran que se trata de Hitler. Además, el reconocido médico forense Philippe Charlier reconstruye la escena del suicidio: la explosión del arma, la caída del cuerpo, las manchas de sangre.

Fragmento del libro La muerte de Hitler, de Jean-Christophe Brisard | Lana Parshina. © 2019, Editorial Diana. Traducción de Ivonne Said. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

La muerte de Hitler

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LA MUERTE DE HITLER

Berlín, mayo de 1945

Igual que un monstruo legendario o un espectro aterrador, Hitler provoca muchas fantasías. Desde la caída de Berlín, el 2 de mayo de 1945, prevalece una duda: ¿Está muerto? ¿Huyó? De acuerdo con los sobrevivientes de su búnker, se suicidó el 30 de abril de 1945 y luego lo quemaron para que no encontraran su cadáver. Justamente esta ausencia de cadáver es la que, irremediablemente, desencadena una serie de rumores con respecto a su posible supervivencia. El 8 de mayo de 1945, Leonid Leonov, escritor investido por el régimen soviético, publicó un texto impetuoso en el Pravda: «Exigimos la prueba material de que este soldado astuto no se transformó  en hombre lobo. Los niños del mundo pueden dormir tranquilos en sus cunas. Los ejércitos soviéticos, como los de sus aliados occidentales, quieren ver el cadáver del Führer "de tamaño natural"».1 El tono está marcado. Mientras falte esta prueba definitiva de «tamaño natural», el fantasma de Hitler atormentará la mente de las personas. Y los testimonios que afirman haberlo visto se multiplican.

Algunos de esos relatos se basan en hechos tangibles. Uno de ellos parece el libreto de una película de espionaje. Se trata de la travesía del U-530 —U de Unterseeboot, que significa submarino en alemán—. A pesar de la caída del Tercer Reich, este sumergible se negó a rendirse a los Aliados y llegó a las costas argentinas  el 10 de julio de 1945. Tal vez con pasajeros secretos a bordo.

En el puesto de mando del U-530 se encuentra un oficial muy joven, quizá demasiado joven, se llama Otto Wermuth y solo tiene 24 años. El 10 de enero de 1945, el simple Oberleutnant zur See (teniente de primera clase) fue nombrado comandante de este submarino de combate. En el último año de la guerra, la Kriegsmarine (la marina de guerra alemana) padece, igual que el resto de las fuerzas armadas del Reich, una falta evidente de oficiales experimentados. Desde luego que Otto Wermuth no es precisamente  un principiante, pero no ha tenido tiempo para demostrar lo que sabe hacer. Se une a la Kriegsmarine cuando estalla la guerra contra Polonia, Francia y Reino Unido, en septiembre de 1939. De 19 años entonces, y muy lejos de tener la figura marcial del guerrero ario del que presumía el régimen alemán, Otto Wermuth parece más un estudiante refinado con su cara larga, una figura igualmente delgada que raya en el límite de la delgadez y una mirada casi infantil. Enseguida se le asigna a la división «U-boat» de la marina de guerra nazi. Después de completar su entrenamiento, parte en una misión en septiembre de 1941, como guardia del puente de mando. En enero de 1945, cuando se encuentra al frente del U-530, un submarino de última generación con un amplio radio de acción, Wermuth nunca ha estado al mando. El barco que se le entrega es imponente. Mide más de 76 metros de largo y puede llevar a bordo hasta 56 hombres. Con sus lanzatorpedos y lanzaminas, así como su cañón de cubierta, es un arma poderosa. Pero el joven comandante no tendrá tiempo de probarlo realmente.

El U-530, enviado a una misión por las costas estadounidenses en abril de 1945, lanza nueve torpedos a buques aliados en el sur de Long Island, cerca de la bahía de Nueva York. Todos esos ataques resultan un fracaso. Ninguna de las bombas da en el blanco.Wermuth se entera de la rendición alemana y recibe órdenes del Estado Mayor de rendirse. Se niega a hacerlo y decide huir a Argentina. En ese entonces, el país es una dictadura militar. Aunque los dirigentes argentinos, presionados por Estados Unidos, le declaran la guerra a Alemania el 27 de marzo de 1945, continúan sintiendo cierta admiración por el modelo nazi. El 10 de julio de 1945, después de una travesía de dos meses, el U-530 atraca a 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, en la ciudad de Mar del Plata.Wermuth es tomado prisionero con su buque y su tripulación. La noticia se esparce a gran velocidad, y con ella la duda de la presencia de Adolf Hitler y su esposa, Eva Braun, en el submarino. Además de su tentación por el fascismo, Argentina alberga a una comunidad alemana agrupada en las ciudades  estilo bávaro de la Patagonia. Los elementos perfectos para la hipótesis de que Hitler se refugiara en América Latina.

Apenas desembarca, Wermuth es interrogado al mismo tiempo por la marina argentina y la Armada  de los Estados Unidos. Se sospecha que el oficial alemán atracó en otros lugares unas horas antes de su capitulación el 10 de julio. ¿Y aprovechó para bajar pasajeros o documentos? El 14 de julio de 1945, el agregado naval estadounidense con base en Buenos Aires envía un memorando a Washington. En él informa de la llegada de un submarino del que habrían desembarcado dos personas no identificadas.

La prensa argentina también se apropia de la aventura del U-530 y publica un artículo tras otro respecto a que Hitler sigue con vida. Uno de esos reportajes, publicado en el diario Crítica con fecha del 18 de julio, afirma que el dictador alemán habría encontrado refugio en el Polo Sur, en una zona donde la temperatura es soportable. Para ponerle final a esos rumores, César Ameghino, el ministro argentino de Relaciones Exteriores, se ve obligado a intervenir oficialmente. El mismo día de la publicación del artículo desmiente la información de manera formal. Hitler no llegó a la costa argentina en un submarino alemán.

Aun así, por su parte, el FBI investiga la pista sudamericana, sobre todo porque el famoso servicio secreto de los Estados Unidos también recibe informes sorprendentes. En especial el de Robert Dillon, un mediocre actor estadounidense de Hollywood. El 14 de agosto de 1945 se pone en contacto con el FBI para declarar que conoció a un argentino que habría participado en el recibimiento a Hitler en su país. ¡Otra vez la historia del submarino! Dillon profundiza en los detalles. El Führer habría desembarcado con dos mujeres, un médico y 50 hombres, que se habrían escondido en la cordillera de los Andes. Hitler padecía de asma y úlceras, y también se habría afeitado el bigote. Una vez que los servicios especiales estadounidenses  la verificaron, ya no se supo más de la «primicia» de Dillon.

Los informes de ese tipo se acumularían en las oficinas  del FBI al cabo de los años. Se referían a Hitler, pero también a la presencia de otros nazis en Brasil, Chile, Bolivia y, por supuesto, Argentina. Ninguno de esos rumores es descabellado. Sin lugar a dudas, la existencia de las redes de escape de los criminales nazis es bien conocida. Una de las más famosas es la organización secreta Odessa que, durante años, permitiría que oficiales del Tercer Reich escaparan de Europa. También es cierto que Argentina ofreció asilo a numerosos torturadores nazis. Entre los más famosos se encuentran Josef Mengele (médico del campo de concentración de Auschwitz, culpable de hacer experimentos médicos salvajes con los prisioneros), Adolf Eichmann (responsable directo de la «solución final») e incluso Klaus Barbie (alto oficial de la Gestapo en Lyon), pero ni un rastro de Adolf Hitler.

En julio de 1955, diez años después de la capitulación nazi, la justicia alemana decide ponerle fin al expediente de Hitler de una vez por todas. La corte de Berchtesgaden, esa pequeña ciudad de Baviera de siete mil habitantes, es designada para dirigir la investigación. Una elección meramente simbólica, ya que al dictador alemán le encantaba ir a descansar allí. En ese sitio construyó su residencia personal, el Berghof. Así que por eso esta corte provinciana es la que dictaminará jurídicamente el estado del Führer: vivo o muerto. El momento no es ninguna casualidad, coincide con el regreso de los prisioneros nazis detenidos por los soviéticos. Entre ellos se encuentran testigos clave de las últimas horas del Führerbunker, el refugio antiaéreo donde el dictador terminó sus días. El Ejército Rojo capturó a la gente cercana a Hitler e inmediatamente la envió en secreto a prisión en la Unión Soviética. Sus testimonios  jamás se hicieron públicos ni se compartieron con los aliados occidentales, mucho menos con la justicia alemana. Sin embargo, en 1955 Moscú acepta liberar a los últimos criminales de guerra nazis que se pudrían en sus cárceles. Un gesto político que tiene un costo para Alemania Occidental que, a cambio, se compromete a establecer relaciones diplomáticas y económicas con la URSS. En cuanto vuelven, la justicia alemana interroga a esos altos dignatarios del Tercer Reich. Gracias a sus testimonios, es posible concluir que Adolf Hitler y su esposa, Eva Braun, se suicidaron el 30 de abril de 1945.

El 25 de octubre de 1956, la corte de Berchtesgaden declara oficialmente muerto al matrimonio Hitler.

A partir de entonces, la muerte del líder del Tercer Reich puede escribirse y publicarse oficialmente en los libros de historia de todo el mundo. El FBI también detiene sus investigaciones.  Durante una década, el servicio secreto estadounidense realizó indagaciones alrededor del mundo. Washington acepta con cierto alivio la evidencia de que Hitler se suicidó en su búnker. Sin embargo, sigue faltando lo esencial: el cadáver. En ese momento, no se encontró evidencia física de su muerte.

Hasta que aparece el cráneo.

Principios de 2000. La URSS no existe desde hace más de ocho años, exactamente desde el 25 de diciembre de 1991, cuando se disolvió. Una nueva Rusia trata de reconstruirse sobre las ruinas de un régimen comunista moribundo ya desde hace unos años. Su condición de superpotencia desaparece al mismo tiempo que la hoz y el martillo de su bandera. El tratamiento de choque liberal que aplica Boris Yeltsin convierte al ya de por sí precario  equilibrio social y económico en un viaje al infierno. A los ojos del mundo, la amenaza roja con su exagerado arsenal nuclear ha desaparecido para siempre. Y la Rusia nueva no asusta a nadie. Los rusos se sienten humillados.

Pero en 2000 resurge la esperanza en el Kremlin. Un presidente nuevo acaba de tomar las riendas. Ciertamente, es joven y un poco tímido, pero contrasta con la década de Yeltsin por su seriedad y su moderación, que son bienvenidas. Se llama Vladimir Putin y solo tiene 47 años. Este teniente coronel de la KGB tiene una sola idea en mente, devolver todo el esplendor a su país y reubicarlo en el centro del escenario geopolítico mundial. Para empezar, va a recordar al mundo que Rusia es una gran potencia militar y que fue ella quien ganó la guerra contra Hitler.

El 27 de abril de 2000, un día antes del quincuagésimo quinto aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi, Moscú inaugura una gran exposición de sus archivos secretos. El nombre no deja ninguna duda sobre las intenciones del presidente ruso: «La agonía del Tercer Reich, el castigo». Algo nunca visto. En total, se muestran al público 135 documentos inéditos. Los mismos documentos que los historiadores de la Segunda Guerra Mundial sueñan con consultar desde hace medio siglo. Informes del servicio secreto soviético clasificados como «ultrasecretos», fotografías, objetos..., todo aquello que permite descubrir cómo fueron los últimos instantes de Hitler en su búnker. También presentan el diario de Martin Bormann, el secretario y amigo íntimo del Führer. «Sábado 28 de abril. Nuestra cancillería imperial no es más que un montón de ruinas. El mundo pende de un hilo [...] Domingo 29.Tormenta de fuego en Berlín. Hitler y Eva Braun se casaron». Fotos de los hijos de Goebbels, cartas de funcionarios nazis como Albert Speer, el arquitecto del régimen y ministro de Armamento: «Hitler está visiblemente descompuesto. Se ha transformado en un manojo de nervios y ha perdido el control de sí mismo por completo». Pero la atracción especial de la exposición  está en otra parte, en una sala especial. Un artículo del periódico Le Monde describe la escena: «En medio de una sala sobre un pedazo de suave terciopelo rojo, un fragmento calcinado de cráneo, perforado por una bala, destaca en una vitrina».2

La exposición es un éxito mundial. Todos los medios de comunicación occidentales  asisten. Las autoridades  rusas ganan la apuesta. Bueno, casi. Las dudas sobre la autenticidad del cráneo surgen de inmediato. Las preguntas de la prensa avergüenzan a los organizadores, incluyendo al director del archivo de la Federación, el famoso Sergei Mironenko, el mismo Mironenko cuya sombra vimos cruzar por los largos corredores  del GARF. En 2000, el hombre no pasa inadvertido y se siente superior. Reina como un zar en los archivos de la Federación. Los periodistas y los historiadores lo adulan con vasos de vodka y otros fuertes licores transparentes para obtener sus favores, pero, sobre todo, su autorización para acercarse a ese pedazo de cráneo exhumado de las bodegas  secretas. En plena exposición, la poca fe de los occidentales pone al orgulloso Mironenko en una situación delicada. ¿Cómo puede afirmar que ese fragmento humano pertenece realmente a Hitler? El director de los archivos no para de escuchar esa pregunta. Responde que no tiene duda de su autenticidad, aunque sabe bien que eso no es suficiente. Incluso Alexei Litvin, uno de los curadores de la exposición del año 2000, debe reconocerlo: «Es verdad que no hemos procedido a solicitar un análisis de ADN, pero todos los testimonios concluyen que sí se trata de Hitler».3 ¿Testimonios? ¿No hay pruebas científicas irrefutables? En ese momento, Mironenko se da cuenta de que corre el riesgo de perder el control de la situación y reactivar la polémica sobre la muerte de Hitler.

En vez de acobardarse, se atreve a ir más lejos. ¿Un peritaje nuevo, llevado a cabo por científicos extranjeros? ¡Sin problema! El director de los archivos está muy orgulloso de sí mismo. Solo que jamás logrará volver a cerrar la caja de Pandora que acaba de abrir.

Por supuesto que las autoridades  rusas jamás van a autorizar esos análisis; sin embargo, la propuesta de Mironenko hace resurgir la esperanza y, con o sin autorización, el cráneo se convierte en el gran misterio sin resolver de la Segunda Guerra Mundial.

Larisa Rogovaya fue la asistente de Mironenko durante mucho tiempo. Hoy, la nueva directora del GARF  emplea los mismos métodos que su ilustre predecesor.  Jamás enfrenta directamente a los periodistas. Alrededor de la gran mesa rectangular estamos cuatro personas, de pie, mirando el cráneo. Lana, los dos archivistas Dina y Nikolai, y yo, tenemos la mirada pegada a esos huesos pardos; excepto Larisa, que sigue sentada en su gran silla de cuero sintético negro. Parece que se divierte viéndonos tan impresionados y deseosos de ir más lejos. Esperaba que solicitáramos la comprobación de su autenticidad. Igual que hace 16 años, como lo hizo Mironenko, confirma que es muy factible que se lleven a cabo los análisis del cráneo. Incluso añade que desea que se realicen.

—Sería una gran oportunidad para nosotros —dice, ofreciéndonos su primera sonrisa desde que nos conocimos—. Sí, sería perfecto. Vamos a apoyarlos en eso, pueden contar con nosotros. —Dina y Nikolai asienten con la cabeza—. Eso nos brindaría la posibilidad de aclarar las cosas y ponerle fin a la polémica funesta que desencadenó hace algunos años ese supuesto investigador estadounidense.

La repentina mueca de Larisa apenas logra ocultar su profundo disgusto. Sus dos empleados se quedan tiesos, como si les hubieran vaciado un cubo de agua helada en la cabeza. A duras penas tratan de mantener cierta compostura. ¿Por qué la molestia?  ¿La directora del GARF se refiere al trabajo que llevó a cabo un equipo de investigadores estadounidenses en 2009? El asunto causó un gran revuelo en la época. Nick Bellantoni, profesor de Arqueología en la Universidad de Connecticut de Estados Unidos, afirmó haber tomado una muestra del cráneo. Dicha muestra de hueso después se analizó en el laboratorio de genética de su universidad. Y el resultado se difundió en un documental transmitido por la cadena estadounidense History Channel. «La estructura ósea tiene una apariencia muy fina», describió el arqueólogo estadounidense. «Los huesos masculinos son mucho más robustos, y las suturas que unen las diferentes partes del cráneo corresponden a un ser humano de menos de 40 años». Bellantoni estuvo a punto de destruir la hipótesis de las autoridades rusas. Con los estudios de ADN como prueba, afirmó además, que el cráneo conservado en Moscú pertenecería a una mujer. Nada que ver con Hitler. Renació la duda. Las teorías de conspiración y de la huida del Führer encontraron un nuevo eco con las revelaciones de los estadounidenses.

La prensa de todo el mundo retomó inmediatamente la primicia de Bellantoni. La información se resumía así: ¡Los rusos han mentido durante años! Para Moscú, la afrenta fue dolorosa y humillante al mismo tiempo. Incluso en la actualidad les cuesta digerirla. Más aún cuando la directora del GARF afirma que jamás ha visto al arqueólogo estadounidense en sus instalaciones, ni haber autorizado la toma de la muestra. Dina toma la hoja de asistencia que llenó Lana. Hay algunos nombres antes de los nuestros en las varias columnas.  Se trata de los escasos visitantes que han tenido el privilegio de ver el cráneo. No suman más de diez en más de 20 años. Dina nos la entrega como muestra de su buena fe.

—Todos los equipos de periodistas e investigadores que han visto este cráneo firmaron el documento. Miren, no aparece el nombre de ese estadounidense. Aquí no ha venido.

Curiosamente, su visita a las instalaciones  del GARF no está asentada en los registros, a diferencia de la nuestra. Nick Bellantoni no niega que se trata de una situación administrativa singular. Cuando nosotros le preguntamos por correo electrónico, simplemente respondió que «todos los procedimientos relacionados con mi trabajo en el archivo de la Federación fueron gestionados por los productores de la cadena de televisión History Channel. Por eso no es una sorpresa que mi nombre no aparezca en esa lista. La visita debió quedar registrada con el nombre de History Channel o de los productores». Argumento que es refutado por la directora del archivo. Para que quedara muy claro, ella nos escribió una carta oficial: «Les informo que el GARF  no ha celebrado ningún acuerdo con una cadena de televisión, el señor Bellantoni ni nadie más para llevar a cabo un examen de ADN a partir de un fragmento del cráneo de Hitler». ¿El arqueólogo  estadounidense habría actuado sin autorización? Según los medios de comunicación rusos no puede ser de otra manera. El asunto se vuelve un escándalo nacional. El arqueólogo de Connecticut se encuentra en el centro de una polémica casi ideológica, el Oeste contra el Este, el bloque capitalista contra el antiguo bloque comunista. En 2010, NTV, la televisora nacional rusa (cercana al gobierno), dedicó una emisión completa a la «primicia» de Bellantoni. En presencia sobre todo de historiadores de la Segunda Guerra Mundial y de otras personalidades populares con edad suficiente para recordar la guerra, el estadounidense intenta tranquilizar los ánimos. Pero, principalmente, trata de no quedar como un saqueador de archivos. Para comenzar, asegura que ha trabajado dentro de la legalidad. «Recibimos la autorización oficial del Archivo Ruso, con quien celebramos un contrato para llevar a cabo nuestro trabajo». Afirmación que fue refutada por el GARF, como ya lo vimos.

Pero retomemos el hilo de la entrevista de Nick Bellantoni en NTV. El presentador le pregunta sobre los análisis que le practicó al cráneo: «Decidió llevar a cabo ese trabajo para extraer personalmente algunos fragmentos del cráneo...».

Bellantoni: «No. ¡No hice eso! [...] Sabe, se presenta una buena cantidad de dificultades cuando se trabaja con restos quemados. Para los genetistas es una verdadera pesadilla examinar ese material. Es sumamente difícil extraer marcadores que indiquen el sexo. Sin embargo, logramos establecer que los cromosomas que contenía pertenecen a una mujer. Por lo tanto, podemos concluir que el cráneo que se encuentra en su colección era de una mujer, quizá de Eva Braun, pero no estamos seguros».

En el estudio, entre los invitados una anciana se levanta para protestar, se llama Rimma Markova. Esta actriz, famosa por actuar en películas soviéticas, encarna la nostalgia del régimen estalinista. A pesar de tener 85 años, no le falta vehemencia: «¿Cómo extrajo esa pieza? ¡Ahora está diciéndole al mundo que la robó! Tiene que ir a la cárcel por lo que hizo».

Bellantoni: «Yo solo soy un científico al que invitaron a analizar el cráneo».

Rimma Markova: «Díganos quién le dio esas muestras, ¿el personal de los archivos o los representantes de su canal de televisión?».

Siempre la misma pregunta. Bellantoni está acorralado. ¿Va a flaquear en televisión en vivo?

Bellantoni: «Teníamos autorización para tomar y analizar las muestras. Era parte del contrato. Me gustaría señalar una vez más que trabajé en este proyecto como científico. Si desea saber más detalles, hágales esa pregunta a los responsables del canal [History Channel]».

Han pasado siete años. Por nuestra parte, solicitamos a Nick Bellantoni que nos explicara cómo había obtenido los fragmentos del cráneo.

1 Le Monde, 9 de mayo de 1945.

2 Agathe Duparc, Le Monde, 2 de mayo de 2000.

3 Hélène Despic-Popovic, Libération, 2 de mayo de 2000.

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