Opinión

La gran estafa • John Grisham

La justicia no siempre se imparte en el tribunal.

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ADELANTOS EDITORIALES

Mark, Todd y Zola decidieron estudiar Derecho en Washington para cambiar el mundo, para hacer de él un lugar mejor. Pero ahora que están en el tercer año, se dan cuenta de que han sido víctimas de un fraude: pidieron un cuantioso préstamo para estudiar en lo que ha terminado siendo una escuela de segunda categoría, centrada en ganar dinero, y tan mediocre que los alumnos rara vez aprueban el examen final.

Investigando, descubren que la escuela es parte de una cadena operada por un fondo de dudosa reputación que, además, también dirige un banco especializado en préstamos estudiantiles.

Sin embargo, no todo está perdido. Puede que haya una forma de librarse de la deuda, desenmascarar al banco, destapar el fraude y sacar provecho al mismo tiempo. Pero para que su plan tenga éxito, tendrán que abandonar la escuela sin graduarse, lo que sería una locura... O quizá no.

«El mejor autor vivo de thriller» Ken Follett

«Narrado con mucha inteligencia. Bravo por Grisham por poner el foco en un problema real y darle forma en un libro gratificante y entretenido» The Washington Post

«La trama se sostiene a lo largo del libro con imaginación y, como siempre ocurre con los libros de Grisham, la brillante historia pone de manifiesto un problema de la vida real: estudiantes que se endeudan de por vida para pagar sus estudios universitarios y el escándalo de ciertas escuelas y sus promesas incumplidas» The Sunday Times

«Un thriller fuerte con un toque malvado. Como siempre, Grisham es un auténtico placer, nunca una obligación» The New York Times

«Grisham es muy bueno cuando se deja llevar por su sardónico sentido del humor al tratar de cuestiones éticas legales y económicas» USA Today

«Grisham es el gigante del thriller» Time Out

«Nadie lo hace mejor que Grisham» Telegraph

«Grisham es el león del thriller literario» Chicago Sun-Times

La Silla Rota te regala un capítulo del libro La gran estafa de John Grisham con autorización editorial de Penguin Random House.

John Grisham (Jonesboro, Arkansas, 1955), se dedicaba a la abogacía antes de convertirse en un escritor de éxito mundial. Desde que publicó su primera novela en 1988, ha escrito casi una por año. Todas sin excepción han sido best sellers y ocho de ellas han resultado ser una magnífica fuente de guiones para el cine.

Entre sus obras destacan los siguientes títulos, todos ellos convertidos también en películas de éxito: Tiempo de matar, La tapadera, El informe Pelícano, El cliente, Cámara de gas, Legítima defensa, El jurado. Sus últimas obras publicadas en España son: La apelación, El profesional, La trampa, La confesión, Los litigantes, El estafador, La herencia, El cliente y las novelas juveniles de la serie «Theodore Boone».

La gran estafa | John Grisham

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LA GRAN ESTAFA


JOHN GRISHAM


Traducción de Mª del Puerto Barruetabeña Diez


1

Llegó el final del año y con él las fiestas, aunque en la casa de los Frazier  no había mucho  que celebrar. La señora Frazier cumplió  con la tradición de decorar  un pequeño árbol,  en­ volver unos cuantos  obsequios y hornear unas cuantas galletas de esas que nadie quería, y, como siempre,  mantuvo sonando sin pausa en el equipo de música El Cascanueces al tiempo que tarareaba  animadamente en la cocina como si de verdad la familia estuviera pasando unos días alegres.

Pero las cosas eran de todo menos alegres para ellos. El señor Frazier había abandonado el hogar hacía tres años, y lo echaban de menos tanto como lo despreciaban. Al poco de dejarlos se había ido a vivir con su joven secretaria, que cada vez estaba más embarazada. La señora Frazier, a la que dejó plantada,  humillada,  hundida y deprimida, todavía luchaba por salir del bache.

Louie, su hijo menor, que cumplía un arresto  domiciliario, por no decir que estaba en libertad bajo fianza, tenía por delante  un año difícil ya que iba a enfrentarse a una acusación por un asunto  de drogas y todo lo que conllevaba. No se había molestado en comprar un regalo a su madre, aduciendo como excusa que no podía salir de casa por el dispositivo de seguimiento que llevaba en el tobillo por orden judicial. En cualquier caso, aunque no lo hubiera llevado, nadie esperaba que Louie se tomara  la molestia de comprar regalos. El año anterior, y el anterior, cuando  no tenía el transmisor electrónico, tampoco les había comprado nada.

Mark, el hijo mayor, había vuelto al hogar tras la pesadilla de la facultad de Derecho y, aunque tenía bastante menos dinero que su hermano, había conseguido comprar a su madre un frasco de perfume.  Se suponía  que iba a graduarse en mayo, y que después, en julio, se presentaría al examen de colegiación  a fin de obtener la licencia para ejercer como abogado y empezaría  a trabajar en un bufete de Washington D. C. en septiembre, casualmente el mismo mes en que Louie tendría que comparecer ante el juez. Pero el caso de Louie no llegaría a juicio por dos buenas razones. Primera, unos policías de incógnito lo habían pillado in fraganti mientras  ven­ día diez bolsitas de crack (incluso había un vídeo que lo atestiguaba) y, segunda, ni Louie ni su madre podían permitirse contratar un abogado  decente que se ocupara  de sacarlo del lío en el que estaba metido.  Durante las vacaciones tanto la señora Frazier como Louie habían dejado caer a Mark que debería  darse prisa y presentarse voluntario para defender­ lo. Quizá podrían ir retrasándolo todo hasta que Mark estuviera colegiado; de hecho, le faltaba muy poco. Y ya con la licencia, ¿acaso no le resultaría sencillísimo encontrar uno de esos tecnicismos  sobre los que siempre se hablaba y conseguir que retiraran los cargos?

Esa ilusión que compartían Louie y su madre tenía fallos de peso, pero Mark no quiso perder  el tiempo  en señalárselos. Cuando el día de Año Nuevo quedó  claro que Louie pretendía pasarse por lo menos diez horas tirado en el sofá viendo siete partidos de fútbol americano seguidos en la tele, Mark se largó a casa de un amigo. Esa noche, mientras conducía de regreso al hogar, con unas copas de más, tomó la decisión de marcharse. Volvería a Washington D. C. y trabajaría en lo que fuera en el bufete que iba a contratarlo pocos meses después. Faltaban  casi dos semanas para que empezaran las clases, pero tras diez días de oír las quejas continuas de Louie por sus problemas, además de El Cascanueces, Mark ya estaba harto y deseando que empezara  su último semestre en la facultad.

A la mañana siguiente su despertador sonó a las ocho y, mientras se tomaba el café con su madre, le explicó que tenía que regresar a Washington. «Siento irme antes de lo previsto, mamá, y dejarte aquí sola con tu niño malo, pero esta no es mi guerra. Louie no es hijo mío y no tengo por qué ocuparme de él. Tengo mis propios problemas.»

El primero de ellos era su coche, un Ford Bronco que conducía  desde que iba al instituto. El cuentakilómetros se había quedado bloqueado en los trescientos mil kilómetros cuando Mark todavía estaba a mitad de sus estudios  de pregrado. Necesitaba desesperadamente una bomba de combustible, pero  ese solo era uno  de los muchos  recambios  que precisaba con urgencia. Durante los últimos dos años, Mark había conseguido a duras penas —con ayuda de cinta adhesiva y unos cuantos  clips— parchear  y sujetar el motor, la transmisión y los frenos, pero no había podido hacer nada con la bomba.  Funcionaba, si bien con una capacidad más reducida de lo normal,  de manera que el Bronco  únicamente alcanzaba una velocidad máxima de ochenta  kilómetros por hora, y eso en llano. Para evitar que lo arrollara  un camión de dieciocho ejes en la autopista, Mark decidió viajar por las carreteras  secundarias  del Delaware  rural y la costa Este. El viaje de Dover  al centro  de Washington D. C., que por lo general era de dos horas, a él le llevó el doble.

Eso le dio más tiempo  para pensar en sus otros  problemas. El segundo  era el asfixiante préstamo que había tenido que pedir para estudiar. Al término del pregrado debía sesenta mil dólares y no tenía trabajo. Su padre, que en ese momento parecía felizmente  casado pero también estaba ahogado por las deudas, le advirtió que no siguiera con sus estudios.

«Joder, hijo, en cuatros  años ya tienes un agujero de sesenta mil dólares. Déjalo ya y no lo empeores.»  Pero Mark pensó que era una soberana estupidez aceptar los consejos financie­ ros de su padre, así que trabajó un par de años en lo que le fue saliendo, de camarero y repartidor de pizzas, mientras negociaba con sus acreedores. No recordaba cómo se había planteado la posibilidad de ir a la facultad de Derecho. Sí se acordaba, en cambio, de haber oído una conversación entre dos compañeros de fraternidad que estaban arreglando el mundo mientras  bebían una copa tras otra. Mark era el camarero, el bar no estaba muy lleno y, tras la cuarta ronda de vodka con zumo de arándanos, los dos muchachos ya hablaban lo bastante  alto para que todo  el mundo pudiera  oírlos. De las muchas cosas interesantes que dijeron,  a Mark se le habían quedado grabadas  dos: «Los grandes  bufetes  de Washington D. C. no paran de contratar gente» y «Los sueldos iniciales que ofrecen son de ciento cincuenta mil al año».

Poco después se encontró con un amigo que había estudiado con él en pregrado y que por entonces  estaba en primero  en la facultad  de Derecho de Foggy Bottom, en Washington D. C., y el chico no paró de hablarle de sus planes de acabar la carrera lo más rápido posible, en dos años y me­ dio, y después firmar un contrato con un bufete importante y con un sueldo elevado. El gobierno federal estaba concediendo créditos a todos los estudiantes que lo solicitaban, decía; todo el mundo podía sacarse una carrera y, claro, ibas a acabar con un montón de deudas, pero podías quitártelas de encima en cinco años. Según su amigo, tenía mucho sentido «invertir  en uno mismo», pues, a pesar del lastre de las deudas, podría contar con un buen sueldo en el futuro.

Mark se tragó el cuento y empezó  a estudiar para el examen de acceso de Derecho, el Law School Admission Test (LSAT). Sacó una nota poco brillante, 146, pero eso no pareció importar a los responsables de admitirlo en la facultad de Foggy Bottom. Tampoco fue un problema para ellos su patético expediente de los estudios de pregrado, con su mediocre nota media de 2,8. Finalmente la facultad  lo aceptó con los brazos  abiertos.  Sus solicitudes  de crédito estudiantil se aprobaron a toda velocidad, y a partir de entonces  el Departamento de Educación hacía cada año una transferencia de sesenta y cinco mil dólares a Foggy Bottom. A esas alturas, cuando solo  le faltaba un semestre  para  acabar  la carrera, Mark tenía que enfrentarse a la dura realidad  de que iba a graduarse  con una deuda  total  de doscientos sesenta y seis mil dólares, sumando a la cantidad  inicial y los intereses la nueva por los estudios  universitarios.

Otro problema era el trabajo. Resultó que el mercado laboral no estaba tan boyante como la gente contaba. Ni tampoco era tan prometedor como Foggy Bottom anunciaba en sus astutos folletos y en su web, que rozaba  lo fraudulento. Los licenciados de las facultades  más prestigiosas  todavía encontraban trabajos con unos sueldos envidiables, pero la facultad de Derecho de Foggy Bottom no estaba precisamente entre ellas. Mark, tras muchas dificultades,  había conseguido  empleo  en un bufete de tamaño  medio especializado en «relaciones gubernamentales», es decir, que en esencia se dedicaba a hacer de intermediario de diferentes  grupos  de presión y representar sus intereses. Su salario inicial todavía no se había fijado dado que el comité de dirección del bufe­ te no se reuniría hasta principios de enero para revisar la cuenta de beneficios del ejercicio anterior y después, supuesta­ mente,  ajustar  los sueldos.  Dentro de pocos  meses Mark tendría  que mantener una conversación importante con su «asesora crediticia» para renegociar  la planificación de la liquidación de la deuda de sus préstamos estudiantiles y empezar a devolver esa montaña de dinero.  Su asesora había transmitido a Mark su preocupación por el hecho de que él no supiera cuánto iba a ganar. Eso era algo que obsesionaba a Mark también, sobre todo teniendo en cuenta que no con­ fiaba en ninguna  de las personas que había conocido en el bufete. Por mucho  que intentara engañarse, en el fondo te­ nía la sensación  de que el trabajo  que le habían prometido no estaba garantizado.

Y además estaba el problema del examen de colegiación. Debido a la alta demanda,  el examen de Washington D. C. era uno de los más difíciles de todo el país, y últimamente lo había suspendido una cantidad  alarmante  de graduados de la facultad  de Foggy Bottom. También  en ese tema los graduados  de las facultades  de prestigio  de la ciudad destacaban. Así, el año anterior Georgetown había alcanzado un noventa y uno por ciento de aprobados, y la universidad George Washington, un ochenta  y nueve por ciento. En Foggy Bottom, en cambio, el porcentaje era un penoso cincuenta y seis por ciento. Para aprobar, Mark tenía que empezar a estudiar de inmediato, desde principios de enero, y no despegar  los codos de la mesa durante los siguientes seis meses.

Pero no tenía energía para hacerlo, sobre todo durante esos días fríos, oscuros  y deprimentes del invierno. A veces le parecía que esa deuda era como un bloque  de hormigón que llevaba atado a la espalda. Caminar con ese peso ya era una hazaña. Hasta le costaba sonreír. Vivía en la más absoluta pobreza y su futuro, aunque finalmente  consiguiera el trabajo, era incierto. Y él era de los afortunados. Muchos de sus compañeros de clase tenían las deudas pero no la posibilidad de encontrar un empleo. Pensándolo bien, había oído quejas desde que entró en la facultad y, con cada semestre que pasaba, el ambiente  era más y más sombrío y crecían las suspicacias. El mercado laboral  empeoraba. Los resultados del examen de colegiación eran una vergüenza  para todos los de Foggy Bottom. Las deudas de los estudiantes crecían. Y a esas alturas, en su tercer y último año, no era raro que los alumnos se lo echaran en cara a los profesores en plena clase. El decano no se atrevía a salir de su despacho.  En los blogs se cebaban con la facultad y no paraban de hacer preguntas de difícil respuesta como: «¿Todo  esto es un engaño? ¿Nos han timado? ¿Qué han hecho con nuestro dinero?».

Prácticamente toda la gente que Mark conocía estaba más o menos  convencida  de que: 1) la facultad  de Derecho de Foggy Bottom era un centro de bajo nivel, 2) hacía demasiadas promesas, 3) era cara para lo que ofrecía, 4) animaba a los alumnos  a contraer unas deudas excesivas, 5) admitía a muchos estudiantes mediocres  que no deberían  estar en ninguna facultad de Derecho, y que o bien 6) no los preparaban adecuadamente para el examen de colegiación, o bien 7) eran demasiado  lerdos para aprobarlo.

Se rumoreaba que las solicitudes  de admisión en la facultad de Derecho de Foggy Bottom habían caído un cincuenta por ciento. Sin apoyo  estatal y sin donaciones privadas, semejante descenso obligaría a aplicar todo  tipo de dolorosos recortes, y esa facultad, que ya era mala de por sí, solo podía ir a peor. A Mark Frazier y sus amigos eso les importaba poco: únicamente tenían que aguantar los cuatro meses que les que­ daban y luego se irían de allí, encantados, para no volver a pisar ese lugar nunca más.

Mark vivía en un edificio de apartamentos de cinco plantas que tenía ochenta  años y estaba visiblemente deteriorado, pero el alquiler era bajo y eso atraía a los alumnos de las universidades George  Washington y Foggy Bottom. En su primera época la gente lo conocía  como Cooper House, pero tras tres décadas de desgaste y destrozos de generaciones de estudiantes de fraternidad, se había ganado el apodo  de The Coop. Como los ascensores rara vez funcionaban, Mark subió por la escalera hasta la tercera planta y entró en su dimi­nuto piso, de poco más de cuarenta y cinco metros cuadrados y con los muebles justos, por el que pagaba ochocientos dólares al mes. En un arranque, había limpiado la casa después de su último  examen antes de las vacaciones, y al encender  las luces le agradó ver que todo estaba en orden.

¿Y por qué no iba a estarlo? El casero nunca se dejaba caer por allí. Soltó sus bolsas de viaje y le sorprendió el silencio. Por lo general se oía jaleo siempre,  dado que allí vivían un montón de estudiantes y, además, las paredes eran muy finas. Equipos de música y televisores a todo volumen, discusiones,  bromas, partidas de póquer, peleas, alguien tocando una guitarra o incluso el empollón de la cuarta planta con su trombón, que hacía temblar  todo el edificio. Pero ese día no. Todos seguían en sus respectivas casas, disfrutando de las vacaciones, y las zonas comunes estaban extrañamente silenciosas.

Mark empezó  a aburrirse al cabo de media hora y decidió salir. Cuando caminaba  por  New  Hampshire Avenue el viento se colaba bajo su fina chaqueta  polar y sus viejos pantalones chinos, así que optó  por doblar  la esquina de la calle Veintiuno y pasarse por la facultad  para ver si estaba abierta. En una ciudad en la que los edificios modernos horribles no escaseaban, la facultad de Derecho de Foggy Bottom se llevaba la palma. Se había construido después  de la guerra, y estaba cubierto con ocho niveles de unos insulsos ladrillos amarillos unidos  formando alas asimétricas, el intento  fallido de algún arquitecto por dejar su impronta. Al parecer, había sido un edificio de oficinas, pero después tiraron paredes sin planificación alguna para crear aulas agobiantes en las cuatro  plantas inferiores. En la quinta  estaba la biblioteca, una madriguera con grandes y avanzadas salas repletas  de libros  que  casi nunca  tocaba  nadie  y algunas reproducciones de retratos de jueces y estudiosos de la ley desconocidos para todos. Los despachos  de la facultad  estaban en las plantas sexta y séptima, y en la octava, lo más lejos posible de los alumnos, se situaba la zona de administración, donde el decano se ocultaba encerrándose en un des­ pacho que hacía esquina, del que salía en muy contadas ocasiones.

La puerta principal estaba abierta y Mark entró en el vestíbulo vacío. Aunque agradeció el calorcito que hacía allí, esa zona le resultó, como siempre, muy deprimente. Una de las paredes  la ocupaba  totalmente un enorme  tablón  de anuncios lleno de todo  tipo de avisos, carteles y ofertas de toda índole. Había unos cuantos llamativos pósteres que publicitaban oportunidades para estudiar en el extranjero y la habitual variedad de anuncios escritos a mano en los que se ofrecía un poco de todo, desde libros, bicicletas y entradas, hasta temarios  de cursos y profesores particulares por horas, o se anunciaban apartamentos en alquiler. El examen de colegiación se cernía sobre toda la facultad como un nubarrón, de modo  que también  había carteles que destacaban  las virtudes de unos cursos de preparación. Si buscaba bien, podría encontrar unas cuantas ofertas de empleo, pero en esa facultad cada año que pasaba escaseaban más. En un rincón estaban los mismos folletos de siempre que buscaban que la gente contratara más créditos  estudiantiles. En el extremo  del vestíbulo había máquinas expendedoras y una pequeña barra para tomarse un café, pero en esos días de vacaciones allí nadie tomaba nada.

Se dejó caer en un sillón de cuero gastado y el deprimen­ te ambiente de su facultad caló en él. ¿De verdad era una fa­ cultad o solo una fábrica de títulos? Cada vez tenía más clara la respuesta.  Por enésima vez deseó no haber cruzado nun­ ca la puerta  principal  de aquel lugar cuando  era un incauto alumno de primero. En ese momento, casi tres años después, lo abrumaba el peso de unas deudas que no sabía cómo iba a pagar. Si había luz al final del túnel, él no la veía.

De pronto se planteó  por qué alguien pondría a una facultad el nombre de Foggy Bottom. Como si estudiar Derecho no fuera ya bastante penoso, a algún iluminado se le había ocurrido, veinte años atrás, bautizar aquel lugar con un nombre, «Fondo Nebuloso», que solo servía para desmoralizar aún más a los alumnos.  Ese tío, que ya estaba muerto, había vendido la facultad a un grupo inversor de Wall Street que tenía una especie de cadena de facultades de Derecho, las cuales, según se decía, estaban proporcionándole muy buenos beneficios, aunque  no aportaban al mundo ningún  joven licenciado en leyes brillante.

¿Cómo se compraban y vendían facultades de Derecho? Eso era un misterio para Mark.

Oyó voces y salió apresuradamente del edificio. Volvió a New Hampshire Street y caminó hasta Dupont Circle, donde entró en Kramer Books para tomarse un café y quitarse el frío de encima. Iba andando a todas partes. Su Bronco era lento y se calaba demasiadas veces en medio del tráfico de la ciudad, así que lo tenía fuera de la circulación  en una plaza de aparcamiento detrás de The Coop, siempre  con la llave en el contacto. Por desgracia, hasta entonces nadie había in­ tentado robárselo.

Una vez que entró en calor de nuevo, caminó seis manzanas en dirección norte por Connecticut Avenue. El bufete de Ness Skelton ocupaba unas cuantas plantas de un edificio moderno cerca del hotel Hinckley Hilton. El verano  anterior Mark había conseguido un trabajo  allí al aceptar unas prácticas en las que le pagaban menos del salario mínimo. En los grandes bufetes utilizaban las becas de verano para tentar a los mejores estudiantes con las ventajas de la buena vida. No les pedían que trabajasen mucho. A los becarios les proponían unos horarios ridículamente cómodos, les regalaban entradas  para partidos y los invitaban a fiestas elegantes en los espléndidos jardines de los socios ricos. Una vez seducidos, los jóvenes firmaban un contrato y, tras graduarse, en un abrir y cerrar de ojos se veían atrapados en un trabajo de cien horas semanales.

Pero Ness Skelton no era de esos. El bufete solo contaba con cincuenta abogados, y estaba muy lejos de hallarse entre los diez mejores. Sus clientes eran principalmente asociaciones profesionales, como el Foro de la Soja, la Asociación de Trabajadores de Correos Jubilados, el Consejo del Vacuno y el Ovino, la Asociación Nacional de Contratistas del Asfalto o la Asociación  de Ingenieros Ferroviarios Discapacitados, y varios contratistas militares, desesperados por conseguir su parte del pastel en cuestiones de defensa nacional. La principal especialidad  del bufete, si es que podía decirse que te­ nía una, era las relaciones con el Congreso. Su programa de becas de verano estaba diseñado más bien para explotar mano de obra barata que para atraer a alumnos  brillantes.  Mark había trabajado mucho y había sufrido con aquel empleo mor­ talmente aburrido. A final del verano, cuando le hicieron una oferta con visos de ser un contrato de trabajo, si aprobaba el examen de colegiación, no supo si alegrarse o echarse a llorar. Pero decidió aprovechar la oportunidad que le ofrecían (no tenía ninguna  otra sobre la mesa) y se convirtió, orgulloso, en uno de los pocos alumnos  de Foggy Bottom con un futuro. Durante el otoño había intentado varias veces son­ sacar a su supervisor cuáles serían los términos de su nuevo empleo, pero no le sacó nada en claro. Cabía la posibilidad de que estuviera preparándose una fusión. O tal vez una di­ visión. Cabían  muchas posibilidades, pero un contrato de trabajo no era una de ellas.

Así que, de cuando  en cuando,  Mark se pasaba por allí. Por las tardes, los sábados, las vacaciones, cada vez que estaba aburrido iba al bufete, siempre con una enorme  sonrisa falsa y un gran entusiasmo por participar y ayudar  con las tareas más rutinarias. No estaba claro si eso lo beneficiaba de alguna forma, pero suponía que tampoco le perjudicaría.

Su supervisor, Randall, era un tipo que llevaba en la empresa diez años y estaban a punto de hacerlo socio, de manera que se veía sometido a mucha presión. A un abogado aso­ ciado de Ness Skelton que no llegaba a socio tras una década al final acababan acompañándolo amablemente hasta la puerta. Randall era licenciado  por la Universidad George  Washington que, en el orden de las universidades de la ciudad, es­ taba un escalón por debajo de la Georgetown, aunque muchos por encima de Foggy Bottom. La jerarquía era clara y rígida, y los peores cuando se trataba de mantenerla eran los aboga­ dos salidos de la George Washington. Detestaban que los de Georgetown los hicieran  de menos  y, por  tanto,  estaban deseando  poder mirar por encima del hombro y desdeñar  a cualquiera  que viniera de Foggy Bottom. El bufete apestaba a corporativismo y a esnobismo, y Mark muchas veces se preguntaba cómo demonios había acabado allí. Dos de los aso­ ciados de Ness Skelton habían estudiado en Foggy Bottom, pero se esforzaban tanto  por intentar distanciarse  de su facultad que jamás se les habría ocurrido echar una mano a Mark. De hecho,  eran los que más lo ignoraban de todos.

«Vaya forma de llevar un bufete», se decía Mark a menudo. Pero después reconocía  que en todas las profesiones debía de haber estatus y niveles. Estaba demasiado  preocupado por su propio pellejo para que el lugar donde habían estudiado sus feroces competidores le importara. Tenía sus propios problemas.

Había  enviado un email a Randall para avisar de que se pasaría por allí para ayudar  en lo que hiciera falta. Sin embargo, Randall se mostró cortante cuando lo vio aparecer.

—¿Ya has vuelto? ¿Tan pronto? —le espetó.

«Hola,  Randall —pensó Mark—. ¿Qué  tal tus vacaciones? Me alegro de verte.»

—Sí, me aburría con todo el rollo de las fiestas —dijo, no obstante—. ¿Qué novedades  hay?

—Dos de las secretarias están de baja con gripe —fue la respuesta de Randall, y le señaló una pila de documentos de unos treinta  centímetros de alto—. Necesito catorce copias de eso, en orden y grapadas.

«Vale, otra vez a la fotocopiadora», pensó Mark.

—Claro —contestó, como si estuviera deseando ponerse a ello.

Se llevó los documentos al sótano,  una especie de mazmorra  llena de fotocopiadoras. Y se pasó las tres horas siguientes haciendo  un trabajo mecánico por el que no iban a pagarle ni un céntimo.

Casi echó de menos a Louie y su dispositivo tobillero de seguimiento.

2

Como le había ocurrido a Mark, a Todd  Lucero  se le ocurrió  la idea de convertirse en abogado  por unas conversaciones acompañadas de mucho  alcohol  que oyó en un bar. Llevaba tres años preparando y sirviendo bebidas en el Old Red Cat, un garito similar a un pub al que solían ir alumnos de la George Washington y de Foggy Bottom. Cuando ter­ minó sus estudios de pregrado en Frostburg State, abandonó Baltimore y se plantó en Washington D. C. para labrarse una carrera profesional. Como no vio cómo, se puso a trabajar a tiempo  parcial en el Old  Red Cat y pronto se dio cuenta  de que le gustaba  servir pintas  y hacer cócteles. Le encantaba  la vidilla del bar, y tenía un don  para conversar con los bebedores empedernidos y para calmar  a los que armaban  bronca. Todd era el camarero  favorito  de todo  el mundo y se sabía el nombre de cientos de sus clientes habituales.

Durante los últimos dos años y medio, muchas veces había pensado  en dejar la facultad  de Derecho y perseguir  su sueño  de tener un bar propio. Pero su padre se negaba rotundamente a ello. El señor Lucero, que era policía en Baltimore, siempre había presionado a su hijo para que se sacara una carrera. Con todo, presionarlo para que tuviera estudios era una cosa y pagárselos otra muy distinta, razón por la que Todd también había caído en la trampa de pedir prestado dinero fácil para que se lo entregaran a los avariciosos de la facultad de Derecho de Foggy Bottom.

Mark  Frazier  y él se habían  conocido el primer  día de clases, durante la sesión de orientación, en una época en la que los dos lo miraban  todo  con ojos soñadores y se imaginaban  como  profesionales en grandes  bufetes  con sueldos envidiables; en aquel entonces  ellos, y sus otros  tres­ cientos cincuenta compañeros, todavía eran tremendamente inocentes. Cuando Todd acabó primero quiso dejar la facultad, pero su padre le quitó la idea de la cabeza a gritos. Debido a que trabajaba  en el bar, nunca había tenido tiempo para recorrerse Washington D. C. en busca de unas prácticas  en un bufete ni para conseguir una beca de verano. Se planteó, de nuevo, abandonar los estudios  cuando  acabó el segundo año para así dejar de acumular deudas, pero su asesor crediticio le aconsejó insistentemente que no lo hiciera. Mientras estuviera en la facultad no tendría que enfrentarse a un plan de devolución de semejante cantidad  de dinero,  así que lo que más sentido  tenía era seguir pidiéndolo prestado para poder  acabar la carrera y encontrar uno de esos lucrativos trabajos que, en teoría, con el tiempo le permitirían saldar el crédito. Pero en ese momento, cuando ya le quedaba solo un semestre, era perfectamente consciente  de que esos trabajos no existían.

Debería haber pedido prestados los ciento noventa y cinco mil dólares a un banco para abrir su bar y a esas alturas estaría ganando pasta a espuertas y disfrutando de la vida.

Mark entró en el Old Red Cat cuando empezaba  a anochecer y ocupó  su sitio favorito  al final de la barra. Saludó a Todd chocando el puño con él.

—Me alegro de verte, tío.

***