Opinión

La conquista de América contada para escépticos · Juan Eslava Galán

Un nuevo mundo merece una nueva visión.

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ADELANTOS EDITORIALES

Lo que no sabías de la historia de América en la voz de sus protagonistas.

Sobre la turbulenta relación entre España y América y sus orígenes se ha escrito mucho, pero hasta ahora no habíamos podido disfrutar de la voz de Eslava Galán para contarnos esta historia recurrente, llena de contradicciones, alianzas, traiciones y desencuentros. Detrás de la historia que todos conocemos, están las vidas de los personajes que la vivieron e hicieron que sucediera.

En este nuevo libro, Juan Eslava Galán expone las circunstancias de la conquista del Nuevo Mundo, presentándonos a los personajes más importantes que tomaron parte en ella. De forma detallada pero amena, expone desde los problemas de abastecimiento de especias orientales y oro, principales fuentes de riqueza de la época, que padecía Europa (presentado como un diálogo casual entre un cónsul flamenco y un mercader veneciano hacia 1480), hasta la conquista de buena parte de América por los españoles hacia el año 1550.

Presentados aludiendo frecuentemente a los textos de los cronistas de Indias y con ágiles diálogos entre personajes históricos y otros de ficción, podríamos estar ante un ensayo novelado en el estilo que Eslava Galán ha empleado en otras obras suyas de éxito, como la serie de «Años del Miedo», «Alpargata al Seiscientos », o la serie de los ensayos «para escépticos».

Fragmento del libro La conquista de América contada para escépticos (Crítica), © 2020, Juan Eslava Galán. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Juan Eslava Galán se licenció en Filología Inglesa por la Universidad de Granada y se doctoró en Letras con una tesis sobre historia medieval. Ha traducido la poesía de T.S. Eliot y escribe novelas de ficción histórica con el seudónimo Nicholas Wilcox.

La conquista de América contada para escépticos | Juan Eslava Galán

#AdelantosEditoriales

 

CAPÍTULO 1

Ruina en Venecia

Jacobo van Dale, cónsul de los mercaderes de Brujas, contemplaba distraídamente desde su góndola el desfile de los magníficos palacios alineados a un lado y a otro del Gran Canal. Estaba hermosa Venecia aquella mañanita de mayo del año 1462.

¡Venecia! Enormes galeazas de carga llenaban el horizonte aguardando turno para arrimarse a los muelles de la Riva dei Sette Martiri; las madrugadoras góndolas iban y venían llevando fardos y pasajeros; las gaviotas surcaban veloces el azul; los gatos dormitaban entre las almenas del Palacio Ducal; las culebras desovaban en el blando limo de las bocas del Lido...

Desde su observatorio fluvial, el cónsul Van Dale admiraba la cotidianeidad inmutable de aquella ciudad que, gracias al comercio, había alcanzado la categoría de gran potencia, la Serenísima... Recordó sus primeros días en Venecia, adonde llegó de su brumoso norte cuando apenas cumplía veinte años. Ahora tenía sesenta, y todo parecía tan inmutable como si se hubiera detenido el tiempo. Sin embargo, el instinto le avisaba de que algo había cambiado y para peor. De sobra sabía, por pasadas experiencias, que aquel sexto sentido le anticipaba los problemas. Sumido en inquietantes pensamientos, Van Dale volvió a la realidad cuando la góndola tocó el poste de amarre del embarcadero de la Vergine, entre panzudas naves cargueras de la Hansa y airosas galeras locales, y el gondolero avisó: Siamo arrivati, nobiluomo, mientras le tendía la mano para ayudarlo a desembarcar.

Jacobo van Dale se abrió paso entre los estibadores que descargaban fardos y cajas de una galeaza, penetró en el almacén de Marco da Rismini y aspiró con placer el intenso olor a cuero nuevo y especias que flotaba en el ambiente. Conocía el camino. Una ancha rampa de piedra conducía al piso noble, el destinado a sedas, incienso y productos de más valor. En la oficina, media docena de amanuenses y contables trabajaban en pupitres dispuestos en torno a una enorme mesa central sobre la que se apilaban libros de cuentas, asientos de mercaderías y ábacos.

Marco da Rismini despidió al escribiente al que atendía en ese momento y salió al encuentro del visitante con una ancha sonrisa profesional.

—¡Qué agradable sorpresa, amigo Jacobo! —lo saludó con un breve abrazo—. Pasa a mi despacho y cuéntame cómo van las cosas. ¿Qué te trae por aquí?

Amable y directo a la manera veneciana.

Era una espaciosa sala con las paredes repletas de estanterías en las que se archivaban los legajos de seis generaciones de prósperos mercaderes. Un amplio ventanal emplomado iluminaba la estancia y permitía vigilar el puerto y los muelles.

Los dos hombres tomaron asiento en sendos sillones fraileros con los respaldos repujados con el símbolo de la compañía, una garza que sostiene un pez en el pico.

Jacobo van Dale extrajo de su faltriquera una cedulilla y la entregó al mercader, quien se ajustó sobre la nariz sus anteojos para examinarla.

—¿Qué está ocurriendo, Marco? —protestó el agente de Brujas sin esperar a que el otro acabara su lectura—. Te pedí cien libras de pimienta y me concedes solo veinte, y las treinta de clavo las reduces a cinco. Y subes el precio casi el doble. ¿Nos hemos vuelto locos o qué?

El veneciano asintió grave y devolvió la nota a su interlocutor. —Y aun así he reducido mis beneficios a la mitad, amigo Jacobo —confesó—. La situación es desastrosa. Cada vez nos llegan menos especias y más caras. Los almacenes están vacíos,

compruébalo. No nos llega género.

—Las especias se están vendiendo mejor que nunca —insistió Jacobo—. La gente tiene dinero y quiere gastarlo. ¿Vamos a perder ese negocio? ¿Es que nos hemos vuelto locos?

Suspiró el veneciano como quien debe armarse de paciencia para explicar, una vez más, lo evidente.

—Los tiempos han cambiado, amigo Jacobo. El manantial del que nos surtíamos se agota. El mercado de Constantinopla está cerrado desde que los otomanos tomaron la ciudad.

—Hay otros mercados —dijo Jacobo.

—Antioquía y Alejandría —reconoció Marco—. Pero también ellos reciben muchas menos especias de las que solían.

—Será porque se desvían a otros puertos —protestó Jacobo. —Como bien sabes, mi familia dispone de cónsules y agentes en Trípoli, Túnez y Argel —explicó el veneciano—. También allí escasean las especias. Esto tiene difícil solución, amigo mío.

Te explicaré una cosa.

Marco tomó de una estantería un pergamino de becerro y lo desplegó sobre la mesa. Era un mapamundi.

—Estas son las tierras del mundo —dijo abarcando con un gesto todo el mapa—. Nosotros estamos aquí —posó la palma de la mano sobre el Mediterráneo—, nuestro mar interior. Esto de aquí es Asia y esta parte que lame el mar, la India, donde está la especiería. Esta es Catay —China—, y esta, donde termina la tierra, la isla de Cipango —Japón—, los lugares a los que jamás llegó un cristiano, si exceptuamos a Marco Polo. Todo esto que rodea las tierras es la mar océana. —El veneciano indicó el espacio azul que rodeaba la tierra—. Entre la India, donde radica la especiería, y el Mediterráneo se extiende todo este inmenso desierto. Antes lo atravesaban las caravanas con licencia del Imperio tártaro del gran kan, al que pagaban tributo, y así llegaban a Bizancio, que recibía las especias y nos las vendía a venecianos y genoveses.

—Para que vosotros las revendierais al resto de la cristiandad con pingües ganancias —añadió el flamenco con irónica sonrisa.

—Ese es el fundamento del comercio, amigo Jacobo, comprar a un precio y vender con beneficios —replicó Marco sin inmutarse—. Lo que quiero decirte es que el Imperio tártaro se acabó. Ahora no hay gran kan que gobierne a los tártaros, sino muchos señores que se hacen la guerra entre ellos mientras los caminos y las antiguas rutas de caravanas están infestadas de bandidos. Se acabaron las caravanas. Súmale a eso que los otomanos que conquistaron Bizancio son tan fervientes de Mahoma que se niegan a comerciar con cristianos.

—¿Permaneceremos de brazos cruzados? —preguntó el cónsul de Brujas—. Algo podremos hacer. ¿No hay otra manera de llegar a la especiería?

—La hay, pero no es viable. La tierra es redonda como una manzana, amigo Jacobo. Enfrente de Europa están Japón y China con el océano de por medio. Atravesándolo podríamos llegar a la India y a la especiería.

—Si es tan fácil, ¿por qué no enviáis vuestros cargueros por ese camino?

—Lo hemos descartado: el océano es demasiado ancho. —Posó la mano en el espacio azul del mapamundi—. Si una nave intentara atravesarlo, la tripulación agotaría las reservas de agua y perecería de sed.

Van Dale asintió gravemente.

—También podría llegarse rodeando la isla África —repuso señalando el posible camino—. Macrobio, el romano que probó la esfericidad de la Tierra, sostiene que África tiene forma cuadrada y solo alcanza hasta el ecuador. ¿Para qué le sirven a Venecia tantas galeras?

—Imposible también —dijo Marco—. Ya lo intentaron los hermanos Vivaldi y sucumbieron1. Por algo ese mar es conocido como Tenebrosum.

El veneciano buscó en los estantes un manuscrito bellamente encuadernado en cuero rojo, lo puso sobre el atril y separando las páginas que estaban señaladas con una cinta leyó:

Es un mar vasto y sin límites, en el que los navíos no se atreven a alejarse de la costa, porque aunque conocen la dirección de los vientos, no pueden saber adónde podrían llevarlos, porque no hay un territorio habitado más allá y correrían el riesgo de perderse entre las brumas y las tinieblas.

—¿Quién dice eso? —inquirió el flamenco.

—Un sabio moro llamado Ibn Jaldún, que bien conocía aquellas aguas —explicó el veneciano—. Aparte de esto, has de saber que, cerca del ecuador, el océano está poblado por serpientes gigantescas y voraces que pueden enredar entre sus anillos a una galeaza y arrastrarla al fondo. Además, las aguas en esas latitudes son tan calientes que hierven hasta derretir el calafateado de las naves y las echan a pique.2 Tengo entendido que en Portugal hay un príncipe loco que se ha propuesto llegar a la India rodeando África, pero sin duda fracasará como fracasaron los Vivaldi.

CAPÍTULO 2

Las tan necesarias especias

Examinemos, desde nuestro cómodo e informado siglo XXI, las cuitas del cónsul de Brujas y del mercader veneciano.

El lector sabe que solo tiene que ir al supermercado de la esquina y en el expositor de las especias encuentra botecitos de pimienta, clavo, nuez moscada, canela, comino, cúrcuma..., lo que busque. Y a unos precios que están al alcance de cualquier bolsillo.

Hace cinco siglos la situación era muy distinta. La única especia que se producía en Europa era el azafrán. Las restantes procedían de las regiones tropicales de Asia y de las islas Molucas, en Indonesia. Cuando llegaban a Europa, después de pasar por muchos intermediarios, alcanzaban precios exorbitantes.3 La pimienta aumentaba su precio treinta veces; la nuez moscada, seiscientas veces.4 Un negocio de ese calibre solo es comparable al de la cocaína en nuestros días, solo que entonces era perfectamente respetable.

—¿Y no se pueden arreglar sin especias?

—¡Qué dice, hombre de Dios! Ninguna familia europea que haya alcanzado un mediano pasar puede prescindir de las especias.

Las clases acomodadas se alimentaban casi exclusivamente de carne.

—¿Y las verduras, y las legumbres?

—Eso queda para los pobres, gente desaprensiva capaz de comerse el paisaje.

Llegados los fríos escaseaba el forraje y había que sacrificar mucho ganado. Aquella carne se salaba o ahumaba para consumirla a lo largo del invierno. Había un problema: para cocinarla era preciso desalarla e hidratarla, pero al remojarla se tornaba bastante insípida.

En una mesa pudiente medianamente servida aparecían hasta seis platos sucesivos de carne, lo que planteaba un problema: ¿cómo conseguir que la misma carne insípida adquiriera distintos sabores en sucesivos platos?

La solución consistía en adobar la carne con una variedad de salsas especiadas. La combinación de pimienta, clavo, canela y nuez moscada en distintas proporciones permitía confeccionar cinco o seis recetas diferentes a partir de la misma carne simplona.5

Otro efecto de las salsas especiadas era el de disimular los sabores de una carne medio putrefacta (frecuente en un mundo sin refrigeración), así como los de la salvajina, ese hedor que desprende la carne de caza mayor (jabalíes, muflones...).

También se adobaban las bebidas: una cerveza mediocre se mejoraba con jengibre; el vino picado, con canela y clavo.

Las especias además tenían un uso medicinal: los galenos de la época quizá no alcanzaban a conocer sus propiedades bactericidas y fungicidas, pero en cualquier caso las recetaban en la creencia de que su consumo regulaba los humores de los que dependía la salud.

En fin, que las especias de la India eran insustituibles. Habían sido siempre productos caros, pero su escasez en el siglo XV los puso por las nubes.6

Marco da Rismini y sus colegas los mercaderes genoveses y venecianos dedicados al comercio de especiería estaban desesperados. ¿Qué hacer?

CAPÍTULO 3

Carabelas en África

El príncipe loco al que Marco da Rismini aludía páginas arriba no era otro que el infante don Enrique el Navegante, quizá la figura histórica más querida de los portugueses.

Don Enrique fue hijo, hermano y tío de reyes, pero felizmente nunca le tocó reinar. Libre de las ataduras de tan alto cargo, pudo consagrar su vida a explorar el océano y desvelar sus misterios.

Para entender su locura, más bien cordura, invito al lector a visitar la punta de Sagres, el lugar desde el que dirigió sus empresas.

Sagres es un promontorio rodeado de acantilados que se adentra en el Atlántico, en la misma barbilla del mapa de Portugal.

En la punta más extrema del promontorio, rodeado por el océano, uno se creería en la afilada proa de una nave de piedra a punto de levar anclas, largar velas y hacerse a la mar.

¡Sagres! ¡Abarcar con una misma mirada los mares del sur y del oeste! ¡Contemplar la curvatura del inmenso océano mientras sientes en el rostro las ráfagas de viento salino cargadas de yodo y percibes el batir de las olas al pie de los acantilados! Esa vivencia, que inspiró a Saramago su novela La balsa de piedra, inculcó también a don Enrique el Navegante la pulsión de explorar el misterioso océano.

Veamos ahora el contexto. A comienzos del siglo XV Portugal atravesaba una grave crisis económica que amenazaba la estabilidad de la monarquía, la casa de Avís recientemente instaurada. Mientras los portugueses malvivían de la pesca y del escaso comercio, panzudas naos cargueras procedentes del norte de Europa pasaban de largo por sus costas.

—¿Adónde van, padre? —había preguntado don Enrique niño al rey, su padre.

—Van a una ciudad de los moros que se llama Ceuta. Allí hay un gran mercado donde ingleses, flamencos, genoveses y venecianos se surten de esclavos negros, oro, marfil y especias.

Creció don Enrique ávido de saber. De muchacho bajaba a diario a los muelles del puerto de Lisboa, donde recalaban algunas naos bálticas camino de Ceuta. Un mercader lisboeta, hombre viajado por el mundo, lo informó de aquel comercio que enriquecía a los países cristianos y apenas dejaba migajas en Portugal.

—Señor, Ceuta recibe los esclavos y el oro del país de los negros, en caravanas que atraviesan el desierto de África por la ruta de la sed y del espanto.

—¿Y las especias y las sedas?

—Esas las traen otras caravanas de Alejandría y de Oriente.

Después de breve reflexión, el mercader añadió:

—La verdadera riqueza está en los productos de além mar (ultramar).

Los productos de além mar. ¿Cómo hacerse con ellos? Con apenas veintiún años el infante don Enrique ideó un ambicioso plan. Si Portugal se había formado como nación peleando contra los moros y reconquistando su territorio, ¿por qué no conquistar Ceuta que también es de los moros?

El plan de don Enrique convenció al rey. Armaron una escuadra de doscientas barcazas y se adueñaron de Ceuta y de sus almacenes. ¡Qué riquezas! El botín compensó sobradamente los gastos.

—Ahora a sentarnos y esperar. Recibiremos las caravanas y comerciaremos con la cristiandad —se prometió el príncipe.

¡Luso iluso! Mal conoces a los moros. Dolidos con la pérdida de su emporio, rehusaron cualquier trato con los cristianos y prefirieron desviar sus caravanas hacia otros mercados.

El príncipe don Enrique no se resignó.

—Si el oro y los esclavos no vienen a nosotros, ¿por qué no vamos nosotros a ellos?

—Imposible —replicó su padre—. Los moros meriníes dominan África y el desierto. No somos tan fuertes como para conquistar su reino.

—No atravesaremos el desierto, padre —adujo el príncipe—. Iremos por mar.

El rey enarcó una ceja.

—¿Por mar?

—Claro. Descendiendo por la costa. Dejaremos atrás el desierto y comerciaremos directamente con los negros.

—¿Con qué naves?

—Con carabelas, padre. Son rápidas, ligeras, fáciles de maniobrar, de poco calado y tienen una apreciable capacidad de carga.7

—Pero las carabelas son naves de cabotaje —objetó el rey—.

Navegan sin perder de vista la costa.

—Eso era antes, padre —dijo don Enrique—. Ahora tenemos innovaciones como el timón de bisagra, la brújula y los nuevos instrumentos de navegar que permiten a los pilotos guiarse por los astros.

—¿Por los astros?

—Sí, padre, perdiendo de vista la costa. Sin ver tierra es posible orientarse por medio de las estrellas. El piloto sabe en todo

Los carpinteros de ribera del Algarve construían varios tipos de carabela sobre la fórmula un-dos-tres: la eslora (longitud de proa a popa) triple que la manga (anchura en la parte central). Solían medir unos veinticinco metros de eslora y desplazar entre veinte y cincuenta toneladas. Dependiendo del tamaño, se aparejaban con dos o tres palos. Las carabelas de Colón, La Pinta y La Niña, alcanzarían unas cien toneladas. La Santa María era una nao de quizá ciento cincuenta toneladas. Cuando contemplamos las reproducciones de las carabelas nos admiramos de que los descubridores se aventuraran en el océano con unas embarcaciones tan diminutas. Es una impresión engañosa. Estas naves todavía parecieron a Colón demasiado grandes. En su segundo viaje, cuando pudo escoger, se proveyó de carabelas todavía más pequeñas que no sobrepasaran las treinta toneladas.

1. En 1291 los musulmanes conquistaron San Juan de Acre, la última posición de los cruzados en Tierra Santa, lo que desconcertó el comercio con Oriente (algo parecido a lo ocurrido cuando los turcos conquistaron Constantinopla en 1453). Ante las dificultades para obtener especias, los patricios genoveses tuvieron la idea de abrir una ruta alternativa por mar. Para ello armaron dos galeras, la Sanctus Antonius y la Alegranzia, al mando de dos expertos pilotos, los hermanos Ugolino y Vandino Vivaldi, para que llegaran ad partes Indiae per mare oceanum, «a la India por el océano». Los exploradores pasaron el estrecho de Gibraltar y se adentraron en el océano, probablemente con la intención de costear África, pero no se volvió a saber de ellos. Desaparecieron sin dejar rastro.

2. La idea del aumento de la temperatura según se desciende de latitud procedía de Aristóteles, autoridad indiscutible en la Edad Media. Según sus cálculos, a uno y otro lado del ecuador de la Tierra se extendía una zona perusta o tórrida que aislaba el hemisferio norte del hemisferio sur, haciendo imposible la vida a causa del calor.

3. Desde los tiempos de la Roma imperial, las especias llegaban a Europa por la llamada ruta de la seda: el clavo de las Molucas y la nuez moscada de la isla de la Banda se enviaban a la India, por vía marítima, desde el puerto de Malaca. Allí se completaba la carga con canela de Ceilán y pimienta de la India y se reexpedía a Europa por dos caminos: el naval, a través del mar Rojo, o el terrestre, en caravanas de camellos con destino a Alepo, Damasco o Constantinopla. En esta última etapa lo recibían mercaderes venecianos y genoveses que detentaban el monopolio europeo desde la época de las cruzadas.

4. El quintal de pimienta (sesenta gramos) alcanzaba los treinta y ocho ducados (el ducado equivalía a 3,5 gramos de oro), lo que quiere decir que la pimienta valía algo más del doble de su peso en oro.

5. Muchas de estas salsas se divulgaron a partir del siglo XI al contacto de los cruzados con la cocina oriental, entre ellas, la famosa carmelina confeccionada a base de pimienta, canela y clavo.

6. A la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453 siguieron la de Siria (1516) y la de Egipto (1517), que terminaron de estrangular las vías de acceso de las especias a Europa. La pimienta, el clavo, el jengibre, la nuez moscada se guardaban celosamente bajo llave en los arcones de la alcoba, entre las joyas de la familia. A falta de oro y plata, la pimienta llegó a constituir un valor tan sólido que se reconocía como medio de pago en los contratos.