Opinión

Joe Biden • Evan Osnos

Su vida, su carrera y los temas relevantes.

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ADELANTOS EDITORIALES

El reconocido periodista Evan Osnos, ganador de los premios Pulitzer y National Book Award, combina su minuciosa investigación con el tono íntimo de las entrevistas que sostuvo con Joe Biden en varias ocasiones. Osnos logra revelar los matices del personaje a través de más de un centenar de conversaciones con figuras como Barack Obama y miembros de la familia Biden, activistas y oponentes ideológicos.

Esta biografía ilumina la vida personal del hombre que perdió a su familia en un accidente automovilístico, a la vez que muestra una admirable trayectoria política: su carrera en el Senado, sus ocho años como vicepresidente de Estados Unidos en el gobierno de Obama y su decisión de postularse a la presidencia  por el Partido Demócrata.

El retrato más completo y brillante del hombre con el poder de frenar a Trump.

«El fracaso en algún punto de la vida es inevitable, pero darse por vencido es imperdonable». Joe Biden

Fragmento del libro Joe Biden: su vida, su carrera y los temas relevantes (Planeta), © 2020, Evan Osnos. © 2020 Traducción: Ariadna Molinari Tato y José Carlos Ramos Murguía. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Evan Osnos colabora para The New Yorker desde 2008. Su libro China: la edad de la ambición recibió el National Book Award en 2014, entre otros reconocimientos. Anteriormente, trabajó como corresponsal en China e Irak para el periódico Chicago Tribune y formó parte del equipo que ganó el Premio Pulitzer por Periodismo de Investigación en 2008.

Joe Biden | Evan Osnos

#AdelantosEditoriales

 

CAPÍTULO 1

Annus Horribilis

Los suburbios exuberantes y sofisticados de Wilmington, envueltos por los bosques del Valle de Brandywine, son populares por albergar a los herederos de la fortuna química de la familia Du Pont, cuyas propiedades y jardines están escondidos en lo que se conoce como el Chateau Country de Delaware. En lo que para esos estándares sería un terreno mo­ desto, Joe Biden y su esposa, Jill, viven en una propiedad inclinada de poco más de hectárea y media que da a un lago.

El día que visité la residencia de Biden, faltaban 99 días para la elección. Para evitar contagios, sus asesores me llevaron a la antigua cochera, a unos cien metros de donde vive la familia. «Bienvenido a la casa de mi mamá», gritó Biden desde el fondo de la escalera, un instante antes de que su melena blanca se hiciera visible al subir al segundo piso del que ahora era un chalé. Traía puesta una camisa de vestir azul, con las mangas enrolladas hasta los codos, una pluma atorada entre los botones y una mascarilla N95 blanca sobre el rostro.

En apenas tres semanas, Biden se convertiría en el candidato demócrata a la presidencia. El encabezado de la primera pági­ na del Washington Post de esa mañana leía «La reputación de Estados Unidos frente al mundo está en su punto más bajo». La cifra­ de víctimas por la pandemia del coronavirus se acercaba a los 150 000, tres veces más que el número de vidas estadounidenses perdidas en Vietnam; la economía se había desplomado con más velocidad que en cualquier otro momento de la historia del país; en Portland, Oregón, agentes federales con uniformes sin distintivos les lanzaban gas lacrimógeno a manifestantes a los que Donald Trump llamó «anarquistas y agitadores enfermos­ y retorcidos». Ese día, Trump había advertido desde su cuenta de Twitter que los manifestantes «destruirían ciudades y cosas peores si Joe el Dormilón, la marioneta de la izquierda, llegaba a ganar. Los mercados colapsarían y las ciudades arderían».

El hombre que se interponía entre los estadounidenses y cuatro años más de Trump parecía contento de recibir visitas. En aquel extraño verano de 2020, el hogar de los Biden se sentía tan solemne y recluido como una abadía. El chalé, decorado con temas celtas (persianas verdes y cojines con cardos bordados) fungía también como centro de control para el Servicio Secreto; hombres enormes con armas enfundadas entraban y salían todo el tiempo. Biden se acomodó en un sillón del otro lado de la habitación y extendió las manos como señal de saludo con distanciamiento social. «Los doctores me tienen muy checadito», me explicó.

Esa misma tarde, los Biden debían asistir a Capitol Hill para rendirle tributo al recién fallecido John Lewis, de Georgia, un ícono de la lucha por los derechos civiles que sufrió una fractura de cráneo a mano de los policías estatales en Selma, Alabama, antes de formar parte de la Cámara de Representantes y ganarse el apodo de la «conciencia del Congreso». Sería una excursión inusual. Desde que comenzó el confinamiento por la pandemia de covid-19 en marzo, Biden circulaba casi de forma exclusiva entre su porche trasero, donde realizaba eventos de recaudación de fondos por Zoom, el gimnasio de la planta alta y la sala de juegos del sótano, donde realizaba entrevistas para la televisión frente a un librero y una bandera doblada. La estructura de su campaña estaba distribuida entre los hogares de unos dos mil trescientos empleados.

Antes de que pudiera hacerle una pregunta, me explicó los orígenes de aquel chalé. Cuando su padre, Joe Sr., enfermó en 2002, Biden remodeló el sótano de la casa principal para que sus padres se instalaran ahí. «Solo resistió unos seis meses. Dios lo tenga en su gloria», dijo. «Y pensé que mi mamá??se quedaría». Al parecer, ella tenía otras ideas. (La difunta madre de Biden, Jean Finnegan, ocupa un papel central en el recuento de la historia familiar de este. Biden recuerda que, en sus años escolares, una monja se burló de él por tartamudear, y su madre, una católica devota, la confrontó: «Si usted vuelve a hablarle así a mi hijo, regresaré a arrancarle ese bonete de la cabeza»).

Biden me contó que, después de que Jean enviudara, le ofreció un trato: «Me dijo: “Joey, si me construyes una casa, me mudo ahí”. Yo le contesté: “Adorada, no tengo dinero para construirte una casa”. Me respondió que lo sabía, pero que había hablado con mis hermanos y mi hermana: “Vende mi casa y constrúyeme un apartamento”». Durante años, Biden, quien dependía de su salario gubernamental, estuvo entre los miembros menos acaudalados del Senado estadounidense. (En los dos años posteriores a que dejara la vicepresidencia, los Biden percibieron más de 15 millones de dólares por discursos pagados, impartición de clases y contratos editoriales). Biden reacondicionó la vieja cochera y su madre se mudó ahí. «Entraba y la veía en esa silla allá abajo, frente a la chimenea, viendo la televisión», me contó. «Siempre había una cuidadora sentada en el taburete escuchando sus confesiones».

En sus propias palabras, Joe Biden lleva cinco décadas siendo un «hombre público», ocupando un cargo público, dando­ entrevistas, compartiendo anécdotas. La última vez que lo ha­bía entrevistado —mayormente sobre asuntos de política exte­ rior— había sido en 2014, cuando él estaba en la Casa Blanca y Donald Trump era el anfitrión de la temporada 14 de The Apprentice. Biden tiene 77 años y se ve más delgado que hace seis, aunque no es demasiado notorio. Ha dejado ir su juventud a regañadientes. Su sonrisa ha adquirido una jovialidad tan resplandeciente que hasta inspiró un tuit popular durante la campaña de 2012: «Los dientes de Biden son tan blancos que votarán por Romney». Su cuero cabelludo se ha repoblado, su frente parece encalmada, y Biden proyecta el brillo de un abuelo que está volviendo a casa del gimnasio, lo cual suele ser el caso. Y su verborrea es tan dispersa como siempre. James Comey, exdirector del FBI, escribió alguna vez que una conversación típica con Biden se originaba en la «Dirección­ A» antes de «enfilar hacia la Dirección Z». (En diciembre de 2019, la campaña de Biden hizo público un reporte de su expediente médico, en donde se le declaraba un hombre «saludable y vigoroso» para su edad).

De alguna forma, las implicaciones de la edad se ceñían sobre la contienda presidencial. En su momento, al asumir la presidencia, Trump fue considerado el presidente de edad más avanzada en la historia. (En el verano de 2020, tenía 74 años). Para evadir los cuestionamientos sobre la agudeza mental del presidente, Trump y sus aliados dibujaron a Biden como un hombre senil, tema que saturó las televisoras de derecha y Twitter. Biden no pareció enterarse, pues no se fijaba en las redes sociales. (En comparación con Trump, la campaña de Biden hizo un uso muy somero de esas plataformas. Mientras que Trump tenía más de 114 millones de seguidores entre Twitter y Facebook, Biden tiene menos de diez millones).

Si ocurría algo sustancial, su equipo incluía un tuit en el agregado de noticias que Biden revisaba en su celular cada mañana. Según me dijo, «no leo los comentarios. Paso mi tiempo intentando enfocarme en los problemas que la gente está viviendo».

Para finales de agosto, diez semanas antes de las elecciones, Biden aventajaba a Trump por un promedio de cuando menos ocho puntos porcentuales. Sin embargo, ningún ser humano sobre la faz de la Tierra habría esperado un final de campaña ordinario. Algunas encuestas indicaban que la diferencia se iba reduciendo, y que un cambio inesperado en la economía, el Congreso o la Suprema Corte podría afectarla. «Estoy conforme con cómo estamos, pero sé que las cosas se van a poner muy, muy feas», me dijo Biden. Mientras Trump alegaba sobre la legitimidad del voto por correo, el director del servicio postal recortaba con descaro los servicios, lo que podría entorpecer el conteo de las boletas. Ruth Bader Ginsburg, la jueza de mayor edad de la Suprema Corte de Justicia, había empezado un tratamiento de quimioterapia recientemente, lo que incrementaba las probabilidades de una lucha encarnizada para elegir a su sucesor. Operativos republicanos ayudaban a Kanye West —la estrella de hip hop afín a Trump— a figu­ rar en la boleta en varios estados, cosa que los críticos sospechaban que le restaría votos de la población afroamericana a Biden. Mientras tanto, las agencias de inteligencia de Estados Unidos advertían que, al igual que en 2016, los rusos estaban conspirando para dañar al oponente de Trump, pero esta vez con grabaciones telefónicas editadas que promovían el rumor de que Biden había abusado de su poder en la vicepresidencia para ayudar a su hijo Hunter a enriquecerse en Ucrania.

Para alguien que estaba a la cabeza en las encuestas, la actitud de Biden no era del todo positiva. «Me preocupa que jodan el resultado», me confesó. «¿Cuándo diablos habías visto que un presidente declarara: “No estoy seguro de si voy a aceptar el resultado”?».

Los sucesos de 2020 desmantelaron algunos de los relatos más básicos que los estadounidenses nos contamos. El país más rico y poderoso del mundo metió la pata hasta en las reacciones más rudimentarias frente a la pandemia —como conseguir cubrebocas y realizar pruebas diagnósticas—, y algunas agencias estatales demostraron ser tan anticuadas y estar tan desprovistas de recursos que aún utilizaban faxes para transmitir información. La Casa Blanca presentaba políticas que parecían una sátira de Kafka; aunque a la gente se le recomendaba no comer fuera de casa, el gobierno proponía un incentivo fiscal corporativo para las comidas de negocios.

A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, cuando los estadounidenses de clase media escatimaban en insumos básicos —carne, azúcar, café—, en la era del covid-19 mucha gente­ se negó a quedarse en casa y a usar cubrebocas. Algunas personas se aventuraron a vacacionar en primavera, mientras dependientes de tiendas, cuidadores en asilos y repartidores de todo tipo, volvían al trabajo bajo órdenes que los señalaban como trabajadores «esenciales». En Washington, hasta los preceptos más básicos de la cohesión política se venían abajo. Cuando Larry Hogan —el gobernador republicano de Mary­ land enfrentado con Trump— mandó pedir pruebas provenientes de Corea del Sur, sintió la necesidad de desplegar a la policía estatal y a tropas de la Guardia Nacional para proteger el cargamento, por miedo a que el gobierno federal intentara confiscarlo. Trump se ufanaba de haber retenido ayuda y equipo de protección personal para estados con liderazgo demócrata. «No llames al gobernador de Washington», recordaba haberle dicho a su vicepresidente, Mike Pence. «No llames a la mujer de Michigan». En abril, Jared Kushner, el yerno del presidente y uno de los líderes del equipo de respuesta al coronavirus, declaró en Fox News que los esfuerzos del gobierno habían sido «un éxito sin precedentes». En los cuatro meses siguientes, perdieron la vida cuando menos 110 000 personas más.

Además, en plena pandemia, el asesinato de George Floyd, quien murió asfixiado bajo la rodilla de un oficial de policía, dio paso a un nuevo giro histórico en el despertar de la historia de Estados Unidos: un enfrentamiento con la enraizada jerarquía del poder, a la que Isabel Wilkerson, en su libro Caste, describió como «el acomodador silencioso en un teatro oscuro, que alumbra los pasillos con su linterna y nos lleva a nuestros asientos asignados».

Cornell William Brooks, profesor de Harvard, activista y otrora cabeza de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), equiparó el asesinato de George Floyd con el de Emmett Till en 1955, el cual inspiró el movimiento por los derechos civiles que tuvo lugar en Montgomery, Alabama. La escala de las protestas reflejaba una ira que trascendía el horrible suceso que las incitó. «El ingrediente más ardiente en ese caldero es la esperanza frustrada. Muchos recordamos aquello de “esperanza y cambio”, pero lo que obtuvimos después fue ira y miedo. La gente está harta», comentó Brooks.

Biden creía que el liderazgo fallido de Trump, en particular durante la pandemia, se había vuelto evidente hasta a ojos de sus defensores republicanos más férreos. «Todo el mundo lo sabe, hasta la gente que lo apoya: todo esto se trata de sus intereses. Todo se trata de él», me dijo. «Ha tenido un impacto muy fuerte en la capacidad que tiene la gente de vivir su vida». Aun así, admitió que quizá no sería suficiente para hacer cambiar de opinión a los votantes. Al describir a los simpatizantes de Trump, Biden no los pintó como personas engañadas, culpables o deplorables. «De verdad creen que su realidad material mejorará si él es presidente», sostuvo. «Trump ha mantenido popularidad, creo, hasta cierto punto —como 40%—, al decir cosas como: “Los demócratas son socialistas. Vienen a arrebatarles todo lo que tienen”».

Los republicanos llevaban tiempo acusando a los demócratas de intentar instaurar el socialismo en Estados Unidos de forma encubierta. Sin embargo, arrojar esa acusación contra Biden, cuya carrera se ha distinguido por un cauteloso centrismo, era una tarea un tanto complicada. Biden decidió participar en las elecciones primarias de su partido con una misión y visión muy específicas: terminar con la presidencia de Trump. La mayoría de los estadounidenses, sostenía él, no quería una revolución. En uno de sus primeros eventos de recaudación de fondos en Nueva York, prometió no «satanizar» a los ricos y dijo que «nada cambiaría de forma sustancial». (En internet, la gente comenzó a circular carteles de campaña falsos, similares a los de la campaña de Obama que traían la palabra «ESPERANZA», pero con el eslogan «Nada cambiará de forma sustancial»). No obstante, para cuando Biden aseguró la candidatura en marzo, ya había comenzado a describir su proyecto como una apuesta por lograr un cambio sistémico de la magnitud del New Deal de Franklin D. Roosevelt. Según uno de los principales colaboradores de Bernie Sanders, durante una llamada telefónica sobre una potencial declaración de apoyo a su candidatura, Biden le dijo a Sanders: «Quiero ser el presidente más progresista desde FDR».