Opinión

Interrupción · Sandra Vizzavona

El aborto desde la experiencia de las mujeres que lo han vivido.

  • Escuchar
ADELANTOS EDITORIALES

Culpa, dolor, alivio, miedo, vergüenza, fe. Estas son solo la punta de una montaña de emociones que han vivido las mujeres que interrumpieron su embarazo y cuya decisión han cargado en silencio. Pero ya no más. Sandra Vizzavona, partiendo de su propia experiencia, ha reunido el testimonio de varias mujeres que, con el corazón en la mano, relatan cómo se vive el aborto.

Estas son las voces que dan, de una vez por todas, el golpe sobre la mesa donde convergen la conciencia, la empatía y los prejuicios.

Fragmento del libro "Interrupción" (Ariel), © 2020 de Sandra Vizzavona. © 2022 Traducción: Mariana Hernández Cruz. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Interrupción | Sandra Vizzavona

#AdelantosEditoriales

 

Prólogo

El vientre de Sandra crece y el insomnio irrumpe. En las noches en vela, su embarazo largamente deseado la lleva de regreso a sus 16 años, a Abiyán y a la rebeldía. Al descubrimiento de la sensualidad y a un primer embarazo inviable. Suele suceder, para las mujeres que han abortado y desean ser madres algún día, que la elección de su bebé de todos los deseos, cuando es posible, las convoque a un viaje a la memoria en donde el punto de partida es el simple dato de una experiencia vivida en sus comienzos y el destino es el resarcimiento, la realización de un sueño pospuesto. A cada quien las tonalidades de su viaje. El de Sandra comienza con un doble reproche que se manifiesta con la sensación de no haber participado activamente en la decisión de su aborto y con la imposición de un decreto de silencio: «Nadie me pregunta qué siento, qué pienso ni qué deseo hacer. Nadie pronuncia las palabras. Ni siquiera yo». Sus padres «se hacen cargo». «Me someto». Este verbo, someterse, atormentará la relación con sus padres y consigo misma durante años.

Pero ella tomaba tisanas, saltaba para que «la cosa» se desprendiera. La ambivalencia de ese primer aborto: entre la invasión de «la cosa» y la prolongada conciencia del «hubiera». «Finalmente quedará ese niño en el que no dejaré de pensar [...] no tendrá rostro, no tendrá nombre [...]. Solo él conoce la grieta que abrió en mí». Sin embargo, cada interrupción del embarazo es muy distinta: «Yo misma seré la prueba de que cada aborto es singular, porque el segundo, al que recurrí unos 10 años más tarde, no dejará ninguna de las marcas que el primero plasmó en mí». ¿Cuál es el lugar del silencio y del ocultamiento en la creación y el sostén de la culpa? Agobiada por esos cuestionamientos decide conversar con mujeres que abortaron: «Desde el comienzo me encontré con un adversario inesperado [...] el concepto sacralizado de la mujer que aborta, obligada al silencio y a la maldición de vivir en la tristeza».

Sandra escribe en Francia, donde el aborto es legal desde 1975. «Nací quince días después de la legalización del aborto» (Revista ELLE). Interrupción se publica cuarenta y siete años después del célebre discurso de Simone Veil ante el Congreso. Casi 50 después del extraordinario alegato de la abogada feminista Gisèle Halimi en favor de la legalización del aborto durante el proceso de Bobigny: «Señor presidente: hoy tengo un gran privilegio; siento, con inédita plenitud, una armonía perfecta entre mi profesión de abogada y mi condición de mujer. Estoy aquí, a la vez como abogada y culpable, pues yo también aborté y, sin embargo, no fui condenada. Llevo 20 años de ejercicio profesional y nunca he defendido a la esposa de un alto funcionario, de un médico famoso, de un dirigente empresarial, ni a ninguna amante de esos mismos señores. ¿Por qué? Porque las que pagan son siempre las mismas. ¿No es así? Las mujeres de modesta condición, las anónimas. ¿Es esa la justicia que queremos? ¿El aborto cómodo para las ricas y la condena para las pobres?».

La primera parte del libro relata experiencias de abortos legales, lo cual, en muchos casos, no impide que las pacientes sean maltratadas: que se les ofenda y se les trate con frialdad, que no se les explique nada acerca del procedimiento, que como consecuencia del conservadurismo punitivo y la imaginaria superioridad moral de los anti-abortistas se les someta a juicio sumario. Es la cartografía de todo lo que aún falta por cambiar en un país con casi cinco décadas de aborto legal. La segunda parte son testimonios de abortos clandestinos. Entre la primera y la segunda circunstancia hay abismos. «Nos encontramos con el doctor en el estacionamiento. [...] Lo seguí a su coche, me vendó los ojos y arrancó». Una joven más afortunada, apoyada por una asociación, viajó a Ámsterdam, a pesar de lo cual refiere haber sentido miedo «porque estaba consciente de estar haciendo algo ilegal [...] me sentía perdida, abandonada».

«Después de dos horas a mi mamá le dio miedo y llamó a una ambulancia que nos llevó al Hospital de Dios [...] la rudeza de las hermanas, un legrado sin anestesia». Sí, cuando una mujer con una hemorragia llegaba a un hospital le hacían el «favor» de salvarla. Sin anestesia. «Pertenecía a una clase social en la que circulaba de boca en boca la manera en que se podía acceder a este tipo de redes, así que pude hacerlo de manera sencilla y segura». ¿Cómo obtener «una dirección»? ¿Quién acompañaría a una «pecadora» del lado más oscuro de la acera? El fantasma de las agujas de tejer. El agua jabonosa. La inyección de lejía. Las sondas infectadas. Golpearse el vientre. Arrojarse por las escaleras. Sandra menciona que guarda junto a su cama El acontecimiento de la escritora Annie Ernaux. El testimonio de un aborto en Francia, en 1963, publicado 30 años después. Comparto su admiración.

Annie no contó con ninguna red de protección, no pertenecía a un medio privilegiado. Estaba sola. Narra su aborto clandestino así como es ella: certera y sin adjetivos. Una sonda. «Váyase a su casa a esperar». Los dolores. El pánico. Algo es expulsado de su cuerpo: «Vi un muñequito colgando de mi sexo al final de un cordón rojizo. Nunca hubiera imaginado que pudiera tener aquello dentro de mí. Tuve que caminar con él hasta mi habitación. Lo sostuve con la mano —pesaba extrañamente— y avancé por el pasillo apretándolo entre mis muslos. Me comportaba como un animal». Mientras esto sucedía, la amiga que la acompañaba la miraba aterrada, a punto de de mayarse, pero sin querer dejarla sola. «Llevo años dándole vueltas a ese acontecimiento de mi vida [...] También me decía a mí misma que quizás un día moriría sin haber escrito nada sobre esa vivencia. Para mí lo imperdonable habría sido eso, no lo otro», escribió Ernaux.

Escribir. Escuchar/se. Dar testimonio. Por una misma y por las otras. La conclusión de Sandra fue muy parecida, encontrar, como decía Dolto: «las palabras para decirlo». «Vi un frijol pequeñito y no logré establecer la más mínima relación entre él y yo. No dejaba de repetirme: "Tengo esta cosita dentro de mi cuerpo", pero no me pertenecía, estaba fuera de mí», cuenta Lila. «Francamente, es como si me hubieran sacado un diente: habría preferido que no fuera necesario hacerlo, pero sabía que no tenía opción; fue desagradable y no tenía ganas de ir. Pero una vez que estuvo hecho, estuvo hecho», dice Valentine. Algunos testimonios hablan de alivio, sí. De certidumbre ante la decisión tomada. Pero con frecuencia también hablan de duelo.

Para muchas mujeres es impactante descubrir lo que las rayitas en las pruebas de embarazo de una farmacia representan, ya sea porque les toma por sorpresa o porque constituye un contratiempo, pues les revela que en su cuerpo está sucediendo algo que puede ser no deseado, algo de lo que prefieren permanecer alejadas. Cuando este es el caso, experimentan una sensación de extrañeza, de que algo en su interior está creciendo a pesar suyo, una especie de traición del cuerpo que se revela, más que nunca, como cuerpa. Experimentan una gama infinita de emociones diferentes, tantas como las numerosas mujeres confrontadas a esa realidad. La mayoría de las veces, a solas en esos minutos. A solas y a puerta cerrada. Pero lo que importa es lo que sucede después con ese «a solas» y ¿cómo y hacia dónde se abre la puerta? La diferencia entre la posibilidad de hablar de ello, de pronunciar las palabras que liberan, y el silencio. Leo el libro de Sandra en México, un país en donde en la mayoría de los estados el aborto aún es ilegal. En donde la diferencia entre legalidad y clandestinidad, entre la cárcel y la libertad, entre la salud y la posibilidad de morir por infecciones graves sigue siendo brutal, en donde el universo de derechos, entre ellos el de poder interrumpir los embarazos no deseados en un ambiente libre de incertidumbre, sin miedo a la muerte y a la esterilidad y con un acompañamiento empático, aún es inaccesible, igual que para muchos millones de mujeres de otras partes del mundo.

Sandra escucha, estructura un libro y aprehende su propia historia. Existe en ella una inquietud que podríamos compartir: la posibilidad de que los antiabortistas retomen los testimonios en los que se manifiesta que la interrupción de un embarazo produce dolor emocional, aunque sea legal, y los utilicen como argumentos en contra de legalizarlo, porque estarían pasando por alto que el aborto ilegal también lo produce y es bastante peor. Porque igual sucede. Y aún en los casos en que el aborto elegido se vive como un acto doloroso, es una elección. Un acto consciente de libertad. A pesar de la frase voluntarista: «el hubiera no existe», tantas veces sí existe. No es darle herramientas al adversario aceptar que interrumpir un embarazo puede (en nuestro mundo hasta ahora conocido) implicar un proceso de duelo. En el libro hay testimonios de mujeres que aún conservan el ultrasonido. La autora misma piensa en el bebé que no fue. Pero las mujeres tomaron y siguen tomando la decisión de abortar por razones que son solo suyas, y años después, como sucede con estos testimonios y con tantos que escuchamos afuera, esas mujeres confirman que tomaron la decisión correcta. Alguna también dice: «me equivoqué».

Una vive con sus elecciones y con las heridas que estas conllevan, cuando es el caso. ¿Acaso existe otra manera de vivir? Creo que deberíamos negarnos rotundamente a siquiera pensar que nuestro acceso a las palabras, ya de por sí difícil, tiene que pasar por una autocensura como graciosa concesión a las estrategias de los fundamentalistas. Más bien, hay que hacer todo lo contrario, en el camino a la legalización y después de ella hay que decir la verdad —leve o no tanto—. Más allá de la subjetividad y sus singularidades, hay un abismo entre la dignidad de un «mi cuerpo es mío» ante una elección sencilla, compleja o complejísima de asumir, pero accesible, y la sensación de un cuerpo socialmente alienado cuyo destino lo decretan otros. Quienes «salvan vidas» de mujeres a las que jamás han mirado a los ojos y de bebés cuya suerte ignorarán por siempre. En esa travesía interior a la escucha de las otras, la autora pudo asumir que posponer su maternidad, y liberarse hacia el abrazo de su bebé por venir, fue una decisión muy suya. Con ella escribe su esperanza de una transformación personal y colectiva. Y también su herida. La nuestra.

En una entrevista para L´Obs, Sandra cita las frases de Simone Veil en 1974: «Basta con escucharlas. [Un abor to] Es y siempre será una tragedia». La autora de Interrupción responde: «No siempre es una tragedia y no tiene la vocación de ser siempre una tragedia. Simone Veil [...] tuvo que ser astuta, se vio obligada a ofrecer a los legisladores el sufrimiento de las mujeres en una bandeja para que aceptaran otorgarnos ese derecho. El discurso según el cual el aborto es necesariamente un drama o un gran sufrimiento todavía lleva implícita una carga de culpabilidad y la idea de que las mujeres que abortaron cometieron una falta. Eso es de lo que tenemos que liberarnos hoy». Sin embargo, Sandra reconoce el papel fundamental que la entonces ministra de Salud desempeñó en la legalización del aborto y al final del libro le escribe: «Si no fuera por usted, tendría tres hijos, dos que no habría deseado».

Leo a Sandra y pienso: compañeras, a nuestras plumas. Como escribió Annie Ernaux en El acontecimiento: «Si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo».

María Teresa Priego

Yo soy la prueba de que un aborto puede provocar indiferencia o conflicto.

Yo soy la prueba de que un mismo cuerpo puede vivir dos veces ese suceso y que la cabeza que lo controla o las emociones que le dan vida actúan de manera totalmente diferente.

Yo soy la prueba de que el procedimiento puede demorar veinte años o solo unas cuantas semanas.

Que puede ser la única salida o, simplemente, el camino para esperar un mejor momento.

En fin, estaba cansada de los discursos categóricos y cerrados que hablaban del porqué las mujeres deberían tener esta opción y sobre lo que deberían o no sentir en caso de verse en la necesidad de hacerlo. Estaba cansada y quise escuchar a las mujeres que vivieron la experiencia, contada por ellas mismas; me negaba a permitir que otros hablaran por ellas.

Lo que me preocupaba no era el tema del derecho al aborto, sino el derecho a hablar sobre ello de quienes lo vivieron.

Al apartarme de la fragilidad del primer derecho, no pensé que libraría una batalla para defender el segundo.

Estaba equivocada.

Desde el comienzo me encontré con un adversario inesperado, más fuerte por el hecho de que se trataba de una abstracción: el concepto sacralizado de la mujer que aborta, obligada al silencio y a la maldición de vivir en la tristeza.

A esta imagen me enfrenté de inmediato cuando les pregunté a mis conocidos si tenían amigas que hubieran vivido una interrupción voluntaria del embarazo y que aceptaran platicar conmigo sobre el tema. La respuesta, casi unánime, salvo la de los más íntimos, fue: «No me atrevo a abordar ese tema, ha de ser difícil, me sorprendería que ella quisiera hablar al respecto».

Al escucharlos tuve la impresión de que amordazaban a su amiga sin siquiera preguntarle.

Sin embargo, varias de ellas accedieron a contarme su experiencia y se sintieron aliviadas al poder hablarlo con alguien que las escuchó sin incomodarlas, molestarlas u ofenderlas.

Como ocurre con muchos otros temas que abordan lo femenino, cuando se trata del aborto, la palabra está tan poco liberada, tan poco banalizada, que parece imposible evocar una experiencia personal sin que esté cargada de una intención que la sobrepase.

Si yo, Sandra, cuento que necesitaba tener un hijo para asimilar el aborto que viví en la adolescencia, entonces transmito la idea de que después de la interrupción de un embarazo es necesario enmendarse, y una forma de hacerlo podría ser la maternidad. No tengo derecho de hablar más que de mí misma, por eso no involucro a las otras mujeres, no implico otros cuerpos más que el mío.

Para no tener que defenderme, no me queda otra opción más que callar.

Pero hay casos peores, y a mí realmente me asustaba la idea de exponer a esas mujeres que abortaron más de una vez a sufrir ataques violentos y a que sus testimonios fueran usados por los opositores a la interrupción del embarazo para alimentar sus argumentos en contra, porque, astutamente y de manera implícita, también podrían usarlos para intimidarnos.

En algunos países, como Francia, el derecho al aborto está inscrito en la ley desde hace 45 años, pero su ejercicio debe ser siempre discreto, si no es que secreto.

La ley nos dio autorización para abortar, pero la sociedad nos impide hablar de ello o nos exige tomar una postura, ser militantes.

Desde luego, muchas mujeres no tienen ganas de contar su experiencia; la interrupción de su embarazo es una experiencia íntima, a menudo difícil, que no debe salir de ellas o de sus familias.

Pero también somos muchas las que nos doblegamos ante esta ley del silencio, a pesar nuestro, porque por decisión de la sociedad vivimos con vergüenza y culpa.

El derecho a la interrupción es frágil y su historia está acompañada por la sombra obsesiva de la posibilidad latente de un retroceso.

Sin embargo, al escribir esta obra me di cuenta de que jamás dejará de ser frágil si no lo ejercemos plenamente como nos parezca mejor; si para protegerlo mantenemos un perfil bajo y permitimos que ciertos profesionales de la salud nos maltraten por hacerlo.

Este trabajo y las reflexiones que de él surgieron hicieron posible también este extraño objeto, una mezcla entre los testimonios que me confiaron y la búsqueda personal que me transformó.

Son algunas historias de interrupción, dolorosas o anodinas; singulares.

Espero que también sea una interrupción, aunque sea fugaz, del silencio, la vergüenza y la ira.

CAPÍTULO

1

Mi vientre se ha redondeado desde hace ya casi cinco meses y comenzaron los insomnios. ¿Qué pasa a las cuatro de la mañana que, sistemáticamente, me despierto justo a esa hora? ¿Será que mi cuerpo está tratando de avisarme que jamás volveré a dormir profundamente y me está preparando para la fatiga?

¿Será el mismo pensamiento insidioso que se introduce noche tras noche en mi sueño y se escapa en el momento mismo en que lo interrumpe, dejándome desconcertada e inquieta mientras el silencio reina a mi alrededor?

Laurence nos invitó a pasar el mes de agosto en Spetses y no puedo dormir. No puedo fumar para engañar a mi aburrimiento, así que contemplo las buganvilias del jardín, esas flores de colores vibrantes cuya visión me lleva de inmediato a la tierra roja del lugar de África en donde viví algunas etapas de mi crecimiento.

En la soledad de las noches blancas que se siguen unas a otras, recuerdo y me lanzo a esa época. Esta historia comienza en Abiyán.

Acabo de cumplir 16 años. Hace pocos días me quitaron los brackets que me impedían sonreír libremente, mi cuerpo se siente pleno y sigo su movimiento. La metamorfosis ocurre en verano y descubro que les gusto a los muchachos. Me dejo llevar y me divierto. Lo disfruto.

Sufro la violenta hostilidad de mi madre ante esta transformación, que quizá sucedió demasiado rápido como para que pueda aceptarlo. Con el tiempo comprenderé que ella no disfrutó del lujo de vivir su adolescencia y que, simplemente, no sabe cómo tratar a este animal alocado al que no le interesa otra cosa que no sean las salidas, las amigas y los muchachos.

Sin embargo, por ahora no veo más que dureza y una total falta de comprensión hacia mi generación. Hay que decir que ella es particularmente ajena a todo esto: en toda su vida no estuvo más que con mi padre y no puede concebir que una chica pueda ir de noche a la discoteca o tomar la píldora antes de los 18.

Mi vida será totalmente diferente y yo ya lo sé, estoy impaciente por vivirla.

Conozco a un muchacho, luego a otro, tengo mis primeros amoríos.

La familia vuelve a mudarse a África después de vivir algunos años en París y descubro los porros, los grupos de amigos y los surfistas. Me escapo para ir a bailar a Treichville y beber un malibú, ese coctel nauseabundo que contaminó a los adolescentes de mi edad.

Soy feliz y, sin saber que jamás volveré a serlo plenamente, me siento ligera y despreocupada.

En mi torre de marfil ninguno de mis actos ha tenido consecuencias y ni siquiera considero que puedan tenerlas.

Después llega el día en el que me pregunto cuándo tuve mi último periodo.

En un primer momento descarto la pregunta porque me parece improbable, incluso disparatada. Sin embargo, las semanas pasan y mi periodo no llega.

Me hago la primera prueba de embarazo. Seguirá una larga serie en el curso de los siguientes 25 años: la inquietud será diferente, igual que el veredicto deseado.

Por ahora, es positiva. Siento vértigo, angustia, soledad. Me vuelvo consciente de mi fertilidad como de una puerta abierta de par en par.

Al mismo tiempo, más allá del pánico que se adueña de mí, aparece el orgullo de sentirme una mujer de verdad. En algunos años odiaré haber pensado eso y me indignará la idea de que la feminidad esté relacionada con la maternidad o la concepción.

No me atrevo a confiar más que en una amiga que me lleva a ver a un brujo. Este me aconseja tomar durante dos días una tisana de sabor amargo que, cuando la tomo enfrente de mis decepcionados padres, finjo que es para adelgazar. No les sorprende demasiado, pues desde hace meses mi principal preocupación, casi la única, es mi apariencia física.

También leí en alguna parte que es posible que la «cosa» se desprenda, así que me paso el tiempo saltando.

Pasados algunos días mi mamá encuentra el resultado de la prueba de sangre en el bolsillo de mi pantalón, que dejé tirado por ahí. Es el primer acto fallido memorable de mi existencia.

Mis papás me consuelan diciéndome que no soy la primera jovencita a la que le pasa «eso» y que ellos se van a «hacer cargo».

Nadie me pregunta qué siento, qué pienso ni qué deseo hacer. Nadie pronuncia las palabras. Ni siquiera yo.

En ese momento darme voz en este capítulo me habría parecido algo absolutamente inconcebible, aún estaba muy lejos de imaginarme que jamás podría digerir por completo esta ley del silencio, que desde entonces sería imposible para mí aceptar la imposición de cualquier decisión, por pequeña que sea.

Esto no haría más fáciles mis relaciones futuras. Y en todos los terrenos...

Cita con un ginecólogo. Recordaré toda mi vida que iba vestida con una camiseta color salmón y un overol de mezclilla.

¿Inconscientemente quería dar el mensaje de que apenas había salido de la infancia o elegí una prenda que a menudo usan las mujeres embarazadas? Cuando espere a mi hija, será la primera cosa que querré comprar. Pero no lo haré jamás.

Hospital, anestesia, aspiración: todo se encadena como en una nube de humo. No consigo explicármelo, ni siquiera puedo pensar en ello. Simplemente me someto.

Como no hay posibilidad de que me permitan tener un niño, es a mí a quien tratan como tal, como alguien por el que se decide qué está bien y qué está mal, sin preguntarle nada, sin explicarle nada.

Soledad, soledad, soledad. Al despertar, comprendo de inmediato que acabo de vivir el primer sufrimiento completamente íntimo y personal, de esos que no piden consuelo. Percibo que habrá consecuencias que tendré que digerir yo sola. Fue en mi cuerpo donde pasó todo lo que pasó.