Opinión

Huellas que regresan • Ricardo Forster

Sobre la naturaleza, la infancia, los viajes y los libros

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ADELANTOS EDITORIALES

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta. J. L. Borges, “La biblioteca de Babel”

Entre títulos y autores, en Huellas que regresan se emite un plan de acción: atraer historias personales —la experiencia del lenguaje, de la cultura— para restarle algo a una masa creciente de individuos sin memoria.

Contra el presente moderno, que se agota en sí mismo, que no conjuga otros tiempos verbales, Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957) ha conformado una colección de textos que retrotraen lecturas iniciáticas, películas y fragmentos luminosos de la historia para contraponerlos entre sí, bajo cielos distintos. “Transmitir es apenas guardar fidelidad a los muertos”, dice el autor, es “aprender a traicionarlos” pero no con deslealtad, sino al traducirlos para otras épocas.

Sin declararlo directamente, se presenta asimismo en estas páginas una biografía intelectual fundada más en las lecturas que en los grados académicos; más en la pasión que en la crítica destructiva. Así, Dostoievski, Adorno, Salgari, Carpentier (y un tren en la adolescencia) nos conducen a confiar en la memoria y eludir la nostalgia paralizante. Éste es un intento por contagiar la historia y las convicciones políticas desde la estética —y viceversa—, pero no con fantasía, sino como un modo de ensanchar los límites de lo posible. Estas Huellas que regresan van hacia la infancia, los libros y los viajes, deteniéndose en las mil formas de la naturaleza.

Ricardo Forster, filósofo y ensayista argentino. Es doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Es profesor titular de grado y docente de posgrado en numerosas universidades argentinas e internacionales.

La Silla Rota te regala un capítulo del libro con autorización editorial de Ediciones Akal México .

Huellas que regresan | Ricardo Forster

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Entre títulos y autores, en Huellas que regresan se emite un plan de acción: atraer historias personales —la experiencia del lenguaje, de la cultura— para restarle algo a una masa creciente de individuos sin memoria.

Contra el presente moderno, que se agota en sí mismo, que no conjuga otros tiempos verbales, Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957) ha conformado una colección de textos que retrotraen lecturas iniciáticas, películas y fragmentos luminosos de la historia para contraponerlos entre sí, bajo cielos distintos. “Transmitir es apenas guardar fidelidad a los muertos”, dice el autor, es “aprender a traicionarlos” pero no con deslealtad, sino al traducirlos para otras épocas.

Sin declararlo directamente, se presenta asimismo en estas páginas una biografía intelectual fundada más en las lecturas que en los grados académicos; más en la pasión que en la crítica destructiva. Así, Dostoievski, Adorno, Salgari, Carpentier (y un tren en la adolescencia) nos conducen a confiar en la memoria y eludir la nostalgia paralizante. Éste es un intento por contagiar la historia y las convicciones políticas desde la estética —y viceversa—, pero no con fantasía, sino como un modo de ensanchar los límites de lo posible. Estas Huellas que regresan van hacia la infancia, los libros y los viajes, deteniéndose en las mil formas de la naturaleza.

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Contra el presente moderno, que se agota en sí mismo, que no conjuga otros tiempos verbales, Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957) ha conformado una colección de textos que retrotraen lecturas iniciáticas, películas y fragmentos luminosos de la historia para contraponerlos entre sí, bajo cielos distintos. “Transmitir es apenas guardar fidelidad a los muertos”, dice el autor, es “aprender a traicionarlos” pero no con deslealtad, sino al traducirlos para otras épocas.

Sin declararlo directamente, se presenta asimismo en estas páginas una biografía intelectual fundada más en las lecturas que en los grados académicos; más en la pasión que en la crítica destructiva. Así, Dostoievski, Adorno, Salgari, Carpentier (y un tren en la adolescencia) nos conducen a confiar en la memoria y eludir la nostalgia paralizante. Éste es un intento por contagiar la historia y las convicciones políticas desde la estética —y viceversa—, pero no con fantasía, sino como un modo de ensanchar los límites de lo posible. Estas Huellas que regresan van hacia la infancia, los libros y los viajes, deteniéndose en las mil formas de la naturaleza.

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Contra el presente moderno, que se agota en sí mismo, que no conjuga otros tiempos verbales, Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957) ha conformado una colección de textos que retrotraen lecturas iniciáticas, películas y fragmentos luminosos de la historia para contraponerlos entre sí, bajo cielos distintos. “Transmitir es apenas guardar fidelidad a los muertos”, dice el autor, es “aprender a traicionarlos” pero no con deslealtad, sino al traducirlos para otras épocas.

Sin declararlo directamente, se presenta asimismo en estas páginas una biografía intelectual fundada más en las lecturas que en los grados académicos; más en la pasión que en la crítica destructiva. Así, Dostoievski, Adorno, Salgari, Carpentier (y un tren en la adolescencia) nos conducen a confiar en la memoria y eludir la nostalgia paralizante. Éste es un intento por contagiar la historia y las convicciones políticas desde la estética —y viceversa—, pero no con fantasía, sino como un modo de ensanchar los límites de lo posible. Estas Huellas que regresan van hacia la infancia, los libros y los viajes, deteniéndose en las mil formas de la naturaleza.

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Entre títulos y autores, en Huellas que regresan se emite un plan de acción: atraer historias personales —la experiencia del lenguaje, de la cultura— para restarle algo a una masa creciente de individuos sin memoria.

Contra el presente moderno, que se agota en sí mismo, que no conjuga otros tiempos verbales, Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957) ha conformado una colección de textos que retrotraen lecturas iniciáticas, películas y fragmentos luminosos de la historia para contraponerlos entre sí, bajo cielos distintos. “Transmitir es apenas guardar fidelidad a los muertos”, dice el autor, es “aprender a traicionarlos” pero no con deslealtad, sino al traducirlos para otras épocas.

Sin declararlo directamente, se presenta asimismo en estas páginas una biografía intelectual fundada más en las lecturas que en los grados académicos; más en la pasión que en la crítica destructiva. Así, Dostoievski, Adorno, Salgari, Carpentier (y un tren en la adolescencia) nos conducen a confiar en la memoria y eludir la nostalgia paralizante. Éste es un intento por contagiar la historia y las convicciones políticas desde la estética —y viceversa—, pero no con fantasía, sino como un modo de ensanchar los límites de lo posible. Estas Huellas que regresan van hacia la infancia, los libros y los viajes, deteniéndose en las mil formas de la naturaleza.

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