Opinión

Historia de las epidemias en México • José N. Iturriaga

«La Historia debe ser una lección del pasado para afrontar y orientar el presente e inducir [...] el futuro que deseamos».

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ADELANTOS EDITORIALES

Este volumen ofrece un recorrido cronológico por las epidemias que asolaron México desde la época prehispánica hasta nuestros días. Aunque son innumerables las investigaciones acerca de la historia de eventos epidémicos en el país, no existía hasta ahora un volumen compendioso, para un público no especializado y de atractiva lectura sobre la materia.

José N. Iturriaga se ha dado a la tarea de estudiar a profundidad las fuentes y traducir toda esa información en un sólo tomo dirigido al público general. Desde las conocidas de manera genérica como pestes en el periodo precolonial (cocoliztles, en náhuatl), hasta el cólera morbus, la fiebre amarilla o la influenza española, el autor se detiene brevemente, pero con absoluto rigor, en cada una de estas enfermedades que marcaron a la población mexicana a través de los siglos.

Fragmento del libro " Historia de las epidemias en México" de José N. Iturriaga. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Historia de las epidemias en México | José N. Iturriaga

#AdelantosEditoriales

 

MÉXICO PREHISPÁNICO

Hambrunas y epidemias

Aunque diversas fuentes primarias hablan de grandes mortandades entre los indígenas del territorio que hoy es México, previas a la llegada de los españoles, en general son atribuidas a desastres naturales como sequías, heladas, plagas agrícolas e inundaciones. Sobre todo la falta de lluvia durante varios años seguidos, y sus consecuencias en la producción de alimentos, originaba hambrunas que diezmaban a la población, y es obvio que los pueblos hambrientos y desnutridos tenían mayor proclividad a las enfermedades. Como sea, no abunda la información precisa que permita identificar la índole de las ocasionales epidemias. . De manera genérica las denominaban cocoliztli, palabra náhuatl que puede traducirse como “enfermedad” o “mal”.

El misterioso ocaso de los mayas

La decadencia y extinción de la cultura maya clásica se debió en algunas ciudades, probablemente, a una combinación de desastres naturales y al empobrecimiento de las tierras agrícolas, con la consecuente escasez de comida y la aparición de epidemias asociadas a la desnutrición, por su inherente debilitamiento del sistema inmunológico.

Lo que sí está documentado son epidemias de los siglos XV y XVI, antes de la Conquista, con base en el Chilam Balam y en la Relación de fray Diego de Landa (1524-1579). A este franciscano se debe culpar por uno de los más monstruosos atentados de todos los tiempos en contra de la cultura del ser humano (la destrucción de miles de piezas arqueológicas y códices mayas, en 1562) y, de manera paradójica y pasmosa, también debe atribuírsele haber escrito, en 1566, el libro más importante que existe sobre la antigua etnografía maya: la Relación de las cosas de Yucatán. Después llegaría a ser obispo de esa provincia. En su obra leemos acerca de una epidemia sucedida en 1480:

Que quienes escaparon [de un devastador huracán] se animaron a edificar y cultivar la tierra y se multiplicaron mucho viniéndoles 16 años de salud y buenos temporales y que el último fue el más fértil de todos; y que queriendo comenzar a coger los frutos sobrevinieron por toda la tierra unas calenturas pestilenciales [en 1480] que duraban 24 horas, y después de cesadas se hinchaban los enfermos y reventaban llenos de gusanos, y que con esta pestilencia murió mucha gente y gran parte de los frutos quedó sin coger.1

Ahora Landa se refiere a otra epidemia, la de 1516:

Que después de cesada la peste tuvieron otros 16 años buenos en los cuales se renovaron las pasiones y bandos, de manera que murieron en batallas 150 mil hombres y que con esta matanza se sosegaron e hicieron­ la paz y descansaron por 20 años, después de los cuales [hacia 1516] les dio pestilencia de unos grandes granos que les pudría el cuerpo con gran hedor, de manera que se les caían los miembros a pedazos en cuatro o cinco días.2

El respetado mayista estadunidense Sylvanus Morley (1883-1948) logró identificar las fechas que proporciona Landa con las del libro sagrado Chilam Balam (que son en katunes, medida maya) y la coincidencia lo hizo declarar: “Por pequeños que sean estos dos puntos de confirmación, indican, sin embargo, el alto grado de confianza que se puede tener en las crónicas indígenas”.3

Por su parte, el estadunidense Charles Gallenkamp (1930), miembro de la Sociedad Americana de Arqueología, amplía estas ideas señalando que, desde principios del siglo ix, la civilización maya en las tierras bajas sufrió una catastrófica decadencia. . Las actividades artísticas, intelectuales y religiosas se detuvieron gradualmente. Los edificios, monumentos y estelas fechadas quedaron inconclusos.

Desde 800 d. .C. . a 900 d. .C. . quedaron desiertas las en otros tiempos populosas ciudades del área central, […] las ciudades quedaron envueltas en un inmenso silencio del cual nunca han despertado. Lentamente las malezas ocuparon las plazas; las enredaderas y las raíces de los árboles se tragaron las pirámides, los templos y los palacios, haciendo que sus piedras se separasen y cayesen. Al final, la selva reclamó las desafortunadas ciudades mayas, totalmente olvidadas en el mismo pináculo de su gloria […]

Se sugirieron como posibles factores cambios inesperados en las condiciones del clima […] Las epidemias de malaria, fiebre amarilla y anquilostomiasis se citaron como otras razones para el éxodo […]4

La decadencia de los toltecas

A principios del siglo VI, en el año 511, los toltecas iniciaron una peregrinación que duraría un siglo; el sitio del cual partieron era llamado Huehuetlapallan. . Hay fuentes que atribuyen esa emigración hacia el sur a epidemias con elevada mortalidad.5 Finalizaron su secular recorrido hacia el año 667, cuando fundaron Tula.

Por otro lado, es probable que el abandono de Tula, la capital tolteca, cuatro siglos después —sucedido en el año de 1052—, también se haya debido a una epidemia. Aunque el historiador Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (1568-1648) —descendiente de Cuitláhuac y Nezahualcóyotl— solo habla de una terrible hambruna por sequía durante 26 años, agrega veladamente que también padecieron “otras muchas calamidades y persecuciones del cielo”.6

Más explícito es el jesuita Francisco Javier Clavijero (1731-1787), reconocido historiador veracruzano:

En los cuatro siglos que duró la monarquía de los toltecas […] fundaron grandes poblaciones; pero las estupendas calamidades que les so­brevinieron […], acabaron con todo su poder y felicidad. El cielo les negó por algunos años el agua necesaria a sus sementeras [milpas], y la tierra los frutos de que se alimentaban; el aire inficionado de mortal corrupción llenaba cada día la tierra de cadáveres, y de terror y consternación los ánimos de los que sobrevivían a la ruina de sus nacionales. Pereció de hambre o de enfermedad mucha o la mayor parte de la nación.7

Otra fuente rescata la cifra de un 90% de mortandad en Tula: “De las mil partes toltecas, se murieron novecientas”.8

Epidemias entre los totonacas y los nahuas

El franciscano Juan de Torquemada (1557-1624) —misionero, arquitecto, ingeniero, estudioso del náhuatl y del totonaco, compilador de códices y manuscritos, y sobre todo historiador— escribió sobre Mizquihuacan, en el Totonacapan precolombino del norte de Veracruz:9

Umeacatl, el cual gobernó ochenta años [¡!] […], a los veinte de su gobierno comenzó una hambre (casi como la de Egipto) que duró por tiempo de cuatro años, de la cual resultó pestilencia tan grande que morían en grandísimo número y tan sin él que todas sus regiones y pueblos eran en continuo hedor y los aires estaban en gran manera inficionados y eran tantos los muertos que apenas quedaron algunos vivos y donde quiera que les cogía la muerte se quedaban sin sepultura porque no había quien los enterrase.10

Prolijo, el mestizo Ixtlilxóchitl relata con amplitud una insólita nevada en el centro del país y la epidemia (quizá de influenza) que provocó:

En 1450 […] fue tan excesiva la nieve […] que subió en las más partes estado y medio,11 con que se arruinaron y cayeron muchas casas y se destruyeron todas las arboledas y plantas, y resfrió de tal manera la tierra que hubo un catarro pestilencial con que murieron muchas gentes, y en especial la gente mayor; […] se perdieron todas las sementeras y frutos de la tierra, en tal conformidad que pereció la mayor parte de la gente, y en 1454 […] hubo un eclipse muy grande de sol, y luego se aumentó más la enfermedad […]12

La desesperación de las personas fue incontenible y dio lugar a terribles decisiones:

Moría tanta gente que parecía que no había de quedar persona alguna […] y el hambre tan excesiva, que muchos vendieron a sus hijos en las provincias de Totonapan […] Y los de aquellas provincias, como eran tan grandes idólatras, todos los esclavos que compraban los sacrificaban a sus dioses, pareciéndoles que [así] los tenían propicios para que no corriese la misma calamidad en su tierra […]13

Otro documento, el Códice Chimalpopoca (en su apartado de los Anales de Cuauhtitlán), es debatible. Los académicos Angélica Mandujano Sánchez, profesora de la Facultad de Medicina de la Uni­ versidad Nacional Autónoma de México, Luis Camarillo Solache, de la Universidad de la Laguna, en Tenerife, y Mario A. Mandujano, investigador de la UAM-Xochimilco, acerca de las hambrunas de 1450 escriben:

Muchas fuentes mencionan el consumo de cosas contrarias a la salud como causa de la mortandad y en el Códice Chimalpopoca se consigna que “en este año se dieron los bledos [amaranto], que era todo lo que se comía y por eso hubo mortandad. Fue el tercer año que hubo hambre. Están pintadas las figuras de la gente, a quien comen las auras y los coyotes”. Probablemente se agregaron problemas gastrointestinales.14

Se verificó la cita en el Códice Chimalpopoca15 y es correcta. La cuestión es si la gente hambrienta se comía a los zopilotes y a los coyotes o si estos se alimentaban de la gente famélica y desfalleciente. Creemos que la preposición a (“…la gente, a quien comen…”) significa que los devorados eran los humanos y por tanto no hay lugar para especular acerca de una epidemia de enfermedades gastrointestinales por consumir cosas contrarias a la salud. Por desgracia, el Códice solo preserva los textos y no las pinturas. Ellas nos sacarían de dudas.

El cronista Domingo Chimalpáhin (1579-1660), nacido en Amecameca de noble estirpe chalca, escribe una alusión brevísima a nuestro tema, pero muy reveladora, en una de sus Relaciones: que en el año 3 técpatl (pedernal), o sea 1456, “[…] hubo cosechas abundantes de maíz, pero murieron muchos de enfermedad […] También entonces hubo plaga de ratones”.16 No obstante el laconismo, queda claro que no se trató de enfermedades derivadas de la hambruna, pues fue un buen año agrícola. Además, aunque el dato de la plaga de roedores no lo asocia Chimalpáhin con las muertes (de hecho, aparece en un párrafo diferente), lo cierto es que los ratones son los portadores más frecuentes del piojo que propaga el tifus.

A diversos eventos, al parecer epidémicos, acaecidos a finales del siglo xv, el Códice Chimalpopoca los asocia con los astros, aunque no lo diga expresamente:

En el mismo año se eclipsó el sol: aparecieron las estrellas […] En este año Xochtlan se despobló con pestilencia. También en este año se eclipsó el sol […] Tequantépec se despobló con pestilencia, al igual que Amaxtlan […] [Hacia 1510] se despobló con pestilencia Cocollan, en un día […] En el año 2 acatl, Teuctépec se despobló por la peste, lo mismo que Itztitlan. En el propio año se eclipsó el sol.17

Como se puede apreciar, la existencia de epidemias en el México prehispánico es indudable, aunque no sea posible identificar en muchos casos cuál fue la enfermedad que se propagó.

Sahagún: pionero de la historiografía contemporánea

Una de las fuentes más confiables para el estudio del México prehispánico y el siglo xvi es el extraordinario fraile Bernardino de Sahagún (1499-1590), quien llegó a la Nueva España en 1529, aprendió el náhuatl y organizó grupos de indígenas viejos y sabios para reconstruir con ellos la historia anterior a la llegada de los españoles. Aunque el franciscano tenía claro que las viruelas fueron traídas por los conquistadores (como leeremos adelante), es interesante que sus informantes indios coordinados por él presentaban de la siguiente manera —con cierta contradicción— al “dios llamado Xipe Tótec, que quiere decir desollado”:

[…] Atribuían a este dios […] las viruelas; también las postemas […] y la sarna; también las enfermedades de los ojos […] Todos los que eran enfermos de alguna de las enfermedades dichas, hacían voto a este dios de vestir su pellejo cuando se hiciese su fiesta […] Todos iban vestidos de pellejos de hombres que habían muerto [sacrificados] y desollado en aquella fiesta, todos recientes y sangrientos y corriendo sangre.18

Salta a la vista que a un dios prehispánico no podía atribuírsele la viruela traída por los españoles. O quizá, cuando Sahagún trabajaba con sus informantes ya supuestamente evangelizados, ellos le atribuían la viruela —recién conocida por los indios— a su vieja deidad en la que aún creían…

LA CONQUISTA DE MÉXICO

Mucho se ha insistido en que la guerra de conquista que impuso Hernán Cortés a los aztecas fue ganada no solo por la pólvora, los caballos y los aliados indígenas del conquistador (tlaxcaltecas, cempoaltecas y treinta pueblos más, enemigos de los tenochcas), sino por la epidemia de viruelas que trajeron los españoles y que diezmó en 1520 a los mexicas.

La voz del conquistador

Cuando Hernán Cortés dejó la ciudad de México Tenochtitlan para combatir a Pánfilo de Narváez en las costas veracruzanas —quien había sido enviado por el gobernador de Cuba para apresarlo—, no imaginó su fácil victoria sobre Narváez. Tampoco sospechó que entre las tropas españolas que venció y que de inmediato se le unieron hubiera un negro, llamado Francisco de Eguía, enfermo de viruela. Regresó Cortés a México, donde Pedro de Alvarado había perpetrado la matanza del Templo Mayor contra aztecas desarma­dos; el pueblo se sublevó, murió Moctezuma de una pedrada y Cortés con los suyos debió huir en la desastrosa Noche Triste. Escaparon derrotados, pero dejaron entre los mexicas el virus de la viruela que en pocos meses diezmaría a los indígenas, incluido entre las víctimas el emperador Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma.

En la tercera Carta que Cortés envía al emperador Carlos V le informa acerca de la influencia política y militar que tenía entre los indígenas y, solo de paso, se refiere a la epidemia de viruela:

Envié toda la gente de a pie a la ciudad de Tlaxcala, adonde se hacían los bergantines [para sitiar Tenochtitlan], […] y yo con veinte de ca­ballo me fui aquel día a dormir a la ciudad de Cholula, porque los naturales de allí deseaban mi venida; porque a causa de la enfermedad de las viruelas, que también comprendió a los de estas tierras como a los de las islas, eran muertos muchos señores de allí, y querían que […] con su parecer y el mío se pusiesen otros en su lugar.19

La visión de los vencidos

Baste un dramático párrafo para ilustrar la visión de los vencidos:

Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, nomás estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse, no podían volver el cuello, no podían hacer movimientos de cuerpo; no podían acostarse cara abajo, ni acostarse sobre la espalda, ni moverse de un lado a otro. Y cuando se movían algo, daban de gritos. A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos […] Pero a muchos con esto se les echó a perder la cara, quedaron cacarañados, quedaron cacarizos. Unos quedaron ciegos, perdieron la vista […]20

 

Los frailes historiadores españoles

Leamos a Sahagún escribiendo acerca de esa, la primera epidemia de viruela en México, sucedida en 1520:

De esta pestilencia murieron muy muchos indios. Tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruelas que no se podían bullir ni menear de un lugar, ni volverse de un lado a otro, y si alguno los meneaba daban voces [gritos]. . Esta pestilencia mató gentes sin número. Muchos murieron de hambre, porque no había quien pudiese hacer comida. Los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas, y algunos los ojos quebrados. Duró la fuerza de esta pestilencia sesenta días, y después que fue aflojando en México, fue hacia Chalco […]21

La víctima más famosa de esa epidemia fue Cuitláhuac, designado emperador de México tras la muerte de Moctezuma. Sigamos con Sahagún:

Cuitláhuac tuvo el señorío ochenta días […] Y en tiempo de éste acaeció una mortandad o pestilencia de viruelas en toda la tierra, la cual enfermedad nunca había acontecido en México ni en otra tierra de esta Nueva España […] Y a todos afeó las caras, porque hizo muchos hoyos en ellas, y eran tantos los difuntos que morían de aquella enfermedad, que no había quien los enterrase, por lo cual en México los echaban en las acequias, porque entonces había muy grande copia de aguas. Y era muy grande hedor el que salía de los cuerpos muertos.22

Fray Toribio de Benavente, más conocido como Motolinía, llegó a México en 1524.

Pusiéronle este nombre de Motolinía los caciques y señores de México, que quiere decir en su lengua el fraile pobre, porque cuanto le daban, por Dios lo daba a los indios y se quedaba algunas veces sin comer, y traía unos hábitos muy rotos y andaba descalzo, y siempre les predicaba, y los indios lo querían mucho porque era una santa persona.23

La primera de las 10 plagas sufridas por México que enumera Mo­ tolinía fueron las epidemias, seguidas por las guerras, las hambrunas y las variadas formas de explotación de los indios:

La primera fue de viruelas […] y como se comenzasen a pegar a los indios, fue entre ellos tan grande enfermedad y pestilencia en toda la tierra, que en las más provincias murió más de la mitad de la gente y en otras poca menos; porque como los indios no sabían el remedio para las viruelas, antes, como tienen muy de costumbre, sanos y enfermos, el bañarse a menudo, y como no lo dejasen de hacer morían como chinches a montones […] En muchas partes aconteció morir todos los de una casa; y porque no podían enterrar tantos como morían para remediar el mal olor que salía de los cuerpos muertos, echábanles las casas encima, de manera que su casa era su sepultura.24

Después de la epidemia de viruela de 1520, a la que llamaron los indios la gran lepra, porque eran tantas las viruelas “que parecían leprosos”, en 1531 atacó otra enfermedad:

Después de once años vino un español herido de sarampión, y de él saltó en los indios, y si no fuera por el mucho cuidado que hubo en que no se bañasen, y en otros remedios, fuera otra tan gran plaga y pestilencia como la pasada, y aun con todo esto murieron muchos. Llamaron también a este año de la pequeña lepra.25

Fray Diego Durán (1537-1588), sevillano traído a México por sus padres en 1543, fue un puntilloso investigador dominico de nuestro pasado indígena. En su Historia de la Indias anota este párrafo:

La persecución, aflicción y trabajo se vino a rematar el año [1520], donde, además de las innumerables gentes que los españoles mataron, sobrevino una enfermedad de viruelas que asoló la tierra, acompañada con un hambre, que oí certificar a principales antiguos que por una almocada de maíz daban otra de oro o de piedras. Otras muchas pudiera contar y traer aquí en esta relación en consecuencia, que antes de esta y después, les han acontecido, pero esta que he dicho fue la que echó el sello sobre todos sus infortunios.26

Sobre esa epidemia de 1520, Torquemada asegura que fue “de viruelas, sarampión y vejigas” (¿ampollas?), que duró sesenta días y que fue “un mal agüero para estas gentes [los indígenas] y buen anuncio para los nuestros [españoles], que con ella murió la mayor parte de los indios”.9 Que quienes se salvaron fue por tomar “el consejo de los castellanos: no se bañaban ni rascaban”.27

Chimalpáhin confirma la duración de 80 días que reporta Sahagún para el breve gobierno de Cuitláhuac,11 pero hay otras versiones como la de Ixtlilxóchitl, quien habla de 40 días.28 La de Clavijero nos interesa, no por un tercer dato diferente, sino porque adiciona información más valiosa:

Las victorias de los españoles y la multitud de aliados [indígenas] que tenían a su devoción, engrandecieron de tal suerte su nombre y conciliaron a Cortés tan grande autoridad en la tierra, que él era el árbitro de las diferencias que ocurrían, y el que daba o confirmaba la inves­tidura de los señoríos que vacaban, como se vio en el de Cholula y en el de Ocotelolco, vacantes por viruelas […] Perecieron muchos millares de hombres y quedaron algunos lugares despoblados. . Aquellos [sobre­vivientes] se levantaron tan estragados y con tan profundos vestigios del veneno en los rostros, que causaban espanto a los demás […]

Fue muy sensible a los mexicanos la pérdida de su rey Cuitláhuac a los tres o cuatro meses de reinado […]29

Acerca del sitio anfibio a Tenochtitlan —ya en 1521—, el historiador Ixtlilxóchitl relata este episodio de su bisabuelo, militar texcocano aliado de Cortés:

La noche siguiente salieron dos mexicanos muertos de hambre, y viniéronse a Ixtlilxóchitl, el cual se holgó de verlos, y tuvo noticia de ellos de todo lo que había dentro de la ciudad, y trabajos, hambres y pestilencias que los ciudadanos padecían, y cómo de noche y a horas desacostumbradas salían a pescar […]30

 

La sífilis o el “mal francés”: xenofobia semántica

El historiador español Francisco López de Gómara —capellán de Hernán Cortés en España, hasta la muerte del conquistador— adiciona otras enfermedades a nuestro tema de las viruelas:

Costó esta guerra mucho dinero a Diego Velázquez, la honra y un ojo a Pánfilo de Narváez, y muchas vidas de indios que murieron, no a hierro, sino de enfermedad […] Cayeron malas de las viruelas [las mujeres que hacían tortillas] y perecieron muchos de hambre. Olían tan mal los cuerpos muertos que nadie los quería enterrar, y con esto estaban llenas las calles […] Me parece que pagaron aquí, las bubas que pegaron a los nuestros […]31

Aunque los historiadores de la medicina todavía no se ponen de acuerdo en el origen geográfico de las bubas o sífilis (pues hay quienes sostienen un origen eurasiático y otros un origen americano), ya vemos que Gómara da por hecho que las indígenas del Nuevo Mundo contagiaron a los españoles. Lo cierto es que esta enfermedad venérea dio lugar a numerosas denominaciones xenófobas: en Italia, Alemania e Inglaterra le llamaban “mal francés”; en Francia le decían “mal napolitano”; en Rusia, “enfermedad polaca”; en Polonia, “enfermedad alemana”; en Japón, “morbo chino”; en Holanda y Portugal, “enfermedad castellana”; en Turquía, “enfermedad cristiana”; y en España, “morbo gálico”.

1. Landa, Diego de, Relación de las cosas de Yucatán, Madrid, Historia 16, 1985, p. 57.

2. Ibid.

3. Morley, Sylvanus G., La civilización maya, México, San Fernando, (s.f.), p. 112.

4. Gallenkamp, Charles, Los mayas, México, Diana, 1982, pp. 173-174.

5. Somolinos d’Ardois, Germán, “Las epidemias en México durante el siglo XVI”, en Salud Pública de México, julio-agosto de 1988, vol. 30, núm. 4, p. 639.

6. Ixtlilxóchitl, Fernando de Alva, Obras históricas, t. II, p. 32, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, http://www. .cervantesvirtual. .com/obra-visor/obras-historicas-de-don-fernando-de-alva-ixtlilxochitl-tomo-2/html/588554a4-a415-11e1-b1fb-00163ebf5e63_210.html

7. Clavijero, Francisco Javier, Historia antigua de México, México, Porrúa, 1982, p. 51.

8. Mandujano Sánchez, Angélica, Camarillo Solache, Luis, y Mandujano, Mario A., Historia de las epidemias en el México antiguo, uam/unam, en http://www.uam.mx/difusion/revista/abr2003/mandujano.html, consultado el 6 de abril de 2020.

9. En todas las citas de Torquemada, Sahagún, Motolinía y demás autores de siglos pasados, sobre todo del Virreinato, se ha modernizado la ortografía para facilitar una lectura más fluida, respetando desde luego la sintaxis. (N. del A.)

10. Torquemada, Juan de, Monarquía indiana, México, Porrúa, 1986, t. I, p. 278.

11. Un estado equivalía a la altura promedio de un hombre.

12. Ixtlilxóchitl, op. cit., p. 205.

13. Ibid., p. 206.

14. Mandujano, op. cit.

15. Códice Chimalpopoca (Anales de Cuauhtitlán), p. . 52 en unam, en http://www. . historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/000/000_04_01_Anales Cuauhtitlan.pdf

16. Chimalpáhin, Domingo, Las ocho relaciones, México, Conaculta, 1998, t. I, p. 259.

17. Códice Chimalpopoca, op. cit., pp. 59-61.

18. Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de la Nueva España, México, Conaculta, 2000, p. 99.

19. Cortés, Hernán, Cartas de relación, México, Porrúa, 1983, pp. 104-105.

20. Relaciones indígenas de la Conquista, apud Oliver Sánchez, Lilia V., “La epidemia de viruela de 1830 en Guadalajara”, en Relaciones. Estudios de historia y sociedad, vol. XXIX, núm. 114, primavera, 2008, p. 7, vid http://www.redalyc.org/ articulo.oa?id=13711404

21. Sahagún, op. cit., p. 1210.

22. Ibid., p. 725.

23. Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Porrúa, 1986, p. 450.

24. Motolinía, Toribio de Benavente, Historia de los indios de la Nueva España, México, Porrúa, 1984, p. 13.

25. Ibid., p. 14.

26. Durán, Diego, Historia de la Indias de Nueva España, México, Porrúa, 1984, t. I, p. 224.

27. Torquemada, op. cit., p. 512.

28. Ibid., p. 522.

29. Chimalpáhin, op. cit., t. II, p. 155.

30. Ixtlilxóchitl, op. cit., t. I, pp. 450-451.

31. Clavijero, op. cit., p. 377.