Opinión

Hijo de la guerra · Ricardo Raphael

Un escenario donde los límites entre la verdad y el engaño se difuminan.

  • Escuchar
ADELANTOS EDITORIALES

En el penal de Chiconautla, un recluso condenado por un delito menor asegura ser el Zeta 9, uno de los fundadores del cartel más sanguinario de México. Incrédulo, pero movido por la curiosidad, un periodista acude para entrevistarse con él, sumergiéndose así en un escenario donde los límites entre la verdad y el engaño se difuminan. Determinar la identidad de este personaje inasible, a quien envuelve el más grotesco cinismo, se convierte en un reto que lo enfrentará consigo mismo y con una sociedad que se desmorona.

Hijo de la guerra reconstruye la gran tragedia de una nación en el que la incertidumbre, el narcotráfico y la corrupción fueron el caldo de cultivo perfecto para que militares de élite se convirtieran en el mayor grupo delictivo de un país que vive los niveles de violencia más altos del mundo.

En esta novela, que se debate entre la ficción y la realidad, la literatura y el periodismo, Ricardo Raphael nos conduce por una potente historia que retrata la ruina de una sociedad dividida y herida. El autor ha realizado la autopsia de un país en descomposición y al mismo tiempo una pieza literaria de la mejor intriga psicológica.

Fragmento del libro Hijo de la guerra, de Ricardo Raphael © 2019, Seix Barral. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Ricardo Raphael | Periodista, escritor y docente. Un oportunista epistemológico al que le gusta viajar por la geografía y también por los rincones del conocimiento. Desde hace más de 25 años ejerce como reportero y analista.

Hijo de la guerra | Ricardo Raphael

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Hijo de la guerra de Ricardo Raphael

Falso positivo

Mayo, 2015

La investigación comenzó donde en esta época suelen comenzar todas las investigaciones: en internet. Transcurridos solo cincuenta y dos segundos en el buscador de Google, el nombre de Galdino Mellado Cruz arroja cuarenta y cuatro mil resultados. Frente a mí había una inmensa montaña de datos aún sin corroborar. Me angustió una jornada para la que iban a faltarme oxígeno y valentía.

Wikipedia dedica una entrada larga que incluye los principales datos de su biografía. Con su referencia también emergen cuatro o cinco imágenes que corresponden a distintos momentos de su vida. Ahí está la fotografía de cuando ingresó al Ejército, otra de cuando fue policía judicial, una más del periodo en que fue zeta y, finalmente, la de su rostro acribillado por una varicela de pólvora.

La confirmación de su muerte es probablemente la noticia más destacada en la red. Si uno dedica tiempo a bucear en esa nebulosa infinita de información, también es posible encontrar evidencia de que la justicia de Estados Unidos no creyó en el fallecimiento del Zeta 9.

Para despejar contradicciones, un día después de mi visita a Chiconautla envié a Montserrat Ferrara, antropóloga forense experta en análisis facial, las fotografías que había tomado con la pluma falsa. También le hice llegar una de las imágenes de Mellado que saqué de internet: elegí aquella donde tendría unos veinticuatro años, que es del periodo cuando trabajó como policía.

La experta devolvió una semana más tarde su peritaje. Ahí narra el método que utilizó para hacer su reporte: primero integró una base con quinientas caras seleccionadas al azar, dentro de la cual introdujo los retratos que yo había proporcionado. Luego corrió un programa capaz de comparar cuarenta y siete rasgos faciales entre todas esas caras de la base.

El resultado que obtuvo fue fundamental para seguir adelante: en ese universo relativamente amplio de fotografías, las dos más parecidas fueron las que yo había aportado. Según la experta, la probabilidad de que las imágenes del recluso de Chiconautla y la del joven Galdino Mellado Cruz pertenecieran a la misma persona era de un 82 por ciento:

La cifra se acerca a cien por ciento si se eliminan los rasgos debajo de la nariz. Mientras la boca, el mentón y el cuello son facciones que se modifican con la edad, las medidas de los ojos, la frente o los pómulos tienden a perdurar en el tiempo. Comparando el tamaño de las cavidades oculares, la longitud de la nariz o las dimensiones de la frente, entre otros rasgos faciales superiores, se concluye que las dos fotografías entregadas corresponderían a la misma persona.

¿Mintió entonces el comisionado nacional de Seguridad cuando afirmó que los peritos del gobierno identificaron «plenamente» a Galdino Mellado Cruz?

Durante una conferencia citada al mediodía del lunes 12 de mayo de 2014, ese funcionario festejó que uno de los principales mandos criminales de Tamaulipas hubiera sido abatido en la ciudad de Reynosa. Con voz y porte de actor de película policial escandinava aquel hombre intentó infundir credibilidad sobre el relato:

—Derivado de labores de inteligencia, se le ubicó en un domicilio, a partir del cual este sujeto conducía la operación de sus negocios ilícitos. Cuando la Policía Federal logró aproximarse al inmueble, desde dentro se efectuaron disparos con armas de alto calibre y también los sicarios lanzaron granadas de fragmentación.

En la parte baja del atril, desde donde el comisionado pronunciaba su discurso, fue colocada una composición fotográfica que incluía dos mitades de un rostro humano, supuestamente pertenecientes al Zeta 9: la del lado izquierdo mostraba la faz de un varón vivo y sonriente; la del lado derecho, una cara masacrada por una decena de cicatrices de bala.

—La autoridad repelió la embestida apoyada por un helicóptero militar y elementos de la Marina. Después del enfrentamiento, ingresamos a la construcción, encontrando el cuerpo de un solo hombre abatido durante la refriega; los demás atacantes lograron huir.

¿Cómo fue que solo Mellado Cruz perdió la vida en un asalto donde intervino incluso un helicóptero militar? Este discurso del Comisionado puede consultarse en la plataforma YouTube y recuerdo que, al analizarlo, calculé que no debía utilizar, para mis comparaciones, la fotografía exhibida por esa autoridad: ocuparía otra que me diera mayor confianza.

El comisionado tomó agua, rascó las cuerdas vocales de su garganta y continuó hablando:

—No hay duda de que se trata de Galdino Mellado Cruz, un individuo relacionado con más de trece investigaciones por los delitos de homicidio, extorsión, tráfico de drogas y de armas.

A diferencia de los filmes escandinavos, donde la decencia policial obliga a que la autoridad atienda las preguntas de la prensa, apenas terminada su intervención, el funcionario abandonó la sala. Una hora más tarde, la televisión británica reprodujo aquella batalla descrita por la autoridad. Para ello utilizó una maqueta digital similar a la de un juego de video: puede igualmente consultarse en la red si se escribe en el buscador «Zeta drug cartel Galdino Mellado Cruz killed».

No faltó aquel lunes de mayo uno solo de los elementos que suelen desplegarse para otorgar credibilidad a la parafernalia oficial: la contundencia del discurso, la elocuencia de las imágenes y, sobre todo, la ingeniosa reproducción de los hechos. Sin embargo, un argumento se coló para incordiar la perfección de las escenas: la conferencia de prensa sucedió veinticuatro horas después de que miles de personas tomaron las calles de Tampico, Tamaulipas, para reclamar al gobierno por su negligencia frente a una ola de violencia que, en pocas semanas, había arrancado la vida a sesenta ciudadanos.

Para un cerebro políticamente torcido, como por ejemplo el mío, no es difícil sospechar que la escenografía montada para comunicar el deceso de Mellado Cruz pudo haber tenido como propósito competir por la atención de los medios de comunicación. Acaso el objetivo del gobierno no fue neutralizar al delincuente sino la crítica social.

Alimentó también mis dudas el hecho de que, un día después de la conferencia, el secretario de Gobernación —jefe inmediato del comisionado nacional— había visitado Reynosa para anunciar una nueva estrategia de seguridad: así como la policía, la Marina y el Ejército, en colaboración, habían abatido al último de los zetas fundadores, de igual manera lo harían, a partir de ese momento, con todo aquel individuo que pudiera significar una amenaza criminal.

Para alimentar la suspicacia también importó el documento que encontré en los archivos judiciales estadounidenses: se trata de un oficio fechado el miércoles 27 de mayo de 2015, un año después de la supuesta muerte de Mellado, que contiene la firma del fiscal de distrito Eric Daniel Smith. Ahí, este funcionario solicita al juez Keith P. Ellison que, a pesar de los dichos de la autoridad mexicana, mantenga abierta la causa penal en contra de Galdino Mellado Cruz, ya que posee evidencia de que el sujeto continúa con vida.

Tengo el título de licenciado en Derecho, pero nunca ejercí. La vida en tribunales me habría hecho infeliz. En los estantes de mi biblioteca todavía conservo una selección de libros gruesos gracias a los cuales me gradué de la universidad. De algo me habían servido antes para enfrentar distintas investigaciones durante mi carrera como periodista, pero en esta ocasión eran inútiles ante este pozo de confusiones. Mis maestros de derecho me enseñaron que los procesos judiciales tenían como principal objetivo estabilizar la verdad argumentada por las partes en conflicto: si el expediente penal no lograba este propósito, era muy difícil para la justicia hacer su trabajo.

No imaginé entonces que un día iba a enfrentarme a un caso donde los documentos procesales, mexicanos y también los estadounidenses, producirían el efecto contrario: impedían dar con la verdadera identidad de un delincuente tan buscado. De acuerdo con la jueza Verónica Castillo, Galdino Mellado Cruz ingresó al penal estatal de Chiconautla el lunes 13 de diciembre de 2010; según el comisionado nacional de Seguridad, ese mismo sujeto murió durante una balacera en Reynosa, Tamaulipas, en mayo de 2014 y, ante los ojos del fiscal Eric Daniel Smith y del juez Keith P. Ellison, ambos pertenecientes al Poder Judicial federal de Estados Unidos, el mismo individuo continuaba prófugo de la ley.

¿Podría el hombre uniformado de azul ayudarme a despejar la confusión? Acudí el miércoles siguiente al reclusorio de Chiconautla cargado de preguntas. No solo abordaría con él interrogantes relativas a su identidad: si el hombre decía la verdad, podría explicarme algo del horror que ha recorrido mi país durante la última década.

En muchas regiones los panteones se han poblado de gente muy joven. Antes de morir, esos seres humanos fueron torturados, tasajeados, decapitados. La escalada de violencia creció hasta hacerse insoportable: entre 2006 y 2018, a causa del conflicto armado contra las organizaciones criminales, en México perdieron la vida doscientas cuarenta mil personas y desaparecieron más de sesenta mil.

Los Zetas fueron protagonistas de esta tragedia. Ellos introdujeron terror, ferocidad militar y competencia armada a la pugna que ya había entre organizaciones. Antes de volverse delincuentes, fueron militares bien entrenados. Son el eslabón más obvio que alguna vez unió al gobierno con el crimen. Aproximarme a este individuo podía ayudarme a comprender el origen de la guerra y también las causas de tanta mortandad.

Como la inmensa mayoría de los mexicanos, yo sabía poco sobre ellos: se cuenta que los zetas fundadores se educaron en Estados Unidos, pero no existen pruebas de esta afirmación. Los contrató la Policía Judicial Federal, pero no ha sido posible explicar cómo fue que, de la noche a la mañana, se convirtieron en los sicarios más temibles del narcotráfico.

Los zetas fundadores comenzaron a marcar el territorio con cuerpos torturados y cabezas cercenadas: infligieron terror como nadie lo hubiera hecho antes en México. ¿Cómo sucedió que este grupo contagió a otras mafias con sus métodos y sus prácticas? Hay también evidencia de que los Zetas financiaron campañas políticas, pero nadie ha sido perseguido hasta ahora por este delito.

También es extraña la manera en cómo algunos de sus líderes fueron abatidos y luego sus restos desaparecieron, haciendo imposible validar su identidad. Circulan todo tipo de versiones sobre el verdadero destino de estos personajes; se dice que podrían estar vivos y en el extranjero, gozando de una existencia plácida y millonaria porque lograron un acuerdo que les permitió escapar.

El problema con estas versiones es que también suelen tener como fuente la propaganda. Igual que hace el gobierno, el crimen contrata publicistas que, por medio del corrido, el rumor, las redes y los sitios en internet, son capaces de inventar casi cualquier cosa.

Cuando me enteré, por un colega, que en el reclusorio de Chiconautla había un hombre que afirmaba ser el verdadero Galdino Mellado Cruz, pensé que no debía dejar pasar la oportunidad. Cabía dudar de su honestidad —fui advertido—; sin embargo, el hombre hablaba de temas y cosas que no parecían mentira. Si aquel sujeto era quien decía ser, el gobierno había montado una mascarada que yo quería denunciar. En caso contrario, si el interno de Chiconautla mentía, calculé que valía la pena el esfuerzo de visitarlo para averiguar las razones de su falsedad.