Opinión

Hijas de la historia • Isabel Revuelta Poo

Las mujeres que construyeron a México.

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ADELANTOS EDITORIALES

Isabel Revuelta Poo cuenta la historia de México desde la Conquista hasta el periodo posrevolucionario a través de los ojos de diez mujeres.

Las vendieron como esclavas; las consideraron santas y demonios; unieron mundos opuestos por medio de la palabra; escribieron sobre los astros, la noche y la cocina; se hicieron pasar por hombres para levantar a su pueblo en armas; conquistaron nuevas tierras, y forjaron nuestro destino casi de forma desapercibida, hasta ahora.

Isabel Revuelta Poo, historiadora y conductora de El Refugio de los Conspiradores, relata la vida de diez mujeres que fueron parte de los acontecimientos más emblemáticos de México: desde la Conquista hasta el siglo XX. Con un vasto conocimiento sobre la historia nacional, Isabel ofrece una colorida antología que honra la memoria de las protagonistas que construyeron a México.

Hijas de la historia es una invitación para descubrir, bajo una nueva mirada, a Malintzin, Tecuichpo, sor Juana, la Güera Rodríguez, Dolores del Río y otras mujeres que cuestionaron las costumbres de su época, decidieron cambiar su destino y, así, el rumbo de nuestro país.

Fragmento del libroHijas de la historia”, de Editorial Planeta), © 2021, Isabel Revuelta Poo. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Isabel Revuelta Poo | Internacionalista, maestra investigadora e historiadora del arte especializada en historia de México. Ha sido catedrática en el Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana campus Ciudad de México y es fundadora del curso privado La historia sin mayúscula. Como promotora cultural ha colaborado con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Auditorio Nacional difundiendo el patrimonio, las artes y la historia de nuestro país.

Hijas de la historia | Isabel Revuelta Poo

#AdelantosEditoriales

 

I. Malintzin, Malinalli, doña Marina

Las tres, la misma

Olutla, actual estado de Veracruz, 1502 - Ciudad de México, c. 1529

Malintzin hubiera podido mantenerse callada. Nadie esperaba de ella que se ofreciera como intérprete. Pero una hora después había demostrado su utilidad. López de Gómara, biógrafo de Cortés, escribiría que, cuando terminó, el capitán la tomó aparte con Gerónimo de Aguilar, le preguntó quién era y le prometió más que libertad si aceptaba ayudarlo a encontrar a Moctezuma y a hablar con él.

Camilla Townsend

Antes de poner siquiera sus ojos sobre el rostro de Hernán Cortés en tierras mayas —tabasqueñas— en ese abril de 1519, antes de convertirse en su lengua,  en su voz, Malintzin había sido vendida como esclava dos veces por los suyos. No por los otros, no por los recién llegados, sino por los propios, por mexicas y por mayas, para quienes ella era una esclava más, solo una mujer más.

El encuentro entre Hernán y Malintzin, así como la relación tan estrecha que mantuvieron en todos los sentidos, es uno de los hechos más trascendentales de la historia de la Conquista y del mestizaje de México. La intervención de esta mujer políglota, ciertamente, fue definitiva en el triunfo de Cortés. Las circunstancias que vivió y las decisiones que tomó son parte fundacional de nuestra historia. Y así hay que abordarla. No solo atestiguó el nacimiento de México como nación, sino que lo vivió en primera persona. Juzgarla con ojos de otros tiempos confunde los actos de su vida como una mujer de carne y hueso. Tuvo una vida extraordinaria, crucial, en un momento también extraordinario y crucial de nuestra historia.

Malinalli no sospechaba los alcances de su existencia ni el tamaño de su oscura mitificación. El pesado juicio de la leyenda la condena a ser una especie de objeto seductor y monstruoso; la presenta como un personaje maldito: la traidora, la puta, la chingada, la vendepatrias y, al final, la Malinche…, la célebre y mal llamada «malinchista de Malinche». Se trata de un concepto tergiversado de su realidad, muy común en la historia que se cuenta como única, en la versión oficial. Una perspectiva? distorsionada, nebulosa, que respondía a una postura decimonónica que, por un lado, colocó a algunos personajes en inalcanzables pedestales y, por otro, creó villanos terribles y de naturaleza execrable. Una postura sesgada y maniquea que arremete contra la historia misma, porque anula la reflexión y el debate sobre las consecuencias de los actos y las circunstancias en que se desenvuelven los personajes. La vida de Malinalli, Malintzin, doña Marina, está llena de esas circunstancias.

La lengua que forjó su destino

En las civilizaciones prehispánicas, como es el caso del Imperio azteca, la sociedad se encontraba estratificada y las mujeres vivían en absoluta sumisión. No se apartaban del ámbito doméstico (no se alejaban de su casa, para ser más exactos), y eso era lo normal. Era el destino en el que se encontraban inmersas y perfectamente habituadas; no se esperaba que lucharan por cambiar su condición. En las labores cotidianas de alimentación y crianza encontraban seguridad y continuidad para la sociedad.

Sin embargo, algo muy distinto sucedía con los esclavos. Las mujeres que no se consideraban «principales» en esos hogares —en su mayoría integrados por varias familias— eran las más propensas a la esclavitud. Quienes no eran esposas o hijas «del matrimonio principal» podían ser vendidas para el beneficio común de esos hogares comunitarios. Ese fue el destino de la joven Malinalli: la vendieron como esclava en dos ocasiones, antes de que se la obsequiaran a Cortés como tributo de guerra.

Su verdadero nombre seguirá siendo un misterio; se desconoce cómo la llamaron sus padres, pues para los pueblos prehispánicos era muy común cambiar de nombre según las experiencias de la vida. Ahora bien, el nombre con el que la conocemos, con el que pasó a la historia, Malinche, es incorrecto y amerita una amplia revisión.

Paradójicamente, esta intérprete políglota, la «lengua» que sagaz forjó su destino y supervivencia mediante la palabra, no dejó para la historia una sola línea de su autoría. Ella no escribió jamás sobre su vida. Sabemos de su persona por quienes convivieron con ella. Incluso Hernán Cortés la menciona, por única ocasión, en la Quinta Carta de Relación dirigida a Carlos V. Cronistas e historiadores han escrito prolíficamente sobre ella y su nombre. Algunos sostienen que se llamaba Malinalli, como la planta de la enredadera o matorral en náhuatl. Otros refieren que los españoles la bautizaron como Marina, sin embargo, la r en náhuatl no se podía pronunciar y se sustituyó por el sonido de la l, Malina, y, en diminutivo, Malintzin. Ese es el nombre con el que pasó a la historia: Malintzin.

Malintzin nació a principios del siglo XVI, en 1502, en Olutla, población ubicada en los límites del Imperio azteca, en la región de Coatzacoalcos, en el actual estado de Veracruz. A esta cercanía con los dominios mexicas debe su segunda lengua. Aunque los nobles principales hablaban náhuatl, la mayoría de los habitantes de la región eran descendientes de los ancestrales olmecas, por lo que hablaban otra lengua común: el popoluca. Malintzin hablaba ambas. Sin embargo, esa niña? creció con una desconfianza total hacia lo náhuatl y los mexicas, quienes constantemente asolaban a su pueblo en busca de tributos de toda índole, algunos que se pagaban con la vida.

Su rechazo a los mexicas no era gratuito. A la edad de diez años quedó huérfana de padre. Su madre, al volver a casarse para beneficiar a su hijo varón recién nacido y evitar que lo hicieran prisionero o lo designaran para sacrificios humanos, prefirió vender a Malintzin a unos traficantes de esclavos. El tributo había sido cumplido. Después de una? travesía de varios días, de desarraigo de lo suyo y de todo lo que conocía como propio, llegó al imponente mercado de Xicallanco, un importante enclave comercial mesoamericano.

Entre aves, plumas, frutos, cestas, textiles y demás productos fantásticos, la joven con dominio del náhuatl fue exhibida como un producto más, como una mujer bilingüe y esclava ofrecida para el mejor postor. Era una «adquisición importante», decían. La compraron unos comerciantes mayas chontales de la ciudad de Putunchán, ubicada en la ribera del río Tabscoo, hoy Tabasco, en tierras muy lejanas a su natal Coatzacoalcos. En ese lugar la sometieron a las labores de mujer y de servidumbre, propias de una esclava, y con ello a un destino que con seguridad debió de ser doloroso y traumático.

Unos años después, Malintzin fue arrancada nuevamente de raíz. A principios de 1519, tras su paso por las costas de la península de Yucatán, Hernán Cortés dirigió su expedición a la desembocadura? del río Tabscoo. La adolescente, de catorce o quince años, formó parte del? regalo que «los de Tabasco» le hicieron al capitán y a sus hombres al perder la batalla de Centla, cerca del Xicallanco, el gran mercado. En dos horas los mayas chontales perdieron a casi 200 hombres. Tabscoob, señor de los ocho leones, el cacique «Gordo de Putunchán», no solo no podía costear semejante guerra, sino que tenía que asegurarse de que no volviera a suceder. Necesitaba congraciarse con ellos.

Así, les regaló a los españoles, además de joyas y alimentos, un grupo de veinte mujeres «para hacerles gran servicio, pues como los veían sin mujer, y como cada día es menester moler y cocer el pan de? maíz en que se ocupan mucho tiempo las mujeres», relata López? de Gómara, biógrafo de Cortés, sobre el particular obsequio. La preparación de las tortillas o del pan de maíz era de vital importancia para la supervivencia de la expedición en su avance hacia Tenochtitlan. Al regalarles a sus esclavas, los indígenas los dotaron de utilísimas cocineras y concubinas, actividades que Malintzin ya realizaba para sus amos chontales.

A partir de ese momento el destino de Malintzin cambiaría para siempre. Las mujeres regaladas fueron bautizadas antes de ser asignadas a los hombres de la expedición del extremeño. Malintzin, ahora Marina, sería la mujer del más noble y con más alto rango de los hombres al mando de Hernán Cortés, Alonso Hernández Portocarrero. Y sería su mujer por la gran impresión que le causó a Cortés, quien quería agradar a su noble amigo por su participación en la epopeya. El desenvolvimiento, el porte, la seguridad de sus movimientos y la belleza de Malintzin constituyeron un tema ampliamente comentado por sus contemporáneos. «Era de buen ver, entrometida y desenvuelta», cita López de Gómara, motivos por los que más adelante sería la compañera sentimental del célebre conquistador español.

De esclava a traductora

Hernán Cortés continuó con su expedición hacia el corazón del Imperio mexica, pero, al llegar a la región de Veracruz, lo abordaron los emisarios de Moctezuma, que lo invitaron «a retirarse». Ni Cortés ni su intérprete Gerónimo de Aguilar les entendieron. Este último había sido liberado hacía unos meses tras años de cautiverio entre los mayas y, debido a su dominio del maya chontal, fue de gran utilidad en el avance de la expedición. De nada le servía ahora el heroico Jerónimo a Cortés. El traductor no podía darse a entender ni entendía nada de lo que mandaba decir el gobernante Moctezuma por conducto de sus mensajeros. Esos mensajeros que provenían del único sitio al que a Cortés le importaba llegar, con el que soñaba y que ambicionaba: la gran Tenochtitlan.

Malintzin pudo haberse quedado callada. Ella sí entendió lo que decían los emisarios del gran tlatoani mexica. Los había visto llegar antes a su pueblo natal. Ella comprendía los mensajes de ese gobernante que causaba tantos males a los suyos. Todos hablaban náhuatl,?la lengua dominante, la lengua del imperio que los sometía. Entonces, libremente, puesto que los españoles desconocían que la joven hablaba tres lenguas —popoluca, náhuatl y maya chontal—, eligió no quedarse callada. Decidió hablar con los mensajeros mexicas y hacerle ver a Cortés que dominaba el náhuatl. Se dirigió a Gerónimo de Aguilar, ahora en maya chontal, para que él, en castellano, pronunciara lo que Hernán Cortés tanto deseaba escuchar: las palabras del mismísimo tlatoani. En ese instante decidió hacerles ver a todos que era una mujer inteligente,? que entendía la magnitud y la importancia de esa primera traducción, que comprendía los alcances de lo que estaba pasando.

Al romper el silencio en ese confuso momento, Malintzin eligió ser la intérprete de Hernán Cortés, no al revés. No como lo cuenta la historia maniquea, que la condena a una absurda traición hacia quienes ella no tenía posibilidad de sentir lealtad o pertenencia alguna. Los mexicas y su férreo sistema tributario propiciaron su venta como esclava. Tampoco sentía deuda alguna con sus amos chontales. La regalaron. Entre joyas y víveres, la obsequiaron como parte de un botín? de guerra a otros. A esos otros que venían de fuera, con otras formas y de? otro mundo.

Malintzin eligió volver a adaptarse. El mundo, tal como lo conocía, una vez más había desaparecido. No se conformó con preparar los alimentos de Hernández Portocarrero y ser su mujer, como el resto de sus compañeras indígenas. Convirtió la acción de traducir e interpretar en una excepcional herramienta y no solo en un medio de supervivencia, sino en una ventaja personal ante quienes dominaron la situación desde entonces: los españoles.

La historia no se ha contado con claridad en este punto. No hay traición ni menosprecio, ni aprecio exagerado por lo extranjero o por «lo otro», como tampoco desdén por lo propio. Malinalli, Malintzin, no traicionó a nadie. No sentía a nadie como «suyo». Escogió esa compleja estrategia para reiniciar su vida una vez más. Nació entonces la traductora, la faraute. Nació doña Marina. El día que Cortés mandó decir a Moctezuma que sus obsequios y su indisposición a recibirlo no lo persuadían para darse vuelta por donde había venido, y que continuaría avanzando hasta conocerlo, doña Marina, su nueva intérprete, tenía apenas quince años.

Marina se convirtió en una mujer sumamente astuta. Además de apuntarlo varias crónicas de la época, su decisión lo confirma. Hizo lo mejor que podía con los recursos que tenía en esa situación extrema: una conquista que representaba el fin del mundo, de su mundo. Pudo haber guardado silencio y recibir el mismo trato que miles de mujeres contemporáneas en su misma situación. Sin embargo, ella se volvió indispensable, sacó provecho de su inteligencia y de su dominio de las lenguas. Supo reconocer la necesidad que tenía Cortés de un aliado estratégico. Uno que lo ayudara en tan colosal y descabellada idea de conquistar a los que desconocía por completo. Ella los conocía bien. Ella se convirtió en su aliada.

Doña Marina —el «doña» no lo perdería jamás por la importancia que alcanzó, como si hubiera pertenecido a la nobleza— sería para Hernán Cortés, además de «su lengua», una suerte de salvoconducto, su herramienta más preciada. Su embajadora: la que habla por «el importante» ante otro «importante» en el protocolo prehispánico.

En su avance hacia el encuentro con Moctezuma, Cortés sumó a su audacia y ambición la inteligencia de su embajadora, quien no solo tradujo, junto con Gerónimo de Aguilar, sino que le aconsejó y leyó estratégicamente entre líneas sobre todos los asuntos de los pueblos sometidos por Tenochtitlan, mismos que, al final, serían los aliados con los que el extremeño logró la conquista de los mexicas. Malintzin detallaba a Cortés los modos, las costumbres, la psique y la religión de los grupos con los que tenían contacto. A su vez, era ella quien les anunciaba que quedaban liberados del tributo a Moctezuma y que su lealtad ahora se debía al rey de España, a Carlos V, y que su fe ya no sería más a Huitzilopochtli, sino a la religión católica, a Jesucristo.