Opinión

Hernán Cortés • Esteban Mira Caballos

Una biografía para el siglo XXI.

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ADELANTOS EDITORIALES

La biografía definitiva de Hernán Cortés: uno de los personajes más alabados y a la vez más odiados que ha sobrevivido a cinco siglos de Historia.

Hernán Cortés ha sido uno de los personajes más controvertidos de la Historia, alabado y odiado a partes iguales. Lideró la expedición que supuso el final del estado mexica e inició la conquista de México. Su siguiente prioridad fue la exploración del océano Pacífico y buscó un estrecho que facilitase el comercio entre Europa y Asia. Cortés fue un triunfador en su época ya que logró lo que infructuosamente anhelaron todos los conquistadores: honra y fortuna para su linaje.

Esteban Mira Caballos, historiador especializado en las relaciones entre España y América en el siglo XVI, con esta biografía necesaria arroja nueva luz al personaje valiéndose de una moderna metodología e incorporando los aportes de las investigaciones de los últimos años, al tiempo que responde a las preguntas de un lector de nuestro tiempo acerca de un personaje que no ha dejado de interesar a lo largo de cinco siglos.

Fragmento del libro Hernán Cortés (Crítica), ©2021, Esteban Mira Caballos. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Esteban Mira Caballos es doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla, es miembro correspondiente extranjero de la Academia Dominicana de la Historia (2004) y del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas (2012). Pertenece al consejo de redacción de varias revistas científicas y es asesor cultural de la Fundación Obra Pía de los Pizarro.

Hernán Cortés | Esteban Mira Caballos

#AdelantosEditoriales

 

Capítulo 1

Ni héroe ni villano

El metelinense no ha dejado indiferente a nadie ni en vida ni después de su óbito. Ha sido uno de los personajes más admirados y a la vez más odiados de la historia. Para Bartolomé Bennassar fue el único conquistador al que se le puede considerar genial, por su capacidad para fascinar a miles de personas —especialmente a sus biógrafos—, a lo largo de cinco siglos. Y lo cierto es que adeptos los ha habido en todos los rincones del planeta, lo mismo anglosajones que alemanes, israelitas, chinos o japoneses. Por citar un solo caso, en el primer cuarto del siglo XX, Oswald Spengler lo consideró un verdadero «héroe de la raza», que fue lo que a su juicio le empujó a conquistar inmensos territorios con un grupo muy reducido de hombres. Para miles de personas encarna a un verdadero héroe civilizador, un auténtico profeta moderno que consiguió expandir el cristianismo a lo largo de varios miles de kilómetros cuadrados. En cambio, para otros, siguiendo al dominico padre Bartolomé de Las Casas, fue un ambicioso más que no dudó en destruir todo un imperio para conseguir sus fines. Estas dos visiones maniqueas, la del héroe y la del villano, siguen vigentes en el siglo XXI. De hecho, lleva décadas en el banquillo de los acusados, en un juicio popular masivo en el que, salvo alguna absolución esporádica, resulta siempre condenado. Y es que ambas interpretaciones, lo mismo la dorada que la negra, forman dos puntos opuestos y estereotipados de la realidad. ¿Símbolo o antisímbolo? ¿Héroe o villano? Esta ha sido siempre la cuestión.

Durante siglos se ha admirado la conquista en el marco de una gesta mitificadora que señala a sus protagonistas como seres excepcionales. Unos elegidos por la providencia, como Cristóbal Colón, Hernán Cortés o Francisco Pizarro, que hicieron posible la «proeza» del descubrimiento, conquista y cristianización de todo un continente. Y muy en particular, el metelinense ha sido uno de los miembros protegidos por la leyenda apologética y legitimadora, usando terminología de Miquel Izard.

La conversión del personaje en un héroe legendario la inició el propio interesado en sus Cartas de relación. Fue él quien difundió la idea de que era un elegido para expandir la cristiandad y continuamente arengaba a sus hombres diciendo que, pese a que eran pocos, contaban con algo que los hacía invencibles, es decir, la ayuda de la providencia. Además, se presentó a sí mismo como un héroe de caballería, inspirándose en el Amadís de Gaula y en otros relatos caballerescos de ética ortodoxa, algo que obviamente no se ajustaba a la realidad. El ritual previo al combate era fundamental, se celebraba una misa, casi siempre oficiada por el mercedario fray Bartolomé de Olmedo, en la que se les absolvía a todos de sus pecados, al tiempo que les daba las bendiciones como ministro de Dios. Acto seguido, el metelinense aprovechaba la ocasión para lanzar su alocución, en la que reforzaba la moral de sus hombres justificando éticamente la guerra. Según decía, era justa porque su objetivo no era otro que expandir la cristiandad, contando para ello con el favor y la aprobación del Altísimo. En esas soflamas profería frases lapidarias que calaban en el sentimiento de sus hombres, muchos de los cuales soltaban lágrimas de emoción, reforzando la cohesión grupal. Por poner un ejemplo, antes de entrar en combate contra Pánfilo de Narváez, sobre la marcha, improvisó un discurso en el que incluyó una frase que podría atribuirse a un místico del Siglo de Oro: «La vida es breve, la muerte cierta, el bien vivir es bueno, pero el bien morir glorioso».

Esta idea providencialista del metelinense la recogieron otros muchos autores, desde Francisco López de Gómara a Bernal Díaz del Castillo, pasando por Francisco Cervantes de Salazar. También fray Toribio de Benavente, Dorantes de Carranza, fray Gerónimo de Mendieta, Juan Suárez de Peralta, Agustín Dávila Padilla o Baltasar Gracián lo presentaron como un ser magnánimo, superior incluso a los héroes clásicos porque estuvo tocado por la mano de la providencia. Sin ir más lejos, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos para expandir la fe: «¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?». En esta misma línea, Lucio Marineo Sículo sostuvo de igual modo su carácter providencialista con el que superó ampliamente a héroes como Hércules, Jasón, Ulises, Alejandro Magno y Julio César. Incluso se arriesgó a decir —la Inquisición estaba siempre vigilante— que hizo más por la fe que los apóstoles, pues salvó a más almas de las garras de Satanás.

En el siglo XVIII, hubo numerosos escritores que continuaron ensalzando al superhombre, desde el padre Benito Feijoo a José Cadalso que, dada su formación militar, valoraba su capacidad estratégica, que, a su juicio, fue la base para la construcción de un imperio mayor que el romano. Muy notable fue el grupo de escritores militares que en los siglos XVIII y XIX lo encumbraron, tratando de motivar y cohesionar a sus hombres, al tiempo que contrarrestaban los efectos de la leyenda negra. Tampoco faltaron autores novohispanos, como el poeta Francisco Ruiz de León, autor de Hernandia, un poema heroico sobre sus hazañas, que superaban ampliamente a las realizadas por Alejandro Magno.

Pero lo más llamativo es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto americanos como españoles, han mantenido ideas similares, ponderándolo como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Todo ello ha provocado que su biografía esté llena de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera apología, pues fue solo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que fue un triunfador, a diferencia de otros conquistadores, muy a pesar de los problemas y pleitos que le amargaron sus últimos años de vida. Pero su éxito no se debió a nada sobrenatural, sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo —que nadie le puede negar—, sus habilidades diplomáticas —que en eso sí destacó— y, sobre todo, su suerte —que le acompañó a lo largo de gran parte de su existencia—. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en numerosas ocasiones, a saber: de recién nacido, cuando enfermó, sobreviviendo gracias a los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si las hostilidades hubiesen durado unas semanas más, los propios españoles tenían clara su perdición total. Además, sabemos que en aquellos días estuvo enfermo de calenturas, de las que finalmente se recuperó.

También el huey tlatoani Moctezuma II pudo haberlo eliminado, pero su pasividad le salvó. Un temprano ataque en el área totonaca o de manera simultánea en el enfrentamiento con los tlaxcaltecas hubiese sido letal. También el nuevo tlatoani, Cuitlahuac, en la jornada de la Noche Triste —o de la Victoria, según se mire—, pudo haber acabado definitivamente con todos ellos si los hubiesen perseguido hasta el final. Y, por último, también los tlaxcaltecas tuvieron una nueva oportunidad de liquidarlos tras alcanzar su urbe, heridos y desmoralizados. Es cierto que estos también habían sufrido muchas bajas, pero no lo es menos que podían pensar que su alianza con los extranjeros fue un error que les estaba costando muy caro. Y tan delicada era la situación que el propio Cortés sospechó esa posible ruptura que al final no se materializó, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron en último término la solidaridad entre los derrotados.

Más fortuna aún tuvo en la conquista de Tenochtitlan en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó al animal y le salvó literalmente la vida. Asimismo, su criado Cristóbal de Guzmán murió cuando le trataba de acercar un caballo, mientras que Cristóbal de Olea perdió también la vida quitándole de encima a un mexica. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras (Honduras), iniciada en octubre de 1524, llegó muy enfermo, y estuvo muchos días con calenturas. Cuando Gonzalo de Sandoval y sus hombres se encontraron con él en Trujillo lo hallaron «tan flaco y triste que les dio lástima», e incluso supieron que le habían hecho unos hábitos de san Francisco para que, cuando llegase el momento, lo amortajasen. Y verdaderamente estuvo tan al cabo que él mismo creyó que había llegado al final de su existencia terrenal.

Asimismo, años después de la caída de Tenochtitlan, le aguijoneó un alacrán cuando visitaba sus cultivos de morera en Yautepec, dentro de lo que después sería el marquesado de Oaxaca, y estuvo una vez más al borde de expirar. Parece que se encomendó a la Virgen de Guadalupe, por lo que en 1528 pasó por el monasterio extremeño para regalar varias alhajas, entre ellas el famoso alacrán de oro, con 43 esmeraldas «muy claras, grandes y hermosas» y cuatro perlas. Se trataba de una verdadera obra de arte de artesanía indígena que desgraciadamente se encuentra, al menos desde el siglo xviii, en paradero desconocido. Era frecuente en los joyeros de las vírgenes que se fundieran piezas antiguas para fabricar otras nuevas y es posible que el alacrán indígena acabase fundido por no ajustarse al gusto europeo de la época. Para colmo, algunos días después de donar la joya en Guadalupe, estando en Toledo, enfermó de gravedad hasta el punto de que el propio emperador lo fue a visitar a los pies de su lecho.

Asimismo, la expedición que encabezó al mar del Sur, en 1535, le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y, por último, en la jornada de Argel de 1541 casi perece ahogado, junto a dos de sus hijos, Luis y Martín el Mestizo, cuando el barco en el que viajaba naufragó a causa de una fuerte tormenta. Y el riesgo fue vital teniendo en cuenta que, al igual que la mayoría de las personas de su época, no sabía nadar.

Está claro que pudo haber fallecido de manera prematura, lo que hubiese modificado parcialmente el rumbo de los acontecimientos. Digo parcialmente porque creo que la ciudad lacustre hubiese caído con o sin Hernán Cortés, aunque puede que en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia, constancia y ambición, como Gonzalo de Sandoval, Rodrigo de Bastidas, Francisco de Montejo o Cristóbal de Olid, por citar solo a algunos. Nadie puede olvidar que casi todas sus actuaciones, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las islas Canarias y de las Grandes Antillas.

Empezando por el mito de la quema de sus naves en Veracruz, es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos hasta el siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Francisco Cervantes de Salazar, que en un documento leyó «quemando en vez de quebrando». Sin embargo, es posible que no fuese exactamente un desliz, sino un recurso para entroncarlo con héroes clásicos como Agatocles de Siracusa o el emperador romano Juliano el Apóstata. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Entre esos autores destacan Dorantes de Carranza, Juan Suárez de Peralta, Pedro Fernández del Pulgar o, en el siglo XX, el marqués de Polavieja, quienes popularizaron este mito que ha perdurado hasta nuestros días. Y sorprende porque algunos cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron de que no las quemó, sino que simplemente «dio con los barcos al través». Otros cronistas defendieron esta misma idea usando ese mismo término o desguace, hundimiento o barrenado, nunca el de quema. Por su parte, Andrés de Tapia manifestó que los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar, por lo que fueron encallados en la costa para «romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos». Del mismo modo se mostró muy claro Francisco de Montejo cuando afirmó en La Coruña en 1520 que los navíos estaban tan viejos que no podrían emprender el viaje de regreso, a excepción de tres de ellos que, a juicio de los pilotos, estaban en mejor estado. Concretamente, la nao de mayor porte, la Santa María de la Concepción, sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores, Francisco de Montejo y Alonso Hernández Portocarrero, con informes y con el quinto del emperador. Los otros dos bergantines se quedaron «aderezados» en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió? Se suele aducir que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás, y en parte era cierto, porque desde su rebelión solo le quedaba una huida hacia delante. Sin embargo, había un motivo mucho más potente y bastante menos heroico: pretendía evitar, como ya hemos afirmado, que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Diego Velázquez de su defección. Pero resulta obvio que esta explicación no era políticamente correcta, por lo que el mismo interesado se encargó de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su desguace conoció la conspiración encabezada por Juan Escudero, Diego Cermeño, Gonzalo de Umbría y Bernardino de Coria, fieles al gobernador de Cuba, para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama, ahorcó a los dos primeros y mandó azotar al tercero, al que le amputó los dedos de los pies, perdonando al resto. A continuación, los desguazó para evitar nuevos motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. A Tzvetan Todorov le pareció una «decisión asombrosa» que indultara a casi todos, sin embargo, a mí me parece que actuó de manera lógica, justificada y cabal si quería tener alguna posibilidad de éxito en esa arriesgada rebelión en la que se embarcó.

En definitiva, ni ardieron las naves, ni lo hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese realizado por ese motivo tampoco habría constituido un hecho excepcional, pues existen decenas de precedentes que se remontan a la antigüedad y que llegan hasta los años previos a los sucesos de Veracruz.

En cuanto a su excepcional capacidad estratégica, se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Allejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba. Y dijo más aún: su prestigio en las Indias no era inferior al que gozaba el Gran Capitán en Castilla. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas, nunca fue un estratega, ni contó con una formación marcial ni teórica ni práctica en los campos de batalla europeos. En general, tanto él como su hueste no eran más que un grupo de aventureros, con escasa formación militar, con reducida experiencia en el combate y sin habilidades bélicas especiales. Los miembros de su hueste con experiencia militar previa en la guerra de Granada o en las de Italia se pueden contar con los dedos de las manos. Entre ellos podemos citar a Francisco de Orozco, Benito Bejel, el artillero Francisco de Mesa, un tal Canillas y Andrés de la Tobilla, este último muy diestro en el uso de la pica.

Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera en un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, esta se encontraba totalmente «pacificada», por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los mansos taínos fue escasísima, y los hechos de armas, mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares? Como veremos en páginas posteriores, por vía paterna, pues tanto su padre y sus tíos carnales como su abuelo habían tomado parte en las guerras castellanas durante el siglo XV. La vena militar le venía, pues, de familia. Era un niño de muy corta edad cuando capituló la capital nazarita, por lo que no pudo vivir en primera persona dichos acontecimientos, pero seguro que oyó hablar a sus ascendientes de aquella contienda que acabó con la derrota de los infieles. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja tradición militar castellana le fueron extremadamente útiles. No olvidemos que las estrategias de combate de la reconquista se mantuvieron a lo largo de la conquista, siendo esta una continuación de aquella. En el Nuevo Mundo lucharon huestes de raigambre medieval que en nada se parecían a esa infantería de piqueros y arcabuceros que triunfaban en Europa desde el primer cuarto del siglo XVI. Y aunque algunos habían servido en Italia a las órdenes del Gran Capitán, eran ajenos a los grandes avances militares de su tiempo. De hecho, nunca lucharon Tercios en el continente americano, salvo alguna intervención esporádica muy posterior a la conquista. Las huestes formaban un grupo absolutamente heterogéneo en el que había una minoría de soldados profesionales junto a aventureros, hidalgos, plebeyos, prófugos de la justicia, personas de color e incluso algunas mujeres. Conocemos el oficio de un trece por ciento de ellos, y la mayoría eran artesanos, marineros, escribanos y solo unos pocos, militares.

Pero en general seguía usando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como la torre de asalto o la catapulta. Este último artilugio lo usó en el asedio de Tenochtitlan para compensar la escasez de pólvora que hacía inoperante a la artillería y a los arcabuces. Fue el sevillano Antonio de Sotelo, que había combatido en Italia y tenía cierto prestigio entre la hueste, quien le propuso su construcción. Cortés confió en él y le autorizó a ello. Una vez acabado lo transportaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que «los habíamos de matar a todos». Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, que erraron en «la alineación del perno de lanzamiento». Lo cierto es que el proyectil voló en vertical de forma que cayó encima del artilugio, inutilizándolo. Según el propio metelinense, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, «movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar». Pero lo cierto es que después de lo ocurrido los españoles comenzaron a reñir entre sí, como culpándose unos a otros del espantoso ridículo. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlan fue sugerida, como declaró Andrés de Tapia, por el carpintero de ribera Martín López.

Sorprende que en las ordenanzas militares, otorgadas en Tlaxcala el 20 de diciembre de 1520, estructurase eficazmente a sus hombres en compañías que a su vez se subdividían en cuadrillas de veinte hombres, al mando de un cuadrillero. Asimismo, es obvia la relación que existe entre el cerco de más de dos meses de Tenochtitlan y los grandes asedios en la Baja Edad Media, como el de Toledo (1084-1085), que duró ocho meses, Zaragoza (1118) o Jaén (1246). Y, exactamente igual que en la Edad Media, el objetivo era aislar por completo a la urbe, para lo que realizaban incursiones de devastación muy similares a las talas que practicaban los cristianos en zonas musulmanas durante los últimos siglos de la reconquista. Del mismo modo, usaban en el asedio torres de asalto y catapultas, y realizaban incursiones similares a las efectuadas en el sitio de la capital mexica.

Por lo demás, es cierto que algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque infringió severas derrotas a ejércitos muy superiores en número. Pero ello se debió no a su excepcional capacidad estratégica, sino más bien a la ingenuidad táctica de los naturales. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de los llanos de Otumba, donde situaron al cihuacoatl en lo alto de una colina, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Ni sus tácticas fueron originales ni ideó una nueva forma de hacer la guerra. Además, cometió errores tácticos como, por ejemplo, tomar Tenochtitlan al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad.

Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, escritores y militares, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Un grado que además le otorgaron sus hombres en Veracruz, siendo más cívico que militar, y, en cualquier caso, no fue capitán de un ejército, sino de una hueste. Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel, los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo su opinión de que aún era factible la victoria. Y no lo aceptaron porque no lo consideraban un capitán de infantería y quizás también, como escribió Diego Suárez Montañés a finales del siglo XVI, porque sabían que nunca aceptaría una retirada. Le dolió mucho dicha exclusión, bastante más que la pérdida de las esmeraldas de valor incalculable que llevaba.

Tampoco se consideró a sí mismo un militar, sino más bien un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar. Entre ellos, el marqués de Pescara o Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada, Fernando de Gonzaga y muy especialmente Antonio de Leyva, este último uno de los mejores militares de su tiempo. El primero de ellos, el marqués de Pescara, que se consideraba un discípulo de Julio César, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno que diseñó una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras se asediaba la gran ciudad de Tenochtitlan. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los altos mandos franceses, italianos o turcos. No obstante, Cortés supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que, aunque no tuviese formación militar, no le faltaba ingenio y capacidad. La misma que demostró para derrotar a los mexicas con menos de un millar de españoles, aunque otros conquistadores hicieron machadas parecidas, incluso con muchos menos efectivos. Y precisamente el hecho de que no tuviese formación ni experiencia militar previa es otro de los hechos sorprendentes de su biografía porque conocemos muy pocos ejemplos similares en la historia de personas ajenas al mundo castrense que alcanzasen tan sonadas victorias sobre enemigos tan superiores en número. Y por cierto, también se desempeñó como capitán de mar desde que partió de Cuba en 1519, sin tener más experiencia náutica que cualquier pasajero.

Se ha destacado su capacidad diplomática, así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de seducción entre las huestes y una capacidad extraordinaria para utilizar a los aborígenes a su antojo. Siempre conseguía que todos hicieran piña hasta el punto de que, según Bernal Díaz, todos habrían puesto su vida en peligro por él.69 Y aunque no tenía conocimientos militares su lucidez le permitió visualizar las estrategias claves para acabar con la imponente confederación mexica. Desde poco después de desembarcar en la costa veracruzana se dio cuenta de que no disponía de fuerzas para derrotar a los mexicas. Por ello diseñó un plan para capturar al tlatoani, al tiempo que aumentaba sus fuerzas firmando pactos guatiaos o de amistad con los pueblos sometidos al imperio. Se alegró sobremanera cuando supo que en aquella tierra había «unos señores enemigos de otros», lo que evidenciaba que Moctezuma no era tan fuerte y que era posible derrotarlo. Y se enteró nada más entrar en contacto con los totonacas, por lo que desde un principio entrevió la posibilidad de someterlos a vasallaje. Sin embargo, esta táctica de buscar alianzas es tan antigua como la guerra misma. Ya en la reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese, por ejemplo, en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos subrayar la habilidad psicológica de Cortés, pues supo captar la mentalidad de sus oponentes para luego manipularlos en su favor. Obviamente, desconocía los detalles de su cosmovisión, pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, les rendían. Y supo aprovecharse de manera inteligente, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando que se trataba efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Bien es cierto que a los nativos esta creencia les duró poco, pues no tardaron en percatarse de que los españoles se comportaban como seres humanos, pues bebían, comían, enfermaban y morían como ellos. Sin embargo, esta ocurrencia de seguirles la corriente le sirvió a Cortés en parte para entrar en Tenochtitlan de forma pacífica. A la larga ganó un precioso tiempo que fue fundamental para consumar su proyecto. Pero, pese a su clarividencia, tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la conquista de México. De la misma manera, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas era una práctica ampliamente usada desde la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que el primer almirante ordenó disparar bombardas a los taínos, pero sin hacer diana deliberadamente, para que se sobrecogiesen y se sometiesen. Cortés, cada vez que llegaban embajadores del tlatoani, improvisaba un teatro al aire libre en el que lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles que les ponía la aterradora sinfonía de la artillería. En una ocasión incluso les hizo creer a los de Tabasco que las piezas de artillería tomaban decisiones propias. En concreto, les dijo que estaban enojadas con sus reiteradas traiciones y secretamente le puso fuego a una de ellas con tal estruendo que los caciques les trajeron presentes y sellaron la paz. Una verdadera contienda psicológica que no era nueva y de la que también hacían uso los propios mexicas con sus gritos y alaridos.

También se ha destacado su meritorio interés por buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba para solucionar el problema de la incomunicación. Sin embargo, la idea no era original, pues se trataba de una vieja práctica conocida desde la época clásica. De hecho, los romanos usaron intérpretes de manera sistemática, al igual que los portugueses en su expansión por las costas africanas a lo largo del siglo XV. Y por supuesto en el Nuevo Mundo se utilizaron desde tiempos del primer almirante, y lo mismo Francisco Pizarro que Hernando de Soto o Pedro de Valdivia se valieron de ellos para facilitar el entendimiento. Asimismo, en las propias instrucciones que Diego Velázquez le entregó en 1518 figuraba la necesidad de encontrar intérpretes.

Lo que es innegable es que Cortés fue un incansable combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sacrificio. Los nativos se resistieron, pero, como analizaremos más adelante, las diferencias eran abismales, no solo psicológicas y estratégicas, sino también armamentísticas. Eso sí, durante mucho tiempo los mexicas confiaron en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado tlatoani Moctezuma. De hecho, el monarca tenía fama de ser una persona muy espiritual, que confiaba en sus dioses, y también un gran lector, pues pasaba horas leyendo códices nahuatl. Sin embargo, para desgracia y desánimo de sus súbditos, el miedo o la excesiva precaución lo atenazaron, siendo el único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente.

Por último, se ha subrayado el carácter mesiánico de Cortés: se ha considerado que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, O. F. M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez diciendo que actuó bajo inspiración divina, una idea que reiteraron después fray Gerónimo de Mendieta, fray Juan de Torquemada y Carlos de Sigüenza, entre otros. Estaba claro que cuando Hernán Cortés aludía al servicio a Dios y al emperador, una idea de honda raigambre medieval, trataba de justificar sus actuaciones al tiempo que concienciaba al grupo de que luchaban por algo justo.

Esta idea del mesianismo cortesiano se ha mantenido a lo largo de los siglos, casi hasta la actualidad. En 1794, fray Servando Teresa de Mier, precursor de la independencia de la Nueva España, en una homilía por el alma del metelinense, lo elogió por haber «destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto». Más sorprendente aún es que investigadores contemporáneos como William H. Prescott en el siglo XIX o Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano en el XX, sostuviesen que fue «un elegido por la providencia para cumplir altos fines». Pero aunque lo jurara él mismo, la realidad no era tan digna y altruista, pues de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.