Opinión

García Luna, El señor de la muerte · Francisco Cruz

Todos los secretos sobre el político más corrupto del Sexenio de Calderón.

  • Escuchar
ADELANTOS EDITORIALES

¿Cómo fue que un personaje tan limitado acaparó tanto poder en los sexenios de Fox y Calderón?

Esta es la historia del exsecretario de Seguridad Pública que rendía cuentas a los narcos mientras les mentía a todos los mexicanos. Un personaje que supo esconder una meteórica y corrupta carrera: de soplón de la policía a espía de Carlos Salinas de Gortari, de funcionario estrella de Fox a titiritero de la guerra de Calderón.

Durante años mantuvo una imagen pública de funcionario honesto, sin embargo, hay pruebas de que desde 2006 ya estaba asociado a los capos, y de que su guerra personal contra los cabecillas más peligrosos del crimen organizado —el Barbas, los Beltrán Leyva y la Barbie— era una estrategia para cimentar el poder del Cártel de Sinaloa, que en dos ocasiones le entregó maletines con hasta 5 millones de dólares, como detalla la orden de captura en su contra. El Topo, como lo apodaba el Chapo, vio en la publicidad, en la calumnia y en la desaparición de documentos su mejor arma para encumbrarse y aniquilar a sus enemigos; colocó en áreas clave a su gente de confianza, que hoy todavía opera en células durmientes a la espera de instrucciones.

Esta es la historia de un manipulador que no tuvo reparo en sacrificar a quien le estorbara. La historia del «súper policía», como le gustaba que lo llamaran, que le vendió México al narco.

Fragmento del libro García Luna, El señor de la muerte (Planeta), © 2020, Francisco Cruz. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Francisco Cruz es un sólido periodista formado en algunos de los medios de comunicación más importantes de México; colaboró en el periódico Reforma como gerente de información política de Infosel; en El Universal fue director de contenidos del portal de Internet; en Diario Monitor fue coordinador general de información, y hasta octubre de 2007, editor general del periódico El Centro. En 1997 recibió la Presea Estado de México José María Cos en periodismo.

García Luna, El señor de la muerte | Francisco Cruz

#AdelantosEditoriales


2

UN NIÑO PERDIDO EN LA OSCURIDAD

«Era un gandalla y maldito». Así lo recuerdan algunos de sus excompañeros de la secundaria.

Hijo de Consuelo Luna y Juan Nicolás García, quienes llegaron a la Ciudad de México huyendo de su natal Michoacán, Genaro García Luna nació en el seno de una familia de clase baja rayando en la pobreza absoluta, en la calle Herón Proal número 6 —cuadra conocida entonces como la Bolsa, porque agentes del Servicio Secreto contaban y se repartían allí ganancias de sus pillerías, asaltos y control de delincuentes de la zona—, el 10 de julio de 1968 en la Ciudad de México.

Aunque desde que llegó al Cisen se empeñó en pasar por invisible, su acta de nacimiento —expedida por el Registro Civil del Distrito Federal, que quedó asentada en el libro 15 del Juzgado I y la Delegación I, entidad 9, y la cual dicta que fue registrado hasta casi un año después de su alumbramiento— confirma que sus abuelos paternos y maternos fueron, respectivamente, Bardomiano García y Romana Luna, y Gerónimo Luna y Hermelinda Aceves. Las malas lenguas de la colonia Primero de Mayo, a la que pertenece la Herón Proal, afirman que el niño nació en tierras michoacanas y que doña Chelito y don Juan Nicolás lo registraron un año después porque tenían miedo, casi pánico, de salir en la capital. Temía don Juan Nicolás que lo llegaran a cazar.

La vida primera de Genaro, hasta que entró a la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), transcurrió en las calles de siete colonias de la alcaldía Venustiano Carranza: Damián Carmona, Primero de Mayo, Revolución, Simón Bolívar, Aquiles Serdán y Ampliación Simón Bolívar.

Todas tenían como eje la colonia Romero Rubio.

Pero estos orígenes son parte de la información que García Luna intentó mantener soterrada. Esto no lo hizo sin ayuda. Comprados, disfrazando el dinero de venta de contenidos editoriales y noticiosos como servicios de publicidad, convencidos de que hacían su trabajo, pero abiertamente complacientes mientras recibían carretadas de dinero, los medios y algunos de sus principales comunicadores, en ocasiones hasta mercenarios, ignoraron el pasado, los altibajos emocionales o ánimos cambiantes, inseguridades y complejos de García Luna, como después lo harían con Peña Nieto —en cuyo gobierno se saquearía, una vez más, al país— y como antes lo habían hecho otros comunicadores, o los mismos, con Salinas, De la Madrid o José López Portillo.

Y ese no es un dato irrelevante porque, el ser invisible ante los llamados comunicadores más influyentes, la élite del periodismo mexicano y la intelectualidad orgánica le dieron a García Luna tiempo y espacio para comprar impunidad mediática e imponer una narrativa personal y presidencial sobre la guerra contra el narcotráfico. Si no hablan de ti, si incluso logras que borren tu pasado, entonces tienes licencia abierta para construir tu propia narrativa. La de Genaro era una llena de misterio en los ayeres y supuesto éxito en el presente.

Hoy es difícil saber si García Luna creía de veras todo lo que decía, declaraba o escribía, pero hay elementos de juicio para advertir que en Estados Unidos reinaba la incredulidad y que lo tachaban de funcionario servicial y fracasado, un perdedor, por más reconocimientos que le entregaran sus dependencias de seguridad y espionaje. La versión oficial, moldeada por Genaro, chocaba con la realidad.

Nuestro Narciso, fuese mitómano o maquiavélico, sabía perfectamente el valor de la información, los datos personales, la historia de vida. Desde el principio de su carrera como empleado del Gobierno federal, él mismo se empeñó con esmero en mantener oculta toda su vida privada y familiar. Y lo logró. Su imagen sería siempre la del funcionario exitoso; por eso registró su nombre e imagen (una foto con su eterno y elegante traje azul) como marca propia, una especie de patente o denominación de origen ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial IMPI).

Otra lección que Genaro aprendió en sus años de espionaje fue la de no confiar en nadie. Aunque nunca dirían nada y hasta lo defenderían ya preso, García Luna desconfiaba de la «lealtad» de sus «amigos» los periodistas. Esa lealtad tiene siempre un precio que no estaba dispuesto a pagar, así que el registro ante el impi fue una realidad en mayo de 2018, cuando las evidencias, abrumadoras, mostraban que el pri perdería los comicios presidenciales de ese año, que el ingenuo José Antonio Meade Kuribreña era un candidato priista de adorno, que el panista Ricardo Anaya Cortés naufragaba en las aguas del desastre y que Andrés Manuel López Obrador, del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), sería el sucesor de Enrique Peña Nieto. Aquel mes, el exsecretario de Seguridad Pública recibió el registro de marca para proteger su nombre e imagen fotográfica. No quería que nadie lo investigara ni tocara mientras preparaba su larga y anunciada «huida» a Estados Unidos. El resultado de esta elección presidencial no lo tomó por sorpresa, como sucedió en 2000. Ahora, la tormenta que se avecinaba era recibida por un estratega que había sembrado, cuidadosamente, una imagen personal que lo defendería.

De acuerdo con el expediente 2050567, hizo el trámite para proteger su nombre y apellidos del lucro ajeno —mientras sus hijos se hacían ciudadanos de Estados Unidos—, de tal manera que el «Genaro García Luna» no podría usarse para trabajos de publicidad, gestión de negocios comerciales, administración comercial y trabajos de oficina. Lo mismo se hizo con la imagen, cuyo registro apareció bajo el número 2052045. La fotografía es la que acompaña la semblanza académica y profesional del exfuncionario, incluida en la publicación de Seguridad con bienestar, un modelo integral de seguridad. Genaro era, literalmente, dueño de su imagen, como en su momento intentaron hacerlo algunos capos del narcotráfico mexicano.

Como titular de los derechos emergió glac Security Consulting, Technology and Risk Management, una firma propiedad de García Luna, cuyas sedes corporativas se hallaban en la exclusiva zona de Santa Fe, en la Ciudad de México, y en sus lujosas oficinas de Miami, Florida; en un futuro, esta pasaría a manos de su primogénito Genaro García Pereyra, producto del matrimonio con Linda Cristina Pereyra Gálvez, la extrabajadora del Cisen. Para eso lo preparaba. Sería un espía, como el papá.

Pero todo este montaje, las alianzas con los «amigos» de la prensa y la meticulosa preparación para el inevitable descenso no bastaron. Sus lágrimas derramadas en la corte estadounidense son muestra de ello. El hombre sin pasado, el hombre que se perfiló exitoso, se enfrentaba a la luz pública, misma que desenterraba sus turbios acuerdos con criminales y cárteles del narcotráfico.

Con su caída, García Luna se destruía a sí mismo y a su preciada imagen, pero también destruía, todavía más y por si hiciera falta, la imagen del pan y de su exjefe, el expresidente Calderón, quien no encontró la fórmula efectiva para deslindarse de él, ni la narrativa para desconocerlo como militante de las filas panistas.

Pero eso es adelantarse en la historia del personaje.

En su adolescencia era conocido por todos en el barrio de la Romero Rubio bajo el mote del Chango —luego, en la escuela, el más suave de Genarín, apodo que buscaba evitar el insulto, la descalificación y la venganza—. Sus inicios transcurrieron en aquellas siete colonias que lo recuerdan, en Las Auténticas Flautas de la Romero Rubio, las mismas que añoran al roquero Alex Lora y sintieron el declive del cantante Johnny Dynamo y Los Leos.

Por allí, en esa emblemática esquina de la Romero Rubio, pasaron también el flamante campeón mundial José Ángel Nápoles —no otro sino el cubano-mexicano Mantequilla Nápoles—; el futbolista Ernesto de la Rosa Olaez, durante su participación en el club de los Ángeles de Puebla y la Selección Nacional Olímpica en 1974; Romeo Anaya Malpica, el Lacandón, excampeón mundial de peso gallo; y, por si fuera poco, el extinto cantante Juan Gabriel. Esas calles, que fueron transitadas por celebridades, deportistas y músicos, también soportaron el andar de aquel que sería recordado como un gandalla y perverso. En esas cuadras se forjaron sus habilidades, su personalidad, gustos y primeras enseñanzas.

Quizá como herencia de su barrio, el Chango García Luna mantendría su fanatismo por la comida mexicana callejera: tacos, sopes, guaraches con guisado, gorditas, tortas —sobre todo si estas últimas eran preparadas en la tortería El Árbol—, y las costillas asadas con frijoles de la olla, todo lo cual consumía en las calles cercanas a la oficina central del Cisen. En su nueva imagen se colaba el olor a fritanga, a cebolla picada y cilantro.

«Era un garnachero», recuerda un viejo agente del Cisen. Genaro era muy humano con su primer círculo. Nunca comía solo. Y allí, en confianza, les recordaba a sus allegados por qué era necesario alimentar los chismes y los rumores... y japonesear, una palabra que él se inventó para alentar a su personal a plagiar a través del copy paste. La labor de inteligencia, de recopilación de datos, se hacía desde abajo, sentado en la fonda o parado frente al puesto de tacos, oídos atentos a cualquier información que en un futuro podría llegar a ser de valor.

Lo de los apodos no es un tema que deba menospreciarse, pues en este caso indica parte importante de su formación. Uno de los viejos estudiantes de la Secundaria 70 —quien aún siente temor y ve peligros al hablar de García Luna— recuerda que el del Chango se lo impusieron para evitar el más agresivo de Gorila. En ese entonces, aún muy joven (15 y 16 años de edad), a García Luna se le veía acompañado por un par de malencarados agentes de la dipd, el Servicio Secreto o grupo de Servicios Especiales de la policía de la Ciudad de México. Este grupo tenía la mala fama de encargarse, en todo el país, de torturar, desaparecer, extorsionar, ejecutar extrajudicialmente y reprimir.

Genaro inspiraba miedo, tanto como sus acompañantes, gorilas, estos sí, dedicados a robar. Y hay quienes pensaban, sin temor a equivocarse, que el papel de García Luna era el de oreja, soplón, dedo o halcón de la comunidad, un delator de las siete colonias. Una madrina, como se llamaba en la dipd —también en la federal— a los soplones o delatores aspirantes a ganarse una plaza de agente; también los llamaban agentes meritorios. En la Romero Rubio también sobreviven las versiones de que el joven García Luna empezó trabajando como mandadero y recadero para aquellos dos policías, y que incluso tenía como segunda base de operaciones la colonia Agrícola Oriental, en el oriente de la Ciudad de México, en la delegación Iztacalco. Es decir, que su territorio, su poderío, empezaba a extenderse. Aquello que años después llegaría hasta Europa inició en estas colonias del entonces Distrito Federal. Frente a la jueza de la corte estadounidense estaba desplegada una telaraña inmensa, pero su núcleo, su origen, sus primeros tejidos fueron hechos por este Genarín.

Corría el rumor de que uno de aquellos siniestros elementos de la Policía Secreta era su tío, pero no se ha comprobado. Sin embargo, se sabe que en los recorridos por las siete colonias el trabajo del Chango con aquellos agentes de la dipd consistía en identificar delincuentes de poca monta conocidos como zorreros, rateros nocturnos de casa habitación; boqueteros o ladrones que se dedicaban a abrir boquetes a través de una puerta o pared, para robar en negocios o casas habitación; dos de bastos o carteristas, delincuentes dedicados a robar carteras en el transporte público o lugares muy concurridos, sobre todo en los mercados públicos.

En este mundo de la delincuencia callejera se empleaba un léxico específico. El catálogo de delincuentes era numeroso, y extenso el repertorio de delitos: zorreros, carteristas, chacales, paqueteros, chineros, cristaleros, la bolita, farderos, narcos, retinteros, cirujanos, chorleros, paqueteros, chicharreros, cristeros, descuenteros, boleros, goleros, cadeneros, coscorroneros, paleros, cortineros, cirujanos, espaderos y cajueleros.

Y todo ese lenguaje tan extraño, sofisticado y rico, cuyos rasgos fueron definidos por la delincuencia de aquella zona, una réplica de otros barrios y colonias de la Ciudad de México, tenía sus sinónimos en los pasillos y oficinas del Poder Judicial: timar, hurtar, asaltar, aporrear, atacar, despojar, apañar, acometer, delinquir, robar, pillar, agredir, desvalijar, saltear. El Chango habitó dos ecosistemas con sus propios dialectos criminales. Algunos delitos permanecerían con la misma técnica, si bien la mayoría de ese lenguaje entraría en desuso cuando García Luna estaba bien asentado como titular de la afi en el sexenio de Fox y daría paso a otros más lucrativos y violentos con palabras nuevas: secuestro exprés, extorsión o pago de derecho de piso, capo, levantón, secuestro, asalto a cuentahabientes, dealer, sicario, narcojúnior, robo a cajero automático, taxi pirata y huachicolero. Nadie en esa corte, a inicios de 2020, se imaginaría que el hombre lacrimoso poseía un bagaje lingüístico tan amplio como oscuro.

García Luna mudó su léxico y la imagen sombría de la dipd se desintegró en 1983 por una orden presidencial. Sin embargo, la medida fue, como en muchos casos mexicanos, una mera simulación, un borrón y cuenta nueva mediático. Sus agentes activos pasaron a corporaciones como la temible Dirección Federal de Seguridad (dfs), la policía política del régimen, y la Policía Judicial de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México. Pero, con todo y estos cambios de imagen, el aprendizaje permaneció en el Chango, un personaje que hacía parte de la tarea sucia de aquellos agentes, hacía de topo, denunciando a supuestos delincuentes y «trabajando» para el tío —quien para entonces tenía un cargo de poder en el grupo de homicidios de la dipd— y su pareja, el segundo agente de la Policía Secreta.

La pandilla de la Romero Rubio encabezada por los agentes secretos se desbarató en 1985, cuando se hizo público en la colonia el suicidio del infame tío, quien, enfermo de esquizofrenia, terminó tirándose de un edificio. Algunos de los jóvenes reconocidos como parte del grupo de delatores ingresó a la Policía Judicial y otros pudieron más tarde incrustarse en la policía de la Ciudad de México, comandada por Arturo el Negro Durazo Moreno, que vendió plazas policiales a criminales, asesinos y delincuentes menores. De aquí surgen las conjeturas sobre el ingreso de García Luna y su pronta escalada por los puestos burocráticos del Cisen, pues resulta demasiada obvia la ilación y no deja lugar a la casualidad.

Libre del tío, el Chango García Luna formó su propia pandilla de asaltantes de casa habitación entre cuyos cómplices destacaban su cuñado Antonio Toño Chávez, alias el Soldado o el Moco y quien fue traído expresamente del estado de Michoacán; Serafín Patiño Carreño; Saúl, a quien se identificaba como el Oso; Carlos, alias el Callos, amigo de Genaro, y un tal Lalo, entonces un asaltante bien conocido en las colonias Primero de Mayo, Damián Carmona y Romero Rubio.

Los primeros dos años la banda dio golpes certeros pero pequeños. Su gran oportunidad llegaría la noche del 25 de diciembre de 1987. Sería su gran golpe, después de planearlo por semanas en uno de los cuartos del número 6 de la calle Herón Proal, la vivienda de la familia García Luna.

Según se sabe ahora gracias en parte a un recuento que aparece en la averiguación previa numeral 1ª/9455/987 y en parte a una serie de entrevistas con los vecinos, los delincuentes salieron de aquella vivienda al filo de las 10 de la noche, caminaron tres minutos hasta pararse frente a una casa en la calle Emiliano Zapata, desde donde tuvieron acceso a la azotea de otra vivienda, propiedad de un comerciante del mercado de la Romero Rubio, de donde, en menos de media hora, sustrajeron unos 250 millones de pesos, 10 mil dólares en efectivo, centenarios y joyería fina.

Una hoja escrita a mano integrada en aquella averiguación previa con los nombres de los cómplices del Chango detalla parte del monto de lo robado, pero contiene una observación que es oro molido: después del robo, Antonio Chávez, el Soldado —esposo de una hija de doña Chelito Luna y Juan Nicolás García—, estuvo escondido por semanas en la vivienda número 6 de Herón Proal.

Protegido por Juan Nicolás García, el Soldado logró huir a Michoacán, donde montó un rancho con parte del botín. Y un viejo policía, ahora en retiro y con una pensión con la que apenas sobrevive, recordó que dos exagentes de la ahora desaparecida Policía Secreta presionaron y amenazaron de muerte al agente del Ministerio Público para no incluir el nombre de Genaro García Luna en esa lista ni en la averiguación.

El viejo exagente también tenía presente que los ladrones entraron a aquella casa habitación, la del golpe, por la azotea y que la investigación se dejó de lado porque los agentes responsables se quedaron con una tajada del botín, y que doña Chelito estaba dispuesta a declarar contra su hijo Genaro, el Chango, hasta que su esposo y un abogado defensor hablaron con ella y la convencieron de no echar a perder el futuro del hijo ladrón.

«Es bien probable que en otras latitudes se documente la corrupción, pero hacerla parte del sistema fue significativo en el caso mexicano. La policía gestionó el desorden para capitalizarlo lucrativamente con base en mecanismos que toleraron la sospecha, tortura y extorsión», concluye el académico Diego Pulido Estrada, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), en su amplio análisis «Gendarmes, inspectores y comisarios: historia del sistema policial en la ciudad de México, 1870-1930».

Para 1989, cuando estaba por terminar la licenciatura en Ingeniería Mecánica en la uam y con algunos millones mal habidos en sus bolsillos, García Luna llegó al Cisen. Hacía seis años que había desaparecido la dipd, pero los viejos agentes todavía recuerdan que «el que era cabrón, un desgraciado mala madre, extorsionador desalmado, malaleche, entraba con seguridad a la dipd, si lo solicitaba. Quien fuera delator, chiva, oreja, soplón, madrina, ponedor o informante tenía garantizada una plaza».

? ? ?

La Romero Rubio y las seis colonias que la rodean son barrio puro, un barrio histórico también —y esto es literal— de eterno pavimento gris. Nacer aquí, en las anchas calles y avenidas de cualquiera de ellas, es crecer a golpes de pandilla, caminar con actitud de caza, esperando golpear o ser golpeado, en perpetuo estado a la defensiva. Y, quizá por eso, cuando empezó a ascender en la escalera del poder, a García Luna le apenaba vivir aquí. Este hombre, el Chango o el Güero o el Tartamudo, un día descubrió que quería salir y sobresalir. Y lo hizo. Pero el mismo ambiente hostil fue el que le suministró las herramientas para abandonarlo. García Luna crecería tratando de vencer esa desventaja de sus orígenes humildes y el poco auspicioso futuro por carecer de una familia de tradición política o burocrática incrustada en el poder central. Trataría de vencer sus problemas de comunicación, que se manifestaban en una especie de tartamudez, así como su predisposición a la violencia.

La Romero Rubio se levantó en 1909 en honor a la segunda esposa del dictador Porfirio Díaz, Carmen Carmelita Romero Rubio y Castelló, hija del presidente del Senado, canciller y secretario de Gobernación del porfirismo, Manuel Romero Rubio, y ahijada del presidente Sebastián Lerdo de Tejada.

Todavía en la década de los sesenta salían los niños a jugar, lo ancho de las calles se los permitía. Eran aventuras que podían terminar en las flautas, los flanes o la lucha libre en el Cortijo. Todo esto acompañado del espectáculo de ver pasar un avión, porque allí al lado está el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (aicm) Benito Juárez. Todos se conocían en la cuadra. Genaro no podía pasar inadvertido. Este andar es difícil de desaparecer.

¿De qué huía aquel hombre que un día registraría su imagen ataviado con su elegante traje azul? ¿Qué dejó atrás? Las mismas lágrimas del que ahora vestía una sudadera gris y unos pantalones caqui frente a una jueza fueron un día derramadas entre pobreza, drogas y mucha violencia. Marginal es la palabra que podría describir el entorno: la colonia compuesta por sus camellones atestados de basura, los negocios con rótulos viejos, las taquerías y el olor a grasa quemada.