Opinión

Felipe, el oscuro • Olga Wornat

El libro prohibido del sexenio más violento de México.

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ADELANTOS EDITORIALES

La periodista Olga Wornat presenta a detalle la historia de un fracaso: el sexenio negro de Felipe Calderón.

Calderón es una mezcla de malas maneras y mala suerte. Como no creo en la mala o buena suerte, deposito énfasis en las malas maneras. Llegó en circunstancias muy penosas, en medio de acusaciones razonadas de fraude; ha intentado persuadir, conmover, seducir y no lo ha logrado. —Carlos Monsiváis en La Jornada, 2008.

Desde la falta de estrategia como presidente, los peores casos de corrupción, el enriquecimiento ilícito, los favores a sus familiares y amigos, y su protección al Cártel de Sinaloa y a los actos criminales de Genaro García Luna, hasta la intimidad de su frágil relación con Margarita Zavala, sus problemas con el alcohol y el miedo constante a ser el presidente más odiado por los mexicanos. Como nadie lo había logrado, Wornat revela la mejor investigación del calderonato.

Fragmento del libro Felipe, el oscuro (Planeta), © 2020, Olga Wornat. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Olga Wornat. Nació en Argentina y estudió historia, derecho y periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. Durante la dictadura militar en su país, vivió en la clandestinidad. Fue corresponsal de la revista española Interviú y trabajó en las revistas Gente, Noticias, Veintitrés, Gatopardo y Poder y Negocios, de México. Cubrió la invasión estadounidense en Panamá; las guerras en Centroamérica, Líbano y la ex Yugoslavia; los conflictos entre árabes e israelíes; la guerra entre Perú y Ecuador y la caída de los talibanes en Afganistán. Se reveló como autora de bestsellers con el libro Menem, la vida privada.

Felipe, el oscuro | Olga Wornat

#AdelantosEditoriales

 

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Margarita, la socia

No tengo dudas de que la parte más fuerte de mí es Margarita. Felipe Calderón, 2006

—Margarita no es feliz. Lo sé porque la conozco mucho. La última vez que fui a Los Pinos y le mencioné el problema de Felipe, hizo como que no le importaba, como si le hablara de un cadáver…

—¿Me puede explicar qué significa su infelicidad?

—Está molesta y frustrada. Lo disimula, pero lo sé. Felipe Calderón tiene muchos problemas con el alcohol, desde siempre, y esto le afecta mucho. No es fácil convivir con un marido alcohólico, con el agravante de ser el presidente. Es una pena, porque es una mujer inteligente y no merece vivir esta situación.

Arturo Farela Gutiérrez habla despacio, quizá por temor a que lo escuchen. Es amable y franco. Dirige la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (Confraternice), y en las paredes y en su escritorio hay evidencia de su relación con varios presidentes mexicanos, desde Ernesto Zedillo hasta Andrés Manuel López Obrador. Con Margarita Zavala tiene una relación personal y asegura que la aprecia, que le da pena lo que vive con su marido, y por eso conversa con ella para consolarla cada vez que puede.

—Aclaro que del único que soy amigo personal es de Andrés Manuel. Con Felipe Calderón la relación no existe, no me quiere y apenas me saluda. Muchos pastores cristianos son víctimas de esta guerra, y le reclamé en público y en privado. Sufrimos persecución, extorsiones y asesinatos. Están asesinando a muchos jóvenes de los centros de rehabilitación contra las adicciones. Pero a Felipe Calderón no le importa y no nos atiende. Entonces llamo a Margarita, y ella sí se preocupa y actúa. Y aunque le digo lo que pienso de su marido, no se molesta, pues lo conoce bien. Se nota que ella tiene más poder que su marido, pero no puede contra su alcoholismo y su carácter. Su vida es muy triste, y eso que ya amenazó con abandonarlo…

Relata el pastor y menea la cabeza.

No es el único en afirmarlo durante este árido y demencial 2011; es el ocaso del sexenio, y en la calle el aire se respira espeso, contaminado.

«Margarita no es feliz», declaran sus amigas y los pocos que la frecuentan. «Ni siquiera se inscribió como senadora, una idea que daba vueltas en la cabeza de los candidatos del blanquiazul». Sí, es extraño en una militante de tiempo completo como ella, pero esta vez se negó y las razones son obvias.

«El futuro político de Felipe Calderón lejos del poder es una de sus mayores preocupaciones», agregan las amigas. «Tiene mucho miedo por sus hijos, más que por Felipe. Y le preocupan los juicios que pueden caer sobre su marido, con respecto a los miles de víctimas de la guerra. Lo que le pasa a Ernesto Zedillo es una mala señal».

El expresidente Ernesto Zedillo está acusado de genocidio en Estados Unidos, debido a las víctimas de la matanza de indígenas en Acteal, ocurrida durante su mandato.

—He decidido que aquí entramos juntos y de aquí salimos juntos. Estoy orgullosa de la manera valiente en que el presidente ha cumplido su función, y del amor y la pasión que puso. Orgullosa, lo sigo hasta el final —repite Margarita como un mantra.

Simuladora de sentimientos en público, Margarita sabe evadirse cuando le preguntan por su futuro político y el de su marido. Sus palabras suenan vagas y todo parece color de rosa, pero no lo es. En medio de la tragedia más atroz de la historia contemporánea de México, la realidad que construye suena poco creíble.

—Me preocupa que estemos todos juntos, más que el lugar adonde vamos a ir. Tenemos claro que debemos responder hasta el final y ya veremos.

—¿Qué le pasa cuando escucha críticas, cuando ve una caricatura o lee una opinión en contra? Porque están hablando del presidente, pero también de su esposo…

—Claro que duele, pero yo la verdad estoy orgullosísima de él. De que todos los días se levante pensando qué es lo mejor para México y ese compromiso lo veo a diario.

—Al presidente le toca lidiar con muchas críticas, pero a usted no tanto. De repente existe la visión de que usted es la buena de la película, ¿no cree?

—Bueno, a mí me toca una parte muy amable y la autoridad tiene siempre esos desgastes, y una, muchos menos. […] Yo siempre creo que la autoridad está para poner los rumbos. Y creo que él lo ha hecho lo mejor posible.

Aunque Pascal Beltrán del Río intenta indagar más y trata de buscarle la vuelta, Margarita Zavala no sale del libreto.

Defensora acérrima de la estrategia elegida para la lucha contra el crimen organizado, durante el sexenio dedicó su atención a los problemas de adicciones y a los centros de rehabilitación vinculados a los Orozco, los fundadores de Casa sobre la Roca, la organización cristiana de la ultraderecha del G12 o gobierno de los 12 apóstoles. Con una estructura piramidal en la captación rápida de adeptos a los que les exigen dinero a cambio de la «salvación del alma» y prácticas secretas de manipulación mental, llevada a cabo por neófitos a los que llaman «pastores», la organización presidida por los Orozco es una secta de estafadores.

Margarita y Felipe cayeron rendidos frente la prédica de la pareja y le dieron acceso al poder federal.

El plan «Nueva Vida», en el que Margarita invirtió muchas horas, es creación del pastor Alejandro Orozco Rubio, esposo de Rosi Orozco. El proyecto tiene 334 centros en México y es parte de la Iniciativa Mérida —símil del Plan Colombia, de Álvaro Uribe—, la cual nació en 2008, como respaldo de Estados Unidos a la guerra contra el narcotráfico. Los primeros días de febrero, el Departamento de Estado destinó a «Nueva Vida» 17 millones de dólares y nueve mil 500 equipos de alta tecnología.

Cuando algún periodista le pregunta a Margarita por la desprotección a las víctimas de la guerra que inició su marido, esquiva el tema y responde que el programa «Nueva Vida», de sus amigos predicadores, es la base más sólida de la estrategia. Porque la guerra, como dicen todos los calderonistas, es contra los «narcomenudistas» que «envenenan a nuestros jóvenes», y juran, además, que es una «tarea para muchos años, antes de que puedan palparse los resultados».

Es imposible imaginar dos estilos más antagónicos que el de Marta Sahagún y el de Margarita Zavala. Desde afuera, claro. La anterior amaba las cámaras y el despilfarro, y nunca se callaba. La segunda permaneció muda al lado de su marido, cultivó un bajo perfil y un aspecto recatado de maestra de escuela; es su sello personal, que por contraste con su antecesora agrada, pero a la vez engaña. Laboriosa y con una extensa militancia panista a cuestas, Margarita maneja los códigos secretos y las trampas de la política tradicional y, sobre todo, conoce como nadie los talones de Aquiles de su marido, y cómo manejar sus altibajos y debacles. Pero más allá de las diferencias, ambas coinciden en un punto: son las consortes de corazón azul que se instalaron en Los Pinos y quienes, por acción y omisión, marcaron la tónica de los 12 años de putrefacción y saqueo del dinero público por parte del Partido Acción Nacional.

Esposas y socias que aceptaron las corrupciones y abusos, las traiciones doctrinarias, las tragedias colectivas y la impunidad. Desde ese corazón azul, cerrado como un puño, dieron beneplácito a la confrontación que protagonizaron sus maridos contra los narcotraficantes, porque era la única opción para «salvar a México de las garras de los malos que no dejan vivir en paz a la gente bien», frase predilecta de Felipe Calderón, que Margarita hizo suya. Una batalla que en realidad ocultó las transas con los capos y dejó miles de víctimas inocentes.

Fueron cómplices y socias del engaño, de los pactos mafiosos y del crimen que marcaron los sexenios panistas, donde las ideas se enterraron, el fin justificó los medios y el dinero fue la bandera. Ninguna fue ajena a la catarata de desgracias que se abatió sobre el país.

Marta Sahagún fue el símbolo del enriquecimiento indebido. Exitosa lobista de los negociados de sus retoños, nunca le preocuparon los pobres, pero construyó una fundación de supuesta ayuda a los desprotegidos, misma que en realidad sirvió de tapadera de los enjuagues de la tribu. En el despoder, exhibió las riquezas mal habidas en las revistas del corazón; posó junto al exmandatario y, con total desparpajo, detalló los lujos del rancho de San Cristóbal, lo que desencadenó una investigación por enriquecimiento ilícito. Reina del bling —como llaman los franceses a las amantes de las joyas—, sus andanzas continuaron en el calderonato, con el consentimiento de sus sucesores.

Margarita Zavala, por otro lado, es conservadora y desdeña el hedonismo y la frivolidad; una católica ferviente y cercana al Opus Dei cuando era muy joven. Tuvo intenciones de convertirse en monja, aunque su padre la convenció de abandonar dicha idea. Abanderada en contra del aborto y de la pastilla del día después, asiste con frecuencia a rezar a la Basílica de Guadalupe. Sin embargo, ese catolicismo que abrazó desde niña convive con creencias religiosas de dudosa procedencia y oscuros objetivos.

Durante la campaña de 2006, trabó amistad con Rosi Orozco y Alejandro Orozco Rubio, predicadores de la secta Casa sobre la Roca y asesores espirituales de la pareja. Ambos se transformaron en los personajes que más influyeron en las políticas del dif, el cual ella dirigió, junto con otras áreas del gobierno.

Negociadora política sagaz y de decisiones rápidas, sabe que la construcción de un poder propio implica maniobras a largo plazo y capacidad para actuar con frialdad. Y Margarita es fría y paciente. Nadie la ha visto estallar por alguna bronca, pero dicen que sepulta a sus enemigos y enemigas con indiferencia y la mirada gélida. No usa joyas, ni ropa de marca. Es dueña de un estilo bohemio, en el cual no existen escotes, faldas cortas o tacones de aguja. Cabello lacio sobre los hombros, cara lavada, no le importa el mundo de la moda. Todo en ella es predecible: faldas largas, blusas de colores neutros, vestidos sueltos y el rebozo artesanal, mismos que colecciona como Marta coleccionaba joyas.

«Cuando uno representa a un país, no debe cambiar de personalidad, ni sus valores o creencias. Me enseñaron a ser auténtica y lo más transparente posible. Uno no tiene por qué cambiar por su cargo o por lo que tiene, sino valorar lo que es», repitió cordialmente en varias entrevistas que le realizaron.

Practica ejercicio, le gustan los deportes extremos y el futbol americano. No bebe alcohol —aunque a veces sí se toma un tequila—, no fuma, es buena madre, buena hija y mejor hermana. Además, se graduó de abogada con excelentes calificaciones. Menos el carácter fuerte, que pasa desapercibido hacia afuera, y una intimidad blindada, Margarita engaña a quienes no la conocen.

Márgara, como le dice su marido, parece ser la única cuya imagen sobrevive al hundimiento del Titanic. Misterios de la vida. Tal vez por eso algunos ciudadanos de a pie creen que es «más buena» que su marido, sobre el que colocan la lápida de piedra de los miles de muertos y desaparecidos. Sin embargo, ese rostro apacible esconde a una mujer fría y calculadora que puede ser despiadada contra quienes se interpongan en el camino de sus ambiciones. Y aunque ella pretenda diferenciarse en público, nunca fue ajena a las decisiones que tomó Felipe Calderón mientras fue presidente. Tampoco a las tragedias ni a la corrupción.

El 5 de junio de 2009 a las 14:55 horas, el cielo de Hermosillo se oscureció y todas las desdichas se precipitaron sobre una guardería de niños, ubicada en la humilde colonia Y Griega.

Incapacitada para resguardar a 176 menores de edad por sus condiciones miserables y su falta de prevención y control por parte del Estado, dicha guardería compartía un archivo de documentos con la Secretaría de Hacienda del Gobierno de Sonora. Aparentemente, un sistema de aire acondicionado se sobrecalentó, se fundió y cayó sobre una pila de papeles, lo que generó un incendio que se trasladó rápidamente a la estancia donde los niños dormían la siesta.

La construcción precaria con cielo raso de polietileno, sin puertas de emergencia, sin extinguidores de incendios y sin detectores de humo, se transformó en un escenario dantesco. Murieron 49 niños y los 106 que sobrevivieron quedaron con graves secuelas. Al día siguiente, el comunicado enviado desde Los Pinos decía:

Nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestras oraciones están con las familias que hoy están viviendo una terrible situación. Como mexicano, como padre de familia y como Presidente de la República estoy, verdaderamente, entristecido y consternado desde el momento en que me enteré de esta tragedia.

Ninguna palabra, ningún escrito presidencial podía llevar consuelo a los padres. Muchos niños murieron quemados y otros asfixiados; los bomberos que llegaron al lugar lloraban, vomitaban o se desmayaban por el impacto. Eran familias trabajadoras que, por necesidad y sin otra opción, dejaban a sus hijos en el parvulario.

A los pocos días, se reveló que Marcia Altagracia Gómez del Campo, prima de Margarita Zavala, era una de las dueñas de la guardería. Tiempo después, y gracias a su ayuda, Marcia fue exonerada de toda responsabilidad judicial por la tragedia. Sin culpa ni cargo de conciencia, Margarita movió los hilos del poder judicial y su parienta quedó liberada de un crimen, el peor de todos, el más injusto. Hasta hoy, la tragedia de la guardería ABC está impune y la pareja presidencial nunca pidió perdón a los padres.

Empaquetada en asbesto y con una sonrisa, Margarita Zavala comienza a recorrer el país. Como una golondrina, lleva en su haber miles y miles de kilómetros, mientras Felipe Calderón se encierra más y más adentro de los círculos del Estado Mayor Presidencial. No viaja por seguridad y por el profundo malestar social que despierta su presencia. Lo hace su consorte, como si con ello quisiera suavizar los derrapes de su marido, la insolidaridad, el doble discurso, las promesas incumplidas, la violencia de la guerra.

A pesar del desprestigio, su antecesora tiene un punto a su favor: su marido no ingresó a Los Pinos por la puerta de atrás. Vicente Fox ganó en buena ley y acabó con 71 años del tricolor. Aunque la ilusión duró un suspiro, estará en la historia como el mandatario que sacó al Partido Revolucionario Institucional de la residencia presidencial. Margarita no puede enarbolar esta bandera, y Felipe Calderón quedará registrado como el mandatario del sexenio de la muerte y del fraude.

La paz y la guerra

Llegó a Los Pinos con agenda propia y fue el poder detrás del trono, el que se refuerza en la intimidad con el conocimiento de las debilidades del otro y que sabe cuándo y cómo hacerlo valer a su favor. La dependencia psicológica del mandatario hacia ella es notable, y eso en la política puede ser un regalo. Con astucia, supo hacer gala de una imagen edulcorada que, en un país machista y misógino, se celebra: la mujer detrás del marido. Sumisa y calladita, «porque se ve más bonita».

Margarita Zavala nació el 25 de julio de 1967, en la Ciudad de México, en el seno de una familia conservadora y católica; es la menor de siete hermanos: Diego Hildebrando, Mercedes, Pablo, Juan Ignacio, Rafael y Mónica.

Doña Mercedes Gómez del Campo Martínez, su madre, es una figura que la marcó. Activista católica con antepasados cristeros, entrona y brava, es el pilar de la familia. Al igual que su hija y su yerno, doña Mercedes es abogada egresada de la Libre de Derecho; se exilió de San Luis Potosí después de que un periódico publicara un desplegado de su autoría en el que cuestionó severamente al gobernador Gonzalo N. Santos, un general autoritario y mafioso al servicio del PRI que mandaba asesinar a sus opositores con mano negra, un pistolero sanguinario que se hizo célebre por la frase: «La moral es un árbol que da moras».

Exconsejera del PAN y miembro activo de organizaciones católicas, en 2010 doña Mercedes publicó un libro titulado La oración y la cocina, en el que mezcló recetas culinarias con su religiosidad. Es, sin duda, la jefa del clan familiar.

Margarita lleva en los genes el carácter duro de madre. Y por aquello de que repetimos en la adultez lo que vivimos en la infancia, parece haber replicado dicha esencia matriarcal, convirtiéndose en el eje de su familia.

Diego Heriberto Zavala Pérez, el padre de Margarita, fue un abogado, catedrático de Derecho Civil en la Universidad Iberoamericana, la Universidad La Salle y la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal y miembro de la Barra Mexicana de Abogados. Panista de pura cepa, fue subcoordinador del grupo parlamentario en la LV Legislatura y candidato al Senado de la República por el Distrito Federal. Recibió una pensión mensual de 84 mil pesos desde 2006 hasta su fallecimiento en 2017, y en 2007 publicó el libro Derecho familiar, en el cual recalca «la importancia de la familia como base de la sociedad» y los «males del divorcio». Además de las ideas de derecha y la militancia en grupos católicos, compartió con su esposa la afición a las corridas de toros.

Tan conservadora como sus progenitores, Margarita Zavala ingresó a los 17 años a los cursos de adoctrinamiento del PAN. Y allí, según la biografía oficial repetida una y mil veces, conoció a Felipe Calderón, uno de los instructores. Él tenía 22 años, cinco más que ella, y pertenecía a una familia de clase media con dificultades económicas. Margarita, por el contrario, tenía un origen social más elevado.

Al principio, la familia Zavala-Gómez del Campo no recibió a Felipe con los brazos abiertos. «Tuvo que pelearla duro. No tenía dinero, no era güero, y además ellos esperaban un mejor partido para su hija. Esta situación afectó bastante a Felipe, sé que le resultó humillante. Por más esfuerzo que realizaba para caerle bien a sus suegros, ellos no lo querían», me dijo el exdirigente panista Jesús González Schmal en una entrevista para este libro, en 2011.

Dos años después de conocerse iniciaron su noviazgo. La historia rosa que han repetido hasta el cansancio se refleja con precisión en El hijo desobediente­, la autobiografía que escribió Felipe Calderón, durante la campaña presidencial de 2006.

Un hermoso sol de octubre enrojecía la tarde entre el cerro del Águila y el Tzirate, medianas cumbres que nos gustaba escalar en la prepa guiados por el padre Eliseo Albor, el director del Valladolid. Le dije a Margarita: «Yo te regalo un sol con pueblo». No conversamos mucho más, pero comenzamos a andar por ahí por diciembre. Seis años después, el 9 de enero de 1993, nos casamos en la iglesia de Santa María Reina.

«En esa relación, Margarita siempre fue la que mandó, la más fuerte, la de las grandes decisiones. Es inteligente, más inteligente que Felipe, y él le tenía temor», relata Manuel Espino. «No sé por qué, pero cuando estaba con Margarita, cambiaba. No gritaba, no madreaba. Ella lo miraba y el cambiaba el tono de voz. Y siempre estaba buscando la aprobación de ella. Si ella decía que no, él daba marcha atrás».