Opinión

Esto te va a doler · Adam Kay

Historias disparatadas de un médico residente.

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ADELANTOS EDITORIALES

Adam Kay ha hecho más por la salud que la mayoría de los médicos. Tras leer su libro, nadie va a volver a pisar una consulta", EL GRAN WYOMING.

Bienvenido al estimulante trabajo de médico: 97 horas a la semana y disponibilidad los 365 días del año. Bienvenido a un sunami de fluidos corporales compensados por unos ingresos económicos inferiores a los de un parquímetro. Di adiós a tus relaciones familiares, amorosas y a tus amistades. Bienvenido a tu vida como médico en prácticas.

Tras cinco años sin ejercer la medicina y dedicado a escribir series de comedia para televisión, Kay recibe un aviso del colegio de médicos comunicándole que le van a quitar la licencia. Aprovecha entonces para rescatar sus diarios de médico en prácticas y hacer un repaso a sus años en la sanidad pública.

El resultado es un tronchante diario no exento del mejor humor negro, lleno de anécdotas e historias protagonizadas por médicos, pacientes y administrativos asqueados y hartos. Una mirada irónica y desmitificadora de la vida en los hospitales que ha sido un fenómeno en Reino Unido y que pronto se convertirá en serie.

«Hilarante y desgarrador a partes iguales» The Times

«Tan divertido como políticamente incorrecto» The Independent

Fragmento del libro La gran grietaEl despertar de África, del autor Alex Perry  (Ariel), © 2019, Traducción: Joan Andreano Weyland. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Adam Kay estudió Medicina por consejo paterno y falta de iniciativa. Se licenció e hizo sus cinco años de prácticas en la sanidad pública inglesa. Finalmente, colgó la bata y se buscó la vida persiguiendo su sueño de ser humorista y guionista de televisión. Ha trabajado en las series Mitchell & Webb y Very British Problems, inéditas aún en España. Este es su primer libro y actualmente se encuentra trabajando en la adaptación a televisión.

Esto te va a doler | Adam Kay

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ESTO TE VA A DOLER

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RESIDENTE DE PRIMER AÑO

La decisión de trabajar en medicina es, básicamente, como cuando recibes un correo electrónico a principios de octubre  pidiéndote que  escojas los platillos  del menú para  la cena de la empresa en Navidad. Lo más seguro es que elijas el pollo, para curarte en salud, y es más que probable que todo salga bien. Pero ¿qué sucede si alguien comparte en Facebook  un video abominable sobre cría intensiva de pollos el día antes y ves cómo les arrancan el pescuezo en masa? ¿Y qué pasa si Morrisey muere en noviembre y, por respeto a él, le das la espalda a una vida que hasta entonces habías consagrado casi por entero a comer carne? ¿Qué ocurre si, de repente, se te declara una alergia mortal a las milanesas? A fin de cuentas, nadie sabe qué querrá cenar dentro de sesenta días.

Los médicos eligen su carrera universitaria antes de cumplir los dieciocho años, antes de tener siquiera la edad legal para  enviar  una  fotografía de sus propios  genitales por el celular. Cuando te sientas y te preparas para las pruebas de ingreso a la universidad, das el banderazo de salida a una trayectoria que continuará hasta que te jubiles o mueras.  Y, a diferencia de lo que  sucede  en la cena de Navidad de la empresa, nadie  te cambiará el pollo por sus brochetas de tofu: una vez que escoges, es para siempre.

A los diecisiete años, tus motivos para querer ser médico suelen  ir en la línea  de «Mi padre/mi madre  es médico»,

«Me gusta mucho Grey´s Anatomy» o «Quiero encontrar una cura para el cáncer». Los motivos uno y dos son ridículos, y el tercero, muy loable, sería maravilloso si no fuera porque eso lo hacen los científicos  que  se dedican a la investigación, no los médicos que visitan pacientes. Además, tomarle la palabra a alguien de esa edad es un poco injusto, comparable a considerar documento legalmente vinculante el dibujo  de

«Quiero ser astronauta» que hiciste a los cinco años.

Por lo que a mí respecta, no recuerdo haber tomado nunca la decisión de estudiar medicina. Fue más bien la configuración por defecto de mi vida, como el tono de llamada  de las marimbas en el celular  o la foto de archivo de una cordillera en el fondo de pantalla de la computa- dora. Me crié en el seno de una familia judía (aunque, en realidad, a la mayoría de nosotros lo único que nos interesaba de la tradición judía era su gastronomía), estudié  en una de esas escuelas que, en esencia, es una especie de máquina de producir médicos, abogados y ministros  como churros, y mi padre era médico.  Tenía todas las bases.

Como las facultades  de Medicina reciben diez veces más solicitudes que las plazas que ofertan, todos los candidatos deben someterse a una entrevista, y solo los que salen airosos frente al jurado obtienen una plaza. Se da por sentado que todos los aspirantes tienen unas calificaciones elevadas, por lo que las universidades basan sus decisiones en criterios no académicos. Y tiene sentido: un médico debe estar psicológicamente preparado para desempeñar su trabajo, debe ser capaz de tomar  decisiones  bajo una presión aterradora, de dar malas noticias a parientes angustiados y de lidiar con la muer- te en su día a día. Y también debe tener algo que ni se aprende de memoria ni puede evaluarse: un buen médico debe tener un corazón inmenso y una aorta dilatada que bombee un inmenso flujo de compasión, amabilidad y empatía humana.

Al menos eso es lo que se podría pensar. Pero, en realidad, a las facultades de Medicina todo esto les importa un bledo. Ni siquiera comprueban si te mareas cuando ves sangre. En lugar  de eso, se centran en tus actividades  extraescolares. Su alumno ideal ha sido capitán  de dos equipos de deporte, campeón de natación de su municipio, director de la orquesta de jóvenes y del periódico de su instituto. Se trata, pues, de un concurso de popularidad en el que el premio final no es una banda ni una corona. Al buscar el nombre de cualquier médico  famoso en la Wikipedia encontramos cosas como: «Demostró ser un excelente jugador de rugby en las ligas juveniles. Destacó como corredor y, en su último año de carrera, fue cocapitán del equipo de atletismo». Esta descripción en concreto corresponde a Harold Shipman, acusado de matar a 218 pacientes y conocido por ser uno de los peores  asesinos en serie de la historia  moderna, así que quizá el sistema no sea demasiado fiable.

El caso es que el Imperial College de Londres tomó en consideración el que yo cursara  octavo nivel de piano  y saxofón,  así  como  algunas  reseñas  de  teatro  un  poco burdas  que había  redactado para la revista del instituto, y decidió que aquello me cualificaba a la perfección para pasarme  la vida en hospitales.  De manera que en 1998 hice las maletas y me embarqué en un traicionero viaje de diez kilómetros de Dulwich a South Kensington.

Como es fácil imaginar, aprenderse hasta el último detalle de la anatomía y la fisiología del cuerpo humano, así como todos sus posibles fallos y afecciones,  es una empresa descomunal. Pero  la emoción de saber  que  algún  día sería médico, algo tan trascendental que, literalmente, te cambia el nombre, como si fueras un superhéroe o un delincuente internacional, me impulsó  hacia mi objetivo durante  aquellos seis largos años.

Y allí estaba yo, convertido en un residente de primer año. De haber acudido a Saber y ganar y haber escogido  la especialidad de «cuerpo humano», habría  sido imbatible. En casa se habrían puesto todos como locos y le habrían gritado  a la pantalla por haber escogido un tema demasiado amplio y no haberme decantado por algo como «arterioesclerosis»  o «juanetes».  Pero se habrían equivocado: le habría  atinado.

Había llegado por fin el momento de lanzarme a la palestra, armado con todos aquellos conocimientos exhaustivos, y poner en práctica  la teoría. Me moría  de ganas. De ahí que me cayera como  un balde  de agua fría descubrir que me había pasado la cuarta parte de mi vida en la Facultad de Medicina y no estaba ni remotamente preparado para la existencia del doctor Jekyll y míster Hyde que llevan todos los médicos internos.

Durante el día el trabajo era llevadero, aunque resultaba aburrido y consumía una cantidad de tiempo demencial. Cada mañana te presentabas para la «ronda de visitas», donde el equipo médico  examinaba sin prisas a cada uno de los pacientes que  tenía  asignados. Te colocabas  en fi- la detrás  del médico,  como un patito  hipnotizado, asomabas la cabeza por uno de los lados, sin molestar,  y anotabas todo lo que decían los médicos  tutores: reservar hora  para una resonancia magnética, canalizar a un paciente a reumatología  o preparar un electrocardiograma. Luego te pasabas el resto de la jornada laboral (y normalmente un par de horas extra que nadie te pagaba) realizando docenas o, en ocasiones, centenares de tareas adicionales, como llenar formularios y hacer  llamadas  telefónicas. En esencia,  era una  secretaria con ínfulas, que en realidad no era para lo que yo me había formado, pero bueno.

Por su parte, los turnos de noche lograron que el infierno de Dante pareciera Disneylandia: una pesadilla implacable que me hizo lamentar haber pensado alguna vez que mi educación estaba siendo infrautilizada. Por la noche, los médicos internos residentes reciben un localizador y asumen la responsabilidad de todos los pacientes del hospital.

¡De todos y cada uno de ellos! En el turno de noche los in- ternos residentes de categoría superior y los especialistas están en urgencias examinando pacientes e ingresándolos, mientras los internos se encargan del hospital  y dirigen so- los el barco,  un barco  inmenso en el que se ha prendido fuego y que, en realidad, nadie les ha enseñado a capitanear. Te formaron para examinar el sistema cardiovascular del paciente, para conocer la fisiología de los vasos coronarios... pero ser capaz de detectar todos los síntomas y las señales de un ataque al corazón es muy distinto  de gestionar uno la primera vez que te enfrentas a la situación.

El localizador te manda de sala en sala, de enfermero en enfermero, de urgencia en urgencia. No se acaba nunca, no deja de sonar en toda la noche. Tus colegas más experimentados están atendiendo pacientes en urgencias, con problemas concretos como neumonías o piernas  fracturadas. Tus pacientes presentan urgencias similares, pero, además, ya están hospitalizados, lo que significa que antes de eso ya les pasaba algo. Te enfrentas a una ensalada variada de síntomas, aliñada  con afecciones  y servida sobre un lecho de enfermedades. Así, acabas con un paciente con neumonía al que hospitalizaron por una falla renal o con un paciente que se rompió la pierna al caerse de la cama mientras tenía  un ataque epiléptico. Te conviertes en un departamento de urgencias unipersonal, móvil y sin formación suficiente, empapado en fluidos corporales (y no de los divertidos), obligado a revisar un torrente infinito de pacientes con enfermedades graves que doce horas antes tenían a todo  un equipo médico  ocupándose de ellos. Y de repente darías un ojo por ser un ejecutivo con una jornada de dieciséis horas o, lo ideal, por tener un empleo intermedio que no esté ni muy por debajo ni muy por encima de tus capacidades.

O te hundes o sales a flote, y tienes que aprender a nadar porque, de lo contrario, una tonelada de pacientes naufragarán contigo. Yo, en realidad, lo encontraba perversamente estimulante. Por supuesto que había que trabajar duro, que el horario rayaba lo inhumano y que vi cosas que siguen  lacerándome la retina  hoy en día, pero era médico.

Martes, 3 de agosto de 2004

Día uno. H* me preparó un tupper para mediodía. Tengo un estetoscopio** nuevo, una camisa nueva y una dirección de correo electrónico nueva: atom.kay@nhs.net. ¿Atom? Me reconforta saber que, al margen de lo que suceda hoy, nadie podrá acusarme de ser la persona más incompetente del hospital. Porque, en caso de serlo, siempre puedo echarle la culpa al tal Atom Kay.

*H me padece como  pareja  desde  hace  seis meses. No se preocupen,  no voy a obligar  a nadie  a memorizar una  infinidad de nombres de personajes. Esto no es Juego de tronos.

**Estoy más que dispuesto a explicar la terminología médica a medida que vaya apareciendo, pero, si alguien  no  sabe  lo que  es un estetoscopio, quizá será mejor que le regale este libro a otra persona.

Saboreo el potencial de esta anécdota para romper el hielo,  pero  más tarde,  en  el bar,  mi amiga  Amanda  la supera con creces. Amanda se apellida Saunders-Vest y escribieron su nombre como si «guion» formara parte  de su apellido, de manera que su dirección de correo electrónico es amanda.saundersguionvest@nhs.net.

Miércoles, 18 de agosto de 2004

El paciente OM es un técnico  de calefacciones jubilado  de setenta años, vecino de Stoke-on-Trent. Pero esta noche, señoras  y señores,  va a convertirse en un profesor alemán excéntrico con un acento poco convincente. Y no solo esta noche, sino también las mañanas, las tardes y todos los días que pase hospitalizado, debido a la demencia que padece, exacerbada por una infección del tracto urinario***.

***A las personas mayores las infecciones del tracto urinario, o cualquier tipo de septicemia leve, les hace perder un poco la razón.

La rutina preferida del profesor OM es perseguirnos durante la ronda de visitas por el hospital  con su camisón de  enfermo del  revés, como  si fuera  un  abrigo  blanco (y con poca ropa interior, por si a alguien  se le antoja una salchicha para desayunar), e intervenir con un: «¡En efecto!», un: «¡Correcto!» o alguno  que otro: «¡Es usted un genio!» cuando un médico  dice algo.

Durante las rondas  de los especialistas y de los médicos adjuntos lo acompaño a su cama de inmediato y me aseguro de que el personal de enfermería lo mantenga arropado durante un par de horas.  Pero en mis rondas  en solitario dejo que se me pegue  como una lapa. No tengo  muy claro lo que estoy haciendo y, aunque lo tenga, no acabo de con- fiar en mí, de manera que me viene bien contar con un animador alemán entrado en años que vocifera a mis espaldas «¡Brillante!» de vez en cuando.

Hoy se dio un  buen  golpe,  así que,  por  desgracia,  he tenido que retirarlo del servicio activo.

Lunes, 30 de agosto de 2004

La cantidad de anécdotas sobre pacientes que recopilamos compensa la falta de tiempo libre. Hoy, en la leonera****, a la hora de comer, estuvimos intercambiando anécdotas sobre «síntomas» sin sentido que nos han explicado los pacientes. Entre  todos, en las últimas pocas semanas,  vimos a pacientes a quienes les picaban los dientes, pacientes que experimentaron una repentina «mejora» de la audición y pacientes que experimentaron dolor  en un brazo durante la micción. Cada caso provoca su correspondiente oleada de carcajadas  educadas, como el discurso de un dignatario lo- cal en una ceremonia de graduación. Cada comensal comparte su versión de las historias de fantasmas que se cuentan alrededor de las hogueras en los campamentos hasta que le llega el turno a Seamus. Él nos cuenta que atendió a una persona en urgencias esa misma mañana que creía que solo sudaba por la mitad de la cara.

****Con «leonera» me refiero a la zona común acondicionada con unos cuantos sofás y una mesa de billar hecha polvo.

Se recuesta a la espera de que todos nos doblemos de risa, pero lo único que se oye es silencio. Entonces, casi todos decimos al unísono: «¿Tenía síndrome de Horner?» Seamus nunca ha oído  hablar  de ese síntoma y, lo que es más importante: desconoce que suele indicar la existencia de un tumor en el pulmón. Echa hacia atrás su silla con un chirrido que nos rasga los oídos y sale disparado a hacer una llamada  telefónica para pedirle al paciente que regrese al hospital.  Me acabo su chocolate.

Viernes, 10 de septiembre de 2004

Me percato de que las gráficas de observación de todos los pacientes del piso indican sesenta pulsaciones por minuto. Decido  comprobar discretamente la técnica  de medición del enfermero: les toma el pulso a los pacientes mientras mira el reloj y cuenta religiosamente el número de segundos por minuto.

Domingo, 17 de octubre de 2004

Tengo que reconocerme un mérito: no entré en pánico cuando el paciente al que estaba explorando en el consultorio se puso a expulsar de repente una cantidad ingente de sangre por la boca y sobre mi camisa. Pero ahí concluye mi mérito, porque no tenía la menor idea de qué hacer. Le pedí a la enfermera más cercana que fuera en busca de Hugo, mi tutor, que estaba en la sala contigua y, mientras tanto, le puse una Venflon al paciente y le administré unos cuantos fluidos. Hugo  llegó antes de que me diera tiempo de hacer nada más, l0 cual fue de suma utilidad porque, llegados a ese punto, se me habían agotado las ideas. ¿Buscar la llave de  paso del paciente? ¿Meterle montones de papel  de cocina por el cuello? ¿Añadirle  unos crutones y afirmar  que  era  gazpacho?

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