Opinión

Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia • Jorge G. Castañeda

Una obra clave para entender a ese país en un momento crítico de su historia.

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ADELANTOS EDITORIALES

Termina la segunda década del siglo XXI y la cultura estadounidense es globalmente omnipresente, lo mismo que su injerencia política. Estados Unidos es la primera economía del mundo, la principal potencia militar y el país líder en innovación tecnológica. ¿Cómo es posible que un país tan relativamente joven se haya vuelto así de dominante? ¿Por qué es tan excepcional la trayectoria de Estados Unidos? ¿O... lo es realmente?

En este libro, Jorge G. Castañeda presenta una revisión analítica e intuitiva de su experiencia en el país durante el último medio siglo y deja claro por qué los extranjeros pueden ayudar a desentrañar la verdadera naturaleza de Estados Unidos. Basado en su experiencia directa y en un amplio conocimiento de las más diversas fuentes, Castañeda examina los aspectos fundamentales de la historia y la cultura estadounidenses, tanto los luminosos como los problemáticos: el surgimiento de la primera clase media del mundo, la democracia y sus descontentos, el sincretismo cultural, el humor autocrítico, el genio innovador, la hipocresía de sus políticas migratorias y antidrogas, la pena de muerte, el racismo, la religión y el diseño inteligente.

Pensado y escrito originalmente para el público estadounidense, este libro ofrece una radiografía y, a la vez, una pintura de paisaje de Estados Unidos, una obra clave para entender a ese país en un momento crítico de su historia.

Fragmento del libro "Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia", de Jorge G. Castañeda. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Jorge G. Castañeda nació en la ciudad de México en 1953. Destacada figura del ámbito público mexicano, fue secretario de Relaciones Exteriores de México (2000-2003) y buscó convertirse en candidato independiente a la Presidencia de la República. Por más de 25 años ha sido profesor en la UNAM, y actualmente es catedrático en la Universidad de Nueva York. También es articulista.

Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia | Jorge G. Castañeda

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia de Jorge G. Castañeda

1

En Estados Unidos todo es lo mismo: la primera clase media del mundo

Muchos de los estereotipos actuales sobre la uniformidad de Estados Unidos nacieron hace casi dos siglos. Veamos, por ejemplo, lo que dijo Dickens: “La gente también se parece toda. No hay diversidad de ca­rácter. Se dedican a los mismos mandados, dicen y hacen las mismas cosas exactamente de la misma manera”. Esto nos dice más de Dickens y de otros extranjeros que estaban descubriendo Estados Unidos a principios del siglo XIX que de los norteamericanos a quienes conocie­ron. Pero también resalta cuántos de esos juicios siguen vigentes.

En 2015, el New York Times contrató a Karl Ove Knausgård, el autor noruego de Mi lucha —obra monumental tanto en volumen como en ventas—, para escribir lo que el periódico seguramente es­peraba que fuera un reportaje de viaje original, en dos partes. Por supuesto,­ estaba muy bien escrito, pero repetía las reflexiones de costumbre: “Yo nunca había entendido cómo un país que celebrara al individuo pudiera aniquilar todas las diferencias como lo hacía éste...

Lo más impresionante de Estados Unidos es que ahí todo es lo mismo, que en todos lados hay los mismos hoteles, los mismos restaurantes, las mismas tiendas”.

Dickens y el autor de Mi lucha no lo señalaban como una crítica, ni siquiera estaban siendo condescendientes. Como tampoco Lord Bryce, el embajador británico ante la Casa Blanca hacia finales del siglo XIX, cuyo libro de más de dos mil páginas, La república norteamericana, guía a sus lectores por una detallada reseña de todo lo que alguien querría saber sobre Estados Unidos: “Pero la uniformidad del país, que el visitante europeo empieza a notar cuando lleva uno o dos meses de viaje, es el rasgo al que los ingleses que llevan mucho tiempo viviendo allá, y los estadounidenses que están familiarizados con Europa, se refieren con más frecuencia”.

En realidad, éstos y otros observadores no hablaban de uniformidad, sino de la primera e incipiente sociedad de clase media del mundo. A los extranjeros, Estados Unidos les resultaba uniforme y sus habitantes, “todos iguales”, porque lo que veían era una sociedad de clase media que no existía en sus países. No podían ver la extraordinaria diversidad que ya tenía y sigue teniendo, o no la buscaron con el suficiente celo.

Hay pocos lugares en el mundo tan diversos como el metro de Nueva York. En otoño, yo viajo por las líneas de Manhattan varias veces a la semana. ¿Cómo puede alguien decir que todo es lo mismo en el Expreso de la Octava Avenida o en el tren local de la Avenida Lexington? De hecho, es muy fácil, pero de forma positiva. Todo mundo está a bordo: el ejecutivo de Park Avenue (aunque sean pocos), el escritor del Upper West Side, el albañil mexicano, la joven afroamericana que va a Hunter College, la asiaticoamericana que va de regreso a Queens. En hora pico, por la mañana o por la tarde, todos van o vuelven del trabajo.

Todos pagan la misma tarifa —semanal o por viaje—, abarrotan los mismos vagones destartalados, permiten el libre cierre de las mismas puertas, usan prácticamente la misma ropa, sobre todo en invierno. Todos traen un iPhone en la mano y audífonos colgándoles del cuello, y evitan a toda costa hacer contacto visual. Mis compañe­ros de metro me resultan iguales en su situación, y tremendamente diversos en su color de piel, edad, estilo de vida y puntuación en el índice de felicidad que se publica cada año en todo el mundo. Los diferentes, los otros son los desempleados, los que no se pueden comprar una tarjeta del metro, los que sufren el frío en invierno y se sofocan en verano, sin tener a dónde ir. Tal vez ésa sea una mejor manera de entender los comentarios que hacen los extranjeros sobre la uniformidad de Estados Unidos. Todos en el tren poseen un rasgo común que eclipsa su diversidad subsidiaria: todos toman el metro. Son iguales que sus compañeros de metro o de tren elevado en el resto del país: en las demás megalópolis costeras o cosmopolitas, o en otras partes del gran territorio entre ambas costas.

La primera clase media de la historia

Los visitantes extranjeros de ahora llegan a conclusiones similares a las de sus predecesores, pero con un tono más agresivo y desdeñoso. Quizás, al igual que a Dickens y Tocqueville (quien dijo que en Esta­dos Unidos “la sociedad entera no forma sino una sola masa”), se les escapa una de las características principales que distingue a ese país: una singularidad que sólo se vuelve evidente cuando lo comparan sus propios países.

Tal vez el primer visitante extranjero en plasmar sus opiniones en papel fuera el explorador francés J. Hector St. John de Crèvecœur. En 1782, escribió: “[La sociedad estadounidense], a diferencia de la europea, no está compuesta de grandes señores que lo poseen todo y una gran manada de desposeídos... Los ricos y los pobres no están tan alejados entre sí como en Europa”.

Debido a su pasado colonial; a la frontera oeste que les ofrecía una infinita cantidad de tierra disponible para los asentamientos; a lo que algunos autores recientes han llamado la “Constitución de Clase Media”, y a un carácter nacional que contribuyó a esta configuración inimitable a la vez que surgía de ella, Estados Unidos nació como una sociedad distinta. Distinta de otras colonias, distinta de los colonizadores europeos, distinta de las antiguas civilizaciones asiáticas, africanas y americanas.

Durante sus primeros doscientos años como nación independiente, Estados Unidos evolucionó como una sociedad en la que sus ciudadanos tenían muchas cosas en común, con diferencias de clase menores que en Europa o en otras excolonias. Hace poco, dos economistas re­construyeron los coeficientes de Gini —la medida de desigualdad más común, en la que 0.0 designa una igualdad perfecta, y 1.0, la desigualdad total— para las Trece Colonias en 1774. Descubrieron que la sociedad del siglo XVIII era menos desigual —incluso tomando en cuenta la esclavitud— que su equivalente en 2012. Excluyendo a los esclavos, y antes de impuestos y de transferencias, Estados Unidos sólo logró un nivel comparable de igualdad al de 1774... en 1982, justo después de la llegada de Ronald Reagan al poder.

Estas aproximaciones deben tomarse en cuenta con reservas. Bryce exageró al declarar que el comentario de Tocqueville de que los es­tadounidenses nacían iguales no estaba muy lejos de la verdad. Según un cálculo, para 1831, la mitad de la propiedad privada en Estados Unidos estaba en manos de tan sólo 4% de la población. Extraña­mente, el inglés reflexionó que: “Hace sesenta años, no había grandes fortunas en Estados Unidos, pocas fortunas considerables, nada de pobreza”. No era cierto. Es obvio que pasó por alto a los más de dos millones de esclavos, equivalentes, en ese entonces, a una quinta parte de la población. Al inicio de la Guerra de Secesión, la cantidad de es­clavos había alcanzado los cuatro millones, o aproximadamente una octava parte de una población de 31 millones.

Con o sin hipérbole, la mayoría de los observadores desde en­tonces le han atribuido esa virtud original, real aunque matizable, a la infinita disponibilidad de tierra que les brindaba la vastedad y la constante ampliación de la frontera oeste, y al estatus legal de la ex­pansión resultante, incluso antes de la Ley de Asentamientos Rurales de 1862. Las colonias eran igualitarias si uno descartaba a las personas que no eran iguales. Al examinar los padrones electorales antes de la Independencia, por ejemplo, cuando la propiedad estaba muy ligada a los derechos electorales, justo después de la Guerra Franco-Indígena (1756-63), es notorio que dos tercios de los varones blancos tenían derecho a votar. En Inglaterra, en ese entonces, sólo 20% podía ha­cerlo. Las colonias eran mucho más igualitarias que el colonizador, siempre y cuando se excluyera a los esclavos y a los nativos america­nos del cálculo, lo que, por supuesto, resulta aberrante.

Igualdad, pero no para todos

El contraste con las naciones independientes que surgieron en la Amé­rica hispana y portuguesa apenas unas décadas después de la inde­pendencia estadounidense fue drástico. Esas sociedades eran, y siguen siendo, de las más desiguales del mundo. La marcada diferencia entre ricos y pobres, notada en México por el gran explorador alemán Alexander von Humboldt en una fecha tan temprana como 1810, nunca fue tan visible en Estados Unidos. Esto se debió en parte a que no era tan flagrante, pero también a varios espejismos constituciona­les, legislativos y políticos. Las Trece Colonias originales, y sus adi­ciones durante la primera parte del siglo XIX, lo lograron excluyendo de la ciudadanía (en su sentido ateniense) a todas las personas que fueran distintas.

Existían menos diferencias entre los varones blancos en el Esta­dos Unidos decimonónico que en el Viejo Mundo o en los países latinoamericanos, precisamente porque habían hecho a un lado a los otros. Además de los esclavos, la Unión contaba con una pobla­ción diversa o heterogénea de nativos americanos, que fue destrui­da de una forma u otra; con blancos pobres, que terminaron como trabajadores no abonados; con migrantes recién llegados, que eran acomodados de inmediato hasta el fondo de la escalera social, y con mujeres y ciudadanos sin propiedades, que no tenían derecho al voto.

La Constitución no establecía requerimientos de propiedad para el sufragio, pero muchos estados, sí. En ese entonces, al igual que ahora, a excepción de las reformas de mediados de la década de 1960, los estados eran los que determinaban las reglas electorales. A princi­pios del siglo XIX, trece de los dieciséis estados existentes restringían el derecho al voto a los propietarios o a los contribuyentes, aunque casi todas las restricciones específicas fueron abolidas pronto y la ma­yoría de los varones blancos obtuvieron permiso de votar.

Después de la Emancipación vinieron la segregación, mayor in­ migración y cada vez más acceso a la ciudadanía: el derecho al voto, a ser funcionario público, a la propiedad, a la educación pública expan­dida, pero, de nuevo, con nuevas formas de exclusión. Hasta la Gran Migración Afroamericana de la primera mitad del siglo XX, las ciu­dades del norte eran bastante similares entre sí, porque las diferencias se hallaban en el sur. Incluso después de la Primera Guerra Mundial y la entrada masiva de mexicanos, los centros urbanos de California y Texas seguían siendo todos iguales, porque las diferencias se ubicaban en el campo. Sólo podían presenciarse en campamentos rurales aparta­dos o en los guetos urbanos. De vez en cuando, ya que había termi­ nado la Primera Guerra Mundial o durante la Operación Espaldas Mojadas, en los años cincuenta, enviaban a las diferencias de regreso a México. Las deportaciones masivas solían incluir a ciudadanos esta­dounidenses que parecían mexicanos, en gran parte porque sus padres sí lo eran.

Los visitantes de ese entonces experimentaron la misma sensa­ción que los de hoy en día. Estados Unidos parecía estar más cerca que ningún otro lugar en el mundo de una sociedad sin clases. El consumo, la vivienda, la escolaridad, los espacios públicos, la educa­ción superior, el deporte, la cultura y la comunicación: todo era de masas y ésta era la norma, en contraste con una Europa altamente diferenciada. Las memorias de León Trotski de los meses que pasó en Nueva York antes de la Revolución rusa son sintomáticas: “Rentamos un departamento en un distrito obrero, y lo amueblamos por cuotas. Ese departamento, a 18 dólares al mes, estaba equipado con toda suerte de facilidades a las que los europeos no estábamos acostumbrados: luz eléctrica, estufa de gas, baño, teléfono, elevador auto­mático e incluso un ducto de basura”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los exitosísimos Estados de bienestar del Viejo Mundo crearon sociedades cada vez más igualitarias, lo que incrementó su propia impresión de uniformidad, aunque sin la movilidad social que Estados Unidos disfrutó hasta la década de 1980. Pero si las impresiones de la homogeneidad esta­dounidense­ eran importantes y hasta cierto punto válidas, todas provenían y dependían de una condición indispensable: aquéllo que las confirmaba, e ignorara o descartara todo lo demás. Eso les permi­tía a todos enfatizar la naturaleza sin clases de la sociedad estadouni­dense. Setenta y cinco años después, el novelista Anurag Mathur, de Mumbai, se sintió tan impresionado como Trotski: “La tarea de vi­vir se volvía fácil, así que podías hacer más que sobrevivir. ¡Por los dioses, hasta los teléfonos funcionaban! La comida, la bebida, el transporte, la comunicación, la vivienda, la ropa, todo lo esencial era barato y fácil”.

Sólo resultaba preciso concentrarse exclusivamente en los centros comerciales, o en los Levittowns, y en las similitudes de vestimenta, lenguaje, recreación, lugar de trabajo y producción y disfrute cul­turales. Para que las casas de Levitt se construyeran rápido —180 a la semana, cuando empezaron a las afueras de Manhattan— era indis­pensable construirlas iguales. Todos los que trabajaban en una línea de ensamblaje taylorizada en las plantas de Michigan de Henry Ford a partir de 1914 eran idénticos entre sí, y todos (tarde o temprano) podían comprarse Modelos T idénticos. Pero si un observador diri­ gía la mirada hacia otro lado (más allá de lo más obvio y visible), esos estadounidenses que había en la Calle Principal, que parecían salidos de la serie de comedia clásica Leave it to Beaver, eran lamentablemente distintos de los peones —negros y blancos— del sur durante la pri­ mera mitad del siglo XX, o de los habitantes de los barrios marginales afroamericanos o latinos de los sesenta y de hoy en día.

Por la manera en la que funcionan las economías de mercado, los europeos, que hasta los años cincuenta en buena medida descono­cían la existencia de minorías étnicas, raciales o incluso lingüísticas concentradas en burbujas de pobreza, se verían obligados con el paso de los años a introducir migrantes del extranjero a sus sociedades. El capitalismo exige esas burbujas, o lo que Marx llamaba el ejército in­dustrial de reserva. A largo plazo, su existencia es indispensable para el sistema económico. Al principio fueron los italianos, luego los turcos y yugoslavos, después los españoles y portugueses, los habitantes árabes del Magreb, los pobladores de Asia meridional y el Caribe, y al final los del África subsahariana: todos replicaron parcialmente el sistema estadounidense. Para fines del siglo XX, la mayoría de los países ricos del mundo, a excepción de Japón, presumían una configuración social similar. Ésta combinaba la igualdad relativa de la clase media —en su mayoría de tez clara y una fe cristiana bien arraigada— con la desigualdad modesta o brutal entre las minorías racializadas, religiosas, de otras nacionalidades o situaciones jurídicas.

Superficialmente, el statu quo en Estados Unidos se asemejaba al de Europa occidental. De hecho, divergía de él de manera radical, y eso debería animar a los estadounidenses a apreciar su fortuna. Idealmente, ningún país excluiría del bienestar general a una quinta o cuarta parte de su población. Pero si esa desgracia es un elemento inamovible de las sociedades capitalistas modernas, es mejor la opción norteamericana, con todos sus defectos (excluir a estadouniden­ses que algún día pueden ser incluidos) que la europea (excluir a los extranjeros que nunca serán incluidos; los argelinos en Francia desde principios de los sesenta, los indios en Gran Bretaña y una cantidad reducida de turcos en Alemania a partir del cambio de siglo son ex­cepciones).

Estados Unidos, uno de los países ricos más jóvenes del mundo, incluye, en su población afroamericana, a una de las minorías exclui­ das más añejas del mundo, descendiente de la esclavitud del siglo XVII. También es una de las minorías que menos diferencias sufre respecto al resto de los habitantes, pues, a pesar de la discriminación, com­ prende exclusivamente a ciudadanos norteamericanos. Las caracterís­ticas de esa minoría, en contraste con Europa, son más diversas que distintas, en el sentido jurídico, religioso y cultural de la palabra.

Sin importar lo que hayan notado una miríada de autores extranjeros, Estados Unidos es, junto con la India, Brasil y la República Democrática del Congo, el país más diverso del mundo: social, regional, étnica, lingüística y culturalmente. También es paradigmá­tica la sociedad de clase media. Actualmente lo es menos que antes, pero lo ha sido durante un periodo más largo que cualquier otra, y fue la primera en su tipo.

De cualquier manera, sigue dando la impresión de uniformidad geográfica, de monotonía física, de franjas interminables e ininte­­rrumpidas­ de desierto, montañas, planicies y ríos. Jean Baudrillard, el reconocido sociólogo francés que cumplió con su peregrinación ne­cesaria a Estados Unidos en los años ochenta, dio en el clavo: “Re­corre diez mil millas en coche por las carreteras de Estados Unidos y sabrás más de este país que con todos los institutos de ciencias socia­les juntos”. Por otro lado, junto con Nabókov, el novelista indio Mathur es nuestro tercer extranjero en concentrarse en los coches, los estadounidenses y la distancia:

El coche en el que se movían [sus amigos de la universidad] parecía un mundillo propio, que corría en silencio por la noche. No había traque­teo en el motor, ninguna ráfaga de aire exterior se abría paso violenta y victoriosamente por huecos diminutos. Empezó a sentir los oídos entumidos por ese silencio al que no estaba acostumbrado.

A diferencia de la obsesión que sintió Tocqueville por la uniformidad del país que empezó a recorrer en 1831, Baudrillard percibió que todo en Estados Unidos tendía a la igualdad, pero también a la au­tenticidad y la diversidad. Poseer y administrar adecuadamente esos dos atributos a veces contradictorios no es tarea fácil. Han transcu­rrido dos décadas del siglo XXI y muchos estadounidenses se pregun­tan si la meta sigue siendo alcanzable, o si los logros anteriores del país son sostenibles. Las cifras son incómodas. Vale la pena interpo­ner aquí un vistazo a los motivos de su preocupación, y por qué ésta se justifica, por lo menos en lo que respecta a mantener altos niveles de igualdad, sobre todo porque parece haber una correlación entre países más igualitarios y países más felices.

Según una medida basada en el coeficiente de Gini y antes de impuestos, el año de mayor desigualdad de ingresos en la sociedad estadounidense durante el siglo XXI y hasta el principio del xxi fue 1930, cuando empezó la Gran Depresión. Ese momento también fue el peor desde el punto de vista de la desigualdad de riqueza. Antes de eso, la situación no se antojaba desastrosa. El final de la Primera Guerra Mundial trajo consigo una redistribución de ingresos y ri­queza que de alguna manera corrigió los excesos de finales del siglo XIX.

A partir de 1930, las cosas mejoraron hasta 1970, año que, junto con 1945, fue el de mayor igualdad en Estados Unidos. Para 1975, la desigualdad antes de impuestos empezó a crecer, y casi llegó a los niveles de la Gran Depresión en 2009, el año de la Gran Recesión. Esa evolución tiende a confirmar la tesis del economista Thomas Piketty, según la cual la desigualdad es el estado normal del capitalismo moderno, excepto cuando los conflictos bélicos (Primera y Segunda Guerras Mundiales) o la recesión (1929 y años subsiguientes) destru­yen grandes tajos de riqueza.

Si durante la primera mitad del siglo XIX todo y todos les pare­cían iguales a los extranjeros curiosos, hoy en día, la impresión es mucho más fuerte y está más justificada, al menos en la superficie. La acentuada naturaleza masiva de prácticamente todo en Estados Uni­dos durante los años que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial causó inevitablemente la banalidad de lo cotidiano. La mayoría de los bienes y servicios de consumo se volvieron disponibles para toda la población. Disponibles, se entiende, para todos los ciudadanos incluidos, tal como los definimos antes. En los años cincuenta y sesenta, por ejemplo, no se encontraban al alcance de los negros de Mississi­ ppi, ni de quienes vivían en los multifamiliares de Chicago, ni de los mexicoamericanos del sur de Texas. Por consiguiente, a lo largo de los años ochenta, todo el universo de estadounidenses que repre­sentaban una mayoría significativa de la población (excepto los ex­cluidos de cada época) comían lo mismo, se vestían igual, conducían los mismos coches, veían las mismas películas, vivían en el mismo tipo de casas, disfrutaban las mismas vacaciones, se pasaban horas viendo los mismos programas y noticieros por televisión y escucha­ban la misma música. Por mucho que los extranjeros lo denunciaran y algunos estadounidenses lo negaran, esto era (y sigue siendo) bas­tante cierto.

Incluso un observador tan inteligente, sofisticado y, en ese en­tonces, solidario como Jean-Paul Sartre cayó en esa trampa, ayuda­do, he de decirlo, por las vicisitudes de la guerra. Le maravilló lo que vio:

La vida está tan estandarizada aquí que no encontré ninguna diferencia significativa entre los menús de los restaurantes de lujo y los de las ca­feterías. En los restaurantes, pagas sobre todo por la vajilla, el servicio y la atmósfera, pero no importa a dónde vayas, ya sean los automats o los restaurantes de los grandes hoteles, tienen los mismos chícharos de un color tan chillón que creerías que los pintaron a mano, las mismas alubias sin sal servidas en platitos, la misma salsa marrón y de aspecto extraño —es medio dulce y medio salada, y la extienden sobre un bistec refrigerado—, y sobre todo la misma comida enlatada que Heinz le brinda a todo Estados Unidos: sus 57 variedades de comida enlatada le permiten cumplir una gran función igualadora. Para acabar, el obrero, al igual que su patrón, se come una gran rebanada de pastel esponjoso con crema o un ice cream, toman la misma agua clorada con hielo y el mismo horrible café.

El proceso gradual de inclusión de los excluidos se extendió a todos los aspectos de la vida. La música constituye un ejemplo digno de mención, sin importar cuánto lo hayan documentado ya otros es­critores. Conforme los afroamericanos empezaron a penetrar pau­latinamente en la cultura dominante después de la Segunda Guerra Mundial, los blancos no sólo comenzaron a leer a Baldwin, Richard Wright y a los escritores del Renacimiento de Harlem. Empezaron a escuchar jazz y blues. Luego, la música negra inició su influencia sobre el ritmo y la letra de los músicos blancos. Elvis Presley es el caso mejor conocido, pero no fue ni el único ni el primero. Muy pronto ya no había sólo música negra o blanca, sino también la combinación de ambas —sincretismo estadounidense, podría decirse—, y rápida­mente se volvió predominante. Antes de eso, los norteamericanos, ya fueran parte o estuvieran separados del grueso de la sociedad, no cantaban ni oían las mismas canciones. A partir de los años cincuen­ta, ocurrió y prosiguió una convergencia lenta y parcial.

La explosión del Motown fue el clímax, por lo menos en cuanto a la producción negra incorporada a la industria musical blanca. De nuevo, si dejamos de lado a los que quedaron fuera, las similitudes entre los que estaban dentro crecieron considerablemente. Un proceso paralelo ha estado sucediendo con la música latina durante los últimos treinta años. Conforme los hispanos se integran lentamente a la cultura dominante de Estados Unidos, su música se fusiona con melodías y temas previos, como sucedió con Miami Sound Machine, Shakira, Ricky Martin y Marc Anthony. “Despacito” se convirtió en un éxito entre el establishment no latino cuando se la apropió Justin Bieber.

No debe sorprender que a ojos de un extranjero esa homogenei­dad sublimara una diversidad subyacente, que hasta hace muy poco se traslapaba con una exclusión cuyas víctimas, por definición, eran invisibles. Dickens y Tocqueville estaban muy al tanto de la esclavi­tud, y les horrorizaba. También sabían de la existencia y desgaste de las comunidades de nativos americanos. Pero no pudieron convivir con esclavos afroamericanos o con pueblos originarios (Quince días en las soledades americanas, que Tocqueville escribió tras su experiencia con lo que quedaba de la nación iroquesa, fue una breve excepción), ni tampoco tomar en cuenta la diversidad que representaban. Les re­sultaba algo demasiado ajeno para concebirlo. No obstante, las más de cincuenta páginas que escribió el francés sobre “El estado actual y el porvenir probable de las tres razas que habitan el territorio de los Estados Unidos” son notablemente agudas, aunque a veces parezcan odiosas o simplemente erróneas.

Hoy en día ocurre un fenómeno análogo. El visitante europeo o latinoamericano que llega al corazón de Estados Unidos, o a sus cos­tas más cosmopolitas, sabe bien qué porcentaje de la población es de origen hispano. Incluso está familiarizado con la idea fantasiosa de que la expansión de la cultura latina en Estados Unidos es una suerte de reconquista. Pero rara vez dedicará unos días o noches a los barrios salvadoreños del distrito Mission en San Francisco, a los rincones ecuatorianos de Los Ángeles, a los barrios mexicanos de Houston o a los hondureños de Queens. Los viajeros inevitablemente se con­centran en la uniformidad de todo lo demás, en detrimento de los heterogéneos paisajes sociales, culturales y económicos inaccesibles a simple vista. En una fecha tan reciente como 2012, en uno de los libros de viaje más pensados y sustanciosos publicados por un visitante ex­ tranjero, el historiador y periodista neerlandés Geert Mak comentó:

Lo que los europeos detestamos ha sido una gran ventaja para el viajero estadounidense desde la década de 1950: no importa dónde pares, los cuartos de un Holiday Inn y el sabor de un McDonald’s son exactamen­te iguales. La consistencia y uniformidad del producto —su insipidez, si se quiere— son componentes fundamentales de la fórmula.

Tal vez los no viajeros, los que llevan años viviendo en el país, sean más susceptibles a los matices. Tomemos por ejemplo al novelista mexicano Carlos Fuentes, quien vivió en Washington, D.?C. de niño, pero también en docenas de universidades norteamericanas hasta bien entrados sus setenta años: “El espacio norteamericano­ impone las ge­neralizaciones de la uniformidad, el vacío, el inmenso y tedioso lla­no, la ignorancia, la falta de información, el provincialismo… Pero ello impulsa a buscar cuanto desmienta el lugar común.”

Desigualdad, para más y más personas

Ninguno de esos rasgos de uniformidad está ausente en otros países ricos, ni siquiera en los grandes contingentes clasemedieros de varios países pobres. Tan sólo se asentaron primero, más rápido y con más prominencia en Estados Unidos. Hasta 2016, el año de 1970 había sido el último en el que los salarios o el ingreso por hogar crecieron a la par de la productividad y de la economía en su conjunto. A partir de 1970, la gran mayoría de los salarios se estancó, aunque la economía haya seguido expandiéndose. La proporción de ingresos correspondiente a la mano de obra cayó de forma gradual pero constante. La proporción de ingresos del 1% más alto de la sociedad aumentó; la del 20% más bajo se encogió. Según The Vanishing Middle Class, de Peter Temin, hoy en día Estados Unidos “tiene la distribución de ingresos después de impuestos más desigual del mundo para personas menores de 60 años”. Otra medición afirma que la clase media norteameri­cana recibió 62% del ingreso nacional en 1970, y 43% en 2014. La era de la gran clase media blanca única terminó alrededor de 1980.

La Gráfica 1.1 ilustra esta tendencia de manera inequívoca. El año en el que el 1% más rico de Estados Unidos recibió la menor proporción del ingreso nacional fue 1976; en el que recibió la mayor fue 2012, y sigue aumentando. Por el contrario, el 50% más pobre de la población recibió su mayor proporción en 1968 y la menor en 2012, cuando obtuvo 12%.

La tendencia hacia la consolidación de la clase media y la consiguiente arremetida de la uniformidad surgió de otra manera del lado oc­ cidental del Atlántico, pero, a largo plazo, la convergencia en ambos lados fue la regla. La primera diferencia podemos verla en el comentario de Tocqueville que ya citamos, según el cual todos los estadounidenses nacían iguales, en vez de volverse iguales con el tiempo. Para la década de 1960, gran parte de Europa occidental, Canadá, Japón y una pizca de países más se habían convertido en sociedades clase­ medieras y de consumo de masas. Algunas tal vez lo habían logrado antes de la Segunda Guerra Mundial, pero la Gran Depresión había eclipsado su progreso. La televisión, el automóvil, los jeans y el rock ‘n’ roll invadieron esas sociedades y se generalizaron de manera muy parecida a como había sucedido en Estados Unidos, y a veces imitaban flagrantemente a su precursor norteamericano. La diferencia radicaba en los orígenes históricos y los procesos. A mediados del siglo XIX, pocas personas comentaban la “ordinariedad” francesa, británica o alemana, así como tampoco les maravillaba el nivel de igualdad prevalente en esas sociedades.

Quizás a eso se deba la contradictoria evolución actual. Gracias a su Estado de bienestar, a las conquistas de su clase obrera durante los últimos cien años y a que contaban con sociedades mucho más homogéneas de inicio (étnica, lingüística y culturalmente hablando), hoy en día, los países de la Unión Europea son más igualitarios que Estados Unidos. Eso no era tan cierto hace cuarenta años —antes de la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca en 1980—, pero ahora es innegable.

En el resto de los países desarrollados, la brecha entre ricos y pobres, la concentración de la riqueza y de los ingresos, la cantidad de gente viviendo por debajo de cualquier tipo de umbral de pobreza, los servicios básicos proveídos por el Estado, apuntan más a la igual­ dad que en Estados Unidos, con la obvia excepción de los migrantes recién llegados a Europa occidental. Al mismo tiempo, sin embargo, los comentaristas, políticos, académicos e incluso empresarios europeos perpetúan su desdén tradicional, indignante e injusto hacia lo burdos, estandarizados, simples y materialistas que son los norteamericanos. Se niegan a reconocer que los impresionantes logros europeos en materia de bienestar social y cultura de masas sucedieron decenios después de que ya habían ocurrido en Estados Unidos, como lo descubrió el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss des­ pués de haber vivido en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial: “Presentimos que todas esas reliquias (arquitectónicas, históricas y de la moda) se hallaban bajo el asalto de una cultura de masas que estaba a punto de aplastarlas y enterrarlas, una cultura de masas que, ya muy avanzada en Estados Unidos, llegaría a Europa décadas más tarde”. Si acaso, sus sociedades se parecen cada vez más a la norteamericana. Valoran su propio igualitarismo, que es en gran medida consensuado o no partidista, mientras desprecian o se burlan de la versión estadounidense.

Es como si nunca se hubieran resignado al hecho de que los norteamericanos llegaron a la tierra prometida de la sociedad de clase media mucho antes que Europa. El sociólogo alemán Werner Sombart calculó, con datos de finales del siglo XIX, que los ingresos monetarios de los obreros estadounidenses eran el doble o el triple que los de los alemanes, unas décadas después de la gran inmigra­ ción alemana a la Unión Americana. El costo de la vida en los dos países, para los obreros, era más o menos el mismo. No obstante, los europeos nunca aceptaron por completo que una sociedad así fuera la tierra prometida. En su definición, la sociedad ideal y su Estado de bienestar se perciben sobre todo en términos políticos o ideológicos: como democracia cristiana o socialdemocracia, basados en la solidaridad, la igualdad y el Estado de bienestar, no en términos sociológicos.

Tal vez se deba a que la noción de una sociedad de clase media siga resultándoles extraña. En Estados Unidos, eso significa que las diferencias de clase son menores y que todos aspiran a algo mejor, en vez de seguir siendo obreros, empleados o profesionistas exitosos… con la fortuna de tener un mejor salario, prestaciones y seguridad social. El reflejo político de esa mentalidad fue evidente desde inicios del siglo XX, cuando Sombart, perplejo, se lamentó de la estrategia de activismo laboral de los socialistas estadounidenses:

Ahora no es raro que un “socialdemócrata” que exija la abolición del orden social tenga al mismo tiempo la imagen de una jugosa sinecura flotando todo el tiempo ante sus ojos. Es lo bastante desinteresado como para sermonear a sus seguidores por las noches sobre la vacuidad del orden social prevalente y la necesidad de un movimiento socialista, mientras que esa misma tarde el líder de uno de los partidos principales le ofreció la candidatura a un puesto electoral lucrativo o le prometió un jugoso pedazo del botín de la próxima victoria electoral.

Tal vez podría haber dicho lo mismo de los socialistas en otros lugares, pero no lo hizo: no hay duda de que se refería a la versión ligeramente ideologizada del socialismo norteamericano. Sin embargo, no todos los visitantes se resignaron a la inexistencia del socialismo en Estados Uni­dos. Liang Qichao, uno de los escritores chinos más influyentes de su época, concluyó en 1903: “Veo los barrios bajos de Nueva York y pienso con un suspiro que el socialismo es inevitable”.

Materialismo por siempre

Además de la uniformidad, un segundo rasgo notable que suelen citar los autores extranjeros al hablar de Estados Unidos es el dinero, o el nacimiento del homo economicus, a quien muchos visitantes conside­raban el norteamericano paradigmático. Obsesionados con la rique­za, impulsados por la búsqueda del éxito monetario, midiendo ese éxito sólo en términos económicos relativos, materialistas hasta un grado inaudito en cualquier otra parte del mundo, los habitantes de la Unión Americana constituyen una especie peculiar para los viajeros, analistas y comentaristas. Sólo les importa volverse ricos, seguir siéndolo o aspirar a serlo. José Martí se lamentaba de que “las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalifica­ do para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”. Ese tema surge una y otra vez en prácticamente todos los escritos de observadores foráneos de Estados Unidos desde principios del siglo XIX, y tal vez hoy más que nunca, con un empresario en la Casa Blanca. Muchos norteamericanos, tal vez la mayoría, creen que Do­ nald Trump es una anomalía. Sin embargo, los extranjeros a quienes les ha preocupado la afición de los estadounidenses por la riqueza y su consiguiente equivalencia con el éxito y la felicidad, consideran que el actual presidente es una consecuencia lógica, aunque lamenta­ble, de la misma. Desde su punto de vista, Trump simplemente ver­baliza lo que todos sus compatriotas piensan. Presume lo que todos creen, aunque a veces les avergüence expresarlo. Cuando designa a un gabinete cuyo patrimonio conjunto es mucho más alto al de cual­quier administración previa, y sus miembros tienen la audacia de transferir su estilo de vida y hábitos al gobierno, los europeos, asiáti­cos y latinoamericanos concluyen que ésa es la verdadera naturaleza de los estadounidenses. Demuestra su carácter excéntrico pero de­plorable. No están sorprendidos, sólo perplejos.

Veamos lo que dice Bertolt Brecht, el poeta y dramaturgo alemán exiliado en Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial:

Es notable cómo aquí una belleza universalmente depravada y barata evita que la gente viva de una manera siquiera medianamente cultiva­da, es decir, que viva con dignidad... El mercantilismo lo produce todo, pero como mercancía, así que el arte está avergonzado de su utilidad, pero no de su valor de cambio.

Hay que mencionar que al extraordinario autor de La ópera de los tres centavos no le fue bien profesionalmente durante su estancia en Estados Unidos.