Opinión

Esclavos del tiempo · Judy Wajcman

Vidas aceleradas en la era del capitalismo digital.

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ADELANTOS EDITORIALES

De una de las sociólogas más relevantes de la actualidad y pionera en el estudio social de la tecnología y el trabajo nos llega su obra más importante sobre el tema: Esclavos del tiempo.

La imagen de un individuo hiperconectado y adicto a su iPhone es recurrente. La mayoría de nosotros se queja de que no hay suficientes horas en el día y de que tenemos demasiados correos en nuestras bandejas de entrada. La idea ampliamente extendida de que la vida va cada vez más rápida de lo que solía ha germinado en nuestra cultura. Pero ¿no debería la tecnología hacernos la vida más fácil?

Fragmento del libro Esclavos del tiempo© 2020, Paidós. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Judy Wajcman (Australia, 1950) es catedrática de Sociología en la London School of Economics, una de las universidades con más reputación internacional del mundo, en la que ostenta la cátedra Anthony Guidens de Sociología y es investigadora asociada de la Oxford Internet Institute.

Esclavos del tiempo | Judy Wajcman

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Esclavos del tiempo de Judy Wajcman

Capítulo 1

LA SOCIEDAD DE ALTA VELOCIDAD

¿Se está acelerando el ritmo de vida?

Cualquier intento de dar sentido a la condición humana en los inicios del nuevo siglo debe empezar por el análisis de la experiencia social de la velocidad.

William Scheuerman, Liberal Democracy and the Social Acceleration of Time

La velocidad relativa de la sociedad se considera desde hace largo tiempo una de sus características esenciales. Muchos de los inventos que se juzgan cruciales para el progreso, de la rueda al microchip, se diseñaron para permitirnos ir más deprisa. Pero es en los diagnósticos de nuestro tiempo contemporáneo donde la aceleración destaca de una forma más prominente. La compresión del espacio-tiempo, la idea de que las tecnologías han condensado espectacularmente las distancias temporales y espaciales, es un tema recurrente, como lo es la noción de que el cambio económico, social y cultural es mucho más rápido que en épocas anteriores. Las cosas parecen ocurrir a un ritmo implacable, imbuyéndonos de una noción del tiempo distinta.

Según el discurso dominante, nuestra ubicua sensación de ajetreo* tiene perfecto sentido en la medida en que habitamos una sociedad de alta velocidad. Nuestra era está obsesionada por la velocidad: coches más rápidos, trenes más rápidos, banda ancha más rápida, y hasta citas más rápidas. La velocidad es sexi, y los dispositivos digitales se nos venden constantemente como instrumentos eficientes que ahorran tiempo y que promueven un estilo de vida emocionante y lleno de acción. En ninguna parte resulta esto más evidente que en el software Siri del iPhone, que te permite «usar tu voz para enviar mensajes, programar reuniones, hacer llamadas telefónicas y mucho más», mientras —?sugiere el anuncio— conduces o haces ejercicio. De manera similar, se comercializan pulseras autoconectables que lo registran automáticamente todo, desde el ritmo cardíaco y las pautas de sueño hasta las fluctuaciones del estado de ánimo, para poder llevar una vida ajetreada andando de un lado a otro.

Nuestra obsesión por hacer más cosas a la vez es sintomática de nuestro frenético ritmo de vida. Puede que haya un camino de baldosas amarillas* serpenteando a través del Googleplex, con sus casitas sobre árboles de interior, sus pistas de voleibol, sus colmenares y sus coloridas pelotas de goma gigantes, pero los ingenieros de Google, sobre el arco iris,** hablan de la necesidad de trabajar más duro y con más inteligencia de lo que podían haber imaginado nunca. Aunque la velocidad y el calendario revisten una importancia fundamental, las empresas traen a maestros zen para que enseñen a sus empleados a detenerse y respirar profundamente. El mantra típico de los presidentes de empresa es que la tecnología nos hace ir más deprisa y, en consecuencia, tenemos que adaptarnos a las nuevas formas de hacer negocios en «un mundo de pantallas, textos, teléfonos móviles e información que te rodea por todas partes».

Como el discurso empresarial, gran parte de las ciencias sociales considera que la tecnología es la principal fuerza impulsora de la aceleración. Se ha extendido la idea de que la digitalización ha engendrado una nueva temporalidad, a la que se ha dado diversos nombres como tiempo instantáneo, tiempo atemporal, compresión espaciotemporal,* distanciación espaciotemporal,** tiempo cronoscópico, tiempo puntillista o tiempo red. Incluso se invoca una nueva ciencia de la velocidad o, como la ha llamado Paul Virilio, dromología. Todos estos conceptos tienen como raíz la idea de que la vida se está acelerando. La difusión de las tecnologías de la comunicación en particular y su evidente potencial de cara a la ulterior aceleración de una modernidad ya acelerada han hecho que la cuestión de la velocidad y las reacciones humanas a ella resulten todavía más apremiantes.

Pero si la aceleración define nuestro universo digital, ¿qué significa eso exactamente? Pese a la deslumbrante serie de teorías que describen la época actual como una era de excepcional velocidad, el concepto sigue resultando vago y esquivo. El hecho de que haya tal cantidad de comentarios académicos y populares propensos a caer en hipérboles especulativas complica aún más el problema. Este, a su vez, se ve exacerbado por el hecho de que quienes marcan la agenda a la hora de hablar del futuro de la tecnología son en gran medida los promotores de nuevos productos tecnológicos.

Empiezo este capítulo, pues, desenmarañando la retórica a fin de clarificar la relación entre la aceleración tecnológica y el ritmo de vida. También presento una visión de conjunto de los análisis más influyentes de la sociedad red de alta velocidad, que ayudará a poner al descubierto el determinismo tecnológico implícito en tales teorías. Quizá este sea un desafortunado pero necesario corolario de la escala y el alcance de los argumentos de la autora. Lo que se minimiza o se pasa por alto, no obstante, es en qué medida lo «virtual» está hecho de cables, edificios y cuerpos, así como el hecho de que los seres humanos reales conocen y utilizan (o no utilizan) las TIC en entornos locales concretos. Mi enfoque contrasta con esas tácticas fundamentando firmemente la discusión acerca de cómo se percibe, se organiza y se negocia el tiempo digital en situaciones cotidianas comunes y corrientes.

Para continuar, recurro básicamente a los estudios sobre ciencia y tecnología —que? en lo sucesivo abreviaré como ECT— que, durante un tiempo, han instado a una interpretación más rica en matices de los diversos modos en que la tecnología configura el tiempo. Adoptar este enfoque nos permite ver que la sociedad es algo más que su tecnología, pero también que la tecnología es algo más que su equipamiento. En otras palabras, no puede reducirse el mundo social a la tecnología que lo constituye. Sin embargo, eso no equivale en absoluto a reducir el papel de la tecnología; de hecho, es más bien lo contrario. Solo prestando atención a las prácticas sociomateriales podemos empezar a ver la rica interacción que existe entre tecnología y sociedad.

Tal planteamiento cuestiona necesariamente los discursos lineales y generalizadores en el sentido de que todo se está acelerando, apuntando en cambio a un patrón de experiencia temporal más complejo. Ello requiere que planteemos preguntas, como cuándo y dónde la gente encuentra aceleraciones (así como deceleraciones), y cuáles son las consecuencias para nuestra calidad de vida.

La sociedad de la aceleración

Aunque la aceleración en sí misma raramente se considera el tema central del análisis sociológico, siempre está presente en las teorías de la sociedad contemporánea. Los físicos tienen ideas claras sobre lo que significan la rapidez y la velocidad, pero, al describir las experiencias humanas del tiempo en la sociedad de alta velocidad, el término se utiliza para referirse a diversos fenómenos. Esto resulta especialmente confuso, dado que la compresión del tiempo tiene múltiples dimensiones, de modo que, mientras algunos aspectos de la vida se están acelerando, puede que otros no lo hagan, y hasta podría ser que se ralentizaran.

Una notable excepción es Hartmut Rosa, que examina detalladamente lo que implica decir que las sociedades occidentales son sociedades de aceleración. Encuentro especialmente útil su definición, así como la distinción que establece entre los diferentes aspectos de la aceleración, de modo que la he adoptado aquí.

La primera forma de aceleración, y la más mensurable, es la del transporte, la comunicación y la producción, que puede definirse como aceleración tecnológica. La segunda es la aceleración del cambio social, que significa que el propio ritmo del cambio social se está acelerando. La idea central es que en las sociedades tardomodernas la estabilidad institucional (en los ámbitos de la familia y las profesiones, por ejemplo) se halla generalmente en declive. El tercer proceso es la aceleración del ritmo de vida. Esta es objeto de un amplio debate en torno a la aceleración cultural y la supuesta necesidad de deceleración. El ritmo de vida (social) hace referencia a la velocidad y la compresión de acciones y experiencias en la vida cotidiana.

Ahora bien, la cuestión más fascinante es cómo estos tres tipos de aceleración se relacionan entre sí. Como señala Rosa, se da claramente una paradoja entre el primer y el tercer proceso. Si la aceleración tecnológica implica que hace falta menos tiempo (para la producción, el transporte, etc.), ello debería entrañar un incremento del tiempo libre, lo que, a su vez, ralentizaría el ritmo de vida. Sin embargo, lejos de hacerse más abundante, el tiempo parece ser cada vez más escaso. En consecuencia, solo tiene sentido aplicar la expresión sociedad de la aceleración a una determinada sociedad si «la aceleración tecnológica y la creciente escasez de tiempo (es decir, una aceleración del ritmo de vida) se producen de manera simultánea». Investigar esta paradoja de la «falta de tiempo» es el principal objetivo del presente volumen.

Según esta definición, la mayoría de los análisis generales de la sociedad contemporánea pueden leerse como diferentes versiones de la tesis de la sociedad de la aceleración. En otras palabras, establecen un vínculo causal directo entre la aceleración tecnológica, especialmente la velocidad de los sistemas de comunicación electrónicos, y la sensación de apremio de la vida cotidiana. El hecho de que nuestras interacciones sociales tanto en el tiempo de trabajo como en el tiempo libre estén cada vez más mediadas por la tecnología —?de que vivamos en un estado de conectividad constante— constituye un tema recurrente. Aquí deseo centrarme principalmente en cómo se formula la conexión entre la velocidad de la tecnología y el ritmo de vida.

Existe una vasta bibliografía sobre lo que comúnmente se denomina la compresión espaciotemporal. El geógrafo David Harvey concibió, en una idea ya clásica, que este proceso constituía el corazón de la modernidad, o, en algunas formulaciones posteriores, de la posmodernidad: «Utilizo el término compresión porque [...] la historia del capitalismo se ha caracterizado por la aceleración del ritmo de vida, mientras [...] el espacio parece reducirse a una aldea global».

La clave del trabajo de Harvey sobre la dinámica espaciotemporal del capitalismo es la noción de que los procesos económicos se están acelerando. Para él, las fuerzas impulsoras que subyacen a la aceleración social son la globalización y la innovación de las TIC, que facilitan la rápida circulación de capital a través del globo. A diferencia del capitalismo industrial, que requiere la explotación de mano de obra a través de una estricta adhesión al tiempo de reloj y a modelos espaciales fordianos como la cadena de montaje, la acumulación flexible requiere un cambio en nuestra forma de pensar el tiempo. Harvey observa que la aceleración generalizada del tiempo de circulación del capital acentúa la inestabilidad y el carácter efímero tanto de las mercancías como del propio capital. El capitalismo rápido aniquila el espacio y el tiempo. Las distancias que antaño entorpecían el comercio global dejan de tener sentido en la medida en que los humanos se comunican cada vez más utilizando tecnologías «en tiempo real». El tiempo se descontrola mientras la distancia desaparece en un mundo de acontecimientos instantáneos y simultáneos. La aceleración, pues, se refleja en las temporalidades sustanciales de la existencia humana, en especial en la creciente sensación de compresión espaciotemporal en la vida cotidiana.

Los mencionados estudios sobre la aceleración suelen invocar el análisis de Karl Marx del capitalismo y la constante necesidad de acelerar la circulación de capital. Cuanto más deprisa pueda traducirse el dinero en la producción de bienes y servicios, mayor será la capacidad del capital de expandirse o valorizarse. Con el capitalismo, el tiempo es literalmente dinero, y «cuando el tiempo es dinero, más deprisa significa mejor» y la velocidad se convierte en un bien indiscutido e indiscutible. Las innovaciones tecnológicas desempeñan un papel clave en tanto que las mejoras en el transporte de comunicación, mercancías y cuerpos reducen el coste y el tiempo de circulación del capital a través del globo (lo que Marx denominó la «aniquilación del espacio por el tiempo»). Sin embargo, Marx no supo prever hasta qué punto llegaría esta compresión espaciotemporal.

Los avances en la velocidad del transporte y las comunicaciones, desde el coche de caballos y el barco de vela hasta el actual avión a reacción, han encogido el globo. Pero solo con la invención del telégrafo, en la década de 1830, el transporte de cuerpos mediante ruedas, velas o vapor se vio desafiado por el transporte de mensajes a velocidades espectacularmente distintas de las que existían hasta entonces. El telégrafo supuso que se pudiera entregar un mensaje en una diminuta fracción del tiempo que permitía el transporte físico.

La comunicación electrónica ha aumentado esta velocidad de forma exponencial. La velocidad de las transacciones financieras automatizadas, que actualmente está pasando de los milisegundos a los microsegundos (es decir, millonésimas de segundo), se ha hecho emblemática en ese sentido. Se trata de una velocidad muy superior a los tiempos de reacción humanos, que suelen oscilar entre unos ciento cuarenta milisegundos para los estímulos auditivos y los doscientos milisegundos para los estímulos visuales. En este contexto, hasta una pausa de cinco segundos puede parecer un tiempo muy prolongado.7 De hecho, el crecimiento exponencial de las velocidades de transmisión en Internet en los últimos años se está acelerando hasta el punto de que se pueden transferir datos a un ritmo sostenido de 186 gigabits por segundo, una velocidad equivalente a mover 2 millones de gigabytes en un solo día.

Nuestra propia noción del tiempo se ha visto profundamente alterada por la convergencia de la telefonía, la informática y las tecnologías de radio y teledifusión en un entorno generalizado de información y comunicación instantáneas y simultáneas. Así pues, no resulta tan sorprendente que, ante una fase tan intensa de compresión espaciotemporal, y los cambios resultantes en nuestra conciencia del tiempo, numerosos sociólogos anuncien un nuevo orden social.

El problema, como mostraré, es que las teorías sobre la aceleración social resultan demasiado esquemáticas para captar los múltiples paisajes temporales, tanto rápidos como lentos, que entran en juego en los dispositivos digitales. Se habla de las redes virtuales y de la ubicuidad de la informática, que se conciben como infinitos espacios incorpóreos e instantáneos tiempos etéreos. Esto tiene el efecto de hacer invisibles las tangibles dimensiones temporales humanas y sociales de la vida cotidiana como algo «banal, repetitivo y trivial». En otras palabras, el tiempo cotidiano de la intersubjetividad, donde mujeres y hombres reales coordinan sus prácticas temporales en contextos del mundo real, queda completamente oscurecido.

La sociedad red

Quizá el ejemplo más conocido es la obra de Manuel Castells La sociedad red. Para Castells, la revolución de las TIC ha dado lugar a una nueva era de la información, una sociedad red en la que el trabajo y el capital son reemplazados por redes de información y conocimiento. La información es el ingrediente clave de las organizaciones, y hoy los flujos de mensajes e imágenes electrónicos entre redes constituyen la trama básica de la estructura social. El autor define el espacio de flujos como la posibilidad tecnológica y organizativa de ejercer simultaneidad sin contigüidad. Estos circuitos llegan a dominar la organización de la actividad en lugares concretos, de modo que el emplazamiento de las redes y la relación de estas con otras redes se vuelven más importantes que las características del propio lugar. Para Castells, la era de la información, en la que la virtualidad se convierte en una dimensión esencial de nuestra realidad, marca una época absolutamente nueva en la experiencia humana.

Para nuestro propósito en este momento, lo que resulta particularmente interesante es su argumento sobre la desaparición del tiempo: que nos alejamos cada vez más del tiempo de reloj de la era industrial, cuando el tiempo era un método de demarcación y ordenamiento de secuencias de acontecimientos. En cambio —sostiene?—, el mundo está cada vez más organizado en el espacio de flujos: flujos de mercancías, de personas, de dinero y de información en redes dispersas y distribuidas. La mera velocidad e intensidad de esos flujos, interacciones y redes globales disuelven el tiempo, lo que se traduce en simultaneidad y comunicaciones instantáneas; lo que él denomina tiempo atemporal. Aunque este nuevo tiempo atemporal surgió en los mercados financieros, se está extendiendo a todos los ámbitos. No tiene, pues, nada de asombroso —opina? Castells— que la vida sea una frenética carrera en la medida en que la gente realiza multitareas y vive multividas por medio de la tecnología para alcanzar ese «tiempo atemporal: la práctica social que aspira a negar la secuencia para instalarnos en la simultaneidad perenne y la ubicuidad simultánea». En una auténtica retórica posmoderna, la sociedad se hace eternamente efímera en la medida en que el espacio y el tiempo son radicalmente comprimidos hasta el punto, al menos en lo que se refiere a este último, de dejar de existir.

Esta visión de la sociedad red, en la que la acelerada velocidad de las TIC aniquila el tiempo, ha tenido una enorme influencia. Por ejemplo, John Urry, haciéndose eco del concepto de tiempo atemporal de Castells, sostiene que las nuevas tecnologías generan nuevos tipos de tiempo instantáneo, caracterizado por el cambio impredecible y la simultaneidad cuántica. Este nuevo tiempo se basa en instantes inconcebiblemente breves que se hallan totalmente fuera del alcance de la conciencia humana, y, en consecuencia, el carácter simultáneo de las relaciones sociales y técnicas viene a reemplazar a la lógica lineal del tiempo de reloj. Para Urry, el tiempo instantáneo es también una metáfora de la importancia generalizada de un tiempo excepcionalmente cortoplacista y fragmentado.

Aunque tales concepciones del tiempo captan ciertamente algún aspecto importante del grado en que la extraordinaria velocidad de las tecnologías está transformando la economía, los mercados financieros, la política y las pautas de producción y consumo, lo que implica esa aceleración para la experiencia del tiempo vivido resulta mucho menos claro. Urry incluye en su definición del tiempo instantáneo «la sensación de que el ritmo de vida en todo el mundo se ha hecho demasiado rápido y se halla en contradicción con otros aspectos de la experiencia humana». El tenor de su análisis del tiempo instantáneo es que este resulta socialmente destructivo, pero el autor no proporciona ninguna investigación empírica sistemática que sustente tal afirmación. Uno no puede por menos que preguntarse qué podría significar para la gente ese tiempo «organizado a una velocidad que está más allá del ámbito viable de la conciencia humana», y cómo se relaciona este concretamente con el uso real de las TIC en la vida cotidiana.

Permítaseme poner solo dos breves ejemplos. Los profesionales del hot-desking,* sin duda extremadamente móviles, constituirían un buen laboratorio para poner a prueba la noción de tiempo atemporal, ya que sus prácticas espaciotemporales se ven alteradas de manera fundamental. Sin embargo, según un detallado estudio realizado con este tipo de trabajadores, en lugar de desaparecer el tiempo, lo que ocurría era que el suyo pasaba a estar dominado por la preocupación por conectarse en tiempo y espacio, puesto que consideraban que las reuniones cara a cara constituían el medio de comunicación primordial en las organizaciones.

* Traducimos sistemáticamente como ajetreo el término inglés busyness, que define literalmente «el estado o cualidad de estar (alguien) atareado o ajetreado». (N. del T.)

* Alusión a la película musical El mago de Oz (1939), basada a su vez en la novela infantil de L. Frank Baum. Su protagonista, Dorothy, debe seguir el «camino de baldosas amarillas» para encontrar al mago. (N. del T.)

** Nueva alusión a El mago de Oz. (N. del T.)

* En inglés, time-space compression, a veces traducido también como compresión tiempo-espacio o tempoespacial. (N. del T.)

** En inglés, time-space distanciation, a veces traducido también como distanciación o distanciamiento tiempo-espacio o tempoespacial. (N. del T.)


* Práctica de compartir las mesas de una oficina en diferentes turnos, en lugar de asignarlas de forma individual o permanente. (N. del T.)