Opinión

Elástico • Leonard Mlodinow

El poder del pensamiento flexible.

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ADELANTOS EDITORIALES

Discípulo directo de Stephen Hawking y coautor de Brevísima historia del tiempo y El gran diseño, Leonard Mlodinow demuestra que para prosperar en estos tiempos dinámicos y difíciles es posible recurriendo al pensamiento elástico, una habilidad cognitiva que al desarrollarse libera nuestra mente volviéndonos más aptos para generar ideas novedosas e incorporarlas a nuestra vida.

Este libro nos guía para aprender a dejar ir las ideas cómodas y adaptarnos al cambio y la contradicción, para elevarnos por encima de la mentalidad convencional y replantear las preguntas que usualmente nos hacemos, para abandonar nuestras creencias y prejuicios más arraigados y abrirnos a nuevos paradigmas. En suma, Mlodinow nos revela cómo podemos aprovechar al máximo nuestro cerebro elástico en el momento preciso.

“Aunque este libro va ligeramente enfocado al mundo empresarial, está refrescantemente libre del curioso moralismo que en general acompaña a las guías ‘Cómo hacerlo’. No hay muchos otros autores que aconsejen a los lectores que se emborrachen si es que tienen un problema complicado frente a ellos. E incluso resulta que la procrastinación ayuda”. —The Guardian.

Fragmento del libro Elástico, de Leonard Mlodinow © 2019, Paidós. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Leonard Mlodinow. Discípulo directo de Stephen Hawking, con quien escribió El gran diseño. Es doctor en Física por la Universidad de California. Fue miembro del claustro del California Institute of Technology y obtuvo una beca de la fundación Alexander von Humboldt en el Instituto Max Planck de Física y Astrofísica en Múnich.

Elástico | Leonard Mlodinow

#AdelantosEditoriales


Fragmento Elástico de Leonard Mlodinow

1

La alegría del cambio

El peligro y la promesa

En las primeras épocas de la televisión, un programa llamado La dimensión desconocida presentó un episodio en el que una raza de alienígenas de tres metros de altura, los kanamitas, aterrizaba en la Tierra. Hablaban una lengua desconocida, pero mediante telepatía se dirigieron a las Naciones Unidas, donde juraron que su único propósito era ayudar a la humanidad. Entregaron a los humanos un libro en su lengua, y los criptógrafos pronto decodificaron el título, Para servir al hombre, pero no pudieron descifrar el significado del texto que se encontraba dentro.

Con el tiempo, gracias a la tecnología kanamita, los desiertos se transformaron en fértiles campos verdes, y la pobreza y el hambre desaparecieron. Algunas personas afortunadas incluso fueron seleccionadas para realizar un viaje para ver el planeta Kanamita, que, según decían, era un paraíso. Y luego una criptógrafa finalmente descifra el código. La criptógrafa lee el título, Para servir al hombre, y corre hacia la nave, donde su jefe, un tipo llamado Michael Chambers, está en los escalones que conducen a la entrada, a punto de partir hacia el planeta alienígena. “¡No subas!”, le grita a Chambers. “¡El libro es un libro de cocina!”. Un libro de cocina en el que los humanos son el ingrediente principal.

La criptógrafa había descubierto que los extraterrestres estaban aquí para ayudarnos, pero de la manera en que los granjeros ayudan a los pavos en los días previos al Día de Acción de Gracias. Y al parecer, con cierto sentido del humor, nos habían dejado un libro de las recetas que planeaban preparar Chambers trató de desembarcar, pero uno de esos alienígenas, de tres metros de altura, estaba parado junto a él. El alienígena bloqueó la retirada a Chambers: no quería perder ni una sola pieza de su estofado humano.

La moraleja evidente de la historia de los kanamitas es que no existe tal cosa como la comida gratis, a menos que usted sea la comida, claro. Pero también se trata del peligro y la promesa de la novedad y el cambio. Cuando un animal se aventura en un territorio nuevo, el cambio podría llevarlo al descubrimiento de una fuente de alimento, o a convertirlo en uno. Un organismo que busca una novedad podría lesionarse al explorar un terreno extraño o enfrentarse a un depredador, pero un organismo que evita lo desconocido a toda costa tal vez no descubra suficientes fuentes de alimento y muera de hambre.

Un entorno inmutable no ofrece a aquellos que han encontrado un nicho cómodo la urgencia de explorar o innovar. Pero las condiciones sí cambian, y los animales tienen mejores posibilidades de sobrevivir si han recopilado información sobre sitios de alimentación nuevos, rutas de escape, lugares de escondite, etc. Los biólogos ven eso reflejado en el carácter variable de las especies. Por ejemplo, a los perros les gusta explorar territorios nuevos porque descienden de lobos particularmente audaces que se aventuraron a buscar comida en los campamentos de nómadas humanos de la antigüedad, y las aves que viven en un hábitat complejo y cambiante, como los linderos del bosque, tienden a mostrar un comportamiento más exploratorio que las que viven en entornos menos variables.

Hoy somos los humanos quienes debemos adaptarnos, ya que nuestro entorno físico, social e intelectual está cambiando a un ritmo sin igual. El conocimiento científico, por ejemplo, crece de manera exponencial, es decir, la cantidad de artículos publicados se duplica a una tasa fija, al igual que el dinero que se invierte a una tasa de interés fija. En el caso de la producción científica mundial, la duplicación se produce aproximadamente cada nueve años. Ese ha sido el caso durante mucho tiempo, pero en el pasado fue posible asimilar ese crecimiento porque si se comienza con poco al principio, la duplicación no representa un gran incremento. No obstante, en la actualidad, el volumen de nuestro conocimiento ha superado un hito importante. Hoy, duplicar nuestro conocimiento cada nueve años significa agregar nuevos conocimientos tan rápido que ningún ser humano puede mantenerse al día. En 2017, por ejemplo, hubo más de tres millones de nuevos artículos científicos. Esa tasa de producción no solo es superior a la que los practicantes en un campo determinado pueden asimilar, sino que es mayor de lo que las revistas pueden contener. Como resultado, entre 2004 y 2014, los editores tuvieron que crear más de 5 000 revistas científicas nuevas para adaptarse al superflujo.

En el mundo profesional, debido a una expansión similar del conocimiento, muchas industrias importantes también dependen ahora de un volumen de experiencia que ninguna persona por sí misma podría dominar. Los temas arcanos, desde los transformadores eléctricos hasta el fuel injection, pasando por la química de los cosméticos y productos para el cabello, son tema de cientos de libros, y eso no incluye el conocimiento que es propiedad intelectual de las corporaciones. Es probable que no le interesen las complejidades de la “optimización lógica difusa del modelado por inyección de caucho de silicona líquida”, pero el tema es tan importante en el mundo actual que en 2005 Firmin Z Sillo escribió un libro de 190 páginas sobre ello.

El crecimiento de las redes sociales y del internet es aún más drástico: el número de sitios web, por ejemplo, se duplica cada dos o tres años. Las actitudes sociales también están cambiando rápidamente; tan solo compare el ritmo del movimiento estadounidense por los derechos civiles con la velocidad a la que la campaña por los derechos de los homosexuales ha barrido el mundo desarrollado, una vez más alimentada por los jóvenes.

Hay riesgos y promesas en cada decisión sobre si aceptar o no la novedad. Pero en el pasado reciente, a medida que el ritmo del cambio se ha acelerado, el cálculo que rige los beneficios de aceptar la novedad se ha modificado drásticamente. La sociedad actual otorga recompensas como jamás antes a quienes se sienten cómodos con el cambio, y puede castigar a quienes no lo están, ya que lo que solía ser un terreno seguro de estabilidad, es ahora un peligroso campo minado de estancamiento.

Considere la historia del teléfono. Usamos la frase “discar un número” porque los números de teléfono solían ingresarse al girar un disco con números Bell Telephone introdujo en 1963 una tecnología nueva, la marcación con botones. Era más conveniente que el sistema anterior y ofrecía la posibilidad de elegir opciones de menú en respuesta a los sistemas telefónicos automatizados. Pero la tecnología no constituía una inversión importante, al menos a corto plazo, porque las personas tardaban en cambiar sus hábitos y adoptarla, y preferían quedarse con los cómodos teléfonos del pasado Incluso veinte años después de que los dispositivos de “marcación por tonos” estuvieran disponibles, la mayoría de los clientes todavía tenía los viejos teléfonos “con disco de marcado”. No fue hasta los noventa, tres décadas después de la introducción de los teléfonos de tonos, cuando el tipo de teléfono más antiguo se convirtió en una rareza.

Compare esto con lo que sucedió cuando Apple, en 2007, presentó el primer celular con pantalla táctil, destinado a reemplazar el teclado o los teléfonos con lápiz. Los iPhones de Apple de inmediato se pusieron de moda, y en unos cuantos años las tecnologías de la competencia prácticamente desaparecieron. A diferencia de la época anterior, en la que la adopción se desarrolló al ritmo de un caracol, en 2007 las personas no solo estaban preparadas, sino ansiosas por cambiar sus hábitos, y deseaban cada nueva versión de teléfono y cada nueva función que surgió en los años posteriores.

A mediados del siglo XX, tomó décadas para que las personas cambiaran el simple hábito de usar un teléfono de marcación, mientras que en el siglo xxi la gente tardó muy poco tiempo en hacer la transición para llevar consigo lo que esencialmente es un sistema de cómputo completo. Compañías como BlackBerry –que no se adaptaron de inmediato a la nueva tecnología– fueron marginadas rápidamente, pero la adaptación pronto se convirtió en algo igualmente importante para que las personas alcanzaran su potencial y tuvieran éxito social.

El episodio de los kanamitas de La dimensión desconocida se emitió apenas un año antes de la introducción del teléfono de tonos. Al final del episodio, Chambers, ya en la nave, se dirige a la cámara y pregunta a los espectadores: “¿Y usted? ¿Todavía está en la Tierra o está en la nave conmigo?”. La insinuación era que podría ser mortal aceptar lo nuevo o lo diferente. Hoy en día, cuando las ideas extraterrestres aterricen en su mundo profesional o social, es mejor apostar a las probabilidades, subir a bordo de la nave espacial y explorarlas.

El mito de la aversión al cambio

¿Habría subido usted a bordo de la nave kanamit? Un mito generalizado en nuestra cultura sostiene que las personas son contrarias a la novedad y al cambio. El cambio es un problema que surge a menudo en el mundo laboral, y la bibliografía académica de negocios tiene mucho que decir al respecto. “Los empleados tienden a oponerse al cambio instintivamente”, proclamó un artículo de la Harvard Business Review. “¿Por qué es tan difícil cambiar?”, se titulaba otro. Pero ¿realmente es tan difícil cambiar? Si las personas en general se muestran reacias al cambio, los psicólogos deben de haberlo omitido, porque si busca en la bibliografía de investigación en psicología, no encontrará ninguna mención de aversión al cambio.

La razón de esta diferencia en la percepción es que, si bien la administración otorga a las iniciativas de cambio nombres como reestructuración, cambio de rumbo y cambio estratégico, los empleados a menudo las ven como algo más: despidos. Cuando el cambio se traduce en el riesgo de perder el trabajo, o lo novedoso es una carga de trabajo mayor, es comprensible que las personas reaccionen de manera negativa. Pero eso no es aversión al cambio, es aversión al desempleo o aversión a la consecuencia negativa.

Un empleado puede enojarse cuando un superior lo llama a su oficina para decirle, en esencia: “La corporación se esfuerza por ser más eficiente, por lo que se le pedirá que haga un 10% más de trabajo por el mismo sueldo”. Pero ese mismo empleado se deleitaría si le dijeran: “La corporación se esfuerza por ser menos eficiente, por lo que se le pedirá que haga un 10% menos de trabajo por el mismo sueldo”. Son dos reacciones opuestas al mismo grado de cambio. La última solicitud nunca sucede, pero si lo hiciera, los artículos de la Harvard Business Review dirían: “Los empleados tienden a amar de manera instintiva el cambio”, y preguntarían: “¿Por qué es tan fácil cambiar?”

Eludir el cambio porque es negativo o porque requiere trabajo o presenta el riesgo de padecer alguna de estas dos eventualidades es una reacción lógica y racional. Pero en lo que se refiere a la naturaleza humana, en ausencia de consecuencias negativas, nuestro instinto natural es el opuesto: los humanos tendemos a sentirnos atraídos tanto por la novedad como por el cambio. Esa característica, llamada neofilia, es un tema sobre el que se escribe en la bibliografía de la psicología académica. De hecho, junto con depender de la recompensa, evitar el daño y la persistencia, la neofilia se considera uno de los cuatro componentes básicos del temperamento humano.

La actitud general de una persona hacia la novedad y el cambio se ve afectada tanto por la naturaleza como por la educación, por nuestros genes y entorno. La influencia de nuestro entorno es más evidente en la evolución de las actitudes humanas a lo largo del tiempo. Hace algunos siglos, la vida de la mayoría de las personas se caracterizaba por tareas repetitivas, largas horas de soledad y escasez de estímulos. La novedad y el cambio eran raros, y la gente desconfiaba de estos, mientras que se sentía perfectamente cómoda en condiciones que hoy en día encontraríamos muy tediosas. Y por “muy tediosas” no me refiero al día en que su novia pudo haberlo arrastrado a ver un documental sobre la vida de Al Gore. Me refiero a una semana laboral de sesenta horas invertidas en cortar astillas de roca para apilarlas con el fin de construir una estructura, usar un hacha para talar y cortar un árbol de arce de 15 metros, o pasar semanas sentado en un carruaje estrecho mientras se viaja de Nueva York a Ohio.

Debido a que el tedio solía ser la norma, el concepto de aburrido ni siquiera apareció hasta la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII. Desde entonces, tanto la disponibilidad de estimulación como nuestra sed de ella han aumentado de manera gradual, en especial en el siglo XX, que vio el surgimiento de la electricidad, la radio, la televisión, las películas y los nuevos medios de transporte. Eso no solo trajo cambios en la forma en que vivimos, sino que nos expuso a otras formas de vida, aumentando en gran medida nuestra movilidad y la cantidad de personas y lugares nuevos que encontramos. Mediante los viajes y los medios de comunicación, podíamos explorar no solo nuestros propios pueblos y ciudades, sino el mundo entero.

Si bien en el siglo XX nos sentimos mucho más cómodos con la novedad y el cambio, esa evolución de nuestras actitudes no fue nada comparada con la transformación provocada por los avances de los últimos veinte años, por el auge de internet, el correo electrónico, los mensajes de texto y las redes sociales, y el aumento del ritmo del cambio tecnológico.

Nuestra actitud evolutiva es una adaptación, pero también es un florecimiento, ya que siempre hemos tenido el potencial de hacer grandes ajustes. Como veremos, está en nuestros genes. Es uno de nuestros rasgos definitorios. Llegaremos a las diferencias individuales más adelante y a las tendencias que dependen de la genética, la experiencia y la edad de cada uno de nosotros, pero en general, quienes en el mundo de los negocios se quejan de la renuencia de las personas a adaptarse a las modificaciones en el lugar de trabajo, tienen la suerte de no verse obligados a hacer que los gatos trabajen más horas o que los mapaches alteren la forma en que buscan comida. En comparación con otras especies, los seres humanos aman la novedad y el cambio. “Nosotros [los humanos] saltamos fronteras. Sentimos el impulso de buscar un territorio nuevo, incluso cuando tenemos recursos donde estamos. Otros animales no hacen esto”, comenta Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

Así que, si bien nuestra era actual nos está haciendo demandas sin precedentes, en realidad solo nos está pidiendo que aprovechemos una cualidad que siempre hemos tenido, una de las cualidades que nos hace humanos. Nuestra capacidad y deseo de adaptarnos, explorar y generar ideas nuevas son, de hecho, de lo que trata este libro.

Nuestro espíritu explorador

Las primeras versiones de nuestra especie no eran neofílicas. Hace doscientos mil años, en África, nuestros antepasados no tenían un impulso aparente de explorar entornos nuevos. La tripulación de Star Trek tenía la misión de “explorar mundos nuevos y extraños, buscar vida nueva y civilizaciones nuevas, ir audazmente adonde ningún hombre había ido antes”, pero es probable que la misión de una tripulación con la actitud de los primeros humanos habría sido “sentarse en un tronco, no arriesgarse y evitar tímidamente las áreas que nadie ha visto”.

Lo que parece haber cambiado en nuestra psique fue un gran suceso catastrófico, probablemente relacionado con el cambio climático, que diezmó nuestras filas hace unos 135 000 años. En ese momento, toda la población de la subespecie que ahora llamamos humanos se desplomó a solo seiscientos. Hoy en día, esa cantidad sería lo suficientemente baja como para incluirnos en la lista de especies en peligro de extinción, con lo cual la lista al fin contendría un ser al que todos estarían de acuerdo en que vale la pena salvar. Pero si bien la muerte fue sin duda un momento trágico para la mayoría de nuestros antepasados, también fue una bendición para aquellos de nuestra especie que sobrevivieron.

Muchos científicos creen ahora que el maltrato ambiental actuó como un filtro genético, eliminando de nuestras filas a los menos aventureros y permitiendo sobrevivir, de manera preferente, a aquellos con el deseo audaz de explorar. En otras palabras, si hubieran vivido en ese entonces, aquellos amigos que siempre van al mismo restaurante y ordenan bistec y papas, probablemente habrían perecido, mientras que los buscadores de emociones que se deleitan en descubrir nuevos chefs y platillos como el tiburón podrido y la oreja de cerdo frita habrían tenido una mejor oportunidad de perdurar.

Los científicos llegaron a esta conclusión porque durante cientos de miles de años, los humanos habían permanecido cerca de sus orígenes en África. Pero luego, como revelan los fósiles descubiertos en China e Israel, unos pocos miles de años después de la catástrofe mencionada, los descendientes de esos sobrevivientes robustos viajaron de repente a nuevos mundos distantes. En 2015, esos descubrimientos se vieron reforzados por el análisis tanto de las poblaciones modernas como del material genético antiguo. Esto indica que hace 50 000 años, los seres humanos se habían extendido por toda Europa, y hace 12 000 años, hacia todos los rincones del mundo. La colonización fue rápida y sugiere una evolución en el carácter fundamental de nuestra especie. Los neandertales, en comparación, aunque estuvieron presentes durante cientos de miles de años, nunca se extendieron más allá de Europa y Asia central y occidental.

Si nuestra especie fue alterada por ese suceso catastrófico, si esa época dura de nuestra existencia favoreció a aquellos con una mayor tendencia a explorar y arriesgarse, entonces nuestra actitud hacia el cambio debe de reflejarse en nuestra composición genética. Nuestra especie actual debe de poseer un gen o un conjunto de genes que nos inducen a estar descontentos con el statu quo, a buscar lo nuevo y lo desconocido. Los científicos encontraron un gen de este tipo en 1996. Se llama DRD4, por gen D4 del receptor de dopamina, porque afecta la forma en que el cerebro responde a la dopamina.

La dopamina es un neurotransmisor, una de las diversas moléculas de proteína que las neuronas utilizan para comunicarse entre sí. Desempeña un papel muy importante en el sistema de recompensas del cerebro, del cual hablaré en el Capítulo 3. Por ahora, solo señalaré que el sistema de recompensas inicia sus sentimientos de placer, y la dopamina transmite esas señales. Sin un sistema de recompensas, usted sentiría lo mismo si un policía de tránsito le dijera: “Lo dejaré ir esta vez con una advertencia” o si un reportero de la CNN le dijera: “Los científicos acaban de descubrir el exoplaneta número 4 000”.

El gen DRD4 viene en variantes llamadas DRD4-2R, DR D4-3R, etc. Todos tienen alguna forma del gen, pero de la misma manera en que la altura y el color de los ojos varían, también lo hace el grado de búsqueda de la novedad que otorgan esas distintas formas. Algunas versiones del gen, como la variante DRD4-7R, dotan a las personas de una muy alta tendencia a explorar Esto se debe a que aquellos con esa variante responden a la dopamina con menos intensidad en su sistema de recompensas. Como resultado, requieren más dopamina para acelerar su vida cotidiana que aquellos con otras variantes, y buscan un mayor nivel de estimulación para alcanzar un nivel satisfactorio.

El descubrimiento de la función del DRD4 respondió algunas preguntas, pero planteó otras. Por ejemplo, si ese gen está realmente relacionado con nuestra tendencia a explorar, ¿las poblaciones que se han alejado de nuestros orígenes africanos tienen una mayor incidencia de DRD4-7R que las que se alejaron menos? Si nuestra idea del origen de nuestro comportamiento de búsqueda de lo novedoso es correcta, uno esperaría eso.

Esa expectativa resultó válida. El vínculo geográfico se estableció primero en 1999 y luego de manera más definitiva en un artículo fundamental de 2011 con un engorroso título: Novelty-Seeking DRD4 Polymorphisms Are Associated with Human Migration Distance Out-of-Africa After Controlling for Neutral Population Gene Structure [Los polimorfismos DRD4 relacionados con la búsqueda de la novedad se asocian con la distancia de la migración humana fuera de África después de controlar la estructura genética de la población neutral]. Esos documentos informaron que cuanto más lejos emigraron nuestros ancestros de sus raíces africanas, mayor es la prevalencia en esa población de la variante DRD4-7R. Por ejemplo, los judíos que emigraron a Roma y Alemania, muy lejos de su origen, muestran una mayor proporción de esa variante que los que emigraron una distancia más corta hacia el sur, a Etiopía y Yemen.

Es una simplificación exagerada atribuir algo tan complejo como un rasgo de personalidad a un solo gen. Ciertamente hay muchos genes que contribuyen a una tendencia hacia la novedad y la exploración. Y el componente genético es solo un factor en una ecuación que también debe incluir el historial de vida de una persona y sus circunstancias actuales. Aun así, la contribución genética se puede rastrear, y actualmente los científicos están buscando otros genes que puedan estar involucrados, así como su función, para completar el panorama

La buena noticia es que cuando enfrentamos una novedad cada vez más reciente y un cambio acelerado en la sociedad humana, pese a que los cambios sean perturbadores, la mayoría de nosotros tenemos una buena dosis de neofilia como parte de nuestra herencia genética. Los mismos rasgos que nos salvaron hace 135 000 años todavía pueden ayudarnos hoy.

Incluso una mejor noticia es el hecho de que para nosotros y para nuestra especie, nuestros genes no solo nos ayudan a lidiar con la nueva sociedad, sino que nuestra sociedad también puede ayudar a moldear nuestros genes. La investigación de vanguardia en genómica muestra que nuestros rasgos no son, como se creía con anterioridad, solo consecuencias del ADN que conforma nuestros genes. Más bien, nuestros rasgos también dependen de la epigenética: la forma en que las células modifican nuestro ADN genómico y las proteínas se unen estrechamente a ese ADN para activar o desactivar los genes en respuesta a las circunstancias externas. Apenas hemos empezado a comprender cómo funciona eso, pero los cambios epigenéticos pueden ser el resultado de su comportamiento o de sus hábitos, e incluso pueden ser hereditarios. Si se confirma que eso es cierto, los cambios en la sociedad que favorecen una mayor aptitud para tratar con la novedad, podrían causar cambios adaptativos en nuestra especie.