Opinión

El secuestro en México • Saskia Niño De Rivera y Manuel López San Martín

El infierno tan temido.

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ADELANTOS EDITORIALES

El libro ofrece una contraparte no menos amarga con la voz de las víctimas para develar cómo fue su día a día durante el secuestro, qué secuelas físicas y mentales quedaron en su vida, cómo fue la relación con sus captores y cómo reaccionaron ante las torturas y violaciones, entre muchas otras confesiones estremecedoras. El infierno tan temido: el secuestro en México es un documento único que devela la entraña del delito, no para juzgar desde lo inmediato, sino para reflexionar sobre qué podemos hacer para decir basta a la violencia que destroza a México.

El secuestro en México es un delito que ha evolucionado y crecido de forma voraz: lo mismo destroza la vida de personas millonarias que de hombres y mujeres con escasos recursos. En este libro Saskia Niño de Rivera y Manuel López San Martín advierten sobre las circunstancias en las que se dan los plagios, cuestionan los aparatos de justicia e insisten en la necesidad de conocer a fondo los contextos sociales de secuestradores y víctimas para combatir este delito.

Por primera vez en un libro se ofrecen las revelaciones de los secuestradores más implacables de México, mutiladores, crueles y de triste celebridad por la brutalidad de sus actos. Se detalla por qué se convirtieron en secuestradores, cómo fue su niñez y núcleo familiar, cómo privaron de su libertad a las personas y por qué mataron con tanta frialdad a algunas.

Fragmento del libro “El infierno tan temido: El secuestro en México” de Saskia Niño de Rivera y Manuel López San Martín. Aguilar, Penguin Random House. Cortesía de publicación Penguin Random House.

El secuestro en México | Saskia Niño De Rivera & Manuel López San Martín

#AdelantosEditoriales

 

Prólogo

El secuestro en México y la cruda realidad de un México destrozado

Escuchar la voz, la historia, el porqué y el cómo de un secuestrador y de una víctima es una de las mejores formas de entender uno de los delitos que más lacera, que mayor daño causa y que más se­cuelas deja. Secuelas permanentes en las víctimas y en la sociedad.

Son los contextos y realidades los que nos pueden aproximar a los hombres y mujeres de carne y hueso, reales, que han hecho del secuestro su forma de vida. Son las historias de las víctimas, de su cautiverio y de los daños irreversibles que marcan con dolor su vida por este delito. Atrevernos a escuchar estas historias nos lleva a entender la crueldad que hay detrás de este terrible delito que aterroriza a una sociedad entera. Pero queremos insistir: un delito tiene una historia de vida detrás del secuestrador y su víctima: ¿Cómo vivió el delincuente? ¿Cómo fue su niñez, su familia, su ambiente cotidiano? ¿Qué sucesos soportó la víctima, qué marcas quedaron en su cuerpo y en su memoria?

“Odia el delito y compadece al delincuente” es una frase que tenemos como bandera desde hace una década, los mismos años que Saskia tiene ingresando a las cárceles del país, y que Manuel ha hecho suya también, al comunicar hechos atroces en los diversos medios de comunicación donde tiene la titularidad y la responsabilidad de informar con veracidad. Resulta de vital importancia entender que tenemos que separar el acto delictivo de la persona, no para deslindar la responsabilidad, sino para entender la raíz de lo que, como sociedad, hemos construido de forma errónea hasta convertirnos en la cuna de actos delictivos como el secuestro. Al ser más conscientes y estar más informados de cómo se dan estos delitos podremos negarnos a cometerlos, entender las circunstancias sociales, denunciarlos y apostar por la construcción de un México en paz.

Entender, analizar y perfilar al secuestrador es la base para prevenir este delito que durante tantos años ha cimbrado al país y cuya comisión no se detiene. Escuchar las historias de las y los sobrevivientes de secuestro es volver a humanizarnos como sociedad y entender que los delitos tienen gran impacto dentro de nuestras comunidades y van más allá de una cifra que podamos comparar mes a mes. Un caso de secuestro es suficiente para rom­per la esperanza de una sociedad entera, por su crueldad y violencia, por sus consecuencias terribles y a veces mortales. Las cifras del día a día nos dan una percepción de inseguridad o seguridad, pero las historias de lo vivido por quienes hoy están para contar sus experiencias como víctimas reflejan un dolor que tendría que estremecer en lo más profundo, pues pone en riesgo los cimientos de cualquier sociedad: el contrato social.

En las últimas décadas, año con año, el secuestro ha registrado un aumento. Pero cabe insistir: detrás de las cifras, hay hombres y mujeres con historias, vidas trastocadas y secuelas. Las voces de las víctimas y victimarios son esenciales para comprender no sólo frente a qué estamos, sino cómo frenar lo que luce como una ola imparable.

¿Cómo llegaron los secuestradores a este delito? ¿Por qué se dedicaron a este ilícito? ¿Qué elementos incidieron en ellos? ¿Qué pensaban mientras ejecutaban un secuestro? ¿Qué ven hoy en retrospectiva? También es necesario reflexionar: ¿Fallamos como país? ¿Fracasaron las instituciones? ¿Hay algo que como sociedad podamos hacer? De seguir con una estrategia reactiva de seguridad, ¿hay esperanza de un México en paz?

No hay una fórmula que nos permita acercarnos con precisión científica a las causas y, por tanto, erradicarlas. Pero sí es posible trazar un perfil y una radiografía de factores y condiciones comunes que puedan ayudar al análisis, estudio y, por qué no, a la prevención de este delito.

El secuestro en México se ha diversificado. Pasamos de que fuera un tema exclusivo de los “ricos”, de casos sonados —de alto impacto—, a un asunto tan común como cotidiano, que no discri­ mina sexo, nivel socioeconómico o perfil demográfico. Pasamos de escuchar historias del secuestro de los hombres y mujeres más acaudalados de nuestro país a observar que la cantidad de dinero que una persona posee ya no es necesariamente un factor determinante para ser víctima de este delito.

Aclaremos lo siguiente: “Odia el delito y compadece al delincuente” no tiene nada que ver con renunciar a la búsqueda de justicia, mucho menos aceptar la impunidad. Tampoco tiene que ver con el perdón. Al contrario, se trata de comprender para aprender. De entender para prevenir y erradicar. Es fundamental estudiar, analizar y contextualizar por qué México ha sido —y es— tierra fértil para quienes creen que pueden tomar el destino de una persona en sus manos, e intercambiarlo por dinero; para quienes ponen precio a la vida de cualquier persona.

En México hemos normalizado la violencia como factor que paraliza e impide la reconstrucción del tejido social, el camino despejado hacia el proceso de paz. El horror cotidiano ha hecho que como sociedad perdamos la capacidad de indignación que debería llevarnos a pensar en justicia. Como mexicanas y mexicanos, ¿cómo vamos a sacar a este país adelante garantizando un Estado de derecho, justicia y paz?

Pocas cosas resultan más desgarradoras que escuchar los testimonios de quienes han pasado por este delito y son sobrevi­vientes. Desafortunadamente, ellas y ellos son testimonio de una realidad de carne y hueso, disfrazada de cifras y expedientes a los ojos de las autoridades; carpetas de investigación que se apilan en la montaña de pendientes y rara vez alcanzan la justicia. No po­demos permitir que nuestra esencia como mexicanas y mexicanos normalice las historias de terror que genera la ola de violencia por la cual estamos pasando. Normalizar la violencia que vivimos se ha vuelto el peor mecanismo de defensa y nos aleja de la posibili­dad de reparar y construir un camino de paz.

La recopilación de testimonios para integrar este libro fue dolorosa. Dolorosa por decirlo de alguna manera, ante la ausencia de palabras que realmente describan la desesperanza de escarbar en el nido de actos tan atroces. Detrás de cada palabra se acumulan las tristezas. Escuchar a quienes hoy siguen su vida, marcada por una pausa que los puso al límite de la sobrevivencia, horroriza y no alimenta demasiadas esperanzas en el porvenir; no anima a creer que la pacificación de nuestro país sea posible.

Y la otra cara de la moneda ofrece una realidad no menos triste y desgarradora: escuchar las historias de vida de quienes hoy —des­de una celda en alguna cárcel del país, vulnerables— se confiesan y hablan, abre la posibilidad de entender para transformar; de ser sensibles desde la compasión para asimilar los múltiples factores por los que como sociedad también somos corresponsables.

Es cierto, sentimos rabia al oír sobre la corrupción e impunidad que rigen nuestro sistema de justicia, así como impotencia al aceptar la maldad injustificable que rige las personalidades ge­neradas a consecuencia de la suma de fallas de un tejido social fracturado, tal vez completamente roto.

Ver, escuchar y leer las noticias, consumir las cifras de crimen e inseguridad se ha vuelto el pan de cada día. Transmitir, desde los medios, una comunicación asertiva que construya, sin caer en el amarillismo morboso que se ha vuelto el veneno de consumo diario, es obligación de medios y periodistas.

El miedo con el que salimos de casa, nos despedimos de un ser querido y emprendemos el camino al trabajo o a la escuela se ha anestesiado para sobrevivir, sin siquiera percatarnos, en oca­ siones, de que vivir así no es vida.

Los siguientes párrafos de este libro son las historias de los causantes del dolor y de las y los sobrevivientes. No podemos tratar de entender el delito sin realmente dimensionar el dolor que viven, de por vida, quienes sobrevivieron. Este libro busca humanizar. Humanizar lo inhumano porque sólo así podremos rescatar a México de las garras de la violencia y aproximarnos al país en paz que la mayoría anhela. Tenemos que dejar de pretender que la seguridad reactiva es la solución a la construcción de un México donde el miedo a sobrevivir sea algo inexistente. Tenemos que atrevernos a hacer las cosas distintas. Dejar de politizar la seguridad y entender también que los cambios reales, los cambios que reparan a largo plazo, vienen de nuestra capacidad resistente de desentender la justicia como sinónimo de venganza.

Nadie se convierte en secuestrador de la noche a la mañana. El secuestrador no nace, se hace. El contexto familiar, las condi­ ciones sociales, la corrupción dentro de nuestro sistema de justi­ cia, el fallido sistema penitenciario y la impunidad que campea en nuestro país se han vuelto la mezcla perfecta del secuestro en México.

The Carstens Institute, encabezado por el experto en negociación de secuestros, Pablo Carstens, ha clasificado el secuestro, según su duración y dinámica, en cinco tipos:

1. Exprés: no dura más de 24 horas, jamás hay un lugar fijo de cautiverio y no se cobra más de lo que alguien puede sacar de una tarjeta o tener en efectivo a la mano.

2. Transitorio: inicia como un secuestro exprés, sin embargo, se convierte en un secuestro de corto plazo.

3. Corto plazo: no dura más de dos semanas y quienes lo realizan tienen poca estructura organizacional. Se cobran decenas de miles de pesos en rescate.

4. Mediano plazo: su duración es de entre dos semanas y tres meses. Existe mayor estructura y una banda organizada. Se pretende cobrar cientos de miles o millones de pesos.

5. Largo plazo: dura más de tres meses. Se trata de una ban­da bien organizada —incluso pueden existir células con labores específicas dentro de la misma—, secuestran a personas de alto impacto. Requiere estudio y planeación. También puede llevarse a cabo con fines políticos. Los res­cates que se piden son en millones de dólares.

El común denominador, como en toda cadena criminal, pasa por los exorbitantes niveles de corrupción e impunidad que vive México y se alimenta de las condiciones de desigualdad, marginación y pobreza que rompen el tejido social y acrecientan los contrastes. Así que, por más que conozcamos e investiguemos, mientras la brecha de desigualdad no decrezca, apostar por la disminución de este cáncer es casi apostar por un milagro. Hay que ir a la raíz.

La comisión de un delito no es justificable. Tampoco lo son las condiciones de desigualdad. Sin embargo, ciertos factores ayudan a entender por qué hay quienes, en medio de adversidades sociales, educativas o económicas, optan o se ven arrinconados a comenzar una carrera delincuencial.

El contexto violento al interior de la familia o dentro de la comunidad a la que se pertenece, así como las condiciones socia­les marginales y precarias, la carencia de valores y la fragilidad educativa, son el común denominador de quienes se inician en la vida delictiva.

Los resultados de la primera encuesta realizada por el CIDE en 2012 a la población interna de los Centros Federales de Rea­daptación Social son contundentes: 87% de los presos en penales federales no terminaron la preparatoria o el equivalente en educación técnica. Además, más de 50% tuvo que dejar la escuela por la necesidad de trabajar, mientras que la mayoría de ellos se autoempleaba —antes de ser trasladado al penal— como chofer o comerciante. En cuanto a la escolaridad, 53.7% de los varones y 60% de las mujeres no lograron completar la secundaria, y 90% de los hombres y 87% de las mujeres ya trabajaban antes de los 18 años.

La desigualdad y falta de oportunidades son la llave que abre la puerta a la delincuencia. Es el punto de partida, pero no de llegada. Como veremos, quienes cometen el delito de secuestro se iniciaron en la cadena delictiva llevando a cabo otros crímenes y, por factores que en las siguientes páginas analizaremos, escalaron en la pirámide de la delincuencia.

Si bien cada delito tiene características particulares —y quie­nes lo cometen también—, en el secuestro es el resentimiento social y las carencias emocionales y económicas lo que predomina.

Andrea X, integrante de la Mara Salvatrucha, recluida por el delito de secuestro en un penal estatal de Oaxaca, nos habla de su única hija:

—¿A qué edad la tuviste? —preguntamos.

—La tuve a los 11 años.

¿Quién es el papá?

—El marido de mi mamá.

¿Ella creció contigo? ¿Tu mamá te ayudó a cuidarla?

—Yo, cuando la tuve le ponía el pañal al revés. Te soy sincera. Yo no sabía ni cambiar el puto pañal, no sabía nada… Imagí­nate que yo dormía con ella en el piso porque tenía miedo de que se me cayera de la cama.

¿Y cuando creció se te quitó el miedo? ¿O aparecieron nuevos miedos? —Desde que ella nació yo he tenido mucho miedo de que a ella le pase lo mismo que a mí.

¿Qué?

—Que la violen igual que lo hizo mi padre conmigo.

¿A qué edad te empezó a violar?

—Él me empezó a violar desde que tenía yo 9 años, y me acuerdo que por eso cuando yo empecé andar en cosas malas yo decía: “Un día lo voy a matar, algún día se va a dar el momento, algún día, algún día, algún día…”, ésa era una meta para mí.

¿Y lo mataste?

—Sí, lo mandé matar.

Otro botón de muestra: platicamos con Óscar X, quien se encuentra compurgando una sentencia de 80 años por el delito de secuestro y delincuencia organizada en el Centro Federal de Rea­daptación Social de Máxima Seguridad, “Altiplano”. Él comenzó robando coches a los 13 años, para los 15 asaltaba bancos y a los 19 realizó su primer secuestro.

—Cuando era pequeño mi familia no tenía dinero. No tenía dinero, pero tampoco hacía mucho por conseguirlo. Trabajo y la voluntad de Dios es lo único que los mantenía saliendo día a día. Eso a mí no me gustaba y nunca me gustó —nos dice Óscar.

¿No te gustaba no tener dinero?

—No. Yo por eso me fui de mi casa muy pequeño, y eso a mis papás no les gustó. A mí lo que me gustaba era juntarme con gente con dinero. Y por azares del destino conocí a los 12 años a personas que se dedicaban al robo de autos.

¿Cómo los conociste?

—En la calle donde viví. Ellos no trabajan, cosa que yo sí hacía. Yo estudiaba y trabajaba en las tardes repartiendo tortillas, cocía muñecos de peluche y así… Eso lo hacía para tener dinero para mí porque mis papás no me compraban cosas. Yo me com­praba mis tenis ya que en la escuela no me dejaban traer tenis ro­tos. Muchas veces me regresaron de la escuela por las condiciones en las cuales se encontraba mi ropa y mis tenis.

¿Te daba satisfacción comprar tus cosas?

—Sí, pero mis amigos que no trabajaban tenían más dinero, dinero fácil, dinero rápido… mucho más dinero que yo.

Uno de los secuestradores más sanguinarios de todos los tiempos, Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, dice tener la fórmula para terminar con el delito que lo volvió tristemente célebre:

Todos sabemos cómo se puede acabar el secuestro. En paí­ses de primer mundo no existe el secuestro. Aquí también podría suceder eso, pero no de hoy a mañana. ¿Por qué no empiezan con los niños, les empiezan a dar de comer bien, les dan buena escuela para que tengan una academia y otra cultura, y se acabe todo esto? Aquí en México lo que queremos son esclavos, para tener mano de obra para las empresas, para los gabachos y para los mexica­nos. Nace un niño y dicen: “Qué bueno, ya nació más mano de obra”. Aquí no ayudan a los mexicanos.

Nadie se convierte en secuestrador de la noche a la mañana. Son contados los casos de quienes se inician en la cadena delictiva participando en un secuestro o siendo parte de una banda dedi­cada a este crimen.

Las causas que llevan a una persona a escalar en la pirámide de la delincuencia son multifactoriales, pero se engloban en dos conceptos cruciales: corrupción e impunidad.

Dentro del trabajo realizado en distintas cárceles, y particularmente con diferentes secuestradoras y secuestradores, la cons­tante es que llegaron a este delito luego de escalar peldaños en una pirámide delictiva; y esos saltos se acompañaron de corrup­ción, impunidad y —cuando fueron detenidos— de un deficiente sistema penitenciario.

Por ejemplo, Arizmendi fue detenido por robo de autopartes y encerrado en el penal de Barrientos, en el Estado de México, en 1991. En aquella ocasión, mucho antes de que comenzara a incursionar en el secuestro, pagó 100 mil pesos a un juez y salió libre. Así nos lo cuenta:

¿Cuánto tiempo estuviste en Barrientos?

—Uy, así como entré salí.

¿Pagaste por salir? ¿Te acuerdas de cuánto te costó eso?

—Sí, en esos tiempos como 100 mil pesos. O creo todavía era un millón, no, algo así. En el 91. No sé si ya había pasado a pesos. Bueno… 100 mil pesos.

Si bien, activistas como María Elena Morera, Alejandro Mar­tí e Isabel Miranda de Wallace, entre otros, se han enfocado no sólo en el combate directo, sino en limpiar los cuerpos policiacos y fortalecer las Unidades Especiales Antisecuestro, la corrupción y la línea tan delgada que no pocas veces se rompe entre autoridades y delincuentes han impedido su labor. La corrupción en nuestro sistema de justicia penal hoy garantiza la impunidad para quienes optan por la delincuencia como un estilo de vida.

Dado que 97% de los delitos en México no se denuncian, y de los que sí, sólo la mitad se soluciona, hoy ser un delincuente en el país es rentable.

El Mochaorejas, sentenciado a cientos de años de cárcel, lo explica sin pudor y con una frialdad tan nítida como la realidad:

—Yo tenía a la policía comprada. Fíjese, cuando empezó a salir mi nombre en los medios y dizque me estaban ya buscando todos, el famoso dizque “superpolicía” que le decían me hablaba a mi celular y me daba el pitazo: “Sabe qué, pélese ya estamos en Morelos y lo estamos buscando”. Así fue desde el 95 hasta el 98 que me agarraron. Si yo no hubiera tenido comprada a toda la policía, no le cuento, me hubieran agarrado desde años antes.

Al escuchar las palabras de Arizmendi es inevitable no pensar en las decenas de víctimas y familias que entre 1991 y 1998 fueron blanco de sus crímenes, que a su vez fueron posibles gracias a la corrupción e impunidad.

Pero también vienen a la mente preguntas obligadas: ¿Qué habría pasado si el Mochaorejas hubiera cumplido su sentencia por robo de autos? ¿Cuánto daño se habría evitado si el dinero no le hubiera abierto la puerta de la libertad? ¿Habríamos cambiado la historia si nuestro sistema penitenciario realmente ayudara a reinsertar en sociedad? ¿Se habría frenado su escalada en la pirá­mide delincuencial? ¿Habría terminado secuestrando? ¿Cuántas vidas se habrían salvado si la policía hubiera hecho bien su tra­bajo?

No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que decenas de personas perdieron a un ser querido y otros tantos quedaron mutilados y con la huella permanente de un secuestro. Todo porque hubo alguien que se corrompió.

Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad (Envipe), en 2018 México ocupó el nada honroso segundo lugar en corrupción dentro de los países miembros de la onu. La inseguridad en nuestro país tiene costos que ascienden a los 213 mil millones de pesos anuales y parece que todos en al­gún momento hemos sido víctimas de algún delito. Las cifras de secuestro en los últimos años van a la alza según datos del Obser­vatorio Nacional Ciudadano, y ni qué decir de la cifra negra: los crímenes que nunca se denuncian.

Corrupción no sólo es robar, también es un sistema que no funciona, que no ofrece salidas ni oportunidades.

De acuerdo con datos del Inegi a 2014, existen sólo 3 mil 229 abogados defensores de oficio para atender más de un millón de casos al año. ¿Sus sueldos? Entre 15 y 20 mil pesos mensuales, en el mejor de los casos.

Cifras reportadas por el CIDE sobre su estudio realizado a la población interna de Centros Federales de Readaptación Social, a la pregunta “¿En algún momento creyó que podía evitar la cárcel si hubiera tenido influencias o dinero para pagar alguna mordi­da?”, 55.9% respondió “sí”.

No es casualidad que entre las autoridades peor evaluadas por los mexicanos estén los jueces, cuya actuación fue calificada por 45.1% de los encuestados como “muy mala”. Para 40.6% el Ministerio Público también tiene una actuación “muy mala”; la actuación del Ministerio Público adscrito al juzgado es “muy mala” para 35.1%, y de los abogados, según 34.1% de los encues­tados, es igualmente “muy mala” (Envipe, 2020).

Los policías y ministerios públicos de nuestro país no tienen sueldos dignos y tampoco, salvo excepciones, están capacitados para llevar a cabo su labor con seguridad y profesionalismo.

No pocos de los secuestradores más sangrientos de la historia de México empezaron como policías y aprendieron a distorsionar la justicia con el poder y dinero, con necesidad y corrupción.

César Freyre es un ejemplo que ayuda a ilustrar esta situa­ción. Preso en el penal de máxima seguridad del Altiplano, por su participación en el secuestro de Hugo Alberto Wallace, habla de cuando era policía:

—En la policía nunca vives de tu cheque, de tu sueldo. Entre la gasolina, la comida, la ropa… no te alcanza. Obvio te presen­tan gente y gente que te ofrece mucho más de lo que está en tu cheque. Ahí te empiezas a relacionar y se vuelven compromisos porque esa gente hace una pendejada y tú la tienes que tapar. Te vuelves parte de la delincuencia.

Así como Freyre, también Daniel Arizmendi fue policía. De su paso por la policía estatal de Morelos, cuenta:

—Un muchacho que dizque había matado a cierta persona, y un conocido de él, o algo así, lo denunció. Hizo trato con nosotros y nos ayudó a poner a alguien más para que a él lo soltáramos:

“No, pues ya sé que está trabajando en Izúcar de Matamoros, por allá tiene una casa, sobre la orilla de una laguna”, me dijo. Y dice el comandante: “Aquí tenemos una orden de aprehensión, hay que sacarle la colaboración para que nos dejen trabajar los de Puebla”. Entonces fuimos a Puebla, nos prestaron unos elementos también de Puebla, fuimos a la aprehensión, y sí, vivía en una choza, muy humilde el señor. Ahí vivía el señor con su esposa y… no me acuerdo, creo sus dos hijos. Traía un caballo jalando de la rienda. Iba caminando.

“Ahí va, ahí va”, dijo el chivo que lo estaba poniendo. “Ahí va, ahí va”, y pues nos bajamos, lo encañonamos y lo subimos. Nos metimos a su casa. ¿A qué nos íbamos a meter? Esas ór­denes nos dieron. Es más, ésas ni eran mis órdenes, eran del ­comandante. Y pues le vaciamos la casa, robamos y tenía dos, tres armas. Se perdieron las armas porque el comandante se quedó con ellas.

Eso era un robo, ¿verdad? Nos metimos a robar a la casa. Bueno ahí, tal vez se nos pasaba el robo, ¿verdad? Pero resulta que si iban por la aprehensión y ya saben que es culpable, porque trae la orden de aprehensión. Pues no, ahí arriba lo golpearon, pero feo, como si fuera un bulto. Le pegaron muy feo y lo torturaron allá adentro.

En estas historias podemos apreciar cómo surge la oportunidad de pagar o sobornar a las autoridades encargadas de impartir justicia; también la posibilidad de aprender y operar distintos delitos desde dentro de la cárcel: la privación de la libertad vista no como un espacio de castigo y segregación, sino como uno de oportunidad de crecimiento, de mejorar las relaciones delictivas y de diversificarse en materia de crimen.

Las razones que colocan la cárcel como el eslabón más débil en la cadena son multifactoriales, pero tienen vasos comunican­tes: bajos sueldos de los custodios y sobrepoblación.

El sueldo promedio de un custodio en México es de 7 mil pe­sos mensuales (en 2019). No sólo eso, es común platicar con ellos y saber que sus superiores les dan prestaciones, siempre y cuando ellos las paguen.

El hacinamiento en los centros penitenciarios es otra constan­te. A nivel estatal, por ejemplo, es de 400%. A ello debemos sumar que al interior de las cárceles hay lo mismo drogas que prostitu­ ción, venta de alcohol y extorsión; y ante la falta de una clasifi­cación criminal adecuada, existe la oportunidad 24 horas al día para planear y crear alianzas para los siguientes delitos. Todo tiene un precio. Las cárceles del país lejos de generar oportunidades de reinserción terminan de corromper a quienes por ahí pasan. Una vez marcado con el sello de “la cana”, crear una vida de bien se vuelve complicado.

No es algo nuevo que la corrupción y la falta de gobernabi­lidad que tienen, en diferentes grados, los reclusorios federales, estatales y los supuestamente extintos penales municipales pro­muevan espacios para la “profesionalización” de la delincuencia.

Óscar X, acusado de secuestrar a un hombre y a su hijo, lo relata así: “La delincuencia dentro de la cárcel no es una opción, es parte de la dinámica para sobrevivir”.

Las cárceles de México se han vuelto espacios donde se ar­ticulan bandas de secuestradores. Las más sanguinarias organiza­ciones de secuestradores, que tanto daño le han hecho a México (los Arizmendi, Caletri, Canchola, Montante, Tolmex…), han entrado y salido de la cárcel en busca de continuar con su carrera delictiva. La cárcel no ha sido más que una puerta giratoria que los regresa a la sociedad con conocimiento y posibilidades para seguir delinquiendo.

Según el informe penitenciario de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (cndh), 80% de nuestros reclusorios están en condiciones de auto o cogobierno. Entendamos la ingobernabi­lidad de nuestro sistema penitenciario como la incapacidad de las autoridades para controlar lo que pasa dentro de sus cárceles. Esto significa que en las cárceles del país quienes mandan son las mismas personas privadas de la libertad y son contadas con una mano las autoridades que pueden caminar libremente dentro de su propio sistema. La ingobernabilidad, la sobrepoblación y la falta de oportunidades que hay en nuestras cárceles son un cáncer que lejos de prevenir la delincuencia la alimentan.