Opinión

El secreto de las golondrinas

«Esta historia debe conocerla el mundo. Pero si revelo mi nombre me matarán.» Anónimo

  • Escuchar
ADELANTOS EDITORIALES

Su misión: seducir a un hombre rico y con poder.

Programa Golondrina: táctica de la Guerra Fría usada para engañar a hombres poderosos y así conseguir información e influencias en beneficio del gobierno ruso.

Octubre de 2016. En Estados Unidos las elecciones están a la vuelta de la esquina. La periodista Grace Elliot acaba de destapar una exclusiva que cree que la llevará a la cúspide de su carrera: una estrella del porno quiere hablar sobre su aventura con el que puede llegar a ser el futuro presidente de Estados Unidos. Pero el presidente es intocable. Igual que su exmujer, Elena.

En Praga, Grace descubrirá una historia explosiva que podría decidir las elecciones americanas y hacer estallar una nueva Guerra Fría. Siempre y cuando, siga viva para contarlo.

Fragmento del libro El secreto de las golondrinas, Anónimo. © 2019, Planeta. Traducción de Pilar de la Peña Minguell. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

El secreto de las golondrinas

#AdelantosEditoriales


El secreto de las golondrinas

1

Montreal, 2016

Grace Elliott estaba sentada en un sofá púrpura manchado en el hotel más barato del centro de Montreal. La suite júnior no se había actualizado desde los ochenta, cuando las fotografías descoloridas de surfistas se consideraban arte. Había agujeros en la pared y en la alfombra, manchas de moho en el techo y franjas de rosa neón en el espejo brumoso. La novena planta era de fumadores y la habitación 927 conservaba el aliento a tabaco y a cerveza, y el olor corporal y a fracaso de toda una generación.

Aun así, a Grace le pareció hermoso. Tomó nota mental de todos los detalles para poder recordar una y otra vez esa tarde que sin duda relanzaría su carrera.

Tenía encendida la grabadora digital y abierta una aplicación del celular por si acaso. Los dispositivos capturaban la voz ronca de una mujer alta, sentada en una esquina de la cama, cuyo nombre artístico era Violet Rain. Para obtener la entrevista le habían prometido, entre otras cosas, que le conseguirían puritos Davidoff, chicles Juicy Fruit y una botella de rioja de cuarenta y ocho dólares. Ahora, Violet fumaba, mascaba y bebía al mismo tiempo.

Pese a lo poco que parecía cuidarse, tenía los dientes blanquísimos. Sus chanclas de color amarillo claro estaban algo descoloridas, pero tenía el pelo y las uñas tan impecables como los dientes. A Grace los pechos artificiales de aquella mujer le parecían de un volumen milagroso pero doloroso de llevar.

—Entonces ¿él nunca le dio dinero?

—¿Qué clase de pregunta es ésa? ¿Por qué iba a darme algo? —Violet miró alrededor como si hubiera allí otras personas que se hubieran ofendido igual que ella—. No soy una puta. Soy actriz. ¿O acaso es puta Julia Roberts por acostarse con el vejestorio ese en Pretty Woman? no. sólo hacía de puta en la película.

Eso contradecía completamente la información de que disponía Grace.

—Perdone.

—Da igual. No es usted la única. Mis padres y el santurrón de mi hermano, que dejó de hablarme cuando yo tenía diecinueve años, tampoco han sabido entenderlo.

«Hubo sexo de verdad», me dicen. «¿Esos gemidos y esos gritos?» todo ficticio. Soy una actriz como cualquier otra. En cambio, en mi día a día, cuando estoy con un hombre, con un caballero amigo, soy yo misma y él también.

—¿Siempre quiso ser actriz, Violet?

—Hice teatro en la preparatoria. ¡Interpreté a Julieta una vez! «La despedida es tan dulce pena que diré buenas noches hasta que amanezca.» Yo no elegí vivir en esta asquerosa capital franchute del porno. Ocurrió sin más. Pero, gracias a usted, por fin voy a dar el salto a la televisión.

Como era estadounidense, a Grace le costaba creer que Montreal fuese la capital de nada, y menos aún de la pornografía. No había reparado en esas ideas preconcebidas hasta que había tenido que mudarse a Canadá. En su país les enseñaban que todo lo moderno, formidable, genial y revolucionario se había originado en Estados Unidos. Era un elemento clave de su educación emocional.

Se inclinó y apoyó los codos en las rodillas, tanto que el humo del purito de Violet rain se le enroscó en el pelo. Luego tendría que darse un baño, pero allí no.

—Si no le dio dinero, ¿qué le dio? a ver, casi le dobla la edad. Además, usted es una mujer despampanante y él... es él.

—La edad da igual. En el fondo, casi todos los hombres son asquerosos —dijo, y, suspirando, apagó el purito y se encendió otro—. Voy a confesarle una cosa: cuando me dijo usted que quería verme, al principio la evité porque no quiero ser una soplona. No se me da bien meter en líos a nadie. Él no había hecho nada ilegal, ni siquiera raro, salvo que ponerle los cuernos a tu mujer se considere raro. ¿Sabe por qué contesté a su mensaje? Porque ese tipo es un mentiroso. Me dijo, se lo juro, que me llevaría a nueva York y a los Ángeles y me presentaría a unos productores. Me iba a meter a la tele.

—¿Y lo hizo?

—Me tomó el pelo. Nos vimos cinco veces y no paraba de decirme que estaba a punto, que me metería en un Reality o en una telenovela..., y luego nada. Eso no se me hace a mí. Media hora antes, Violet le había comentado lo estrictos que eran sus padres. A los diecisiete años había dejado los estudios y se había mudado a Montreal desde el norte de Ontario. Su plan era empezar como modelo, dar el salto a nueva York, Londres o París, ganar algo de dinero, hacer buenos contactos y meterse en el mundo del cine. Ahora, ya en el ocaso de su trayectoria como actriz porno, tenía treinta y seis años y había estado saliendo con un actuario casado, pero la relación se había roto recientemente por una disputa económica.

Oyendo hablar a Violet, se le ocurrió a Grace que una estrella del porno y una reportera de periodicucho de supermercado podían tener mucho en común. Las dos esperaban que aquellos noventa minutos en el hotel Clementine las catapultara de nuevo hacia sus sueños, que aquella historia lo cambiase todo.

Cuando estaba en séptimo, Grace había ganado un concurso literario en Bloomington, Minnesota, su ciudad natal. Parte del premio consistía en una comida en Minneapolis con un periodista municipal del Star Tribune. Aún recordaba cada instante. Poder pedir cualquier cosa de la carta, y una entrada además de un plato principal, le pareció magia. Se le había abierto un mundo nuevo.

Pero 1998, el año en que se licenció en Periodismo, fue de vacas flacas para la prensa. Al menos para Grace Elliott. Mandó el currículum a todos los grandes diarios del país, incluido el Star Tribune; después, como no le contestaba nadie, a diarios y revistas de tirada media. Se desilusionó un poco, luego mucho. No había hecho ni un solo contacto en la facultad y el reportero con el que había comido en Minneapolis había muerto. La única respuesta que recibió a sus solicitudes de empleo fue para unas prácticas sin remunerar en Esquire. Su situación económica no le permitía aceptar una beca no remunerada en una de las ciudades más caras del mundo, así que un triste fin de semana contestó a un misterioso anuncio del tablón de la facultad donde ni se mencionaba al National Flash ni se hablaba de su ubicación. La matriz del tabloide se había trasladado de nueva York a Canadá porque el presidente había conseguido la renta por treinta años de un almacén de piedra en el centro histórico de Montreal a un dólar al año. El espacio estaba libre como consecuencia del desarrollo económico, tras un intento de separación de Quebec, pero Grace nunca entendió qué ganaban los vecinos con aquella transacción. En el Flash trabajaban sólo tres canadienses.

—¿Cuándo hacemos la sesión de fotos? —preguntó Violet en cuanto acabaron—. Si no conoce a nadie, yo sé de un tipo. Solía hacer las de los anuncios de jeans Guess.

—Tuve unos. —Grace estaba a punto de marearse. Violet había entrado en detalles crudos y humillantes sobre su aventura con el hombre que algunos esperaban y otros temían que se convirtiera en el próximo presidente de Estados Unidos. Pronto estarían las dos en nueva York, haciendo entrevistas en la CNN. Cuando Grace había apagado las grabadoras, su entrevistada había vaciado la botella de rioja en los dos vasos de plástico y ahora celebraban lo que vendría después—. Le mandaré un mensaje con las fechas enseguida. Pero nos aseguraremos de que las fotos son sexis y potentes.

—¡Por el poder de la mujer! —brindó Violet levantando el vaso de vino.

—¡Por el poder de la mujer!

Grace chocó el borde de su vaso de plástico con el de ella y bebieron. Violet, que medía más de metro ochenta, era unos centímetros más alta que Grace y mucho más voluptuosa. El último hombre con el que había salido Grace la había llamado «atlética en el buen sentido», algo que la hacía sentir tan seductora como un corredor de maratones. En el silencio que se hizo mientras bebían, oyeron a una pareja haciéndolo en la habitación contigua.

—Está claro que ella finge —susurró Violet—. Bueno, ¿y ahora qué?

—Yo regreso a la oficina y me pongo a preparar su contrato. No puede hablarle a nadie de esto, al menos hasta que el asunto se haga público.

—¿Cuándo me pagarán?

—En cuanto lo apruebe el departamento jurídico. Me aseguraré de que se den prisa. Cuando mi jefe oiga su historia...

—¿Cree que me pagaría doscientos mil en vez de ciento cincuenta? necesito un coche nuevo.

—Yo insistiría en doscientos cincuenta. Él querrá negociar y quizá consigamos doscientos.

No le importaba abogar por Violet. El dueño del National Flash financiaba la mayoría de las cosas más horribles que ocurrían en Estados Unidos. Sus profesores de Austin se horrorizarían si supieran que Grace pagaba a las fuentes por conseguir noticias. Pero el periodismo no era en absoluto como lo había imaginado en los noventa.

Afuera hacía una tarde fresca pero soleada. Las últimas hojas de octubre se desprendían en un remolino de los árboles del cementerio y aterrizaban en su pelo. Mientras caminaba hacia el este y hacia el sur desde el centro histórico de Montreal, algo alegre por el vino, Grace disfrutó de todo lo que normalmente detestaba: las casas de empeño y las cadenas de comida rápida; las colillas en las alcantarillas; los grafiti; los proxenetas con múltiples piercings vestidos de cuero negro que se sentaban en cartones con perros sucios y mendigaban... le pareció todo tan humano. Nada podía estropear esa sensación porque estaba a punto de conseguir el mayor notición de su carrera, bueno, el primero, en realidad. Tenía cuarenta y tres años y estaba divorciada y sin hijos por decisión propia; era dueña de un departamento de una habitación y de una gata, y llevaba en la bolsa tres recetas de antidepresivos sin fecha. Pasaba un promedio de cinco noches a la semana sola, viendo comedias románticas en Netflix y bebiendo un vino que en nada se parecía al rioja que había comprado para Violet. ¡Violet rain! la había perseguido durante dos meses. Hasta sus apreciados profesores de Periodismo de la Universidad de Texas en Austin coincidirían en que no es fácil ponerse en contacto con una actriz porno, ganarse su confianza y convencerla, después de quedar varias veces con ella para tomar café, de que haga pública su historia.

El National Flash siempre les parecería una broma a sus compañeros de clase que habían terminado en publicaciones de prestigio antes de cumplir los treinta, pero todos estarían de acuerdo en que lo que Grace había logrado ahí era un periodismo de investigación ético, paciente y tenaz. Cuando aquella historia saliera a la luz, si encontraba un redactor jefe con un poco de imaginación y ganas de arriesgarse, también ella «daría el salto». Haría lo que había querido hacer desde los doce años: ser periodista de verdad.

Grace sonrió a desconocidos. Se paró a acariciar a un golden retriever. En una boutique que olía a vainilla, a una manzana de su oficina, se probó una bufanda de cachemir de trescientos dólares de la que llevaba meses enamorada. Hasta entonces le había dado demasiado miedo tocarla. Cuando escribes pies de foto de celebridades con sobrepeso en playas del mediterráneo, no mereces tocar cachemir. Se plantó delante del espejo sacando pecho, se alborotó un poco el pelo castaño para que cayese adecuadamente sobre la bufanda y la chaqueta, se quitó los lentes, se los puso otra vez, se los volvió a quitar.

—Muy sofisticada —dijo la empleada.

Compró la bufanda porque la antigua Grace, la Grace preViolet, no se la habría comprado. Ése era el punto de inflexión, el instante de su reinvención.

Al llegar al almacén, saludó al conserje de la planta baja y subió por la escalera en lugar de tomar el elevador. su jefe, redactor jefe y editor del National Flash, Steadman Coe, estaba al teléfono en su oficina acristalada, recostado en su sillón, con los pies encima de la mesa, y su potente voz y sus estrepitosas carcajadas de cortesía se filtraban por los ventanales. Pese al frío que hacía, Coe llevaba los mocasines sin calcetines. Vestía un traje azul celeste y una corbata negra. Se rasuraba la cabeza por las mañanas y a esa hora del día ya tenía una medialuna de pelo incipiente por encima de las orejas. El cierre había sido el día anterior, con lo que, salvo por los diseñadores de videojuegos que tenían subarrendado el rincón noroeste, la oficina estaba vacía. De espaldas a Coe, ensayó lo que iba a decirle. Se vio reflejada en el ventanal, pronunciando las palabras con su bufanda nueva. Iba encogida. ¿Por qué siempre iba encogida? se puso derecha y sacó pecho de nuevo. «Éste va a ser el notición de mi carrera, y de la tuya.»

En esa época del año, anochecía temprano. Las nubes que había sobre el río san Lorenzo eran de color rosa y púrpura. Grace no paraba de tocar la bufanda nueva, que aún conservaba el olor a vainilla de la boutique. Las tres últimas veces que había ido al médico con los temores habituales de una mujer de mediana edad (algo raro en el pecho izquierdo, un bultito detrás de la rodilla derecha, dolores de cabeza no debidos al vino...) no había salido nada de nada en las pruebas, pero el interrogatorio posterior sobre su salud mental no había resultado muy bien. Aunque ella no se consideraba deprimida, el médico había decidido que sí. Hasta que llegó a la tercera planta del almacén casi desierto donde Steadman Coe bramaba y aullaba tras los cristales de su oficina, no se hizo un diagnóstico: se sentía insatisfecha, sólo eso. No había explotado su potencial. Se había compadecido de sí misma, como si el periodismo, su exmarido y el orden económico mundial hubieran elegido aquella vida por ella. ¿Cómo había pasado por alto esa gran verdad? lo había elegido ella.

—Lo elegí yo.

—Estás hablando sola, Gracie —le dijo Coe, plantado en su oficina con la puerta abierta y un puro sin encender en la boca.

«Ponte derecha, los hombros hacia atrás.»

Coe volvió a sentarse, puso de nuevo los pies en la mesa y, antes de que ella tuviera oportunidad de contarle lo suyo, empezó a relatarle la insignificante victoria publicitaria de la llamada que acababa de hacer. Otros periódicos estaban perdiendo ingresos de publicidad y los suyos no hacían más que aumentar, gracias a la inminente campaña presidencial.

—Bueno, eso se acabará pronto.

—Si gana, no —replicó Coe—. Esas empresas de sondeos minusvaloran y malinterpretan a nuestra gente, a tu gente, Gracie...

Empezó a encogerse poco a poco.

—Steadman...

—Son casi las seis. ¿Qué haces aún aquí?

—Llevo dos meses trabajando en...

—Tienes que salir más, tomarte unas vacaciones. Haz yoga o alguna tontería de ésas, métete en alguna organización...

—Ya hago yoga. Escúchame.

—Te estoy escuchando.

—Acabo de hacer una entrevista larga a una actriz porno que se llama Violet Rain.

—Muy bien. ¿Me conseguiste un autógrafo?

—Que tuvo una aventura hace cuatro años con Anthony Craig.

Coe bajó los pies de la mesa y tiró el puro a una taza de café vacía. Se esfumó de su rostro la sonrisa, igual que lo que quedaba de su bronceado.

Grace le contó la historia, hasta la copa celebratoria de rioja en el hotel Clementine. Sí, doscientos cincuenta mil dólares era mucho dinero, pero faltaba menos de un mes para las elecciones. Aquélla sería, por unos días maravillosos, la mayor noticia del mundo entero.

Coe le habló inusualmente bajo.