Opinión

El reino vacío · Kira Jane Buxton

Sabes que todo está muy mal cuando la última esperanza de la humanidad recae sobre un perro y un cuervo que ama los cheetos.

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ADELANTOS EDITORIALES

S.T. tiene la vida que cualquier cuervo doméstico desearía: convive con su dueño, Big Jim; disfrutadel cariño de Dennis, un leal y tonto perro; ve documentales desde un cómodo sillón y, cuando se aburre, intercambia insultos con otros cuervos, pero sobre todo, disfruta de la mejor comida que la especie humana puede ofrecer: los Cheetos. Sin embargo, todo se viene abajo una apacible tarde de verano cuando el ojo de Big Jim sale rodando de su rostro.

A pesar de probar todos los remedios que conoce —desde cerveza artesanal hasta un coctel de medicamentos—, S.T. no consigue que Jim se recupere. Entonces se ve obligado a abandonar el dulce hogar en compañía de su fiel amigo Dennis para hallar una cura, pero lo que encuentran es una ciudad destruida donde los hombres se devoran unos a otros.

La humanidad tiene un nuevo héroe apocalíptico, un malhablado cuervo amante de la comida chatarra que emprenderá la aventura de su vida para recuperar el mundo que tanto quiere. El reino vacío es una novela llena de peligros inesperados, teléfonos inteligentes, fake news y mucho humor. Una fábula extraordinaria sobre la naturaleza y un mundo que, después de todo, vale la pena salvar.

Fragmento del libro El reino vacío© 2020, Planeta. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

El reino vacío | Kira Jane Buxton

#AdelantosEditoriales


Fragmento El reino vacío de Kira Jane Buxton

Capítulo 6

S.T.

AFUERA DE UNA PEQUEÑA CASA DE ESTILO RÚSTICO

EN RAVENNA, SEATTLE, WASHINGTON, EE.UU.

Así que ahí estábamos, un cuervo rechazado con crisis de identidad y un sabueso con el coeficiente intelectual de un pudín hervido. Probablemente éramos la más patética excusa para un intento de asesinato sobre la faz de la tierra. Ahí estábamos, arrojándonos al mundo desconocido, un mundo sin fronteras, al que le habían crecido colmillos y que acababa de experimentar un cambio drástico. Fui guiando a Dennis por la acera; pasamos por semáforos descompuestos, la casa de cuento de hadas de Nargatha y el patio con los columpios que ahora estaban cubiertos de polvo. Dejé escapar una risotada involuntaria al percatarme de que observaba normas culturales que ya ni siquiera eran aplicables: puesto que no había autos a la vista, no era necesario voltear a ambos lados de la calle antes de cruzar, ni detenerse ante una señal de tránsito, pero lo hacía de todos modos, porque así me habían criado y debía aferrarme a algo además de la correa de cuero de Dennis. Las alcantarillas se atragantaban con basura que también cubría la acera. Los desechos se habían endurecido y enfriado, y saturaban el aire con su empalagosa putrefacción. Obviamente, los HiPus recolectores de basura habían estado tomando NyQuil. Cuando Big Jim lo tomaba, se quedaba dormido a pesar de sus cuatro alarmas, y yo tenía que despertarlo bombardeando su cabeza con tapas de botellas de cerveza. «Big Jim». El trauma de casi ser devorado por mi mejor amigo era el dolor más grande que había sentido. Era como si una espada hubiera atravesado mi delgada piel y girado dentro de mi cuerpo. Ahora conocía el dolor de la traición, un dolor que cambiaba hasta la estructura misma de las células, que se injertaba en el adn. Mientras caminábamos, notamos que el pasto a nuestro alrededor era muy alto, esa endiablada mala hierba que terminaba en espiral, el alambre de púas de la naturaleza. Si acaso había algo oculto en medio de ese caos, por el momento había decidido permanecer invisible. A cada aleteo, mis plumas temblaban con incertidumbre.

Dennis lucía entusiasmado de estar afuera otra vez. Se mantenía ocupado con sus aventuras nasales, siguiendo el camino con su nariz negra y esponjosa, en tanto sus arrugas colgantes se balanceaban de un lado a otro. Había mucho que explorar ahí afuera. De vez en cuando soltaba la correa a modo de prueba y me elevaba para hacer un reconocimiento, revisando lo que teníamos enfrente, buscando la silueta oscura de algún depredador, señales de extremidades retorcidas, hambrientos ojos bermellón o cuellos que desafiaban las leyes de la física. Buscaba HiPus saludables. Tenía que haber algunos por ahí. Y, sobre todo, escuchaba.

De mala gana entré al Aura, y terminé oyendo las jactanciosas anécdotas de almacenamiento compulsivo de una urraca. Una pareja de chipes negriamarillos se preguntaban con inquietud si el águila regresaría. Los carboneros cabecinegros advertían de un gran grupo de Vacíos reunidos alrededor de una tienda de nombre Scarecrow Video. Vacíos es el término que, desde hace mucho tiempo, usa la mayor parte del reino animal para referirse a los HiPus; los llaman así por su condición disociativa. En el mundo natural, los HiPus eran erróneamente considerados máquinas de ojos blanquecinos que habían perdido su inteligencia innata; animales tontos que caminaban a ciegas. ¡Vaya blasfemia! ¡Era como darle un pastelazo en la cara a la especie que inventó una caja mágica capaz de calentar una empanada en cuestión de segundos! Las palomas reñían sobre su espacio personal. Un trepador canadiense entonaba una canción sobre la salud digestiva, soltando una risita entre verso y verso. Había mucho gorjeo y emoción sobre El Que Abre Puertas. Y fue entonces cuando, entre todo el bullicio del Aura, escuché la mejor noticia del siglo. Su descripción era: explosiones distantes, peleando una contra otra, estallido contra estallido, guerra de bombas. Mis venas se inundaron de adrenalina porque sabía que solo existía una especie que había dominado el arte de destruir cosas, de controlar armas para que hicieran su voluntad, esto es, el burocrático arte de la guerra. ¡HiPus! ¡Lo sabía! ¡HiPus saludables que podían conducir tanques y soltar misiles nucleares! Estaban en alguna parte, luchando, ganando terreno, reclamando su territorio, lo cual quería decir que, en algún laboratorio, un sujeto con una bata trataba de encontrar una cura. Mi corazón se llenó de alegría. Seguí escuchando, con el pecho hinchado de felicidad. Pude oír la comunicación entre otros cuervos que compartían valiosa información sobre lugares para ocultarse y paradas donde se podía comer. Escuché lo más que pude, a la espera de detalles sobre los HiPus que habían sobrevivido heroicamente, pero ese tema, que para mí era el más importante, no volvió a mencionarse, y el constante bombardeo de datos triviales resultaba agotador.

Le dije a Dennis que se sentara a la sombra de un cerezo japonés en flor y volé hacia arriba para explorar un poco más. Me posé en el tejado verde musgo de la biblioteca pública de la universidad. A la distancia, veía humo que subía hacia el cielo en espirales negros, aunque estaba demasiado lejos para preocuparme de eso por el momento. Tenía una excelente vista del área que rodeaba la biblioteca; estando a la misma altura que la hilera de árboles, volteé a ver los estacionamientos y los techos de tejas grises. Relativamente cerca de nosotros, el chapitel de la iglesia del Sagrado Sacramento reflejaba la luz solar con su tono verde glacial. Me aclaré la garganta y de pronto sentí que mis intestinos se retorcían como un pretzel. Extendí las alas, abrí el pico e inflé mi bolsa gular. Esto suena más vulgar de lo que es en realidad: simplemente agité los músculos de mi cuello para enfriarme. Mis patas empezaron a temblar como fósforos quemados. Sí, definitivamente tenía pánico escénico. Pero Dennis y yo teníamos planes, y necesitaba obtener información con urgencia. Así que inhalé profundamente, ericé mi plumaje y me comuniqué con un mundo al que nunca había pertenecido: el mundo natural.

—¿Alguien puede decirme dónde encontrar a Onida? ¡Por favor, estoy buscando a Onida, el Buscado!

Silencio. Aguardé un minuto y decidí intentarlo otra vez, gritando más fuerte, con un poco más de bravata y un tono de voz más bajo.

El silencio empezó a ser escalofriante. La sinfonía que solía resonar constantemente en el Aura se detuvo. Una ráfaga de viento sopló entre las copas de los árboles e hizo crujir las ramas de los cerezos, quienes susurraban, con tono sumamente seco y severo, palabras de advertencia: «Cuidado, cuidado». Ojalá hubieran sido más específicos. Agaché la mirada para echarle un vistazo a Dennis, quien estaba acostado bajo el árbol, con la cabeza apuntando al cielo y olfateando el aire. Pero algo se sentía raro. Como si tuviera varios ojos encima. No literalmente, como cuando oculté el ojo de Big Jim; más bien, como si alguien o algo me observara desde las sombras. Traté una vez más de enviar mi pregunta al Aura, ahora adoptando un acento distinto al hablar, con un toque telenovelesco.

—¡Por favor! ¡Es un asunto de vida o muerte! ¡Tengo que localizar a Onida!

No hubo respuesta; solo el mismo silencio que lo dejaba a uno sin aliento.

Justo en ese momento, un colibrí de Ana pasó volando junto a mí a toda velocidad, como una bala nacarada que chillaba: «¡Vino, losa, té y océanos, aléjense!». Los colibríes tienen la reputación de ser cortantes y vagos al hablar pero, al escuchar a este en particular, me pregunté si no habría estado comiendo fruta fermentada. Sin embargo, no tuve que esperar mucho para descifrar su advertencia.

Las monumentales puertas negras que se encontraban al final de la escalinata de piedra del edificio de libros se abrieron de golpe. Bajo los arcos de la gran estructura blanca, bajo los pilares de marfil y las grandes letras verdes que ostentaban el nombre de la biblioteca, se alzaba imponente un enorme cuerpo. Este ser dejó escapar un profundo resoplido, un gruñido bajo que hizo temblar la tierra. Entrecerró los ojos para orientarse en medio de la brillante luz solar.

Ruuuhuuuh.

Ruuuhuuuuufff.

Un jodido oso grizzli.

Mi mirada se dirigió al cerezo japonés, específicamente a Dennis, quien ahora estaba parado en cuatro patas. La postura de su cuerpo era firme y recta, de cara a la gran masa leonada que acababa de surgir de la biblioteca.

«Mierda, Dennis, no hagas ni un maldito ruido». Apenas había terminado de pensarlo, cuando Dennis empezó a emitir una serie de ladridos resonantes que parecían decir: «¡Vete al carajo, idiota!», justo lo que un oso grizzli querría escuchar tras despertar de una siesta. El oso giró hacia Dennis. Incluso desde esta distancia, pude ver cómo se formaban ondas en su pelaje cobrizo. Se alzó en dos patas y empezó a resoplar; el silencio que reinaba se vio nublado por gruñidos guturales. Dennis respondió girando sobre sí mismo y con ladridos más enérgicos y rápidos. El oso gimió —a modo de protesta acusadora—, resolló con más fuerza y olfateó el aire. Luego agachó las orejas y lanzó un rugido que sacudió tanto la estructura del edificio como mi columna vertebral. Lo único que me faltaba ver eran los colmillos amarillentos. El oso dejó escapar unos cuantos resoplidos más y jadeó con frustración. Pisó con fuerza el suelo de piedra con sus patas como garrotes, y comprendí perfectamente lo que eso quería decir en lenguaje osuno.

Iba a matar a Dennis.

El oso retrocedió un poco y luego, a máxima potencia, se le fue encima al perro. Yo le grité. La masa de músculo y pelaje café se detuvo a dos centímetros de las patas de Dennis. Alzó la cabeza como si olfateara el aire y luego la inclinó para apuntar sus ojos hacia el can. Se abalanzó sobre este, con la boca abierta, sus patas tamaño mamut en el aire y su retorcida nariz negra. Dennis ladró y se movió de un lado a otro para esquivar los golpes; saliva espumante escurría de sus carrillos. El oso empezó a acorralar a Dennis, obligándolo a retroceder hacia el cerezo japonés. No me quedaba mucho tiempo para actuar.

«Piensa, S.T., piensa».

Descendí del techo de la biblioteca. Aproveché una corriente de aire para conservar mi energía. Con el pico por delante, volé directamente hacia la cabeza del oso. Mientras me acercaba, pude percibir todos los olores a mi alrededor: los tréboles, el pasto mojado, el hígado crudo, los cadáveres putrefactos. Entonces, justo cuando me aproximaba a la cola de Dennis, el oso lo golpeó fuertemente con una de sus patas. Dennis recibió el golpe en medio de sus costillas, y el impacto lo arrojó rodando por el césped frente a la biblioteca. Dennis aulló; una serie de chillidos ásperos que pude sentir en el corazón.

«Dennis».

Pasé volando junto a la oreja derecha del oso; tras dar una vuelta cerrada en el aire, le enterré el pico en la espalda. El animal alzó los dientes hacia el cielo y gruñó al sol. Pivotando sobre sus patas traseras, se lanzó sobre mí enseñando los colmillos, y estuvo a un centímetro de alcanzar mi ala. Aleteé por encima del oso, agarré su oreja con una pata y jalé con fuerza. El oso levantó una pata, y el movimiento provocó una ráfaga de viento que me arrojó de lado. Me recuperé y me elevé hasta ponerme a salvo. Aún sobre sus patas traseras, el oso me gruñó y resopló; la ira encendía sus ojos con un tono ámbar. Eché un vistazo rápido a Dennis. Estaba erguido otra vez, sacudiéndose, recuperándose del golpe y, sin duda, preparándose para colocarse de nueva cuenta frente a las fauces de un oso adulto.

Por estar demasiado enfocado en Dennis, no vi venir la gran pata de garrote que me mandó volando por el tiempo y el espacio hasta estrellarme con el tronco del cerezo japonés. Choqué contra el árbol con fuerza y caí en la tierra, jadeando profusamente. Un dolor intenso recorrió mi pico. Inflé mi bolsa gular y me enderecé en la base del árbol cuando vi al oso desplazándose con pesadez hacia Dennis. Mis ojos se movieron de un lado a otro.

«Vamos, S.T., ¡piensa algo!».

Así una gran roca plateada con las patas (casi del tamaño de una de las tetas alemanas del calendario de Big Jim) y me elevé lo más que pude; las alas me ardían por los rayos del sol. Desde esa altura, solté la jodida piedra en forma de teta como un B-24 de la Segunda Guerra Mundial habría arrojado un misil. El proyectil golpeó el cráneo del oso con un ruido sordo. El oso se puso furioso; parecía que lo había pateado en los huevos. Arremetió contra mí desde abajo, emitiendo rugidos que parecían provenir del páncreas; agitaba los brazos y mordía el aire detrás de mí con sus colmillos amarillentos. Revoloteé encima de él por unos segundos, esquivando los golpes. Las alas me ardían con una intensidad abrumadora. Conté hasta tres y después volé sobre la cabeza del oso en dirección a Dennis.

—¡ZzzzZZZt! ¡Dennis! ¡Aquí, chico! —grité.

Escuché el jadeo frenético de Dennis bajo las plumas de mi cola mientras volaba en picada hacia el césped de la biblioteca, con mi sombra como un espectro debajo. Un cuervo perseguido por un sabueso perseguido a su vez por un oso grizzli sobre el césped delantero de la biblioteca pública de la universidad, luego por la calle y finalmente por el tramo verde del patio universitario. Jamás en mi vida me había alegrado de ver un Honda Civic, pero, sin duda, ese era un día de primeras veces, así que descendí en picada y me metí bajo el chasis del auto azul rey, a la vez que silbaba para que Dennis me siguiera. Dennis derrapó y chocó contra la puerta del copiloto antes de caer con su arrugada masa debajo del auto y colocarse a mi lado. Ahí, esperamos a que el furioso depredador alfa cobrara su venganza.

En cuestión de un instante, el aire se llenó de llamadas de advertencia, gritos, amenazas, toda una ensordecedora sinfonía de horrores. Me asomé desde atrás de una de las llantas traseras y vi el cielo entintado de cuerpos voladores que agitaban sus alas mientras graznaban y bombardeaban al aturdido oso con tapas de plástico, zapatos, botellas de Gatorade y condones. El oso gruñó y amenazó con una garra, pero rápidamente se dio cuenta de que lo superaban en número; entre tanto, los cuervos intensificaban su ataque, y sus graznidos se volvían más y más fuertes. De pronto, el oso agachó la cabeza, sacudió su pelaje y galopó de vuelta hacia las puertas negras de la biblioteca, bajo un cielo colmado de demonios negros que lo impulsaban a huir.

—¡Suficiente! —gritó alguien con la voz de Dios, o de James Earl Jones.

Y los cuervos se detuvieron. El silencio nos atrapó en sus redes. No se podía escuchar ni los pedos de un ratón. Los cuervos se retiraron y desaparecieron entre los árboles. Volteé a ver a Dennis, quien estaba ocupado lamiendo su costado con vigor. Un pliegue de piel colgaba de sus costillas, donde el oso lo había golpeado.

Salí cautelosamente del Honda y me elevé lo suficiente para ver al oso grizzli de vuelta en las puertas de la biblioteca. De pronto, las escenas retrospectivas del Discovery Channel invadieron mi mente y recordé el nombre en latín del oso grizzli: Ursus arctos horribilis. Vaya que era horribilis. El oso caminó de un lado a otro por un momento y después, mientras empezaba a alejarse de la biblioteca, tres manchas cafés salieron por las puertas y lo siguieron. Oseznos. Genial, se estaba reproduciendo, lo cual quería decir que habría más de esas inservibles papas peludas en nuestra sociedad, invadiendo instalaciones públicas que pagamos penosamente con nuestros impuestos y el sudor de nuestra frente. ¡Pffft! Mi mente al fin pudo traducir correctamente el mensaje del colibrí: «¡Vino, losa, té y océanos, aléjense!», o más bien: «¡Vino la osa, tiene oseznos, aléjense!». Admito que lo tildé de borracho demasiado rápido.

Descendí a tierra firme y observé cómo Dennis se lamía y gimoteaba por la herida irritada en su costado. Tras recorrer brevemente la acera donde el Honda estaba estacionado, localicé un volante de colores brillantes que anunciaba la Cannabis Cup, organizada por la revista High Times, en Seattle, Washington. Tomé el volante con el pico y salté de vuelta a donde estaba el Civic. Silbé para llamar a Dennis, quien salió de debajo del cuerpo comatoso del auto. Avancé despacio hacia él y presioné cautelosamente el volante contra su costado. Él intentó morderme por instinto y yo reculé de golpe.

—Tranquilo, Dennis. Tranquilo, chico —le dije, imitando a Big Jim cuando cargaba a Dennis para meterlo en la tina, mientras yo saltaba al lavabo para evitar ser arrastrado por una gran ola. Big Jim siempre estaba demasiado ocupado forcejeando con el sabueso y cubriendo el baño con espuma para escuchar mi explicación del predicamento de Dennis: no le temía al baño, sino al desagüe. Temía que la oscuridad de este lo succionara y no pudiéramos encontrarlo. Tal vez Dennis tenía algo de razón. Recuerdo que en cierta ocasión oculté la llave de la casa ahí y jamás volvimos a verla.

Dennis gruñó secamente.

—Buen chico, Dennis. Está bien. Todo está bien —susurré, moviéndome hacia él.

El dolor recorría mi ala como corrientes eléctricas, y eso que mi herida no era ni la mitad de grave que la de Dennis. Fuera de otro gemido agudo, este no protestó más. Parecía confiar en mí, así que aceptó mi asistencia médica. El volante prismático de la Cannabis Cup se adhirió con facilidad a su herida húmeda.

—Hermano Ala Negra —escuché decir a la imponente voz. Hice una mueca. Ambos títulos me molestaban. No me identifico del todo con los cuervos, ya que me parece una etiqueta demasiado simplista. Y no era su hermano. Una constelación de brillantes ojos negros me rastreó desde la copa de los grandes arces de Oregón. Cuervos universitarios. Dennis parecía estar demasiado distraído por su dolor para mostrar interés. Los mismos arces observaban la escena en silencio, aspirando suavemente parte de la tensión que contenía el aire. Los árboles son conocidos por ser fuerzas de paz, aunque no son muy buenos para guardar secretos.

Me quedé callado. No sabía qué decir, o si quería decir algo. Los cuervos nos superaban en número, además de que estábamos débiles y sin lugar para escondernos. Esperé y resistí la tentación de inflar mi bolsa gular para que nadie se percatara de mi estado emocional.

—Ala Negra —continuó diciendo la voz; esta vez sonaba como el repique de las campanas de una catedral.

Después, un gran córvido negro descendió desde el sol para posarse en una de las ramas inferiores del arce. Incliné la cabeza ante él, saltando sobre una pata. Estiró el cuello hacia delante, y su resplandeciente figura azulosa me produjo una falsa sensación de tranquilidad. Tal vez piensen que nos parecemos, pero todo es cuestión de enfocarse, de prestar atención, de concentrarse. Los HiPus tendían a estar demasiado absortos en las hermosas profundidades de su mente, razón por la cual no podían percatarse de las sutilezas. Lo siento, pero les dije que sería sincero. No; en definitiva ese no era un escarbador de basura común y corriente. Era una presencia audaz y carismática, con un pico color carbón perfectamente lustroso. Sabía cuál era su estrategia: ese tramposo quería desarmarme con su encanto.

—¿Estás bien, Hermano Ala Negra?

—Estamos bien. Y no soy tu hermano —respondí.

El hermoso cuervo inclinó la cabeza: una ofrenda de paz.