Opinión

El rastro de los cuerpos • José Miguel Tomasena

Con maestría y un claro juego de espejos, el autor hace un retrato de la impunidad y la violencia desde el punto de vista de las víctimas.

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ADELANTOS EDITORIALES

Cuando el diario en el que trabajaba entra en crisis, la periodista Tania Vázquez decide filmar por su cuenta un documental sobre los desaparecidos. Así conoce, entre muchas personas, a Doña Gaby, cuya hija Marilyn fue secuestrada previo pago de un rescate de cien mil pesos, y a Magdalena Chávez, que perdió a sus tres hijos y que decide embarcarse en una aventura para conocer su paradero. Estas dos madres, más todos aquellos padres que buscan a sus seres queridos en morgues, cuarteles, hospitales y fosas clandestinas, serán los personajes que iremos construyendo a través de mirar las grabaciones y de la voz del novio de Tania; sin embargo, documentar la lucha de estas mujeres tendrá consecuencias que jamás habrían podido prever...

Con maestría y un claro juego de espejos, José Miguel Tomasena hace un retrato de la impunidad y la violencia desde el punto de vista de las víctimas, sean residentes en las regiones asoladas por el narcotráfico que sufren de la persecución cotidiana, o los periodistas acosados por los caciques locales para que no investiguen sobre desapariciones que prefieren dejar en el olvido; pero también es una novela sobre el amor a los hijos, sobre la esperanza de poder hacer un cambio y los deseos de justicia.

«¿Dónde están los desaparecidos?, se preguntan los que se quedan, los sobrevivientes, pero sobre todo se atormentan pensando qué pudieron haber hecho, en qué fallaron, si es que hubo alguna posibilidad de salvación, de que la historia fuera distinta. El rastro de los cuerpos es el relato descarnado de estas pérdidas, una exploración ética y moral sobre la culpa y la responsabilidad, sobre el sentido del heroísmo y su peligrosa vecindad con la temeridad. Una magnífica novela que ojalá algún día podamos leer como un thriller, como una estupenda novela policíaca o de suspenso, en un futuro de paz, cuando hayamos superado la epidemia de violencia que asola al país».

La Silla Rota te regala un capítulo del libro El rastro de los cuerpos de José Miguel Tomasena con autorización editorial de Penguin Random House.

José Miguel Tomasena (Ciudad de México, 1978) es periodista, profesor e investigador universitario. Ha publicado la novela La caída de Cobra (2016) y el libro de cuentos ¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway? (2018), con el que ganó el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2013.

El rastro de los cuerpos | José Miguel Tomasena

#AdelantosEditoriales


Fragmento de El rastro de los cuerpos de José Miguel Tomasena

Circulábamos por uno de esos túneles mal hechos que hacen en México, en el que cada tres días se mata alguien, porque en lugar de hacerlo en línea recta, lo construyeron con más curvas que una carretera de montaña. Tania manejaba. Era medianoche y casi no había tráfico. Al salir de la primera curva nos encontramos con un perro tirado a la mitad de la avenida. Tania alcanzó a esquivarlo y se orilló. ¿Está vivo?, preguntó mirando por el retrovisor. En efecto, el perro aún movía la cabeza y parecía hacer un gran esfuerzo por moverse.

Antes de que yo pudiera decir algo, Tania ya se había bajado del coche y corría entre los carriles hacia el animal herido. Vi el reflejo de unos faros en la pared del túnel y escuché el sonido de un motor que se acercaba. Le advertí a gritos del peligro y Tania se hizo a un lado. Por un momento temí que el coche rematara al animal ahí, enfrente de nosotros, pero alcanzó a esquivarlo y pasó entre nosotros zumbando el claxon.

Era una hembra. Una pointer café que tenía las tetas hinchadas y que nos miraba con sus enormes ojos grises. Sus aullidos retumbaban en el túnel. El golpe le había dislocado la cadera, y aunque intentaba usar las patas delanteras para moverse, la parte trasera de su cuerpo parecía un tren volcado. Tania se cubrió la nariz y la boca con las manos. Tenemos que ayudarla, suplicó. Me acerqué al animal, arrastrando los pies. La perra gruñó, mostrándome los colmillos, sin dejar de mirarme. En sus ojos había furia, pero sobre todo había dolor, miedo. Ya, dije extendiendo la mano para tocarla, no te vamos a lastimar, pero la perra me respondió con una dentellada caliente que apenas pude esquivar.

Del punto ciego del túnel, iluminado por unas farolas con luz naranja que pendían del techo húmedo, aparecían coches a toda velocidad. Sus luces blancas nos cegaban y parecía que nos iban a embestir, pero luego frenaban, cambiaban de carril y, en algunas ocasiones, nos mentaban la madre con el claxon.

¿Qué vamos a hacer?, dijo Tania. Levanté los hombros. Está muy lastimada, respondí, y ella me suplicó que hiciéramos algo, por favor. ¿Qué? dime. Pues no sé. Algo.

Entonces se acercó a la perra, muy despacio, extendió la mano y la perra levantó la cabeza y siguió los movimientos de Tania. Tranquila, susurró como una encantadora de serpientes o domadora de leones. No te voy a hacer nada. La perra lanzó un aullido de dolor que retumbó en el túnel. No tengas miedo, dijo Tania mientras volvía a acercarse. Ya, ya, te vamos a ayudar. La perra seguía tensa, mirando su mano, pero aceptó que le tocara la cabeza. Eso, dijo. Te vamos a sacar de aquí. En sus ojos vi consuelo mientras Tania la acariciaba, cierta calma, la confianza en que sería salvada, y yo ya estaba pensando cómo conseguiríamos subirla al coche y acomodarla en el asiento trasero, a dónde la llevaríamos, quién conseguiría salvarla, cuando el motor de un camión bufó desde la boca del túnel, la perra se asustó y lanzó un mordisco sobre la mano de mi esposa.

Era un camión de mudanzas que no tenía por qué circular por ahí. Un letrerote lo decía clarito al inicio del túnel: no bicis, no motos, no camiones. Pero si en México puedes destripar a tu vecino y regarlo por la ciudad en bolsas negras, puedes secuestrar autobuses llenos de migrantes, desechar los residuos de tu fábrica en el río, esclavizar indígenas para que cosechen tomate, comprar elecciones con monederos electrónicos, ¿qué puede pasarte por meter un camión de mudanzas a un túnel mal hecho? El chofer imbécil todavía nos sonrió al pasar y hasta agitó su manita para saludarnos.

Estoy bien, dijo Tania. Yo había pegado un grito más escandaloso que los gruñidos de la perra, pero era una herida superficial: dos rasguños en el dorso de la mano. Yo sabía que Tania se impresionaba fácilmente con la sangre desde que se cayó de una patineta cuando era niña y se abrió la cabeza, pero ella insistía en la perra, la perra, había que salvarla. No se puede, dije. Está muy lastimada. Y ella: la perra, hay que salvarla. Y yo: Es muy peligroso, nos tenemos que ir. Estábamos solos, en la salida de una curva ciega, a media noche, ante un animal dispuesto a morir peleando. ¿Quiénes éramos nosotros? ¿Qué podíamos hacer? pero Tania nunca se daba por vencida, creía que siempre se podía hacer más, siempre algo más. Nunca me perdonó que yo quisiera protegerla y yo no me perdono no haber podido hacerlo, aunque esa noche conseguí imponerme y llevarla de regreso al coche. Luego tuve que soportar su desprecio durante tres o cuatro días: yo era un cobarde, un insensible, un pusilánime. No podemos dejarla, me suplicó por última vez en el coche, después de que yo tomara el volante. Mírate la mano, Tania, ¿qué quieres hacer? Y entonces ella vio la sangre, dos hilos que le escurrían por el antebrazo y que en algunas partes ya se estaban secando, y vio la mancha roja casi negra en los dedos y en la muñeca, en su falda de flores. Sacó un Kleenex de la guantera, que al entrar en contacto con la sangre se quebró en oscuras lombrices alargadas. Vámonos, dijo, mientras se ponía el cinturón, sin voltear a verme. Luego recargó la cabeza contra el respaldo y empezó a llorar. Quise tocarla, pero esquivó mis caricias. Por el retrovisor pude ver a la perra haciéndose más pequeña mientras nos alejábamos, hasta que nuestro coche salió a la superficie y el túnel se convirtió tan sólo en una boca iluminada en medio de la noche.

Tal vez Tania tenía razón. Tal vez pudimos haber avisado a una patrulla, o hablar al 066, o poner señales de advertencia en la entrada del túnel para que los otros conductores nos dieran tiempo. Cuando recuerdo sus aullidos de dolor, pienso incluso que pudimos haberla rematado con nuestro chevy. Le habríamos hecho un favor: la violenta compasión. Quién sabe cuánto tiempo estuvo así, cuántas horas tuvieron que pasar antes de que le dieran el golpe definitivo. Todavía pienso en ella, como si aún estuviera esperando nuestra respuesta. La imagino escupiendo sangre o arrastrando su cuerpo, escucho sus aullidos magnificados por el túnel, y siento que aún estamos ahí, que en realidad no nos movimos, que todo lo que nos pasó después es una ilusión, que nunca existió el coche en el que supuestamente nos fuimos al hospital a que curaran la mano de Tania y que ella y yo seguimos intentando salvar a una perra que de antemano estaba condenada.

¡Ay de mí, desdichada, que no pertenezco a los mortales ni soy una más entre los difuntos, que ni estoy con los vivos ni con los muertos!

Antígona, Sófocles

Quiero que toda muerte tenga funeral y después,

después, después olvido.

Antígona, José WaTanabe

Son de los mismos. Nos van a matar a todos, Antígona. Son de los mismos. Aquí no hay ley. Son de los mismos. Aquí no hay país. Son de los mismos. No hagas nada. Son de los mismos. Piensa en tus sobrinos. Son de los mismos. Quédate quieta, Antígona. Son de los mismos. Quédate quieta. No grites. No pienses. No busques. Son de los mismos. Quédate quieta, Antígona. No persigas lo imposible.

Antígona González, Sara Uribe

Hace cinco años y medio mataron a uno de mis sobrinos en la carretera… lo que las autoridades dijeron fue que quisieron robarle la camioneta y que el muchacho se resistió… Quién sabe. A estas alturas, ya no le creo a nadie… El hecho es que le dieron dos balazos en la cabeza, lo aventaron a la orilla de la carretera y a las horas apareció la camioneta desvencijada no muy lejos de ahí… En mi familia siempre hemos vivido en el camino, porque desde hace tres generaciones nos dedicamos al comercio de feria. Hemos viajado por todo el país, así es que nos ha pasado de todo: volcaduras, bloqueos, nevadas, inundaciones, retenes… a mi exmarido una vez lo bajaron de la camioneta a punta de pistola y nos dejaron sin nada, porque todo nuestro patrimonio estaba invertido en la mercancía y porque esa troca era nuestra herramienta de trabajo… Mis hijos estaban pequeños; fueron años duros… pero nada se compara con esto… la noche del velorio de mi sobrino, frente al ataúd, las mujeres de la familia hicimos que los hombres prometieran que jamás volverían a viajar solos y que jamás se resistirían a un robo. Y todos cumplieron, hasta que se relajaron y ya ve… Mi hijo Juan tuvo una apendicitis antes de la Feria de Montemayor, terminó hospitalizado, y como ya habían pagado el permiso de venta desde hacía mucho tiempo y costaba mucho dinero, ramón tuvo que viajar solo… El 20 de enero de 2010, le envió un SMS a su esposa: Voy a andar por la sierra, donde no siempre hay cobertura, pero no te apures. En cuanto pueda me comunico. Ok, dijimos. Pero en tres días no tuvimos noticias suyas, ni al día siguiente, ni después. ¿Qué estará pasando, Chely?, le decía yo a mi nuera. Así se llama, Chely. Porque le hablábamos y nada, le dejábamos mensajes y no respondía. Y en ese momento yo empecé a sospechar que algo muy grave le había pasado a mi hijo, porque él nunca dejaba de comunicarse…

A Magdalena se le corta la voz y los ojos se le llenan de lágrimas. Aprieta las cejas y los labios, como si quisiera contener la tormenta, pero su cuerpo termina por doblarse hacia adelante. Durante quince segundos, lo único que se ve en la pantalla es un muro blanco, el respaldo de la silla y en primerísimo plano, los rizos despeinados de su nuca. Hay un silencio como de asfixia, que luego se rompe en sollozos. La cabeza tiembla y se oyen lamentos, lagrimeos, sorbidos de mocos. Magdalena se vuelve a erguir y su cara queda expuesta ante la cámara: los ojos hinchados, la nariz y las mejillas enrojecidas y la respiración violentada. Magdalena bufa. Y luego se vuelve a doblar, como si le hubieran dado un golpe en la panza.

Corte.

Sentada en la misma silla, frente al mismo muro blanco, Magdalena parece un poco más recuperada. La luz de una ventana le ilumina el rostro. Se limpia la nariz con un clínex arrugado y mira hacia un lado de la cámara.

¿Ya?, pregunta.

La voz de Tania se oye fuera de cuadro: cuando quieras.

Yo no quería que fueran, pero cinco días después de que dejáramos de tener noticias de ramón, dos de mis otros hijos, Juan y pedro, fueron a buscarlo a puerto Fonseca, relata Magdalena, mientras manosea el pañuelo. El 2 de octubre de 2010, Juan me llamó desde puerto Fonseca y me dijo que habían encontrado una pista. La dueña de un bar había reconocido a ramón cuando mis hijos le enseñaron fotos y confirmó que había estado ahí una noche, pero después ya no supo a dónde se había ido, y se ofreció a presentarles a unas personas que supuestamente podían ayudarlos. Tengan cuidado, mijo, le dije. Doña Magda vuelve a llorar, se limpia los ojos con el Kleenex. Juan me dijo que no me preocupara, que todo estaba tranquilo.

Doña Magda hace una pausa y luego sonríe con tristeza ante la cámara: ahora sé que no era verdad, que me ocultó muchas cosas que ahora sé, quizá porque no quería preocuparme, o quizá porque no tuvo tiempo. así era Juan, desde chiquito… para empezar, el supuesto bar era en realidad una casa de citas y la dueña, que se llama doña Marina, era en realidad la matrona… tampoco me dijo que una muchachita que trabajaba ahí y a la que le decían rubí también desapareció el mismo día que ramón, y que los oficiales del Ejército solían ir a ese lugar, el Vulalá, y que unos días antes de que llegara ramón hubo un enfrentamiento en el que murió un capo local y que eso provocó no sé cuántos muertos y otras siete personas desaparecidas… Nueve personas desaparecidas en 48 horas y ¿sabes a cuántas han encontrado?

Magdalena menea la cabeza, en silencio. Voltea hacia el lado derecho del cuadro, en donde probablemente había una ventana. La mirada se le pierde…

¿Le dijeron algo más?, se oye la voz de Tania. Magda niega con la cabeza. Luego se agacha y mira el pañuelo arrugado entre sus manos.

¿Habló con Pedro?

Magdalena vuelve a negar con la cabeza, aprieta los labios. No, no hablé con él. Le pregunté a Juan si estaban bien, y me dijo que sí, que no me preocupara…

Su discurso se corta otra vez por el llanto. La mano de Tania aparece a cuadro extendiéndole una caja de pañuelos.

Gracias, dice Magdalena. Se limpia las lágrimas. Esa vieja debe saber qué les pasó a mis hijos. Ella los entregó, porque ésa fue la última vez que supe de ellos…

Esta historia me recuerda a lo que le pasó a mi papá cuando yo era niño. Un obrero de la tenería descendió a limpiar una tubería subterránea de la planta de tratamiento de aguas y no volvió a salir.

Al ver que su compañero no respondía cuando le hablaban, otro obrero descendió al subterráneo, pero tampoco volvió a salir.

Bajó un tercero y tampoco salió. Y un cuarto.

Puede dar risa si lo cuentas así, ¿no? Es demasiado idiota.

Mi papá estaba muy afectado. Fue al entierro de sus trabajadores y al principio las familias lo vieron bien, pero luego intervino el sindicato y hubo muchos problemas y terminó pagando una lana. Aunque el dinero qué.

Los peritos determinaron que el obrero seguramente picó una costra de residuos químicos mientras limpiaba la tubería y que esto liberó ácido sulfhídrico, un gas súper tóxico.

Pero es que los accidentes idiotas suceden así, porque nunca imaginas lo peor. Y luego actúas como autómata, repitiendo la costumbre, aunque tengas toda la evidencia de que no sirve de nada, hasta que te das cuenta de que es inútil y pareces tan pendejo que hasta dan ganas de reírte. Y te tragas la vergüenza, te reclamas por no haber visto lo evidente y te preguntas cómo es que los demás tampoco lo vieron.

Y eso fue lo que hicieron los otros hijos de doña Magda, porque ella, enloquecida con la idea de que no sólo había perdido a un hijo, sino a los otros dos que habían ido a buscar a su hermano, ya quería meterse al Vulalá a buscar a la mujer que había visto por última vez a sus hijos.

¿Qué más me podía pasar?, dice en la entrevista. Yo estaba desesperada, no entendía, no podía creer que me estuviera sucediendo esto… la voz se le hace agua. Doña Magda aprieta la boca, toma aire y se repone: afortunadamente, mis otros hijos no me dejaron ir a puerto Fonseca, porque quizá también estaría muerta o desaparecida. Aunque quizá sería mejor, dice, y en su rostro se esboza una sonrisa irónica, pero sobre todo, muy triste.

Nos enamoramos en el orden caótico de una redacción, entre telefonazos, juntas de edición, albures a voz en cuello, el sonido de los teclados, ajustes a última hora. Tania era la periodista más joven de un equipo de investigaciones especiales que terminaría por desaparecer, como ha desaparecido todo lo que distinguía a los buenos periódicos.

Me sonrió cuando me senté en el escritorio contiguo al suyo, que el editor me había asignado porque la reportera que lo usaba tenía hijos pequeños y enviaba sus notas por correo electrónico. Tania llevaba un broche azul que le recogía el cabello en la sien izquierda y transcribía una entrevista, lo recuerdo perfecto, sus manos automatizadas, la mirada fija en el monitor y un auricular en la oreja conectado a una grabadora digital. (Era la primera vez que yo veía un aparato así.)

Aún me cuesta entender qué fue lo que ella vio en mí, por qué le gusté. ¿Quién era yo? ¿Qué podía ofrecerle? Yo era un simple becario en la sección local al que le habían asignado una crónica sobre los embotellamientos causados por una obra vial, y que necesitaba cinco tés de tila antes de atreverse a preguntar a tres automovilistas y a dos comerciantes qué pensaban de las obras. ¿Qué iban a decirme? ¿Que estaban encantados de cocinarse durante veinte minutos bajo el sol sin poder avanzar más de treinta metros, que les fascinaba perder clientes, caminar entre escombros y respirar el polvillo de arcilla que lo cubría todo?

Lo cierto es que nos enamoramos. En el avispero de una redacción como las que ya no existen. Poco a poco, conversando de escritorio a escritorio, separados por un murete de tablarroca a media altura sobre el que recargábamos los antebrazos. Ella me hablaba de las investigaciones en curso: amaños en la compra de patrullas y equipamiento de la policía, fraudes telefónicos desde las cárceles, sobornos entre promotores y directivos de clubes de futbol. Yo le contaba sobre mis asignaciones, que eran cosas pequeñas, las que nadie quería —denuncias vecinales, inundaciones, campeonatos escolares de matemáticas—, y ella me decía que no me desanimara, que la calle era la mejor escuela para un reportero; me pasaba datos, documentos, contactos; me enseñó a vender mis notas a los editores para que les dieran mejor espacio.

Hablábamos de todo, sin parar. Y pronto descubrí que le gustaba el mismo tipo de música que a mí, las mismas pelis, que nos reíamos de lo mismo y que pertenecíamos a esa generación que forraba sus cuadernos con fotos del subcomandante y que creía que el cambio estaba en marcha, porque habíamos echado al partido después de setenta años, había una comisión para la Verdad y un expresidente genocida iba a ser juzgado, teníamos vibrantes movimientos sociales que luchaban por elecciones limpias, derechos humanos, transparencia, libertad de prensa y todas esas mamadas que pronto se vendrían abajo. Y así, en lugar de entregar nuestras notas y largarnos a casa, nos pasábamos la tarde platicando charlando y alargábamos nuestra jornada laboral hasta la noche, para histeria de nuestros editores.

Hay cosas que suceden sin que te des cuenta. Y así, una noche, después de ir a un concierto con unos amigos, descubrí que lo mejor de mis días era estar con ella, ir a los tacos de barbacoa o a la tiendita a comprar lonches, o chatear como pubertos en la redacción hasta que nos ganaba la risa tonta, porque nuestras computadoras estaban tan próximas que podíamos tocarnos. Cuando llegaba a casa, en la noche, lo único que deseaba era volver a la redacción para reencontrarme con ella. En teoría estaba prohibido beber en la redacción, pero los viernes, cuando cerrábamos la edición, en la sección se organizaba una coperacha para comprar cervezas y alguna botella de tequila o de whisky, que introducíamos de manera discreta al periódico, mas nunca de forma clandestina. Convertíamos los botes de basura en hieleras y la mesa del editor, en barra, con un bufet de aceitunas, papas fritas, galletas con paté, cacahuates… Ni los de Internacional, ni los de cultura ni los de deportes ni nadie se atrevía a hacerlo. Sólo nosotros, porque éramos los de la local y nos sentíamos la gran verga. Los politizados, los colmilludos, los que supuestamente hacían temblar al gobernador.

Yo era un pendejo, pero me sentía soñado porque acababa de ganar mi primera portada con un reportaje sobre unas familias miserables que vivían en la periferia de la ciudad junto a los canales de aguas negras. Pendejadas impresionistas sobre los niños pobres que juegan a la orilla del agua fétida con trozos de cartón, que acaso arrancaron alguna lagrimilla a algún lector sensible pero que me hacían sentir muy importante, muy indignado y muy justiciero. ¿De qué sirvió que yo describiera su miseria, el olor a mierda en sus cocinas, las marcas negras que el agua dejaba en las paredes cada vez que llovía y se desbordaba el caudal? ¿Qué cambió? ¿Les ayudó en algo? ¿Acaso se interesó alguien por su suerte?