Opinión

El proxeneta · Mabel Lozano

La historia real detrás del negocio de la prostitución.

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ADELANTOS EDITORIALES

Mabel Lozano revela por primera vez la historia que hay detrás del negocio ilegal de la trata de mujeres latinoamericanas para prostituirlas. Lo hace de la mano de un testigo privilegiado, Miguel, apodado el Músico, un exproxeneta que confiesa cómo se inició en este negocio ilegal y relata cómo ha evolucionado la prostitución en España y en el mundo desde la década de los noventa hasta la actualidad.

El Músico pasó de ser portero de un club nocturno, a los 17 años, a un todopoderoso jefe de la mafia y dueño de doce de los más grandes prostíbulos de España. Fue el capo de una de las redes más organizadas e inescrupulosas de Europa que traficó a más de mil 700 mujeres de Colombia, Brasil, Venezuela y Paraguay —incluidas menores de edad—, para prostituirlas y obtener enormes ganancias. En el proceso de consolidación de su poder no dudó en recurrir a la corrupción, el secuestro, la extorsión, el lavado de dinero y hasta el asesinato.

Una historia única sobre el crimen organizado que mueve los hilos de la prostitución, esta nueva forma de esclavitud.

Fragmento del libro "El proxeneta" de la autora Mabel Lozano (Planeta), © 2019, Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Mabel Lozano. Española, productora, guionista y directora de cine con compromiso social. El eje central de su trabajo cinematográfico es la mujer y los derechos humanos. En 2005 dirigió su primer largometraje documental, Voces contra la trata de mujeres, que se convirtió en una herramienta de formación para las autoridades que combaten este delito. Diez años después estrenó su quinto largometraje documental, Chicas nuevas 24 horas, sobre el lucrativo negocio de la compraventa de mujeres y niñas.

El proxeneta | Mabel Lozano

#AdelantosEditoriales

 

Capítulo 2

Los amos de la prostitución y la trata

Chochales

Cuando abrimos el primer negocio, mis socios —el Chepa y el Dandy— y yo ya llevábamos más de once años juntos. Después de haber coincidido muchas veces en el mismo local trabajando, nos conocíamos y nos respetábamos. Incluso nos llevábamos bien, pese a ser tan diferentes. Yo llevaba mucho tiempo con ganas de montar mi propio negocio. Quería poner en práctica todo lo que mi mentor me había enseñado del ambiente. Y asociarme con ellos me proporcionaba la oportunidad. Ellos dos, mis socios, eran familia. Primos segundos, en concreto. Y además compartían otro negocio en Albacete: un pequeño club que habían abierto un año antes en compañía de un chulo andaluz —muy mala gente, por cierto— apodado el Toño, antes macarra, y ahora reconvertido en tratante de mujeres brasileñas.

Llegué a La Mancha en agosto de 1994, con las primeras luces del día. A pesar de la hora tan temprana hacía mucho calor en ese verano típico manchego, seco y sofocante. Fue un viaje muy largo en tren, casi una jornada completa. En la pequeña estación de Valdepeñas me esperaba con su coche el Chepa. Tanto él como el Dandy ya habían estado con anterioridad en el lugar para echar un vistazo al local que albergaría nuestro futuro negocio. Salimos hacia las afueras del pueblo, rumbo a una zona totalmente despoblada. El Chepa detuvo el vehículo en un descampado, bajamos y entonces vi el club. Se me cayó el alma a los pies. Pero ¿qué era aquello? Me dieron ganas de salir corriendo y no parar hasta llegar de nuevo a Barcelona, o más allá... Pero no me iba a rendir tan fácilmente.

El club que íbamos a regentar estaba situado a las afueras del pueblo de Valdepeñas. Era un chochal de mala muerte que no tenía nada que ver, ni de lejos, con los elegantes locales en los que había trabajado en Cataluña, esos lugares donde me profesionalicé y en los que aprendí todo del mundo de la noche.

Era un club pequeño, con tan sólo diez habitaciones. Tenía el tejado de uralita y una sola planta, cuadrada, y muy mal distribuida. Al entrar recibías una terrible bofetada de mal olor, un tufo mezcla de humanidad y tabaco que te echaba para atrás.

En un lateral, divididas por un estrecho y oscuro pasillo, estaban las pequeñas habitaciones. Disponían de un lavabo, una regadera, una silla y una cama de noventa centímetros. El salón estaba pintado de azul manchego —ese añil tan característico— y blanco, aunque este último color aparecía ya amarillento por la cantidad de nicotina acumulada. El suelo era de un vasto terrazo gris perla y se encontraba alfombrado por cientos de colillas. Unas toscas lámparas fluorescentes amarillas, verdes y rojas iluminaban el lugar. Eso sí, como en todo buen club que se preciara, el salón contaba con media docena de grandes espejos, estratégicamente colocados. Unos espejos que no servían para que las mujeres, o los clientes, se atusaran las melenas o comprobaran si estaban guapos; servían para observar todo lo que ocurría dentro del salón. Te permitían ver desde cualquier ángulo del local, sin necesidad de contemplar directamente a la persona a la que estuvieras controlando.

Como el club estaba situado en medio de un gran descampado, completamente salvaje, sin asfaltar, los días de lluvia —muy escasos en verano, por suerte— se convertía en un inmenso lodazal.

Después de pulverizar litros de aromatizante para neutralizar el mal olor, y adecentarlo un poco, repartimos los distintos quehaceres entre los tres; el Chepa se encargaría de la contabilidad y de los trabajadores, el Dandy de suministrar mujeres de macarras —que ya no encontraban plaza— y, por último, yo me encargaría de la seguridad, relaciones públicas con clientes, macarras y policías.

El pueblo al que pertenecía el club era Valdepeñas, un pueblo vitivinícola, agrícola en general, en el que los habitantes del lugar, mayoritariamente, vivían del campo. Hacía casi cuatro años que apenas llovía en la zona, así que la economía no andaba muy boyante.

Mi mentor hubiera dicho que aquel no era un lugar para abrir un club, porque los vecinos no tenían dinero para vicios y el pueblo no parecía estar para fiestas.

Muy cerca de nuestro chochal también había otros clubes de la competencia, cuatro en total, con una separación entre ellos de dos kilómetros. Estos negocios estaban siendo extorsionados desde hacía años por unos gitanos del ambiente, también macarras, pero, sobre todo, abusones. Se dedicaban a extorsionar a los propietarios de los clubes con un impuesto diario, que era el salvoconducto para poder abrir las puertas del local y poder vender copas y alquilar mujeres. Cuando los abusones hacían la visita para obtener el cobro del impuesto, no sólo no pagaban lo que consumían, sino que ellos mismos se ponían detrás de la barra para servirse sus copas.

La zona, además, estaba siendo controlada y menoscabada por unos caimanes —guardias civiles— de la última promoción de la Dictadura, acostumbrados también a pasar todas las semanas por lo suyo, su astilla de dinero, que exigían con mucha arrogancia y despotismo.

Desde luego, aquellas no eran las mejores condiciones para abrir un club. Pero, con todo, lo abrimos.

Los macarras amigos que nos cedían sus mujeres lo hacían por tan sólo una semana, porque allí no entraban ni las moscas. Disponíamos de cinco o seis como máximo y, además, el material era de tercera: la mujer que no era drogadicta estaba ya más que entradita en años. Hubo una semana que nos quedamos sin ninguna mujer y el Dandy trajo a una de las suyas. Concretamente a la Basy, a la que yo conocía muy bien desde hacía años; de hecho, como ya he contado, fue gracias al altercado con sus nalgas que el Dandy y yo empezamos a ser amigos. Esta mujer era de toda confianza, pero, como siempre, su marido le mintió diciéndole que venía como mami —encargada de las mujeres— y no a ejercer; pero, claro, cuando no había chicas en el salón, Basy era la única que podía ofrecerse a los pocos parroquianos que entraban en el local, así que le tocaba trabajar. Y ella lo hacía, porque hubiera hecho cualquier cosa por el Dandy. Jamás vi a nadie tan enamorado como lo estaba ella de su macarra, a pesar de que este la maltratara.

Lo único bueno de esta situación tan precaria fue que el antiguo dueño del local nos lo cedió sin costo alguno. Tenía que cerrarlo, así que le daba igual. De esta manera, al menos lo tenía vigilado, limpio y, encima, le deberíamos un favor por habernos dejado gratis tan lucrativo negocio.

El Chepa iba y venía de Valdepeñas, porque también tenía que atender su otro negocio de Albacete, ese club que más o menos se defendía con las mujeres que el Toño le suministraba. De vez en cuando, el Chepa aparecía por el nuestro para ver cómo íbamos y si por fin terminaba de arrancar. El Dandy, más o menos lo mismo. Tampoco paraba mucho por allí, porque igualmente tenía que atender a sus otras mujeres colocadas en distintos clubes. Así que yo estaba casi siempre solo y toreaba como podía a los gitanos y a los caimanes, que a pesar de la apurada situación no perdonaban su cuota de participación en el negocio.

A los tres meses de abrir las puertas, cerramos. El club era una auténtica ruina.

Esas Navidades las pasé con mi hermana, en Barcelona. A Ana le conté mi corta, pero intensa aventura empresarial. Le narré con pelos y señales las anécdotas de los gitanos, empezando por aquel primer día en que se presentaron en el club para cobrar:

—Eran diez adultos y un gitanillo menor de edad —le contaba—. El chiquillo era muy bajito y de cabello muy largo. El resto de los gitanos adultos tenían tal pinta que ni Curro Jiménez les hubiera contratado para su cuadrilla de bandoleros, por miedo a que le robaran y cortaran el gaznate mientras dormía. Una vez dentro del club, los adultos jaleaban al menor para que este sacara una pequeña pistola que llevaba en el cinturón. Con risas, gritos y aplausos levantaron al niño y lo depositaron encima de la barra del bar. El gitanillo, feliz con el arma en la mano, apuntaba aquí y allá, haciendo al mismo tiempo el ruido de los disparos con la boca: «¡Pum, pum, pum!». «Maestro —me dijo el patriarca gitano—, ¿te han dicho cómo funciona esto? Pues yo te lo voy a explicar. Nosotros no pagamos ningún consumo y, además, cada día viene mi muchacho, este —dijo, señalando a uno de melena larga y lacia—, el Pinocho, y tú le pagas cinco mil pesetas...

¡Y sin tardar!, rapidito, que mi Pinocho no es de esperar».

También compartí con mi hermana el suceso con los caimanes y le conté cómo entraban dentro de la barra y cómo ellos mismos también se servían sus copas. Estos exigían una pequeña mordida a cambio de no reclamar la documentación de las mujeres; pero como apenas teníamos ninguna trabajando, tampoco podían demandar mucho...

Mi hermana se la pasaba en grande con mis imitaciones de los dos tipos de cobradores, y yo disfrutaba imitándolos, pero ella me conocía bien y sabía perfectamente que no me rendiría y que regresaría a Valdepeñas. Ana sabía que mi ilusión era regentar mi propio negocio para aplicar las enseñanzas de mi mentor, deseaba dejar de ser un títere como había sido toda mi infancia y adolescencia, para ser el titiritero y bailar al son de mi propia música. No se equivocaba, una vez pasadas las fiestas navideñas volví, pero no sin antes hablar con mis socios y convencerlos de que lo intentáramos de nuevo. Tenía claro el discurso:

—El club tiene posibilidades —les dije convencido—, y quitando las extorsiones, los gastos son mínimos. Intentémoslo una vez más.

Aceptaron y emprendimos de nuevo el viaje a La Mancha. Recuerdo perfectamente que era el día 8 de enero de 1995 y que, esta vez, no hice el trayecto solo, ni tampoco en tren. Fuimos en tres coches, en los que nos repartíamos mis dos socios y yo y cinco amigos, antiguos macarras de la vieja escuela, como nosotros. Con el tiempo, todos ellos serían también socios de otros clubes.

A los pocos días de llegar, abrimos de nuevo las puertas del club, esta vez sin mujeres, tan sólo con el Chepa como mesero detrás de la barra y dos grupos de supuestos clientes —se trataba del Dandy con el resto de amigos que habían llegado con nosotros—, y yo de portero, esperando al Pinocho. Cuando el gitano se presentó, le conté con mucha normalidad que habíamos cerrado debido a las fiestas navideñas, pero también, y sobre todo, porque no teníamos prostitutas. Lo invité amablemente a pasar dentro del salón, a tomarse algo a discreción, y a cobrar su impuesto. El Pinocho entró primero en el club, con paso decidido, y yo lo seguí muy pegado a su espalda. Dentro del salón, todos, el Dandy y compañía, estaban preparados para darle su merecido.

Así que cobró, ¡vaya que si cobró!, ¡cobró de lo lindo! Le pagamos entre todos por el mes que estuvo cerrado el club. ¡Y le pagamos a conciencia! Como el hombre después no podía ni conducir por la cantidad de dinero que se había llevado, nos ofrecimos gentilmente a acompañarlo a su casa, y a pagar también a su padre los intereses que le pudiéramos deber... Y así lo hicimos. Esa misma noche le pagamos también al padre todos los atrasos, para que a su vez saldara cuentas con el resto de su cuadrilla. Al terminar, le pedimos que nos dijera si estaba de acuerdo con la suma recibida o por el contrario quería que regresáramos a pagar más... ¡Esa noche nos sentíamos tan magnánimos y generosos! El patriarca gitano, farfullando con un hilillo de sangre que le salía de la boca y le llegaba hasta la barbilla, nos pidió que no fuésemos tan espléndidos... Fue necesario que una y otra vez nos lo rogara e incluso suplicara para que nos marcháramos de su casa.

Así sería, a partir de ese momento y en adelante, como pagaríamos a todos los extorsionadores, abusones y chantajistas.

Después de ganar el primer asalto con los gitanos, ahora tocaba el turno de saldar las cuentas con los caimanes. Me apersoné en el puesto de la Guardia Civil del pueblo y, ante el sargento de guardia, aparentando una tranquilidad que en ningún caso sentía, le expliqué que la próxima vez que fueran a nuestro club les pondría una denuncia por lo que sabía por propia experiencia de ellos: sus abusos, sus extorsiones y gorroneo continuo...; además, envalentonado, le aseguré que me inventaría muchas más cosas para acusarlos. Si ellos me obligaban a cerrar, nosotros nos quedaríamos en la calle y tendríamos que echar el candado al club definitivamente, pero ellos necesitarían dar algunas explicaciones a sus superiores.

Les quedó bien claro, tanto a unos como a los otros, que nosotros éramos diferentes, que habíamos venido a quedarnos y a trabajar en nuestro local. Que no íbamos a dejarnos intimidar por unos chulos extorsionadores de poca monta —porque para chulos ya estábamos nosotros—, ni aunque algunos de ellos llevaran placas oficiales.

Lo que más sorprendía a propios y extraños era que, a pesar de tener apenas mujeres —y de que las que teníamos dejaran bastante que desear—, de disponer apenas de medios y de que se pudieran contar con los dedos de una mano los pocos clientes que se aventuraban a entrar en el club, fuéramos capaces de dar al negocio otra imagen completamente diferente a la de los chochales a los que estaban acostumbrados en la zona. El portero con traje, el mesero perfectamente uniformado, mucha disciplina con los clientes, prohibición de bailar o gritar... Además, había que respetar también la hora de apertura y de cierre del negocio y las mujeres tenían que cumplir las estrictas normas que les imponíamos. Entre otras, no podían abandonar la barra si no era para ocuparse con un cliente. De esta manera, siempre había alguna en el salón cuando entraban los usuarios.

Cuando llegó Yamileth de Colombia y la llevamos a Valdepeñas, todo cambió. No es que cambiáramos las normas o nuestro estilo, que siempre mantuvimos escrupulosamente, sino que el número de mujeres en condiciones que teníamos en el club aumentó. Porque, a partir de ella, poco a poco, empezamos a tener mujeres de deuda. Eran víctimas de trata por las que previamente teníamos que pagar al contado seis mil dólares al recibirlas de los tratantes colombianos. Ellos quedaron gratamente sorprendidos desde el principio al ver nuestra seriedad, nuestro comportamiento tan estricto con la mujer y nuestra forma tan elegante de llevar el negocio; así que Yamileth fue la primera, pero luego vinieron muchas más...