Opinión

El poder y la república • Porfirio Muñoz Ledo

Una transición secuestrada.

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ADELANTOS EDITORIALES

Desde Morena, Porfirio Muñoz Ledo es la mayor voz crítica de Andrés Manuel López Obrador. En los últimos meses, la distancia entre ambos se ha incrementado. La voz de Muñoz Ledo -el principal representante de la socialdemocracia en México-se ha ido afilando, y cada día cobra una relevancia mayor para entender qué ocurre en el movimiento que hoy gobierna México, lo que ha de venir y lo que debe cambiar para que la Cuarta Transformación esté a la altura de sus votantes y de sus promesas.

“La transformación que experimenta el país desde 2018 ha consolidado la libertad de expresión. Su mayor ganancia es el debate público sobre los grandes temas nacionales; su saldo negativo es la proliferación ilimitada de la injuria, la descalificación y los frutos podridos de la discriminación y el odio.” -Porfirio Muñoz Ledo

“Éste no es un documento de ruptura de Muñoz Ledo con la Cuarta Transformación, pero sí es una declaración de distancia. […] Es sin duda un acto reflexivo leal, pero es también una crítica honesta.” -Ricardo Raphael, del Prólogo

Fragmento “El poder y la república” de Porfirio Muñoz Ledo, publicado por Debate. Cortesía de publicación de Random House.

Porfirio Muñoz Ledo | Protagonista emblemático de la transición democrática mexicana, dedicado a la educación, la administración pública, la diplomacia, el parlamentarismo y la dirigencia política. Doctor en Derecho Constitucional y Ciencia Política por la Universidad de París, ha sido secretario del Trabajo y Previsión Social, secretario de Educación Pública, senador y diputado.

El poder y la república | Porfirio Muñoz Ledo

#AdelantosEditoriales


PRÓLOGO

Polémico, tenaz y subversivo, como lo ha sido siempre, Porfirio Muñoz Ledo expone en este texto varios de los temas de la vida pública que mayor preocupación le han despertado durante la última década.

Reúne aquí escritos de distinta naturaleza, pero similar intención: discursos, notas, artículos de opinión, ensayos, iniciativas y posicionamientos­ que tienen en común la preocupación por la trascendencia de las transformaciones sociales encarnadas en la construcción institucional.

La obra en su conjunto tensa el diálogo con la autoproclamada Cuarta Transformación y las distintas corrientes que hicieron posible el triunfo electoral del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

En las páginas siguientes, Muñoz Ledo coincide con ese movimiento, pero también matiza para hacer valer sus propias ideas y, de plano, cuando le parece indispensable, disiente sin concesiones.

El autor ofrece variaciones sobre un mismo tema: el largo recorrido­ que la oposición de izquierda debió realizar para llegar al poder y, también, tanto los aciertos como los yerros cometidos una vez en el gobierno.

Éste es un libro sobre la emergencia del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y también sobre el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, pero, sobre todo, es un texto sobre la mirada que Porfirio Muñoz Ledo, actor principal de dicho movimiento, tiene respecto del lopezobradorismo.

Es sin duda un acto reflexivo leal, pero es también una crítica honesta de un hombre cuya larga biografía en la política mexicana está ligada a las apuestas complejas a favor de la transformación y el progresismo de izquierda.

Entre las críticas más pertinentes se encuentra el rechazo a lo que Muñoz Ledo llama “el ambiente de levedades verbales” en el que hoy se desarrolla la confrontación política en México y en el resto del globo.

Se queja el autor de “la proliferación ilimitada de la injuria, la descalificación y los frutos podridos de la discriminación y el odio. La recurrencia intencionada de las falsas noticias, la abolición de la frontera entre lo importante y lo estridente [que] alimentan la polarización política y la confusión mental”.

A este respecto, El poder y la república busca aportar anclajes ciertos en una época lastrada por el relativismo y su engendro más terco: la posverdad. No se puede dialogar con seriedad, mucho menos llegar a acuerdos decentes en una sociedad plural y democrática, si la levedad triunfa sobre la gravedad de los términos y los acuerdos.

No es casual que, hacia el final del libro, el autor haya entregado una serie de notas breves sobre personajes que gozaron de una estatura grande en la política nacional e internacional.

Aquí Muñoz Ledo dialoga con individuos tan disímbolos como Maurice Duverger, Julio Scherer García, Miguel León-Portilla o Shimon Peres, entre varios otros. El recurso no tiene nada de azaroso: frente a la frivolidad y la ligereza de la política está el recurso de traer al presente a quienes ayer enfrentaron problemas de gente grande.

Tampoco revela una coincidencia forzada el capítulo dedicado al Congreso Constituyente de la Ciudad de México, el cual tuvo como cabeza orquestadora a Porfirio Muñoz Ledo. En este esfuerzo el político y el ideólogo se dieron cita para ofrecer una ruta política distinta a la celebrada por el resto del país: un camino pactado entre las fuerzas políticas con ambición incluyente y propósito reformista. Una apuesta revolucionaria à la Muñoz Ledo: sinceramente institucional.

De nuevo, aquí el autor alude a la refundación de Tenochti­tlan, no tanto como un referente situado en el pasado próximo, sino en lo que podría ser el porvenir. Su obsesión para lograr una nueva constitución nacional respira junto con su vocación política cada vez que reflexiona sobre la República y sus transformaciones. A cada­ época corresponde una nueva constitución y no habrá realmente Cuarta Transformación si ésta no se acompaña de su propio texto fundacional.

Ésta es la principal tesis de un libro cuyo autor no suele engañar en sus premisas y tampoco en sus convicciones.

Primero aparecen las coincidencias con la Cuarta Transformación, es decir, el rechazo al neoliberalismo, la desigualdad y el gobierno de las élites. Engloba Muñoz Ledo estos tres temas complejos en una sola etiqueta: “el antiguo régimen”. Aquí no se refiere al régimen político articulado alrededor del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que durante siete décadas gobernó el país, y frente al cual, después de haber sido parte de él, el autor se rebeló en 1988.

En El poder y la república, el antiguo régimen es aquel cuyos cimientos fueron edificados durante las crisis económicas de la década de 1980, cuando gobernaba el país Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988). Se trata del mismo que habrían profundizado o consolidado los presidentes Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000), Vicente Fox Quesada (2000-2006), Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018).

La crítica de Muñoz Ledo es la misma que sustenta la Cuarta Transformación: 30 años de políticas económicas que ampliaron las brechas de desigualdad, beneficiaron a unos cuantos actores económicos y desplazaron al Estado de su papel como rector del desarrollo y la cohesión nacional.

Para llevar adelante la agenda de reformas consistentes con el programa “neoliberal” —acusa Muñoz Ledo— fue necesario que las fuerzas políticas se pusieran de acuerdo. Está en el corazón de la filosofía política del autor la necesidad de promover pactos y consensos cuando al mismo tiempo se tiene respeto por la pluralidad política.

Sin embargo, para Muñoz Ledo los pactos de la época “neoliberal” dieron la espalda a la gente, porque solamente privilegiaron los intereses de la clase gobernante. A diferencia de otros esfuerzos ­democráticos —como, por ejemplo, la Concertación chilena o los Pactos de la Moncloa en España— el pactismo mexicano fue elitista o, más precisamente, antiplebeyo. Por eso aseguró privilegios para unos cuantos y despojó de derechos a una inmensa mayoría.

La cúspide del pactismo elitista —eje articulador del “antiguo régimen”— habría sido el Pacto por México promovido entre 2012 y 2013 por Enrique Peña Nieto y su partido, el pri, y al que concurrió un reducido grupo de liderazgos del Partido Acción Nacional (PAN) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD).

En palabras del autor: “el Pacto por México privilegió la reforma energética, la financiera, la fiscal, la de telecomunicaciones y la educativa. La reforma política quedó confinada a los intereses del entonces bloque político en el poder, así como por la incapacidad de la oposición de plantear una reforma en profundidad del sistema político”.

Refiere a la partidocracia como un término antagónico frente a la democracia. Esta valoración coincide con una época en la que los partidos políticos perdieron reputación y respeto entre la mayoría de la población. En vez de ser vehículos para representar intereses de las ciudadanas y los ciudadanos, se habrían convertido en maquinarias para despojar, privilegiar y corromper.

Además de la desigualdad —afirma Muñoz Ledo—, la violencia social sería rasgo característico del régimen neoliberal, como también la negación de derechos humanos y la asimetría reiterada del trato de la justicia sobre las personas más vulnerables.

La crisis de corrupción y varios eventos relacionados con la violencia del Estado, destacadamente la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa (2014), provocaron que el Pacto por México naufragara antes de que hubiera siquiera ofrecido sus primeros frutos.

Con rapidez, el malestar social creció junto con la indolencia de las élites gobernantes. Quien paradójicamente se benefició de esta circunstancia fue Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena, únicas opciones que se mantuvieron al margen del Pacto por México y los acuerdos cupulares.

Muñoz Ledo no sólo coincide con el diagnóstico político que hace cotidianamente el actual presidente de México, podría incluso decirse que comparte autoría con algunas de sus ideas principales: la posición antineoliberal, la crítica a la élite incrustada en los partidos, el repudio a la desigualdad persistente y la necesidad de refundar la República a partir de principios distintos a los imperantes.

Sin embargo, en este texto el autor también comparte reflexiones críticas a propósito de la obra política lopezobradorista. Destaca, sobre otras, la visión que Muñoz Ledo promovió como diputado federal a propósito de los programas de bienestar dedicados a transferir recursos públicos hacia las poblaciones económicamente castigadas.

El autor de estas páginas propuso casi al arranque de la administración lopezobradorista que se creara el Ingreso Mínimo Vital a partir de un padrón universal que asegurara para toda la población el derecho a la alimentación. Detrás de esta iniciativa estuvo obviamente la convicción de que este apoyo, por ser de carácter general, no podría ser usado de manera clientelar a favor del partido gobernante.

A pesar de que 137 personas legisladoras de distintos partidos se sumaron a tal iniciativa, el liderazgo de la bancada de Morena en la Cámara Baja se opuso con contundencia a dicha propuesta argumentando que, para el presidente López Obrador, las prioridades eran otras.

Esta disputa parlamentaria pasó en su momento desapercibida, pero fue clave en el desencuentro sobre la politización partidaria que Muñoz Ledo proponía evitar respecto de los programas de bienestar.

Muñoz Ledo también ha sido crítico respecto al achicamiento excesivo del gobierno. Dicho en sus propias palabras: “uno de los dogmas del neoliberalismo que nos invadió hace más de 30 años fue el adelgazamiento del Estado”.

Coincide con López Obrador en que al gobierno hay que despojarlo de la ostentación y el gasto superfluo y también en que los sueldos de la alta administración pública crecieron en exceso durante la era “neoliberal”.

Sin embargo, no es un pensador que incurra en excesos ni en la comprensión simplista del presupuesto público. Para Muñoz Ledo la eficacia del gobierno se relaciona directamente con su tamaño­. No puede privilegiarse un valor sobre el otro, porque ­ambos se correlacionan. Sin duda, los gobiernos “neoliberales” sacrificaron eficiencia favoreciendo la austeridad. Lo grave es que, so pretexto de la corrupción, la Cuarta Transformación podría terminar haciendo lo mismo.

También se distingue el pensamiento de Muñoz Ledo en su valoración a propósito de la sociedad civil. Mientras que para Andrés Manuel López Obrador la sociedad organizada es mayoritariamente de derecha y fue por tanto cómplice del “antiguo régimen”, para Muñoz Ledo es un cuerpo “contrario a la concentración del poder y [es también] una negación del corporativismo”. Reconocer su importancia implica respetar su diversidad y los valores humanos que la nutren y califican.

En este tema, el autor de El poder y la república no se rinde ante la posición oficial: sin sociedad civil —sin pueblos originarios, comunidad LGBTTI, luchadores del medio ambiente, sindicatos independientes, líderes del movimiento urbano popular, servidoras sexuales, defensores de animales y feministas, entre tantos otros grupos— no sería posible hacer funcionar a la democracia moderna.

Contrasta esta visión con la del presidente López Obrador, quien está convencido de que su gobierno puede conversar sin intermediarios­ con las personas, gobernar sin que la sociedad se organice y ser democrático sin que existan cuerpos que agreguen las preocupaciones de las diversas expresiones sociales.

A partir de este argumento el libro se perfila con énfasis hacia las disidencias que también tiene Muñoz Ledo con la Cuarta Transformación. Para ello, precisa que el movimiento opositor —cuyo triunfo en las urnas se obtuvo en el verano de 2018— incluye y a la vez trasciende al lopezobradorismo. Para el autor, se trata de una fuerza política cuyo origen se halla en 1988 cuando él y Cuauhtémoc Cárdenas crearon el Frente Democrático Nacional y un año después fundaron el PRD.

No es posible omitir en esta lectura de la historia que fue el propio Muñoz Ledo quien invitó a Andrés Manuel López Obrador para que se uniera a las filas de aquella movilización opositora, a principios de la década de 1990.

Reclama, por tanto, en El poder y la república, “el impacto abrumador de una mayoría nacional consolidada en torno al presidente López Obrador [la cual] pareciera borrar el pasado que la hizo posible”.

En efecto, Muñoz Ledo no se resigna a suponer que las elecciones de 2018 hayan significado el triunfo de una sola persona, y en revancha reivindica el devenir que durante más de 30 años implicó consolidar una opción de izquierda capaz de gobernar, a nivel nacional, desde la presidencia de la República.

Otra gran disidencia tiene que ver con la relevancia que Muñoz Ledo otorga a las instituciones. Una y otra vez distingue entre el verdadero cambio de régimen, que pasa por una reforma a las instituciones, y el cambio de discurso que, por lo general, trasciende poco a su época.

Es elocuente y a la vez lapidario cuando afirma que “la batalla por el futuro no es una lucha de gladiadores, sino la búsqueda de ­soluciones institucionales y de esquemas alternativos de desarrollo”.

Reitera, pues, que lo relevante es la reforma al poder y que tal cosa pasa por construir nuevas instituciones que dejen atrás al antiguo régimen.

En este punto Muñoz Ledo no propone nada que no haya predicado antes. Está convencido de que México necesita de una nueva constitución en la cual se plasmen, por consenso, las premisas de la nueva República o, para decirlo en términos lopezobradoristas, las bases de la Cuarta Transformación.

Si la Independencia contó con la Constitución de 1824, la Reforma con la Constitución de 1857 y la Revolución con la de 1917, ¿por qué la pretensión de un nuevo régimen no habría de obrar parecido?

En el año 2000 Muñoz Ledo intentó convencer a Vicente Fox de recorrer esta misma senda, pero no lo logró. Posteriormente fue artífice de la Constitución de la Ciudad de México y, fuerte de esta experiencia, continúa convencido de que el país podría todavía ver la emergencia de un nuevo texto constitucional acorde con el Méxi­co del siglo XXI.

Añade como clave principal de su propuesta una transición desde el régimen presidencial hacia otro de corte parlamentario, argumento que según Muñoz Ledo permitiría volver compatibles la gobernabilidad con la pluralidad.

Contrastan estas propuestas con la visión del presidente López Obrador, quien no es creyente de que las sociedades cambien realmente­ a partir de políticas públicas y reformas institucionales, mucho menos de una nueva constitución. Además, su liderazgo se despliega evidentemente con mayor comodidad dentro del régimen presidencial.

Concluye este libro con un epílogo denominado “Diálogo incluyente sobre la República”. En estricto sentido no es un documento de ruptura de Muñoz Ledo con la Cuarta Transformación, pero sí es una declaración de distancia. En esas últimas páginas, como en el resto del libro, el autor y el político se funden para acentuar las coincidencias, pero también para poner en perspectiva las disidencias. La ventana de oportunidad para el matiz viene cerrándose con fuerza, un poco por la estridencia y otro tanto porque la realidad se impone sobre las expectativas.

El poder y la república es un libro doblemente biográfico: refiere a la vida de uno de los políticos más importantes de nuestra era y también a una era donde pocos son los políticos que al final serán recordados.

Ricardo Raphael

 

NOTA INTRODUCTORIA

La presente obra es la novena de una saga de libros publicados por diversas editoriales a lo largo de 35 años: Compromisos (Posada, 1988), La sociedad frente al poder (Diana, 1993), Sueño originario y proyecto de nación (Presidencia Nacional del prd, 1995), Por una nueva constitución (Grupo Parlamentario del prd, Cámara de Diputados, LVII Legislatura, 1999), Sumario de una izquierda republicana (Océano, 2000), La ruptura que viene (Grijalbo, 2008), La vía radical para refundar la República (Grijalbo, 2010) y Memoria de la palabra (Debate, 2013). Estos textos que ahora se presentan son independientes del documento titulado Porfirio Muñoz Ledo. Historia oral 1933-1988 (Debate, 2017), cuya autoría es del profesor James W. Wilkie de la Universidad de Los Ángeles, California.

Se integra por una compilación y selección de textos diversos, escritos y publicados a lo largo de una década (de 2011 a 2021): ­artículos de opinión, discursos, ensayos, posicionamientos e inicia­tivas. Contiene análisis realizados de modo evolutivo, aunque no necesariamente­ cronológico, sobre la situación política, social y económica tanto de México como de otros países y contextos internacionales, siempre desde perspectivas críticas y propositivas.

Dan comienzo en las postrimerías del antiguo régimen, durante los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, cuando llegaron a su etapa más cruda la doctrina neoliberal y corruptas estructuras de poder que iban cediendo el paso a las fuerzas progresistas. Los textos correspondientes a esa época se adelgazaron deliberadamente con el fin de acentuar una óptica evanescente. Se agrupan en el capítulo “Agonía de un régimen”.

El segundo capítulo, “Refundación de Tenochtitlan”, recoge los trabajos que dieron rumbo y contenido a la reforma política de la capital entre 2012 y 2017. Comprende el debate jurídico y teórico para hacer coexistir la soberanía de la Ciudad con la del país y el enriquecedor debate del Congreso Constituyente, que se tradujo en una carta articulada con base en derechos exigibles y justiciables.

En un tercer capítulo, “De oposición a gobierno”, se conjuntaron reflexiones en torno al ascenso de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República, comprendiendo desde el proceso electoral­ de 2018 hasta casi la mitad de su gobierno. Se analizaron de manera puntual y comparativa las propuestas de campaña con las políticas públicas impulsadas por la nueva administración, principalmente­ en materia económica, combate a la corrupción, seguridad ciudadana y migración, como aquellas tomadas de manera emergente a consecuencia de la pandemia provocada por el covid-19.

En el cuarto capítulo, “El imperativo de reformar”, estimé conveniente retomar algunas de las más importantes iniciativas que como diputado al Congreso de la Unión presenté durante la LXIV Legislatura, algunas ya dictaminadas y otras pendientes de ser tramitadas. Aparecen así propuestas de gran calado, como la Ley del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos, la reforma integral en materia de igualdad sustantiva de género y otras, de no poca trascendencia, relativas al monto de los salarios mínimos y al ingreso básico universal como prerrogativa de todos los mexicanos.

En el quinto capítulo, “Globalidad o vecindario”, se incluye una selección de artículos relacionados con temas internacionales y de política exterior de notoria relevancia en las relaciones fronterizas bilaterales, regionales y multilaterales de México, así como la inserción del país en un mundo globalizado.

El sexto capítulo, “Por una nueva constitución”, está dedicado a presentar y comentar las propuestas formuladas durante este último periodo, con el fin de dar curso a la elaboración de un nuevo texto constitucional actualizado y acorde con las necesidades del siglo xxi. Un nuevo pacto social que reduzca el carácter prolijo del texto ­actual, así como sus contradicciones, redundancias y arcaísmos. Una Carta Magna al alcance de la gente, que comprenda un proyecto coherente de país y ofrezca certezas jurídicas para todos, así como una verdadera reconciliación nacional.

En el séptimo capítulo se reúnen textos editados a importantes personajes de la vida pública, todos ellos fallecidos, con quienes compartí vastas experiencias e ideales comunes. Merecen especial mención los textos dedicados al comandante Fidel Castro y al presidente Salvador Allende, que se articularon a efecto de ofrecerlos en esta obra.

A manera de epílogo se recoge el texto “Diálogo incluyente sobre la República”, fruto de reflexiones compartidas sobre el futuro del país, que pretende relanzar en un nuevo horizonte nuestras aspiraciones por un México más democrático, más justo y más soberano.

Espero que este esfuerzo contribuya a la conciencia histórica del lector y lo invito a su consideración reflexiva y al consecuente debate de los hechos y las ideas.

Capítulo I

AGONÍA DE UN RÉGIMEN

LA PRESIÓN EMPRESARIAL

El Estado fallido es la suma y consecuencia de las inconsistencias del aparato político y las flaquezas de los gobernantes. Las indignaciones cívicas que alimentan el acontecer cotidiano lo documentan: un día la seguridad fallida, otro la justicia fallida, siempre la educación fallida y ahora la diplomacia fallida. En el trasfondo, la incapacidad regulatoria de los poderes públicos.

La disputa protagonizada en 2011 por los grandes monstruos de las telecomunicaciones mexicanas dio prueba plena de la inexistencia de autoridad jurídica y política del Estado para conducir y arbitrar cuestiones de alto interés nacional. Ejemplificó la ley de la selva y exhibió la patología extrema en que desembocó el ciclo neoliberal, edificado sobre inmensos monopolios y contrario al libre mercado que decía promover.

Durante décadas el desarrollo industrial del país descansó en una estrategia pública de concertación y fomento, impulso a la infraestructura, instituciones crediticias, formación de cuadros, ampliación del mercado interno, sustitución de importaciones y aprovechamiento de los recursos naturales para la economía interna. El capitalismo fue la obra póstuma de la Revolución, hasta que los propietarios decidieron en la década de 1970 quedarse con el poder por sus propios medios.

Tras del auge ficticio de la sobreexplotación petrolera y la pésima gestión de la crisis de la deuda externa, el gobierno se lanzó en dos pendientes suicidas: la dependencia del capital financiero internacional y la sumisión a los Estados Unidos, así como los privilegios abusivos a los grupos monopólicos surgidos de las privatizaciones. Transitamos de una política de consensos nacionales a otra de contubernios público-privados.

Coincidió con nuestra errática transición política y con la de­fraudación masiva del sufragio público. Carlos Salinas tejió una ur­dimbre de intereses para ser administrados desde el exterior del Estado y estableció un pacto bipartidista para regentearlos. En su fase catastrófica, este amasijo llamado “la mafia” colocó a Felipe Calderón en la silla presidencial para valerse de su precaria autoridad. La impotencia presidencial es así el fruto podrido de su ilegitimidad.

El enfrentamiento de los mastodontes fue una batalla por la hege­monía­ empresarial muy por encima de la autoridad pública. Encerró también la capacidad omnímoda para decidir sobre los ­titulares formales del poder y agrupar a los satélites privados cuyo pulmón comercial son las telecomunicaciones. Una lucha entre las tres más grandes fortunas de México que arrastró en su gravitación a todas las demás.

El avance científico a veces genera las guerras y con frecuencia las define. En este caso la convergencia tecnológica ha borrado las fronteras entre las industrias de la telefonía y la televisión, dando origen a una mutua invasión de territorios: mientras el duopolio televisivo pretendía hacer “triple play”, Telmex sólo se conformaba con el “home run”. Eso es lo que en México quedaba de la planeación estratégica del futuro nacional.

Carlos Slim, aficionado a la fraseología, publicitó la frase “libertad de presión”, en reemplazo de la libertad de expresión. Lo que vale para todos, menos para el Estado, que funge como Tancredo de la historia. Es claro que el país estaba a la deriva, entre el intervencionismo estadounidense sin tapujos, el imperio territorial del crimen organizado, el desamparo social y la prepotencia de los únicos beneficiarios de nuestra decadencia.

Semejante despliegue de poderes fácticos no dejaba espacio para las combinaciones políticas tradicionales. La discusión sobre las alianzas electorales se antojó bizantina y sólo abonó el descrédito de una clase política trepadora y sometida. Resultaba evidente que no ­podríamos recuperar el señorío sobre nuestro destino sino mediante un profundo movimiento de regeneración nacional.

El Congreso tenía en sus manos un proyecto de reformas constitucionales sobre radio, televisión y telecomunicaciones que podría ser el principio de la reconstrucción institucional. Resultaba urgente una autoridad autónoma en la materia, capaz de dirimir conflictos, democratizar los medios y hacer prevalecer los derechos ciudadanos. Ése fue el corazón del debate y de la responsabilidad legislativa.

LA ESPADA DE DAMOCLES

Durante abril de 2011, en pocas semanas vieron frustrados dos embates rápidos y furiosos de la mayoría parlamentaria para aprobar reformas contrarias a los derechos humanos: los proyectos de ley del trabajo y de seguridad nacional. En ambos fue definitoria la reacción coordinada de las izquierdas, el vivo sobresalto de la opinión pública y de las organizaciones civiles y las contradicciones electorales surgidas entre las personalidades y segmentos del bloque dominante.

Describí en la Cámara de Diputados los elementos que determinaron el intento y posterior fracaso de imponer en México un Estado flexible de excepción. Primero el albazo, bajo un esquema de pizarrón: así como en la reforma laboral se pretendió aprovechar la Semana Santa para acorralar a los diputados, en la de seguridad se buscaba aprovechar la confusión desaforada del final de sesiones para asestar un dictamen ajeno al proceso parlamentario y cancelar la competencia de las comisiones.

En los dos casos hubo confusión y engaño. La reforma laboral presentada en marzo por el Partido Revolucionario Institucional (pri) era distinta de la que había introducido con anterioridad y luego retirado de modo ilegal. La segunda coincidía puntualmente con la que había avanzado el Partido Acción Nacional (pan), al grado de que el gobierno la hizo suya y fue conocida como “reforma Lozano”. La movilización sindical y social en la proximidad de los comicios del Estado de México obligó al pri a recular y lo convirtió en víctima de los reclamos de azules desairados.

En el último “rojazo” se llegó al galimatías: una minuta proveniente del Senado fue turnada a cinco comisiones de la Cámara de Diputados, ninguna de las cuales la había dictaminado. Se elaboró entonces un documento que respondía fielmente a las exigencias del secretario de la Defensa y se buscó forzar su adopción al margen del reglamento. El enredo se disolvió cuando fue evidente su origen en la bancada de Toluca y quedó de manifiesto el interés del gobernador por congraciarse con las fuerzas armadas.

Para colmo, los dirigentes del Senado anunciaron su decisión de rechazarlo, con lo que encabezarían durante el tiempo que les fuese conveniente las negociaciones y concesiones al Ejército, a favor del segundo de los precandidatos del tricolor. Los panistas cayeron tardíamente en la cuenta de que ese calendario no era útil al Ejecutivo, ya que otorgaba autonomía de vuelo a los titulares de las fuerzas armadas y casi el arbitraje de la sucesión presidencial. Una Televisa con uniforme.

Las rivalidades futuristas entre las dirigencias de los partidos cavaron la tumba de esa legislatura. Así sucumbió la reforma fiscal y así habría de empantanarse ese esperpento de reforma política con el que le cantaron las golondrinas a Xicoténcatl. La oferta de periodos extraordinarios para desahogar los pendientes fue sólo una escapatoria, por la precipitación de los tiempos políticos que haría nugatorio el trabajo de conferencia y por la inevitabilidad de un amplio debate, que exhibiría a los golpistas y a sus acólitos.

La sociedad no podía cantar victoria: las derrotas que les infligimos fueron sólo parlamentarias. La legendaria espada de Damocles pendía sobre nuestras cabezas sostenida por un hilo frágil, que simboliza nuestra extrema vulnerabilidad. Los argumentos de los proponentes no podían ser más amenazantes: es mejor legalizar fenómenos que ya ocurren y empeoran día con día. El huevo de la serpiente siguió creciendo a despecho de la voluntad colectiva.

El proyecto se fundó en la teoría de los “grises”: nunca hay paz completa ni guerra declarada y cada definición depende de decisiones circunstanciales y absolutistas. El objetivo era “proteger al ejército”, el cual a su vez sería intérprete de la política exterior, sin miramiento alguno por los ciudadanos ni menos por la salud de la democracia y la integridad del país. Bien decía Schedler que las “regresiones autoritarias llevan a un régimen difuso, cercano a la dictadura”. Condenados a la “lenta extinción de las instituciones”, de la que sólo podría salvarnos un proceso de regeneración nacional.

PACTISMO Y PLURALISMO

El 2 de diciembre de 2012 fue suscrito el Pacto por México con un alarde de propaganda y aires de restauración de la pompa del Estado, tras de dos sexenios de frivolidad panista. Los acuerdos capaces de pavimentar­ el progreso nacional deben ser acogidos con beneplá­cito, sobre todo aquellos que reflejen la voluntad genuina de los firmantes y prevean métodos verificables de implementación. No así los que sólo impliquen la cooptación del poder y mermen los avances de nuestro pluralismo.

El evento mereció ser contemplado desde diversos ángulos. Tuvo desde luego el sabor de los actos de “unidad nacional” que proliferaron, bajo diversas modalidades, durante el antiguo régimen para atenuar las tensiones que habían provocado las acciones revolucionarias del presidente Cárdenas. Sirvieron para asentar el poder del gobierno sobre ­bases más amplias, escondieron con frecuencia pactos de complicidad y estuvieron en el origen del llamado “desarrollo estabilizador”.

Como aquéllos, éste significó también un escenario legitimador independiente del proceso electoral. Ahí quedó para la iconografía la imagen de los dirigentes de los tres principales partidos y del mandatario entrante colocando sus manos sobre un texto que no es precisamente el de la Constitución. Se trata del documento que recogió entendimientos tejidos con celeridad que desarrollaron y confirmaron el programa anunciado por el gobierno e incluyeron algunas concesiones para los suscriptores. No fue un proyecto cabal para la reforma del Estado, pero hizo explícita la propuesta de fortalecer su rectoría en aspectos fundamentales como la educación y las telecomunicaciones.