Opinión

El poder de las historias • Martin Puchner

O cómo han cautivado al ser humano, de la Ilíada a Harry Potter

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ADELANTOS EDITORIALES

Los textos escritos han marcado la evolución de la historia: son los códigos que definen la identidad de los pueblos y la forma en que los seres humanos organizan sus vidas.

Martin Puchner, profesor de la Universidad de Harvard, sigue su evolución en el tiempo, de Gilgamesh a Harry Potter, y analiza la génesis de las grandes obras: la transcripción de la Ilíada que Alejandro Magno llevaba en sus conquistas, la fijación de la Biblia y de los textos de Buda, Jesús, Confucio o Sócrates, la aparición en Japón de la primera gran novela, Genji, escrita por una mujer, y la renovación del género por Cervantes

Puchner viaja además a sus escenarios originales: al sur del Sahara donde aún se recita la epopeya de Sunjata o a la selva lacandona en que viven los zapatistas, herederos de la cultura maya del Popol Vuh.

Su libro nos ofrece una visión nueva y enriquecedora de la historia de la cultura y nos enseña cuán grande ha sido y aún es el poder de las historias.

Fragmento del libro El poder de las historias, de Martin Puchner © 2019, Crítica. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Martin Puchner es profesor de Literatura inglesa y comparada en la Universidad de Harvard...

El poder de las historias | Martin Puchner

#AdelantosEditoriales


El poder de las historias

Capítulo 1

El libro de cabecera de Alejandro

336 A.E.C., Macedonia

Alejandro de Macedonia recibe el nombre de Magno porque consiguió unificar a las orgullosas ciudades-estado griegas, conquistar en menos de trece años todos y cada uno de los reinos existentes entre Grecia y Egipto, derrotar al poderoso ejército persa y crear un imperio que se extendía sin interrupción hasta la India. Desde entonces, muchos se han preguntado cómo un gobernante de un pequeño reino griego pudo llevar a cabo semejante gesta, pero siempre aparece una segunda pregunta que, para mí, es mucho más fascinante: ¿por qué quiso Alejandro conquistar Asia en primer lugar?

Al reflexionar sobre esta cuestión, lo primero que me viene a la cabeza son los tres objetos que Alejandro llevó consigo durante toda su campaña militar y que cada noche ponía bajo su almohada, tres objetos que resumían el modo en que él mismo veía su campaña. El primero era una daga1, junto a ella guardaba una caja, y en su interior había depositado el objeto más apreciado de los tres: una copia de su texto favorito, la Ilíada.

¿Cómo reunió Alejandro estos tres objetos y qué significaban para él?

Dormía sobre una daga porque quería escapar al destino de su padre, que fue asesinado. En cuanto a la caja, se la había arrebatado a Darío, su adversario persa, mientras que la Ilíada se la había llevado a Asia porque era el relato a través del cual contemplaba su propia campaña y su vida, un texto fundacional que cautivó la mente de un príncipe que no se detendría en la conquista del mundo.

La epopeya de Homero también había sido un texto fundacional para los propios griegos durante generaciones, pero para Alejandro adquiría el rango de un texto casi sagrado, razón por la cual lo llevaba encima en el curso de su campaña. Esto es lo que hacen los textos, sobre todo los fundacionales: nos cambian el modo de ver el mundo y nuestra forma de actuar. Sin duda, este fue el caso de Alejandro, que se vio inducido no solo a leer y estudiar este texto, sino también a recrearlo; y como lector se introdujo en la historia, proyectando su vida y su trayectoria a la luz de la del Aquiles de Homero. Alejandro Magno es bien conocido por haber sido un rey de talla excepcional, pero resulta que fue también un lector de talla excepcional.

Un joven Aquiles

Alejandro aprendió la lección de la daga siendo todavía príncipe, en un momento crucial de su vida, cuando su padre, el rey Filipo II de Macedonia, casaba a una hija y nadie podía permitirse el lujo de declinar la invitación. Acudieron emisarios de ciudades-estado griegas, junto con visitantes procedentes de tierras recientemente conquistadas de Tracia, allí donde el Danubio se une al mar Negro. Es posible que entre la ingente muchedumbre hubiera incluso algunos persas, atraídos por los éxitos militares del rey Filipo, que estaba en puertas de lanzar un ataque masivo en Asia Menor, alimentando el temor en el corazón de Darío III, rey de Persia. El estado de ánimo en Egas, la vieja capital macedonia, era desbordante, porque el rey Filipo era conocido por las lujosas y exuberantes fiestas que organizaba; y en esta ocasión, todos los asistentes se habían congregado en el gran teatro, ansiosos por que diesen comienzo los festejos.

Alejandro debió de contemplar los preparativos con ambivalencia, puesto que desde una edad muy temprana había sido designado y adiestrado para ser el sucesor de su padre, y por consiguiente entrenado en las artes marciales y las marchas forzadas. Se había convertido en un diestro jinete, que, siendo todavía un muchacho adolescente y para asombro de su padre, había logrado dominar a un caballo indomable. El rey Filipo se había ocupado de que su hijo recibiese educación en el arte de hablar en público y de que aprendiese correctamente la lengua griega además del dialecto montañés que se hablaba en Macedonia (durante toda su vida, cuando montaba en cólera, Alejandro volvía al dialecto macedonio). No obstante, ahora parecía que Filipo, que tanto había invertido en Alejandro, tenía intención de alterar sus planes de sucesión al casar a su hija con su cuñado, que con toda probabilidad se convertiría en un rival.

Si por añadidura el matrimonio engendraba un hijo, Alejandro se vería totalmente relegado. Dado que Filipo era un maestro a la hora de tejer nuevas alianzas, preferiblemente a través del matrimonio, Alejandro sabía que su padre no dudaría en romper una promesa si convenía a sus propósitos.

Ya no había tiempo para cavilaciones: Filipo acababa de entrar en el teatro, iba solo, sin su guardia habitual, para demostrar confianza y control. Nunca Macedonia había sido más poderosa ni más respetada, y si la campaña en Asia Menor redundaba en victoria, Filipo se convertiría en el líder griego que había atacado y derrotado al Imperio persa en sus propias costas.

De repente, un hombre armado se abalanzó sobre Filipo, sacó una daga y el rey cayó al suelo. La gente corrió hacia él, pero ¿dónde estaba el atacante? Había conseguido escapar, cuando unos guardaespaldas lo divisaron fuera del recinto corriendo hacia un caballo y se precipitaron tras él. En su carrera se le enredó un pie en una parra, tropezó y cayó. Sus perseguidores le dieron caza y, tras un breve combate, fue pasado por la espada. Entretanto, en el teatro, el rey yacía muerto en un charco de sangre. Macedonia, la coalición griega y el ejército reunido para tomar Persia se habían quedado sin un caudillo.

Durante el resto de su vida, Alejandro se protegería con una daga, incluso por la noche, para evitar el sino de su padre.

¿Había enviado Darío de Persia al asesino para impedir el ataque que Filipo pretendía lanzar sobre Asia Menor? Si Darío estaba detrás del asesinato, sin duda había calculado mal. Alejandro utilizó el crimen como pretexto para deshacerse de sus rivales potenciales, acceder al trono y dirigir una expedición para asegurar las fronteras macedonias del norte y afianzar la lealtad de las ciudades-estado griegas del sur. Ahora ya estaba preparado para enfrentarse a Darío. Cruzó el Helesponto con una fuerza ingente, siguiendo el mismo camino que había tomado el ejército persa cuando invadió Grecia generaciones atrás. La conquista de Persia por parte de Alejandro había empezado.

Antes de enfrentarse al ejército persa, el rey se desvió hacia Troya, aunque no por motivos militares, porque a pesar de que Troya estaba muy bien ubicada cerca del estrecho que separa Asia y Europa, esta ciudad había perdido la importancia que tuvo antaño. Tampoco se dirigió allí con la intención de capturar a Darío, porque al hacer de Troya su primera parada en Asia, Alejandro reveló el verdadero motivo de su conquista, un motivo que se hallaba en el texto que siempre llevaba consigo a todas partes: la Ilíada de Homero.

Homero fue el camino por el que transitaron todos aquellos que se habían acercado a Troya desde que los relatos de la guerra se convirtieran en un texto fundacional. Yo, por mi parte, había leído una versión infantil de la Ilíada cuando era niño, antes de acceder a traducciones más fieles, y cuando estudiaba griego en la universidad, incluso leí fragmentos en original con ayuda de un diccionario. Las escenas y personajes más famosos de dicho texto quedaron grabados en mi memoria para siempre, incluido el inicio, que abre con los nueve años de asedio a Troya por parte del ejército griego y el abandono de Aquiles del campo de batalla porque Agamenón le había arrebatado para sí a la cautiva Briseida. Sin su mejor guerrero, los griegos se encuentran en apuros, acosados por los troyanos, pero entonces Aquiles vuelve a la batalla y mata a Héctor, príncipe de Troya, y arrastra su cuerpo alrededor de las murallas de la ciudad. (Según otras fuentes, Paris consigue vengarse y mata a Aquiles lanzando una flecha que se clava en su talón.) Recordaba también la guerra entre los dioses: Atenea luchando en el bando de los griegos y Afrodita en el de los troyanos, y la extraña historia de fondo en la que Paris coronaba a Afrodita, aclamada la más bella de las diosas, y recibía, a guisa de recompensa, a Helena, la esposa de Menelao. La mecha de la guerra había prendido. Sin lugar a dudas, la imagen más impactante de todas era el caballo de Troya con los soldados griegos escondidos en el vientre del animal, aunque, para mi asombro, tras leer traducciones mucho más precisas, comprobé que la parte final de la guerra no se relataba en la Ilíada, sino en la Odisea, y solo someramente.

Cuando pienso en la historia de Troya de la Ilíada, hay una escena que predomina por encima de las demás en mi memoria. Héctor acaba de regresar de la batalla que ruge embravecida a los pies de la ciudad y busca a su esposa Andrómaca, pero no la encuentra porque ha salido precipitadamente a la ciudad para saber qué ha sido de él. A la postre, la encuentra cerca de la puerta y ella le ruega que no arriesgue su vida; sin embargo, Héctor le explica que debe luchar para que ella esté a salvo. En pleno intercambio de poderosas razones, la nodriza les trae a su hijo:

Tras hablar así, el preclaro Héctor se estiró hacia su hijo. Y el niño hacia el regazo de la nodriza, de bello ceñidor, retrocedió con un grito, asustado del aspecto de su padre. Lo intimidaron el bronce y el penacho de crines de caballo, al verlo oscilar temiblemente desde la cima del casco.

Y se echó a reír su padre, y también su augusta madre. Entonces el esclarecido Héctor se quitó el casco de la cabeza y lo depositó, resplandeciente, sobre el suelo.

Después, tras besar a su hijo y mecerlo en los brazos, dijo elevando una plegaria a Zeus y a los demás dioses.

En medio de la brutal y cruenta batalla que se estaba librando justo al otro lado de la puerta, y de la acalorada discusión entre marido y mujer acerca del significado de la guerra, de pronto cambia el tono cuando el padre, divertido, se quita el casco que tanto asusta al niño. Es un momento de reconciliación doméstica, en el que el casco da paso al rostro risueño de Héctor antes de besar a su hijo. No obstante, el casco todavía permanece allí, en el suelo, resplandeciente, y quizás el niño siga sollozando, un recordatorio de que esto no es más que un breve aplazamiento de la guerra que terminará con la muerte de su padre y la destrucción de la gran ciudad de Troya.

Todo esto estaba en mi mente cuando visité por primera vez las ruinas de Troya, situada en lo alto de una colina. Antaño, la ciudadela estaba ubicada cerca del mar, pero desde la caída de Troya en torno al año 1200 A.E.C., el mar ha retrocedido a causa de los sedimentos arrastrados por el río Escamandro. En lugar de alzarse dominante sobre el estrecho entre Asia y Europa como ocurriera en la Antigüedad, ahora Troya se erguía sobre una vasta llanura aislada del mar, que apenas podía atisbarse en el horizonte.

Sin embargo, lo que todavía resultaba más decepcionante que la ubicación de la ciudad en el paisaje era su tamaño: Troya era diminuta. En cinco minutos pude atravesar de cabo a rabo lo que en mi imaginación era una gigantesca e imponente fortaleza y ciudad. Resultaba difícil entender cómo aquella insignificante fortaleza había podido resistir al poderoso ejército griego durante tanto tiempo. ¿Era eso en lo que consistía la literatura épica, en coger una pequeña fortificación y magnificarla hasta la exageración?

Mientras le daba vueltas a mi desilusión, me vino a la cabeza que Alejandro había reaccionado justo al revés: le encantó Troya. Igual que yo, había soñado con aquella epopeya desde la infancia, cuando conoció por primera vez el mundo homérico. Aprendió a leer y a escribir estudiando a Homero, y su padre, el rey Filipo, satisfecho con los éxitos de Alejandro, encontró al filósofo vivo más prestigioso, Aristóteles, y lo convenció para que se desplazase al norte, a Macedonia. El filósofo resultó ser el mejor estudioso de Homero, al que consideraba el origen de la cultura y el pensamiento griegos. Bajo su tutela, Alejandro acabó por considerar que la Ilíada de Homero no era solo la historia más importante de la cultura griega, sino también un ideal al que aspirar, una motivación para cruzar el Helesponto. La copia de la Ilíada que cada noche colocaba debajo de su almohada tenía anotaciones de su maestro Aristóteles.

Lo primero que hizo Alejandro a su llegada a Asia fue rendir tributo ante la tumba de Protesilao, alabado en la epopeya por ser el primero en saltar a tierra cuando las naves griegas desembarcaron. Este acto fue tan solo el comienzo de la recreación homérica por parte de Alejandro. Una vez llegados a Troya, Alejandro y su amigo Hefestión depositaron coronas en las tumbas de Aquiles y Patroclo, mostrando con ello al mundo que seguían las huellas de aquella famosa pareja de guerreros y amantes griegos. Ambos corrieron desnudos junto a sus compañeros alrededor de las murallas de la ciudad a la manera homérica, y cuando le ofrecieron a Alejandro lo que supuestamente era una lira, se lamentó de que no fuera la de Aquiles. Aceptó, a continuación, una armadura que se había conservado desde la época de la guerra de Troya: conquistaría Asia con una armadura homérica.

Pese a no tener ninguna importancia estratégica directa, Troya reveló los orígenes secretos de la campaña de Alejandro: había puesto rumbo a Asia para revivir las historias de la guerra de Troya. Homero había conformado la manera en que Alejandro veía el mundo, y ahora llevaba a cabo aquella visión a través de su campaña, porque a su llegada a Troya, se impuso la tarea de proseguir con el relato épico e ir mucho más lejos de lo que el propio aedo podía haber imaginado. Alejandro engrandeció a Homero al recrear la conquista de Asia a una escala mucho más grandiosa. (Al parecer sus fragmentos favoritos de la Ilíada eran diferentes de los míos: mientras que yo me sentía atraído por la escena doméstica de Héctor, Andrómaca y su hijo, él se identificaba con Aquiles y su coraje en el combate.)

Mientras Alejandro estaba en Troya, Darío de Persia le envió un ejército compuesto por mandos persas y mercenarios griegos. El primer enfrentamiento entre ambos, en el río Gránico, infligió una sonora derrota al ejército persa, y Darío se dio cuenta de que aquel joven macedonio era una amenaza mayor de lo que había imaginado: él mismo tomó cartas en el asunto y reclutó a un gran ejército para acabar con aquel agitador.

El ejército griego y macedonio de Alejandro era más pequeño que las fuerzas persas, pero estaba mejor entrenado, por no hablar de las formidables tácticas de combate desarrolladas por los griegos. Su padre había heredado la falange griega, filas de soldados de infantería enlazados en formación compacta con el escudo en una mano y la lanza en la otra, protegiéndose y ayudándose los unos a los otros. Mediante duros entrenamientos para reforzar la disciplina de sus soldados, Filipo había logrado aumentar la longitud de las lanzas y con ello convertir las filas de soldados en una impenetrable muralla móvil. A su acceso al trono, Alejandro había combinado aquella falange perfeccionada con una caballería veloz capaz de rodear a un ejército y atacar por la retaguardia; su propio estilo de combate tenía por objetivo inspirar a sus soldados. Por otro lado, su adversario Darío solía permanecer atrás cuando sus ejércitos luchaban, mientras que Alejandro dirigía el ataque lanzándose en la refriega a la menor ocasión. Una vez, durante el asedio a una ciudad, escaló las murallas antes que ninguno de sus hombres y saltó al interior sin ellos para encontrarse solo con dos guardias a su lado frente a una turba de defensores de la ciudad. Cuando por fin llegaron sus soldados, lo encontraron en apuros, acosado por todos los flancos y herido, pero defendiéndose encarnizadamente.

A la postre, los dos ejércitos se enfrentaron a finales del año 333 A.E.C. en Issos, cerca de la frontera que hoy en día separa Turquía de Siria, un enclave en el que la costa enseguida daba paso a las montañas, dejando relativamente poco espacio para el ingente ejército de Darío. Confiado por su superioridad numérica, Darío lanzó un ataque masivo contra la falange griega, que protegía el ala izquierda, pero en última instancia prevaleció el buen entrenamiento, la falange no se rompió y los griegos dieron alcance a los persas. Cuando Alejandro, al mando del ala derecha, vio una abertura en la guardia en torno al rey persa, se lanzó precipitadamente hacia él, pero Darío, presa del pánico, huyó en lugar de presentar batalla a su adversario, que lo persiguió implacablemente.

Desde que siendo muchacho tuve ocasión de contemplar un cuadro del pintor renacentista Albrecht Altdorfer, la batalla de Issos ha estado pululando por mi cabeza. En la pintura, una puesta de sol ilumina un espectacular cielo de nubes y luz, que se refleja en la maraña de lanzas, armaduras y caballos que hay en el campo de batalla. En medio del caos se identifica la figura de Darío, de pie en un carro tirado por tres caballos, y la de Alejandro persiguiéndolo en solitario a lomos de su caballo. Lo que siempre me ha fascinado es el detalle y la textura de este cuadro. Solía examinar la pintura, que por casualidad encontré en un libro de imágenes, e inspeccionar las escenas de batalla, el campamento o las ruinas de un castillo en la lontananza. (Cuando por fin pude ver la pintura original, también esta resultó ser mucho más pequeña de lo que había imaginado, medía tan solo 152 por 120 centímetros).

A pesar de que en la pintura parece que Alejandro vaya a dar alcance a Darío, la realidad es que logró escapar; no obstante, en los demás aspectos fue una victoria decisiva. Alejandro se apoderó de ingentes cantidades de tesoros, así como de la madre, de las hijas y de la esposa de Darío. ¿Imaginaba acaso a esta última como a una Andrómaca, la esposa del guerrero troyano Héctor?

En esta misma contienda Alejandro se adueñó de la caja de Darío, en la que guardó la copia de la Ilíada, un recordatorio de que todavía no había derrotado a su enemigo en la debida forma homérica, puesto que no había terminado de interpretar a Aquiles. Por el momento, desdeñó las amenazas de Darío, que le enviaba cartas y exigía el retorno de su familia. Al contrario, prosiguió la marcha por el litoral, asegurándose de que la poderosa flota persa no pudiera atacar desde el mar, y se dirigió hacia el Levante, obligando a las ciudades a rendirse y saqueándolas si se negaban. Conquistó Gaza y mató a su recalcitrante caudillo, Batis, que había rechazado su oferta de rendición pacífica, y después arrastró su cuerpo alrededor de la ciudad igual que había hecho Aquiles con el cadáver de Héctor. Era como si Alejandro hubiera decidido que el camino hacia la victoria consistía en una recreación fiel de las escenas de Homero.

Sin embargo, para la mente homérica de Alejandro, el verdadero Héctor no era aquel insignificante gobernador gazatí, sino Darío. Tan pronto como hubo afianzado su dominio en Egipto, entró en Mesopotamia, donde le esperaba el rey persa: Darío ya no subestimaba a Alejandro. Esta vez había reunido toda la fuerza del Imperio persa al completo. Los ejércitos se enfrentaron en el corazón de Mesopotamia, cerca del actual Mosul, en Irak. Primero lanzó su falange contra las huestes persas, pero a continuación combinó hábilmente este envite con una osada maniobra. Con su caballería alejó a los persas hacia el flanco derecho para, inesperadamente, dar la vuelta y lanzar un ataque decisivo al centro. Alejandro había alcanzado su objetivo: el Imperio persa ya era suyo.

Lo único que estropeó el triunfo fue que, una vez más, Darío había conseguido huir, y a pesar de que ya no representaba amenaza alguna para él, Alejandro salió en su persecución. ¿Acaso pretendía vengar el asesinato de su padre? A decir verdad no actuó de forma vengativa con la madre, esposa e hijas de Darío, sino que las trató con el máximo respeto. No, lo cierto es que Alejandro seguía recreando su epopeya. Quería enfrentarse a Darío en una batalla tradicional y derrotarlo en combate singular, de la misma manera en que Aquiles se había enfrentado a Héctor y le había vencido. Pero, por desgracia, aquel deseo nunca se cumpliría, porque Darío fue asesinado por uno de sus generales, que abandonó su cuerpo para que Alejandro lo encontrase. Este lloró la muerte de aquel digno adversario y encolerizado dio caza al verdugo que le había privado de su victoria homérica.

Los sonidos de Homero

800 A.E.C., Grecia

La Ilíada no se originó como literatura, sino como un relato de tradición oral. La historia se situaba en la Edad de Bronce, en torno al año 1200 A.E.C., en un mundo anterior a la guerra moderna librada por Alejandro, y antes de la escritura griega,29 si bien es cierto que la civilización minoica de la isla griega de Creta había desarrollado un sistema de escritura arcaico similar a los jeroglíficos egipcios que no se ha podido descifrar.30 En Micenas, ciudad ubicada en el continente, había surgido un sistema de escritura llamado Lineal B, pero se utilizaba básicamente para transacciones comerciales. A nadie se le ocurría escribir las historias de la guerra de Troya, porque aquellos relatos eran transmitidos por bardos especializados que los cantaban ante toda clase de público, numeroso y reducido.31

En torno al 800 A.E.C., los viajeros fenicios, del Líbano actual, difundieron la noticia de la existencia de un sistema de escritura totalmente distinto de todos los demás, tan diferente que en un principio costaba de entender su funcionamiento. Los sistemas de escritura antiguos como los que usaban en Micenas se habían originado a partir de signos que representaban objetos, como vacas, casas o grano. Con el tiempo, estos signos acabaron representando las sílabas que componían el nombre de aquellos objetos, o incluso sonidos individuales, pero todos los signos en su origen tenían un significado relacionado en su forma con un objeto o idea, que facilitaba su memorización.

 

 

Teniendo en cuenta los anteriores experimentos egipcios, los fenicios reconocieron que la fuerza de este sistema de escritura era al mismo tiempo su debilidad. Mientras los signos estuvieran basados en el significado, su número sería infinito. Por consiguiente, dieron con una solución radical: la escritura tenía que cortar sus vínculos con el mundo de los objetos y del significado, y en su lugar los signos pasarían a representar el lenguaje, más concretamente el sonido. Cada signo equivaldría a un sonido y podrían combinarse para formar palabras con significado. El hecho de renunciar a los objetos y al significado era algo difícil de lograr, pero tenía una enorme ventaja: el número de signos se reduciría de cientos o miles a unas pocas decenas, simplificando infinitamente la lectura y la escritura. Esta última quedaría ligada al habla de forma mucho más directa. (La idea fenicia se extendió por la región: el hebreo se basa también en el mismo concepto.)

Los fenicios habían aplicado esta idea sistemáticamente a su lengua, pero no la siguieron hasta su conclusión lógica, porque solo se representaban las consonantes. Era como si, en inglés, las consonantes rg pudieran significar rug (alfombra) o rig (jarcia) o rage (cólera). Los lectores tenían que averiguar por el contexto la palabra correcta, sirviéndose ellos mismos las vocales. Y ahí fue donde los griegos hallaron margen para una mejora y completaron el sistema fenicio añadiendo vocales, haciendo con ello innecesario adivinar a qué palabra hacían referencia las consonantes rg. Ahora se escribiría la palabra entera, la secuencia sonora completa: r-a-g-e.

Aquel nuevo sistema se adaptaba perfectamente al metro utilizado para cantar las historias de la guerra de Troya: el hexámetro, compuesto por seis pies (cada uno consistente en una sílaba larga y dos breves o en dos sílabas largas). El sistema fenicio no podía registrar este patrón sonoro porque la parte más importante, el sonido largo y acentuado en el núcleo de las sílabas, se habría perdido. Sin embargo, la modificación griega proporcionaba las vocales largas y acentuadas, por lo que el nuevo alfabeto fonético era perfecto para poner por escrito los relatos de la guerra de Troya, que fue lo primero que hicieron los escribas. Incluso es posible que el alfabeto griego se inventase expresamente para plasmar el hexámetro de estos bardos. En cualquier caso, este nuevo sistema garantizaba que los lectores no pensasen en la jarcia (rig) del barco de Aquiles, ni en la alfombra (rug) sobre la que dormía por la noche, sino en la cólera (rage) que sintió cuando Agamenón lo privó de su merecido premio tras un duro combate, tal como se expresa en los primeros versos del poema: «Canta, oh diosa, de Aquiles el Pelida / ese resentimiento —¡que mal haya!— / que infligió a los aqueos mil dolores».

Se ha hecho célebre el nombre de un aedo, Homero (aunque ni siquiera podemos estar seguros de que hubiera alguna vez un bardo con este nombre), en cambio, se desconoce por completo el nombre del ingenioso escriba que puso por escrito la historia de la guerra de Troya. No obstante, lo que hizo única la versión de Homero fue la colaboración entre ambos, porque el resultado fue mucho más coherente que otras escrituras como la Biblia hebrea, probablemente debido a que el escriba anónimo plasmó la versión de un único poeta y a que la Ilíada no fue fruto de la improvisación por parte de diferentes escribas y diferentes aedos a lo largo de muchas generaciones. Cabe decir que en el mundo de la Ilíada no hay descripción alguna de escritura (con una única excepción), y el poema épico se presenta a sí mismo como canto, no como relato escrito. Así pues, la Ilíada y el alfabeto griego, un alfabeto basado en los sonidos, resultaron ser una poderosa combinación, y juntos iban a acarrear consecuencias de amplio alcance. Al cabo de unos pocos siglos, Grecia se convertiría en la sociedad más culta del mundo conocido y sería testigo de una extraordinaria explosión de literatura, teatro y filosofía.

Asia adopta la cultura griega

El alfabeto griego y Homero habían precedido a Alejandro en Asia Menor, pero con su llegada, fueron mucho más lejos de lo imaginable. El poder del nuevo alfabeto y la cultura de la alfabetización que aportó contribuyeron a su vez a la misión de Alejandro. Tras conquistar Asia Menor y derrotar a Darío en Mesopotamia y Persia, prosiguió su camino, a través del Hindu Kush hasta Afganistán en primavera y vadeando el río Indo durante los monzones, luchando contra formidables elefantes de combate a medida que avanzaba. Ni la naturaleza ni adversarios armados podían detenerlo, con cada batalla que ganaba, con cada territorio que sometía, se ponía de manifiesto que el mundo era mucho más grande de lo que habían conocido anteriormente los griegos.

A medida que su reino se expandía, Alejandro empezó a pensar que, como Aquiles, era un semidiós, el hijo de una diosa, y exigió que las ciudades-estado griegas le otorgasen oficialmente el estatus divino, y muchas acataron la petición. Solo Esparta, que siempre lo había mantenido a raya, envió, como era habitual, una respuesta lacónica. «Puesto que quiere ser un dios, dejemos que sea un dios», replicaron, dando a entender que la divinidad estaba solo en la cabeza de Alejandro.

Cuantos más territorios conquistaba, más problemas tenía para conservarlos. La periferia occidental y meridional de la esfera de influencia persa, como Anatolia y Egipto, aceptaron de buen grado a Alejandro, puesto que solía mantener a los mandatarios locales y respetar las estructuras de gobierno. No obstante, la tarea de conservar las tierras ocupadas resultaba cada vez más ardua a medida que avanzaba hacia el este, tras hacerse con el control del corazón del territorio persa, por no mencionar las dificultades a las que tuvo que hacer frente cuando penetró en el remoto Afganistán y en la India.