Opinión

El infierno en doce pasos • Raúl Rodríguez Rodríguez

Sin amor propio, la autodestrucción es simplemente, imparable.

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ADELANTOS EDITORIALES

Antiguamente, los que buscaban evadirse de la realidad recurrían a los conjuros, a los embrujos. Eran los poseídos y se les temía por ser aliados de la obscuridad. Ahora, a quienes se fugan del aquí y el ahora, los conocemos bajo una nueva denominación: adictos.

En este siglo XXI de esplendor tecnológico, lo único que desentona es el Ser Humano con su vulnerabilidad. Pero aún en el reino de la inteligencia artificial, la obscuridad sigue entre nosotros, y haber desechado la espiritualidad, por anticuada, nos ha conducido al desastre.

Esta es la crónica novelada de hechos reales acontecidos en la Ciudad de México, de los cuales tuvo conocimiento el autor, durante su labor social en el reclusorio de Santa Martha Acatitla. Vidas marcadas por el caos desde antes de nacer, para las que, muchas veces el suicidio, la prostitución o enloquecer resultó la mejor alternativa.

Escenarios desencarnados donde, sin embargo, el individuo es capaz de reencontrarse con su insospechado recurso interior, un descubrimiento íntimo, personal, que es común a todos los nacidos dos veces.

Raúl Rodríguez Rodríguez, poseedor de una gran capacidad descriptiva, plasma con su pluma las pasiones humanas y el mundo oscuro que nos habita.

Raúl Rodríguez Rodríguez nació en la Ciudad de México y pertenece a las generaciones que crecieron en la crisis.  Ha compaginado su labor profesional y académica, con una afanosa búsqueda de caminos espirituales, que lo han llevado a recorrer el planeta, destacando sus retiros en Cochín, India, y Colombo, Sri Lanka. Es administrador de empresas, analista político y escritor acucioso de la interacción humana.

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Fragmento El infierno en doce pasos de Raúl Rodríguez

Un día descubrí que necesitaría vivir como cuatro vidas consecutivas, para cumplir todas las expectativas que tenía de mí mismo. O vivir unos doscientos años para lograr todo lo que me había propuesto. Al cabo del tiempo, semejante locura devino en depresión e insomnio. Una fuerza desconocida me empujaba hacia ese torbellino de exigencias existenciales, lo mismo ser un hijo modelo que un alumno brillante o un empleado destacado.

Lo más confuso fue eso, precisamente: lejos de «desvielar» la máquina con semejantes demandas autoimpuestas, logré prosperar económicamente, acumular títulos, obtener prestigio profesional y académico, pero estar muerto por dentro, sin fuerza interior, sin un sentido trascendente más que el curricular.

Tras unos años de ese tipo de éxito, llegó el desastre. Se cerraron de golpe mis caminos. El costo de vivir racionalmente fue atroz y estuvo a punto de llevarme a la extinción. Los alicientes económicos y académicos no bastaban ya para sostener mi vida. Una sabia opinión me dijo que la disyuntiva era recurrir a psiquiatras y medicamentos o bien, practicar meditación budista. Silenciar a mi mente con esa práctica de atención consciente, me abrió los ojos a una nueva realidad. Se me enseñó que el individuo no es solo mente sino también espíritu y que, de hecho, este debe prevalecer sobre aquella.

Decidí tomarme un tiempo sabático que me llevó a recorrer decenas de países. Me convertí en trotamundos, abandoné trajes y corbatas, me tatué un brazo, me puse un piercing y gastando todos mis ahorros recorrí los cinco continentes, de lo cual dan fe mis cuentas de Facebook e Instagram. Desde Vietnam, la Patagonia o Rusia, hasta Italia, Argentina o Turquía y un largo etcétera.

A mi regreso a México me sentí vacío. Muchas millas había recorrido, acumulaba ya miles de experiencias; tenía el recuerdo de amores de ocasión por todo el globo terráqueo. En mi México querido tenía un nuevo empleo. Pero me seguía sintiendo vacío.

Aquel sabio consejero que me acercó a la meditación dijo que solo faltaba un territorio por recorrer: mi patria interior. Y para realizar semejante introspección, me volvió a poner en suerte con el mundo del voluntariado, en el que ya había participado años antes, por su propia sugerencia: ahora me llevó a visitar el reclusorio de Santa Marta Acatitla, El Torito, pabellones de enfermos terminales, hospicios y asilos. La premisa era conocer el dolor ajeno, para ubicar mi propio dolor y sobre todo, dimensionarlo. Ayudar a otros te ayuda a aliviar tu propio dolor o a olvidarte de él, que ya es ganancia.

Fue en ese ámbito donde conocí la valerosa experiencia de cientos de personas, que diariamente, minuto a minuto, combaten a sus demonios internos, esos que los llevaron al presidio, la adicción, la autodestrucción.

Esta crónica novelada que tienes entre tus manos habla de ellos, de los nacidos dos veces, de quienes una vez murieron espiritualmente, pero lograron reconectar con su insospechado poder interno. Gente que ha logrado conquistar el terreno más resbaloso de todos: su patria interior. El hilo conductor entre todas esas historias es la de un asesino serial, que bien podría ser la alegoría de lo que son las adicciones modernas, esas que nos llevan a la fuga de la realidad, a no saber estar para nosotros mismos.

En estas páginas se describen golpizas brutales, incesto, violaciones, perversiones, homicidios, suicidio y otros atisbos de la condición humana. Pero también se habla de la infinita capacidad que tenemos para volver a dejar en blanco el lienzo de nuestra vida y pintar una nueva historia, con sólo proponérnoslo.

Raúl Rodríguez

Ciudad de México, verano de 2020.


 

…habiéndose encontrado el cuerpo destazado, con una profunda herida de arma punzo cortante, en dirección del vientre hacia el esternón. El occiso, cuyo homicidio se investiga bajo la averiguación previa df/354/2017, respondía al nombre de José Francay, vecino de Lomas de Chapultepec y con veintiséis años. Aún no se ha revelado la identidad de la testigo que sobrevivió a los hechos, presuntamente su pareja sentimental. Se espera que ella testifique y aclare qué fue lo que los condujo a esa zona solitaria del barrio de Garibaldi. Ha trascendido que al hoy occiso le fue hecha una herida en el pecho con la figura del número uno (1) y en la espalda el número dos (2). También le fueron arrancados los intestinos y se sospecha de un ajusticiamiento entre bandas.

Reportero, Alifonso Fanal Castilla, 18 de julio de 2017.

El asesino termina de leer la nota. Acaricia con un dedo el nombre del reportero y lo repite en voz alta: Alifonso. Abandona el periódico, sobre la banca de donde se encuentra. Se dispone a gozar de sus emociones por este, su tercer homicidio. A pesar de haber tenido el mismo modus operandi en todos ellos, aún no ha sido detectado por la policía. Lo interrumpe un muchacho moreno que entra al recinto húmedo, trasluciendo debajo de su toalla blanca una erección que parece dirigida a él. El homicida no parece excitarse, más bien se enfurece —como siempre que ve algo así— porque lleva años sin lograr excitarse él mismo, aun cuando le obsesionan lo mismo los homosexuales que las prostitutas. A esta hora del mediodía, el sitio usualmente se encuentra vacío; además, el encargado de los baños públicos no volteó a verlo al cobrarle la entrada, así que —se dice sí mismo— perfectamente podría desmembrar al torcido este que acaba de llegar, y estrangularlo, sin riesgo de ser descubierto.

Siempre que enfurece sonríe, como es el caso en esta ocasión, lo que da pie a una interpretación equívoca del incauto, quien se sienta cerca de él y le devuelve el gesto. Su peligrosísimo interlocutor comienza con un tic que le es característico, tiene muchos, pero este predomina: abrir la boca exageradamente para ampliar las comisuras de sus labios, y luego limpiárselas con los dedos índice y pulgar, siempre de la mano izquierda. Todo un ritual; está colmado de ellos.

Su desnudez le impide esconder el puñal que utiliza para sus crímenes; de no ser así, ya le habría hecho una herida en el pecho para marcarle el número «1» y otra en la espalda para el número «2». El demente se ha salido de su rutina habitual de buscar víctimas de noche. Ha ganado confianza y se ha animado a improvisar, a olvidar los patrones de pensamiento, con los que su mente retorcida lo ha condicionado, desde que comenzó a escuchar voces en su cabeza, al inicio de la adolescencia.

No acostumbra a innovar, es un acto que le lastima emocionalmente sobremanera, es obsesivo y rígido en todas sus rutinas. Siempre, cuando se baña, por ejemplo, tiene que empezar por enjabonarse la oreja derecha y de ahí el resto del cuerpo; si lo olvida enfurece y tiene que empezar nuevamente desde cero. Al comer, los cubiertos deben estar —todos— del lado derecho del plato; si olvida el tenedor a la izquierda, enfurece, suspende la ingesta y deja el platillo abandonado. Al caminar por la calle, siempre debe evitar que sus pies pisen cualquier tipo de línea, ya sea canaletas entre las losas de cemento, límites entre un piso y otro, e incluso rayas de vialidad pintadas en el pavimento. Cuando hierra en el propósito, enfurece. Por eso le es extraña toda la situación el día de hoy, pues ha abandonado su rutina asesina para aventurarse, sin haber calculado las medidas de fuga que siempre establece previas al suceso, y que son tan precisas como un reloj de pulso.

Este día es distinto, su compulsión por volver a matar se ha desatado, lo abruma. Y es que, tras su crimen en Garibaldi, la madrugada de antier, donde destazó a un muchacho y dejó viva —involuntariamente— a la novia, ha vuelto a toparse esta mañana con su vecina promiscua, quien nuevamente se le ha insinuado. La odia, está obsesionado con escuchar sus gemidos tras el muro que separa sus casas, cada vez que la follan. La aborrece. Al no poder desollarla, como es su deseo desde que la conoció, ha optado en esta ocasión por acudir al sauna para buscar alguna víctima que sacie su coraje. No es un vapor de encuentros homosexuales, al menos no oficialmente. Pero es común que se presenten varios sujetos de esa preferencia sexual, como este incauto cuyo atrevimiento lo ha enfurecido, aunado a que además se empieza a mostrar amanerado, rasgo de personalidad que siempre llena de ira al demente. Ese es —quizá— el detonante de su violencia: el atrevimiento de ellas y de ellos, en el terreno sexual, ya sea una mujer con escote exuberante, un muchacho deportista con cuerpo musculoso, o un homosexual desinhibido.

El otro gatillo de su furia son las alturas, su acrofobia lo paraliza. Si utilizara el segundo piso del Periférico, podría llegar en cosa de cinco minutos desde su domicilio, hasta la farmacia donde compra sus medicamentos, pero es tanta su aversión, que prefiere sumergirse en el tráfico, callejonear y rodear media colonia, tardándose cuarenta minutos más. Todo, con tal de no sentir que el pecho le estallará, como aquella vez que iba de acompañante de su madre, en el asiento del copiloto, hace pocos años, y no pudo impedir que ella subiera por la rampa hacia el nivel elevado. La mujer no atendió las súplicas de su hijo adulto, nunca lo hacía. Desde que le detectaron a él la esquizofrenia a temprana edad, su voz en la familia quedó silenciada. Ni las argumentaciones más ardientes de él motivaron reacción piadosa alguna de ella quien, al encaminarse hacia las al-turas, desató la locura de su acompañante. En cuanto el automóvil ascendió hasta el pináculo del segundo piso, él comenzó a vomitar y tuvo que guarecerse entre los asientos delanteros, tendido sobre el freno de mano, pálido y sudoroso, gimiendo y respirando velozmente para contrarrestar el sofocamiento producto de su acrofobia.

La madre tuvo que salirse en la siguiente bajada, dirigiéndole improperios y ofensas. «¡Tan viejo y tan idiota; ridículo! ¡Eres tan estúpido como siempre!» fue lo menos que le espetó, refiriéndose a sus treinta y pico de años, y sus reacciones pueriles. De esto el sujeto no se enteró, inconsciente como estaba tras desmayarse del pánico.

Conforme el hombre calcula las múltiples formas en que pudiera concretar sus fines, saciar su angustia masacrando el cuerpo del muchacho homosexual, le sonríe nuevamente; aquél le corresponde y decide dar el siguiente paso, retirándose la toalla de la cintura, dejando expuesto su miembro viril. En lugar de secundar su acción, el desquiciado le hace charla.

—¿Sabías que existieron doce Apóstoles?

—¿Perdón?

—Hubo doce Apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santi, Simón, Tadeo y Matías.

—Ah, ya. ¿Y eso qué, lindo? —También el año tiene doce meses. —Mmm, okey.

—En la Mitología Griega Hércules tuvo doce trabajos.

—Ay, qué bien. ¿Y cómo te llamas, guapo?

—Hay doce signos zodiacales en la Astrología Occidental: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis.

—Ay, guapo, te la pasas ignorando mis preguntas.

—Doce son los años que se deja añejar la mayoría de los whiskies. —Ash, ¡qué raro eres, amigo!

—Doce son las notas de la escala cromática musical: do, do sostenido, re, re sostenido, mi, fa, fa sostenido, sol, sol sostenido, la, la sostenido y si.

Son interrumpidos por un grupo de señores que llega escandalosamente al sauna y cuyo bullicio deja en claro que se trata de un grupo de amigos, tratando de curarse la cruda del día anterior. Víctima y victimario dan por terminado el lance. El desquiciado les sonríe a todos.