Opinión

El futuro por decidir · Christiana Figueres

El libro sobre el cambio climático recomendado por Yuval Noah Harari.

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ADELANTOS EDITORIALES

Año 2050: El mundo arde, el aire es peligroso y sofocante, y países enteros están bajo el agua; o Año 2050: El mundo respira, el aire es puro y la naturaleza recupera terreno, y poblaciones enteras ganan en calidad de vida.

Es nuestro futuro y depende de nosotros.

Podemos sobrevivir a la crisis climática.

El cambio climático es el problema más acuciante al que nos hemos enfrentado jamás. La forma en que lo abordemos en los próximos treinta años determinará absolutamente el mundo en el que viviremos y el legado que dejaremos a las futuras generaciones.

En este libro, Christiana Figueres y Tom Rivett-Carnac –los artífices del histórico Acuerdo de París– nos dibujan dos posibles escenarios y nos advierten de las catastróficas consecuencias de no hacer nada. Poderoso, divulgativo y optimista, El futuro por decidir nos ofrece las herramientas para enfrentar la crisis climática y nos muestra las opciones de cambio existentes para que, desde cualquier ámbito, podamos reconducir la situación.

Fragmento de "El futuro por decidir. Cómo sobrevivir a la crisis climática" de Christiana Figueres y Tom Rivett-Carnac.

Christiana Figueres es una reconocida líder en materia de cambio climático. Fue Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) entre 2010 y 2016. Asumió la responsabilidad de las negociaciones internacionales sobre el cambio climático después de la fallida Conferencia de Copenhague de 2009, decidida a liderar un proceso que desembocara en un marco regulatorio acordado a nivel mundial. Trabajando para lograr ese objetivo, dirigió con éxito, a partir de 2010, las negociaciones internacionales que culminaron con el histórico Acuerdo de París de 2015, firmado por unanimidad por 195 países.

El futuro por decidir | Christiana Figueres

#AdelantosEditoriales

 

INTRODUCCIÓN

La década crítica

Escribimos este libro antes del estallido de la COVID-19. De hecho, solo logramos hacer las tres primeras paradas de una gira de promoción del libro planeada para un año, antes de apresurarnos a recluirnos en nuestras respectivas casas durante el confinamiento global que lo ha cambiado todo por completo. Desde entonces nos ha sorprendido constatar que muchos aspectos del futuro distópico que describimos en el segundo capítulo se han puesto de manifiesto súbitamente. Hoy estamos más decididos que nunca a contribuir a la reconfiguración de nuestro futuro.

Hemos sido testigos de un mundo en llamas, desde la Amazonia hasta California, desde Australia hasta el Ártico siberiano. Se hace tarde y ha llegado el momento decisivo, tanto tiempo aplazado. ¿Nos quedamos observando el mundo arder o decidimos hacer lo necesario para lograr un futuro diferente?

La decisión que tomemos estará determinada por nuestra com­ prensión de nosotros mismos y determinará a su vez lo que será de nosotros. Es una decisión tan sencilla como compleja, pero sobre todo es urgente.

En Washington, a las diez de la mañana de un viernes, una niña de doce años marcha con sus amigos, sosteniendo un cartel pintado a mano de la Tierra envuelta en llamas rojas. En Londres, manifestantes adultos vestidos de negro y pertrechados con cascos de policía antidisturbios forman una cadena humana que bloquea el tráfico en Piccadilly Circus, mientras otros se pegan al pavimen­ to frente a la sede de Shell. En Seúl, las calles están repletas de alumnos de primaria con mochilas multicolores que portan pancartas con el rótulo «climate strike» (huelga por el clima), en inglés, pensando en los medios de comunicación internacionales. En Bangkok, centenares de estudiantes adolescentes toman las calles. Con firme determinación y con pesadumbre, caminan detrás de su líder desafiante, una niña de once años que lleva un cartel: «Los océanos se están levantando y nosotros también».

Por todo el mundo, millones de jóvenes —inspirados por Greta Thunberg, la adolescente que inició una protesta en solitario frente al Parlamento sueco— están participando en acciones de desobediencia civil para llamar la atención sobre el cambio climático. Los estudiantes comprenden las predicciones científicas y están aterrorizados por la disminución de la calidad de vida en su horizonte. Exigen actuaciones decisivas e inmediatas. Están contribuyendo a elevar el nivel de indignación por la insuficiencia de nuestros esfuerzos para abordar la crisis, y se han sumado a ellos científicos, padres y profesores. Desde la búsqueda de la independencia en India hasta el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, la desobediencia civil ha cobrado relevancia cuando una injusticia imperante devenía intolerable, como estamos viendo en la actualidad con el cambio climático. La inaceptable injusticia generacional y la deplorable falta de solidaridad con las personas más vulnerables han abierto las compuertas de la protesta. Aquellos que se verán más afectados han tomado las calles. Su ira es la energía que necesitamos con desesperación, pues puede impulsar una oleada de rebeldía contra el statu quo y catalizar el ingenio necesario para hacer realidad nuevas posibilidades.

Proteger del peligro aquello que amamos es un instinto humano natural que, cuando sentimos que no halla respuesta, puede transformarse fácilmente en ira. La ira que se suma a la desespera­ción es incapaz de obrar cambio alguno. La ira que deviene convicción resulta imparable.

Estas protestas no deberían sorprendernos. Estamos al tanto de la posible existencia del cambio climático al menos desde la década de 1930, y tenemos la certeza desde 1960, cuando el geoquími­co Charles Keeling midió el CO2 de la atmósfera terrestre y detectó un aumento anual.

Desde entonces hemos hecho poco para contrarrestar el cambio climático, y el resultado ha sido el incremento de las emisiones de los gases de efecto invernadero que lo provocan. Continuamos persiguiendo el crecimiento económico mediante la desenfrenada extracción y quema de combustibles fósiles, que tienen un impacto fatal sobre nuestros bosques, océanos y ríos, suelo y aire. Hemos fallado en gestionar sabiamente los propios ecosistemas que nos sostienen. Hemos causado estragos en ellos, tal vez de forma involuntaria, pero implacable y decisiva.

Nuestra negligencia ha catapultado el cambio climático desde un problema existencial hasta la grave crisis actual, y nos vamos aproximando rápidamente a los límites más allá de los cuales la Tierra tal como la conocemos cesará de existir. Y, sin embargo, estos estragos resultan invisibles para muchos. Pese a la creciente frecuencia e intensidad de los desastres naturales, todavía no hemos atado los cabos entre la destrucción en curso de nuestro hábitat natural y nuestra capacidad futura para garantizar la seguridad de nuestros hijos, alimentarnos, habitar los litorales y preservar la integridad de nuestros hogares. Cuando menos, las tragedias humanas de 2020 nos han mostrado que nuestra vida y medios de subsistencia son plenamente dependientes de nuestro respeto a la naturaleza. Terminar con las injusticias, restaurar los espacios naturales, erradicar el racismo y resolver la crisis climática, todo ello solo puede lograrse si reconocemos que constituye esencialmente el mismo reto: que los seres humanos convivamos en armonía en este planeta.

Los gobiernos han tomado medidas graduales para abordar el problema, tratándolo como una cuestión independiente, cuando lo cierto es que afecta a todos los temas que necesitamos abordar. El esfuerzo de mayor envergadura fue el Acuerdo de París, que delineó una estrategia unificada para combatir el cambio climático. Todas las naciones del mundo lo adoptaron de forma unánime en diciembre de 2015, y la mayoría lo ratificaron convirtiéndolo en ley en un tiempo récord. Desde entonces muchas corporaciones, grandes y pequeñas, se han fijado metas loables en la reducción de emisiones; muchos gobiernos locales han promulgado políticas efectivas; y numerosas instituciones financieras han desplazado un capital significativo de inversiones en combustibles fósiles a tecnologías lim­pias alternativas. No obstante, algunos gobiernos han comenzado a declarar una emergencia climática porque, por esenciales que sean las actuales acciones correctivas, tomadas en conjunto resultan to­davía insuficientes para detener el aumento de emisiones a nivel mundial y que estas empiecen a disminuir. Cada día que pasa es un día menos que tenemos para estabilizar nuestro planeta, cada vez más frágil, en la actualidad en camino de tornarse inhabitable para los humanos. Se nos está agotando el tiempo. Una vez que alcance­mos umbrales críticos, el daño al medioambiente, y consiguiente­mente a nuestro futuro en este planeta, será irrepa­rable.

A lo largo de los años ha habido todo tipo de reacciones públicas al cambio climático. En un extremo están los negacionistas climáticos, que dicen no «creer» en el cambio climático. El expre­sidente Donald Trump es el ejemplo más prominente. Negar el cambio climático equivale a decir que no crees en la gravedad. La ciencia que lo estudia no es una creencia, una religión ni una ideología política. Presenta hechos que son medibles y verificables. Al igual que la gravedad ejerce su fuerza sobre todos nosotros tanto si creemos en ella como si no, el cambio climático nos está afectando ya a todos con independencia de dónde hayamos nacido o de dón­de vivamos. La irresponsabilidad de no «creer en el cambio climá­tico» se está tornando más evidente con cada nuevo suceso catastrófico. Los negacionistas climáticos están protegiendo descaradamente los intereses económicos a corto plazo de la industria de los combustibles fósiles, en detrimento de los intereses a largo plazo de sus propios descendientes.

En el otro extremo están aquellos que reconocen la validez de la ciencia, pero que están empezando a perder la confianza en que podamos hacer algo para abordar el cambio climático. La gente siente verdadero pesar por la horrible pérdida de ecosistemas y biodiversidad, por lo mucho que estamos a punto de perder, incluido el futuro de la vida humana tal como la conocemos. Muchos de quienes están embargados por esta pena han perdido toda fe en nuestra capacidad colectiva para desafiar el curso de la historia humana. Cada nuevo documental, cada nuevo estudio científico, cada información sobre un desastre hace más profundo el dolor. La aflicción puede ser para algunos una poderosa experiencia transformadora, y posiblemente una de las principales razones por las que el cambio climático ha avanzado en buena medida sin control durante tanto tiempo es que no hemos acertado a sentir de verdad lo que significará. Es importante que todos dediquemos el tiempo y el espacio suficientes a sentir nuestro dolor en lo más profundo y a expresarlo abiertamente. A medida que sintonicemos con la emoción pura, muchos de nosotros experimentaremos un periodo perturbador y oscuro de desesperación, pero no podemos permitirle que erosione nuestra capacidad de movilizarnos con valentía en pro de la transformación.

Un grupo más numeroso de personas, situadas entre esos dos extremos, comprenden la ciencia y reconocen las evidencias, pero no emprenden acción alguna porque no saben qué hacer, o por­ que es mucho más sencillo no pensar en el cambio climático. Este nos asusta y nos abruma. En gran medida, muchos de nosotros escondemos la cabeza bajo el ala. Cada vez que vemos una noticia sobre condiciones meteorológicas extremas (los huracanes que so­lían producirse una vez cada quinientos años en una región y que actualmente suceden dos veces en un mes, las sequías que borran pueblos enteros de la faz de la tierra, las olas de calor que baten un récord tras otro, los desastres que ilustran lo que está sucediendo realmente) sentimos un nudo en el estómago. Pero luego quitamos las noticias y nos distraemos con algo que probablemente nos haga sentirnos menos hipócritas. Preferimos actuar como si no pasara nada o como si no hubiera forma de detenerlo. De esa manera podemos engañarnos pensando que la vida continuará sin impedimentos. Aunque se trata de una reacción comprensible, es también un error colosal. La complacencia actual nos asegura un futuro de escasez, inestabilidad y conflictos sin escapatoria.

Ya hemos avanzado demasiado por la senda de la destrucción para ser capaces de «solucionar» el cambio climático. A estas alturas, la atmósfera está demasiado cargada de gases de efecto invernadero y la biosfera excesivamente alterada para que podamos dar marcha atrás al reloj del calentamiento global y sus efectos. Nosotros y nuestros descendientes viviremos en un mundo con unas condiciones medioambientales alteradas para siempre. No podemos recuperar las especies extintas, los glaciares derretidos, los arrecifes de coral muertos o los bosques primarios destruidos. Lo mejor que podemos hacer es mantener los cambios dentro de un rango manejable, evitando la calamidad total, impidiendo el desas­tre que resultará del aumento desenfrenado de las emisiones. Al menos esto podría hacernos salir del estado de crisis. Es lo mínimo que hemos de hacer.

Pero podemos hacer mucho más.

Abordando ya las causas del cambio climático, podemos minimizar de inmediato los riesgos y salir fortalecidos. Hoy tenemos la oportunidad única de crear un futuro en el que la situación no solo se estabilice, sino que mejore efectivamente. Podemos tener un transporte más eficiente y económico que resulte en menos tráfico, podemos tener un aire más limpio que fomente una salud mejor y el disfrute de la vida urbana, y podemos cultivar un uso más inteligente de los recursos naturales que se traduzca en la reducción de la contaminación de la tierra y del agua. Lograr la mentalidad necesaria para conseguir estas mejoras medioambientales señalaría que la humanidad ha madurado.

Sin disminuir la enormidad de lo que estamos afrontando con el cambio climático, somos capaces de cambiar de rumbo, y ninguna evidencia objetiva dice lo contrario. Nuestras sociedades se han enfrentado con anterioridad a retos difíciles: la esclavitud y el racismo institucionalizados, la opresión y la exclusión de las mujeres, el crecimiento del fascismo. Sin duda, ninguno de estos problemas ha sido definitivamente resuelto, pero, afrontados de manera colectiva, sabemos que son superables. El cambio climático es más complejo todavía debido al desenlace que presagia para la especie huma­ na, pero todos estamos bien preparados para abordarlo. Ya hemos logrado una serie de éxitos sociales y políticos; contamos con la mayor parte, si no con la totalidad, de las tecnologías que necesitaremos; tenemos el capital necesario y sabemos qué políticas son más efectivas. Podemos hacerlo.

Pero estamos lejos de hacer lo necesario.

Tanto si tu actitud hacia el cambio climático es de complacencia como si es de dolor o de ira, este libro es una invitación a que participes en la creación del futuro de la humanidad con la confianza en que, pese a la naturaleza aparentemente enorme del desafío, disponemos como colectivo de lo que se precisa para abordar el cambio climático en la actualidad.

Aquellos de nosotros que hoy estamos vivos tenemos el privilegio único de forjar un futuro dinámico y saludable mediante nuestras acciones en el presente. Hemos escrito este libro para pediros a cada uno de vosotros que protejáis lo que amáis.

Esta invitación requiere tu respuesta inmediata.

Dos fechas deberían grabarse en la mente de todos y cada uno de nosotros: 2030 y 2050.

En 2050 como muy tarde, e idealmente en 2040, deberíamos haber detenido la emisión a la atmósfera de más gases de efecto invernadero de los que la Tierra es capaz de absorber de forma natural mediante sus ecosistemas (un equilibrio conocido como cero emisiones netas o neutralidad de carbono). Con el fin de alcanzar esta meta científicamente establecida, nuestras emisiones globales de gases de efecto invernadero deben estar disminuyendo con claridad a principios de la década de 2020 y haberse reducido al menos un 50 por ciento en 2030.

El objetivo de reducir a la mitad las emisiones globales para 2030 representa el mínimo absoluto que debemos alcanzar si aspiramos a tener al menos una probabilidad de al menos el 50 por ciento de salvaguardar a la humanidad de los peores impactos. Estamos en una década crítica. No es exagerado decir que lo que hagamos respecto de la reducción de emisiones entre hoy y el año 2030 determinará la calidad de la vida humana en este planeta en los próximos centenares de años, cuando menos. Si no hemos reducido a la mitad nuestras emisiones en 2030, es sumamente improbable que seamos capaces de reducir a la mitad las emisiones cada década hasta alcanzar la neutralidad de carbono en 2050.

Este es nuestro límite final. No podemos excederlo.

¿Por qué?

Los efectos del cambio climático no avanzan en línea recta. Un poco más no equivale a un poco peor. Varias regiones de nuestro planeta son críticamente vulnerables, como el hielo marino estival del Ártico, la capa de hielo de Groenlandia, los bosques boreales de Canadá y Rusia, y la cubierta forestal tropical de la Amazonia. Estas han mantenido una temperatura estable en la tierra durante milenios. Si esos ecosistemas fueran pasto de las llamas o se vieran en peligro de alguna otra forma, la temperatura global aumentaría precipitadamente, ocasionando un daño irreparable a nivel mundial. Piensa en esto como en un incontrolable efecto dominó de devastación.

Las decisiones actuales en materia de energía, transportes y uso del suelo tendrán efectos directos y a largo plazo sobre el cambio climático, ya que fijarán sus respectivos niveles de emisiones durante décadas, y las emisiones acumuladas podrían empujarnos a superar más allá de los puntos de inflexión de manera permanente y catastrófica. No podremos volver a contenerlo. Los hitos de 2030 y 2050 se basan en la ciencia más reciente, que nos dice cuánto tiempo podemos continuar haciendo poco o nada antes de que se produzca el desastre.

He aquí las buenas noticias.

Todavía estamos, aunque solo apenas, dentro de una franja en la que podemos evitar lo peor y gestionar los efectos restantes a largo plazo. Pero solamente si hacemos lo que se requiere de nosotros a corto plazo. Esta es la última vez en la historia en que estaremos en condiciones de hacerlo.

Pronto será demasiado tarde.

Sabemos lo que hacer y tenemos todo cuanto necesitamos para ello. La preocupación por el cambio climático varía en función de cada país, pero una creciente mayoría de personas desean que sus gobiernos aborden la cuestión. Para no poner en peligro el futuro de nuestros hijos, hemos de conectar la urgencia del ahora con la realidad de ese futuro.

Tendemos a pensar en «salvar el planeta» como en salvar ciertos elementos ecológicos icónicos: los osos polares, las ballenas jorobadas o los glaciares montañosos. La lógica prevalente es que la naturaleza está sufriendo y los humanos somos cómplices, luego, deberíamos actuar. Aunque en muchos sentidos se trata de un noble sentimiento, también puede darnos la sensación de que el problema está «ahí afuera» y no guarda relación alguna con nuestra vida cotidiana.

El cambio climático se ha malinterpretado durante mucho tiempo como un problema medioambiental que afecta a la supervivencia del planeta. La verdad es que el planeta continuará evolucionando. Lo ha hecho durante cuatro mil quinientos millones de años, experimentando drásticas transformaciones que, en su mayor parte, no propiciaron la existencia de la especie humana. En la actualidad, disfrutamos de unas condiciones ambientales únicas que sí favorecen la vida humana, pero olvidamos que la civilización moderna tal como la conocemos tiene solo alrededor de seis mil años de antigüedad.

El planeta sobrevivirá, sin duda de un modo diferente, pero sobrevivirá.

La pregunta es si estaremos aquí para presenciarlo.

Por eso el cambio climático es el padre de todos los problemas. Esta crisis eclipsa y abarca cualquier otro asunto que pueda importarnos. El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la justicia social. Afecta desproporciona­damente a los pobres de todos los países, no solo porque con fre­cuencia estos se hallan más expuestos y son siempre más vulnerables a las perturbaciones relacionadas con el clima, sino también por­que disponen de menos recursos con los que responder al desastre. El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la salud. La quema de combustibles fósiles libera los gases de efecto invernadero que son responsables del cambio climático. Pero esa misma quema (del carbón para la generación industrial de calor y electricidad, y del gasóleo o la gasolina para el transporte) contamina asimismo el aire local con partículas. Los agentes contaminantes microscópicos del aire burlan las defensas de nuestro cuerpo, y penetran profundamente en nuestros sistemas respiratorio y circulatorio, dañándonos los pulmones, el corazón y el cerebro. Son tan perniciosos para la salud humana que más de siete millones de personas mueren cada año a causa de la contaminación del aire.

El cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la estabilidad económica y el valor de las inversiones. No es ningún secreto que el carbón ha perdido su viabilidad financiera en la mayoría de las regiones del mundo, porque ya no puede competir con opciones de energías renovables más baratas y más limpias como la solar. Las minas y las centrales de carbón están cerrando, y está cobrando cada vez más fuerza el movimiento de desinversión en el carbón, al que probablemente siga la desinversión en los demás combustibles fósiles. Los bancos centrales del mundo entero están evaluando el riesgo macroeconómico de los billones de dólares invertidos en esos recursos con alto contenido de carbono. Está creciendo la opinión de que necesitamos virar paulatinamente pero con decisión hacia recursos de energías limpias, que mantendrán su valor a largo plazo con más seguridad.

Por último, y de manera fundamental, el cambio climático debería preocupar a todos aquellos a quienes les importe la justicia intergeneracional (que tendríamos que ser todos y cada uno de nosotros). Si no acertamos a actuar como deberíamos, las generaciones futuras serán impotentes a la hora de remediar las consecuencias inexorables de nuestro fracaso. De ahí nuestra profunda responsabilidad moral hacia ellas. No tomar decisiones difíciles hoy privará a nuestros hijos y nietos de su futuro legítimo.

Algunos creen que estamos programados para reaccionar ante las amenazas solo si estas son inmediatas. Las amenazas del cambio climático ya son inmediatas. Supertormentas, ciclones, incendios forestales, sequías e inundaciones por doquier nos proporcionan amplias pruebas del cambio climático, y estos desastres aumentarán en frecuencia, escala y localización. No podemos continuar negando o ignorando el cambio climático. Ahora debemos dejarnos de intentos vagos y actuar, en cambio, en proporción a la magnitud del desafío.

PRIMERA PARTE

Dos mundo

1

Decidiendo nuestro futuro

El tiempo geológico es largo y lento. O al menos solía serlo. Las eras glaciales, durante las cuales los glaciares cubrían gran parte de los continentes septentrionales, han acaecido y quedado atrás lentamente a lo largo de la historia de nuestro planeta. La última edad de hielo duró unos 2,6 millones de años. Con un calentamiento muy gradual resultante de los efectos naturales sobre el clima terrestre, salimos poco a poco de esa glaciación y entramos en la época del Holoceno, que se prolongó durante doce mil años (hasta el siglo XX), con unas temperaturas relativamente estables, que fluctuaban solo un grado centígrado por encima o por debajo de la media.

A lo largo de ese periodo geológico, las temperaturas, los patrones de precipitaciones y los ecosistemas terrestres y oceánicos se asentaron en un «punto óptimo» de condiciones naturales propicias para la propagación y el bienestar humanos. Esa estabilidad medioambiental permitió a la especie humana, integrada aproximadamente por diez mil personas, vivir en pequeñas tribus para iniciar una vida sedentaria, evolucionar hasta convertirse en agricultores y colonos, y al final crear las ciudades, con el respaldo de la industria y la fabricación de máquinas. Ello permitió que los humanos prosperasen y que creciese la población hasta alcanzar los siete mil setecientos millones de personas.

Durante el Holoceno, «la vida creaba las condiciones propicias para la vida». Y podríamos haber continuado en esa era geológica. Pero no lo hicimos.

A lo largo de los últimos cincuenta años hemos socavado gravemente la integridad medioambiental de nuestra Canica Azul y hemos amenazado la continuidad de nuestra vida en ella. Nuestros estilos de vida posteriores a la Revolución industrial han causado daños enormes a todos los sistemas naturales. Debido principalmente al uso desenfrenado de los combustibles fósiles y a la vasta deforestación, la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera excede en la actualidad cualquier cota alcanzada desde mucho antes de la última era glacial, lo cual se traduce en fenómenos climáticos extremos de frecuencia e intensidad crecientes por todo el mundo: inundaciones, olas de calor, sequías, incendios y huracanes. La mitad de los bosques tropicales del planeta han sido talados y cada año se pierden en torno a doce millones de hectáreas. Al ritmo actual, en unos cuarenta años podrían desaparecer mil millones de hectáreas, una masa forestal equivalente a Europa. En los últimos cincuenta años las poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios han disminuido un 60 por ciento de promedio. Hay quien sugiere que ya estamos viviendo la sexta extinción masiva. Según las últimas investigaciones, el 12 por ciento de todas las especies supervivientes se hallan amenazadas en la actualidad, y el colapso climático amplificará significativamente esa amenaza. Los océanos han absorbido más del 90 por ciento del calor extra que hemos producido durante los últimos cincuenta años. Como resultado, la mitad de los arrecifes de coral ya están muertos, y el hielo marino estival del Ártico, cuya capacidad reflectante contribuye a regular las temperaturas en el mundo entero, está menguando con rapidez. El deshielo de los glaciares terrestres ha provocado ya un aumento de más de veinte centímetros del nivel del mar, lo cual ha ocasionado una importante intrusión salina en numerosos acuíferos, ha empeorado las marejadas cicló­nicas y ha generado amenazas existenciales para las islas de baja altitud. En resumidas cuentas, solo en los últimos cincuenta años hemos catapultado a la humanidad y el planeta fuera de la benevo­ lente época precedente, el Holoceno, para introducirlos en el An­tropoceno, un nuevo periodo geológico en el que las condiciones biogeoquímicas no están dominadas por los procesos naturales, sino por el impacto palpable de la actividad humana. Los humanos somos, por primera vez en la historia, el motor principal del cambio climático a gran escala en el planeta.

Todos los estudios que podamos leer sobre el Antropoceno señalan los niveles de destrucción sin precedentes que hemos cau­sado en solo cinco décadas. El supuesto que subyace tras estos análisis es que nuestra suerte está echada irreversiblemente y que la destrucción creciente será el leitmotiv de toda la era geológica.

Nosotros adoptamos una concepción radicalmente diferente. Sostenemos que la devastación es sin duda una posibilidad creciente, pero aún no nuestro destino inexorable. Aunque el inicio de este periodo de la historia humana se ha marcado de forma indeleble y dolorosa, esta no se ha terminado de escribir. Todavía sostenemos el bolígrafo. De hecho, hoy lo sostenemos con más firmeza que nunca, y podemos optar por escribir una historia de regeneración tanto de la naturaleza como del espíritu humano.

Pero tenemos que elegir.

A la hora de decidir en qué clase de mundo viviremos nosotros y las generaciones futuras, no tenemos muchas opciones; en realidad solo tenemos dos, ambas expuestas en el Acuerdo de París y ambas presentadas aquí para tu consideración. Ten en cuenta que ya hemos calentado el planeta 0,9 grados centígrados más que la temperatura media previa a la Revolución industrial. En el marco del Acuerdo de París, todas las naciones se comprometieron a limitar el calentamiento a «muy por debajo de los 2 grados centígrados», e idealmente a no más de 1,5, mediante los esfuerzos de reducción de las emisiones nacionales, que aumentan bastante cada cinco años. Para iniciar el proceso, en 2015, 184 países regis­traron los detalles de lo que harían en los primeros cinco años y acordaron asumir compromisos más fuertes cada cinco años, pues la serie de compromisos inicial era solo el primer paso hacia la consecución del objetivo a largo plazo de las cero emisiones netas.

Presentamos dos escenarios, uno de los cuales se convertirá en nuestra realidad.

EL MUNDO QUE ESTAMOS CREANDO EN LA ACTUALIDAD CONDUCE A UN CALENTAMIENTO DE MÁS DE 3 GRADOS CENTÍGRADOS

El primer escenario que describimos ilustra la peligrosísima trayectoria que estamos siguiendo hoy en día. Si los gobiernos, las corporaciones y los individuos no hacen más esfuerzos que los registrados en 2015, llegaremos a un calentamiento de al menos 3,7 grados centígrados en 2100. Peor aún, si no cumplen ni tan siquiera los compromisos registrados, podemos esperar un calentamiento de 4 o 5 grados. (Véase el apéndice, página 180.) Estemos prevenidos: este panorama es sombrío. Aunque puede que muchos de los peores escenarios no se hiciesen realidad hasta la segunda mitad del siglo, está claro que por entonces el sufrimiento humano sería elevado, la biodiversidad se vería diezmada y nosotros y nuestros hijos viviríamos en un mundo en constante deterioro y sin posibilidad de recuperación.

EL MUNDO QUE DEBEMOS CREAR, LIMITANDO EL CALENTAMIENTO A NO MÁS DE 1,5 GRADOS CENTÍGRADOS

No podemos dar marcha atrás para volver a las emisiones del pasado. Ahora bien, incluso a estas alturas, podemos esforzarnos en conseguir un mundo mejor en el que la naturaleza y la familia hu­mana no solo sobrevivan sino que prosperen juntas. Los científicos han aseverado con meridiana claridad que el escenario de 1,5 grados centígrados más caliente sigue siendo alcanzable, pero que la ventana se está cerrando con rapidez. Para tener al menos un 50 por ciento de probabilidades de éxito (lo cual supone un nivel de riesgo inaceptablemente alto), hemos de reducir las emisiones globales a la mitad de sus niveles actuales en 2030, de nuevo a la mitad en 2040 y finalmente a la neutralidad de carbono en 2050 como máximo. Un cambio de esta magnitud requeriría transformaciones importantes en casi todos los ámbitos de la vida y del trabajo, desde la reforestación masiva hasta las nuevas prácticas agrícolas; desde el cese de la producción de carbón para 2020 y de la extracción de petróleo y gas poco después hasta el abandono de los combustibles fósiles e incluso del motor de combustión interna.

Lo que debemos hacer exactamente se detalla más adelante en este libro, pero por el momento hemos de ser conscientes de que podemos elegir nuestro futuro y crearlo juntos. Nuestra responsabilidad colectiva estriba en garantizar que un futuro mejor no solo sea posible sino probable, y luego no solo probable sino previsible.

El gran jugador de béisbol Yogi Berra decía que es difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro. Al construir estos escenarios, somos conscientes de que prever el mundo dentro de treinta años supone, en cierta medida, una empresa imaginativa. No obstante, todo cuanto exponemos en estos escenarios es predicho o esperado por los más avezados científicos. De hecho, gran parte de lo que la ciencia ha pronosticado está sucediendo ya. Leamos cada escenario no como una predicción del futuro, sino como una advertencia de lo que puede llegar y de lo que todavía tenemos la oportunidad de cambiar.