Opinión

El elegido • Andrew Gross

Una misión suicida para rescatar al único hombre capaz de definir el fin de la Segunda Guerra Mundial

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ADELANTOS EDITORIALES

Misión: rescatar al científico que logrará aplastar a los nazis con su descubrimiento. Tiempo: 72 horas. Porcentaje de éxito: 0.

Rumbo al final de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados necesitan completar un arma nuclear antes que sus rivales. Para que el Proyecto Manhattan sea exitoso, es indispensable la ayuda de un profesor de física judío.

Por lo tanto, el gobierno de Estados Unidos trata de sacar al profesor y a su familia de Alemania, pero sin muchos resultados.

Cuando al fin son llevados en vagones de ganado hacia Auschwitz, como tantos otros judíos polacos, casi se pierde la esperanza de que el científico pueda colaborar con los Aliados para ganar la guerra.

Mientras tanto, Nathan Blum, un joven polaco que escapó del horror del Ghetto de Varsovia, trabaja para el gobierno de Estados Unidos traduciendo y descifrando mensajes del enemigo. Por su habilidad, astucia y deseo de vengar la muerte de los suyos, se vuelve el hombre indicado para completar la misión.

Debe infiltrarse sin ser visto en Auschwitz para rescatar al profesor, pero sólo tiene 72 horas para encontrarlo y escapar antes de que el avión que aterrizará durante unos cuantos minutos los saque de aquel infierno.

Un thriller apasionante que atrapa al lector con esta misión suicida, contrarreloj y que parece tener todo en su contra.

Fragmento del libro El Elegido, del autor Andrew Gross (Planeta), © 2019. Traducción: Alejandro Romero. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Andrew Gross es un escritor estadounidense conocido por sus novelas policiacas y thrillers. En 2016 comienza a explorar un género distinto: la ficción histórica, con la publicación de El elegido (The One Man), novela a la que siguieron los títulos The Saboteur (2017) y Button Man (2018).

El elegido | Andrew Gross

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento El elegido

1

Abril, 1944

El ladrido de los perros se escuchaba cada vez más cerca, ya debían estar a unos cuantos metros de distancia.

Los dos hombres se abrieron paso entre rasguños por el tupido bosque polaco de noche, aferrados a la orilla del río Vístula, a unos cuantos kilómetros de Eslovaquia. Sus cuerpos debilitados clamaban de agotamiento, no resistirían mucho más. Su ropa estaba andrajosa y sucia; se habían deshecho ya de los zuecos mal ajustados que calzaban, los cuales resultaban inútiles en el espeso bosque, y por su hedor parecían más un par de animales cazados que hombres.

Pero al fin la persecución había terminado.

—Sie sind hier! —Escucharon los gritos en alemán detrás de ellos—. ¡Por aquí!

Durante tres días y tres noches, se escondieron bajo las pilas de madera que se encontraban afuera del alambrado perimetral del campo. También ocultaron su aroma de los perros utilizando una mezcla de tabaco y queroseno. Al pasar junto a ellos, escuchaban el sonido de las botas de los guardias, a unos centímetros de ser descubiertos y arrastrados de vuelta hacia una muerte inimaginable para cualquier hombre, incluso en ese lugar.

Después, en la tercera noche, salieron a rastras de su escondite, cubiertos por la oscuridad. Viajaban sólo de noche y robaban los restos de comida que encontraban en las granjas en su camino: nabos, papas crudas y calabacines. Los devoraban como animales famélicos. En todo caso, era mejor que la asquerosa basura con la que los habían mantenido vivos a lo largo de los últimos dos años. Como sus cuerpos se habían desacostumbrado a ingerir sólidos, vomitaron. Alfred se había torcido el tobillo ayer y ahora intentaba seguir adelante con una extremidad incapacitada.

Pero alguien los había visto. Unos cientos de metros atrás escucharon a los perros y los gritos en alemán que se incrementaban cada vez más.

—Hier entlang! ¡Por aquí!

—¡Vamos, Alfred! ¡Rápido! —exhortaba el más joven a su amigo—. Tenemos que seguir avanzando.

—No puedo. No puedo. —De pronto, el hombre que cojeaba se tropezó y cayó en un dique, sus pies sangraban en carne viva. Se quedó ahí sentado, al borde del agotamiento—. No puedo más.

—Escucharon los gritos de nuevo, más cercanos esta vez—. ¿Qué caso tiene? Se acabó. —La resignación en su voz confirmaba lo que ambos ya sabían en el fondo de su corazón: esta era una causa perdida. Habían sido derrotados. Habían recorrido tanto, pero estaban a unos cuantos minutos de ser alcanzados por sus perseguidores.

—Alfred, tenemos que seguir avanzando —insistió su amigo. Corrió por la ladera y trató de levantar a su compañero fugitivo, quien, incluso en su débil estado, se sentía como un peso muerto.

—Rudolf, no puedo. No tiene caso. —El hombre herido sólo se quedó ahí sentado, totalmente rendido—. Tú sigue adelante. Toma… —Le entregó a su amigo la bolsa que venía cargando. La prueba que necesitaban para salir de ahí: listas de nombres, fechas y mapas. La prueba irrefutable de los crímenes atroces que el mundo tenía que conocer—. ¡Vete! Les diré que te perdí de vista hace horas. Así tendrás algo de tiempo.

—No. —Rudolf lo levantó—. ¿No juraste acaso que no morirías allá, en ese infierno? ¿Sólo para dejarte morir aquí…?

Podía verlo en la mirada de su amigo. Lo había visto ya en cientos de miradas en el campo, en los ojos de aquellos que se habían dado definitivamente por vencidos. Miles de ojos.

A veces morir es más sencillo que seguir peleando.

Alfred se quedó ahí, respirando con dificultad, casi sonriendo.

—Ahora vete.

Proveniente del bosque, a unos metros de distancia, escucharon un chasquido. El sonido de alguien amartillando un rifle.

Se quedaron congelados.

Se acabó, se percataron ambos a la vez. Los habían encontrado. El miedo hizo que el corazón les diera un vuelco.

Dos hombres salieron de la oscuridad. Ambos portaban atuendos de civiles y rifles; sus rostros tenían un aspecto áspero y estaban cubiertos de hollín. Claramente no se trataba de soldados. Tal vez eran granjeros del lugar. Quizá los mismos que los habían entregado.

—¿Resistencia? —preguntó Rudolf. El último rayo de esperanza que quedaba en su cuerpo destellaba en su mirada.

Por un instante, ninguno de los dos hombres habló. Uno de ellos se limitó a amartillar su arma. Después, el más grande de los dos, un hombre de barba que portaba una gorra de caza arrugada, asintió.

—¡Entonces ayúdenos, por favor! —imploró Rudolf en polaco—. Venimos del campo.

—¿El campo? —El hombre observó sus uniformes de rayas sin comprender.

—¡Miren! —Rudolf estiró el brazo y les mostró los números que tenía tatuados en la piel—. Auschwitz.

A juzgar por la intensidad del ladrido de los perros, estaban a punto de alcanzarlos. Sólo era cuestión de unos metros más. El hombre de gorra miró el lugar de donde provenía el sonido y asintió.

—Toma a tu amigo y sígueme.

2

Principios de mayo

Washington, D. C.

Esta era la primera vez que se le había invitado a sentarse en compañía de gente tan importante, y el capitán Peter Strauss esperaba que, después de lo que tenía pensado proponer, no sería la última.

Era una tarde de lunes lluviosa, y los ánimos alrededor de la mesa en el Despacho Oval de la Casa Blanca eran tan sombríos como los cielos plomizos de afuera. La noticia respecto a los dos fugitivos, Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, había llegado a oídos del círculo de confianza del presidente Roosevelt unos cuantos días después de que estos hubieran logrado cruzar la frontera polaca rumbo a Eslovaquia.

Como uno de los oficiales más jóvenes de la Oficina de Servicios Estratégicos (oss) a cargo de Bill Donovan, donde ya era el jefe de operaciones, y ya que él mismo era judío, Strauss sabía que las sospechas de que existían campos nazis de exterminio, y no sólo de trabajos forzados, circulaban desde 1942, cuando se filtraron varios informes provenientes de grupos de judíos europeos de que cien mil de ellos habían sido obligados a abandonar los guetos de Varsovia y Lódz, y probablemente habían sido asesinados. Pero los relatos de primera mano de los dos fugitivos de Auschwitz, reafirmados por los documentos que habían sustraído de las oficinas administrativas de los campos, los cuales detallaban nombres, números y los procesos casi industriales de exterminio masivo, confirmaban los peores temores en la mente de todos.

Alrededor de la mesa oval, Roosevelt, acompañado de su secretario de Guerra, Henry Stimson; el secretario del Tesoro, Robert Morgenthau; William Donovan, su jefe de espionaje y líder de la Oficina de Servicios Estratégicos; y el ayudante de Donovan, el capitán Peter Strauss, revisaban con cuidado el informe y evaluaban su significado. Lo que resultaba aún más preocupante eran las declaraciones de los fugitivos, quienes aseguraban que los campos de concentración se expandían con rapidez y que el ritmo de las exterminaciones masivas, por medio de asfixia por gas, se había incrementado. Miles y miles eran sistemáticamente eliminados cada semana.

—Y este es sólo uno de los muchos lugares de exterminio que existen —expresó sombríamente Morgenthau, quien también era judío y cuya prominente familia de banqueros, oriunda de Nueva York, había procurado que los relatos de los fugitivos llegaran a manos del presidente—. Los informes sugieren que hay muchas docenas más. Hay familias completas que son enviadas a las cámaras de gas tan pronto como llegan. Incluso pueblos enteros.

—¿Y cuáles son nuestras opciones, caballeros? —El desalentado Franklin D. Roosevelt observó a todos los presentes en la mesa. Un tercero y sangriento año en guerra, el nerviosismo por la invasión que se avecinaba, la decisión de postularse para un cuarto mandato y el avance de su enfermedad paralizante habían hecho estragos en él, pero no habían logrado disminuir el tono de lucha en su voz—. No podemos quedarnos sentados y permitir que sigan sucediendo estos actos inadmisibles ni un minuto más.

—El Congreso Judío y el Comité para Refugiados nos imploran que bombardeemos el campo —le aconsejó el secretario del Tesoro—. Simplemente no podemos seguir cruzados de brazos más tiempo.

—¿Y qué lograríamos exactamente con eso? —preguntó Henry Stimson, quien había servido en el mandato de dos presidentes anteriores a Roosevelt y había regresado del retiro para dirigir la Secretaría de Guerra en el país—. Sólo matar a muchos prisioneros inocentes. Nuestros bombarderos apenas pueden ir y regresar con una carga completa. Sufriríamos pérdidas considerables. Y bien sabemos que vamos a necesitar todos y cada uno de esos aviones para lo que viene.

La fecha era mayo de 1944, habían llegado rumores, incluso hasta el nivel de Strauss, acerca de los preparativos finales que se llevaban a cabo para la próxima invasión de Europa.

—Entonces, al menos podríamos arruinar sus planes y bombardear las vías del tren —le suplicó Morgenthau, quien estaba desesperado por convencer al presidente de tomar las medidas necesarias—. Los prisioneros son llevados hasta ahí en trenes cerrados. Cuando menos con eso lograríamos desacelerar el ritmo con el que se realizan los exterminios.

—¿Bombarderos volando sobre Europa de noche y lanzando ataques de precisión en vías de tren? Y como usted dice, existen muchos de estos campos, ¿cierto? —Stimson expresó su escepticismo—. Señor presidente, me parece que lo mejor que podemos hacer por estas pobres personas es llegar hasta ellas y liberarlas lo más rápido posible. No patrocinar ataques mal planeados, desde mi punto de vista.

El presidente tomó aire y se quitó los lentes de armazón de alambre; los profundos surcos alrededor de sus ojos reflejaban el aspecto pálido de un hombre en conflicto. Muchos de sus amigos más allegados eran judíos y le exigían que se tomaran acciones. Su mandato había introducido más judíos al gobierno que ningún otro anterior a él. Y, como un ser compasivo y humano que siempre buscaba brindar esperanza y elevar al hombre común, sentía más repudio por el informe de atrocidades que acababa de leer que por cualquier otro que hubiese llegado a su escritorio durante la guerra, incluso más que por la trágica pérdida de vidas estadounidenses en las playas del Pacífico o de tropas en el mar camino a Inglaterra.

Sin embargo, realista como era, Roosevelt sabía que su secretario de Guerra tenía razón. Había demasiados asuntos por delante, todos ellos de suma importancia. Además, los grupos antijudíos seguían teniendo fuerza en el país y, pensando en ganar una cuarta elección, los informes sobre bajas en el ejército por tratar de salvar predominantemente vidas judías no serían muy bien recibidos.

—Bob, sé lo duro que esto es para ti. —Colocó su mano sobre el hombro de su secretario del Tesoro—. Te aseguro que es duro para todos nosotros. Lo que nos lleva a la razón por la que estamos aquí reunidos esta noche, caballeros. Nuestro proyecto especial.

¿«Catfish», se llama? —Miró al líder de la OSS, el coronel Donovan—. Dime, Bill, ¿tenemos alguna esperanza real de que este proyecto siga adelante?

«Catfish» era el nombre conocido sólo por algunos cuantos para la operación encubierta que Strauss tenía a su cargo, la cual consistía en sacar de contrabando a un individuo en particular de Europa: un judío polaco, quien, según la gente de Roosevelt, era fundamental si querían ganar la guerra.

Ya desde 1942 se había descubierto que a los portadores de ciertos documentos de identidad latinoamericanos se les daba un trato especial en Varsovia. Durante varios meses, a cientos de judíos polacos y holandeses se les habían emitido documentos falsificados de Paraguay y El Salvador para lograr salir de Europa. Muchos habían llegado hasta el norte de Francia, donde eran recluidos en un centro de detención en la localidad de Vittel mientras sus casos eran analizados por escépticos funcionarios alemanes. Por mucho que los nazis dudaran de la autenticidad de estos papeles, no podían darse el lujo de molestar a los países latinoamericanos neutrales, cuyos regímenes autoritarios de hecho simpatizaban con su causa. La manera en que estos refugiados en particular habían logrado adquirir dichos papeles, que se compraban en secreto a través de emisarios antinazis en las embajadas paraguayas y salvadoreñas de Berna, así como su dudosa procedencia, había sido siempre un asunto turbio. Lo que tampoco resultaba claro era cómo los contactos que simpatizaban con Estados Unidos se las habían ingeniado para llevarlos hasta las manos del mismísimo sujeto (alias «Catfish») que trataban de sacar a escondidas junto con su familia. Durante un tiempo, las perspectivas parecían esperanzadoras. En dos ocasiones se había logrado arreglar un transporte que los sacara de Europa por Holanda y Francia. Sin embargo, los alemanes bloquearon su salida en cada ocasión. Luego, tan sólo tres meses atrás, un informante de Varsovia había dado a conocer los presuntos orígenes de los papeles, y ahora el destino de todos los judíos de Vittel, incluido el de aquel a quien deseaban con tanta desesperación, estaba por completo en el aire.

—Me temo que nos hemos topado con un obstáculo, señor presidente —dijo Donovan—. Ni siquiera estamos seguros de que esté ahí.

—O si lo está, no sabemos si aún sigue con vida… —añadió Stimson, el secretario de Guerra—. Hemos perdido todo contacto con la situación.

Los emisarios que habían difundido los documentos habían sido arrestados y se encontraban ahora en prisiones nazis.

—Me dicen que todavía necesitamos a este hombre. A toda costa. —El presidente se dirigió al secretario de Guerra—. ¿Esto sigue siendo cierto?

—Como a ningún otro —asintió Stimson—. Casi lo logramos en Róterdam, incluso habíamos reservado un transporte. Pero ahora… —Sacudió la cabeza sombríamente, tomó su pluma y señaló un pequeño punto en el mapa de Europa que se encontraba en el atril junto a la mesa de conferencias.

Un lugar llamado Oswiecim. En Polonia.

—¿Oswiecim? —Roosevelt se puso nuevamente los anteojos.

—Oswiecim es el nombre polaco para Auschwitz, señor presidente —dijo el secretario de Guerra—. Que, a la luz del informe que acabamos de leer, es el motivo por el que todos estamos aquí.

—Ya veo —asintió el presidente—. ¿Así que ahora es uno más de los cinco millones de judíos sin rostro que han sido sacados de sus hogares a la fuerza, sin papeles y sin identidad?

—Y tampoco sabemos cuál será su destino… —dijo Morgenthau, sacudiendo seriamente la cabeza.

—Es el destino de todos nosotros el que está en juego, caballeros —dijo Roosevelt mientras empujaba su silla de ruedas fuera de la mesa—. Y ustedes están aquí para decirme que hemos hecho todo lo posible para encontrar a este hombre y sacarlo de ahí, y que ahora está perdido. Nosotros hemos perdido.

Le dio la vuelta a la mesa. Por un instante, nadie respondió.

—Tal vez no hemos perdido del todo, señor presidente. —El líder de la OSS se inclinó hacia adelante—. Mi colega, el capitán Strauss, ha analizado la situación detenidamente y cree que podría existir una última opción…

—¿Una última opción? —La mirada cansada del presidente se enfocó en el joven ayudante.

—Sí, señor.

El capitán tenía la apariencia de un hombre de unos treinta años; también parecía haber comenzado a perder algo de cabello, tenía la pinta de un graduado de la Escuela de Leyes de Columbia. Un joven bastante inteligente, según le habían dicho a Roosevelt.

—Muy bien, hijo, tiene mi atención —dijo el presidente. Strauss aclaró su garganta y miró a su jefe una última vez. Luego abrió su fólder.

—Adelante —le dijo Donovan asintiendo—. Cuéntale tu plan.