Opinión

El duelo en medio de la pandemia • Gina Tarditi

Cómo procesar esas pérdidas de una manera accesible.

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ADELANTOS EDITORIALES

Gina Tarditi es psicóloga, desarrollista humana y tanatóloga. Se ha especializado en el área de cuidados paliativos y manejo de duelo tanto en México como en Estados Unidos, España y Canadá, donde ha tenido varias estancias. Colabora en el Centro de Apoyo para la Atención Integral del Instituto Nacional de Cancerología. Cuenta con veintisiete años de experiencia trabajando con enfermos crónicos, así como con sus familias.

Cortesía de publicación otorgada bajo el permiso de la autora Gina Tarditi.

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento del libro El duelo en medio de la pandemia de Gina Tarditi.

I

EL DUELO

El duelo es, por un lado, la reacción natural ante una pérdida importante de salud, por muerte, por un accidente y por muchas otras causas, incluyendo desde luego la pérdida de la seguridad física, emocional o económica, sea real o imaginaria. Cada pérdida impacta directamente sobre todas y cada una de las dimensiones del ser humano –biopsicosocial y espiritual– y en proporción directa al significado de lo que se ha perdido.

El duelo es o debe ser un proceso activo; es decir, ante la reacción desencadenada de forma automática –y adaptativa–, el doliente debe echar a andar distintos mecanismos que le permitirán adaptarse a la situación que enfrenta. Es también un proceso dinámico, ya que debe estar encaminado a restablecer el equilibrio perdido. Nunca se regresa al punto donde se estaba, pero es posible reconstruir lo que suelo llamar nuestro pequeño mundo y resignificar la pérdida de tal forma que se pueda encontrar un nuevo balance.

Por lo anterior defino duelo como “la reacción natural y comúnmente disruptiva, que se produce ante la noticia de la muerte –o alguna otra pérdida importante– y, que desencadena un proceso activo, dinámico, multifacético y multidimensional, encaminado a recobrar el equilibrio perdido, reconstruyendo, necesariamente, el pequeño mundo del doliente”.

Desde luego que cada persona es única siempre y en cualquier circunstancia, de tal suerte que cada uno habrá de encontrar su propia fórmula para recomponerse; cada uno decidirá cómo vivir su duelo y tendrá un ritmo y maneras distintas. Por lo anterior, resulta fundamental respetarnos en las diferencias sin imponer un estilo único que resultaría inútil y desgastante para quien sufre y para quien está cerca.

Suelo decir en mis talleres que lo único que un doliente no se debe permitir es permanecer con los brazos cruzados esperando que las cosas mejores solo porque lo desea. Es necesario ponerse en movimiento, tan conscientemente como sea posible y sin falsas expectativas. A pesar de que el proceso de duelo difiere de persona a persona existen ciertos elementos comunes para la mayoría que nos puede hacer comprenderlo un poco mejor. A continuación les muestro lo que podría ser un Itinerario de duelo normal:

 

Al momento de conocerse la pérdida, sea de salud o muerte o en el caso de la pandemia, de la seguridad física y emocional, del trabajo, de la normalidad con la que se vivía hasta antes de ese momento, se da inevitablemente un punto de quiebre acompañado de un compás de espera –representado por la flecha del lado izquierda– que se ha identificado como negación, choque, aturdimiento, sensación de que lo que está sucediendo no es real y que tiene la función de preparar al doliente para que sea capaz de enfrentar el evento. Esta respuesta la encontramos aun en aquellos que esperaban un determinado desenlace, como en el caso de los fallecimientos; es y hay que decirlo claramente, un momento de tensión inevitable. Hay quienes creen que la muerte por enfermedad previene a los sobrevivientes de esta primera reacción puesto que han tenido tiempo para vivir lo que llamamos duelo anticipatorio. Sin embargo, no basta saber que la muerte se acerca, cuando llega golpea aunque en ocasiones, con menor rigor. Además, en los casos de muerte por COVID-19 el tiempo de preparación es muchas veces inexistente o insuficiente y peor todavía, imposibilita a los seres queridos para acompañar a su familiar en la forma que se desea y necesita.

En un segundo momento se inicia propiamente el itinerario del duelo, caracterizado por una serie de reacciones que se acompañan de distintos pensamientos, sensaciones y acciones, de muy diversa índole y magnitud y que varían también en su forma de expresarse. Cada persona tendrá que atender y responder a una serie de inquietudes y modificaciones que se irán haciendo patentes y necesarias a lo largo del proceso tanto a nivel físico como emocional, cognitivo, conductual, social y espiritual. Es bueno aclarar también que el encontrarse en duelo no significa que la persona se esté doliendo de manera ininterrumpida. Por ello la magnitud cambia, se habla de vaivenes o de olas. Existen periodos donde, aparentemente, la persona se encuentra bien, tranquila e incluso retomando su vida y otros en que pareciera que el desequilibrio provocado por la pérdida no da tregua. Incluso, años después del evento seguirán habiendo momentos especialmente nostálgicos, como los aniversarios y fechas importantes, lo cual no significa que la persona no haya resuelto adecuadamente su pérdida; al menos, no necesariamente.

Más adelante abordaremos el cómo debemos entender la elaboración y evolución del duelo. Por ahora lo importante es señalar que prácticamente nadie se duele permanentemente. Para muchos, es un camino tortuoso y tremendamente desgastante, tanto física, como emocional y espiritualmente. Por ello, la naturaleza es sabia y nos permite retomar energía para sobrevivir y continuar e incluso, salir fortalecidos de la experiencia. El rectángulo superior con distintas tonalidades simboliza la amplia gama de emociones que suelen presentarse durante el duelo, las cuales, idealmente, deberán ser gestionadas sanamente a medida que el doliente las reconoce y es capaz de aceptarlas y elaborarlas. Al extremo derecho del diagrama está una flecha que marca un nuevo equilibrio que nos indica que llega un momento, dentro del itinerario del duelo normal, en que se ha retomado la vida con un nuevo acomodo. No se olvida lo sucedido; la ausencia –del ser querido o el recuerdo de los momentos de desasosiego y aislamiento– siempre pesará, por eso se mantiene una nube, aunque mucho menos densa. En realidad, el duelo no termina nunca porque lo perdido es irrecuperable en la mayoría de los casos, pero es a través del trabajo consciente y decidido que cada doliente realiza durante el proceso lo que finalmente le permitirá continuar con su propia biografía, donde generalmente logra integrar pérdidas con ganancias como por ejemplo, conocerse y reconocerse capaz de levantarse después de la tormenta. La trama de su vida tuvo que ser replanteada; los supuestos que hasta entonces sostenían su historia personal fueron cuestionados y sufrieron modificaciones; algunos personajes cambiaron de roles, adquirieron nuevas y distintas responsabilidades y quizá, habilidades; tal vez existan ahora nuevos personajes que enriquecerán el contenido de ahora en adelante y se ha retomado un sentido de coherencia entre el pasado-presente e idealmente, se ha vuelto a confiar en un mundo que aunque no ofrece certezas absolutas, motiva e impulsa a seguir caminando hacia delante.

Como mencioné antes, cada persona elaborará su duelo a su ritmo y de acuerdo a su personalidad, filosofía de vida, edad y circunstancias. Vale la pena subrayar que cuando toda una familia se encuentra en duelo la crisis es de todos y la comunicación se vuelve aún más importante. El respeto al estilo personal de dolerse debe estar presente, así como la empatía para comprender que cada quien ha perdido a alguien o algo diferente. Si, por ejemplo, falleció Manuel, padre de dos hijos, de nombres Arturo y José, podríamos inferir que su pérdida es idéntica sin embargo, nos equivocaríamos porque cada uno seguramente tenía una relación única con el padre; quizá igual de sana y nutricia, pero distinta siempre; así que más bien tendríamos que afirmar que son dos los padres que han muerto, el de Arturo y el de José. Quizá el de Arturo era además de padre, cómplice y confidente; tal vez el de José era padre, protector y proveedor. Podríamos pensar en otro ejemplo: una pareja de médicos, María y Antonio, ambos infectólogos que estuvieron en la primera línea atendiendo pacientes graves y sus experiencias aunque similares, no fueron exactamente iguales porque los lentes a través de los cuales cada uno ve e interpreta la realidad no son los mismos. Lo que vivió cada uno es singular; no más, pero tampoco menos. Así que entender que no hay dos experiencias exactamente iguales puede ayudarnos a ser más empáticos con los demás y finalmente comprender que cuando todos se duelen en una misma familia, cada uno tendrá que transitar un laberinto particular y confiar en reencontrarse al final de él seguramente con una nueva visión del mundo, pero con la esperanza de retomar la vida hacia delante, con nuevos aprendizajes e idealmente, para vivirla a plenitud.

Se habla de que el proceso de duelo está compuesto de etapas, fases o tareas. Prefiero estas últimas porque me parecen más realistas y aluden al compromiso individual de reconstruirse. William Worden nos habla de que la primera tarea consiste en aceptar racional y afectivamente lo que se ha perdido. Mientras uno se encuentre mentalmente sano la aceptación a nivel racional se da inmediatamente después de los primeros momentos del choque brutal con la realidad, pero aceptar emocionalmente es otra cosa muy distinta. Puede llevar días, semanas y a veces, meses para que este conocimiento baje de nuestro cerebro a nuestro corazón. Nos podemos percatar de que afectivamente no hemos aceptado porque pensamos casi obsesivamente en lo sucedido; sentimos la imperiosa necesidad de reconstruir los hechos, de cambiarlos; por instantes nos encontramos pensando en llamar a la persona fallecida, dándonos cuenta en forma inmediata que no es posible, que de verdad murió. Vienen a nosotros las preguntas contrafactuales: y si hubiera… y si no hubiera ido… que no tienen respuesta, pero que en los primeros momentos son prácticamente inevitables. Dejamos su lugar en la mesa aunque sepamos que no lo volverá a ocupar. Nos despertamos a la hora de darle sus medicamentos; llegamos a casa pensando en que lo encontraremos como de costumbre en su habitación. Por difícil que parezca, poco a poco se va aceptando la realidad de los hechos; el hacerlo permite ir acomodando la realidad en nuestra experiencia de vida. Nadie está preparado para perder a un ser querido nunca, tampoco para vivir un distanciamiento social tan prolongado o vivenciar el desastre humanitario que la pandemia generó.

La segunda tarea tiene que ver con procesar el dolor a través del reconocimiento y gestión de todas y cada una de las emociones, a veces contradictorias y siempre cambiantes y que suelen ser intensas en momentos de crisis. Validar y normalizar lo que sentimos a cada momento del proceso permitirá que podamos comprender, asumir y elegir cómo responder ante cada uno de esos sentimientos, emociones y pensamientos.

La tercera tarea es adaptarse a la nueva realidad en un mundo que necesariamente ha cambiado pero donde se logra vislumbrar nuevas posibilidades, retos y motivos para continuar. Para muchos, inicialmente, pensar en que el mundo volverá a girar y tener sentido suena absolutamente absurdo o nimio. Sin embargo, la historia nos confirma una y otra vez que la raza humana es eminentemente resiliente, que sin importar cuán difíciles puedan ser las circunstancias, cada ser humano es mucho más que ellas, siempre. Por ello, trabajar desde un inicio en la confianza en las capacidades de cada uno para recomponerse, aunque no se sepa cómo, resulta fundamental. A medida que el proceso avanza se descubren los caminos que existen hacia delante.

La última tarea es recolocar lo perdido en nuestra historia de vida de tal forma que aunque no se olvida –por ejemplo al ser querido fallecido, a los pacientes que nos dejaron enseñanzas de fortaleza, las muestras de solidaridad de desconocidos que nos ofrecieron su mano, los momentos de infinita incertidumbre, la vida tal cual era, etcétera–, se puede reaprender a caminar con seguridad y confianza, honrando y celebrando a quienes siguen formando parte de nuestra biografía aunque no estén con nosotros físicamente y reconociendo todo lo que en medio del caos pudo dejarnos una enseñanza para el futuro.