Opinión

El dominio mundial • Pedro Baños Bajo

Elementos del poder y claves geopolíticas.

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ADELANTOS EDITORIALES

Una sorprendente imagen de los elementos con los que se ejerce el dominio mundial de rigor intelectual e histórico.

Si en su primer libro, Así se domina el mundo, Pedro Baños exponía cómo, para qué y con cuáles estrategias los poderosos intentaban, en dura pugna entre ellos, controlar a países y personas, en esta nueva obra da un paso más hacia la plena democratización de la geoestrategia y detalla cuáles son los instrumentos que se emplean para lograr ese predominio planetario.

La fuerza militar, la capacidad económica, la diplomacia, los servicios de inteligencia, los recursos naturales, el conocimiento y la comunicación estratégica, entre otros, se muestran como las herramientas que utilizan las grandes potencias para imponer su voluntad y control. En la balanza para medir el poderío de las naciones figuran también la demografía y la tecnología, factores que cambiarán el escenario internacional en los próximos años. A partir de esta perspectiva se deja entrever la inquietante hipótesis de un cambio en el paradigma geopolítico, premisa que termina por completar los tentáculos que conforman el poder.

En esta obra escrita con claridad y precisión, Pedro Baños nos ofrece una sorprendente imagen de los elementos con los que se ejerce el dominio mundial, un enfoque no exento, como ya sucediera en el libro anterior, de rigor intelectual e histórico. Acompañado de numerosas ilustraciones para visualizar de manera sencilla referencias y datos, El dominio mundial complementa a Así se domina el mundo y vuelve a hacer las delicias de quienes deseen conocer cómo funciona realmente el poder internacional y la forma en que esa realidad se nos oculta a los ciudadanos.

Fragmento del libro El dominio mundial© 2020, Ariel. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Pedro Baños Bajo es Coronel del Ejército de Tierra y Diplomado de Estado Mayor, actualmente en situación de reserva. Es uno de los mayores especialistas en Geopolítica, Estrategia, Defensa, Seguridad, Terrorismo, Inteligencia y Relaciones Internacionales.

El dominio mundialPedro Baños Bajo

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento El dominio mundial de Pedro Baños

 

Fragmento del libro El dominio mundial© 2020, Ariel. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

DIPLOMACIA: UN PODER NO TAN BLANDO

La diplomacia es el arte de conseguir que los demás hagan con gusto lo que uno desea que hagan.

DALE CARNEGIE

El término diplomacia puede hacer referencia tanto a una actividad como a una institución. En el primer sentido se podría definir como la acción de los Estados de relacionarse e interactuar entre sí. Por lo que respecta al segundo significado, se trataría de la organización estatal y las personas que en ella trabajan con la finalidad de velar por los intereses de su nación mediante la relación con otros países.1 Desde sus orígenes, la diplomacia ha sido concebida como el establecimiento de relaciones pacíficas entre entidades políticas, ya sean imperios, reinos o naciones. Ahora bien, aunque normalmente esta rama de la política procura solventar las diferencias entre Estados sin tener que recurrir a la violencia, no existe contradicción entre diplomacia y Fuerzas Armadas, así como tampoco hay una asociación directa entre diplomacia y paz. De hecho, un diplomático puede tener por misión provocar un conflicto armado si eso es lo que más interesa a su país.

NACIMIENTO Y EVOLUCIÓN DE LA DIPLOMACIA

“Los embajadores tienen como misión obtener sin guerra lo que el gobernante necesita”.

JENOFONTE, Ciropedia

Diplomacia remite a la antigua Grecia, concretamente a la palabra diploun («doblado en dos»), empleada para hacer referencia a los diplomas (d?p??µa), un tipo de documento oficial —una especie de carta— utilizado por los enviados de una autoridad para garantizar su seguridad durante los viajes. Esta carta tenía como característica que estaba doblada y sellada de una manera específica, de modo que solo pudiera ser abierta por el destinatario, normalmente otra autoridad política. De esta forma, el portador del diploma se convirtió en un diplomático. El término diploun pasó al latín como diploma y, siglos después, se transformaría en diplomatie (en francés) y diplomacy (en inglés).

Poco a poco, el contenido de la palabra diplomacia fue ampliándose para incluir los documentos con los que se relacionaban las cancillerías e incluso el archivo y la conservación de documentación oficial. A partir de principios del siglo xvi se empezó a emplear el término diplomático para hacer mención a la codificación de la escritura que se usaba para validar los diplomas emitidos por las autoridades eclesiásticas.

Se considera que la primera escuela diplomática fue creada en 1701 en la Santa Sede, por iniciativa del papa Clemente XI, a la que se dio el nombre de Academia de Nobles Eclesiásticos. Esto hace que el Vaticano disponga no solo del archivo más extenso y mejor conservado de asuntos diplomáticos del mundo, sino que además acumule una experiencia valiosísima para el ejercicio de su influencia, que practica en todos los rincones del planeta, con el apoyo de su extraordinariamente eficaz servicio de inteligencia.

Pero no será hasta finales del siglo xviii cuando se comience a usar el término diplomacia en el sentido actual, de gestión de las relaciones y las negociaciones entre naciones por parte de funcionarios gubernamentales en representación de un Estado. En este momento, Edward Burke, un parlamentario británico, propuso que diplomacia sustituyera a negociación, utilizada hasta entonces con el mismo fin.

A partir de esos años, la diplomacia se convirtió en un coto de aristócratas, y la burguesía solo pudo acceder a ella entrado ya el siglo xix. A pesar de esta limitada apertura, los diplomáticos se erigieron en una casta, convencidos de ser los únicos que podían tratar temas que afectaban a la supervivencia del Estado, y llegaron al autoconvencimiento de pertenecer a la más relevante institución estatal. En los tensos momentos vividos en la política internacional durante los turbulentos años del siglo xx, la diplomacia se convirtió en el instrumento con el que los países más poderosos efectuaban una «guerra pacífica», y así se consolidó la idea entre los diplomáticos de que eran el principal pilar del país.

LA DIPLOMACIA COMO FUENTE DE PODER

Toda diplomacia es una guerra continuada por otros medios.

ZHOU ENLAI

Un buen servicio diplomático otorga a cualquier país una gran ventaja. Una de las claves de la seguridad nacional es conseguir una positiva influencia en el mundo, es decir, disponer de una buena imagen que favorezca los intereses del país, empezando por los económicos. Este influjo permite seducir y atraer a otras naciones y ciudadanos afines, así como disuadir a los posibles adversarios.

La diplomacia consigue actuar también de forma eficaz en el seno de las organizaciones internacionales en las que se gestan las decisiones mundiales, sean de índole económica, geopolítica o militar. Como decía François de Callières, diplomático al servicio de Luis XIV, en De la manière de négocier avec les souverains: «La fortuna de los más grandes Estados depende a menudo de la buena o mala conducta y del grado de capacidad de los negociadores que emplea».

La diplomacia bien ejercida puede conseguir lo que con la fuerza no se lograría. Puede doblegar voluntades obcecadas y abrir puertas que estaban sólidamente cerradas. Su capacidad para influir en el contexto mundial y prolongar el poder nacional hace que todos los países procuren contar con un buen servicio diplomático. La nación que se equivoque en los procesos de selección de los diplomáticos y sus equipos, o que no preste la debida atención a este pilar del Estado, debe ser consciente de que se encuentra en clara desventaja frente a países que llevan siglos haciendo grandes esfuerzos para dotarse de una diplomacia vigorosa, dinámica y eficaz, por lo que todos los intentos para conseguir los objetivos nacionales pueden verse truncados, aun cuando disponga de otros atributos con que podría obtenerlos.

Una diplomacia deficiente es incapaz de evitar una guerra, cuyos resultados son siempre inciertos. Con gran amargura, el canciller alemán Bernhard von Bülow (1849-1929) comentaba que «si en el aciago verano de 1914 no hubiesen perdido la cabeza los diplomáticos de todas las grandes potencias, se hubiera podido evitar la catástrofe más espantosa que han visto los siglos, la Primera Guerra Mundial».

LA DOBLE CARA DE LA DIPLOMACIA

François de Callières aconseja que en diplomacia «deben ganarse los corazones y las voluntades de los hombres». Contar con un elenco de personas capaces, buenas negociadoras, con elevado poder de persuasión, dotadas de una personalidad arrolladora, inteligentes y sutiles, y agraciadas con el don de gentes, proporciona a un Estado un bien de valor incalculable. Como decía el diplomático británico sir Henry Wotton, quien sirviera al rey Jacobo I de Gran Bretaña como embajador en La Haya, Viena y Venecia: «Un embajador es una persona honesta enviada al extranjero para mentir por el bien de su país». Y para eso tampoco sirve cualquiera. •

LA DIPLOMACIA COERCITIVA

Se puede hacer mucho con la diplomacia, pero desde luego se puede hacer mucho más si la diplomacia está respaldada por la imparcialidad y la fuerza.

KOFI ANNAN

Es opinión generalizada que para que la diplomacia pueda ejercer con eficacia su función básica de conseguir ventajas para un país determinado, es imprescindible que cuente con el respaldo de una fuerza, de un instrumento coercitivo, cuya mera amenaza, por distante que sea y por nula o escasa que sea su mención directa durante las negociaciones, le dé credibilidad, prestigio y poder de convencimiento. El diplomático belga Jacques de Launay aseguraba: «No se negocia con garantía de éxito sino a partir de una posición de fuerza, dado que toda tentativa de ese género puede ser, con derecho y con razón, interpretada por el enemigo como un signo de debilidad». También Federico I de Prusia estaba convencido de que «la diplomacia debe estar respaldada por la fuerza».

Esta forma de ejercer la función diplomática es lo que se denomina diplomacia coercitiva, fórmula empleada con profusión a lo largo de la historia. El procedimiento consiste en sentarse a una mesa de negociación apoyándose en una creíble capacidad militar, de modo que se ejerza la suficiente presión ante la contraparte para que esta modifique sus actitudes u objetivos. De esta manera, la diplomacia y la fuerza se funden en una única premisa, y la fuerza puede emplearse meramente como elemento disuasorio —la amenaza más o menos abierta de su empleo—

incluso de un modo limitado en tiempo y espacio contra objetivos muy concretos. Como señalaba Henry Kissinger: «En el mundo de la diplomacia un arma cargada es, a menudo, más persuasiva que un informe jurídico».

¿POLÍTICA EXTERIOR DE ESTADOS UNIDOS?

Aparte de la fuerza militar, la coacción puede también ejercerse —y, de hecho, así sucede cada vez con mayor frecuencia— mediante la aplicación de medidas económicas (sanciones, embargos, congelación de activos, expulsión de organismos económicos internacionales…), pues, al fin y a la postre, el objetivo no difiere en cuanto a potenciar la negociación clásica con acciones «agresivas» que pueden ser vistas, por el que las sufre, como altamente perjudiciales para sus intereses. Incluso en la actualidad, con el auge de las redes sociales, la amenaza puede provenir de una campaña de desprestigio que perjudique o impida las inversiones extranjeras.

La diplomacia coercitiva, que algunos denominan diplomacia de la violencia cuando la amenaza del empleo de las capacidades militares se realiza de un modo claramente manifiesto, está dirigida sobre todo a modificar comportamientos y actitudes, y suele ser altamente eficaz. Se trata de mostrar a la otra parte la disposición a aplicar medidas más contundentes en caso de fallar las negociaciones. Para ello es fundamental que el mensaje se transmita con toda su intensidad. El grado de crudeza disuasoria en el campo diplomático puede alcanzar extremos como los reflejados en el gráfico, y no solo sería aplicado por Estados Unidos. •

Obviamente, la eficacia de la diplomacia coercitiva está relacionada con la mentalidad del adversario, pues, según los casos —a tenor de las características de los dirigentes responsables de adoptar la decisión y la idiosincrasia del pueblo al que representan—, este procedimiento puede funcionar o, por el contrario, ser contraproducente y generar un incremento de la tensión o incluso conducir a un enfrentamiento directo. En este sentido, para aplicar la diplomacia coercitiva con ciertas garantías de éxito hay que comprender la determinación, motivación y tolerancia al riesgo con los que cuenta el contrincante.

Por otro lado, la experiencia demuestra que no siempre es fácil ni rentable ejercer este tipo de diplomacia durante un tiempo prolongado, pues el adversario puede resultar políticamente fortalecido si se incrementa el apoyo popular a su Gobierno ante la presión ejercida desde el exterior. Asimismo, la parte que practica la diplomacia coercitiva, si dilata sus acciones en exceso, y ante la falta de resultados tangibles, puede ver mermados los apoyos de su propia población e incluso los de países aliados. En caso extremo, el país que ha puesto en marcha la persuasión puede perder credibilidad si no consigue los efectos perseguidos, lo que resultaría muy perjudicial para la realización de futuras actividades similares.

Según Lorot y Thual en La géopolitique, Estados Unidos practica una «diplomacia económica» ofensiva, en la que utiliza todos los instrumentos de la persuasión económica disponibles. Un ejemplo actual es la estrategia empleada contra Irán; el objetivo es doblegar a este país a través de un hundimiento económico que lleve a la población iraní a enfrentarse a su propio Gobierno.

NEGOCIACIÓN O MUERTE

Como ejemplos históricos de diplomacia coercitiva se acostumbra a poner dos: uno en el que esta estrategia funcionó y otro en el que fue un completo fracaso. Se entiende como exitoso el empleo de esta diplomacia por parte del presidente estadounidense John F. Kennedy durante la crisis de los misiles de Cuba, en 1962. En este contexto, que podría haber desembocado en una guerra abierta entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Kennedy, ante la decisión soviética de instalar misiles balísticos en la isla caribeña, impuso un bloqueo naval y amenazó con una operación para destruir esos misiles. La presión ejercida dio los frutos perseguidos, y Nikita Kruschev terminó por retirar el armamento desplegado en la isla.

Como ejemplo negativo vale mencionar la Primera Guerra del Golfo, cuando la diplomacia coercitiva no consiguió que Saddam Hussein se retirara voluntariamente de Kuwait. En este caso, ni las sanciones económicas ni la amenaza de emplear la fuerza militar para revertir la situación surtieron efecto ante la determinación de Saddam. Algo que podría haberse previsto, dado que el dirigente iraquí tampoco había reaccionado cuando, años atrás, Estados Unidos lanzó sobre su territorio ataques aéreos y misiles de crucero para intentar frenar las agresiones contra los kurdos iraquíes. En aquel entonces, un desafiante y decidido Saddam impidió las inspecciones de sus arsenales y aprendió no solo a predecir las acciones de Washington, sino a asumir las limitadas consecuencias de los ataques. •

En el contexto actual, la influencia de la diplomacia puede igualmente ejercerse con la amenaza de la aplicación de medidas ofensivas de corte económico, que, según los casos, pueden superar en eficacia a las meramente militares, aunque en ocasiones se realizan en paralelo. Un ejemplo es el eterno enfrentamiento entre China y Japón por las islas Senkaku o Diaoyutai, que ambos reconocen como suyas, y que suele dar lugar a incidentes menores, como la retención de un barco pesquero chino por parte de Tokio. En este caso, la primera medida que adopta Pekín es cortar el suministro de tierras raras a Japón, que las precisa imperiosamente para su industria (China cuenta con inmensos depósitos de tierras raras que en buena parte son adquiridas por los nipones). •

En el marco de la diplomacia coercitiva se puede incluir también la denominada diplomacia de las cañoneras, de la que echaron mano con frecuencia las grandes potencias imperialistas y colonialistas en el siglo xix y principios del xx. Consistía en emplear una fuerza naval limitada para amenazar a un país más débil, o incluso hacer un uso restringido de ella con la finalidad de que el amenazado —dirigentes y poblaciones— cediera a los intereses de la potencia actuante, una vez que las negociaciones, claramente beneficiosas para el poderoso, habían fracasado. Por lo general, con la presencia de una o varias cañoneras —los buques de guerra más comunes de la época— era suficiente, aunque en ocasiones se llegaban a efectuar bombardeos. El término se sigue empleando como sinónimo de «demostración de fuerza» para conseguir objetivos geopolíticos.

Pero como la diplomacia equivale a prudencia, es conveniente recordar las sabias palabras de De Callières, quien aconsejaba que «todo príncipe cristiano debe tener por máxima principal no emplear la vía de las armas para sostener o hacer valer sus derechos, que tras haber intentado con la razón y la persuasión». Tampoco está de más apuntar que Rafael Sánchez Ferlosio, en Sobre la guerra, entiende que «un capítulo esencial del arte de la diplomacia es saber aquilatar las condiciones de un ultimátum en la medida justa para que desborde el límite de lo que puede soportar la soberbia del contrario».