Opinión

El color del privilegio • Hernán Gómez Bruera

El racismo cotidiano en México.

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ADELANTOS EDITORIALES

¿Existe el privilegio de la piel blanca?

«Eres un racista. Sí, tú. Lo eres tú… y lo soy yo. Lo somos todos. Ya va siendo hora de que dejemos de engañarnos a nosotros mismos porque todos tenemos, en mayor o menor medida, algo de racistas».

Con tal declaración, Hernán Gómez Bruera —periodista y analista político— inicia este ensayo que irrumpe en el diálogo actual sobre una de las problemáticas más acuciosas de la sociedad mexicana: el racismo y el clasismo.

A través de una investigación bien documentada y mediante el análisis de ejemplos recientes, declaraciones de personajes de la vida pública y entrevistas, Gómez Bruera desentraña la estructura social y económica de un sistema que brinda ventajas a un sector de la población; al tiempo que discrimina y segrega a otro. A la par, el autor devela los mecanismos de exclusión, a través de los cuales el tono de la piel y otros rasgos físicos determinan las oportunidades a las que podemos acceder.

Con un tono incisivo y provocador, este ensayo analiza lo que yace detrás de nuestras costumbres, chistes, películas, programas de televisión, revistas y lenguaje en redes sociales para identificar un mal que debemos erradicar de nuestra sociedad: el racismo nuestro de cada día.

Fragmento del libro La conquista de América contada para escépticos (Crítica), © 2020, Juan Eslava Galán. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Hernán Gómez Bruera es periodista, analista político e internacionalista; conductor en La Octava, canal 8.1; escribe la columna «Fuera de Tono» en El Heraldo de México. Ha publicado artículos académicos en revistas especializadas y libros sobre política latinoamericana.

El color del privilegio | Hernán Gómez Bruera

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1. De qué hablamos cuando hablamos de racismo

Al realizar un estudio antropológico sobre el racismo, Eugenia Iturriaga presentó a un grupo de estudiantes de preparatoria en una escuela privada una serie de fotografías y les pidió imaginar sus historias de vida. El patrón que encontró fue más que consistente: siempre que aparecían personajes de tez clara, los jóvenes pensaban en bienestar económico, carreras exitosas, estudios universitarios, refinamiento cultural y gusto por el arte y la lectura. En cambio, cuando aparecían sujetos de tez morena, los estudiantes asociaron los perfiles que la antropóloga les presentaba a pobreza, alcoholismo, violencia y, evidentemente, empleos mal remunerados.

Pero lo más revelador llegó cuando Iturriaga les mostró una fotografía de un artista plástico de origen zapoteco (Francisco Toledo)… La ignorancia de los muchachos, incapaces de identificar a una de las grandes figuras de la cultura y las artes en México, se puso de manifiesto: uno de ellos dijo que era un hombre que se había vuelto alcohólico y había perdido su casa y su familia; una aseveró que se trataba de un pepenador de basura. Otros más imaginaron que era bolero o vendedor de esquites. «Ese señor es un vago, vele la cara», apuntó con toda seguridad una de las participantes. «Más bien tiene cara de hacer algún trabajo agrícola», señaló otra. Algún estudiante más intervino para asegurar: «Es un señor raro, se ve que fuma mucho y no creo que sea pobre, más bien se dedica a las matemáticas, a la literatura o a la pintura». Ante ello, un joven contestó: «Pues si se dedica a la literatura seguro que nunca ha logrado publicar algo, por eso su cara de frustración».

Para aproximarse al verdadero personaje, al artista oaxaqueño en el que el lector tal vez ya esté pensando, la antropóloga preguntó a los alumnos si creían que se trataba de una persona culta. «Claro que no, ese señor es un pescador»; «No, es un jardinero»; «No, vende artesanías», fueron algunas de las respuestas. Uno más agregó: «Es el típico señor que te encuentras en las ruinas y te platica todo». «Sí, típico que lo ves y agarras a tu hija, pero después te das cuenta de que es muy amable y culto». «Es un pintor, ¿no es Toledo?», dijo al fin un joven, al que a pesar de su acierto nadie secundó. «Parece loco», gritó una de sus compañeras. «Da miedo»; «Es el Changoleón que sale con Facundo»; «Sí, es igualito al Changoleón», dijo uno más antes de que el resto rompiera en risas.

Al final del ejercicio, después de que les explicaron quién era ese artista, varios de los estudiantes se dieron cuenta de la cantidad de prejuicios racistas compartidos con muchas otras personas. Una de las participantes, por ejemplo, reconoció que nunca había pensado que fuera racista, que esos no eran los valores que le habían inculcado en su casa ni en la escuela; que incluso siempre se había considerado «una buena persona».

Sucede que para ser o dejar de ser racista poco tiene que ver el que uno sea buena o mala persona. Tampoco hace falta estar consciente de que uno es racista. De hecho, las principales manifestaciones del racismo en México se producen sin que tengamos la menor conciencia de ellas. Y es que el racismo nuestro de cada día es un fenómeno tan frecuente en nuestra sociedad que ha terminado por convertirse en parte de nuestro lenguaje cotidiano. Como señala la socióloga Mónica Moreno, se ha convertido en «lo que todos hacemos», bajo la lógica de que «así son las cosas».

¿Qué es el racismo?

Primero lo primero: las razas no existen. Por lo general, ese suele ser hoy el consenso entre biólogos, genetistas y antropólogos. Es evidente que hay una serie de variaciones físicas de una persona a otra, pero, como escribe Olivia Gall, una de las mayores expertas sobre racismo en México, vistas de cerca no resultan significativas como para que se agrupe a las personas como «negros», «blancos», «asiáticos» o «amerindios», por mencionar algunas de las supuestas «razas».

Desde el punto de vista biológico, las características externas del ser humano a las que tradicionalmente hemos recurrido para distinguirnos a unos de otros no son indicadores confiables para explicar las variaciones genéticas. Así lo han demostrado los estudios más recientes sobre el genoma humano. Genéticamente, los humanos somos 99.9% iguales, independientemente del tono de piel o lugar de procedencia. En otras palabras, los elementos que nos diferencian a unos de otros se expresan únicamente en 0.1% de nuestro genoma. Tampoco desde el ámbito de la psicología se puede hablar de razas; el grueso de los psicólogos coinciden en que los seres humanos, independientemente de su tono de piel o sus rasgos físicos, somos muy parecidos en nuestras capacidades y limitaciones mentales.

Si las «razas» no existen, ¿por qué tan comúnmente hacemos referencia a ellas, pensamos y discutimos sobre estas como si se trataran de una realidad palpable, material e irrefutable? Porque lo que existe en realidad es solo una idea de «raza» en la que muchas personas han creído —por lo general con estúpido fervor—, y esa creencia ha tenido un impacto importante en la sociedad. Porque hemos construido un mundo en el que el tono de piel o los rasgos físicos de las personas parecen —de manera equivocada— algo muy importante cuando se trata de distinguirnos entre unos y otros.

La idea de la «raza» —que entrecomillo en este libro porque quiero tomar distancia de ella— no es cualquier idea. Resulta poderosa porque históricamente ha sido utilizada para diferenciar a las personas; para justificar las diferencias que hemos creado entre nosotros; para determinar qué le toca a quién y en qué cantidad, quién merece el éxito o quién está destinado a una posición de subordinación, quién es un ser humano con dignidad que puede gozar plenamente de sus derechos y quién está condenado a aceptar una condición de marginación, quién nació para servir a los demás y quién para servirse de los otros.

Aunque el término raza carece de validez, lo que resulta indiscutible es que el racismo existe y por lo general se sustenta en la supuesta existencia de las «razas», la creencia de que efectivamente existen. El racismo se basa en una construcción equivocada de que entre las personas habría diferencias raciales y que estas importan en términos del valor que le damos a una persona o a un grupo de personas, así como en la manera en que evaluamos sus aptitudes y capacidades.

Desde sus orígenes a mediados del siglo XVIII, el racismo fue adoptado como una ciencia para justificarse. Esa ciencia —que a los ojos de hoy, pero no necesariamente de entonces, se puede ver como una seudociencia— obsesivamente se daba a la tarea de medir cráneos, estudiar tipos de bocas, tamaños de narices, forma de pómulos, la altura de las personas y su complexión, entre otras características, para, a partir de algunas aproximaciones aparentemente sofisticadas, sacar una serie de conclusiones que en la actualidad pueden parecernos bastante ridículas. Como cierta tesis del médico, antropólogo y oficial alemán de las ss, Josef Mengele, quien sugirió que la raza de una persona podía ser identificada nada más y nada menos que por la forma de su mandíbula. En el afán de sustentar su creencia en la existencia de una «raza aria pura», este estudioso llevó a cabo experimentos en miles de presos, a los cuales inyectó químicos en los ojos para ver si cambiaban al color azul, y se abocó a realizar pruebas en mujeres para que pudieran tener gemelos, con la intención de que las alemanas fueran las encargadas de repoblar la tierra con su presunta pureza aria.

Otros ejemplos no tan conocidos, aunque no menos sombríos que los de Mengele, se llevaron a cabo en el sudoeste africano, un laboratorio para los experimentos de los «científicos» europeos, particularmente alemanes, alimentados por sus teorías darwinistas de superioridad racial. Durante el genocidio en Namibia, a principios del siglo xx, la demanda de huesos humanos de los africanos se incrementó exponencialmente en Europa. Miles de museos y hospitales compraron cráneos de personas de origen africano para estudiar la estructura de su cabeza, mientras que «científicos» de entonces, como Eugen Fischer, antropólogo y profesor de medicina, estudiaron en los campos de concentración la forma del cuerpo, el color y la forma del cabello, así como los ojos de las comunidades herero, una etnia del grupo bantú ubicada al sur de África, para llegar a conclusiones —que hoy también parecen muy absurdas— como esa de que los niños mulatos de aquellas comunidades constituían una «raza inferior», útiles únicamente para actividades de baja cualificación como policías o empleados de servicios postales.

En el caso de México, el estudio de las «razas» influyó mucho en los científicos sociales mexicanos a partir de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. A través de ellos se sustentó la creencia en el atraso de las comunidades indígenas y se promovió la idea de que era necesario crear «ciudadanos perfectos», libres de esa terrible herencia degenerativa que corrompía a la sociedad, Para evitar que esto ocurriera, planteaba la ciencia de entonces, era necesario promover la homogeneidad racial y evitar la reproducción entre ciertos grupos.

En esta lógica, los médicos que se adscribían a la llamada eugenesia —una disciplina muy influyente durante los años veinte y treinta— clasificaron a los mexicanos en tres razas: criollos, mestizos e indios. Como era de esperarse, aquella ciencia definió a los criollos como inteligentes, impetuosos, audaces y de activa energía; a los indígenas como pasivos, apáticos, humildes y desinteresados; y a los mestizos como inteligentes y audaces, aunque con la apatía y el desinterés que presuntamente caracterizaba a los indígenas. De igual manera, los médicos eugenistas establecieron un vínculo entre los pueblos originarios y la inclinación hacia la delincuencia o las enfermedades mentales, además de plantear de forma explícita la superioridad de la «raza blanca», a partir de cuya idea se motivó una política migratoria que buscó promover la inmigración europea durante el periodo revolucionario, como explicaré en el capítulo 13.

Detrás del origen del racismo está la necesidad de justificar la superioridad de unos sobre otros para establecer diferencias en el acceso a la riqueza y al poder. Para lograrlo, explica también Gall, los racistas recurrieron a los aspectos que saltaban a la vista de forma más clara: aquellos que las personas, aunque se empeñen, difícilmente pueden cambiar, tales como el tono de piel, el color y la forma de los ojos y el pelo, la fisonomía de la nariz y la boca o el tamaño de la cabeza.

En principio, el racismo tiene que ver con asociar determinado tipo de conducta o grado de inteligencia al tono de piel de las personas, al fenotipo e incluso a su pertenencia étnica, y a partir de ello establecer quiénes son mejores que otros, quiénes pueden acceder a cierto nivel o posición, y a qué tipo de personas ese acceso debiera estar vedado. El racismo es la creencia de que ciertos seres humanos son mejores que otros a partir de factores que normalmente tienen que ver con sus rasgos físicos y que suelen asociarse a determinado tipo de comportamiento o forma de pensar.

Pero el racismo no se limita a los rasgos físicos y al tono de piel. Si así fuera, no veríamos en México y otros países latinoamericanos, por ejemplo, una fuerte discriminación entre personas que se identifican como «mestizas» y quienes se consideran indígenas, a pesar de que muchas veces su tono de piel y su fenotipo son similares. Cuando en San Cristóbal de las Casas, Ali Roxox, una estudiante de doctorado de origen k’iche’ que vestía traje tradicional indígena, entró a una pastelería a comprar unos croissants y la corrieron por considerar que se trataba de una vendedora ambulante que no tenía cara de tener derecho a ese producto, la razón de aquel acto discriminatorio no radicó en el tono de piel; probablemente tampoco en su clase social. Fue en su manera de ser y de vivir, su cultura y sus tradiciones. Por ello es que las diferencias culturales, al igual que las lingüísticas —que algunos consideran discriminación étnica—, también constituyen una expresión del racismo.

Para quien gusta de las definiciones rigurosas, una útil para la discriminación racial (a pesar de recurrir a la palabra raza) es la que estableció la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 21 de diciembre de 1965 a través de la Convención Internacional para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, un documento firmado inicialmente por 103 países que se reunieron para adoptar por primera vez una política en contra del racismo. Según esta convención, actualmente ratificada por 181 países (incluido México, que lo hizo en 1975), «la discriminación racial denota cualquier distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje, origen nacional o étnico que tenga como resultado anular o disminuir el reconocimiento, disfrute o ejercicio, en igualdad de condiciones, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en la esfera política, económica, social y cultural, así como en cualquier otra esfera de la vida pública».

Ejemplos de racismo en nuestra sociedad hay muchos, y en este libro los iré deshilvanando uno a uno. En el anonimato de las redes sociales se pueden apreciar buenos ejemplo de ellos.

Tan solo en Facebook hay dos páginas llamadas «Prietos en aprietos» que juntas tienen más de 51 000 seguidores. Ya no mencionemos la página «Cosas naquísimas» que concentra casi dos millones de seguidores, donde se pueden leer publicaciones como: «Le daré unfollow a todo el que sea prieto, aquí no es llantera…». En otra publicación se lee una captura de pantalla de un chat que dice: «¿Qué se necesita para conquistarte?», a lo que la otra persona le contesta: «Ser blanco». En otra publicación se puede ver un dibujo de un trabajador de cine que le pregunta a una pareja el sabor de sus palomitas: «¿Las quiere dulces o saladas?», a lo que el hombre contesta: «Las quiero como ella». Finalmente, el vendedor responde: «No tenemos palomitas prietas».

En Twitter, un internauta también creó la cuenta «Cosas de prietxi-cans», en la que se pueden leer burlas hacia la gente pobre y morena, e incluso se refieren al presidente López Obrador a través de mensajes como estos: «#EsDePrietxicans @lopezobrador_ comiendo barbacoa con Jesús Ernesto». También suben mensajes como: «#EsDePrietxicans robarse y tragarse los dulces sin pagarlos en la dulcería de Liverpool. Pinches cerdos nacos». Otros tuits hacen referencia a oficios como «#EsDePrietxicans ser valet parking y dejar apestando el coche»; a la alimentación: «(Es de prietxicans) comer frijoles diario», e incluso al olor: «(Es de prietxicans) oler a jerga húmeda».

EquÍvocos sobre el racismo

Dos interpretaciones equivocadas del racismo son muy frecuentes. La primera es creer que es un acto aislado que comete determinado individuo, algo que ocurre esporádicamente o incluso de manera espontánea. La segunda consiste en pensar que el racista es necesariamente una mala persona que desprecia a otras y actúa de forma consciente y deliberada para perjudicarlas, para infligirles algún daño.

Los dos planteamientos representan un extravío porque el racista no necesariamente es una persona que actúa de mala fe, ni alguien que de repente ejerce actos de racismo o tiene el propósito de lastimar. El racista incluso puede ser algo así como una «víctima» de sus propios prejuicios en la medida en que forma parte de un sistema racista, una estructura, un comportamiento que se repite de forma sistemática, y un orden social que genera una tensión y un resentimiento social de alguna forma también puede perjudicar a quien ejerce el racismo.

Pero no hay que confundirse: esa ventaja no les toca un día a unos y otro día a los otros de forma aleatoria. El aventajado no es hoy alguien de tez morena clara, mañana un moreno-oscuro y pasado un blanco. Cuando se dice que el racismo es un sistema es porque se trata de un fenómeno estructural y de un patrón; algo que se da y se repite y que, por lo general, transcurre siempre en la misma dirección: desde un grupo social con más poder (y por lo general también riqueza) hacia otro con menos. Comúnmente, el racismo se expresa —y muchas veces también se justifica— a través de estereotipos y generalizaciones heredadas, las cuales suelen ser bastante burdas y reflejan altísimas dosis de ignorancia.

Está la idea de que los indígenas son flojos, que los negros huelen mal, que los chinos son sucios, que los judíos son avaros… Así fue, como explica el historiador Federico Navarrete, desde que los primeros pensadores racistas aparecieron en escena, al atribuir a cada una de las principales «razas» características distintas: unos eran vistos como «ladinos e indolentes» (los indios), otros como «inmorales y flojos» (los negros), otros como inescrutables o astutos (los asiáticos), y unos más como «primitivos e incapaces» (los australianos nativos). Naturalmente, como esos primeros pensadores eran europeos, presentaron a los blancos como la «raza superior», atribuyéndose las mayores virtudes y caracterizándose a sí mismos como hábiles, trabajadores e inteligentes.

En los tiempos que corren, los estereotipos raciales son el pan de cada día, no solo en México. En América Latina y en todo el mundo las personas de piel blanca suelen ser asociadas al refinamiento de modales, la mesura, la belleza y el derecho a comer croissants, mientras que las morenas o de tez oscura son vinculadas a conductas violentas, a la pobreza, la miseria, las pasiones sin control o la exuberancia de los sentidos.

Durante el periodo colonial los indígenas eran vistos como «los sin razón», los negros eran considerados como de «media razón» (lo que sea que eso signifique), y los conquistadores y colonizadores resultaban ser los «dotados de razón». Hoy todavía los pueblos originarios de México y de toda la región son vistos como atrasados, de bajo «nivel cultural», supersticiosos, cerrados, e incluso «acostumbrados a vivir en la pobreza», cual si alguien en su sano juicio decidiera optar por ello. Aunque detrás del racismo siempre se alojan prejuicios, es importante entender que no todo prejuicio conduce necesariamente al racismo. En Estados Unidos, muchos afrodescendientes basan su desprecio a los blancos precisamente en una serie de atributos negativos comúnmente basados en prejuicios. Algo similar ocurre en México, donde los grupos históricamente discriminados pueden albergar un resentimiento hacia los privilegiados o blancos de clase alta, considerándolos arrogantes, engreídos o incluso gente que le debe todo a sus conexiones (¡lo cual muchas veces es el caso!). Esto, sin embargo, no es racismo, a pesar de que a los agraviados les encanta presentarse como víctimas de una forma de «discriminación al revés». Alguien que se siente víctima de ello, por ejemplo, es el actor Mauricio Martínez, cuando en un polémico tuit que se convirtió en tendencia reclamaba a Tenoch Huerta hablar de los whitexicans, por tratarse —según él— de un término racista, a la par de quienes discriminan a las personas de piel oscura.

Seamos claros: la supuesta «discriminación a la inversa» o «discriminación al revés» no existe. En gran medida, es una invención de las élites (blancas), producto de su ignorancia sobre el asunto, su hipersensibilidad cada vez que se habla de un tema que les incomoda y su tendencia a colocarse siempre como el centro de cualquier tema. Esas élites no pueden ser objetos de racismo simple y sencillamente porque la estructura social no se ha conformado históricamente de una manera que sistemáticamente les niegue las oportunidades necesarias para desarrollarse. Por el contrario, la sociedad está hecha para que les vaya bien, triunfen, disfruten de la abundancia y se sientan representadas en los modelos de éxito que se presentan a través de la publicidad y los medios de comunicación masiva; aunque a los Mauricio Martínez del mundo les cueste tanto comprenderlo.

Utilizaré un ejemplo propio: cuando terminé la secundaria decidí ingresar a un CCH para conocer la vida fuera de la burbuja en la que me había desenvuelto hasta entonces. Al acudir por primera vez a mi nuevo plantel se me ocurrió vestir unas ropitas que mi madre me había comprado durante las vacaciones de verano y una mochilita nueva donde se leía: «United Colors of Benetton». En traducción al lenguaje ceceachero de esos años eso quería decir, nada más y nada menos que: «Ven y golpéame». Muy pronto ocurrió lo que estaba llamado a acontecer, lo que en mi ingenuidad yo parecía estar pidiendo a gritos: dos estudiantes irrumpieron en el aula con unas tijeras para cortarme el pelo al grito de «ahora sí, pinche güero, ya te va a cargar la verga».

¿Fui víctima de discriminación por mi tono de piel en esa y otras ocasiones durante ese año? Difícilmente. En todo caso, fui objeto de un bullying que causó uno de los años más infelices en toda mi vida, y que pronto me obligó a regresar a la comodidad de la escuelita privada donde siempre había estado. Que mis «victimarios» me despreciaran por ser güerito y privilegiado, y por usar una ridícula mochila que lo reafirmaba, es altamente probable. De ahí a aseverar que existe un patrón discriminatorio en México contra las personas de tez clara como yo, y quienes usan mochilitas de marca, hay un abismo más grande que el océano Atlántico. Lo que puede existir, si acaso, es resentimiento y revanchismo, incluso situaciones específicas de maltrato asociadas al tono de piel blanco. Nada, sin embargo, que pueda considerarse racismo. Es más, el mismo tono de piel que me hizo vulnerable en aquel contexto ha sido una ventaja en muchísimas ocasiones a lo largo de mi vida. En otras palabras, el beneficio que me ha dado la blanquitud es muy superior al costo que eventualmente me puede haber generado.

En los últimos años, conforme estos temas se discuten cada vez más en los medios de comunicación y las redes sociales, hemos visto varias muestras de una élite convencida de que efectivamente existe el racismo al revés.

Además de Martínez, el actorzuelo antes mencionado, muchos otros han salido a expresar su indignación frente al uso del recientemente aparecido término whitexican, el cual busca ridiculizar a las élites blancas que viven desconectadas de la realidad social del país, que no son conscientes de sus privilegios o si lo son los consideran como algo natural, y que muy a menudo adoptan actitudes racistas y clasistas sin siquiera darse cuenta. En 2018, por ejemplo, cuando se creó una cuenta anónima en Twitter llamada @LosWhitexicans, dedicada a exhibir actitudes clasistas y racistas de esa élite privilegiada, un tuitero de tez clara con medio millar de seguidores expresó así su indignación: «Por qué hay una página que se llama @LosWhitexicans y nadie tacha esto como racistas a pesar de que se la pasan incitando al odio? Sería lo mismo si existiera una página que se llamara blackxicans o prietxicans? O ahí sí sería racismo» (@RafagaCarpio). Otro más, un exfuncionario calderonista, sentenció con absoluta indignación: «Aviso: a cualquiera que use el término whitexican conmigo o con quien sea, muere digitalmente para mí. Lo último que nos faltaba como país era generar odio y rencor con un concepto pendejo, basado en el color de la piel. Carajo» (@MaxKaizer75).

El reclamo de esa élite blanca que se siente «discriminada» cuando se habla de racismo y se critican sus privilegios de cuna aflora una y otra vez. Nos tocó vivirlo al realizar un programa de televisión, La Maroma Estelar, en Canal Once. Al efectuar una visita al itam, el standupero Carlos Ballarta, mi coconductor, identificó a dos estudiantes de manera humorística como «un par de estudiantes blancos», luego de preguntarles si llegaban a la escuela en helicóptero. La cantidad de acusaciones que entonces recibimos por parte de tuiteros, whitexicans hipersensibles y gente supuestamente informada en los medios por nuestro «racismo al revés» fueron sorprendentes. Incluso una conocida periodista, perteneciente a uno de esos oligopolios mediáticos que por años ha hecho escarnio de los pobres en sus programas de humor (además de haber creado un cerco que excluye de sus pantallas a los no blancos), pidió la renuncia del director del canal , José Antonio Álvarez Lima; al final, terminó por marcharse quien escribe esto.

Llamarle a alguien «whitexican», decirle «catrín», «fifí» o utilizar cualquier otra etiqueta puede acaso llegar a constituir una reprobable ofensa, pero no es un acto de racismo ni de discriminación porque no son términos que expresen un fenómeno estructural en el cual un grupo social ha ejercido sistemáticamente poder sobre otro. Discriminar es negar a un grupo de personas, de forma sistemática, su acceso a determinados derechos por razón de su tono de piel, fenotipo, condición socioeconómica, sexo, orientación sexual, etc. No es un hecho aislado que le ocurre a una persona, es un fenómeno estructural en el que un sector de la población ha oprimido a otro a lo largo del tiempo a partir de una relación de poder. Pensar que existe la discriminación de las mujeres hacia los hombres, de quienes tienen una discapacidad hacia quienes no la tienen, de los gays hacia los heterosexuales, de los pobres hacia los ricos o incluso de quienes tienen la tez oscura hacia quienes la tienen blanca es un absurdo que solo pretende evitar que se discutan los privilegios de ciertos sectores y que su poder se mantenga incontestable.

La fórmula para entender por qué no existe algo semejante a la discriminación al revés es simple: racismo = prejuicio + poder. A partir del contexto estadounidense, Reni Eddo-Lodge explica que, aunque las propias víctimas de racismo pueden llegar a ser vengativas, crueles y estar llenas de prejuicios, no hay suficientes personas situadas en posiciones de poder como para ejercer un racismo a gran escala hacia las personas de tez blanca como ocurre en contra de la gente de piel oscura. ¿O acaso existen negros sobrerrepresentados en sitios en donde los prejuicios pueden surtir efectos? La respuesta en la mayor parte de los casos, dice Eddo-Lodge, es muy clara: desde luego que no.

En un stand-up que se viralizó en las redes sociales, Ahmer Rahman, un comediante australiano afrodescendiente, explicó con claridad por qué no existe el racismo inverso, mofándose ingeniosamente de lo absurdo del término:

Si yo quisiera podría ser un racista al revés. Lo único que necesitaría es una máquina del tiempo. Me introduciría allí y regresaría a esos tiempos en que Europa colonizó al resto del mundo. Luego convencería a la gente de África del Norte y del Sur, así como al Centro y Sur de América, para invadir y colonizar el continente europeo, robar sus tierras y recursos, intercambiar esclavos; donde exportáramos gente blanca para trabajar en gigantescas plantaciones de arroz en China, para después arruinar Europa durante un par de siglos hasta que todos sus descendientes quieran migrar para vivir en los lugares donde viven los morenos y los negros. […] Claro, para entonces me aseguraría de instalar sistemas donde los privilegiados, morenos y negros ocupen todas las oportunidades económicas, sociales y políticas […] y solo para reírme sometería a la gente blanca a todos los estándares de belleza de la gente negra, terminaría cambiando el color de su piel, ojos y cabello […]. Si después de cientos de años de todo esto me paro en un escenario de stand-up comedy y digo: “¡Hey! ¿Qué le pasa a la gente blanca? ¿Por qué no pueden bailar?” […] Eso sería racismo al revés.

Enlace a video de Ahmer Rahman.