Opinión

El Caso Florence Cassez • Pablo Reinah

Mi testimonio.

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ADELANTOS EDITORIALES

Éste es su valioso testimonio en torno a un caso que hoy, a pesar de haber sucedido hace ya más de 15 años y de que Florence Cassez haya sido liberada, aún sigue dando de qué hablar.

El 9 de diciembre de 2005, el reportero Pablo Reinah cubrió un operativo en el rancho Las Chinitas para Televisa. Se trataba de la captura de dos presuntos secuestradores de la banda Los Zodiaco: la francesa Florence Cassez y el mexicano Israel Vallarta. Poco después, se supo que este #operativo# había sido un montaje. La noticia se volvió un escándalo mediático y político de proporciones inimaginables que puso al descubierto las ineficiencias y la corrupción que atraviesan al sistema de justicia mexicano. La trama de este caso incluye a un famoso conductor, a dos presidentes que se enemistaron y a un exfuncionario que hoy está preso, entre muchos otros. Sin prueba alguna, tanto Televisa como la afi acusaron a Reinah de haber orquestado dicho montaje. El reportero fue despedido, acusado y señalado injustamente. Pero Reinah inició una valiente batalla legal para limpiar su nombre.

Fragmento del libro “El caso Florence Cassez. Mi testimonio” de Pablo Reinah de editorial Aguilar/ Ideas cortesía de publicación Penguin Random House.

El Caso Florence Cassez | Pablo Reinah

#AdelantosEditoriales

 

EL OPERATIVO

Todo cambió cuando, un poco antes de las 5:00 de la mañana, sonó mi teléfono celular. Era viernes 9 de diciembre de 2005; mi despertador no se había activado todavía.

—Tengo una noticia que vale la pena cubrir —escuché. Era la voz de Luis Cárdenas Palomino, director general de Investigación de la Agencia Federal de Investigación (AFI) y brazo derecho de su titular, Genaro García Luna.

La llamada no era poco habitual, pues como reportero es común intercambiar teléfonos y datos de contacto con las fuentes que te asignan para cubrirlas día a día. De ahí salen notas, invitaciones a conferencias y solicitudes de entrevistas. Lo que no era habitual, en esa ocasión, era la hora del timbrazo.

—¿De qué se trata, Luis?

—No te puedo dar mayores datos por ahora. Pero es un duro golpe contra el secuestro.

—Dime más. No puedo ir a ningún lugar sin saber qué pasa o qué voy a reportar —le respondí—. Necesito informar más para que los encargados de producción decidan si mandamos la unidad o nos vamos a otro lado.

—Es la liberación de unos secuestrados.

—¿Dónde? Dame la mayor cantidad de datos.

—Sólo te puedo decir que es un caso muy gordo, lo hemos estado investigando. Es el desmantelamiento de una banda de secuestradores. Y en esa banda hay una mujer francesa. Es en el kilómetro 29.5 de la carretera libre México-Cuernavaca. Yo estoy saliendo para allá —agregó.

Todos y cada uno de los cientos de enlaces en vivo que realicé durante 10 años para Televisa fueron planeados, organizados y consultados con el equipo de producción responsable del noticiero en turno. La decisión de hacer una cobertura incluye al conductor, productor, jefe de información y al reportero. Todo se selecciona de acuerdo con lo ocurrido durante la madrugada; la agenda de eventos políticos, sociales y de interés general del día, y, por supuesto, los llamados “bomberazos”, esas noticias o acontecimientos que surgen de un momento a otro, como explosiones, incendios, accidentes y desastres naturales, entre otros sucesos.

Ese 9 de diciembre no fue la excepción. Con la información que me había dado Cárdenas Palomino llamé a la cabina de transmisión. Debido a lo inusual del caso, me comunicaron con Carlos Loret de Mola, entonces conductor del noticiero matutino Primero Noticias.

—Hola, Carlos. Me llamó Luis Cárdenas Palomino, de la AFI. Me dice que se trata de una banda de secuestradores y que en esa banda hay una mujer de origen francés. Nos ofrece transmitir desde el lugar y hacer entrevistas.

Para ambos estaba implícito que había una investigación profesional de fondo por parte de la máxima autoridad en materia de seguridad del país. Se trataba de la misma agencia que detuvo a los secuestradores de las hermanas de la cantante Thalía, y que encontró y liberó a Rubén Omar Romano, entrenador del equipo de futbol Cruz Azul. No había motivo para dudar de la fuente.

—Me parece buenísimo. Vete para allá —respondió Loret.

De inmediato me dirigí a Televisa Chapultepec, donde ya me esperaba el equipo con el que trabajaba diariamente, camarógrafos y técnicos con los cuales desarrollé una relación cercana basada en la confianza y el profesionalismo. Carlos Rodríguez, mi camarógrafo, a quien aprecio hasta el día de hoy, era un joven muy paciente con quien tenía un entendimiento perfecto en la dinámica de las transmisiones. También nos acompañaban un asistente, la unidad de control remoto con tres ingenieros y el personal de iluminación, que iban en otra camioneta. Esto último era indispensable porque, especialmente en invierno, cuando realizábamos el primer enlace, todavía era de noche. En total, se necesitaban entre ocho y 10 personas para realizar una transmisión desde cualquier punto de la ciudad.

Durante el trayecto hablé con Cárdenas Palomino dos veces más. Quería que me orientara para encontrar el lugar y necesitaba que me diera más información para llegar preparado.

—Pásame más datos.

—Ahora que llegues —insistió.

Aquello me dejó ver que, como muchas otras veces, tendría que cubrir la noticia a partir de lo que veía, de cómo se desarrollaban los hechos y de la información que pudiera obtener de mi fuente oficial, la AFI.

El auto en el que viajaba encabezaba el convoy. Recuerdo que, ya en la carretera, vimos una llanta rodando hacia nosotros. Por poco chocamos con ella. Ignoro de dónde salió. Nunca vi un coche al que se le hubiera desprendido. Aunque no le di importancia, es uno de los recuerdos más nítidos que tengo de ese día.

Llegamos al rancho Las Chinitas, alrededor de las seis de la mañana. Me sorprendió la magnitud del operativo. El lugar estaba sitiado por decenas de policías armados y había patrullas por todos lados.

De inmediato busqué a Cárdenas Palomino.

—Necesito saber qué pasa. Dame más información.

—Se trata de una pareja, una mujer y un hombre. Son los secuestradores. Ella es de origen francés. Ahí también están los secuestrados, son tres: un hombre joven, una mujer y su hijo, que aún es un niño. Ahorita vamos a tener acceso a todo y ustedes van a poder hablar con ellos.

En ese momento no me pregunté si dos personas bastaban para formar “una banda”. Sin embargo, cuando lo hice, me respondieron que había más integrantes que pronto serían detenidos. Hoy sabemos que, al pasar del tiempo, aprehendieron a más personas, incluidos algunos familiares de Israel Vallarta. En aquel momento los únicos presentes eran éste y Florence Cassez.

Desde que llegué al lugar me percaté de que la unidad de control remoto de Televisión Azteca, de Grupo Salinas, ya estaba instalada y lista para transmitir, pese a que sólo estaban presentes el productor y el personal técnico. Ana María Gámez, su reportera, iba tarde. No recuerdo a qué hora llegó exactamente, pero ya estábamos al aire transmitiendo el primer enlace. No obstante, las cámaras y el personal de Televisión Azteca transmitieron lo mismo que yo. ¿Por qué? Porque entramos juntos al rancho Las Chinitas. Como no había llegado su reportera, el productor se mantuvo a mi lado cada segundo, transmitiendo exactamente las mismas imágenes y el mismo contenido que emitía Televisa. Durante ese primer enlace mis ojos fueron sus ojos y mi voz fue su voz.

Antes de entrar al rancho había mucha tensión en el ambiente, sin embargo, como reportero, aprendes a controlar los nervios. Recuerdo la escena: adentro había personas supuestamente dedicadas al secuestro junto con sus víctimas, y afuera decenas de policías.

En ese tipo de transmisión, el equipo tiene que resolver varias cuestiones para tener buena señal. Todos hablan contigo: el camarógrafo te avisa que está listo y por el auricular, o “chícharo”, escuchas el aire del programa, a los ingenieros de la unidad de control remoto y a la gente de producción que está en la cabina de noticias de avenida Chapultepec. Así que ya tenía suficientes cosas encima como para también indicarles a los policías lo que tenían que hacer, como muchos han querido suponer.

Desconocíamos si las formaciones y movimientos de los integrantes de la afi eran para cuidarnos o para cuidarse ellos. Tampoco sabíamos si habría disparos o alguna situación de riesgo al entrar, como había ocurrido unos meses antes durante la cobertura de la captura de los secuestradores de las hermanas de Thalía, en la que también estuve presente. Esperábamos que la autoridad hiciera su trabajo para poder entrar al rancho y hacer el nuestro.

Hasta la fecha ignoro los protocolos que la afi siguió ese día, o si siguió alguno, pero como siempre lo he dicho cuando alguien lo ha sugerido, jamás coordiné o gestioné acción alguna por parte de los elementos de dicha corporación. De hecho, recuerdo que meses después, cuando Televisa intentó señalarme como supuesto responsable de lo que posteriormente supimos resultó ser un “montaje” por parte de la afi, una persona que trabajada en Los Pinos, dentro de la oficina de la Presidencia, me contó que el presidente Fox y sus asesores comentaron lo burdo del señalamiento: “Si el reportero puede ordenar una maniobra así, disponiendo de Genaro, su equipo y todos los elementos que estaban ahí, entonces el cargo de director de la afi debería ser suyo”, concluyeron.

“Prevenido, Pablo. Vamos después de deportes”, escuché a través del chícharo; se lo repetí a mi camarógrafo y a la gente cercana a la producción. Ese tipo de comunicación es habitual, y hasta el día de hoy la sigo haciendo en cada cobertura.

Cuando Carlos Loret me dio la palabra comencé a hablar. A mis espaldas había decenas de policías. En ese momento nos dieron acceso a ambas televisoras, acción no coordinada por mí ni por nadie de mi equipo, y que tiempo después desnudó la mala fe de los orquestadores de aquel operativo. Recuerdo haber visto policías correr por todos lados mientras el productor de TV Azteca colocaba su micrófono junto a mi mano para que se escuchara lo que yo decía:

“Lo que sabemos es que el jefe de la banda es un hombre que está casado con una mujer de origen francés… Como te comento, éstos son datos que estamos conociendo al momento…” En esa narración usé parte de la información que me habían proporcionado unos minutos antes.

Entramos en una pequeña construcción donde había un hombre sometido en el suelo y, en un sillón, una mujer tapada con una cobija. Sin decir palabra, Luis Cárdenas Palomino la señaló y después apuntó a las armas.

Ése fue mi primer encuentro con Florence Cassez, quien lucía asustada, demacrada. “Esta mujer que vemos aquí tapada es una mujer de origen francés. Era también la esposa y quien ayudó a planear el secuestro.”

—Yo no tengo nada que ver. No soy su esposa —replicó ella, aludiendo a Vallarta.

—¿Qué hace aquí?

—Nada. Yo no sabía nada.

—¿Quién es usted? ¿Qué hacía usted aquí? ¿Sabe que aquí hay tres personas secuestradas al lado de usted?

—No, no lo sabía.

Después me dirigí a Israel Vallarta, quien vestía un suéter verde deslavado y un pantalón claro, pero muy sucio:

—¿Quiénes son las personas que tiene aquí secuestradas? —No, no las conozco.

—Hay un menor de edad —Vallarta guardó silencio y, al instante, Luis Cárdenas, quien lo tenía detenido del cuello, lo presionó. Él se estremeció, quizá exagerando un poco su reacción.

—¿Te duele algo? —le preguntó.

—Usted me pegó —respondió, volteando los ojos hacia Luis.

—¿Quién le pegó? —pregunté.

—No, nada, señor —respondió Israel.

La habitación era muy pequeña, húmeda y fría. Estaba sucia y desordenada. Además, improvisadas placas de tablarroca la dividían en espacios aún más reducidos. Entre policías, cámaras, detenidos y liberados apenas se podía avanzar. Por momentos, permanecimos amontonados en aquel lugar inmundo, sumergidos en un ambiente tenso. El olor podía describirse perfectamente como “a humanidad”.

En una de las diminutas divisiones se encontraba un hombre en cama y con la cabeza vendada. Era Ezequiel Elizalde, un joven que dijo tener tres meses secuestrado y que había sido levantado en un billar del municipio de Chalco. Y que después lo habían subido a una camioneta que, por la descripción, parecía ser una de las que se encontraban en el rancho, la cual mostré en otro enlace.

En la última subdivisión del lugar, sobre otra cama, estaban una mujer, Cristina Ríos Valladares, y su hijo, Christian, ambos en pijama de franela. Afirmaron tener dos meses secuestrados. A pregunta expresa, ella dijo que el plagio ocurrió cuando llevaba al niño a la escuela, en el rumbo de Ferrocarril Hidalgo, y que su esposo —a quien también habían secuestrado— había sido liberado para negociar el rescate. Aseguró que les daban bien de comer a ella y al niño, y que incluso le proporcionaron unos medicamentos que ella tomaba para el riñón. Negó haber visto a sus plagiarios, ya que siempre estaban encapuchados, y que en ciertas ocasiones, como a la hora del baño, le tapaban los ojos. Por esa razón, negó poder identificar a nadie, ni siquiera por el tono de voz, porque aseguró que utilizaban diferentes voces al estar con ellos.

Por su parte, Ezequiel Elizalde narró que lo habían amenazado con cortarle un dedo ese mismo día. Dijo haber sido golpeado y maltratado, al grado de que tenía que hacer sus necesidades más elementales delante de varias personas.

Pese a que los presuntos secuestrados tuvieron la oportunidad de aclarar si habían permanecido previamente en cautiverio en otro lugar y luego habían sido trasladados al rancho Las Chinitas, no lo manifestaron en ningún momento.

Entre los objetos que mostramos en cámara había varias credenciales de elector, algunas sin fotografía, así como teléfonos celulares, fotografías de Israel Vallarta y Florence Cassez, tarjetas personales de presentación con el nombre de la ciudadana francesa, facturas de vehículos, máscaras, pasamontañas y armas de uso exclusivo del ejército. En la pared estaba colgada una chamarra de una asociación policiaca inexistente que, nos dijeron, presumiblemente usaban para engañar a sus víctimas.

Al concluir ese primer enlace, los elementos de la AFI nos permitieron hacer un recorrido por el rancho. Al fondo había una casa un poco más grande que no formó parte del operativo. El tamaño de la finca era considerable, pese a que tenía pocas construcciones. Me llamó la atención que, en un extremo, había una pequeña capilla que estaba prácticamente vacía.

En el segundo enlace, ya sin el equipo de TV Azteca a mi lado, volví a entrevistar a Florence Cassez e Israel Vallarta, que estaban en una camioneta de la afi esperando ser trasladados a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (siedo), actualmente Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (seido). En cuanto a Ezequiel Elizalde, Cristina Ríos y su hijo eran valorados médicamente en una ambulancia de la Cruz Roja.

En esa segunda entrevista, Florence se mostró enfática: —No lo sabía. Para nada. Lo hubiera denunciado. Lo juro —dijo. Y luego añadió—: Estaba trabajando en el Fiesta Americana Grand Chapultepec.

—¿Hace cuánto tiempo que conoce a esta persona?

—Más de un año.

—¿Dónde conoció al señor?

—En un elevador de un edificio donde yo trabajaba antes. —¿Cuánto tiempo tenía usted en este lugar? ¿Vivía con él? Luego de un par de preguntas que no entendió bien, añadió: —Nada más estaba de paso mientras buscaba un departamento. Me iba a ir de su vida para siempre.

Israel Vallarta afirmó dedicarse a la compraventa de autos usados y aseguró que alguien quería lastimar al hijo de Cristina Ríos.

—Fue por eso que yo les pedí que vinieran aquí a mi casa —refiriéndose al rancho Las Chinitas—, para yo garantizar a esta señora que no le iban a hacer nada a su hijo. Nunca hubo la intención de hacer daño a nadie.

Añadió que lo había contratado un hombre llamado Salustio.

Durante las tres horas que duró el noticiero realizamos varios enlaces. Mostramos el garaje del rancho donde había una camioneta forrada en su interior, recubierta con material aislante y en la que supuestamente transportaban a las personas secuestradas. Había otros autos, uno con permiso de circulación sin nombre, otro usado y uno más, desvalijado.

Decidí que para mi siguiente reporte necesitábamos escuchar a la autoridad responsable del operativo. Traté de entrevistar a Luis Cárdenas Palomino, pero por ningún motivo quiso hablar al aire. Ante mi insistencia, accedió a que el entrevistado fuera Javier Garza, director de Operaciones Especiales de la AFI.

—¿Desde cuándo estuvieron persiguiendo este secuestro? —Es una investigación que tiene varios meses; tenemos un registro de por lo menos ocho plagios. Ustedes vieron que tienen identificaciones falsas. Cada vez que rentan una propiedad, lo hacen con diferente identidad, lo que nos dificulta mucho el poder seguirlos, pero es parte del reto que tenemos los investigadores para hacerlo.

Mientras tanto, Luis Cárdenas hablaba con su equipo, vigilaba a los detenidos y se movía por el rancho atendiendo a los reporteros de otros medios que habían arribado siguiendo la noticia. Recuerdo haber visto colegas de Formato 21, Monitor, Reporte 98.5 y Canal 11, junto con fotógrafos de diversos diarios, como La Jornada y Milenio, entre muchos otros. A todos les dieron la misma información, a todos les permitieron entrevistar a la “banda de secuestradores”, platicar con los recién liberados y recorrer el rancho tomando videos y fotografías.

Casi al final del noticiero hubo un último reporte en el que, como lo había hecho en otras ocasiones, Carlos Loret de Mola agradeció y reconoció mi trabajo de esa mañana.

Como cada día durante 10 años de transmisiones, en diferentes noticieros y con diferentes conductores, ese 9 de diciembre de 2005 todo lo que realicé fue en vivo. Es totalmente falso que ese operativo se haya grabado previamente o que hubiera existido algún guion. No hubo ninguna escena actuada, ningún ensayo, ningún director dando instrucciones o solicitando un corte. Ni una sola de las entrevistas que realicé y que salieron al aire se planeó o repitió. No hubo una segunda toma en ningún caso. Todo lo que se vio en pantalla ocurrió tal y como lo vio la gente que siguió el noticiero. Se transmitió fielmente y en el mismo instante en que ocurrió. Nadie que haya estado ahí puede afirmar lo contrario.

El operativo de la “captura de la banda de secuestradores y la liberación de sus víctimas” fue la nota principal de todos los medios a lo largo de ese viernes y durante el fin de semana. Ningún medio, noticiero o periodista denunció haber visto o participado en un montaje. Nadie cuestionó la actuación de la afi o de la prensa, ni los defensores de derechos humanos ni los abogados. Ese día, la Agencia Federal de Investigación se había salido con la suya: nos había engañado a todos.

Historia de un reportero

¿Cómo fue que me hice reportero? Era uno de mis grandes sueños. La oportunidad se presentó a mediados de los años noventa, cuando llegué a Televisa invitado por Ana María Vargas, cotitular de 24 Horas de la Tarde y conductora en Eco. Ana María y yo éramos buenos amigos desde la secundaria; en ese entonces ella contaba con la ayuda de una persona que dejaba su cargo porque Leonardo Kourchenko le ofrecía una oportunidad de crecimiento profesional. Era Erika Aponte, con quien me casé años después. Así, entré a Televisa el 5 de septiembre de 1996, apoyando a Ana María y a Miguel Bárcenas en la realización y coordinación de invitados de un noticiero dedicado a la ecología.

Tenía poco tiempo de trabajar en Televisa cuando me mandó llamar Félix Cortés Camarillo, director del Sistema de Noticias Eco. No nos conocíamos, pero quería hablar conmigo; sin embargo, cada vez que iba a su oficina tenía que reprogramar la cita porque siempre estaba ocupado. Finalmente pudimos coincidir. Estaba expectante de lo que me diría.

—Estoy a tus órdenes —dijo de entrada.

Traté de disimular mi confusión. Era yo quien iba a escuchar lo que él me quería decir.

Opté por presentarme y le hablé del trabajo que realizaba. Félix me escuchó con atención, o por lo menos me dio esa impresión. Casi al terminar me señaló las decenas de pantallas de televisión que tenía en su oficina y agregó:

—Para estar ahí se requiere de mucho talento. He visto tu trabajo y buscaré una plaza para ti.

La siguiente ocasión hablamos vía telefónica. Era 25 de diciembre y yo cubría un motín en el Reclusorio Sur. Cuatro reclusos intentaron fugarse sin éxito y tomaron a 19 personas como rehenes. Estaban armados, lo que generó tensión durante varias horas. Ésa fue una de las primeras ocasiones en que sentí fluir la adrenalina de informar en vivo un acontecimiento y me gustó la sensación.

Como si me faltaran emociones, mi teléfono sonó. En la línea estaba Cortés Camarillo, quien solamente me dijo: “Te estoy viendo”. A pesar de que no volví a su oficina ni hablé con él antes de su salida de la empresa, le guardo un grato recuerdo porque fue el primero en ver en mí el potencial de reportero.

Los días transcurrían en Televisa y surgió un nuevo proyecto. Era un noticiero metropolitano llamado En Concreto, con una plantilla de reporteros formada en su mayoría por jóvenes principiantes.

Eran épocas de cambios y transiciones. Emilio Azcárraga Milmo había fallecido recientemente, en abril de 1997, y la empresa realizaba ajustes financieros, de imagen y contenidos. Parte de esta renovación se orientaba a la forma de hacer noticias, y En Concreto desapareció con apenas un año de vida. Me invitaron, entonces, a integrarme al equipo base de reporteros de Noticieros Televisa. Ahí tuve la oportunidad de trabajar con Jacobo y Abraham Zabludovsky, Guillermo Ortega Ruiz, Jorge Berry, Adela Micha, Leonardo Kourchenko y Joaquín López-Dóriga. Fue una etapa de mucho aprendizaje.

Con la muerte de El Tigre —como todos conocían a don Emilio—, quedó al frente de Televisa el llamado “grupo de los cuatro fantásticos”, conformado por Emilio Azcárraga Jean, Alfonso de Angoitia, Bernardo Gómez y Pepe Bastón, quienes buscaron sanear las finanzas de la empresa y hacerla más atractiva para los anunciantes. Como parte de estos cambios, Jacobo Zabludovsky concluyó el ciclo de 24 Horas, el noticiero estelar de la empresa, cediéndole el espacio a Guillermo Ortega Ruiz en enero de 1998. Con él, nuevos productores y directivos llegaron al área de noticias, entre ellos Federico Wilkins, productor cubano a quien le dieron carta abierta para reestructurar los noticieros.