Opinión

El Árbol de las Brujas • Ray Bradbury

Por uno de los autores más importantes de la literatura del siglo XX.

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ADELANTOS EDITORIALES

Como cada año en la noche de Halloween, un grupo de niños se disfrazan y salen a la calle para pedir premio o prenda. Cuando van a buscar al último chico de la pandilla, Pipkin, lo encuentra alicaído, y éste les pide que le esperen en la casa Fantasmal de la Cañada. Allí les aguarda un peculiar personaje que les descubrirá los orígenes de la fiesta de Halloween.

Fragmento de El árbol de las brujas © 2020, Minotauro. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Ray Bradbury fue un ávido lector en su juventud además de un escritor aficionado. Sus primeros trabajos los vendió a revistas a comienzos de los años cuarenta. Entre novelas, colecciones de cuentos, poemas y obras de teatro, publicó más de treinta títulos. También desarrolló una amplia actividad en el mundo del cine y de la televisión, y en la que destaca su labor como guionista de la película de John Huston Moby Dick (1956).

El Árbol de las Brujas | Ray Bradbury

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento de El árbol de las brujas de Ray Bradbury

1

Era un pueblo pequeño junto a un río pequeño y un lago pequeño en un rincón septentrional de un estado del Medio Oeste. No había alrededor tanta espesura como para que no se viera el pueblo. Pero por otro lado tampoco había tanto pueblo como para que no se viera y sintiera y palpara y oliera la espesura. El pueblo estaba lleno de árboles. Y pasto seco y flores muertas ahora que había llegado el otoño. Y muchas cercas para caminar por encima y aceras para patinar y una cañada donde echarse a rodar y llamar a gritos a los del otro lado. Y el pueblo estaba lleno de...

Chicos.

Y era la tarde de la Noche de las Brujas.

Y todas las casas cerradas contra un viento frío. Y el pueblo lleno de fríos rayos de sol.

Pero de pronto el día se fue.

De abajo de todos los árboles salió la noche y tendió las alas.

Detrás de las puertas de todas las casas hubo un correteo de patitas ratoniles, gritos ahogados, parpadeos de luz.

Detrás de una puerta, Tom Skelton, de trece años, se detuvo y escuchó.

Afuera, el viento anidaba en los árboles, merodeaba por las aceras con pisadas invisibles de gatos invisibles.

Tom Skelton se estremeció. Cualquiera podía saber que el viento de esa noche era un viento especial, y que en las sombras había algo especial, pues era la Víspera del Día de Todos los Santos, la Noche de las Brujas. Todo parecía ser de suave terciopelo negro, o terciopelo anaranjado o dorado.

El humo salía jadeando desde miles de chimeneas como penachos de cortejos fúnebres. De las ventanas de las cocinas llegaban flotando dos aromas de calabazas: el de las calabazas huecas y el de los pasteles en el horno.

Los gritos detrás de las puertas cerradas de las casas se volvieron más exasperados cuando sombras de muchachos volaron junto a las ventanas.

Chicos a medio vestir, las mejillas empastadas de pintura; aquí un jorobado, allá un gigante de mediana estatura. Continuaba el saqueo de desvanes, el ataque a viejas cerraduras, el despanzurramiento de vetustos baúles en busca de disfraces.

Tom Skelton se puso sus huesos.

Sonrió burlón al mirarse la columna vertebral, las costillas, las rótulas cosidas en blanco sobre lienzo negro.

«¡Qué suerte! –pensó–. ¡Menudo nombre que te tocó! Tom Skelton. ¡Fantástico para el Día de las Brujas! ¡Todos te llaman Esqueleto! Y entonces ¿qué te pones?»

Huesos.

Buuum. Ocho puertas de calle cerradas de golpe. Ocho muchachitos ejecutaron una serie de hermosos saltos por encima de tiestos, barandillas, helechos muertos, arbustos, y aterrizaron sobre el césped seco y almidonado de los jardines. Galopando, atropellándose, se apoderaban de una última sábana, ajustaban una última máscara, tironeaban de extraños sombreros hongo o pelucas, gritando por cómo los llevaba el viento, cómo los ayudaba a correr; felices en el viento, o soltando maldiciones infantiles cuando las máscaras se les caían o se les torcían o se les metían en las narices con un olor a muselina, como el aliento caliente de un perro; o sencillamente dejando que la pura alegría de vivir y de estar fuera de noche les colmara los pulmones y les formase en las gargantas un grito y un grito y un... ¡griiitooo!

Ocho muchachos chocaron en una esquina.

–Aquí estoy yo: ¡Bruja!

–¡Hombre-Mono!

–¡Esqueleto! –dijo Tom, muerto de risa dentro de sus huesos.

–¡Gárgola!

–¡Mendigo!

–¡El Señor La Muerte en Persona!

¡Pum! Se sacudieron quitándose de encima los golpes, confundidos en un alboroto de felicidad bajo el farol de la esquina. La oscilante lamparilla eléctrica se mecía al viento como la campana de una catedral. Los adoquines de la calle se transformaron en el entarimado de un barco ebrio escorado y hundido en la sombra y la luz.

Detrás de cada máscara había un chico.

–¿Quién es ese? –señaló Tom Skelton.

–No lo diré. ¡Secreto! –gritó la Bruja, disimulando la voz.

Todos se rieron.

–¿Quién es ese?

–¡La Momia! –gritó el niño envuelto en viejos lienzos amarillentos, como un inmenso cigarro que se paseaba por las calles anochecidas.

–¿Y quién es...?

–¡No hay tiempo! –dijo Alguien Oculto Detrás de Otro Misterio de Muselina y Pintura–. ¡Premio o prenda!

–¡Sí!

Chillando, gimoteando, desbordantes de una alegría macabra, correteaban en todas partes menos en las aceras, saltando por encima de los arbustos y casi cayendo sobre perros que escapaban aullando.

Pero en mitad de las carreras, las risas, los ladridos, de pronto, como si una gran mano de noche, viento y olor de algo raro los detuviese, todos se detuvieron.

–Seis, siete, ocho.

–¡No puede ser! Cuenta otra vez.

–Cuatro, cinco, seis...

–¡Teníamos que ser nueve! ¡Falta alguien!

Se husmearon unos a otros, como bestias asustadas.

–¡No está Pipkin!

 ¿Cómo lo supieron? Todos estaban escondidos detrás de las máscaras. Y sin embargo, y sin embargo...

Podían sentir la ausencia de Pipkin.

–¡Pipkin! En un zillión de años nunca ha faltado a la Noche de las Brujas. Qué horror. ¡Vamos!

En un amplio movimiento de abanico, un trotecito y un meneo perruno, dieron una vuelta entera y se alejaron por la calle empedrada, barridos como hojas en el principio de una tormenta.

–¡Aquí está la casa de Pipkin!

Se detuvieron frenando. Allí estaba la casa de Pipkin, pero no había bastantes calabazas en las ventanas, ni bastantes barbas de maíz en el porche, ni bastantes fantasmones espiando por el vidrio oscuro desde la alta buhardilla.

–Diantre –dijo uno–. ¿Y si Pipkin está enfermo?

–No sería Noche de Brujas sin Pipkin.

–No sería Noche de Brujas –gimieron a coro.

Y uno de ellos arrojó una manzanita ácida a la puerta de Pipkin. Se estrelló con un ruidito apagado, como si un conejo pateara la madera.

Esperaron, entristecidos sin razón, perdidos sin razón. Pensaban en Pipkin y en una Noche de Brujas que podía convertirse en una calabaza podrida con una vela apagada si, si, si... faltaba Pipkin.

Vamos, Pipkin, ¡ven y salva la Noche!

2

¿Por qué esperaban a un chiquillo, por qué temían por él?

Porque...

Porque Joe Pipkin era el chico más extraordinario que hubiera existido jamás. El mejor; cuando se caía de un árbol se reía de la broma. El más generoso; cuando corría alrededor de la pista e iba ganando, viendo a sus amigos rezagados allá lejos, a un kilómetro de distancia, trastabillaba y se dejaba caer, esperaba a que lo alcanzasen, y luego todos juntos, codo con codo, rompían la cinta de llegada. El más divertido; siempre descubría las casas embrujadas del pueblo, difíciles de encontrar, y regresaba a darles la noticia y a llevarlos a todos a husmear por los sótanos y a trepar por los muros cubiertos de hiedra y a gritar por los huecos de las chimeneas y orinar desde los tejados, ululando y bailando como chimpancés y aullando como orangutanes. El día que nació Joe Pipkin toda la Naranja Crush y la soda Nehi del mundo burbujearon desbordando en las botellas, y enjambres de abejas alborozadas invadieron las campiñas para picar a las solteronas. En los cumpleaños de Pipkin, el lago se alejaba de la costa en pleno verano, y retornaba con una marea de chiquillos, un corcovo de cuerpos y una rompiente de carcajadas.

En los amaneceres, desde la cama, oías en la ventana el picoteo de un pájaro. Pipkin.

Asomabas la cabeza al aire matutino del estío, límpido como aguanieve.

Allí sobre el césped húmedo de rocío había huellas de conejo, donde un momento antes no una docena de conejos sino solo un conejo había corrido en círculos y zigzagues, jubiloso, exultante, saltando setos, tronchando helechos, aplastando tréboles. Parecía el campo de maniobras de la terminal ferroviaria. Un millón de huellas en el césped, pero no...

Pipkin.

Y de pronto brotaba allí, en el jardín, como un girasol silvestre, carirredondo, arrebolado por el sol recién nacido. Los ojos de Pipkin chisporroteaban mensajes secretos en morse.

–¡Date prisa! ¡Está por terminar!

–¿Qué?

–¡El día! ¡Ahora! ¡Seis de la mañana! ¡Zambúllete! ¡Crúzalo!

O:

–¡El verano! ¡El verano! Antes que te des cuenta,

¡bum!..., ¡se ha ido! ¡Pronto!

Y desaparecía como girasol y reaparecía todo cebollas.

Pipkin, oh, querido Pipkin, el mejor y el más adorable.

 Cómo podía ser tan rápido, nadie lo sabía. Las zapatillas de tenis de Pipkin eran viejísimas. Verdes de tanto andar por los bosques, parduscas por las viejas caminatas en la siega de setiembre un año atrás, manchadas de alquitrán por las carreras a lo largo de los muelles y las playas donde atracaban las barcazas carboneras, amarillentas por los perros negligentes, atravesadas de astillas por trepar a los cercos de madera. Las ropas de Pipkin eran ropas de espantapájaros, que él prestaba a los perros para que pasearan de noche por el pueblo, mordisqueadas en los puños y con marcas de caídas en las asentaderas.

¿El cabello de Pipkin? Un gran erizo de tiesas dagas de color castaño claro que apuntaban en todas direcciones. Las orejas: pura pelusilla de melocotón. Las manos, enguantadas de polvo y del buen olor de los airdales, y la menta, y los melocotones robados en las huertas lejanas.

Pipkin. Una amalgama de velocidades, olores, texturas; un compendio de todos los chicos que alguna vez corrieron, se cayeron, se levantaron, y corrieron de nuevo.

Nadie, a lo largo de los años, lo había visto quieto alguna vez. Era difícil recordarlo en la escuela, en un banco, durante una hora. Era el último en llegar y el primero en salir como una tromba cuando la campana remataba el día.

Pipkin, encantador Pipkin.

Cantaba muy alto con voz de falsete y tocaba la chicharra y odiaba a las niñas más que toda la pandilla junta.