Opinión

El amor y la libertad · Gérard de Cortanze

La apasionante novela sobre una de las mujeres más increíbles de su tiempo, Tina Modotti.

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ADELANTOS EDITORIALES

Información Nueva York, 1914. Tina, una joven italiana de dieciséis años, espera ansiosa su turno en el control de inmigración, con nerviosismo sostiene un sombrero en la mano derecha y en la izquierda una maleta.

Tras encontrarse con su padre en San Francisco, decide mudarse a Hollywood con la esperanza de ver su nombre en las salas de cine. Sin embargo, la vida le tiene preparado otro camino y, después de conocer al fotógrafo Edward Weston, la pasión la arrastra a una ciega y turbulenta historia de amor.

Mientras explora su libertad sexual y artística, viaja a México, donde se sumerge en el vibrante mundo de los estudios, los cafés y la lucha política de artistas como Frida Kahlo, Diego Rivera o Nahui Olin, convirtiéndose ella misma en activista y revolucionaria.

A partir de entonces continuará desafiando los enfoques convencionales de la sociedad y el arte. Impulsada por un inagotable deseo de reafirmarse como un ser libre, llevará su vida por los caminos más controvertidos, levantando todo tipo de acusaciones a su paso: desde reproches morales hasta denuncias por asesinato y espionaje.

Una novela maravillosamente ambientada entre México, Italia, Francia y Estados Unidos, con una visión mágica que recorre los lugares, personajes y hechos más emblemáticos del siglo pasado.

Gérard de Cortanze, autor de la exitosa novela Los amantes de Coyoacán, ha escrito una historia inolvidable sobre el amor, el arte y el destino de una mujer que no se detuvo ante nada para defender su libertad, la gran Tina Modotti.

Fragmento del libro El amor y la libertad (Paidós), © 2020, Gérard de Cortanze. © 2021 Traducción: Miriam Badillo Rodríguez. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Gérard de Cortanze es un reconocido especialista en la vida y obra de Frida Kahlo. En 2002 obtuvo el prestigioso Premio Renaudot. Es también autor de innumerables libros y artículos sobre el mundo hispano y Latinoamérica, tema central de las conferencias que imparte alrededor del mundo.

El amor y la libertad | Gérard de Cortanze

#AdelantosEditoriales

 

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Me gusta columpiarme en lo alto del cielo

Agosto de 1896-primavera de 1898, Udine

1896. Francia inventa el séptimo arte: Georges Méliès dirige sus primeras películas; en el Grand Café, Auguste y Louis Lumière ofrecen la primera función de cinematógrafo. En El Estado judío, Theodor Herzl, un periodista austrohúngaro impresionado por el antisemitismo exaltado del caso Dreyfus, expone la necesidad de fundar un Estado para ese «pueblo sin tierra». En China, un acuerdo sino-ruso permite la construcción del ferrocarril transmanchuriano. En Inglaterra, los hermanos Harmsworth fundan el Daily Mail. En Canadá, Robert Henderson y el amerindio George Carmack descubren grava aurífera en el arroyo Bonanza: la fiebre del oro puede comenzar. Un año más tarde, Edmond Rostand pone en escena Cyrano de Bergerac en el teatro de la Porte Saint-Martin.

¿E Italia?

Unificada desde 1870, con Roma como capital, se dotó de una nueva Cámara de Diputados, en la cual los socialistas pasaron de ocho escaños a doce, y aplaudió el matrimonio de Víctor Manuel, el príncipe heredero, con la princesa Elena de Montenegro... Pero el nacimiento del Partido Socialista Italiano y la perspectiva de un heredero que asegure la continuidad de la casa de Saboya no constituyen los hechos más importantes de aquella joven nación. El primero de marzo de ese mismo año, 1896, las tropas etíopes del negus Menelik aplastaron al ejército transalpino, en Adua, garantizando así el mantenimiento de la independencia del Imperio etíope:

El número de víctimas italianas es muy elevado. Hay aproximadamente cinco mil muertos, casi todos blancos, entre los que se cuenta a los generales Arimondi y Dabormida y trescientos oficiales. Otro general, cuarenta y cinco oficiales y mil ochocientos italianos fueron hechos prisioneros, además de numerosos heridos y el abandono de toda la artillería, es decir, cincuenta y cinco cañones. Se les mutilaron manos y pies a un millar de prisioneros autóctonos. En el ejército abisinio, por su parte, hubo doce mil muertos y multitud de heridos, y este no persiguió a las tropas italianas en retirada.

Al dolor y la humillación de los patriotas italianos se les añade por primera vez —y esto es muy importante para lo que sigue en nuestra historia—, en los medios de extrema izquierda y al grito de «¡Viva Menelik!», la manifestación de un sentimiento antimilitarista que no teme mostrarse bajo una apariencia antinacional. Aquí y allá, muchedumbres furiosas arrancan vías de ferrocarril para impedir que partan nuevas tropas hacia África. Forzado a dimitir, Francesco Crispi, presidente del Consejo de Ministros, desata una crisis gubernamental que lleva al poder al líder de la derecha, Antonio Starabba, marqués de Rudinì.

En realidad, la crisis ocasionada por el desastre de Adua ya se estaba gestando desde hacía cierto tiempo, alimentada por varios factores: un déficit nacional que en unos años pasó de dieciséis a cuatrocientos noventa y un millones; la ruptura de los acuerdos comerciales con Francia, que arruinó la agricultura meridional; una crisis bancaria sin precedentes que trajo consigo numerosas quiebras comerciales.

¿Y el Friul?

Separado del Véneto al oeste por una llanura baja atravesada por el río Livenza y la línea divisoria de aguas del río Piave; limitando al norte con Austria y al este con Yugoslavia; con un litoral marítimo al sur, el corazón del Friul es la llanura que queda entre el río Tagliamento y el río Natisone, que baja desde los Alpes hasta la ciudad de Grado. Boccaccio da una definición precisa del Friul: «un país frío, pero embellecido por hermosas montañas, muchos ríos y fuentes claras». Situado en una zona donde es fácil el contacto entre dos mundos tan diferentes como el Mediterráneo y la Europa Central, el Friul ha tenido una historia turbulenta y un desarrollo accidentado. Desde el 21 de octubre de 1866, con 144? 988 votos a favor y 36 en contra, forma parte del Reino de Italia. Se dice que los friulanos son un pueblo soñador y apasionado, menos disciplinado de lo que podría pensarse por su contigüidad con la cultura germánica, menos turbulento de lo que haría suponer su proximidad con sus primos italianos del sur. Pier Silverio Leicht se aventura a ofrecer un retrato que nuestra narración se propone contradecir: «Los friulanos tienen una mentalidad pueblerina y no se alejan demasiado del campanario de su iglesia. Como prefieren casarse con alguien de su propio pueblo o de su propio vecindario, rara vez ocurre que elijan a un cónyuge originario de otra parte de Italia, y todavía menos de un país extranjero».

Desde su anexión al Reino de Italia, este «país frío» conoció un gran progreso: agricultura, industria y obras públicas en desarrollo le aseguraron una auténtica prosperidad. Entre los principales logros figuran la apertura del canal de Ledro, que permitía el riego de vastos terrenos, la reforestación de la región cárnica y la construcción del acueducto de Poiana. Se puso en marcha una importante red ferroviaria, junto con una línea de tranvía. Se establecieron medios de comunicación, surgieron industrias: fábricas textiles, manufacturas de algodón, cementeras, complejos eléctricos. Se prestó particular atención al sector de la agricultura, en la que los antiguos métodos de trabajo evolucionaron poco a poco, aunque sin abandonar ciertas formas de asociación entre trabajo y capital.

En el centro de esta región, una ciudad: Udine. Es ahí donde todo comienza. Donde arranca nuestra película. Ya hemos preparado el escenario, se impone un primer plano... En el centro de Udine, una piazza de aires venecianos. Es una de las joyas de la arquitectura del Renacimiento. Las iglesias y los palacios que la componen poseen lujosos interiores, frescos y frisos, y obras de artistas originarios de la propia ciudad e incluso de Venecia. Aquí, el duomo, una iglesia gótica del siglo XIII de tres naves. Allá, el castello, un gran castillo rectangular, edificado sobre un montículo desde el que domina la ciudad. Cuando viaja de Padua a Praga, Chateaubriand anota en sus Memorias de ultratumba:

Udine es una bella ciudad: ahí vi un pórtico que imitaba el palacio de los duques. Cené en la posada, en el cuarto que acababa de ocupar madame, la condesa de Samoyloff, nieta de la princesa Bagration. En el libro de registro del hotel estaba escrito el nombre de mi noble amigo, el conde de La Ferronnays, que regresaba de Praga a Nápoles.

Continuemos con nuestra investigación. En el Friul y en Udine llueve mucho. Es una característica dominante. Se trata de una región que no conoce la dulzura mediterránea, a excepción tal vez de las orillas de la laguna y la baja llanura isontina, así como el sur de las colinas de Collio. Otro elemento esencial del clima friulano: el viento. O más bien, dos céfiros. El primero sopla en invierno, glacial, violento, limpia el cielo y proporciona un buen tiempo seco: el bora. El segundo, portador de lluvia en todas las estaciones, caliente, húmedo, sopla del sureste: el scirocco, que vuelve penoso el calor del verano; «C´è afa», dicen los campesinos, agobiados por una temperatura que los sofoca y debilita.

Volviendo a la lluvia, esta no solo tiene desventajas. En la vasta montaña friulana, muy húmeda, atravesada por ríos abundantes y cursos de agua silvestres, tendrá lugar la edificación, en este fin del siglo XIX, de las primeras instalaciones hidroeléctricas. En 1896, Udine es la tercera ciudad europea, y la segunda ciudad italiana después de Milán, ¡en tener su propio alumbrado eléctrico público! Sin mencionar, claro, las comunicaciones ferroviarias que Austria e Italia se comprometieron a desarrollar y a respetar en paralelo a la firma del acuerdo comercial austro-italiano de 1867. Electricidad, desarrollo ferroviario, agrícola, industrial: Udine, enmarcada por sus altas montañas, instalada en medio de una llanura que ella «domina» desde sus ciento treinta y ocho metros, es sin ninguna duda la capital del Friul. Como prueba de su notoriedad, podemos ver una litografía conmemorativa realizada en ocasión de la inauguración de la línea de ferrocarril que unía Pontebba con Austria y, por tanto, si no es que con toda Europa, al menos sí con la del norte. En ella están representadas la estación de tren y la plaza Víctor Manuel II: una multitud entusiasmada, banderas que ondean en la punta de altos mástiles, y el conjunto coronado por los escudos del Friul y de la Casa de Saboya.

Caminemos por Udine, detengámonos en una calle. En el centro de la ciudad, como decíamos, está la plaza Víctor Manuel, hoy Piazza della Libertà, con su logia veneciana, su pórtico del Renacimiento, su fuente, sus estatuas, su león. Las calles que salen de aquí son estrechas, encerradas entre sus viejos muros. Una vez rebasado el castello, al otro lado de la ciudad, que es el más antiguo, hay otros dédalos, otras calles, y entre ellas una, la via Pracchiuso, con casitas de dos o tres pisos y tiendas que serpentean colina abajo desde una plaza bordeada de árboles; es la misma que describe Boccaccio (otra vez él) en el famoso cuento en el que Dianora le exige a micer Ansaldo un jardín «que en enero florezca como en mayo». Se trata de una calle en mitad de un barrio popular que tiene un nombre bonito, «barrio del amor», y que está protegido por la iglesia de San Valentín —un santo que se festeja cada año por toda la ciudad—, en la que Nicolò Grassi pintó una Asunción de María y el cuadro del altar mayor. Ahí en el número 113, aquel 17 de agosto de 1896, una mujer está dando a luz...

Pequeña, con un rostro muy dulce enmarcado por una larga cabellera negra y espesa, tiene treinta y tres años, lo cual constituye una edad límite en un tiempo en que es habitual la fiebre puerperal y la tasa de mortalidad infantil es elevada. Su nombre: Assunta Modotti. Ejerce la profesión de costurera. Su marido, Giuseppe Saltarini Modotti, un hombre jovial, con un bigote favorecedor, ojos vivos y complexión media, que regresó de Génova, donde intentó sin éxito hacer fortuna, tiene la misma edad que la joven mujer: apenas siete meses más que ella. Giuseppe, quien repartía su trabajo entre la albañilería y la mecánica antes de convertirse, como es tradición en el Friul, en un obrero especializado en la carpintería, no esconde su interés por los asuntos políticos. A finales del siglo XIX, en Italia se desarrolla un socialismo que comienza apenas a liberarse del sentimentalismo de sus primeros simpatizantes garibaldinos, en su mayoría discípulos de Bakunin, para integrarse en la auténtica corriente marxista. Intelectuales y universitarios, incluso aristócratas y, en menor grado, obreros, constituyen el grueso de los grupos reivindicadores que entre 1892 y 1896, luego de los escrutinios de distrito, pasan de ser dos a nueve por ciento. Giuseppe forma parte de esos de diez a quince mil activistas que difunden las teorías marxistas y a quienes Benedetto Croce, senador del Reino de Italia, ve como los hombres «que abren su espíritu a lo que aparece entonces como el objeto de un nuevo fervor y de un nuevo tormento espiritual».

No es el primer hijo de la pareja; ya son padres de la pequeña Mercedes, nacida el 7 de octubre de 1892, poco tiempo después de su matrimonio, y del pequeño Ernesto, que nació dos años más tarde. El bebé, nacido a las once de la mañana, es una niña llamada Assunta Adelaide Luigia, a quien enseguida apodan Assuntina y luego Tina. Será bautizada en la iglesia parroquial de Santa Maria delle Grazie, en Udine, el 27 de enero de 1897. ¿Por qué esta demora de cinco meses respecto del nacimiento? Christiane Barckhausen-Canale aventura una hipótesis: es probable que Demetrio Canale, amigo íntimo de la familia, pero sobre todo redactor jefe del nuevo periódico socialista de Udine y uno de los principales líderes del «círculo socialista», no pudiera asistir antes de esta fecha a una ceremonia que constituye la única concesión de los Modotti al ambiente fuertemente religioso que reina entonces en la ciudad.

La familia Modotti, de la que no podemos decir que viva en la miseria, aun así debe hacer frente a cierta pobreza. Las fotos de la época muestran a esas familias de artesanos o de obreros textiles reunidas, con su ropa de domingo, alrededor del padre o de la madre, con los abuelos sentados en sillas y multitud de niños pegados a sus faldas. En la casita de la via Pracchiuso, las mujeres reinan. Ahí viven Adelaide Zuliani Mondoni, madre de Assunta, y Lucia, su hermana. Ahí vive Domenica, llamada la nonna, la abuela paterna de Assunta, una mujer fuerte y autoritaria. Todas y todos, en esta tierra maltratada por las invasiones y apenas liberada de la presencia austriaca, hablan friulano, una lengua pedregosa que los une para siempre a la Patria del Friuli.

Como ha notado con toda razón Laure Teulières, el Friul es una tierra «marcada por la partida de los hombres, pero también por sus idas y venidas y los recursos que proporcionan», en especial en invierno, una estación fría y muerta durante la cual una cadena migratoria envía a los países limítrofes a vendedores ambulantes, afiladores, hojalateros, estibadores y obreros excavadores que vuelven al país en cuanto el trabajo del campo exige la presencia de sus brazos. Giuseppe Modotti no encaja en ese contexto friulano. Tiene aspiraciones altas para él y su familia. ¿Acaso no sueña con abrir su propio taller como ingeniero mecánico? ¿Acaso no ambiciona convertirse en inventor y, sobre todo, vivir en un mundo mejor, donde las condiciones de trabajo sean otras, donde el socialismo irrigue la vida profesional y las conciencias? ¿Por qué no ir a vivir a otro lado, ofrecerles a su esposa y a sus hijos otra forma de vida?

Es una decisión difícil de tomar. Giuseppe vacila. Sobre todo, porque se empieza a hablar de reformas sociales y el número de diputados socialistas aumenta, así como los representantes de la extrema izquierda. Siguiendo el modelo alemán, la izquierda italiana lanza un diario, Avanti! Para una familia como la de Giuseppe y Assunta, no es poca cosa dejar su ciudad para exiliarse en otro país. Sin embargo, después de todo, la emigración es una especialidad friulana, en particular al final del siglo XIX. Ocho por ciento de la población se va al extranjero, doce por ciento si se cuenta a la emigración clandestina. Se van sobre todo a Europa Central, pero también a Europa del Este. Los friulanos participan en las grandes obras urbanas que se emprenden en Austria y en Hungría, construyen puentes en Rumania, caminos en Bohemia, iglesias en Moscú. Algunos van todavía más lejos: Argentina, Estados Unidos, Canadá. Algunos intentan la aventura francesa, la del noreste: siderurgia, minas de carbón.

Giuseppe duda durante dos años. Un hecho digamos «externo», según afirman algunos exégetas, lo ayudará a tomar la decisión. ¿Acaso no es un amigo cercano de Demetrio Canale, el líder del círculo socialista de Udine? ¿Y también de Luigi Pingat, fotógrafo de oficio, así como de Pietro, hermano de Giuseppe, quien es también fotógrafo y también pertenece al círculo socialista? ¿Acaso no ha apoyado la huelga que acaba de paralizar la industria textil friulana? ¿Acaso no está en contacto con representantes de la clase obrera lombarda, incluso de la austriaca? Además, la miseria empieza a notarse: los impuestos prohibitivos sobre el trigo extranjero, luego de una mala cosecha, trajeron escasez y un aumento del precio del pan. Las condiciones de trabajo son deplorables, el desempleo aumenta, los movimientos sociales terminan con frecuencia en enfrentamientos con la policía armada. Sean cuales sean las razones, económicas o políticas, o incluso una mezcla de ambas, Giuseppe Modotti considera cada vez más seriamente irse a buscar trabajo a Austria...

Entonces, apenas terminados los festejos del quincuagésimo aniversario de las «cinco jornadas» de mayo que, en 1848, provocaron la huida de la ocupación austriaca, Milán se subleva. El enemigo ya no es, pues, un poder extranjero, sino un gobierno reaccionario al servicio de la clase dominante. El historiador y político Pasquale Villari hace una descripción definitiva del amplio malestar político y social que atraviesa entonces Italia:

Cuando en todos los puntos de Italia surgieron incitaciones al tumulto y Milán por fin se levantó, todos creyeron que el día del Juicio Final llegaba y que la catástrofe ya era inevitable. Esta creencia generalizada provocó que se reaccionara como si la catástrofe hubiera ocurrido, y faltó poco para que ocurriera de verdad. Los mismos manifestantes estaban inquietos, porque no se prepararon, no tenían armas, no sabían lo que querían con exactitud, no tenían líderes que los dirigieran. Llegó la hora en que debían actuar ellos mismos como amos, pero cómo, dónde, de qué manera empezar, eso no lo sabían. La burguesía creyó por un momento que el fin del mundo estaba cerca; la autoridad creyó que no era lo bastante fuerte para resistir. Y la revolución, que no existía, terminó por convertirse en un hecho real porque todo el mundo creía que tenía que existir. La indecisión del gobierno en los primeros momentos hizo que el tumulto aumentara, y la reacción, que se emprendió demasiado tarde, estalló con una violencia que ocasionó la muerte de muchos inocentes.

Es la señal del destino que Guiseppe estaba esperando, el acontecimiento que va a precipitar su partida. Dirección: Carintia. El paso se efectuará a través de los Alpes Cárnicos, cuya cadena delimita la frontera norte. Estamos en la primavera de 1898. La pequeña Tina todavía no cumple dos años.