Opinión

Depredadores · Ronan Farrow

El complot para silenciar a las víctimas de abuso

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ADELANTOS EDITORIALES

Mentiras, espionaje y la investigación que cambió el mundo.

En un dramático relato de violencia y espionaje, el periodista de investigación y ganador de un Premio Pulitzer Ronan Farrow expone los poderosos intereses de los depredadores sexuales, empeñados en tapar la verdad a cualquier precio.

En 2017, una investigación rutinaria para la televisión llevó a Ronan Farrow a una historia de la que hasta entonces solo había rumores: uno de los productores más poderosos de Hollywood era un depredador sexual, protegido por miedo, dinero y por una conspiración de silencio. A medida que Farrow se iba acercando a la verdad, desde abogados hasta espías expertos en guerras montaron una campaña secreta de intimidación para amenazar su carrera profesional, siguiendo cada paso que daba, e incluso utilizando contra él una serie de abusos en su propia familia.

Durante todo ese tiempo, Farrow y su productor tuvieron que guardar silencio, hasta que finalmente un rastro de pistas destapó la corrupción y las tapaderas desde Hollywood a Washington y más allá. Esta es la historia no contada de las extrañas tácticas de vigilancia e intimidación desarrolladas por hombres ricos, poderosos y bien relacionados para amenazar a periodistas, evitar responsabilidades y silenciar a las víctimas de abusos. Y es también la historia de mujeres que lo arriesgaron todo para revelar la verdad y alentar un movimiento global.

Una mezcla perfecta de thriller de espionaje y periodismo de investigación, Depredadores aporta nuevas historias demoledoras sobre el desenfrenado abuso de poder y arroja luz a las investigaciones que sacuden nuestra cultura.

Fragmento del libro "Depredadores" de Ronan Farrow. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Ronan Farrow es colaborador habitual en The New Yorker, donde sus reportajes de investigación le valieron el Premio Pulitzer, el National Magazine Award y el George Polk Award, entre otros. Anteriormente trabajó como reportero de investigación en MSNBC y nbc News, y sus crónicas y reportajes aparecieron en publicaciones como The Wall Street Journal, Los Angeles Times y el Washington Post.

Depredadores · Ronan Farrow

#AdelantosEditoriales


Parte 1

El Valle del veneno

1

Cinta

—¿Qué quieres decir con que no se emite mañana?

Mis palabras flotaron por la sala de redacción que empezaba a vaciarse en la cuarta planta del 30 Rockefeller Plaza, antes conocido como el edificio GE, y antes de eso como el edificio RCA. Al otro lado del teléfono, Rich McHugh, mi productor en NBC News, hablaba por encima de lo que sonaba como el bombardeo de Dresde pero no era sino el ambiente natural de un hogar con dos parejas de niños gemelos.

—Acaban de llamar, van a... No, Izzy, tienes que compartirlo... Jackie, no la muerdas, por favor... Papá está al teléfono...

—Pero si es la historia más potente de la serie —dije—. No será la mejor televisión, pero sí la mejor historia de fondo...

—Han dicho que tenemos que aplazarla. Es fakakt —dijo, comiéndose la última sílaba. (McHugh tenía la costumbre de probar a decir palabras yidis, pero nunca le salía bien.)

Emitir una serie de investigaciones consecutivas como la que McHugh y yo estábamos a punto de lanzar precisaba una coreografía. Cada historia implicaba largas y agotadoras jornadas en las salas de montaje de la cadena. Reprogramar una era mucho trabajo.

—¿Aplazarla hasta cuándo? —le pregunté.

Al otro lado de la línea se oyó un crac amortiguado y varias carcajadas seguidas.

—Luego te llamo —me dijo.

Rich McHugh era un veterano de la televisión que había trabajado en la Fox y en MSNBC y, buena parte de la década, en Good Morning America. Era ancho de pecho, pelirrojo y rubicundo, y vestía camisas de guinga en el trabajo. Tenía un trato franco y lacónico que contrastaba con la jerga pasivo-agresiva de la burocracia empresarial.

—Tiene pinta de campesino —dijo el jefe de la unidad de investigación que nos había juntado un año antes—. En cualquier caso, habla como un campesino. No pegáis ni con cola.

—¿Y por qué este encargo, entonces? —pregunté. —Formaréis un buen equipo —respondió encogiéndose de hombros.

McHugh se mostró escéptico. A mí no me gustaba hablar de la historia de mi familia, pero casi todo el mundo la conocía: mi madre, Mia Farrow, era actriz; mi padre, Woody Allen, era director de cine. Mi infancia había quedado estampada a lo largo y ancho de los tabloides sensacionalistas después de que mi hermana Dylan de siete años lo acusara de agresión sexual y de que él iniciara una relación sexual con otra de mis hermanas, Soon-Yi, con la que se acabó casando. Hubo un puñado más de titulares en la prensa cuando ingresé en la universidad a una edad inusualmente joven y cuando partí rumbo a Afganistán y Pakistán como consejero en asuntos de juventud del Departamento de Estado. En 2013 firmé un contrato de cuatro años con NBCUniversal para presentar un programa de mediodía en su canal de noticias por cable, MSNBC, durante su primer año de emisión. Yo soñaba con convertirlo en un programa serio, que se basara en datos fehacientes, y hacia el final me enorgullecí de haber utilizado una franja horaria tan poco propicia para mis historias de investigación. El programa recibió algunas críticas malas al comienzo, buenas críticas al final, y pocos espectadores de principio a fin. Su cancelación pasó prácticamente desapercibida; después, durante años, alegres conocidos me abordarían en fiestas para decirme que les encantaba el programa y que seguían viéndolo a diario. «Muy amable por su parte», les respondía yo.

Luego me integré en la cadena como corresponsal de investigación. En cuanto a Rich McHugh, yo era para él un joven peso pluma con un apellido famoso en busca de algo que hacer porque mi contrato estaba durando más que mi programa televisivo. En este punto es cuando debería decir que el escepticismo era mutuo, pero yo solo quiero caerle bien a todo el mundo.

Trabajar con un productor fuera de casa implicaba pasar con él mucho tiempo en vuelos y coches de alquiler. En nuestros primeros rodajes se hacía el silencio entre nosotros mientras los guardarraíles destellaban por las ventanas, o yo colmaba ese silencio con un parloteo incesante sobre mí que arrancaba algún que otro gruñido a mi compañero.

Pero el dúo empezó a producir poderosas historias para Today, mi programa diario de series de reportajes, y para Nightly News, así como un reticente respeto mutuo. McHugh era la persona más lista que yo había conocido en el negocio de las noticias y un agudo redactor de guiones. Y a los dos nos gustaban los temas peliagudos.

Después de la llamada de McHugh, miré los titulares de la 23 televisión por cable en uno de los televisores de nuestra sala de redacción y luego le escribí un mensaje de texto: «¿No se atreven con la agresión sexual?». La historia que nos habían pedido que reprogramáramos iba de universidades que torpedeaban investigaciones de agresiones sexuales en sus campus. Nosotros habíamos hablado tanto con las víctimas como con los supuestos autores de las agresiones, que unas veces se habían echado a llorar y otras habían pedido salir con el rostro oculto. Era la clase de reportaje que, en la franja horaria de las ocho de la mañana prevista para su emisión, hubiera provocado que Matt Lauer frunciera el ceño, expresara su más sincera preocupación y acto seguido pasara a un segmento sobre el cuidado de la piel de los famosos.

McHugh contestó a mi mensaje: «Sí. Primero lo de Trump y ahora las agresiones sexuales».

Era un domingo por la tarde de principios de octubre de 2016. El viernes anterior, el Washington Post había publicado un artículo que tituló con mesura: «Trump grabado en conversación extremadamente obscena sobre mujeres en 2005». Un vídeo, de esos que entraban en la categoría de «no apto para ver en el trabajo», acompañaba el artículo. En un soliloquio grabado por Access Hollywood, un programa de noticias sobre famosos, Donald Trump salía perorando sobre cómo agarrar a una mujer «del coño». «Intenté follármela. Estaba casada. Ahora se ha puesto unas tetazas falsas y toda la parafernalia», decía.

El interlocutor de Trump era Billy Bush, el presentador de Access Hollywood, un hombre menudo con un pelazo. Si lo colocabas al lado de cualquier famoso, producía una lluvia incesante de chistes de alfombra roja nada memorables pero alguna vez curiosos. «¿Cómo lleva tener ese culo?», le preguntó una vez a Jennifer López. Cuando ella, visiblemente incómoda, le replicó: «¿Se está quedando conmigo? No puedo creer que me haya preguntado eso», él respondió: «Pues ¡acabo de hacerlo!».

Total, que cuando Trump describía sus proezas, Bush gorjeaba y soltaba risitas de aprobación. «¡Sí! ¡Donald se ha marcado un tanto!»

Access Hollywood era propiedad de NBCUniversal. Después de que el Washington Post diera la primicia aquel viernes, las plataformas de la NBC retransmitieron sus propias versiones. Cuando Access divulgó la cinta, suprimió algunos de los comentarios más picantes de Bush. Algunos críticos preguntaron en qué momento los directivos de la NBC habían sabido de la existencia de la cinta y si la habían ocultado a propósito. Las distintas versiones filtradas presentaban distintas cronologías. En llamadas «oficiosas» a reporteros, algunos directivos de la NBC dijeron que la historia aún no estaba lista, que requería un mayor análisis desde el punto de vista jurídico. (Un colaborador del Washington Post observó con aspereza tras una de estas llamadas: «El directivo desconocía cualquier cuestión jurídica específica que pudiera plantear la difusión de una grabación hecha once años atrás a un candidato presidencial que, al parecer, estaba al corriente de que un programa de televisión lo estaba grabando en aquel momento».) Dos abogadas de NBCUniversal, Kim Harris y Susan Weiner, revisaron la cinta y autorizaron su difusión, pero la NBC dudó, perdiendo así una de las historias electorales más importantes de una generación.

Había un problema más: Today acababa de incluir a Billy Bush en su elenco de presentadores. Ni siquiera dos meses antes habían retransmitido el vídeo «Conoce mejor a Billy», con secuencias en las que salía depilándose el pelo del pecho en directo.

McHugh y yo llevábamos meses editando e investigando los aspectos jurídicos de nuestras series. Sin embargo, el problema se hizo visible en el momento en que empecé a promocionarlas en las redes sociales. «Ven a ver la disculpa de #BillyBush, quédate a ver cómo #RonanFarrow explica por qué es necesaria una disculpa», tuiteó un espectador.

«Pues claro que han aplazado lo de las agresiones sexuales —escribí al móvil de McHugh una hora más tarde—. Billy Bush tendría que salir a disculparse por la conversación del coño e iría pegado a nuestro tiempo en antena.» Billy Bush no pidió disculpas ese día. Mientras yo aguardaba entre bastidores en el Studio 1A a la mañana siguiente, echándole una ojeada a mi guion, Savannah Guthrie anunció: «Hasta que se investigue más a fondo el asunto, NBC News ha suspendido a Billy Bush, el presentador de la tercera hora de Today, por su participación en la conversación con Donald Trump». Y, sin más demora, enlazaron con un programa de cocina, risas descontroladas, y luego con mi historia del abuso de anfetaminas en los campus universitarios, que adelantaron apresuradamente para sustituir el de las agresiones sexuales.

En los años que precedieron a la difusión de la cinta de Access Hollywood habíamos asistido a un reflote de acusaciones de agresión sexual contra el comediante Bill Cosby. En julio de 2016, Gretchen Carlson, antigua figura de Fox News, presentó una demanda de acoso sexual contra el director de esa cadena, Roger Ailes. Poco después de que se difundiera la cinta de Trump, mujeres de al menos quince ciudades protagonizaron sentadas y protestas delante de edificios Trump, entonando consignas de emancipación y portando carteles con imágenes de gatos: gatos aullando o arqueándose, engalanados con la frase si me agarras, te agarro.2 Cuatro mujeres declararon públicamente que Trump las había sobado o besado sin su consentimiento de manera muy similar a la que había descrito como una práctica rutinaria a Billy Bush. La campaña de Trump las acusó de fabuladoras. Un hashtag, popularizado por la comentarista Liz Plank, pedía explicaciones de por qué #WomenDontReport (Las mujeres no denuncian). «Una abogada penalista dijo que, como yo había rodado una escena de sexo en una película, jamás ganaría contra el jefe del estudio», tuiteó la actriz Rose McGowan. «Ha sido un secreto a voces en Hollywood/los medios, y a mí me culpaban mientras que a mi violador lo adulaban. Ya es hora de que haya un poco de honradez en este mundo de mierda», añadió.

En inglés pussy puede significar «gato» o «coño». Trump dijo que agarraba a las mujeres «by the pussy», «por el coño».

2

Morder

Desde la creación de los primeros estudios, pocos productores de la industria del cine han sido tan dominantes, o déspotas, como este al que McGowan se estaba refiriendo. Harvey Weinstein fue cofundador de las compañías de producción y distribución Miramax y Weinstein Company, y contribuyó a reinventar el modelo de cine independiente con películas como Sexo, mentiras y cintas de vídeo, Pulp Fiction y Shakespeare enamorado. Sus películas han obtenido más de trescientas nominaciones a los Óscar y, en las ceremonias anuales, Weinstein se ha llevado más agradecimientos que cualquier otra persona en la historia del cine, solo por debajo de Steven Spielberg y varios puestos por encima de Dios. En ocasiones, hasta esta distinción parecía acertada: una vez Meryl Streep bromeó diciendo que Weinstein era Dios.

Weinstein medía un metro ochenta y dos y era corpulento. Tenía la cara torcida y uno de sus ojos era más pequeño y bizqueaba. Solía llevar holgadas camisetas sobre vaqueros caídos por detrás que le daban un perfil orondo. Hijo de un cortador de diamantes, se había criado en Queens. De adolescente, él y su hermano menor, Bob, se escabulleron para ver Los 400 golpes en un cine de arte y ensayo, creyendo que sería una «película de sexo». En cambio, se toparon con François Truffaut y nació su amor por el cine intelectual. Weinstein se matriculó en la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo, en parte porque la ciudad contaba con múltiples salas de cine. A los dieciocho años, él y un amigo llamado Corky Burger crearon una columna para el periódico estudiantil Spectrum, protagonizada por un personaje al que llamaron Denny el Buscavidas, que amenazaba a mujeres hasta someterlas. «Denny el Buscavidas no aceptaba un no por respuesta —podía leerse en la columna—. Él siempre se te acerca con una psicología de mando, o para profanos en la materia: "Mira, cielo, soy probablemente la persona más atractiva y excitante que vayas a conocer en tu vida... Y, si te niegas a bailar conmigo, lo más probable es que te rompa esta botella de Schmidt en el cráneo".»

Weinstein dejó la universidad para abrir un negocio con su hermano Bob y con Burger. Primero usaron la marca Harvey and Corky Productions, que se especializó en la promoción de conciertos. Pero en una sala que compró en Búfalo, Weinstein empezó a proyectar las películas independientes y extranjeras que le habían enamorado. Al final, Harvey y Bob Weinstein fundaron Miramax, llamada así en honor a sus padres, Miriam y Max, y empezaron a comprar pequeñas producciones extranjeras. Weinstein demostró que tenía un don para convertir las películas en todo un acontecimiento. Los hermanos recibieron premios, como la inesperada Palma de Oro en Cannes por Sexo, mentiras y cintas de vídeo. A principios de los noventa, Disney compró Miramax. Durante una década entera, Weinstein fue la gallina que ponía un huevo de oro tras otro. Y en la década del 2000, cuando la relación con Disney se rompió y los hermanos fundaron una nueva empresa, la Weinstein Company, rápidamente recaudaron fondos por valor de cientos de millones de dólares. Weinstein ni siquiera había recuperado sus días de gloria, pero ganó dos premios Óscar consecutivos a la Mejor Fotografía por El discurso del rey en 2010 y The Artist en 2011. En el curso de su ascenso se casó con su asistente, se divorció de ella y más tarde desposó a una aspirante a actriz que había empezado a incluir en papeles menores.

Weinstein era célebre por su forma intimidatoria, amenazante incluso, de hacer negocios. Tenía un comportamiento deimático, capaz de expandirse para asustar, como un pez globo que se hincha. Se erguía contra sus rivales o subalternos cara a cara, con el rostro encendido. «Un día estaba sentada a mi mesa de trabajo y creí que nos había sacudido un terremoto —dijo de él una vez Donna Gigliotti, que compartió un Óscar con Weinstein por la producción de Shakespeare enamorado—. La pared tembló y yo me levanté de mi silla. Luego me dijeron que era que Weinstein había estampado un cenicero de mármol contra la pared.» Y entonces empezaron las historias, casi siempre rumores, de una clase de violencia más oscura contra las mujeres, y de los esfuerzos por acallar a sus víctimas. Cada pocos años, un periodista, alarmado por los rumores, metía la nariz para ver si el humo conducía al fuego.

Para Weinstein, los meses anteriores a las elecciones presidenciales de 2016 transcurrieron como si no hubiera pasado nada. Lo veías, tan tranquilo, en un cóctel en honor a William J. Bratton, el excomisario de Nueva York. Lo veías riéndose con Jay-Z, anunciando un contrato de cine y televisión con el rapero. Y también lo veías estrechando lazos duraderos con políticos del Partido Demócrata, para los que durante mucho tiempo fue uno de sus principales recaudadores de fondos.

A lo largo de ese año Weinstein formó parte del grupo de expertos que rodeaban a Hillary Clinton. «Seguramente voy a deciros algo que ya sabéis, pero esto hay que silenciarlo», escribió por correo electrónico al equipo de Clinton, refiriéndose a los mensajes enviados a los votantes latinos y afroamericanos por parte de la campaña rival de Bernie Sanders. «En este artículo tenéis todo lo que hablamos ayer», decía en otro mensaje en el que adjuntó una columna crítica con Sanders, presionando a favor de una campaña sucia. «A punto de remitírsela a un creativo. He tomado tu idea y la he puesto en marcha», respondió el director de campaña de Clinton. Para cuando terminó el año, Weinstein había recaudado cientos de miles de dólares para Clinton.

Unos días antes de los tuits de Rose McGowan en ese mes de octubre, Weinstein se encontraba en el St. James Theatre de Nueva York para asistir a una generosa recaudación de fondos que él había coproducido para Clinton y que ingresó más de dos millones de dólares en las arcas de su campaña. Bañada en una luz púrpura, la cantante y compositora Sara Bareilles entonaba:

«Your history of silence won´t do you any good / Did you think it would? / Let your words be anything but empty / Why don´t you tell them the truth?». La cosa parecía dar demasiado en el clavo como para ser cierta, pero así es como ocurrió.

La influencia de Weinstein había menguado algo en los últimos años, pero era suficiente para seguir contando con la aceptación pública de las élites. Cuando la última temporada de premios arrancó aquel otoño, un crítico de cine del Hollywood Reporter, Stephen Galloway, escribió un artículo titulado «Harvey Weinstein, el hijo pródigo», con el subtítulo «Hay numerosas razones para animarlo, especialmente ahora».

En torno a esa misma época, Weinstein envió un correo electrónico a su equipo legal, entre ellos David Boies, el notorio abogado que había representado a Al Gore en la disputa de las elecciones presidenciales del año 2000 y había defendido a un matrimonio entre personas del mismo sexo ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos. David Boies llevaba años representando a Weinstein. En aquella época era casi un octogenario, seguía siendo esbelto y su rostro se había arrugado con la edad, lo que le daba un aspecto amable y accesible. «El grupo Black Cube de Israel se ha puesto en contacto conmigo a través de Ehud Barak —escribió Weinstein—. Son estrategas y dicen que tu despacho ha trabajado con ellos. Escríbeles un correo electrónico cuando puedas.»

Ehud Barak era el ex primer ministro de Israel y jefe del Estado Mayor del ejército israelí. Black Cube, la empresa que había recomendado a Weinstein, estaba dirigida por exagentes del Mossad y otras agencias de inteligencia israelí. Tenía sucursales en Tel Aviv, Londres y París, y ofrecía a sus clientes las destrezas de agentes «altamente experimentados y entrenados en las unidades de élite de la inteligencia militar y gubernamental de Israel», de acuerdo con sus informaciones.

Más tarde ese mismo mes, el bufete de David Boies firmó «Tu pasado de silencio no te hará ningún bien. / ¿Creíste que te lo iba a hacer? / Que tus palabras no sean vacuas. / ¿Por qué la verdad no les haces saber?» un contrato confidencial con Black Cube, y pagó 100 000 dólares por un período de trabajo inicial. En los documentos relativos a la misión, a menudo se velaba la identidad de Weinstein. Los documentos se referían a él como «el cliente final» o «el señor X». Si lo hubieran nombrado, escribió un agente de Black Cube, «le habría cabreado muchísimo».

Weinstein parecía emocionado con el asunto. Durante una reunión a finales de noviembre, presionó a Black Cube para seguir adelante. Invirtieron más dinero, y la agencia puso en marcha una serie de operaciones agresivas que llamaron «Fase 2A» y «Fase 2B».

Poco después, un reportero llamado Ben Wallace recibió una llamada de un número que no reconoció, con prefijo del Reino Unido. Wallace rozaba los cincuenta y llevaba gafas estrechas de profesor. Unos años antes había publicado The Billionaire´s Vinegar, la historia de la botella de vino más cara 31 del mundo. Más recientemente había escrito para New York Magazine, donde se había pasado las últimas semanas comentando con los empleados los rumores sobre Weinstein.

—Puede llamarme Anna —dijo la voz al otro lado del teléfono con un refinado acento europeo. Después de graduarse en la universidad, Ben Wallace vivió unos años en la República Checa y Hungría. Tenía buen oído para los acentos, pero no conseguía ubicar el de esta mujer. Supuso que sería alemana—. Un amigo me ha pasado su número.

Le dijo que sabía que estaba trabajando en un reportaje sobre la industria del ocio. Wallace se quedó pensando en cuál de sus amigos podría haberle pasado estos datos. Pocas personas estaban al tanto de su encargo.

—Es posible que tenga algo que pueda interesarle —continuó ella. Cuando Wallace intentó sonsacarle más información, la mujer se mostró renuente. La información que tenía era confidencial, dijo. Era necesario que se vieran en persona. Él vaciló un instante, pero luego pensó: «¿Qué hay de malo en ello?». Necesitaba dar un salto y avanzar en el reportaje. Tal vez ella podría propiciarlo.

El lunes siguiente por la mañana, Wallace se sentó en una cafetería del SoHo con la mujer misteriosa e intentó calarla. Rondaba los treinta y cinco años, cabello rubio largo, ojos oscuros, pómulos marcados y nariz romana. Llevaba unas Converse y joyas de oro. Anna dijo que aún no se sentía cómoda para darle su nombre real. Estaba asustada y se debatía entre si seguir adelante o no. Wallace ya había detectado esta reacción en sus conversaciones con otras fuentes. Le dijo que se tomara su tiempo.

Para su siguiente encuentro, que tuvo lugar no mucho después, Anna escogió el bar de un hotel en el mismo barrio. Cuando llegó Wallace, ella le sonrió, insinuante, incluso seductora. Ya había pedido una copa de vino. «No muerdo —le dijo, dando un golpecito en el asiento que había junto al suyo—. Venga, siéntese a mi lado.» Wallace dijo que estaba resfriado y pidió un té. Si iban a colaborar, le dijo, necesitaba saber más. Al oír esto, Anna se hundió y su rostro se torció de dolor. Empezó a describir sus experiencias con Weinstein esforzándose aparentemente por contener las lágrimas. Que había pasado por algo íntimo y perturbador estaba fuera de toda duda, pero era cauta con los detalles. Anna quiso saber más antes de responder a todas las preguntas de Wallace y le preguntó qué le había llevado a aceptar el encargo y qué clase de impacto buscaba. Mientras Wallace contestaba, Anna se inclinó hacia delante y extendió visiblemente su muñeca hacia él.

Para Wallace, trabajar en esta historia se estaba convirtiendo en una experiencia extraña y tensa. Había una intensidad de rumores en el ambiente a la que no estaba acostumbrado. Incluso recibía llamadas de otros periodistas: Seth Freedman, un inglés que había colaborado con el Guardian, se puso en contacto con él poco después, insinuando que había oído rumores acerca de lo que Wallace estaba investigando y quería ayudarle.

3

Cloacas

La primera semana de noviembre de 2016, justo antes de las elecciones, Dylan Howard, redactor jefe del National Enquirer, dio una orden poco habitual a un empleado: «Hay que sacarlo todo de la caja fuerte. Y después tenemos que bajar allí una trituradora». Howard era del sureste de Australia.

Tenía una mata pelirroja de trol en la cabeza y la cara redonda, y usaba gafas de culo de vaso y corbatas chillonas. Aquel día le invadió el pánico. El Wall Street Journal acababa de llamar al National Enquirer para comentar una historia que involucraba a Dylan Howard y a David Pecker, el director de American Media Inc. (AMI), la empresa matriz del National Enquirer. La historia aseguraba que AMI había aceptado un encargo a petición de Donald Trump para seguir una pista, no con el objetivo de publicarla, sino de borrarla.

El empleado abrió la caja fuerte, sacó una serie de documentos e intentó cerrarla a duras penas. Más tarde, los reporteros hablarían de la caja fuerte como del almacén donde se guardaba el Arca de la Alianza en Indiana Jones; sin embargo, la caja era pequeña, barata y vieja. Se hallaba en un despacho que durante años había pertenecido al veterano director general de la revista, Barry Levine. Tenía tendencia a bloquearse.

Fueron necesarios varios intentos y una videollamada a la pareja del empleado para conseguir que la caja se cerrara finalmente. Más tarde ese mismo día, según otro empleado, un equipo de residuos recogió y se llevó un volumen de desechos mucho mayor del habitual. Un documento de la caja fuerte que incumbía a Trump, además de otros en poder del National Enquirer, habían sido destruidos en la trituradora.

En junio de 2016, Dylan Howard confeccionó una lista de las cloacas de Trump acumuladas en los archivos de AMI, que se remontaban a varios decenios atrás. Después de las elecciones, Michael Cohen, el abogado de Trump, solicitó todo el material sobre el nuevo presidente que el imperio de los tabloides pudiera tener. Se produjo un debate interno: algunos empezaron a comprender que, si entregaban todo el material, se crearía un rastro de pruebas documentales problemático en el plano jurídico, y se resistieron. No obstante, Dylan Howard y el personal de dirección ordenaron que el material de los informes que no estuviera ya en la pequeña caja fuerte fuera exhumado de unos depósitos de almacenamiento en Florida, y que lo enviaran a la sede de AMI. Cuando llegó el material, primero lo metieron en la pequeña caja fuerte y, después, cuando subió la temperatura política sobre la relación entre la revista y el presidente, en una caja fuerte más grande ubicada en el despacho del jefe de recursos humanos, Daniel Rotstein. (Las oficinas de recursos humanos de la empresa matriz del National Enquirer, bromeó con fingida sorpresa una persona familiarizada con la compañía, no estaban, en realidad, en un club de estriptis.) Fue solo después, cuando uno de los empleados que se había mostrado escéptico empezó a inquietarse y fue a hacer comprobaciones, cuando descubrieron que pasaba algo: la lista de las cloacas de Trump no cuadraba con los archivos físicos. Faltaba parte del material. Howard juró y perjuró a sus colegas que nunca habían destruido nada, afirmación que mantiene hasta hoy.

En cierto sentido, destruir documentos habría sido coherente con la línea de malas praxis que durante años había caracterizado al National Enquirer y a su empresa matriz. «Siempre estamos en el límite de lo que es legalmente permisible —me dijo un empleado veterano de AMI—. Es muy emocionante.» Conseguir historiales médicos por medios ilícitos era una maniobra común de la compañía: el National Enquirer tenía topos infiltrados en los principales hospitales.

Uno de estos topos, que había sustraído del Centro Médico de UCLA los historiales de Britney Spears y de Farah Fawcett, entre otras personas famosas, finalmente se declaró culpable de un delito grave.

AMI practicaba rutinariamente lo que un empleado tras otro llamó «chantaje»: retener la publicación de información comprometida a cambio de pistas o exclusivas. Y los empleados rumoreaban sobre un lado aún más oscuro de las operaciones de AMI, como la red de subcontratistas que unas veces cobraba por canales creativos para eludir la vigilancia y otras empleaba tácticas activas e intrusivas.

En otro sentido, no obstante, parecía que algo nuevo estaba sucediendo en las oficinas que AMI tenía en el distrito financiero de Manhattan. David Pecker conocía a Donald Trump desde hacía muchos lustros. Cuando un reportero le dijo a Pecker, después de las elecciones, que criticar a Trump no equivalía a criticar a AMI, este respondió: «Para mí sí. Ese hombre es un buen amigo mío». Durante años ambos gozaron de una alianza que les beneficiaba mutuamente. Pecker, un antiguo contable del Bronx de cabello encanecido y ancho mostacho, consiguió acercarse al poder y a las numerosas prebendas de Trump. «Pecker consiguió viajar en su jet privado», dijo Maxine Page, que había trabajado a intervalos en AMI, de 2002 a 2012, siendo una de sus atribuciones la de directora ejecutiva en una de las páginas web de la compañía.

Dylan Howard también se benefició de los favores de Trump.

En vísperas de la investidura presidencial de 2017, envió mensajes de texto a amigos y colegas con fotografías de su participación en los festejos.

Para Trump, el fruto de la relación era más consecuente.

Otro antiguo redactor jefe, Jerry George, calculó que, durante sus veintiocho años en el National Enquirer, Pecker había tumbado quizá diez reportajes enteros sobre Trump y rechazado posibles pistas.

Mientras Trump se preparaba para postularse como candidato, la alianza pareció intensificarse y tomar otro cariz. De la noche a la mañana, el National Enquirer respaldaba formalmente a Trump y, junto con otras agencias de AMI, difundió a bombo y platillo titulares servilistas. «¡no le busques las cosquillas a Donald Trump!», anunciaba un número del Globe. «¡ya verán como gana Trump!», añadía el National Enquirer. Con el título «¡Los retorcidos secretos de los candidatos!», el tabloide revelaba sobre Trump: «¡Cuenta con más apoyo y popularidad de lo que ha llegado a reconocer!». Las alarmantes portadas sobre la supuesta traición y la debilitada salud de Hillary Clinton habían llegado para quedarse. «¡los archivos psicológicos secretos de la sociópata hillary clinton al descubierto!», aullaban, y «hillary: ¡corrupta! ¡racista! ¡criminal!». Los signos de exclamación daban a los titulares un aire de anuncio de musical barato. Una de las tramas secundarias favoritas era la muerte inminente de Hillary Clinton. (Milagrosamente, esta desafió el pronóstico del tabloide y aguantó las elecciones enteras al borde de la muerte.) No mucho antes de que los votantes acudieran a su cita con las urnas, Howard mandó reunir un montón de portadas para que Pecker se las enseñara a Trump.

Durante la campaña, colaboradores de Trump, entre los que se contaba Michael Cohen, llamaron a Pecker y a Howard. Otro de ellos, el asesor político Roger Stone, sembró una serie entera de portadas sobre Ted Cruz, el rival de Trump en las primarias republicanas, que narraban una endiablada teoría de la conspiración sobre la vinculación del padre de Cruz con el asesinato de John F. Kennedy. Howard llegó a ponerse en contacto con Alex Jones, una personalidad maníaca de la radio cuyas teorías conspirativas habían dado un empujón a la candidatura de Trump y después se difundieron en el programa de Jones. A veces, la plantilla de AMI recibía la orden de no limitarse meramente a enterrar pistas poco favorecedoras sobre el candidato preferido de la revista, sino de buscar información y sellarla en las cámaras acorazadas de la compañía. «Es una puta locura —me dijo uno de ellos más tarde—. Al final aquello parecía una operación de Pravda.»

El pacto con Trump no era la única alianza que Howard y Pecker alimentaban. En 2015, AMI había cerrado un acuerdo de producción con Harvey Weinstein. Mientras las tiradas menguaban, el acuerdo autorizaba a AMI, nominalmente, a crear un programa televisivo derivado de su sitio web Radar Online. Pero su relación tenía otro cariz. Aquel año Howard y Weinstein se acercaron. Cuando una modelo fue a la policía para denunciar que Weinstein la había manoseado, Howard pidió a sus empleados que dejaran de informar sobre el asunto; y más adelante exploró la posibilidad de comprarle a la modelo los derechos de la historia a cambio de que firmara un acuerdo de confidencialidad. Cuando la actriz Ashley Judd denunció que el jefe de un estudio la había acosado sexualmente, identificando prácticamente a Weinstein, los periodistas de AMI recibieron órdenes de hurgar en la rehabilitación de la actriz para perjudicarla. Tras la aparición de las denuncias de Rose McGowan, un colega de Howard recuerda haberle oído decir: «Quiero mierda sobre esa zorra».

A finales de 2016 la relación se afianzó. En un correo electrónico, Howard reenvió muy orgulloso a Weinstein la última obra de uno de los freelancers de AMI: una grabación secreta de una mujer a la que había pinchado para que hiciera declaraciones contra Rose McGowan. «Tengo algo buenísimo», escribió Howard. La mujer había «atacado a Rose con mucha dureza».

«Con esto nos la cargamos —respondió Weinstein—. Especialmente si mis huellas no están ahí.»

«No están —escribió Howard—. Y, entre tú y yo, la conversación está grabada.» En otro correo, Howard le envió una lista de contactos con los que cebarse siguiendo la misma línea. «Hablemos de los siguientes pasos en cada caso», escribió.

El National Enquirer era un tabloide cloaca, un lugar al que iba a parar gran parte de los rumores más feos de Estados Unidos. Cuando, por orden de los amigos más poderosos de AMI, ciertas historias eran abandonadas o enterradas satisfactoriamente, iban a descansar en los archivos del National Enquirer, en eso que algunos empleados llamaban kill file (archivo asesino). Mientras su colaboración con Weinstein se afianzaba, Howard se había dedicado a escudriñar este almacén histórico. Un día de aquel otoño, recuerdan sus colegas, pidió que sacaran un archivo específico relacionado con el presentador de una cadena de televisión.


Mentiras, espionaje y la investigación que cambió el mundo.

En un dramático relato de violencia y espionaje, el periodista de investigación y ganador de un Premio Pulitzer Ronan Farrow expone los poderosos intereses de los depredadores sexuales, empeñados en tapar la verdad a cualquier precio.

En 2017, una investigación rutinaria para la televisión llevó a Ronan Farrow a una historia de la que hasta entonces solo había rumores: uno de los productores más poderosos de Hollywood era un depredador sexual, protegido por miedo, dinero y por una conspiración de silencio. A medida que Farrow se iba acercando a la verdad, desde abogados hasta espías expertos en guerras montaron una campaña secreta de intimidación para amenazar su carrera profesional, siguiendo cada paso que daba, e incluso utilizando contra él una serie de abusos en su propia familia.

Durante todo ese tiempo, Farrow y su productor tuvieron que guardar silencio, hasta que finalmente un rastro de pistas destapó la corrupción y las tapaderas desde Hollywood a Washington y más allá. Esta es la historia no contada de las extrañas tácticas de vigilancia e intimidación desarrolladas por hombres ricos, poderosos y bien relacionados para amenazar a periodistas, evitar responsabilidades y silenciar a las víctimas de abusos. Y es también la historia de mujeres que lo arriesgaron todo para revelar la verdad y alentar un movimiento global.

Una mezcla perfecta de thriller de espionaje y periodismo de investigación, Depredadores aporta nuevas historias demoledoras sobre el desenfrenado abuso de poder y arroja luz a las investigaciones que sacuden nuestra cultura.

Fragmento del libro "Depredadores" de Ronan Farrow. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Ronan Farrow es colaborador habitual en The New Yorker, donde sus reportajes de investigación le valieron el Premio Pulitzer, el National Magazine Award y el George Polk Award, entre otros. Anteriormente trabajó como reportero de investigación en MSNBC y nbc News, y sus crónicas y reportajes aparecieron en publicaciones como The Wall Street Journal, Los Angeles Times y el Washington Post.

Depredadores · Ronan Farrow

#AdelantosEditoriales


Parte 1

El Valle del veneno

1

Cinta

—¿Qué quieres decir con que no se emite mañana?

Mis palabras flotaron por la sala de redacción que empezaba a vaciarse en la cuarta planta del 30 Rockefeller Plaza, antes conocido como el edificio GE, y antes de eso como el edificio RCA. Al otro lado del teléfono, Rich McHugh, mi productor en NBC News, hablaba por encima de lo que sonaba como el bombardeo de Dresde pero no era sino el ambiente natural de un hogar con dos parejas de niños gemelos.

—Acaban de llamar, van a... No, Izzy, tienes que compartirlo... Jackie, no la muerdas, por favor... Papá está al teléfono...

—Pero si es la historia más potente de la serie —dije—. No será la mejor televisión, pero sí la mejor historia de fondo...

—Han dicho que tenemos que aplazarla. Es fakakt —dijo, comiéndose la última sílaba. (McHugh tenía la costumbre de probar a decir palabras yidis, pero nunca le salía bien.)

Emitir una serie de investigaciones consecutivas como la que McHugh y yo estábamos a punto de lanzar precisaba una coreografía. Cada historia implicaba largas y agotadoras jornadas en las salas de montaje de la cadena. Reprogramar una era mucho trabajo.

—¿Aplazarla hasta cuándo? —le pregunté.

Al otro lado de la línea se oyó un crac amortiguado y varias carcajadas seguidas.

—Luego te llamo —me dijo.

Rich McHugh era un veterano de la televisión que había trabajado en la Fox y en MSNBC y, buena parte de la década, en Good Morning America. Era ancho de pecho, pelirrojo y rubicundo, y vestía camisas de guinga en el trabajo. Tenía un trato franco y lacónico que contrastaba con la jerga pasivo-agresiva de la burocracia empresarial.

—Tiene pinta de campesino —dijo el jefe de la unidad de investigación que nos había juntado un año antes—. En cualquier caso, habla como un campesino. No pegáis ni con cola.

—¿Y por qué este encargo, entonces? —pregunté. —Formaréis un buen equipo —respondió encogiéndose de hombros.

McHugh se mostró escéptico. A mí no me gustaba hablar de la historia de mi familia, pero casi todo el mundo la conocía: mi madre, Mia Farrow, era actriz; mi padre, Woody Allen, era director de cine. Mi infancia había quedado estampada a lo largo y ancho de los tabloides sensacionalistas después de que mi hermana Dylan de siete años lo acusara de agresión sexual y de que él iniciara una relación sexual con otra de mis hermanas, Soon-Yi, con la que se acabó casando. Hubo un puñado más de titulares en la prensa cuando ingresé en la universidad a una edad inusualmente joven y cuando partí rumbo a Afganistán y Pakistán como consejero en asuntos de juventud del Departamento de Estado. En 2013 firmé un contrato de cuatro años con NBCUniversal para presentar un programa de mediodía en su canal de noticias por cable, MSNBC, durante su primer año de emisión. Yo soñaba con convertirlo en un programa serio, que se basara en datos fehacientes, y hacia el final me enorgullecí de haber utilizado una franja horaria tan poco propicia para mis historias de investigación. El programa recibió algunas críticas malas al comienzo, buenas críticas al final, y pocos espectadores de principio a fin. Su cancelación pasó prácticamente desapercibida; después, durante años, alegres conocidos me abordarían en fiestas para decirme que les encantaba el programa y que seguían viéndolo a diario. «Muy amable por su parte», les respondía yo.

Luego me integré en la cadena como corresponsal de investigación. En cuanto a Rich McHugh, yo era para él un joven peso pluma con un apellido famoso en busca de algo que hacer porque mi contrato estaba durando más que mi programa televisivo. En este punto es cuando debería decir que el escepticismo era mutuo, pero yo solo quiero caerle bien a todo el mundo.

Trabajar con un productor fuera de casa implicaba pasar con él mucho tiempo en vuelos y coches de alquiler. En nuestros primeros rodajes se hacía el silencio entre nosotros mientras los guardarraíles destellaban por las ventanas, o yo colmaba ese silencio con un parloteo incesante sobre mí que arrancaba algún que otro gruñido a mi compañero.

Pero el dúo empezó a producir poderosas historias para Today, mi programa diario de series de reportajes, y para Nightly News, así como un reticente respeto mutuo. McHugh era la persona más lista que yo había conocido en el negocio de las noticias y un agudo redactor de guiones. Y a los dos nos gustaban los temas peliagudos.

Después de la llamada de McHugh, miré los titulares de la 23 televisión por cable en uno de los televisores de nuestra sala de redacción y luego le escribí un mensaje de texto: «¿No se atreven con la agresión sexual?». La historia que nos habían pedido que reprogramáramos iba de universidades que torpedeaban investigaciones de agresiones sexuales en sus campus. Nosotros habíamos hablado tanto con las víctimas como con los supuestos autores de las agresiones, que unas veces se habían echado a llorar y otras habían pedido salir con el rostro oculto. Era la clase de reportaje que, en la franja horaria de las ocho de la mañana prevista para su emisión, hubiera provocado que Matt Lauer frunciera el ceño, expresara su más sincera preocupación y acto seguido pasara a un segmento sobre el cuidado de la piel de los famosos.

McHugh contestó a mi mensaje: «Sí. Primero lo de Trump y ahora las agresiones sexuales».

Era un domingo por la tarde de principios de octubre de 2016. El viernes anterior, el Washington Post había publicado un artículo que tituló con mesura: «Trump grabado en conversación extremadamente obscena sobre mujeres en 2005». Un vídeo, de esos que entraban en la categoría de «no apto para ver en el trabajo», acompañaba el artículo. En un soliloquio grabado por Access Hollywood, un programa de noticias sobre famosos, Donald Trump salía perorando sobre cómo agarrar a una mujer «del coño». «Intenté follármela. Estaba casada. Ahora se ha puesto unas tetazas falsas y toda la parafernalia», decía.

El interlocutor de Trump era Billy Bush, el presentador de Access Hollywood, un hombre menudo con un pelazo. Si lo colocabas al lado de cualquier famoso, producía una lluvia incesante de chistes de alfombra roja nada memorables pero alguna vez curiosos. «¿Cómo lleva tener ese culo?», le preguntó una vez a Jennifer López. Cuando ella, visiblemente incómoda, le replicó: «¿Se está quedando conmigo? No puedo creer que me haya preguntado eso», él respondió: «Pues ¡acabo de hacerlo!».

Total, que cuando Trump describía sus proezas, Bush gorjeaba y soltaba risitas de aprobación. «¡Sí! ¡Donald se ha marcado un tanto!»

Access Hollywood era propiedad de NBCUniversal. Después de que el Washington Post diera la primicia aquel viernes, las plataformas de la NBC retransmitieron sus propias versiones. Cuando Access divulgó la cinta, suprimió algunos de los comentarios más picantes de Bush. Algunos críticos preguntaron en qué momento los directivos de la NBC habían sabido de la existencia de la cinta y si la habían ocultado a propósito. Las distintas versiones filtradas presentaban distintas cronologías. En llamadas «oficiosas» a reporteros, algunos directivos de la NBC dijeron que la historia aún no estaba lista, que requería un mayor análisis desde el punto de vista jurídico. (Un colaborador del Washington Post observó con aspereza tras una de estas llamadas: «El directivo desconocía cualquier cuestión jurídica específica que pudiera plantear la difusión de una grabación hecha once años atrás a un candidato presidencial que, al parecer, estaba al corriente de que un programa de televisión lo estaba grabando en aquel momento».) Dos abogadas de NBCUniversal, Kim Harris y Susan Weiner, revisaron la cinta y autorizaron su difusión, pero la NBC dudó, perdiendo así una de las historias electorales más importantes de una generación.

Había un problema más: Today acababa de incluir a Billy Bush en su elenco de presentadores. Ni siquiera dos meses antes habían retransmitido el vídeo «Conoce mejor a Billy», con secuencias en las que salía depilándose el pelo del pecho en directo.

McHugh y yo llevábamos meses editando e investigando los aspectos jurídicos de nuestras series. Sin embargo, el problema se hizo visible en el momento en que empecé a promocionarlas en las redes sociales. «Ven a ver la disculpa de #BillyBush, quédate a ver cómo #RonanFarrow explica por qué es necesaria una disculpa», tuiteó un espectador.

«Pues claro que han aplazado lo de las agresiones sexuales —escribí al móvil de McHugh una hora más tarde—. Billy Bush tendría que salir a disculparse por la conversación del coño e iría pegado a nuestro tiempo en antena.» Billy Bush no pidió disculpas ese día. Mientras yo aguardaba entre bastidores en el Studio 1A a la mañana siguiente, echándole una ojeada a mi guion, Savannah Guthrie anunció: «Hasta que se investigue más a fondo el asunto, NBC News ha suspendido a Billy Bush, el presentador de la tercera hora de Today, por su participación en la conversación con Donald Trump». Y, sin más demora, enlazaron con un programa de cocina, risas descontroladas, y luego con mi historia del abuso de anfetaminas en los campus universitarios, que adelantaron apresuradamente para sustituir el de las agresiones sexuales.

En los años que precedieron a la difusión de la cinta de Access Hollywood habíamos asistido a un reflote de acusaciones de agresión sexual contra el comediante Bill Cosby. En julio de 2016, Gretchen Carlson, antigua figura de Fox News, presentó una demanda de acoso sexual contra el director de esa cadena, Roger Ailes. Poco después de que se difundiera la cinta de Trump, mujeres de al menos quince ciudades protagonizaron sentadas y protestas delante de edificios Trump, entonando consignas de emancipación y portando carteles con imágenes de gatos: gatos aullando o arqueándose, engalanados con la frase si me agarras, te agarro.2 Cuatro mujeres declararon públicamente que Trump las había sobado o besado sin su consentimiento de manera muy similar a la que había descrito como una práctica rutinaria a Billy Bush. La campaña de Trump las acusó de fabuladoras. Un hashtag, popularizado por la comentarista Liz Plank, pedía explicaciones de por qué #WomenDontReport (Las mujeres no denuncian). «Una abogada penalista dijo que, como yo había rodado una escena de sexo en una película, jamás ganaría contra el jefe del estudio», tuiteó la actriz Rose McGowan. «Ha sido un secreto a voces en Hollywood/los medios, y a mí me culpaban mientras que a mi violador lo adulaban. Ya es hora de que haya un poco de honradez en este mundo de mierda», añadió.

En inglés pussy puede significar «gato» o «coño». Trump dijo que agarraba a las mujeres «by the pussy», «por el coño».

2

Morder

Desde la creación de los primeros estudios, pocos productores de la industria del cine han sido tan dominantes, o déspotas, como este al que McGowan se estaba refiriendo. Harvey Weinstein fue cofundador de las compañías de producción y distribución Miramax y Weinstein Company, y contribuyó a reinventar el modelo de cine independiente con películas como Sexo, mentiras y cintas de vídeo, Pulp Fiction y Shakespeare enamorado. Sus películas han obtenido más de trescientas nominaciones a los Óscar y, en las ceremonias anuales, Weinstein se ha llevado más agradecimientos que cualquier otra persona en la historia del cine, solo por debajo de Steven Spielberg y varios puestos por encima de Dios. En ocasiones, hasta esta distinción parecía acertada: una vez Meryl Streep bromeó diciendo que Weinstein era Dios.

Weinstein medía un metro ochenta y dos y era corpulento. Tenía la cara torcida y uno de sus ojos era más pequeño y bizqueaba. Solía llevar holgadas camisetas sobre vaqueros caídos por detrás que le daban un perfil orondo. Hijo de un cortador de diamantes, se había criado en Queens. De adolescente, él y su hermano menor, Bob, se escabulleron para ver Los 400 golpes en un cine de arte y ensayo, creyendo que sería una «película de sexo». En cambio, se toparon con François Truffaut y nació su amor por el cine intelectual. Weinstein se matriculó en la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo, en parte porque la ciudad contaba con múltiples salas de cine. A los dieciocho años, él y un amigo llamado Corky Burger crearon una columna para el periódico estudiantil Spectrum, protagonizada por un personaje al que llamaron Denny el Buscavidas, que amenazaba a mujeres hasta someterlas. «Denny el Buscavidas no aceptaba un no por respuesta —podía leerse en la columna—. Él siempre se te acerca con una psicología de mando, o para profanos en la materia: "Mira, cielo, soy probablemente la persona más atractiva y excitante que vayas a conocer en tu vida... Y, si te niegas a bailar conmigo, lo más probable es que te rompa esta botella de Schmidt en el cráneo".»

Weinstein dejó la universidad para abrir un negocio con su hermano Bob y con Burger. Primero usaron la marca Harvey and Corky Productions, que se especializó en la promoción de conciertos. Pero en una sala que compró en Búfalo, Weinstein empezó a proyectar las películas independientes y extranjeras que le habían enamorado. Al final, Harvey y Bob Weinstein fundaron Miramax, llamada así en honor a sus padres, Miriam y Max, y empezaron a comprar pequeñas producciones extranjeras. Weinstein demostró que tenía un don para convertir las películas en todo un acontecimiento. Los hermanos recibieron premios, como la inesperada Palma de Oro en Cannes por Sexo, mentiras y cintas de vídeo. A principios de los noventa, Disney compró Miramax. Durante una década entera, Weinstein fue la gallina que ponía un huevo de oro tras otro. Y en la década del 2000, cuando la relación con Disney se rompió y los hermanos fundaron una nueva empresa, la Weinstein Company, rápidamente recaudaron fondos por valor de cientos de millones de dólares. Weinstein ni siquiera había recuperado sus días de gloria, pero ganó dos premios Óscar consecutivos a la Mejor Fotografía por El discurso del rey en 2010 y The Artist en 2011. En el curso de su ascenso se casó con su asistente, se divorció de ella y más tarde desposó a una aspirante a actriz que había empezado a incluir en papeles menores.

Weinstein era célebre por su forma intimidatoria, amenazante incluso, de hacer negocios. Tenía un comportamiento deimático, capaz de expandirse para asustar, como un pez globo que se hincha. Se erguía contra sus rivales o subalternos cara a cara, con el rostro encendido. «Un día estaba sentada a mi mesa de trabajo y creí que nos había sacudido un terremoto —dijo de él una vez Donna Gigliotti, que compartió un Óscar con Weinstein por la producción de Shakespeare enamorado—. La pared tembló y yo me levanté de mi silla. Luego me dijeron que era que Weinstein había estampado un cenicero de mármol contra la pared.» Y entonces empezaron las historias, casi siempre rumores, de una clase de violencia más oscura contra las mujeres, y de los esfuerzos por acallar a sus víctimas. Cada pocos años, un periodista, alarmado por los rumores, metía la nariz para ver si el humo conducía al fuego.

Para Weinstein, los meses anteriores a las elecciones presidenciales de 2016 transcurrieron como si no hubiera pasado nada. Lo veías, tan tranquilo, en un cóctel en honor a William J. Bratton, el excomisario de Nueva York. Lo veías riéndose con Jay-Z, anunciando un contrato de cine y televisión con el rapero. Y también lo veías estrechando lazos duraderos con políticos del Partido Demócrata, para los que durante mucho tiempo fue uno de sus principales recaudadores de fondos.

A lo largo de ese año Weinstein formó parte del grupo de expertos que rodeaban a Hillary Clinton. «Seguramente voy a deciros algo que ya sabéis, pero esto hay que silenciarlo», escribió por correo electrónico al equipo de Clinton, refiriéndose a los mensajes enviados a los votantes latinos y afroamericanos por parte de la campaña rival de Bernie Sanders. «En este artículo tenéis todo lo que hablamos ayer», decía en otro mensaje en el que adjuntó una columna crítica con Sanders, presionando a favor de una campaña sucia. «A punto de remitírsela a un creativo. He tomado tu idea y la he puesto en marcha», respondió el director de campaña de Clinton. Para cuando terminó el año, Weinstein había recaudado cientos de miles de dólares para Clinton.

Unos días antes de los tuits de Rose McGowan en ese mes de octubre, Weinstein se encontraba en el St. James Theatre de Nueva York para asistir a una generosa recaudación de fondos que él había coproducido para Clinton y que ingresó más de dos millones de dólares en las arcas de su campaña. Bañada en una luz púrpura, la cantante y compositora Sara Bareilles entonaba:

«Your history of silence won´t do you any good / Did you think it would? / Let your words be anything but empty / Why don´t you tell them the truth?». La cosa parecía dar demasiado en el clavo como para ser cierta, pero así es como ocurrió.

La influencia de Weinstein había menguado algo en los últimos años, pero era suficiente para seguir contando con la aceptación pública de las élites. Cuando la última temporada de premios arrancó aquel otoño, un crítico de cine del Hollywood Reporter, Stephen Galloway, escribió un artículo titulado «Harvey Weinstein, el hijo pródigo», con el subtítulo «Hay numerosas razones para animarlo, especialmente ahora».

En torno a esa misma época, Weinstein envió un correo electrónico a su equipo legal, entre ellos David Boies, el notorio abogado que había representado a Al Gore en la disputa de las elecciones presidenciales del año 2000 y había defendido a un matrimonio entre personas del mismo sexo ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos. David Boies llevaba años representando a Weinstein. En aquella época era casi un octogenario, seguía siendo esbelto y su rostro se había arrugado con la edad, lo que le daba un aspecto amable y accesible. «El grupo Black Cube de Israel se ha puesto en contacto conmigo a través de Ehud Barak —escribió Weinstein—. Son estrategas y dicen que tu despacho ha trabajado con ellos. Escríbeles un correo electrónico cuando puedas.»

Ehud Barak era el ex primer ministro de Israel y jefe del Estado Mayor del ejército israelí. Black Cube, la empresa que había recomendado a Weinstein, estaba dirigida por exagentes del Mossad y otras agencias de inteligencia israelí. Tenía sucursales en Tel Aviv, Londres y París, y ofrecía a sus clientes las destrezas de agentes «altamente experimentados y entrenados en las unidades de élite de la inteligencia militar y gubernamental de Israel», de acuerdo con sus informaciones.

Más tarde ese mismo mes, el bufete de David Boies firmó «Tu pasado de silencio no te hará ningún bien. / ¿Creíste que te lo iba a hacer? / Que tus palabras no sean vacuas. / ¿Por qué la verdad no les haces saber?» un contrato confidencial con Black Cube, y pagó 100 000 dólares por un período de trabajo inicial. En los documentos relativos a la misión, a menudo se velaba la identidad de Weinstein. Los documentos se referían a él como «el cliente final» o «el señor X». Si lo hubieran nombrado, escribió un agente de Black Cube, «le habría cabreado muchísimo».

Weinstein parecía emocionado con el asunto. Durante una reunión a finales de noviembre, presionó a Black Cube para seguir adelante. Invirtieron más dinero, y la agencia puso en marcha una serie de operaciones agresivas que llamaron «Fase 2A» y «Fase 2B».

Poco después, un reportero llamado Ben Wallace recibió una llamada de un número que no reconoció, con prefijo del Reino Unido. Wallace rozaba los cincuenta y llevaba gafas estrechas de profesor. Unos años antes había publicado The Billionaire´s Vinegar, la historia de la botella de vino más cara 31 del mundo. Más recientemente había escrito para New York Magazine, donde se había pasado las últimas semanas comentando con los empleados los rumores sobre Weinstein.

—Puede llamarme Anna —dijo la voz al otro lado del teléfono con un refinado acento europeo. Después de graduarse en la universidad, Ben Wallace vivió unos años en la República Checa y Hungría. Tenía buen oído para los acentos, pero no conseguía ubicar el de esta mujer. Supuso que sería alemana—. Un amigo me ha pasado su número.

Le dijo que sabía que estaba trabajando en un reportaje sobre la industria del ocio. Wallace se quedó pensando en cuál de sus amigos podría haberle pasado estos datos. Pocas personas estaban al tanto de su encargo.

—Es posible que tenga algo que pueda interesarle —continuó ella. Cuando Wallace intentó sonsacarle más información, la mujer se mostró renuente. La información que tenía era confidencial, dijo. Era necesario que se vieran en persona. Él vaciló un instante, pero luego pensó: «¿Qué hay de malo en ello?». Necesitaba dar un salto y avanzar en el reportaje. Tal vez ella podría propiciarlo.

El lunes siguiente por la mañana, Wallace se sentó en una cafetería del SoHo con la mujer misteriosa e intentó calarla. Rondaba los treinta y cinco años, cabello rubio largo, ojos oscuros, pómulos marcados y nariz romana. Llevaba unas Converse y joyas de oro. Anna dijo que aún no se sentía cómoda para darle su nombre real. Estaba asustada y se debatía entre si seguir adelante o no. Wallace ya había detectado esta reacción en sus conversaciones con otras fuentes. Le dijo que se tomara su tiempo.

Para su siguiente encuentro, que tuvo lugar no mucho después, Anna escogió el bar de un hotel en el mismo barrio. Cuando llegó Wallace, ella le sonrió, insinuante, incluso seductora. Ya había pedido una copa de vino. «No muerdo —le dijo, dando un golpecito en el asiento que había junto al suyo—. Venga, siéntese a mi lado.» Wallace dijo que estaba resfriado y pidió un té. Si iban a colaborar, le dijo, necesitaba saber más. Al oír esto, Anna se hundió y su rostro se torció de dolor. Empezó a describir sus experiencias con Weinstein esforzándose aparentemente por contener las lágrimas. Que había pasado por algo íntimo y perturbador estaba fuera de toda duda, pero era cauta con los detalles. Anna quiso saber más antes de responder a todas las preguntas de Wallace y le preguntó qué le había llevado a aceptar el encargo y qué clase de impacto buscaba. Mientras Wallace contestaba, Anna se inclinó hacia delante y extendió visiblemente su muñeca hacia él.

Para Wallace, trabajar en esta historia se estaba convirtiendo en una experiencia extraña y tensa. Había una intensidad de rumores en el ambiente a la que no estaba acostumbrado. Incluso recibía llamadas de otros periodistas: Seth Freedman, un inglés que había colaborado con el Guardian, se puso en contacto con él poco después, insinuando que había oído rumores acerca de lo que Wallace estaba investigando y quería ayudarle.

3

Cloacas

La primera semana de noviembre de 2016, justo antes de las elecciones, Dylan Howard, redactor jefe del National Enquirer, dio una orden poco habitual a un empleado: «Hay que sacarlo todo de la caja fuerte. Y después tenemos que bajar allí una trituradora». Howard era del sureste de Australia.

Tenía una mata pelirroja de trol en la cabeza y la cara redonda, y usaba gafas de culo de vaso y corbatas chillonas. Aquel día le invadió el pánico. El Wall Street Journal acababa de llamar al National Enquirer para comentar una historia que involucraba a Dylan Howard y a David Pecker, el director de American Media Inc. (AMI), la empresa matriz del National Enquirer. La historia aseguraba que AMI había aceptado un encargo a petición de Donald Trump para seguir una pista, no con el objetivo de publicarla, sino de borrarla.

El empleado abrió la caja fuerte, sacó una serie de documentos e intentó cerrarla a duras penas. Más tarde, los reporteros hablarían de la caja fuerte como del almacén donde se guardaba el Arca de la Alianza en Indiana Jones; sin embargo, la caja era pequeña, barata y vieja. Se hallaba en un despacho que durante años había pertenecido al veterano director general de la revista, Barry Levine. Tenía tendencia a bloquearse.

Fueron necesarios varios intentos y una videollamada a la pareja del empleado para conseguir que la caja se cerrara finalmente. Más tarde ese mismo día, según otro empleado, un equipo de residuos recogió y se llevó un volumen de desechos mucho mayor del habitual. Un documento de la caja fuerte que incumbía a Trump, además de otros en poder del National Enquirer, habían sido destruidos en la trituradora.

En junio de 2016, Dylan Howard confeccionó una lista de las cloacas de Trump acumuladas en los archivos de AMI, que se remontaban a varios decenios atrás. Después de las elecciones, Michael Cohen, el abogado de Trump, solicitó todo el material sobre el nuevo presidente que el imperio de los tabloides pudiera tener. Se produjo un debate interno: algunos empezaron a comprender que, si entregaban todo el material, se crearía un rastro de pruebas documentales problemático en el plano jurídico, y se resistieron. No obstante, Dylan Howard y el personal de dirección ordenaron que el material de los informes que no estuviera ya en la pequeña caja fuerte fuera exhumado de unos depósitos de almacenamiento en Florida, y que lo enviaran a la sede de AMI. Cuando llegó el material, primero lo metieron en la pequeña caja fuerte y, después, cuando subió la temperatura política sobre la relación entre la revista y el presidente, en una caja fuerte más grande ubicada en el despacho del jefe de recursos humanos, Daniel Rotstein. (Las oficinas de recursos humanos de la empresa matriz del National Enquirer, bromeó con fingida sorpresa una persona familiarizada con la compañía, no estaban, en realidad, en un club de estriptis.) Fue solo después, cuando uno de los empleados que se había mostrado escéptico empezó a inquietarse y fue a hacer comprobaciones, cuando descubrieron que pasaba algo: la lista de las cloacas de Trump no cuadraba con los archivos físicos. Faltaba parte del material. Howard juró y perjuró a sus colegas que nunca habían destruido nada, afirmación que mantiene hasta hoy.

En cierto sentido, destruir documentos habría sido coherente con la línea de malas praxis que durante años había caracterizado al National Enquirer y a su empresa matriz. «Siempre estamos en el límite de lo que es legalmente permisible —me dijo un empleado veterano de AMI—. Es muy emocionante.» Conseguir historiales médicos por medios ilícitos era una maniobra común de la compañía: el National Enquirer tenía topos infiltrados en los principales hospitales.

Uno de estos topos, que había sustraído del Centro Médico de UCLA los historiales de Britney Spears y de Farah Fawcett, entre otras personas famosas, finalmente se declaró culpable de un delito grave.

AMI practicaba rutinariamente lo que un empleado tras otro llamó «chantaje»: retener la publicación de información comprometida a cambio de pistas o exclusivas. Y los empleados rumoreaban sobre un lado aún más oscuro de las operaciones de AMI, como la red de subcontratistas que unas veces cobraba por canales creativos para eludir la vigilancia y otras empleaba tácticas activas e intrusivas.

En otro sentido, no obstante, parecía que algo nuevo estaba sucediendo en las oficinas que AMI tenía en el distrito financiero de Manhattan. David Pecker conocía a Donald Trump desde hacía muchos lustros. Cuando un reportero le dijo a Pecker, después de las elecciones, que criticar a Trump no equivalía a criticar a AMI, este respondió: «Para mí sí. Ese hombre es un buen amigo mío». Durante años ambos gozaron de una alianza que les beneficiaba mutuamente. Pecker, un antiguo contable del Bronx de cabello encanecido y ancho mostacho, consiguió acercarse al poder y a las numerosas prebendas de Trump. «Pecker consiguió viajar en su jet privado», dijo Maxine Page, que había trabajado a intervalos en AMI, de 2002 a 2012, siendo una de sus atribuciones la de directora ejecutiva en una de las páginas web de la compañía.

Dylan Howard también se benefició de los favores de Trump.

En vísperas de la investidura presidencial de 2017, envió mensajes de texto a amigos y colegas con fotografías de su participación en los festejos.

Para Trump, el fruto de la relación era más consecuente.

Otro antiguo redactor jefe, Jerry George, calculó que, durante sus veintiocho años en el National Enquirer, Pecker había tumbado quizá diez reportajes enteros sobre Trump y rechazado posibles pistas.

Mientras Trump se preparaba para postularse como candidato, la alianza pareció intensificarse y tomar otro cariz. De la noche a la mañana, el National Enquirer respaldaba formalmente a Trump y, junto con otras agencias de AMI, difundió a bombo y platillo titulares servilistas. «¡no le busques las cosquillas a Donald Trump!», anunciaba un número del Globe. «¡ya verán como gana Trump!», añadía el National Enquirer. Con el título «¡Los retorcidos secretos de los candidatos!», el tabloide revelaba sobre Trump: «¡Cuenta con más apoyo y popularidad de lo que ha llegado a reconocer!». Las alarmantes portadas sobre la supuesta traición y la debilitada salud de Hillary Clinton habían llegado para quedarse. «¡los archivos psicológicos secretos de la sociópata hillary clinton al descubierto!», aullaban, y «hillary: ¡corrupta! ¡racista! ¡criminal!». Los signos de exclamación daban a los titulares un aire de anuncio de musical barato. Una de las tramas secundarias favoritas era la muerte inminente de Hillary Clinton. (Milagrosamente, esta desafió el pronóstico del tabloide y aguantó las elecciones enteras al borde de la muerte.) No mucho antes de que los votantes acudieran a su cita con las urnas, Howard mandó reunir un montón de portadas para que Pecker se las enseñara a Trump.

Durante la campaña, colaboradores de Trump, entre los que se contaba Michael Cohen, llamaron a Pecker y a Howard. Otro de ellos, el asesor político Roger Stone, sembró una serie entera de portadas sobre Ted Cruz, el rival de Trump en las primarias republicanas, que narraban una endiablada teoría de la conspiración sobre la vinculación del padre de Cruz con el asesinato de John F. Kennedy. Howard llegó a ponerse en contacto con Alex Jones, una personalidad maníaca de la radio cuyas teorías conspirativas habían dado un empujón a la candidatura de Trump y después se difundieron en el programa de Jones. A veces, la plantilla de AMI recibía la orden de no limitarse meramente a enterrar pistas poco favorecedoras sobre el candidato preferido de la revista, sino de buscar información y sellarla en las cámaras acorazadas de la compañía. «Es una puta locura —me dijo uno de ellos más tarde—. Al final aquello parecía una operación de Pravda.»

El pacto con Trump no era la única alianza que Howard y Pecker alimentaban. En 2015, AMI había cerrado un acuerdo de producción con Harvey Weinstein. Mientras las tiradas menguaban, el acuerdo autorizaba a AMI, nominalmente, a crear un programa televisivo derivado de su sitio web Radar Online. Pero su relación tenía otro cariz. Aquel año Howard y Weinstein se acercaron. Cuando una modelo fue a la policía para denunciar que Weinstein la había manoseado, Howard pidió a sus empleados que dejaran de informar sobre el asunto; y más adelante exploró la posibilidad de comprarle a la modelo los derechos de la historia a cambio de que firmara un acuerdo de confidencialidad. Cuando la actriz Ashley Judd denunció que el jefe de un estudio la había acosado sexualmente, identificando prácticamente a Weinstein, los periodistas de AMI recibieron órdenes de hurgar en la rehabilitación de la actriz para perjudicarla. Tras la aparición de las denuncias de Rose McGowan, un colega de Howard recuerda haberle oído decir: «Quiero mierda sobre esa zorra».

A finales de 2016 la relación se afianzó. En un correo electrónico, Howard reenvió muy orgulloso a Weinstein la última obra de uno de los freelancers de AMI: una grabación secreta de una mujer a la que había pinchado para que hiciera declaraciones contra Rose McGowan. «Tengo algo buenísimo», escribió Howard. La mujer había «atacado a Rose con mucha dureza».

«Con esto nos la cargamos —respondió Weinstein—. Especialmente si mis huellas no están ahí.»

«No están —escribió Howard—. Y, entre tú y yo, la conversación está grabada.» En otro correo, Howard le envió una lista de contactos con los que cebarse siguiendo la misma línea. «Hablemos de los siguientes pasos en cada caso», escribió.

El National Enquirer era un tabloide cloaca, un lugar al que iba a parar gran parte de los rumores más feos de Estados Unidos. Cuando, por orden de los amigos más poderosos de AMI, ciertas historias eran abandonadas o enterradas satisfactoriamente, iban a descansar en los archivos del National Enquirer, en eso que algunos empleados llamaban kill file (archivo asesino). Mientras su colaboración con Weinstein se afianzaba, Howard se había dedicado a escudriñar este almacén histórico. Un día de aquel otoño, recuerdan sus colegas, pidió que sacaran un archivo específico relacionado con el presentador de una cadena de televisión.