#Océano

Déjame · Armando Ramírez

"En esto de las relaciones no importan clase social, nacionalidad o cultura, el hombre es hombre y la mujer, mujer, con nuestros cachivaches existenciales".

Por ADELANTOS EDITORIALES 23/03/2019 02:11 p.m.


¿Fue realmente una confusión o, más bien, fue la mano secreta del destino la que condujo a Armando Ramírez a la Casa España, edificio colonial de cantera y tezontle ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México?

Allí, mientras prepara un reportaje para la televisión, el periodista y escritor conoce a Lucía, una misteriosa mujer que se convierte no sólo en una obsesión y en un enigma a descifrar, sino también en el vehículo que lo lleva a pasar revista a las mujeres que, a lo largo de su vida, lo guiaron por los vericuetos de la pasión amorosa.

Teniendo como escenario una ciudad donde convergen el pasado y el presente, Armando Ramírez nos ofrece una novela que mezcla crónica, guiños autobiográficos y ficción.

El resultado es una historia hecha de muchas historias que se fraguan en la difusa frontera entre lo vivido y lo imaginado, entre lo tangible y lo etéreo.

Fragmento del libro Déjame de Armando Ramírez, proporcionado por Editorial Océano para su publicación en La Silla Rota.

Armando Ramírez nació en el barrio de Tepito, en la Ciudad de México. Narrador y cronista, ha participado en diversos programas de radio y televisión como guionista, reportero, conductor y realizador, además de haber sido colaborador en publicaciones como Jueves de Excélsior, Sucesos para Todos y Unomásuno. Fue cofundador del colectivo Tepito Arte Acá. En 1987 recibió el Premio Cabeza de Palenque 1987 por su guion cinematográfico Me llaman la Chata Aguayo.

Déjame | Armando Ramírez

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DÉJAME

Primera parte

Capítulo uno

1

Desperté...

El pasado es un espejo  contra otro espejo  que nos multiplica hasta el infinito deformados, desvanecidos..., pensé.

Escribí:

Yo conocía el Centro  Cultural de España en México pero no Casa España, por eso cuando  me tropecé con ella me sorprendió darme cuenta de que, como lo supe siempre, la casa siempre había  estado ahí.  Son aquellas  cosas que uno  sabe que están, pero es como si no estuvieran.

Ana Zagarramurdi, la jefa de Comunicación del Centro Cultural de España, hizo que tomara conciencia de esa Casa cuan- do le solicité permiso para grabar una cápsula para la televisión sobre la exposición La cultura sonidera; ella me dijo que el Centro Cultural no había organizado  la exposición sobre La cultura sonidera, sino sobre La gráfica sonidera.

Me sentí confundido, no sabía cómo había  podido  equivocarme de edificio. La exposición  en el ccemx se limitaba  a los impresos que en décadas pasadas se habían creado para promocionar y testimoniar los bailes callejeros.

Tal vez por la similitud en los nombres pensé que había entrado  a Casa  España cuando  en realidad  estaba  en el Centro Cultural de España en México;  apenado,  me despedí de Ana y pude ver en sus ojos el "estáis loco". Salí.

Ya en la calle Guatemala  comparé las dos viejas construcciones vecinas:  la del Centro  Cultural respetaba  la esencia  de lo antiguo  y al mismo  tiempo  hacía alarde de modernidad; Casa España, en cambio,  alardeaba  su aire avejentado  de construcción novohispana silenciosa.  Al verla de manera consciente, me atrajo. Estaba aturdido.

La casona de Casa España tenía los tonos rojo y gris de la vieja ciudad que emergió en el siglo xvi y se consolidó  en el xvii y el xviii: construcciones de cantera  y tezontle  con muros anchos, gruesos arcos, el inevitable  patio,  un aljibe  al centro,  reminiscencia de los árabes en España. Las losas del suelo acomodadas de manera irregular  daban  al espacio ese aroma de lo silvestre, el moho las invadía en cada época de lluvias y en las hendiduras crecía un pasto delgado;  al centro se erguía señorial  una escalera con pasamanos  de hierro forjado con bellos requiebres del metal.

Entré. En la casona se respiraba ese misticismo  de los prime- ros años después de la caída  de Tenochtitlan, el silencio  de la derrota  y el miedo  del triunfador.  Sus cuartos  eran amplios  y altos. En sus dos plantas se sentía la frialdad acogedora que da el tiempo,  las miles de vidas untadas en sus muros. La edificación cumplirá  quinientos años de existencia en 2024.

En la recepción  de Casa España pedí informes para solicitar permiso para grabar una crónica  televisiva  sobre la exposición La cultura sonidera. La gente de la recepción  me dio en voz baja la dirección  de un correo electrónico; casi no les escuché,  así que tuvieron que repetirme en susurros la dirección, era de una señora llamada  Lucía Buñuel. Me llamó la atención  que tuviera el apellido  de don Luis Buñuel,  el director de Ese obscuro objeto del deseo.  Era uno  de mis directores  favoritos,  conocía  casi to- das sus películas,  físicamente  había estado con él una vez, unos años antes de que falleciera,  y pensé que podría ser su hija, una hija secreta. Me reí para mis adentros,  pensé que no podía  ser así porque  don  Luis había  sido muy  católico  muy  pero muy en sus adentros,  y no era que creyera en un Dios católico,  sino que tenía una educación como casi todos los españoles, con ese atávico sentimiento del pecado.

Salí de la casona y respiré el aire fresco de la calle; el de ahí no era pesado,  más bien una inquietud y un presentimiento. Me angustié, pero no pude evitar voltear a ver la fachada de la casona: era hermosa en su vetustez, me era irresistible,  sentía una enorme energía que me jalaba literalmente a volver a entrar. Caminé de prisa hacia la banqueta  de la Catedral  Metropolitana.

Le escribí a la señora solicitando el permiso.  Fue escribir a la nada. No me contestó. Como  después me daría cuenta, era la costumbre de Lucía contestar varios días después. O nunca.

Al no ver interés  por parte de Casa  España, me olvidé  del tema. En su lugar, hice en el Centro  Cultural España una cápsula sobre La gráfica sonidera; en el ccemx, Ana era muy amable, carismática, un sol cuando sonreía y cumplía  con su función de manera eficiente, nada que ver con Casa España o, mejor dicho, con Lucía.

2

Semanas  después, caminaba  de nuevo por Guatemala.  La calle es un  corredor  cultural: va desde  el Templo  Mayor  de México-Tenochtitlan, pasa por el Museo de la Imagen, la Galería de la Secretaría  de Hacienda  y Crédito  Público,  y llega  hasta  el ccemx y Casa España; al estar frente a ésta, me di cuenta de que la exposición  La cultura sonidera seguía.

Volví la vista hacia la fachada de Casa España: una gran fuerza me jalaba hacia no sé dónde. Entré, fue extraño que no hubiera quien  diera la cara. El viento se colaba y rebotaba en los rincones,  me daba frío. Era como si antes hubiera  estado ahí, sabía caminar por ella. La construcción era fría, sus muros y arcos formidables,  gruesos, macizos; imposible  pensar que con un terremoto  se cayera,  resistirían.  Estar ahí me producía  mu- chas emociones, entré en un estado  raro, mezcla  de alegría  y angustia o, más bien, miedo.

Me  vi en un  espejo  enorme  que  había  en un  muro  y me deformaba: hacía  que  me viera grueso y enano,  en mi rostro reinaban unos ojos saltones, enormes como bolas de billar, que rodaban en la nada. Sentí horror al mirarme.

Una llamada  del celular me distrajo. Vi la pantalla  iluminada, era un número desconocido, dudé en contestar. Siguió sonando.

—Buenoo, buenoo,  buenoo... —contesté.

Nadie  respondió,  silencio,  y luego  ese ruido  como  cuando alguien  tapa con su mano la bocina se fue transformando  en un ruido como si cerca de la bocina estrujaran un pedazo de papel hasta que se convirtió  en estática. Creí escuchar voces de españoles como cuando  gritan en los viejos cafés del Centro...  En vez de colgar,  traté de saber de quiénes  eran esas voces, tomé conciencia de mi acción y me dije: ¡Qué me importa! Colgué.

Se me grabó la terminación del número del celular: 666. Sentía  fascinación de estar en el interior  de la casona, como la sensación de haber vuelto.

En la recepción  fui insistente  con la solicitud  del permiso de grabación,  obsesivo. Y funcionó.

Los trabajadores inquietos  dudaban sobre cómo comunicarse con la responsable  de los permisos, me miraban no sé si temerosos o con esa mirada de los clandestinos, cuchicheaban entre ellos, no se decidían; finalmente, uno de los empleados  marcó en uno de los teléfonos mientras me veía de reojo.

Al obtener respuesta me pasó el auricular, bajó la vista y se fue a escribir algo en un cuaderno  enorme.  Los empleados  se desplazaban  sin hacer ruido.

—Buenoo —dije.

Una voz femenina  con acento español me interrogó,  sonaba familiar.  Le contesté con amabilidad. Ella me preguntó cuándo quería  grabar. Le dije que el siguiente  jueves. Fijamos la hora: me daría una entrevista. Colgó sin que yo terminara de hablar.

3

Ver la exposición  me conmovía.

Los objetos de la cultura sonidera ahí estaban:  carteles anunciando los bailes en las calles o en salones, tocadiscos,  aparatos reproductores, bafles, mezcladoras, focos antiguos, lámparas, equipos  de  iluminación, micrófonos,   bocinas  antiguas  de  la marca del perrito,  rca, vestuario  de las noches  de "sonideros" —trajes,  zapatos de los bailarines, vestidos de las bailarinas, estuches de maquillaje, los que usaban  las damitas  en esa época para sentirse bellas.

Había amplificaciones de fotos antiguas de los bailes en las vecindades, de las razzias  o redadas,  como  se les dice  ahora; en los bailes,  se ve a granaderos  golpeando  con su tolete a los jovencitos,  fotos donde los jóvenes son rapados en el patio de la Procuraduría.

La exposición era una verdadera ambientación de la cultura de los bailes callejeros. Me sentí solo y lo estaba en la sala de la exposición, que era muy hermosa y tenía la adecuada  iluminación y una museografía  sobresaliente  —se veía que el curador estaba empapado  de la cultura popular de los barrios de la Ciudad—, pero a pesar de todo esto, no había  ni tan siquiera  un visitante  viendo la exposición  o sólo uno, si me cuento yo. En mi mente, la confusión  reinaba.

Estaba en mis  cincuenta  y la nostalgia  de esos días  por el barrio era más fuerte que nunca, tal vez se debía a la separación con mi pareja, los vacíos que se crean y las ganas de ocupar- los con recuerdos.

***





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