Opinión

Decadencia • Michel Onfray

Vida y muerte de Occidente.

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ADELANTOS EDITORIALES

Llega Decadencia, el segundo volumen de la trilogía Breve enciclopedia del mundo, el gran proyecto filosófico de Michel Onfray.

En este nuevo libro Michel Onfray elabora una vasta y fascinante historia de Occidente vista desde el inexorable declive de la civilización judeocristiana. Después de una época llena de vitalidad con el nacimiento del cristianismo y la conquista del poder político, el momento del colapso de nuestra civilización ha llegado tras la deconstrucción filosófica de la Ilustración —con el anuncio de la muerte de Dios— y el nihilismo generalizado de la sociedad contemporánea, del que el fascismo de ayer y el fanatismo de hoy son solo dos de sus muchas manifestaciones.

Fragmento del libro Decadencia, de Michel Onfray. © 2019, Paidós. Traducción de Alcira Bixio. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Michel Onfray es un filósofo francés que no necesita presentación. Ha construido su obra alrededor de los temas del hedonismo, el ateísmo y la construcción de uno mismo. Ha publicado más de cincuenta libros, varios de ellos de gran éxito y traducidos a numerosas lenguas, como Antimanual de filosofíaTratado de ateologíaFreud. El crepúsculo de un ídolo y Orden libertario. También ha creado la Universidad popular de Caen y la Universidad del gusto en Argentan, su ciudad natal. Sus clases de historia de la filosofía se emiten regularmente por France Culture.

Decadencia | Michel Onfray

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DECADENCIA

CAPÍTULO 1

Las aventuras del anticuerpo de Cristo

Biografía de una ficción

Monte del Gólgota, Palestina, viernes 7 de abril del año 30.

La civilización judeocristiana se construye sobre una ficción: la de un Jesús que nunca tuvo más existencia que la alegórica, metafórica, simbólica, mitológica. No existe ninguna prueba tangible de este personaje en su tiempo: en efecto, no se ha encontrado  ningún retrato físico, ni en la historia del arte que sería su contemporánea ni en los textos de los Evangelios, donde no hay ninguna descripción del personaje. Más de mil años de historia del arte le han dado un cuerpo de hombre blanco, un rostro de mirada clara, cabello rubio y una barba bífida, es decir, criterios que in- forman más sobre los artistas que lo figuran (en el sentido etimológico: que le dan una figura) que sobre el personaje mismo. En el arte occidental, Jesús adquiere efectivamente el cuerpo del ario braquicéfalo que lo pinta. Pero nada de lo que constituye ese retrato emblemático encuentra justificación en un solo versículo del Nuevo Testamento, mudo sobre su aspecto físico.

Nuestra civilización en su conjunto parece reposar sobre el intento de dar un cuerpo a ese ser que no tuvo más existencia que la conceptual. Jesús de Nazaret, que no existió históricamente, devino, pues, el Cristo Pantocrátor que cristaliza en su nombre casi dos mil años de una historia occidental saturada  de su presencia. Mientras la historia de su tiempo permaneció silenciosa en todo lo que a él respecta, la historia sucesiva ha sido más que elocuente, puesto que fue guiada por el deseo de dar a Jesús la forma entera del mundo. La intención casi se ha cumplido: el mundo entero no fue hecho totalmente a su imagen, pero lo que se sustrajo a ese movimiento envolvente no existió sin determinarse en relación con él.

Ese Jesús sin cuerpo procede de un nacimiento que no es un nacimiento. Evidentemente, ¡un anticuerpo no podría nacer como un cuerpo! Recordemos algunas banalidades básicas; desde el comienzo de la humanidad,  la historia establece que un niño digno de ese nombre,  es decir, un ser de carne y hueso, tenga un padre que sea su progenitor  y una madre que lo lleve en su vientre concebido con el semen de aquel: al menos hasta fines del siglo xx, las cosas eran así, y, detalle trivial, el padre era un hombre y la madre, una mujer...

Muy vanguardistas para su tiempo, el trío Jesús, María y José procede de la manera que la modernidad  valora: una procreación disociada del sexo, un padre  que no es padre, una madre que es virgen y cuyo parto preserva el himen, un progenitor sin esperma, un esperma sin progenitor, un niño concebido  sin líquido seminal, hermanos  nacidos de una madre que no por ello es menos virgen, una familia en la que el padre no tiene sexualidad, la madre tampoco y ni siquiera el hijo la tiene, pues muere virgen a los treinta y tres años. Todo esto en un individuo que dice ser Hijo de Dios, al mismo tiempo que afirma que el Padre y el Hijo son la misma cosa: conjunto que se completa con el Espíritu Santo. Esta ausencia de cuerpo físico real parece perjudicial para el ejercicio de una razón conducida sanamente. Ahora bien, la razón occidental judeocristiana se construye sobre este puro despropósito.

La genealogía de Jesús es sumamente complicada. Cuando uno lee la letanía que abre el Evangelio según San Mateo, se entera de que Jesús desciende en línea directa de David y de Abraham a lo largo de tres períodos de catorce generaciones cada uno. Se trata, pues, desde el principio, de presentar a Jesús como el Mesías esperado por los judíos, el he- redero directo de las promesas hechas a Abraham, a David y a su dinastía. Lo que dice el apóstol es que Jesús no es otro que el Profeta anunciado por los judíos: quienes suscriben esta versión son los judeocristianos; los que se oponen a ella son los judíos. En la configuración judeocristiana, Jesús es una ficción que cristaliza el anuncio que se había hecho de él. De modo que quienes lo construyeron  para el futuro lo hicieron tal como había sido anunciado en el pasado. Se dice, pues, que lo que fue anunciado en el Antiguo Testamento se realiza en el Nuevo Testamento: lo que es futuro para el primero pasa a ser pasado para el segundo. Ya volveremos sobre esta cuestión.

Si reducimos la genealogía a los padres y a los abuelos de Jesús, los cuerpos de todos ellos son tan performativos, para usar un término de la lingüística, como el suyo: solo fueron porque se dicen que eran. Que el lector juzgue: los abuelos maternos de Jesús eran Joaquín y Ana. El nombre Joaquín en hebreo  significa: «Dios se mantendrá  de pie», lo que equivale a decir que el patronímico anuncia el color teológico: es aquel que permitirá la encarnación de Dios; el nombre Ana significa la «gracia» y recuerda  el de la madre  de Samuel. El empleo ontológico  del abuelo y la abuela de Jesús se anuncia desde el momento mismo en que se pronuncian  tales nombres.  Una tiene la gracia, el otro da forma a Dios. ¿Cómo podría su progenitura escapar a ese destino establecido y fijado por los nombres? El nombre de Jesús mismo significa «Dios salva», «Dios libera». Estas simples informaciones patronímicas anuncian la naturaleza metafórica de esta historia.

Los Evangelios sinópticos no se demoran  mucho en las figuras de Joaquín y Ana. Para disponer de informaciones sobre particularidades de estos abuelos que humanizan a Jesús hay que leer los Evangelios apócrifos. Se comprende que, cuando pasa revista a los 27 libros del Nuevo Testamento en La doctrina cristiana (II, 8), san Agustín elige lo que alimenta la mitología de un cristianismo según sus deseos, por lo tanto, más bien metafísico antes que un cristianismo que se atenga a la historia. Cuanto más se espiritualiza, tanto más se desmaterializa. Cuanto menos material sea Jesús, mayor será su espiritualidad.

El Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de la infancia del Seudo-Mateo permiten saber qué fue de la vida de los progenitores de los padres del anticuerpo de Jesús. El título original del Protoevangelio es Natividad de María. El Occidente latino ha condenado ese texto que fue abundantemente difundido en numerosas lenguas: latín, siríaco, copto, armenio, georgiano, etíope, árabe, irlandés antiguo. El texto recicla, como siempre sucede en el cristianismo, historias ya presentes en el Antiguo Testamento: la de Sara y Abraham y el nacimiento inesperado de Isaac anunciado por un ángel con forma humana en el Génesis (18, 1-15).

Ana es estéril y viuda, Joaquín parte al desierto para ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches a fin de que Dios le conceda un hijo que le permita borrar la afrenta de la esterilidad, que, en aquella época y en ese medio, se creía un castigo divino. Esos cuarenta días remiten a períodos simbólicos: antes de Joaquín, Moisés (Éxodo 24, 18) y Elías (I Reyes 19, 8); después de él, Jesús (Mateo 4, 2). Durante ese tiempo, Ana llora. A la novena hora, se sienta como por azar bajo un laurel; da la casualidad de que ese árbol siempre verde simboliza la inmortalidad... Asimismo, la novena hora será la de la muerte de Cristo en la cruz. Ana invoca a Dios y evoca a Sara, a Abraham y a Isaac. Levanta la mirada y ve el nido de un ave cantora en el árbol; esta vez no hace falta precisar el simbolismo. Mientras Ana se lamenta, se le aparece un ángel que también se presenta ante Joaquín. Al séptimo mes, cifra de la perfección —es, en efecto, el número de días de la creación—, Ana da a luz a María, futura madre de Jesús. Ana la amamanta.

El Evangelio de la infancia del Seudo-Mateo aporta algunas precisiones complementarias.  Joaquín es pastor; también aquí, nuevamente, la profesión corresponde menos a una posición sociológica que a una información alegórica: el pastor conduce a los corderos y las ovejas, ciertamente, pero es también el que guía el rebaño de los fieles. Joaquín es, pues, pastor como lo será su nieto, aunque este último tenga la profesión de su padre..., ¡que era carpintero!  Hay que habituarse. La lógica de la alegoría nunca es la de la razón razonable y razonante.

Joaquín es generoso, da y alimenta a «todos aquellos que temen a Dios» (I, 1): una vez más, alegoría. En el texto se habla de viudas, huérfanos, pobres, en otras palabras, del futuro grupo ante el cual profesará Jesús. A los veinte años, Joaquín se casa con Ana; veinte años más tarde, aún no tienen hijos. Por no tener descendencia,  voluntad punitiva de Dios, los sacerdotes le prohíben  asistir al Templo y la gente se mofa de él. Parte al desierto. No ya por cuarenta días, como en el texto de Santiago, sino durante  cinco meses..., porque cinco es el número nupcial: es la suma del dos femenino y el tres masculino. El ángel visita a Ana y le anuncia la maternidad;  luego se le aparece a Joaquín y le da la buena nueva: «Ella sabe por mí que ha concebido de ti una hija» (3, 2), dice el enviado de Dios al hombre que, sin ser progenitor, deviene así padre.

Sin rencor, Joaquín invita al ángel a festejar el acontecimiento bajo su tienda. Este último rechaza cortésmente la invitación y responde: «Mi alimento es invisible y mi bebida no puede ser vista por los mortales» (3, 3), inaugurando así una gastronomía ontológica que será la del nieto anunciado. Y ocurrió que «en el momento en que Joaquín ofrecía un cordero en holocausto a Dios, al mismo tiempo que el olor del sacrificio y en cierto modo con su mismo humo, el ángel se elevó hacia el cielo» (ibíd.). Joaquín se queda dormido y el ángel se le aparece nuevamente en sueños y le confirma su anuncio. Joaquín regresa junto a su mujer, otro ángel advierte a Ana el retorno del marido, a quien no había visto desde hacía cinco meses. Pare a María a término.

Esto es lo que tenemos sobre la parentela de Jesús: un abuelo que engendra sin haber tocado a su mujer estéril, que de todas maneras da a luz a una niña, la madre de Jesús. A semejanza de sus abuelos, quienes constituyen un dúo ontológico singular (un hombre ya mayor que fecunda a una mujer madura y estéril, sin ninguna relación sexual, con la justa intercesión de un ángel), los padres seguirán el mismo camino. Tal fárrago familiar difícilmente presagia una posteridad  equilibrada.  Que una civilización se construya a partir de las raíces de semejante árbol genealógico augura una novela histórica inaudita.

Tampoco la vida de María se priva de nadar en lo maravilloso: la niña nace antes de término, en el séptimo mes, lo cual es signo de una intervención divina. Siendo numerólogo jefe, Dios sabe que siete es la cifra de la perfección. Ya Isaac había nacido bajo el mismo signo. La niña empieza a andar a los seis meses y da... siete pasos. Al año, sus padres la presentan a los Grandes Sacerdotes de Israel, quienes la bendicen. A los tres años, entra en el Templo y permanece allí como una paloma, nos dice el texto: la paloma anuncia el fin del Diluvio, por lo tanto el fin de la cólera de Dios; está suspendida sobre la cabeza de Jesús durante su bautismo. Por otra parte, el anagrama numérico de la palabra «paloma» en griego da la misma suma que las palabras «alfa» y «omega». María «recibía su alimento de la mano de un ángel». Ahora bien, sabemos que el ángel no consume alimentos terrestres, sino que se nutre de alimentos inmateriales, por consiguiente, simbólicos. Con ese género de alimento ontológico, solo puede temerse una indigestión de símbolos.

A los doce años, María tiene su primera menstruación.  Impura, según la ley judía del Levítico, debe abandonar el Templo. Un ángel le dice al Gran Sacerdote que debe convocar a los viudos del Templo. Cada uno de ellos debe llevar consigo una varilla. Dios mostrará su señal con esas varas que ya se encuentran en el Antiguo Testamento: Números (17, 16-28): aquel cuya vara eche brotes (que los freudianos comenten...) es el elegido de Dios. No hay ningún brote en la vara seca de José, que había permanecido  tirada en un rincón (que los freudianos continúen...);  recordemos que era viudo. Pero lo que sale de su pequeño trozo de madera es una paloma (que los freudianos, etcétera), y se posa sobre su cabeza. José es viejo, viudo, tiene hijos de su primer matrimonio; Jesús tendrá, pues, hermanos, hermanastros. Dos hermanas también, dicen. María es joven y virgen. El carpintero se niega a acoger a la niña, teme el ridículo y el qué dirán. El sacerdote lo obliga a llevarla a su casa: María tiene doce años. José la deja vivir bajo su techo, no la toca, respeta su virginidad y parte nuevamente a trabajar en sus obras: más que un modesto artesano, José es un carpintero contratista. A veces se ausenta de su casa durante tres meses, cuando debe realizar trabajos en sitios alejados.

Durante ese tiempo, con otras 82 niñas vírgenes, María teje el manto del Templo que separa el santuario del Santo de los Santos; ella pertenece a la tribu de David. Por ende es de sangre noble y desciende de un gran linaje. Las tareas de la labor se reparten: siete jovencitas tejen cada una un material: el oro o el amianto, el lino, la seda, el azul, el escarlata y el púrpura. A María le corresponde evidentemente el tejido de la púrpura, signo de poder y del imperio. Siempre la codificación.

Un día en que María va a buscar agua a la fuente —nuevamente la metáfora y la alegoría—, se le aparece un ángel que le anuncia su destino. Pasado un tiempo, vuelve a aparecer y le repite: «No temas, María, pues el Señor de todas las cosas ha hallado gracia en ti. Tú concebirás de su Palabra» (11, 2). A buen entendedor...;  esta frase angélica, «concebir de la Palabra de Dios», está diciendo que Jesús no es un cuerpo sino un concepto,  un Logos, un Verbo, una Palabra.  El Evangelio según San Juan confirmará hasta qué punto esta es la buena pista: Jesús no es un cuerpo de carne, sino un «cuerpo de palabras».

María interroga al ángel sobre las modalidades de esa concepción: ¿concebirá como las demás mujeres, con un padre que sea un progenitor concreto, terrestre? El ángel descarta esa idea trivial. No hace falta ningún cuerpo para generar un anticuerpo: «La potencia de Dios te cubrirá con su sombra» (12, 3), le dice. La mujer será cubierta, es verdad, pero por una sombra, y no por cualquier sombra, claro está, sino por la sombra de Dios..., pero sombra al fin. El ángel le dice que su hijo se llamará Jesús. Recordemos que la etimología enseña que ella dará vida a «aquel que salva».

Esta sombra de Dios es una luz... Al menos, una sombra luminosa. Lucas explica, en efecto, que «una nube luminosa cubría la gruta de su sombra» (1, 35). María tiene dieciséis años cuando queda embarazada. Seis meses después de su partida,  José regresa y encuentra  a su mujer encinta. Se golpea la cara, se lanza al suelo, llora y pregunta quién es el padre. «¿Quién me ha arrebatado a la virgen y quién la ha mancillado?» (13, 1). Pregunta  legítima... María responde  que no lo ha engañado: «Soy pura, no he conocido varón». Y luego: «No sé de dónde vino a mí» (13, 3). Silencio de José, que reflexiona sobre la reacción de su esposa: callarse sería traicionar la ley de Israel; hablar sería correr el riesgo de que no le crean y de sacrificar a quien podría ser el Hijo de Dios. Se le ocurre  proponerle  a María que abandone  discretamente  el hogar. El ángel Gabriel lo disuade.

El Gran Sacerdote acusa a José de traición. Llevan a María ante al tribunal del Templo. La joven llora y reitera que es pura y que no ha conocido a ningún varón. «Tú has consumado furtivamente tu matrimonio» (16, 1), afirma el Gran  Sacerdote. José llora y responde  con esta magnífica frase: «Envía a tus servidores y encontrarás a la virgen encinta» (15, 2). Una «virgen encinta», he aquí un oxímoron llamado a hacer terribles estragos cuando la Iglesia proponga ese modelo existencial a las mujeres de Occidente  durante  más de un milenio. Habrá  que apelar a todos los engranajes sofísticos de los Padres de la Iglesia para explicar con convicción las circunlocuciones sobre la posibilidad de ser casta teniendo relaciones sexuales: bastará con no entregarse al placer y hacer de la necesidad sexual ¡una virtud uxórica!

Los sacerdotes someten a la pareja a una ordalía: el padre que no es el progenitor y la madre que no ha fornicado beben «el agua de amargura» ofrecida por el oficiante: si después de haberla bebido y haber dado varias vueltas alrededor del altar, la mujer es culpable de adulterio,  su vientre se hinchará y sus pechos se marchitarán. Nada de eso se manifiesta. Ambos parten entonces al desierto y regresan sanos y salvos. ¡Prueba de que han dicho la verdad! La pareja entra en la casa y bendice a Dios. El embarazo puede seguir su curso: María está encinta de Dios, por con- siguiente, continúa  siendo virgen, y José conserva su respetabilidad, pues no se ha acostado con su mujer, aunque ella esté encinta.

Llegado el momento, José ensilla un asno y ayuda a subir a María. Buscan una gruta para que ella pueda parir. El asno es una cita del Antiguo Testamento, más precisamente de Zacarías: «Mira, tu rey viene hacia ti, justo, salvador y humilde. Viene montado  en un asno» (9, 9), al mismo tiempo que un anuncio hecho en el Nuevo Testamento de la fu- tura entrada de Jesús en Jerusalén sobre el lomo de mulo, por ejemplo, en el Evangelio según San Mateo (11, 29). De modo que la pareja va hacia su destino.

Justo antes del parto, Santiago señala que se produce un prodigio cósmico: la bóveda del cielo está inmóvil, José se pasea y no se pasea, el aire está congelado de pavor, las aves permanecen quietas en el cielo, los obreros sentados muy cerca comen pero no comen, las ovejas avanzan pero  permanecen  en su lugar, el pastor  levanta la mano para azuzarlas pero su mano queda en el aire, los cabritos tienen el hocico en el río pero no beben; luego, de pronto, el tiempo suspendido retoma su curso: todo va, todo vive, todo se mueve nuevamente. La bóveda celeste está en movimiento, las aves vuelan, los obreros comen, las ovejas avanzan, el pastor ya no tiene necesidad de azuzarlas, los cabritos beben. Jesús puede nacer.

«Una nube luminosa cubría la gruta» (19, 2). Es la famosa sombra de Dios... La comadrona judía dice: «Un salvador le ha nacido a Israel» (19, 2). El judeocristianismo está naciendo al mismo tiempo que Jesús.

Luego, esto: «Y de inmediato la nube se retiró de la gruta y apareció una luz tan grande que nuestros ojos no podían soportarla. Y, poco a poco, esa luz fue retirándose  hasta que apareció un recién nacido y buscó el seno de su madre María» (19, 2). En el Éxodo, se habla de la «sombra de una espesa nube» (19, 16). Uno se pierde entre las sombras luminosas y las nubes oscuras. La cuestión es que Jesús nació y que hubo luz, mucha luz, lo cual confirma mi hipótesis —propuesta en Cosmos— de que Jesús es un nombre más en la historia del ancestral culto pagano de la luz.

La encarnación se hace evidente desde el primer aliento de Jesús: él, que bien podría nutrirse como su mamá de los alimentos espirituales del ángel, mama del seno de su madre como lo han hecho todos los bebés del planeta desde que el mundo es mundo. La partera, que sale de la gruta y se encuentra  con Salomé, le dice: «Voy a contarte  la maravilla extraordinaria,  presenciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza». Y Salomé repuso: «Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido» (19, 3). Salomé mete el dedo: «Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa», prueba ontológica, a falta de ser ginecológica, de que María es virgen y madre. Salomé confirma: «Un gran rey ha nacido para Israel».

La infancia de Jesús, aparte del episodio de la lección que da a los sacerdotes cuando tiene doce años y que solo san Lucas relata (2, 41-50), nos es desconocida: entre la huida a Egipto cuando solo tiene días y los primeros momentos de su magisterio, alrededor de los treinta años de edad..., nada. Tres décadas sin huellas. Nada sobre su infancia, nada sobre su adolescencia, nada sobre sus estudios, nada sobre su formación, nada sobre eventuales compañeros de ruta. Nada tampoco de sus juegos con sus hermanos, Santiago el Justo, José Barsabás, Judas Apóstol y Simón el Zelote: san Pablo habla de Santiago, hermano  de Jesús en su Epístola a los Gálatas (15, 19), y de sus otros hermanos en su Primera Epístola a los Corintios (9, 4-5).

Ahora bien, existe un texto titulado Historia de la infancia de Jesús que informa sobre los hechos y gestos de un sucio chiquillo entre los cinco y los doce años. Ese breve texto es un florilegio de las tonterías y travesuras de lo que hoy llamaríamos un niño malcriado. José y María, efectivamente, a menudo  parecen  sobrepasados  por  las actitudes  del hijo. Si Jesús fue el fruto del Espíritu Santo, este texto muestra que también podía ser humano, muy humano, y, para resumir, un petulante insufrible. Esta quizá sea la razón por  la que esta pequeña  joya literaria nunca fue rescatada por san Agustín en el corpus neotestamentario,  y que, desde entonces, forma parte de los escritos apócrifos.

La ley judía proscribe toda actividad el sabbat. Ahora bien, ese niño judío de cinco años modela doce aves pequeñas de arcilla. El simbolismo es fuerte: del mismo modo en que Dios tomó un día arcilla para crear al primer hombre,  Jesús repite el gesto pero hace doce pájaros, es decir, doce apóstoles. José lo regaña por no haber respetado el sabbat; el niño se burla de la reconvención y reacciona dando unas palmadas en el aire: las aves cobran  vida y salen volando hacia el cielo. En otras palabras, nada podrá impedir a Jesús que haga lo que debe hacer: violar la prescripción del sabbat de los judíos y crear una escuadra de apóstoles que volarán por todo el planeta llevando la buena nueva, su palabra. En este episodio, lo que se muestra metafóricamente es el nacimiento del judeo- cristianismo como elemento separado del judaísmo.

Para obtener el agua con que mezcla la tierra para modelar sus pájaros, Jesús ha hecho un pequeño dique en el vado de un arroyo. El hijo de un escriba que compartía  sus juegos rompe  sin malicia la presa que forma el charco de agua cuando jugaba con una ramita de sauce. Jesús lo maldice y le dice al padre que se halla allí con José: «Que tu vástago no tenga raíz y que tu fruto se vuelva árido como una rama arrancada por el viento» (3, 1). Dicho y hecho: el niño se reseca ahí mismo. ¡Nadie fastidia al niño Jesús!

En una ocasión en que va andando con su padre, un niño golpea sin querer a Jesús en el hombro. Enojado, Jesús dice: «Tú no continuarás tu camino» (4, 1), y el niño cae muerto instantáneamente.  Los padres del niño fulminado por la voluntad de Jesús se quejan a José, que ya no pue- de más y le pregunta por qué se comporta de ese modo. El niño responde que nadie debe oponerse a su voluntad, luego ciega a todos los que se cruzan en su camino. José se indigna y le tira de una oreja; Jesús le replica que no se ha comportado prudentemente..., a su propio padre le dice eso.

Zacarías, que pasa por el lugar, oye a Jesús hablarle así a su padre y se propone educarlo y enseñarle a comportarse correctamente  con los demás, a querer a sus compañeros, a ayudar a los ancianos (lo que quiere decir que Jesús no los ayuda, cosa que ninguna historia atestigua...), a hacerse amigo de los niños y a instruirlos a su vez. Jesús lo mira displicente y le dice: «Antes de que hubieras nacido, yo ya estaba aquí» (5, 2 a). Luego se propone enseñar a quien quería darle lecciones. La gente que los rodea ríe divertida y Jesús responde: «He jugado con vosotros porque os maravilláis de cualquier pequeña cosa, carecéis de ciencia y tenéis poca inteligencia» (6, 2 d).

Más determinado que antes, Zacarías quiere educar a ese muchachito insolente y pretencioso, agresivo y suficiente, impertinente y maleducado. Comienza con gentileza y lo conduce a la escuela. Jesús se calla. El maestro recita el alfabeto y le pide al alumno que repita la primera letra; Jesús se niega. Zacarías se enfada y le pega en la cabeza. Jesús dice: «Si uno le pega a un yunque, es el que golpea quien recibe el golpe más duro. Puedo decirte que hablas como un bronce que repica y como una campana que resuena, que no puede hablar y no tiene ciencia ni sabiduría» (6, 2 f). Seguidamente recita el alfabeto completo y en orden. Y agrega: «Quienes no conocen el alfa, ¿cómo podrían enseñar beta? Oh, hipócritas, comenzad vosotros mismos por enseñar qué es alfa y luego os cree- remos en lo que concierne a beta» (6, 3).

Seguidamente, Jesús imparte una lección al maestro sobre la forma y el nombre de la primera letra, por qué tiene numerosos triángulos, por qué es alargada, inclinada, ladeada hacia abajo, torcida, recta. Zacarías renuncia y confiesa que está ante un ser excepcional: «¡Desdichado  de mí, pensaba encontrar un discípulo y he encontrado un maestro!» (7, 2). Ante esta paliza que ha dado, «Jesús ríe» (8, 1), dice el texto: en ninguna parte de los 27 textos conservados como el corpus definitivo del Nuevo Testamento puede encontrarse una sola ocasión en la que Jesús ría. No era cuestión de darle una forma demasiado humana a ese personaje conceptual. Un concepto no se ríe. Magnánimo, puesto que después de esta lección de humillación del maestro, todo el mundo se siente atraído por su naturaleza excepcional, por su carácter extraordinario, Jesús pone fin a sus maldiciones: decide que aquellos a los que ha cegado deben recuperar la vista. Y ellos la recuperan. El concepto Jesús es performativo.

Pero la magnanimidad tiene un tiempo; está sometida, en efecto, a la ocasión. Pues un día en que Jesús está jugando sobre un techo con otros niños, uno de ellos cae y se mata. Todos los demás huyen. Los padres del pequeño  muerto  están abrumados: Jesús ha empujado  al niño. No es cuestión de dejarse culpar. Jesús pregunta  al cadáver: «Zenón, ¿fui yo quien te hizo caer?» (9, 3); el pequeño difunto vuelve en sí, se levanta y responde de inmediato: «No, mi Señor». Estupefactos, los padres glorifican a Dios. Jesús vuelve a sus juegos de niño de cinco años.

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