Opinión

Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) • Alma Delia Murillo

Desobedecen, renuncian, traicionan, matan y se dejan poseer.

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ADELANTOS EDITORIALES

Veinte relatos en torno a las peripecias posmodernas que, contados con humor negro, evidencian la inocencia con la que nos entregamos a un estilo de vida, sin comprender que ofrecemos el cuello como víctimas desde la comodidad del hogar y a un clic de distancia del posible asesino.

De El vampiro del Bed and Breakfast, que va sembrando cadáveres donde se hospeda, a Jackie, la sensual repartidora de comida que entra en la casa de sus solitarios clientes y los ejecuta, pasando por Bartolo Gomer en La rebelión de los de en medio, quien provoca una revolución incendiaria en un gris corporativo de oficinistas, estos cuentos relatan cómo, en pos del éxito y la "calidad de vida", hemos construido pequeños infiernos a través de la tecnología, la persecución de la productividad y la devoción por absurdos propósitos que, antes o después, se vuelven contra nosotros.

Los protagonistas de estas historias mutan de buenas personas -incluso buenos objetos como La mesa de siempre- a seres que permiten que su lado oscuro se asome como una conquista de libertad. Desobedecen, renuncian, traicionan, matan y se dejan poseer por ese Diablo frágil que, como decía Fernando Pessoa, corrompe pero ilumina.

Fragmento del libro " Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)", de Alma Delia Murillo. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, 1979) ha publicado el libro de cuentos Damas de caza (2010), y las novelas Las noches habitadas (2015) y El niño que fuimos (Alfaguara, 2018). Amante irracional de la Ciudad de México, las palabras y el sentido del humor. Aunque estudió Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), es una godínez rehabilitada luego de veinte años de trabajar en el inenarrable infierno de los corporativos.

Cuentos de maldad | Alma Delia Murillo

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) de Alma Delia Murillo Editorial Alfaguara

Severiano y los tamales del amor

Miró el calendario y sintió como si le apre­taran el cogote, la lengua se le volvió pastosa y pesada.

En la radio sonaba La hora de Juan Gabriel. Lengua de buey, alcanzó a pensar antes de que esa cosa tan fea le viniera con todo y la tembladera de manos y la respiración a trompicones.

Cada víspera de fin de mes era lo mismo. Lo desbordaba la ansiedad de no poder pagar el al­quiler. Pronto llegaría el día treinta y con él el pla­zo fatídico.

Salir de los ataques de pánico le implicaba re­ nacer como potrillo pegajoso y frágil. Odiaba esos trances que no podía controlar.

Cuando pudo regular la respiración, sintiendo la playera pegada a los riñones por el sudor, se arrodilló para encomendarse a la virgen de Guadalupe.

—Virgencita, dile al que aprieta pero no ahorca que me eche una mano. Tú sabes, madre, que yo soy hombre de trabajo. Ayúdenme tú y diosito a que se vendan bien los tamales, nomás con eso. Bueno, y también ayúdenme con Juana Gabriela, a veces quiero rajarme cuando viene de la escuela con esas preguntas que debería de con­testar su difunta madre, que ustedes tengan en su santa gloria.

La voz de Severiano, grave y limpia, se dejaba oír poco. Si no era para platicar con la virgen o con su esposa muerta, el hombre apenas habla­ba. No era partidario de amistarse con cualquiera porque no toda la gente le caía bien. A su hija le dirigía tres palabras porque sólo sabía querer calladito y porque le aterraba hurgar ciertos temas con la niña de once años que dependía de él, pues su mujer había pasado a mejor vida de un cáncer de mama cuando la cría cumplió siete años.

Severiano sentía un secreto miedo hacia las mujeres. Le resultaban misteriosas, con un cuer­po que se modificaba sin decir agua va y con de­masiados hervores en la sesera.

Fue el hervor de la olla de los tamales el que por fin le devolvió la funcionalidad. Levantó la tapa y dejó salir el perfume del manjar oaxaque­ño con toda su potencia; una nube inundó la casa diminuta.

Cerró los ojos, pero los abrió antes de que el aroma lo llevara a recordar la sonrisa de Verónica, su mujer, y de sentir cómo el pecho se le volvía de cartón mojado evocando aquellos dientes grandes y perfectos.

Carraspeó hondo dos veces para engañar al llanto. Luego resopló como caballo y, con la sol­tura de quien está acostumbrado al trabajo físico, preparó la mesa para cortar el papel y el plástico en los que empaquetaba los tamales para la venta.

Cada noche salía a esa colonia que, aunque a ratos repudiaba, era tierra de vencedores para los de su gremio. La colonia Condesa en la delega­ción Cuauhtémoc.

Su compadre Elías lo había llevado hasta ahí para que distribuyeran el producto de los patro­nes del Eje 2, como hacían gran parte de los ven­dedores de la Ciudad de México. Pero, honrado hasta la desesperación y un punto altivo, Seve­ riano renunció porque los patrones no salaban la masa con tequesquite y entonces, esos no eran tamales oaxaqueños. No, señor.

Convenció a su compadre de que los hicieran ellos mismos.

Había noches que agradecía haber conquistado su pequeño territorio de cuatro calles en esa zona porque nunca regresaba sin vender, pero otras maldecía estar tan lejos de su casa y dejar a Juana Gabriela expuesta a todos los peligros del maldito Estado de México. ¿Por qué mierdas había dejado su pueblo? Al menos allá se sentía seguro.

Se subió el pantalón empujándolo con el dorso de la mano por la cadera. Estaba flaco. Su humanidad se diluía entre ataques de pánico o de lo que fueran esas tembladeras del demonio, como él decía, y el desgaste de esas jornadas de padre soltero.

Limpió el sudor del cuello con su pañuelo rojo que, doblado con impecable simetría, lleva­ba siempre en el bolsillo trasero; antes de guardar­ lo sintió cómo un soplido amoroso se dispersaba sobre su nuca, con el escalofrío vino una erección inevitable. Qué lata con el animal entre las pier­nas que nomás no se calmaba nunca.

Volvió a concentrarse en el trabajo. Miró el frasco del tequesquite y constató que le quedaba poco. La gente le decía que sus tamales eran espe­cialmente buenos, aun así, no podía venderlos en más de dieciséis pesos con cincuenta centavos. Se preguntó cuál era el chiste de seguir en esa bata­lla. Por dieciséis pinches pesos por tamal se deslo­maba como bestia de carga.

Haciendo cuentas mentales y con la nariz per­lada, vio llegar a su niña. Se le iluminó la cara.

Juana Gabriela —bautizada en honor del cantante— entraba cada tarde con un viento fres­co a la casa, dejaba la mochila en el piso, corría a besar a su papá y hablaba a borbotones como si tuviera la misión de compensar el silencio de Se­veriano.

Pequeña y sólida, era un bloque de azúcar mo­rena salvo por los dientes blanquísimos herencia de su madre. Ella era el cielo para Severiano, la cara buena del mundo.

Haciendo apenas las pausas necesarias para respirar, le explicó que en la escuela se acercaba el festival del Día de las Madres y que ella había ganado un concurso gracias a un poema que com­puso para él.

Severiano pestañeó un par de veces y se pasó la palma de la mano por la cabeza. No entendía.

—¡Papá! Que te escribí un poema y gané. Voy a leerlo en el festival del diez de mayo y tienes que venir. Además, me van a dar una bicicleta y un diploma. ¿Te lo leo?

—Mira, mamacita, yo nací oaxaqueño, gua­dalupano y hombre —era la frase que le gustaba usar como tarjeta de presentación, pronunciando con esa voz masticada como en staccato—. ¿Cómo me voy a presentar a que me leas un poema para las madres si yo soy hombre?

Una mueca triste descompuso la cara de Jua­na Gabriela y a Severiano también le vino la tris­teza de pensar que su niña lo tenía sólo a él en el mundo. No podía negarle nada. Bajó el volumen de la voz de Juan Gabriel que cantaba tú eres la tristeza, ay, de mis ojos.

—Ándale, pues, léeme la carta.

—Es un poema.

—El poema ese.

Su morenita sacó un cuaderno forrado con papel lustre rojo, se puso de pie apartándose el cabello de la frente y, ceremoniosa, leyó el poema que había escrito:

Mi papá es mi mamá

y yo lo quiero con todos mis dientes.

Todo el tiempo quiero estar con él.

Él me cuida y yo lo cuido,

siempre seremos amigos más que parientes,

sé que a veces sufre y no puede dormir

pero yo lo arrullo con mi corazón

y siento que vuelve a ser feliz.

Se aguantó las ganas de llorar, de puro hombre que era.

—Está bueno, voy a ir a tu festival.

A Severiano le gustaba pensar que por querer tanto a su hija se iba a ir derechito al cielo donde estaría su Verónica esperándolo. ¿Se congelaría la edad en el cielo? Ojalá que no, no fuera a ser que él muriera siendo un viejo de olor agrio y su mu­jer estuviera tan chula y joven como se había ido.

—Ándale, quita tus cuadernos de la mesa y no toques nada hasta que demos gracias por los alimentos. Vamos a comer.

—¡Yo digo la oración!

A Juana le gustaba decir las oraciones porque incluía a su madre, y eso le daba un momento para recordarla. No quería por nada del mundo que se le olvidara cómo era su cara.

Después de la comida y cuando la mesa estu­vo limpia, la mochila y los cuadernos volvieron a ocupar el espacio. Concentrada como atleta olímpica, Juana miraba un punto en el horizonte antes de anotar quién sabe qué cosas. Su padre fue hacia el hueco en la casa que hacía de recámara, corrió la sábana que servía como cortina y se puso presentable para salir a la venta. Cuando reapareció bien fajado y con el pelo húmedo relamido hacia atrás, encontró a la niña rondando por el paquete de tamales que estaban dispuestos para la venta.

—Quítate de ahí, ya te he dicho que no me gusta que te acerques cuando están calientes por­ que te puedes quemar —la reprendió autoritario.

—Ash…

—¿Ash qué? ¿Esos son modos de contestarle a tu padre?

—Perdón, papá.

—Ya nomás que llegue mi compa Elías, te dejo en la casa de Rocío y al rato que regrese paso por ti.

—Me puedo ir sola, nada más tengo que cru­zar la calle.

—No quiero que andes por ahí sin mí. Y punto.

Como cada jornada, Severiano volvió cuando faltaban quince minutos para la una de la mañana, estacionó la troca de su amigo y lo cargó para bajarlo del destartalado vehículo porque se caía de borracho.

Tocó suavemente en la casa de Elías, que a diario se las arreglaba para beber durante las últimas horas de la noche. Abrió la esposa que le echó una dulce mirada de animal manso a Severiano, provocándole una como prisa por irse de ahí, de esos ojos hundidos que algo le decían, que le hablaban de la parte más jodida de la viudez que era no tener una mujer que lo esperara en su casa.

—Buenas, Rocío, te ayudo a acostar a este compadre y me llevo a Juanita —dijo con voz fría para disfrazar lo nervioso que se ponía con todo aquello.

Hicieron su intercambio de bultos. Con la niña dormida y colgando del cuello, volvió a sentirla grande y pesada. Un miedo seco como bola de zacate se le atoró entre pecho y espalda de imaginarla primero adolescente, luego mujer.

Entró a su casa, la acomodó en la cama y se hincó para hablar con la virgen a la que volvió a suplicarle que lo ayudara con las ventas y que le quitara la tentación de su comadre Rocío porque después de que algo malo le pasara a su hija, la segunda cosa que más miedo le daba era irse al infierno. Corrió la sábana, desenrolló la colchoneta donde él dormía al otro lado de la “cortina” y se tendió en el piso. El cansancio le hizo cerrar los ojos, pero de nuevo ese soplido en la nuca, mitad escalofriante, mitad excitante, lo incomodó entre las piernas; se resistía a tocarse, no podía hacerlo ahí, con la niña dormida del otro lado de la cobija. Y él quería ser bueno.

Le gustaba levantarse oscurita la mañana, el frío y el silencio de esa hora le aclaraban las ideas, la respiración inalterable de su hija le hacía sentir que nada podía salir mal. Sólo así le daba tiempo para dejar la masa de los tamales reposando, llevar a Juana Gabriela a la escuela y pasar a comprar las hojas para envolverlos.

Por la tarde, la jornada se repitió como una réplica perfecta de la anterior, hasta que un detalle descontroló a Severiano.

Uno de sus clientes cotidianos, un muchacho que vivía en la calle de Benjamín Hill, asomó a su balcón y pidió a Severiano que lo esperara. Bajó con la sonrisa de siempre, pero esta vez, en lugar de dos tamales, compró seis.

—¿Hay fiesta?

—No, don Seve, pero la puntada de que los tamales traigan el papelito de la suerte como la galleta china es lo más. Nos encantó.

—¿Qué galleta china?

—Sí, los papelitos que les pusieron ayer a los tamales con la suerte en el amor.

Severiano alcanzó a pensar rápido y ya no preguntó. No entendía lo que el muchachito habla­ba, pero si eso había logrado que le compraran el triple, mejor dejarlo así.

Alcanzó a rodar diez metros en la bicicleta cuando se acercaron sus cuates del Valet Parking de la taquería carísima para pedirle sus dos de cada noche. ¿Y esa puntada del recado, qué tran­sa, carnalito?

—Pues hay que consentir a los clientes, ¿qué no?

Buscó una esquina y se detuvo. Abrió al azar dos tamales y se encontró con que, en efecto, un papelito perfectamente recortado y con la letra de su hija estaba metido entre la hoja y la masa. “El amor es para siempre, cuando eres niña y cuando eres grande”. “Un ángel calienta tu corazón y tus pies fríos desde el cielo”.

¿Su hija se habría vuelto loca? ¿Los ataques de tembladera querían decir que él estaba loco y la había contagiado a ella? No, la chamaca era ocu­rrente, nada más. Se serenó.

Poco a poco reaccionó mejor ante los comentarios de quienes le agradecían las frases de la suerte en los tamales. Todos estaban fascinados. A la mejor no era tan mala cosa.

Pero cuando recogió a Juana de casa de Rocío, le preguntó:

—¿Tú quieres volver loco a tu padre, escuin­cla? ¿Por qué escribiste esas tonteras y las pusiste en los tamales?

—Me los dicta mi mamá…

Un ¡papááá! ahogado en lágrimas y mocos fue lo que la niña alcanzó a agregar antes de que el bo­fetón de su padre le atravesara el rostro. Asustada, se arrebujó en una esquina del catre.

Severiano se arrepintió, pero no dijo nada. Hizo temblar la puerta de la casa y salió para pren­der un cigarro. Estuvo largo rato afuera, sintiendo el peso de su soledad, de sus años. Lamentó has­ta el tuétano tener una cabeza tan nerviosa. Mala­ cabeza, se dijo.

Cuando entró, halló todos los papelitos en el bote de la basura y los tamales colocados nueva­mente en la olla de la venta. Le remordió la con­ciencia, se sentó junto a la niña que estaba ya cobijada y le pidió perdón.

Como muñeco sorpresa que salta del fondo de la caja, Juana se sentó y le dijo una sola frase: Mi mamá no te va a perdonar si la traicionas, y la virgen tampoco.

Con la resaca de la pelea se levantaron a la mañana siguiente rehuyéndose el uno al otro. Luego del desayuno, a modo de disculpa, Severiano le preguntó cuándo era el festival del día de las madres para apartar la fecha. La niña respondió tajante, pues el 10 de mayo. Faltaban dos semanas.

Tres días antes del festival, el muchachito de la calle Benjamín Hill quiso saber si le podía encargar un pedido para una fiesta. Quería cincuenta piezas.

—Pero que sean tamales del amor, mi Seve, con el papelito dentro como las galletas chinas. ¿Cómo ves? ¿Se puede? ¿Te doy la mitad de anti­cipo?

Claro que se podía, cómo no, además se aven turó a subir el precio porque el material y la mano de obra... cada tamal de esos iba a costar dieciocho pesos. Cerraron el trato. Con la cola entre las patas habló con Juana Gabriela y le contó del pedido especial. Ella desplegó esa sonrisa que podía partir el corazón de legiones. Se pusieron a trabajar, Severiano preocupado, la niña divertida, concentrada en recibir las frases que aseguraba le dictaba su madre y que, ella consideraba, eran poemas.

El día del festival, nervioso, recibió las felicitaciones de las maestras. Su niña tiene talento, la vamos a extrañar ahora que termine el último año de primaria, yo creo que de grande vas a ser poeta, ¿verdad, Juanita?

A Severiano le incomodó la profecía que la maestra hizo, pero estuvo de acuerdo en que había talento o lo de los tamales no habría funcionado. Salieron radiantes, rodando la bicicleta nueva coronada con un moño amarillo atado al manu­ brio. Él no dejaba de darle gracias a la virgen por tantas bendiciones: el pedido grande, la bici y que había podido pagar la renta.

Meses después, cuando Juana, ya con doce años, dio el salto escolar al primer año de secundaria, el negocio de los tamales del amor era lo mejor que había podido pasarle a Severiano. Sus clientes se habían encargado de darle una mística al asunto de los papelitos y no faltaban los encargos para fiestas y reuniones.

Una madrugada, durante el intercambio de bultos, Elías se puso necio insistiendo a su com­ padre para que fueran a comprar una botella de mezcal. Más de una vez habían vivido la escena, siempre resultaba incómoda, a veces Severiano decía que sí sólo para tranquilizar a Elías, pero esta vez Severiano se negó y Rocío se atrevió a decirle a su marido que dejara de insistir. “Severiano no es como tú”. No debió hacerlo nunca.

Esas palabras, como agujas envenenadas, entraron al corazón de su esposo y ahí mismo comenzó a soltar reclamos contra su mujer y su amigo hasta que terminó insinuando una traición que no existía.

—¿Te gusta este pendejo?

Rocío cerró la boca mientras Severiano intentaba tranquilizarlo, y Juana, indiferente, cruzó la calle para entrar a su casa.

Fue una noche en la que nadie durmió bien. En casa de los compadres se adivinaba una pelea marital de las que luego toda la calle habla.

Severiano se pasó las horas mirándose las manos, una inquietud empezó a espesarse en su alma. Salió a la banqueta buscando alivio, pero no halló más que la calle desordenada, toda asfalto y abandono. Le entró rabia, tanto trabajar para ni siquiera poder mirar un cielo bonito, un pedazo de monte con árboles grandes como allá en su pueblo. Y Verónica estaba bien muerta, a la mejor también estaba bien cómoda y feliz, si total, a los muertos no les apura pagar nada, ni cuidar a una hija ni batallar con el compadre briago y peleonero. En medio de la preocupación y el enojo, imaginó las tetas de Rocío que más de una vez había visto asomarse por el borde de la blusa. En la banqueta un relámpago iluminó a un perro montando con furia a una perra. Las gotas gruesas de esa lluvia repentina obligaron a Severiano a entrar a su casa.

La relación con Elías cambió, se hizo tiesa, tres o cuatro palabras intercambiadas a jalones. Y aunque Severiano intentó resistir la ruptura definitiva, una noche ocurrió que los del Valet Parking dijeron que ya no le comprarían porque se habían enterado que él vendía más caro que su compadre y eso era jugar chueco. Se quedó frío, con el gesto torcido y frunciendo los labios para contener la ira.

No fue a buscar a Elías donde estacionaban la troca y regresó pedaleando hasta su casa. Luego de dos horas lamentó su arrebato de orgullo, pero ya era tarde.

Enojado, tocó a la puerta de su compadre para recoger a Juana, eran más de las dos de la mañana.

—Perdóname, Rocío. Yo creo que ya no voy a traer a la niña.

—Ya no es una niña.

—‘Ta bueno, gracias, pues.

—Regálame un tamal de esos que dicen que son especiales —pidió Rocío. En su voz había una provocación que a Severiano le pareció recién estrenada.

Buscó bien abajo para darle uno que al me­ nos estuviera tibio. Cuando se lo puso en la mano sintió un imán que obligaba a alargar el contacto, le dio calor en las orejas y notó cómo los ojos de Rocío volvían a ser de animal dócil.

Casi echó a correr a su casa, aterrado por el contacto.

Sabía que no dormiría, mejor ni tender la col­choneta.

Reparó en la cara de su hija que había dejado de ser estrecha e infantil, todo en ella crecía como por obra del demonio: la nariz, la barbilla, la frente. Su cuerpo era el anuncio de la tragedia, brazos y piernas se habían convertido en extremidades largas y elásticas de adolescente. Casi trece años. Y unos bultitos empezaban a crecerle bajo la blusa.

Sintió náuseas, se palpó la chamarra, quedaban dos cigarros, fue a la estufa y abrió una cajetilla nueva de cerillos. Tenía la manía de contarlos para comprobar si eran cincuenta fósforos como prometía la leyenda junto a la marca registrada. Lo había hecho muchas veces y la mitad de ellas detectó que faltaban una, dos o hasta tres piezas. Se rindió antes de siquiera intentarlo, para qué si ya sabía que la mitad de las cajas de cerillos eran un fraude. La gente robaba todo el tiempo, mentía, bebía, faltaba a sus promesas, ¿cómo lo lograban? ¿Cómo podían hacer todo eso sin sentir que los consumía el miedo de condenarse como a él le pasaba?

Encendió el cigarro y exhaló su cansancio, su miedo al futuro y al presente, a las tetas de su hija que ya despuntaban, a las tetas de Rocío que casi reventaban la blusa, al maldito infierno. Resopló su furia contra Elías, contra Verónica, pinche Ve­ rónica, por qué carajos se había muerto.

Ahora sí me estoy volviendo malacabeza, pensó. Cabezadura.

Dormitó con los codos sobre la mesa y soñó con su compadre tirado de bruces a la puerta de su casa como lo había visto tantas veces vencido por el alcohol, al voltearlo en el sueño descu­ bría que ya no tenía ojos, las cuencas estaban rellenas de agua podrida y moscas zumbonas. Un resoplido en la nuca, esta vez violento, lo despertó.