Opinión

Confidencias y traiciones • Catherine O'Connell

Seis amigas. Una fiesta. Un asesinato. Demasiados secretos.

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ADELANTOS EDITORIALES

Altamente adictivo. Una montaña rusa sin tregua hasta el final.

A la mañana siguiente de su despedida de soltera, Maggie Trueheart despierta en su cama junto a un desconocido. Pero haber engañado a su prometido no será lo peor de un día que empieza con mal pie: su amiga Angie ha sido asesinada.

Cuando el amante ocasional se convierte en el principal sospechoso del asesinato, la integridad de Maggie tambalea: ¿debe ayudarlo confesando que pasó la noche con él o mentir para proteger su futuro matrimonio?

Mientras ella se debate entre la verdad y la mentira, la policía investiga a cada una de sus amigas poniendo al descubierto secretos aparentemente insignificantes.

Alguna de ellas miente… ¿o quizás todas?

Fragmento del libro Confidencias y traiciones de Catherine O’Connell © 2019, Planeta. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Catherine O'Connell es autora de novela negra y miembro de las organizaciones literarias Aspen Words, Mystery Writers of America y Sisters in Crime. Ha aparecido en cadenas de televisión de EE.UU. como ABC, NBC, CBS y Cox y en numerosos programas de radio.

Confidencias y traiciones | Catherine O'Connell

#AdelantosEditoriales


Fragmento Confidencias y traiciones de Catherine O’Connell

Tres

Kelly

Kelly Delaney descendió del coche patrulla asignado para llevarla a casa, farfulló un poco convincente agradecimiento al joven policía que estaba al volante y luego entró en el patio del edificio dejando que la reja se cerrara de golpe mientras ella descendía con fatiga los ocho escalones que conducían al jardín de su departamento. Al abrir la puerta, oyó un impaciente «miau». La gata no estaba acostumbrada a que la dejaran sola tanto rato por la mañana.

—Hola, Tiz —dijo Kelly, entrando y quitándose los zapatos. La temperatura en el pequeño departamento era sofocante, pero después de haber pasado horas en la fría comisaría ataviada con ropa de ir a correr todavía húmeda de sudor, el calor suponía un bienvenido bálsamo. Pensando en la gata, abrió las ventanas de guillotina, levantándolas tanto como se lo permitían los clavos de los marcos. Si bien vivía en un buen vecindario, no dejaba de tratarse de una ciudad. Se sentía pegajosa a causa del sudor seco y necesitaba una ducha, pero en ese momento eso le parecía un esfuerzo demasiado grande y optó por dejar que su sucio cuerpo se desplomara en el sofá. Estaba exhausta tanto física como emocionalmente. Decir que el asesinato de Angie había sido devastador sería quedarse muy corta, pero ser testigo del cuerpo sin vida de su amiga de toda la vida hacía la tragedia aún más dolorosa. Todavía podía ver los fríos ojos de Angie mirándola desde la primera fila de su memoria, una imagen que llevaría consigo el resto de su vida. Otra terrible carga más en una vida ya de por sí repleta de tribulaciones.

Justo cuando estaba recomponiéndola y había enfilado al fin la dirección correcta, las cosas habían vuelto a torcerse. Se removió incómodamente en el sofá y se quedó mirando las tuberías descubiertas que recorrían el bajo techo. Y pensar que el día había comenzado tan bien.

Se había despertado temprano, con la cabeza despejada y la conciencia limpia. No sentía ningún aplastante dolor de cabeza. No tenía ardor de estómago ni regusto a alcohol en la boca. Tampoco se veía obligada a intentar recordar cómo había llegado a casa. Ni a preguntarse qué había dicho o hecho o con quién se había acostado. No se había despertado completamente vestida y dándose cuenta de que había perdido la ropa interior. Aun así, las noches como la anterior siempre eran las más duras: resultaba difícil estar alrededor de viejas amigas que podían beber. Era en esas situaciones cuando la tentación era mayor. Pero si lo de la noche anterior había sido una prueba, la había superado de largo. No sólo no había probado gota, sino que ni siquiera le había apetecido tomar nada. Bueno, muy poco.

Había apartado las sábanas, destapando con ello la bola de pelo rojizo que permanecía acurrucada a sus pies. Una cabeza con bigotes se alzó para echarle una mirada con su único ojo. La había encontrado un ayudante de mesero en el contenedor de basura que había detrás del restaurante griego en el que trabajaba y parecía estar a punto de morir cuando Kelly la vio por primera vez en el refugio. Tenía el pelo apelmazado por la grasa y le habían cegado el ojo derecho con cloro. ¿Había sido un acto deliberado o un accidente? nunca lo sabría. De lo que sí estaba segura era de que, al ver a la criatura herida temblando en el rincón de su jaula, finalmente había encontrado algo todavía más necesitado de cuidados que ella misma.

Al más puro estilo Holly Golightly, cuando llevó la gata a casa no tenía intención de ponerle nombre. Pero cambió de idea y decidió que no quería parecer el alma perdida de la señorita Golightly más de lo que ya lo era. Bautizó oficialmente a la gata como Tizzy, el nombre que uno de los empleados del refugio había puesto en un papel con una tachuela en su jaula; un nombre que, a su parecer, resumía la existencia de ambas.1

Tras estirarse pausadamente para desentumecer el músculo, Tizzy saltó de la cama al suelo. Kelly también se levantó y se dispuso a devolverle a la cama su uso diario de sofá. Mientras colocaba los mullidos cojines de rosas en su lugar, no pudo evitar fruncir el ceño. Los estampados florales no eran su estilo, y menos todavía los de flores de color rosa, pero había comprado el sofá cama de segunda mano, y lo más importante era que el colchón era cómodo, puesto que en su diminuto departamento apenas había espacio para más muebles. Las cosas que tenía ya estaban bastante amontonadas, con una mesa de cocina que hacía las veces de escritorio y una cómoda encajada entre el armario y la entrada. Habría preferido un lugar más amplio y, sin duda, que no fuera un semisótano, pero iba justa de dinero y la universidad era cara, de modo que eso era lo mejor que podía conseguir con su limitado presupuesto. Lo bueno del angosto departamento  era su localización. Estaba situado en una tranquila calle a escasas manzanas del parque Lincoln, lo que lo convertía en el emplazamiento perfecto para ir a correr.

Se dirigió al baño y pasó por delante de la cocina, situada en un rincón. El suelo de tablones de madera estaba frío bajo sus pies descalzos. Mientras se lavaba los dientes delante de la pila con pedestal, contempló el rostro de treinta y tres años que le devolvía la mirada desde el espejo. Sí, estaba surcado por prematuras arrugas, pero no cabía duda de que se había ganado con creces todas y cada una de ellas. Por fortuna, sus demás rasgos ayudaban a compensar el daño, y seguía siendo guapa de un modo, digamos, tosco. Tenía los pómulos marcados de una modelo, una espesa melena de pelo castaño sorprendentemente libre de canas y unos ojos del color azul del cielo al amanecer. Y esa mañana, advirtió felizmente, esos ojos estaban tan despejados como su mente. No había en ellos rastro de enrojecimiento. Y resplandecían en vez de estar vidriosos.

Cuando hubo terminado en el baño, regresó a la otra habitación y se preparó para salir a correr como cada mañana. Después de vestirse y de dar de comer a la gata, hizo algunos estiramientos, se ató las agujetas de los tenis y salió por la puerta. Como no tenía prisa, se detuvo un momento en lo alto de la escalera para disfrutar del sosiego que había a primera hora de la mañana. El patio era tan tranquilo como el de una biblioteca, y el único sonido que rompía el silencio era el canto de un petirrojo posado en la rama de un tilo. Una repentina brisa trajo consigo un fuerte aroma a magnolias que le devolvió antiguos recuerdos infantiles. Ése era su momento favorito del día, el breve intervalo entre la impersonal noche y el intrusivo día. Era el único momento en el que estar sola en la ciudad no era algo tan malo.

Por consideración hacia sus vecinos, cerró la reja con cuidado antes de enfilar la calle bordeada de árboles. Al principio empezó a correr con lentitud, pero al tomar la avenida Armitage aumentó el ritmo. Sus pies saltaban ágilmente de la acera a la calzada mientras pasaba por delante de adormilados edificios de departamentos, tiendas a oscuras y caras tintorerías. La intersección de la calle Clark estaba desierta, de modo que cruzó en dirección a la luz y se dirigió al parque. Sentía las piernas excepcionalmente fuertes y bajó la mirada para admirar los músculos de sus muslos en plena acción. Contempló satisfecha cómo se expandían y se contraían como pistones bien engrasados bajo sus pantalones cortos de nailon. Apenas parecía posible que tan sólo un año antes esos mismos músculos tonificados y vigorosos colgaran de sus huesos como globos desinflados.

Kelly rodeó el zoológico, todavía cerrado, y al llegar al sendero señalizado que recorría toda la extensión del parque lo enfiló en dirección norte. Con paso firme, avanzó sin esfuerzo a lo largo de la laguna, en la que algunos miembros del club de remo del parque Lincoln estaban echando sus botes de fondo plano en el agua. Luego pasó por debajo del maltrecho puente de la avenida Fullerton, que estaba repleto de esperanzados pescadores mexicanos, y dejó atrás el puerto Diversey, con sus atracaderos repletos de barcas que acababan de volver de una estancia en dique seco. Al llegar a la altura del campo de práctica de golf, divisó a lo lejos la familiar silueta encorvada de Ralph. El anciano no paseaba precisamente a toda máquina, pero cada día recorría el parque de punta a punta. Su ritmo sólo se veía afectado por su edad y una pierna izquierda unos centímetros más corta que la derecha. Al aproximarse al anciano, Kelly lo llamó. Él se volvió y una sonrisa a la que le faltaban algunos dientes se formó en su oscuro rostro. Luego alzó una mano artrítica y ella ralentizó el ritmo para chocársela amigablemente. Él hizo lo propio con sorprendente fuerza.

—¡Caray, Ralph, con una derecha como ésa deberías estar en el ring!

—Esos días ya quedaron atrás, jovencita —respondió con una voz ronca por la edad—. ¡Que tengas un buen día!

—¡Tú también! —contestó Kelly por encima del hombro, retomando la velocidad anterior.

Luego el anciano exclamó algo a su espalda, pero ella ya no podía oírlo y sus palabras se perdieron en el aire matutino. Un minuto después, Kelly atisbó el puerto de Belmont. Las lujosas embarcaciones se reflejaban en el agua inmóvil del lago como si de un cuadro impresionista se tratara. La visión del Dermabrasion flotando plácidamente en su amarre alteró sus despreocupados pensamientos. Un recuerdo que permanecía dolorosamente claro en su mente era la mañana de domingo en la que ella solita había ingerido toda una jarra de bloody mary, había caído por la borda del yate en medio del lago y había estado a punto de dejar viuda a Carol Anne Niebaum al hacer que Michael tuviera que saltar para salvarla. No era de extrañar que no hubieran vuelto a invitarla desde entonces.

Corriendo un tupido velo sobre ese recuerdo, Kelly decidió rodear el puerto deportivo y se adentró en la arboleda contigua, donde su carrera se detuvo de golpe al ver el coche de policía que bloqueaba el sendero y cuyas luces estroboscópicas teñían de azul eléctrico la pálida luz matutina. Al otro lado del vehículo habían acordonado la zona con precinto amarillo, sujetándolo a los árboles que había a cada lado del sendero. Una mujer policía de gran trasero indicaba a los corredores que dieran media vuelta, dirigiéndolos con la mano hacia la acera que había al otro lado de la arboleda. A pesar de sus esfuerzos, un pequeño grupo se había congregado junto a la cinta amarilla y estaba mirando algo que había al otro lado. Kelly, que no era de las que pasaban de largo al ver un accidente, se unió al grupo y se acercó a la barrera para ver qué era lo que estaba causando toda esa agitación. De pie al borde de la arboleda y de espaldas a ellos había un policía alto y delgado hablando por su radio. A sus pies yacía una figura inmóvil cubierta por periódicos.

«¡Oh, dios mío! ¿Es eso un cadáver?» Seguramente se tratará de una pobre indigente.

«Sí, bueno, aunque nunca he visto a una mendiga con unos zapatos como ésos.»

Kelly se abrió paso entre la gente para ver mejor, y lo que vio la dejó petrificada. Sobresaliendo bajo los periódicos divisó un zapato rojo de tacón en un pie inmóvil. Recordó de golpe que la noche anterior había hecho un comentario sobre un par de zapatos parecidos: «¿Cómo diantres puedes andar con eso, Angie?».

Sin llegar a considerar siquiera las consecuencias, se agachó para pasar por debajo del precinto amarillo y corrió hacia el cadáver. El grupo de gente dejó escapar un grito ahogado al unísono cuando vio que se arrodillaba y quitaba los periódicos que lo cubrían. Los peores temores de Kelly se vieron confirmados al ver los ojos castaños de Angie sin vida en un rostro pálido como la leche. Su amiga tenía el pelo desparramado como en una fotografía descuidada y la cabeza formaba el ángulo de una muñeca con el cuello roto. Una lengua gris sobresalía de sus labios, también grises, congelando una invectiva que ya nunca sería oída.

—¡No! —gritó al tiempo que una mano la agarraba y la ponía en pie con una fuerza tal que a punto estuvo de dislocarle el hombro.

—¿Qué rayos está haciendo? —exclamó furioso el policía delgado, retorciéndole el brazo. Su compañera había abandonado su puesto y estaba corriendo hacia ellos con la mano en la pistola.

—¡Suélteme! —dijo Kelly, intentando  liberar su brazo—.

¡La conozco! ¡Es amiga mía!

Después de soportar una agonizante charla sobre el riesgo de contaminar la escena del crimen, la llevaron a la patrulla. Sentada a solas en el creciente calor, intentó contener las lágrimas y se secó los ojos con su sudorosa camiseta. Al poco, el parque se llenó de patrullas, tantas que Kelly se preguntó si quedaba alguna por las calles. Los fotógrafos se inclinaban sobre el cadáver de Angie y los forenses rastreaban el área acordonada, recogiendo dios sabe qué y depositándolo en bolsas de plástico. Al ver aparecer la ambulancia reprimió una irónica risa: «¡Como si alguien pudiera hacer algo por ella ahora!».

Finalmente, un par de detectives fueron a hablar con ella. Iban vestidos con ropa de calle: camisas de manga corta con las axilas sudadas y arrugados pantalones de vestir. Uno de ellos era un hombre rechoncho con el pelo canoso peinado a base de lengüetazos de vaca. El otro era un desmañado gigantón con la cabeza rapada y redonda como un melón. Ambos le mostraron las placas plateadas que llevaban en sus carteras baratas y se presentaron.

El tipo rechoncho era el detective Ron O’Reilly, que tenía el tono de voz de un camión recorriendo un camino de grava. Una «voz aguardentosa», como suele decirse. Unos ojos verdes dolorosamente inyectados en sangre completaban la imagen. El gigantón era Joseph Kozlowski. Sus pequeños ojos negros parecían pepitas de sandía en medio de su enorme rostro. Tenía los hombros en una posición de encorvamiento permanente y la cabeza inclinada, como si se hubiera golpeado en demasiados dinteles de puertas.

Voz aguardentosa fue quien habló mientras el leviatán se cernía a su lado tomando notas en el arrugado cuaderno que había sacado de uno de los bolsillos traseros del pantalón.

—Señorita Delaney, somos de homicidios. Nos han dicho que conocía usted a la víctima —comenzó a decir O’Reilly.

Homicidio. Víctima. Dos dolorosas palabras que contaban una historia. Kelly asintió intentando no mirar en dirección a la ambulancia y la camilla que estaban conduciendo en su dirección.

—Sí, éramos amigas desde el colegio.

—Lamentamos su pérdida. —su intento de sonar compasivo resultó francamente patético—. ¿El nombre de la víctima?

—Angela Lupino Wozniak. Angie para sus amigas. —Kelly vaciló, y luego añadió—: aunque puede que últimamente sólo utilizara el apellido lupino. Estaba divorciándose.

O’Reilly enarcó brevemente una ceja sobre un ojo inyectado en sangre.

—Ajá. ¿Y la última vez que vio a la víctima fue...?

—Anoche.

Esta vez la ceja permaneció enarcada.

—Estuvo con ella anoche... —repitió O’Reilly. Su  áspera voz apenas disimuló la incredulidad.

—Eso fue lo que dije.

—Señorita Delaney —dijo él sin molestarse en mirar al gigante en busca de su aprobación—. ¿Le importaría venir a la comisaría del área 3 con nosotros para poder hacerle unas preguntas con más calma?

—¿Acaso tengo elección? —respondió ella, perfectamente consciente de cuál era la respuesta.

La llevaron a la comisaría en un Ford Crown Victoria de color beige con el aire acondicionado a temperatura glacial. La comisaría del área 3 se encontraba en un anodino edificio café que se extendía media manzana. el estacionamiento estaba a rebosar, lo que obligaba a muchos vehículos a estacionarse en las aceras y el césped. A Kelly no se le escapó la ironía de que se desobedeciera la ley en el mismo lugar en el que se administraba. Después de encontrar  milagrosamente un espacio vacío en la zona reservada a los detectives, el trío se adentró directamente en el edificio sin pasar por los detectores de metal obligatorios para todos los demás. El vestíbulo era un mar de jóvenes rostros desesperados.

—No se aleje de nosotros —dijo Kozlowski—. Éstos no son exactamente ciudadanos modelo. Aquí es donde les leen los cargos.

Como si estuviera contándole algo que ella no supiera.

1 Tizzy se utiliza coloquialmente para describir un estado emocional de agitación y nerviosismo. (N. del t.)