Opinión

Civilizaciones • Laurent Binet

¿Cómo habría sido la historia si los incas hubieran conquistado Europa?

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ADELANTOS EDITORIALES

1531: Atahualpa se presenta en la España del emperador Carlos V para encontrarse con la Inquisición y el milagro de la imprenta, pero también con una monarquía exhausta por las constantes guerras, la amenaza permanente de los infieles y lo que es aún más preocupante, con pueblos a los que el hambre puede llevar al límite de la revuelta. En pocas palabras: los aliados que Atahualpa necesita para construir su imperio.

Instructiva y fascinante, Civilizaciones es el fruto de la exquisita erudición del autor y de una imaginación desbordante: un ejercicio de audacia narrativa que contiene una profunda reflexión acerca de las huellas que dejamos en el pasado, la imperfección y ambición del ser humano y el mundo que hemos construido.

Laurent Binet inició su carrera de manera brillante al ganar el Premio Goncourt de Primera Novela con HHhH, un libro que gozó del unánime favor de la crítica y el público internacional. Convertido ya en un autor esencial de las letras europeas, con Civilizaciones ha revalidado su éxito alzándose con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa.

Fragmento del libro Civilizaciones (Seix Barral), © 2020, Laurent Binet. © 2020 Traducción: Adolfo García Ortega. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Laurent Binet | Nació en París en 1972. Hizo el servicio militar en Eslovaquia y ha vivido en Praga. Es profesor en la Universidad de París III. Su primera novela, HHhH (Seix Barral, 2011), fue galardonada con el Premio Goncourt de Primera Novela, el Premio de los lectores de Livre de Poche y le valió el Premio al autor revelación de Lire; fue publicada en más de treinta y cinco países y próximamente será llevada a la gran pantalla.

Civilizaciones | Laurent Binet

#AdelantosEditoriales

 

Primera parte

LA SAGA DE FREYDIS ERIKSDOTTIR

 

1. ERIK

Había una mujer llamada Aude la Muy Sabia, hija de Ketill el Chato, que había sido reina. Era viuda de Olaf el Blanco, belicoso rey de Irlanda. Al morir su esposo, se había trasladado a las Hébridas para llegar hasta Escocia, donde su hijo, Thorstein el Rojo, se convirtió también en rey, pero luego los escoceses lo traicionaron y pereció en una batalla.

Cuando tuvo noticia de la muerte de su hijo, Aude se hizo a la mar con veinte hombres libres y partió hacia Islandia. Allí colonizó los territorios situados entre el río Yantar y el Salto de Skrauma.

Llegaron con ella muchos nobles que habían sido hechos prisioneros durante las expediciones vikingas del oeste y considerados esclavos.

Había uno llamado Thorvald que había abandonado Noruega con su hijo, Erik el Rojo, por culpa de un crimen. Eran granjeros que cultivaban la tierra. Cierto día, Eyjolf el Estiércol, pariente de un vecino de Erik, mató a unos esclavos de este último porque habían ocasionado un desprendimiento de tierra. Erik, a su vez, mató a Eyjolf el Estiércol. También mató luego a Harfn el Duelista.

Entonces fue desterrado.

Colonizó la isla de los Bueyes. Prestó unas vigas de su propiedad a un vecino suyo, pero cuando fue a reclamárselas, el vecino se negó a devolvérselas. Lucharon y más hombres murieron. Fue desterrado de nuevo por el thing1 de Thorsnes.

No podía permanecer en Islandia y tampoco podía volver a Noruega, así que eligió navegar hacia el país que había divisado el hijo de Ulf la Corneja un día que se desvió hacia el oeste. Bautizó ese país como Groenlandia, porque pensó que mucha gente querría ir allí si ese lugar tenía un nombre tan bonito.

Se casó con Thjodhild, nieta de Thörbjorg Quilla de Knörr, con quien tuvo varios hijos. Pero también tuvo una hija con otra mujer. Se llamaba Freydis.

2. FREYDIS

De la madre de Freydis no sabemos nada. Pero Freydis, al igual que sus hermanos, había heredado de su padre Erik el gusto por los viajes. Tanto que embarcó en el navío que su hermanastro, Leif el Venturoso, había prestado a Thorfinn Karlsefni para que hallara de nuevo el camino a Vinlandia.

Viajaron hacia el oeste. Hicieron escala en Marklandia, antes de alcanzar Vinlandia, y encontraron el campamento que Leif Eriksson había dejado tras de sí.

El país les pareció bello y frondoso, los bosques distaban poco del mar, la arena blanca se extendía a lo largo de la costa. Había por allí muchas islas y bajíos. El día y la noche eran tan largos como en Groenlandia o Islandia.

También vieron a unos skraelings, que parecían troles de pequeño tamaño. No eran unípedes, como les habían contado, aunque tenían la piel oscura y les gustaban las telas de color rojo. Los groenlandeses les cambiaron las que tenían por pieles curtidas. Comerciaron. Pero un día, un toro que pertenecía a Karlsefni y que no dejaba de mugir saltó la cerca y asustó a los skraelings. Entonces estos atacaron el campamento y los hombres de Karlsefni habrían corrido en desbandada si no fuera porque Freydis, furiosa por verlos huir, había cogido una espada y les había plantado cara a los asaltantes. Se rasgó la camisa y se golpeó los pechos con la hoja de la espada a la vez que insultaba a los skraelings. Estaba en un estado de locura frenética y echaba pestes de sus compañeros por su cobardía. Los groenlandeses, avergonzados, dieron media vuelta, y los skraelings, espantados por la visión de aquella criatura exuberante y fuera de sí, se dispersaron.

Freydis estaba encinta y tenía mal carácter. Riñó con dos de sus hermanos, a los que tenía por aliados. Como quería adueñarse de su barco por ser más grande que el suyo propio, ordenó a su marido, Thorvard, que los matara, así como a todos sus hombres, y su marido lo hizo. Freydis mató a sus mujeres con un hacha.

El invierno había pasado y se acercaba el verano. Pero Freydis no se atrevió a regresar a Groenlandia, porque temía la cólera de su hermano Leif cuando supiera que ella había sido la culpable del asesinato. Por otra parte, sentía que desde entonces desconfiaban de ella y que ya no era bienvenida en el campamento. Aprovisionó el barco de sus dos hermanos y a continuación se embarcó en él con su marido, algunos hombres, ganado y unos caballos. Los de la pequeña colonia que quedaban en Vinlandia se sintieron aliviados con su partida. Sin embargo, antes de echarse a la mar, les dijo: «Yo, Freydis Eriksdottir, juro que volveré».

Pusieron rumbo al sur.

3. EL SUR

El knörr de achatados flancos navegó a lo largo de la costa. Hubo una tempestad y Freydis invocó a Thor. Poco faltó para que el navío se hiciera pedazos contra las rocas de los acantilados. Los animales de a bordo, presas del pánico, coceaban tan fuerte que los hombres estuvieron a punto de deshacerse de ellos porque temían que les hicieran zozobrar. Pero finalmente la cólera del dios se apaciguó.

El viaje duró mucho más tiempo del que se habían figurado. La tripulación no encontraba ningún lugar donde atracar, pues los acantilados eran demasiado altos, y cuando hallaban una playa, divisaban a unos acechantes skraelings que blandían sus arcos y les lanzaban piedras. Ya era demasiado tarde para poner rumbo al este, y Freydis no quería dar media vuelta. Los hombres pescaban para alimentarse y los que bebieron agua de mar cayeron enfermos.

En medio de los remeros, entre dos bancos, un día en que ningún viento del norte acudía en su ayuda para hinchar las velas, Freydis alumbró un niño muerto, a quien quiso llamar Erik, como su abuelo, y lo entregó al mar.

Por fin, encontraron una cala donde atracar.

4. EL PAÍS DE LA AURORA

El agua era allí tan poco profunda que pudieron llegar a pie hasta la arena de la playa. Habían llevado consigo toda clase de animales. Aquella tierra era hermosa. Su único afán era explorarla.

Había praderas y bosques con árboles muy separados unos de otros. La caza era abundante. Los ríos rebosaban de peces. Freydis y sus compañeros decidieron establecer el campamento cerca de la costa, al abrigo del viento. No carecían de provisiones, así que pensaron permanecer allí para pasar el invierno, pues supusieron que los inviernos serían más suaves, o al menos más cortos, que en su país natal. Los más jóvenes habían nacido en Groenlandia, los demás provenían de Islandia o de Noruega, como el padre de Freydis.

Pero un día que habían penetrado más que otras veces en el interior de las tierras, descubrieron un campo cultivado. Había hileras de sembrado bien alineadas, con espigas de cebada amarilla cuyos granos eran crujientes y jugosos. Supieron entonces que no estaban solos.

También ellos quisieron cultivar cebada crujiente, pero no sabían cómo hacerse con ella.

Unas semanas más tarde, aparecieron unos skraelings en lo alto de la colina que dominaba el campamento. Eran altos y bien formados, con piel aceitosa y rostro pintado con largos trazos negros, lo que espantó a los groenlandeses, pero esta vez ninguno se atrevió a moverse en presencia de Freydis por temor a pasar por un cobarde. Por otra parte, los skraelings parecían más curiosos que hostiles. Uno de los groenlandeses quiso darles una pequeña hacha para engatusarlos, pero Freydis se lo prohibió. Ella, en cambio, les ofreció un collar de perlas y un broche de hierro. Los skraelings dieron claras muestras de apreciar este último regalo, pasándoselo unos a otros de mano en mano y disputándoselo, y Freydis y sus compañeros comprendieron que deseaban invitarlos a su poblado. Solo Freydis aceptó la invitación. Su marido y los demás se quedaron en el campamento, no porque tuvieran miedo a lo desconocido, sino, al contrario, porque ya habían estado a punto de morir anteriormente en una situación parecida. Designaron a Freydis como emisaria y delegada suya, lo cual la hizo sonreír, ya que se había percatado de que algunos de ellos no habrían tenido el valor de acompañarla. Una vez más, los insultó, pero en esta ocasión el avergonzamiento no tuvo ningún efecto. Entonces, ella sola siguió a los skraelings, los cuales untaron con grasa de oso su piel blanca y sus cabellos rojos, y luego se adentraron con ella por los pantanos a bordo de una barca tallada directamente en un tronco. La barca podía contener fácilmente a diez de ellos, así de grandes eran los árboles de aquellas tierras. Cuando se alejó, Freydis desapareció con los skraelings.

Esperaron su regreso durante tres días y tres noches, pero nadie fue en su búsqueda. Ni siquiera su marido, Thorvard, se atrevió a aventurarse por esos pantanos.

Luego, al cuarto día, ella volvió con un jefe skraeling que llevaba alhajas de vivos colores alrededor del cuello y en las orejas. Tenía el pelo largo, pero rasurado por un solo lado, y era difícil imaginar estatura más notable que la suya.

Freydis dijo a sus compañeros que estaban en el País de la Aurora y que esos skraelings se llamaban el Pueblo de la Primera Luz. Libraban una guerra contra otro pueblo que vivía más al oeste, y Freydis opinaba que había que ayudarlos. Cuando le preguntaron cómo había entendido su lengua, ella respondió riéndose: «Quizá porque yo misma también sea una völva».2

Llamó al hombre que había querido dar su hacha a los skraelings y, en esta ocasión, le dijo que se la entregara al sachem que la acompañaba (que es como ellos llamaban a sus jefes). Nueve meses más tarde, ella alumbraría a una niña a la que pondría por nombre Gudrid, como su excuñada, la mujer de Karlsefni, viuda de Thorsteinn Eriksson, a la que siempre había detestado (pero no vale la pena hablar de personas que no tomarán parte en esta saga).

La pequeña colonia se instaló en las proximidades del poblado skraeling y, en vez de limitarse a cohabitar sin incidentes, los dos grupos se ayudaron uno al otro. Los groenlandeses enseñaron a los skraelings a buscar hierro bajo la turba y a moldearlo para hacer hachas, lanzas y puntas de flecha. De ese modo, los skraelings pudieron armarse eficazmente para derrotar a sus enemigos. A cambio, ellos enseñaron a los groenlandeses a cultivar cebada crujiente metiendo los granos en pequeños montones de tierra junto con las alubias y las semillas de calabaza, para que se enrollaran alrededor de los grandes tallos. Así podrían tener reservas para el invierno, cuando la caza empezara a escasear. Los groenlandeses deseaban quedarse en esas tierras. En prueba de amistad, regalaron una vaca a los skraelings.

Entonces sucedió que algunos skraelings se pusieron enfermos. Uno de ellos tuvo mucha fiebre y murió. No hubo que esperar demasiado tiempo para que empezaran a morir unos tras otros. Aquello dio miedo a los groenlandeses y quisieron salir de allí, pero Freydis se opuso. Por más que sus compañeros le decían que, tarde o temprano, la epidemia los alcanzaría, ella se negaba a abandonar el poblado que habían construido, insistiendo en que en ese lugar habían hallado una tierra fértil y que nada les garantizaba que en otra parte pudieran encontrar skraelings amistosos con los que comerciar.

Pero el sachem de hombros tan anchos fue atacado también por la enfermedad. Al meterse en su casa, que era una cúpula sostenida por unos postes arqueados recubiertos con tiras de corteza, tuvo una visión: los cadáveres de unos desconocidos ocupando el umbral y una gigantesca ola que arrasaba su poblado y el de los groenlandeses. Cuando la visión se desvaneció, se acostó, ardiendo de fiebre, y pidió que fueran a buscar a Freydis. Cuando esta llegó a la cabecera de su lecho, él le dijo al oído unas palabras en voz baja, para que solo las supiera ella, y luego, para que todo el mundo lo oyera, declaró bienaventurados a aquellos que se sentían en casa adondequiera que fuesen, y que jamás olvidarán el regalo del hierro que los viajeros habían hecho a su pueblo. A ella le habló de su situación y le dijo que la esperaba un gran destino, así como a su hija. Luego se desplomó. Freydis permaneció junto a su lecho toda la noche, pero por la mañana estaba frío. Entonces regresó con sus compañeros y les dijo: «Vamos, llevemos el ganado al knörr».

1. Asamblea de gobierno de las tribus germanas. (N. del t.)

2. En la mitología escandinava, sacerdotisa y sabia. (N. del t.)