Opinión

Breve historia de nuestro neoliberalismo • Rafael Lemus

¿Quién no ha sido acusado alguna vez de ser neoliberal?

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ADELANTOS EDITORIALES

«Incluso hoy, cuando al fin gobierna en el país una administración que se declara abiertamente antineoliberal, el neoliberalismo continúa, inamovible, en el centro: es el estado de las cosas, la obstinada forma del presente» -De la introducción.

Un fantasma recorre México: el fantasma del neoliberalismo. Todas las fuerzas del actual gobierno han lanzado una cruzada contra ese fantasma: lo ven en las pasadas administraciones -panistas y priístas-, en los medios de comunicación y las ONG, en los científicos y la iniciativa privada.

¿Quién, al final del día, no ha sido acusado alguna vez de ser neoliberal?

En este ensayo histórico -riguroso y bien narrado-, Rafael Lemus nos cuenta la vida de este fantasma en territorio mexicano: cómo fue su llegada en los años ochenta, de qué modo consiguió su carta de naturalización, cuáles han sido algunos de sus momentos estelares y quiénes fueron sus primeros valedores. Y lo hace desde una perspectiva poco analizada: la cultural. ¿Qué intelectuales le abrieron la puerta al neoliberalismo? ¿Qué aparatos ideológicos lo arroparon? ¿Qué instituciones culturales (oficiales y privadas) lo difundieron?

En esta trama aparecen Octavio Paz y Vuelta, la exposición México: esplendores de treinta siglos, los diálogos y las danzas con el poder, las revistas Nexos y Letras Libres, las batallas a cielo abierto y los rounds de sombra. Se asoman también el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y Carlos Monsiváis, como dos de los mayores alfiles antineoliberales de aquellos años.

En Breve historia de nuestro neoliberalismo aparecen, en fin, todos los elementos que delinean el rostro actual de nuestro país, y que son indispensables para entender la polarización que vive y el rumbo que está tomando.

Fragmento “Breve historia de nuestro neoliberalismo” de Rafael Lemus.

Breve historia de nuestro Neoliberalismo | Rafael Lemus

#AdelantosEditoriales

 

I

Editando neoliberalismo: Vuelta en los años ochenta

La historia de Vuelta empieza cinco años antes de Vuelta. En octubre de 1971 aparece, entre las páginas del diario Excélsior, el primer número de la revista Plural, fundada y dirigida por Octavio Paz. La revista, de acuerdo con el propio Paz, es un “centro de convergencia de los escritores independientes de México”, apenas emparentados por “la común adhesión a la autonomía del pensamiento y la afición a la literatura no como prédica sino como búsqueda y exploración, ya sea del lenguaje o del hombre, de la sociedad o del individuo”.

Cincuenta y siete números más tarde ese centro se cierra. Se conoce la historia: en julio de 1976, instigados por el gobierno del presidente Luis Echeverría Álvarez, un grupo de periodistas y trabajadores toma el control de la cooperativa de Excélsior —entonces el periódico de mayor circulación en el país y el único que ejerce una crítica constante de la administración echeverrista— y destituye al consejo directivo encabezado por Julio Scherer. También se sabe: tras el golpe al diario, Scherer y su equipo de reporteros, columnistas y caricaturistas fundan el semanario Proceso. Paz vuelve, en diciembre de ese mismo año, con Vuelta.

Sobre la portada blanca, verde y roja del primer número de Vuelta se lee una única frase: “Estamos de Vuelta”. En el texto de presentación Paz remacha el mismo mensaje (“Vuelta, como su nombre lo dice, no es un comienzo sino un retorno”) y la página legal pre­sume el mismo consejo de redacción que Plural: José de la Colina, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Kazuya Sakai, Tomás Segovia y Gabriel Zaid.

Vuelta no es Plural, sin embargo. Es, desde el principio, una publicación más polémica, más combativa, ideológicamente más definida. Como ha estudiado John King, ya desde los primeros números es posible observar una “tendencia de la revista a distanciarse cada vez más del modelo ‘plural’ en favor de una confrontación claramente definida”. En los términos del propio Paz, se transita de la “confusión Plural” —en la que cabían, a veces en un mismo dossier, autores de distinto signo político— a la “trinchera Vuelta”, sólida, compacta, ferozmente anticomunista y antipopulista. Parte de la contienda es interna: escritores de izquierda alguna vez cercanos a Plural —como Julio Cortázar y Carlos Fuentes— son cuestionados en las páginas de Vuelta y, tarde o temprano, expulsados del círculo cercano. En paralelo con esa suerte de purga, el núcleo duro de la revista —constituido en los años que nos ocupan sobre todo por Paz, Gabriel­ Zaid, Enrique Krauze, de manera intermitente Mario Vargas Llosa y, más tarde, Jaime Sánchez Susarrey— redefine la postura ideológica de la publicación y dirige su batería crítica, número tras número, contra sus dos enemigos declarados: el Estado burocrático, no sólo en su versión mexicana, y el socialismo, tanto el “realmente existente” como la “doctrina” que —en términos de Paz, tan dado a metáforas clínicas— “intoxica” a buena parte de los intelectuales latinoamericanos.

La relevancia de Vuelta en el campo cultural mexicano, desde su lanzamiento en 1976 hasta su desaparición en 1998, es incuestionable. En el plano literario, la revista es el punto de reunión de una amplia gama de poetas y narradores mexicanos (además de los reunidos en el consejo fundador, Jorge Ibargüengoitia, Jaime García Terrés, Julieta Campos, Eduardo Lizalde, Ulalume González de León…), latinoamericanos (Mario Vargas Llosa, Gonzalo Rojas, Ida Vitale, Jorge Edwards, Severo Sarduy…), europeos (Juan Goytisolo, Pere Gimferrer, Hans Magnus Enzensberger, Joseph Brodsky…) y estadounidenses (John Ashbery, Mark Strand, Charles Tomlinson…). Es también —como se verá en el tercer capítulo— un bastión de cierta idea del canon literario, impugnado en esas décadas lo mismo por la noción de la literatura comprometida que por los estudios culturales y las derivas posmodernas. En el plano político, su importancia no es menor. Célebremente, Vuelta es una de las publicaciones que ejerce de manera más sistemática la crítica del comunismo en Europa del Este y que acompaña con más entusiasmo los procesos de deshielo y transición política de los años ochenta y noventa. De modo muy notorio, practica también, y con la misma vehemencia, la crítica de las guerrillas y los socialismos latinoamericanos. En el caso del debate político mexicano, Vuelta es mucho más que una mera publicación literaria: es un actor protagónico de ese debate, un grupo cultural que interviene permanentemente en la discusión pública, critica y acompaña a las administraciones en turno y produce discurso para los gobiernos que se empeñan en la reconversión neoliberal del país.

Ésa es la dimensión de Vuelta que importa aquí: su intervención política en el México de los años ochenta. Esto es lo que se quiere: trazar en cámara lenta el vuelco ideológico —el giro neoliberal— que tiene lugar en las páginas de la revista durante esa década.

 

1.    Contra el ogro filantrópico

2.     

Ocho años antes de la aparición del primer número de Vuelta, el movimiento estudiantil de 1968 coloca en el centro de la vida política mexicana un signo: democracia. Es sólo hasta entonces, con las masivas protestas universitarias y la brutal represión gubernamental que les sigue, que se rompe con la idea de que el régimen priista es, a pesar de todo, una “democracia social” y se torna ya irrebatible que se trata de un régimen no democrático. Como ha notado Javier Contreras Alcántara, son varios los intentos que durante la década de los setenta se realizan por caracterizar al gobierno mexicano, los cuales irán desde “régimen de partido de Estado” hasta “dictadura” y “monarquía sexenal hereditaria”.

Es sólo en las páginas de Vuelta, sin embargo, donde esa crítica adquiere hacia finales de la década una nueva dimensión: ya no nada más crítica del sistema político mexicano sino también, y sobre todo, de lo que Michel Foucault llamaba “el principio de la razón de Estado”, esa lógica política según la cual gobernar significa ante todo “actuar de tal modo que el Estado pueda llegar a ser sólido”, obrar de tal manera que la acción del Estado tenga como principal efecto el fortalecimiento del Estado mismo. Dicho en otros términos: a la crítica, ya no tan infrecuente en el país, del presidencialismo, el centralismo, la corrupción, la burocracia y el corporativismo del régimen priista se le suma en Vuelta otra distinta y más severa —la de la primacía del Estado, la de su pretendida “preeminencia ontológica” sobre el mercado y la sociedad civil—. Son, sobre todo, dos las obras en las que esa operación tiene lugar: “El ogro filantrópico” (1978), acaso el ensayo político más conocido de Paz, y El progreso improductivo (1979), el libro en el que Zaid recoge los artículos sobre economía que había venido publicando desde Plural.

Se acostumbra leer “El ogro filantrópico” como un análisis del sistema político mexicano. Es eso y algo más: una crítica de la idea del Estado. Ya en las primeras líneas del ensayo Paz apunta que “nuestros especialistas”, “obsesionados con el tema de la dependencia y el subdesarrollo”, han olvidado estudiar la realidad “ambigua, contradictoria y, en cierto modo, fascinante” del Estado en América Latina —falla que él, desde luego, se propone reparar—. En México el Estado ha adoptado una forma peculiar: la de un “ogro filantrópico”, a la vez temible y dadivoso, autoritario y clientelista, que alberga “tres órdenes o formaciones distintas en su interior” —la burocracia administrativa, la clase política priista y “el conglomerado heterogéneo de amigos, favoritos, familiares, privados y protegidos” del presidente en turno—. En otras naciones son otras sus formas pero no menor su peso y relevancia: lejos de ser superestructura, el Estado es en todas partes “el modelo de las organizaciones económicas”; antes que servir a la sociedad, termina por absorberla: “fuera del Estado no hay nada ni nadie”. Al final es una, y terrible, su “naturaleza” en todas partes: “El Estado en el siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina”.

Los ensayos reunidos en El progreso improductivo practican la crítica del sistema político mexicano y del principio de la razón de Estado desde otro ámbito: la economía. En un primer plano, el libro es una refutación de las políticas económicas (“populistas”) de las administraciones de Luis Echeverría y de José López Portillo. En otro, es una impugnación de la idea de progreso (industrial, urbano, burocrático) fomentada por los regímenes priistas, de Miguel Alemán en adelante. En otro más, es una condena —aún más severa que la de Paz— del aparato estatal, el cual ya no aparece aquí disfrazado de amo terrible y desalmado sino de operador torpe e improductivo, secuestrado por la burocracia y por la tecnocracia universitaria y enemigo tanto de los saberes tradicionales como de la iniciativa privada. Así funciona, someramente, la lógica de Zaid: el Estado, lo mismo en México que en el resto del mundo, actúa “como si fuera una persona: como un fin en sí mismo, como alguien cuyo verdadero fin fuera existir, crecer, multiplicarse, entregado a su vocación, que es la totalidad”; por lo mismo, su acción tiene, en todos los casos, consecuencias negativas: beneficia al Estado y a sus empleados pero perjudica a la gran mayoría que se gana la vida fuera de la burocracia. Da lo mismo si el Estado pretende favorecer, con servicios y subsidios, a la población: los ganadores son los universitarios y burócratas que diseñan y aplican los programas; los perdedores, los hombres y mujeres que, fuera de la nómina gubernamental o lejos de las urbes donde se concentran los servicios y obras públicas, no pueden cobrar su tajada, ni utilizar el puente apenas construido, ni atender la universidad financiada con dinero público.

El neoliberalismo, se ha visto, no es sólo un proceso destructivo. A la vez que desmantela una racionalidad política, construye otra; antes que pretender desaparecer al Estado, lo reorganiza de acuerdo con criterios propios de las empresas; al tiempo que desalienta ciertas relaciones sociales, promueve nuevas, normalmente bajo el principio de la competencia, y se obstina en crear sujetos que, una vez desincorporados de las redes materiales del Estado de bienestar, se conciban a sí mismos como empresarios encargados de invertir, antes que cualquier otra cosa, su propio “capital humano”. Es más o menos fácil detectar aquí, tanto en “El ogro filantrópico” como en El progreso improductivo, la potencia negativa, destructiva, de una cierta racionalidad neoliberal. Aquí está la crítica del principio de la razón de Estado, de las relaciones sociales que produce y de algunas de sus subjetividades más representativas (el burócrata y el sujeto corporativizado, por ejemplo). Ahora, ¿es también visible la parte creativa, positiva? ¿Se encuentran ya aquí, en estos ensayos de finales de los años setenta, tropos de la racionalidad neoliberal que habrá de volverse hegemónica apenas algunos años más tarde?

No en Paz, no todavía. Aunque su análisis del sistema político es ya de corte liberal y su crítica del Estado raya a veces con el anatema (“un amo sin rostro, desalmado”), no plantea como alternativa una serie de medidas asociables al programa económico neoliberal que entonces empezaba a popularizarse en universidades estadounidenses y think tanks latinoamericanos. Dicho de otro modo: no propone —no todavía— poner en marcha un proceso de liberalización económica, y menos aún transformar al Estado en una suerte de empresa eficiente y productiva. A decir verdad, se opone enfáticamente a esto último: “el Estado —escribe— no es una empresa. Las ganancias y las pérdidas de una nación se calculan de una manera distinta a la que nos enseñan las reglas de contabilidad”. Si al final hay una propuesta en “El ogro filantrópico”, es la misma que Paz venía planteando, sin precisión pero con regularidad, desde El laberinto de la soledad (1950): en vez de incorporarse a modernidades “exógenas”, el país debe crear su “propia” modernidad. Así lo formula en esta oportunidad:

No predico el regreso a un pasado, imaginario como todos los pa­sados, ni pretendo volver al encierro de una tradición que nos ahogaba. Creo que, como los otros países de América Latina, México debe encontrar su propia modernidad. En cierto sentido debe inventarla. Pero inventarla a partir de las formas de vivir y morir, producir y gastar, trabajar y gozar que ha creado nuestro pueblo.

El caso de Zaid es más complejo. Como Paz, Zaid está lejos de proponer un temprano paquete de medidas de liberalización económica­. Aún más que Paz, es explícito en su rechazo al poder y las dinámicas de las grandes empresas privadas —nacionales o trasnacionales—, a las que en ese momento observa como “un nuevo recurso del Estado para someter a la sociedad”, para “bloquear el desarrollo” de los ciuda­danos por su cuenta. A diferencia de Paz, sin embargo, Zaid realiza un par de operaciones en las que ya despunta otra gubernamentalidad: limitar radicalmente la capacidad económica del Estado y reconocer como agente económico básico al individuo, concebido como un empresario sometido a partes iguales por las grandes empresas y las estructuras estatales. Por una parte, y dado que, de acuerdo con él, el mayor y casi único beneficiario de las acciones del Estado es el Estado mismo, propone desconcentrar la iniciativa económica: arrebatársela a la burocracia y devolvérsela a los individuos. Por la otra, y dado que, según su lógica, “[l]os mexicanos más pobres [son] empresarios oprimidos”, sugiere dotar a los ciudadanos ya no tanto de servicios y prestaciones como de herramientas e incentivos capaces de fomentar su pretendido emprendurismo. Ése es el sujeto que Zaid celebra y coloca en el centro de su obra: no el trabajador, y mucho menos el burócrata, sino el pequeño empresario que, lejos de empeñarse en la construcción de un régimen de derechos sociales universales, opera en solitario, se sabe dueño de un cierto “capital humano” y está listo para arriesgarlo en diferentes transacciones comerciales. Apenas si es necesario decir que aquí se asoma ya el homo economicus que años más tarde el orden neoliberal se obstinará en producir.

2. 1982: crisis y democracia

Es justo entonces, justo cuando Vuelta termina de afinar su crítica al principio de la razón de Estado, que el Estado mexicano entra en una de sus crisis más severas. En el transcurso de 1982 la moneda se devalúa de 22 a 70 pesos por dólar, la inflación crece a una tasa de más de 100 por ciento anual, la deuda externa rebasa los 80 mil millones de dólares y la ilusión petrolera, alentada por el gobierno a lo largo de todo el sexenio (“tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”), se desvanece. El 1º de septiembre, en su último informe de gobierno, el presidente José López Portillo achaca la crisis a la especu­lación financiera (“apostar contra el peso se convirtió en el mejor de los negocios”), responsabiliza a los banqueros (“en las mismas ventanillas […] se aconsejaba y apoyaba la dolarización”), acusa a la burgue­sía nacional (“tenemos datos de que las cuentas bancarias recientes de mexicanos en el exterior ascienden, por lo menos, a 14 mil millones de dólares”) y anuncia, con el argumento de que sólo así se interrumpirá la fuga de capitales, la nacionalización de la banca. “Ya nos saquearon —exclama—. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear.”

A la larga ese anuncio será interpretado repetidamente como el canto de cisne del modelo de desarrollo estatista. A la larga, también, terminará por formarse una suerte de consenso liberal contra la medida. Lo cierto es que en el momento, como ha mostrado Claudio Lomnitz, la mayor parte de los intelectuales coincide con el diagnóstico de López Portillo (la crisis se debe sobre todo a la traición de los sacadólares) y aprueba —con más o menos entusiasmo— la decisión presidencial de nacionalizar la banca. En la revista Nexos, por ejemplo, Héctor Aguilar Camín celebra la medida como una atinada vuelta a los principios del nacionalismo revolucionario: “la nacionalización de la banca —escribe— implica para los mexicanos un auténtico regreso de la historia, la inesperada actualización de las poderosas tradiciones políticas y jurídicas”. En otras publicaciones periodistas e intelectuales proceden más o menos del mismo modo, replicando la dicotomía propuesta por López Portillo y alineándose, en el acto, con los nacionalistas y contra los traidores, los sacadólares, previamente vapuleados en el informe de gobierno.

Ejemplo de ello es “El timón y la tormenta”, el artículo que Enrique Krauze —entonces ya subdirector de la revista— publica en octubre de ese año en Vuelta. “Lo que México vivió en este sexenio no fue un saqueo: fue una deserción nacional”, escribe Krauze líneas antes de lanzarse, previsiblemente, contra los sacadólares —o contra los metecos, como prefiere llamarlos repitiendo una expresión de José Vasconcelos—. Aunque critica la “ilusión petrolera” creada y fomentada por el gobierno —así como “la improductividad de las inversiones, su origen crediticio, el ritmo con que se ejercieron y el destino al que se aplicaron”—, no deja de concederle el beneficio de la duda a la determinación de nacionalizar la banca: “Es imposible saber ahora si las decisiones anunciadas el 1º de septiembre serán la palanca­ que el país requiere para superar la crisis económica”. Sorprendentemente Krauze reserva las críticas más severas no a López Portillo sino al expresidente Miguel Alemán, no a las políticas económicas estatistas practicadas entre 1970 y 1982 sino al modelo de desarrollo industrial implementado en el país desde el sexenio alemanista (1946-1952). En sintonía con las ideas económicas de Zaid —opuestas, como ya se vio, a la modernización operada en el país a partir de los años cuarenta—, anota Krauze: “El gran vuelco en la historia mexicana, la verdadera pérdida de paso, ocurrió en 1946. En ese año México comenzó a desandar. Nadie como Frank Tannen­ baum entendió la apuesta equivocada de aquel régimen, la creación de una casta —una alianza— urbana de empresarios, burócratas y —hay que decirlo— obreros, que prosperarían a costa del México rural”. Consecuentemente, lo que propone no es —no todavía— acelerar la modernización liberal sino “replantear el modelo de desarrollo” para forjar así, citando a Tannenbaum, un México “modesto pero equilibrado, sano y feliz, que viva a tercias partes de su industria, su agricultura y su minería”. Más aún, sugiere —ahora en sintonía con Paz— una suerte de vuelta al pasado, de algún modo guiada por una imprecisa sabiduría popular:

en una crisis como ésta deberíamos volver naturalmente [al pa­sado]. Es nuestra fuente de sabiduría. Si sabemos reconocerlo, lo hallaremos hoy mismo en la calle, en la cultura e identidad de los millones de mexicanos que no tienen voz. Nada firme construiremos sin contar con ellos, sin escucharlos. De allí que nuestra única alternativa de reconstrucción deba partir de la sociedad civil que atesora el pasado.

Si un discurso representa a la revista Vuelta de finales de los años setenta, principios de los ochenta, es éste: esta combinación de las tesis económicas de Zaid y del relato histórico-cultural de Paz. De un lado, la crítica al modelo de desarrollo económico de los regímenes posrevolucionarios, modelo que, de acuerdo con Zaid, oprime a los pobres y campesinos y premia a los burócratas y universitarios que lo administran. Del otro, la idea, tan cara a Paz, de que México ocupa un espacio excéntrico en Occidente y precisa, por lo tanto, de una modernidad propia, no exógena, abierta lo mismo al presente que a la tradición. A veces Paz encuentra indicios de esa modernidad alternativa en la experiencia zapatista, a veces en el populismo cardenista. En “El timón y la tormenta” la referencia de Krauze, ya se vio, es el sociólogo estadounidense Frank Tannenbaum y su ideal —expuesto en Mexico: The Struggle for Peace and Bread (1950)— de una nación tripartita, minera, agraria e industrial a partes iguales. Un par de meses más tarde, en el número de diciembre, Zaid ilustrará de otro modo, ahora con palabras de Ramón López Velarde, la misma idea:

López Velarde ve el peligro de un nuevo triunfalismo, de una patria “pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”, como el porfirismo. Siente que “Han sido precisos los años de sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa” […] López Velarde no vivió para ver el nuevo porfiriato, la nueva patria pomposa y multimillonaria que hoy está en quiebra. Pero, hace poco, Octavio Paz le dio una nueva expresión al teorema de López Velarde: necesitamos un proyecto nacional más humilde.

Entre este discurso y el discurso liberal que la revista blandirá unos pocos años más tarde media una distancia enorme. El texto que empieza a recortar esa distancia, y que de algún modo sirve a manera de puente entre las dos orillas, es “Por una democracia sin adjetivos”, también de Krauze. Publicado en el número de enero de 1984, este ensayo es importante en, por lo menos, dos sentidos. En principio, es el primero que ofrece un relato liberal sobre la crisis económica del 82, ya lejos de la narrativa nacionalista ofrecida por López Portillo. Después, es el texto que coloca la categoría democracia en el centro del discurso político de Vuelta, desplazando de ahí la idea de una “modernidad propia”, a partir de entonces ya poco procurada en las páginas de la revista.

“Por una democracia sin adjetivos” ofrece un dictamen de la crisis muy distinto al que ofrecía, apenas unos meses antes, “El timón y la tormenta”. Aquí la crisis ya no es sólo económica: es una crisis sisté­mica. Primero, porque el ogro filantrópico, saqueado y endeudado, “no puede cumplir ya su proverbial función de dar”. Segundo, porque, junto con el ogro, se desgasta la ideología que lo acompañaba: “Todo por servir se acaba: hasta la ideología de la Revolución Mexicana”. Lo que Krauze parece observar aquí es un país al borde de una situación poshegemónica: el discurso del nacionalismo revolucionario no produce ya consentimiento, como tampoco lo hace el —de acuerdo con él— plausible pero insuficiente discurso de austeridad y honestidad que la nueva administración de Miguel de la Madrid promueve. Además, severamente limitados sus fondos, el Estado es ya incapaz de apagar el disenso incorporando a los opositores en su seno. Es un escenario insólito para México: el gobierno no cuenta, por primera vez desde la fundación de Partido Nacional Revolucionario en 1929, con los recursos materiales ni culturales necesarios para reproducir su hegemonía.

Numerosos intelectuales han aprovechado coyunturas como ésta para atender los conflictos políticos y sociales que se develan una vez que el relato ideológico que intentaba suprimirlos empieza a venirse abajo. Otros tantos han llamado a ocupar el vacío de pronto abierto con relatos populares, insurgentes. La postura de Krauze es otra: hay que construir un nuevo relato hegemónico cuanto antes, y hay que construirlo desde el poder ya constituido. Lo apremiante es cerrar la fractura, no mirar a través de ella ni mucho menos agrandarla. Lo fundamental es asegurar la estabilidad política, garantizar la capacidad de gobernar de quienes ya gobiernan, y para ello, propone Krauze, el gobierno debe hacer dos cosas: reformar (“democratizar”) algunas de sus prácticas e instituciones y formular una nueva narrativa de legitimación, que ya él mismo esboza. Éste es un punto decisivo en la historia de Vuelta: el momento en que la revista empieza a operar menos como crítica del Estado que como productora de signos y discurso para las administraciones federales en turno, el instante en que este grupo intelectual asume como una de sus tareas principales la de colaborar en la fabricación de esa nueva narrativa. Así, después de trazar un perfil bastante favorable de De la Madrid (“representa una posibilidad de desagravio y democratización”), Krauze aconseja de este modo al presidente y sus ministros:

El presidente ha logrado transmitir una imagen de reciedumbre, sinceridad y limpieza. Se diría que se ve en la figura de un cirujano obligado a practicar una operación dolorosa […] [Pero] El mensaje no puede consistir solo en la frase de Séneca: “Soporta y renuncia.” La gente, más responsable y adulta de lo que los políticos suelen creer, necesita horizontes. La carga de la crisis sería mucho más llevadera si el presidente y sus ministros suministrasen con calor, con claridad y sin tecnicismo una amplia información: causas de la crisis, errores cometidos, proyectos, restricciones, perspectivas, plazos, comparaciones con otros países y recursos, sobre todo recursos: materiales, humanos, históricos. Pero además de la información, una mayor presencia. La sensación de que el Presidente no solo dice compartir sino que, en efecto, comparte los enormes sacrificios del pueblo. El mensaje de De la Madrid ha sido fundamentalmente estoico, pero el mexicano, desde hace siglos, alimenta su estoicismo con un poco de fe. Nada se puede sin creencias.

Esas nuevas “creencias” —que el gobierno necesita proveer a una ciudadanía “adulta” pero crédula— no deben ser ya, no pueden ser ya, las del nacionalismo revolucionario: ya no igualdad y justicia, o seguridad social, o el gastado mito de la excepcionalidad mexicana, sino democracia, definida aquí en términos estrictamente procedimentales.