Opinión

Angela Merkel • Ana Carbajosa

Crónica de una era.

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ADELANTOS EDITORIALES

A las puertas de su adiós, la biografía sobre Angela Merkel: la estadista que ha liderado el mundo.

Un libro que nos adentra en la figura de Angela Merkel, probablemente la política más importante y enigmática de las últimas décadas.

Nada hacía presagiar que una introvertida investigadora científica, hija de un pastor protestante, criada en la antigua Alemania comunista, fuera a convertirse en la líder fundamental para entender la Europa y el mundo de las últimas décadas.

Este retrato, que combina con maestría la biografía política y el retrato humano de la canciller, ahonda en su personalidad poliédrica, su periplo vital, su método para gestionar el país y para mantenerse al frente de su partido, así como su particular forma de liderazgo. Analiza la lucha contra una ultraderecha que nació y engordó durante sus mandatos, la entrada de más de un millón de refugiados, la defensa de la austeridad en Europa, la aproximación cartesiana a la política, la gestión de la crisis del coronavirus y el vacío que deja en Alemania y Europa tras su salida del gobierno. Y tal vez lo más importante, su liderazgo femenino en un mundo de hombres.

En un momento de auge del populismo y la polarización, Angela Merkel se erige en un ejemplo de racionalidad, con firmes convicciones morales y una incansable búsqueda del consenso dentro y fuera de su país, donde ha cosechado no pocos éxitos, pero también fracasos durante sus dieciséis años de mandato.

Fragmento del libroAngela Merkel. Crónica de una era” (Ariel), Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Ana Carbajosa ha sido corresponsal de El País en Berlín coincidiendo con el último mandato de la canciller Angela Merkel. Es licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y cursó posgrado en Relaciones Internacionales y medio ambiente en la Universidad de Boston y máster de Periodismo UAM-El País.

Angela Merkel | Ana Carbajosa

#AdelantosEditoriales


INTRODUCCIÓN

UNA POLÍTICA DISTINTA

Angela Dorothea Merkel es una política distinta, un personaje singular. Es la líder europea más relevante del siglo XXI, que se marcha tras dieciséis años en el poder sin perder una elección. Es mujer, del este, física y sin hijos. Toda una rareza en la política alemana y del continente, en el que nada se ha movido en los últimos tres lustros sin el visto bueno de Berlín. Conocerla es a la vez conocer la historia de la Alemania moderna y de Europa.

Fuera Merkel ha adquirido la categoría de símbolo global. Representa una era, la del multilateralismo frente a la marea neonacionalista que avanza sin aparente freno. La de la defensa de la ciencia y los hechos frente al populismo y los hechos alternativos. Encarna además, la otra cara de la moneda frente a los líderes mercuriales y testosterónicos que aspiran a dominar el mundo. Los Trump, Putin o Bolsonaro han erigido a la canciller alemana en líder planetaria, según han reflejado las encuestas en los últimos años. En la recta final de su carrera, con la explosión de la pandemia, esta política-científica ha despertado la envidia internacional. Sus áridas pero eficaces explicaciones de la tasa de reproducción del virus o sus intervenciones implorando prudencia a los ciudadanos se viralizaron irremediablemente. Eso, a pesar de que Merkel ni siquiera tiene cuenta de Twitter; toda una excentricidad a estas alturas.

Más allá de sus errores y de sus aciertos, Merkel personifica otra forma de hacer política. Pausada, reflexionada, desde la razón. El mundo tiene sed de sentido común y Merkel lo ha proporcionado con cierta naturalidad desde que asumió el poder en 2005. Esa racionalidad, junto a la fidelidad a los principios democráticos y a las instituciones, así como su obsesiva búsqueda del consenso, han contribuido a aupar a la canciller alemana en la escena global.

Esta admiración internacional contrasta con el rechazo que Merkel suscita entre ciertos sectores de la izquierda del sur de Europa y de la derecha alemana. Los primeros no le han perdonado las políticas de austeridad que contribuyeron a sembrar de cadáveres sociales y laborales el continente tras la crisis financiera de 2008, la que llevó al euro al borde del abismo. Los segundos la culpan de la entrada de más de un millón de demandantes de asilo en 2015, durante el mayor éxodo migratorio rumbo a Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Aquella decisión, la de no cerrar las fronteras, marcó como ninguna otra sus mandatos. Hizo sentir a muchos alemanes orgullo de su país, pero otros creen que Merkel no midió bien y que su política de refugiados dio alas a la extrema derecha, que en 2017 entró por primera vez en el Parlamento federal, en un país que se creía vacunado por la historia. La cuestión de los refugiados sigue dividiendo a un país en el que he conocido a multitud de gente implicada en la ayuda a refugiados, pero también a neonazis y grupos xenófobos de todo pelaje, que expresan abiertamente un racismo desacomplejado e impensable hace diez años.

Los comienzos de Merkel fueron tímidos y su carrera política ha sido una constante lucha en un partido en el que ha sido la eterna subestimada y una especie de cuerpo extraño. Aterrizó en la conservadora Unión Demócrata Cristiana (CDU) como una marciana. Tenía treinta y seis años y no formaba parte de las redes de apoyo mutuo tejidas a lo largo de los años en las juventudes del partido o en las agrupaciones regionales. Pero sobre todo, venía del otro lado del telón de acero. Merkel creció y pasó parte de su vida adulta en la República Democrática Alemana (RDA), donde se convirtió en una física respetada. Allí se forjó su personalidad. En aquel régimen totalitario aprendió a escuchar, a ser ambigua, a leer entre líneas y, sobre todo, a esperar. Aquellos aprendizajes resultarían claves después para su supervivencia política. Aprendió también que las transformaciones históricas acaban por llegar y que la realidad es susceptible de cambiar de un día para otro, como sucedió con la caída del Muro de Berlín. Recorrer el este y hablar con la gente de allí, como haremos en este libro, ayuda a comprender que ese pasado no es tan remoto y, sobre todo, que está muy presente en la mente de muchos alemanes, que puede que aborrecieran aquel régimen, pero que también acumulan resentimiento ante un proceso de reunificación en el que se sintieron ciudadanos de segunda. Esa frustración ha mutado a menudo en extremismo y desafección política.

Merkel es hija de un pastor protestante, que emigró voluntariamente desde el oeste y que se instaló en Templin, una tranquila ciudad situada a unos cien kilómetros de Berlín, a la que viajaremos en este libro. La familia del religioso vivía en un recinto que era también un hogar para personas con discapacidad, con las que Merkel compartió los primeros años de su vida. En la escuela fue una alumna aplicada, que destacó en matemáticas y en ruso, y a la que se le daban mal los deportes, en un país que trató de proyectar su supuesto poderío al mundo a través de sus atletas.

La política alemana es una mujer, como todas las de su generación en la RDA, con dos vidas. La de antes de la caída del Muro de Berlín y la de después. La aplicada científica y el gigante político. El día que la revuelta pacífica tumbó el Muro, el 9 de noviembre de 1989, Merkel estaba en Berlín, en uno de los barrios fronterizos, pero no corrió a festejarlo eufórica como otros. Se fue a la sauna como cada jueves y solo después se dio un paseo, corto, por el nuevo mundo, antes de volver temprano a casa porque al día siguiente tenía que ir a su trabajo, en la Academia de Ciencias. Fiel a su estilo, digirió los acontecimientos de una manera lenta, pero profunda. Semanas después, llamaba a la puerta de un nuevo partido político, que acabaría fundiéndose con la CDU. Un año más tarde, cuando se produjo la reunificación alemana y hacían falta políticos del este y mujeres, Merkel estaba allí. La historia le brindó oportunidades que supo aprovechar. También las propició, como cuando derribó sin miramientos a su mentor, Helmut Kohl. En el partido la consideraron una líder efímera, de transición. Se equivocaron. Ha tumbado, uno tras otro, a sus rivales. También fuera de las fronteras de Alemania es una líder veterana en los foros internacionales, donde ha sobrevivido a cinco primeros ministros británicos, cuatro presidentes estadounidenses, tres españoles y ocho italianos.

Merkel es un personaje que trasciende con creces las divisiones izquierda-derecha. Pese a pertenecer al centroderecha alemán, en ocasiones da la sensación de sobrevolar el sistema de partidos; también el suyo. La de Merkel es una particular manera de entender la política y de actuar. Creció en un Estado en el que la ideología lo era todo y se convirtió en una política flexible y posibilista, en la que los dogmas tienen poca cabida. Sus posiciones han sufrido incontables vaivenes, aunque siempre sin ceder en lo fundamental. Es decir, hay un puñado de principios y valores esenciales innegociables, como la libertad, la democracia o el Estado de derecho. Casi todo lo demás es susceptible de ser negociado por la política pragmática y camaleónica. A diferencia de otros líderes conservadores europeos, Merkel ha mantenido un férreo cordón sanitario frente a la extrema derecha, con la que no ha cooperado de forma directa ni indirecta.

La política alemana ha cambiado su posición en casi todo a lo largo de su carrera. Estaba a favor de la energía nuclear y decretó el apagón tras la catástrofe de Fukushima. En contra del matrimonio gay y acabó dando libertad de voto a su partido para que saliera adelante. En contra de las cuotas obligatorias para mujeres en los consejos de administración y terminó cediendo. Adalid de la austeridad y alérgica a todo lo que oliera a endeudamiento común europeo, acabó impulsando y aprobando uno en tiempos de la covid-19. El salario mínimo, la abolición de la mili obligatoria... Merkel ha sido capaz de dar giros políticos de ciento ochenta grados a golpe de encuestas de opinión. ¿Flexibilidad? ¿Oportunismo? ¿Adaptación a los tiempos? Depende de a quién se pregunte, pero lo cierto es que ese pragmatismo ejecutado desde el consenso es poco frecuente en política y a la canciller le ha permitido mantenerse en su puesto durante cuatro mandatos consecutivos, aglutinando las sensibilidades del centro de la sociedad.

Esa forma de proceder ha supuesto un coste para el sistema de partidos. Merkel deja el suyo, el gran partido de centroderecha europeo, irreconocible y en un estado muy mejorable. Escorado hacia el centro, dividido, desnortado y sin un sucesor potente, tras un reinado en el que la canciller no ha dejado crecer la hierba. Su pragmatismo centrista ha desesperado también a sus rivales políticos, incapaces de forjar una identidad frente a la política atrápalo todo, capaz de rentabilizar logros propios y ajenos. El Partido Socialdemócrata, con el que ha gobernado hasta en tres grandes coaliciones durante doce años, no ha salido mucho mejor parado. Puede que en España admiremos el poder sanador y conciliador de las grandes coaliciones, que lo tiene. Pero a la vez, no se puede obviar que en Alemania también ha producido daños irreparables en unos socios minoritarios que han salido hechos trizas de las alianzas con Merkel. Ese es también su legado.

Merkel ha logrado atesorar ingente poder y marcar el paso de la historia, mientras seguía siendo la eterna subestimada. Hasta el mismísimo final, sus adversarios dentro y fuera del partido siguieron pronosticando el Merkeldämmerung, el ocaso anticipado de Merkel, que a estas alturas es ya todo un género del periodismo en su país. En contra de incontables pronósticos, se va por voluntad propia, sin ser derrotada, lo que supone un hito en la historia de la República Federal. La política alemana a la que han dado una y mil veces por muerta ha acostumbrado a sobrevivir a sus obituarios políticos. En cada cita electoral volvía a sorprender. Ser una máquina de ganar elecciones le ha permitido acallar las críticas en un partido que, como el resto, lo que quiere es gobernar. Cuando en 2018 anunció que dejaba la presidencia del partido y tres años más tarde la política, se talaron unos cuantos árboles para imprimir los sesudos análisis políticos que hablaban de una líder sin poder, un pato cojo. Meses después, aupada a lomos del maldito virus, la figura de Merkel volvía a resurgir con fuerza. «¡Quién mejor que una científica para pilotar una pandemia!», decían.

Pero su rasgo más distintivo y el que probablemente mayores beneficios le ha reportado es su forma de actuar en el día a día político, la manera que tiene de entender y ejercer la política. El método Merkel, el de la escucha, la espera, el compromiso y la razón frente a la pulsión y los fuegos de artificio, la ha mantenido al frente del país más poblado de Europa, la mayor economía de la Unión Europea y la cuarta del mundo, durante tres lustros. Merkel además tiene un rasgo de personalidad que escasea en las altas esferas de la política: su «yo», su ego, es a menudo invisible. No necesita tener razón y, sobre todo, no se toma nada, nada, de manera personal. Ese célebre teflón le ha proporcionado a lo largo de los años una inestimable ventaja respecto a sus rivales políticos. En Alemania, y también en la escena internacional, mandatarios borrachos de ego han tratado de reducir sin éxito a la alemana impasible en la mesa de negociación. Putin le sacó un perro, sabiendo que le aterrorizan, Erdogan la llamó nazi y Trump la insultó sin compasión. Mientras ellos pierden el control de sus palabras, ella espera a que se les pase y, después, negocia. Su estoicismo es un arma muy afilada. Merkel ignora al contendiente hasta el extremo de que las agresiones a menudo acaban por tener un efecto búmeran que termina por derribar al atacante. En Alemania, esa facultad es hasta tal punto conocida, que los políticos optan frecuentemente por no agredirla, porque saben que terminarán perdiendo.

El suyo es además un liderazgo sobrio, sin grandes aspavientos, que ha marcado un tono político sosegado y sin excesivos sobresaltos. Persigue el compromiso y el consenso casi a cualquier precio, aparcando la confrontación y los temas espinosos. Desde la oposición han llegado a considerarla un somnífero político que promueve la desmovilización. Razón no les falta. Merkel ha gobernado además a un ritmo paquidérmico. Sopesa y consulta a expertos una y otra vez, y se eterniza a la hora de decidir. También en Europa, donde la acusan de que su inacción facilitó que la crisis financiera griega acabara contagiando a otros países, incluida España.

No es una gran oradora. Más bien encadena subordinadas sin pasión, pero con abrumadora precisión. Nada de recursos retóricos, nada de brocha gorda. Lo suyo es descender hasta el detalle más prosaico, huyendo de las generalidades. No hay un gran discurso que se recuerde de la política a la que muchos acusan de ser más una gestora que una líder con visión. Pero en las últimas cuatro legislaturas, los votantes alemanes han demostrado ser pragmáticos. Han preferido la eficiencia y la credibilidad a las grandes visiones o al líder carismático de turno. A través de infinidad de conversaciones que he mantenido con votantes alemanes, he comprendido que muchos sentían que con ella estarían a salvo, que los protege y no les expone a peligros. Mutti, ‘madrecita’, la llaman a veces con un término sexista que resta seriedad y profesionalidad a su figura, pero que a la vez apela a la virtud de la figura responsable, que no siempre dice lo que quieres oír, pero que crees que lo hace por tu bien. Alguien de quien te fías. Es una política que muchos alemanes creen que les conecta con la realidad, por árida o desagradable que pueda ser, sin necesidad de embellecerla. Sienten que cuando todo se tambalea, Merkel ejerce de toma de tierra, de pilar de estabilidad. A los votantes, Merkel los trata como a los adultos que son y les pide que confíen en ella, en su manera de hacer las cosas, y los alemanes han comprado durante dieciséis años. Con subidas y bajadas a lo largo de este tiempo, la popularidad de Merkel ha sido un fenómeno político en tiempos de populismos y de rechazo al establishment.

Merkel ha sido la primera canciller alemana en un país que presume de igualitario, pero donde la política sigue dominada por hombres, especialmente en el centroderecha. El legado feminista de Merkel es muy mejorable, pero, irremediablemente, ser mujer la ha convertido en un referente para una generación de niños y niñas que en Alemania han crecido creyendo que tener una jefa de Gobierno es lo natural. Cualquier alemán de menos de treinta y tres años solo ha conocido a Merkel al frente de su Gobierno desde que tuvo edad para votar.

Solo el paso del tiempo permitirá vislumbrar con claridad el legado de Merkel. Alemania es una gran potencia que a la vez acumula carencias gestadas o agravadas durante la era Merkel. Heredó una Alemania enferma, con más de cinco millones de parados, pero con una serie de reformas impopulares puestas en marcha por su antecesor, el socialdemócrata Gerhard Schröder, de las que se benefició enormemente. Sus gobiernos coinciden además con el ascenso económico de una China a la que Alemania exporta sin tregua y con el progreso económico de los países del Este. Lo cierto es que desde su llegada al poder, Merkel ha liderado casi una década de crecimiento económico ininterrumpido y de caída del desempleo hasta el nivel más bajo desde la reunificación. El gasto público ha ido aumentando sin apenas esfuerzo económico gracias, en parte, a la reducción del paro, pero aun así persisten asombrosos focos de desigualdad y pobreza. Las infraestructuras se caen a trozos, la falta de digitalización y de mano de obra es acuciante. Mientras, los cuellos de botella burocráticos siguen impidiendo inversiones necesarias y urgentes. El ritmo de la Administración es, para ciudadanos y empresas, a menudo desesperante. El mito de la eficiencia alemana es con excesiva frecuencia solo eso, un mito.

En Europa, sus hagiógrafos le atribuyen la salvación del euro y de la unidad del Viejo Continente, también durante la pandemia, cuando comprendió que sin un endeudamiento común, la Unión Europea peligraba. Recuerdan además que pese a ser la inyección de BioNTech-Pfizer un invento alemán, Merkel peleó por una estrategia europea conjunta de vacunación, que acabó ralentizando la inmunización y que le pasó una enorme factura política en su país. Sus críticos, sin embargo, la acusan de haber acentuado la división y la desconfianza en Europa durante la crisis económica, primero, y la migratoria, después, dando alas a los populismos y al Brexit.

Hasta aquí, la Merkel política. La Merkel persona es todavía un enigma. Los alemanes conocen un puñado de anécdotas de su vida privada suministradas con cuentagotas por ella o por sus colaboradores para aplacar la ansiedad colectiva, pero poco más. Es célebre su modo de vida austero, sin que se le conozcan lujos, ni aficiones, ni amistades extravagantes. Vive con su marido en un apartamento en el centro de Berlín y es posible toparse con ella en el supermercado, empujando el carrito de la compra, o en unos grandes almacenes. Le gusta la naturaleza y se escapa siempre que puede a su dacha, en el Uckermark, una zona muy tranquila sembrada de lagos cerca de Berlín, donde planta patatas. Poco más.

Esta no es una biografía oficial. Ni siquiera pretende ser una biografía en sentido clásico. Trata de ser una aproximación honesta al personaje, un retrato a través de su país, la Alemania que dejará en herencia y que he tenido la suerte de conocer a fondo. Llevo ligada a Alemania desde que viajé por primera vez siendo una adolescente, fascinada por proyectos ambientales que en España no se conocían. Desde entonces, he vuelto en infinidad de ocasiones, la última vez, para vivir, a partir de 2017. Por el camino, he acabado teniendo una familia política alemana y un hijo medio alemán. Este libro es también en parte mi viaje personal a través del cual he ido acercándome y comprendiendo desde distintos ángulos el país y la figura de Angela Merkel.

Durante estos años, he llamado a la puerta de muchos despachos oficiales y he transitado a menudo los pasillos del Bundestag, pero, sobre todo, he pateado el país escuchando a su gente. He recorrido Alemania en tren, de norte a sur y de este a oeste. He conversado con votantes de ultraderecha, con refugiados, con empresarios, con ecologistas, con académicos y con los tenderos de mi barrio berlinés. A través de las páginas de este libro visitaremos los archivos de la Stasi, pueblos idílicos que votan a la ultraderecha, un megaburdel de los que han convertido al país en paraíso de la prostitución, una residencia de mayores decorada como en tiempos de la película Good Bye, Lenin!, un campamento de activistas del clima o iglesias que esconden a refugiados para que no los deporten. Entraremos en una torre que guarda la historia del feminismo alemán o pasearemos por una exposición fascinante que explora las raíces de la austeridad alemana.