Opinión

AMLO y la religión • Bernardo Barranco y Roberto Blancarte

El estado laico bajo amenaza.

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ADELANTOS EDITORIALES

La Iglesia y el Estado han vuelto a sonreírse.

La religión ha recuperado protagonismo en la vida política de México. El responsable de ese fenómeno es el presidente Andrés Manuel López Obrador. Pese a declararse juarista, el primer mandatario ha difuminado, como ninguno de sus predecesores, la frontera entre lo que es de Dios y lo que es del César: llegó al poder aliado con un partido de origen religioso, ha invitado a Palacio Nacional a líderes y agrupaciones cristianas, ha abierto la puerta de las concesiones televisivas a iglesias evangélicas; defiende políticas de Estado con frases bíblicas y ha pedido a las adscripciones religiosas que distribuyan la Cartilla Moral, documento básico para la llamada Cuarta Transformación.

En AMLO y la religión, Roberto Blancarte y Bernardo Barranco, los dos mayores expertos en el tema, diseccionan esta dinámica que puede transformar el balance de poder en México, cambiar el rostro del país y redefinir conceptos como laicidad y separación Iglesia-Estado.

La Silla Rota te regala un capítulo del libro “AMLO y la religión” de Bernardo Barranco y Roberto Blancarte con autorización editorial de Penguin Random House.

Bernardo Barranco es economista por la UNAM y maestro en Sociología del Catolicismo Contemporáneo por la Escuela de Altos Estudios Sociales de París. Presidente del Movimiento de Estudiantes y Profesionistas (MEP) de la Acción Católica Mexicana (ACM) de 1975 a 1978.

Roberto J.Blancarte Pimentel (Mazatlán, Sinaloa, México, 1957) es un sociólogo, historiador y científico social mexicano especializado en religión, laicidad y democracia. Es profesor-investigador en El Colegio de México, adscrito al Centro de Estudios Sociológicos,del cual fue director entre el 2006 y el 2012.1

AMLO y la religión | Bernardo Barranco y Roberto Blancarte

#AdelantosEditoriales


Fragmento AMLO y la religión

Introducción

Sea por razones de cálculo político, para atraer a su movimiento a diversos contingentes de creyentes, sea por una verdadera convicción acerca de la necesidad de purificar el país, lo cierto es que Andrés Manuel López Obrador es un actor central en el regreso de la religión a la vida pública en México.

Desde antes de la campaña electoral de 2018, Andrés Manuel López Obrador ha convertido lo religioso en un activo político. Sus continuas incursiones a textos sagrados nos colocan ante un presidente convertido por momentos en un predicador No sólo por las invocaciones bíblicas, sino porque pareciera responder a un llamado divino para salvar la patria.

Este regreso representa un contrasentido respecto a la trayectoria que la sociedad mexicana ha tenido en los últimos 160 años, desde la Constitución de 1857 y particularmente desde la promulgación de las Leyes de Reforma por Benito Juárez. Lo que llamamos Estado laico se ha venido construyendo desde entonces, alrededor de principios muy claros; el principal, constituido en eje rector de las relaciones del Estado con las agrupaciones religiosas, es el de separación entre el Estado y las iglesias. Dicho principio, que a partir de 1992 fue calificado constitucionalmente como histórico, está siendo puesto en cuestión de manera cotidiana por el gobierno de la autollamada Cuarta Transformación y en especial por el presidente de la República.

Si bien la laicidad no es un concepto unívoco o inamovible, muchos ciudadanos pertenecientes a las distintas corrientes del abanico político y de la sociedad, manifiestan por lo mismo su preocupación por la desconstrucción de la herencia liberal del Estado laico, misma que ha permitido un régimen de crecientes libertades, reconocimiento de los derechos de las minorías y procuración de la igualdad y la no discriminación; todos ellos factores esenciales para la construcción de una democracia real y efectiva.

Andrés Manuel López Obrador es un hombre que cree que él, a través de la religión, puede transformar al país, pacificándolo y reconstruyendo su tejido social. Mientras en el discurso pretende separar la economía de la política, en los hechos acerca la política a la religión. Surgen entonces varias preguntas obligadas, que aquí intentamos responder: ¿en qué cree el presidente? ¿Es un homo religiosus o un animal político o una mezcla peligrosa de ambas? ¿Tiene un proyecto político-religioso para purificar y salvar al país de la corrupción, del atraso y de la violencia? ¿Puede hacerlo sin violentar la enorme pluralidad y diversidad de nuestra sociedad? ¿Sin atropellar la autonomía moral del individuo? ¿Sin contradecirse continuamente? Pero sobre todo ¿no está confundiendo su papel como presidente de una República laica y asumiendo el de sumo pontífice panreligioso?

López Obrador asume un discurso de restauración de una particular moral cristiana para restablecer así el tejido social dañado por diversos males sociales, incluido el divorcio, promovido, según él, por el neoliberalismo, al que sataniza regularmente. Cree que es tarea del Estado moralizar a la sociedad. Ha consentido para ello la irrupción política de las iglesias evangélicas y en particular de las más conservadoras, en ámbitos que no les corresponden. El riesgo latente e inminente es que, ignorando la enorme diversidad del propio mundo evangélico y del espectro religioso mexicano, unas cuantas de estas asociaciones religiosas terminen oficiosamente por convertirse en iglesias de Estado, como lo fue durante mucho tiempo la católica en una especie de constantinización, aunque de corte pentecostal. Hay en efecto una nueva reconfiguración de agendas e intereses de las iglesias que tienen como eje la cercanía o lejanía del gobierno. Sólo que, en este caso, la instrumentalización en doble sentido incidiría directamente en contra del Estado laico y de las libertades y derechos que éste garantiza al conjunto de la población, independientemente de las creencias de cada quien. El otro riesgo es que el Estado laico se convierta en un Estado multiconfesional, donde no una, sino varias iglesias hegemónicas se distribuyan los privilegios y favores oficiales, e incidan de manera directa en la conformación de las políticas públicas.

Desde nuestra perspectiva, aunque con buena fe y buenas intenciones, el presidente López Obrador se equivoca en pretender incorporar a las iglesias a la labor gubernamental, en un ámbito que no es el propio, para pacificar al país o restaurar el dañado tejido social. Se ignora con ello que las iglesias son parte de la crisis de valores de la sociedad y las agrupaciones religiosas son corresponsables del quebranto ético de la sociedad. En otras palabras, la crisis de valores no sólo es secular, sino también, y quizás preponderantemente, religiosa, en el sentido más amplio del término. Es muy evidente, en todo caso, el reacomodo de las iglesias propiciado por el gobierno. Este cambio responde quizás a una transformación en el mundo de las creencias; lo cual se manifiesta en una creciente individualización y bricolaje espiritual, del que no escapa el propio presidente de la República.

En este libro, ambos autores abordamos las características político populistas que no difieren del actual entorno internacional, pero que en el caso latinoamericano adquieren connotaciones religiosas. Nos detenemos, por ello, en las desatinadas y desafortunadas iniciativas, que sólo confunden esferas y desvían recursos, esfuerzos y objetivos, como la de elaborar una Constitución Moral, o alcanzar, como política de Estado, el bienestar del alma. Se examinan también, por lo mismo, episodios como la pretensión de permitir que las iglesias sean propietarias de medios electrónicos de comunicación, el debate sobre la distribución de la cartilla moral y otras intervenciones que, desde la más alta investidura de la nación, han reintroducido a la religión en la esfera pública.

El tema de fondo de este libro es la amenaza al Estado laico, que surge desde su interior mismo, así como la pertinencia y urgencia de salvaguardarlo por el bien de una sociedad plural y diversa como es la mexicana. Esta amenaza, hay que decirlo con todas sus letras, proviene del propio presidente de nuestra República laica. Y se magnifica por el manejo personalista y autoritario de los asuntos públicos del país, donde la oposición en su propio partido, si exis-te, calla y obedece. Afortunadamente, la sociedad política y civil resiste, gracias a la introyección histórica que la población ha he-cho de la necesidad de un Estado laico, como instrumento esencial en la defensa de la libertad de conciencia, la igualdad y la no discriminación, seamos mayorías o minorías. Están en juego no sólo nuestra trayectoria histórica laica, sino también nuestras formas de convivencia, nuestra democracia y sobre todo nuestras libertades y derechos.

Roberto Blancarte/Bernardo Barranco

Ciudad de México, 23 de octubre de 2019

Laicidad en tiempos del populismo

Roberto Blancarte

1 Los liderazgos populistas y la religión

Andrés Manuel López Obrador, aunque tiene características propias en su quehacer público, no es un fenómeno aislado en la política mundial. Representa al tipo de político populista contemporáneo; antiglobalizante, nacionalista, nativista y proteccionista, como Donald Trump (Estados unidos), Boris Johnson (Gran Bretaña), Jair Bolsonaro (Brasil) o Matteo Salvini (Italia); uno que, entre otras cosas, usa, coquetea y juega con el factor religioso para sus propios fines. Al hacerlo, por convicciones personales o por cálculo político, el político populista reintroduce a la religión en el espacio del Estado, de donde había sido expulsada, poniendo en riesgo los objetivos de garantizar la libertad de conciencia, la igualdad y la no discriminación. Como consecuencia de ello, el Estado laico, garante de estas libertades, está en franco repliegue.

El populismo que comparten muchos líderes actuales, en diversas partes del mundo, presenta ciertas características que pueden identificarse claramente. Es, en primer lugar, una ideología que presenta al “pueblo” como una fuerza moral “buena”, en contra de una élite, que es percibida como “corrupta” y autocomplaciente. En segundo lugar, el populismo es portador de una visión binaria del mundo, en el cual todo se divide en amigos o enemigos, aliados o rivales, sin dejar espacio para posturas intermedias. Los enemigos no son, además, para ellos, personas con posiciones válidas que tienen valores y prioridades diferentes, sino que son catalogados como “malos”, “nocivos”, “corruptos”, que han desviado al pueblo bueno del verdadero camino.

Otra característica central de los liderazgos populistas es que, en términos políticos, reviven el fenómeno del clientelismo, es decir una relación donde el intercambio de bienes materiales a cambio de apoyo político se vuelve central. La relación entre el patrón (el político o funcionario) y el cliente (el pueblo) es clave para la reproducción de un sistema de dependencia, que tiene sus efectos más claros en términos electorales, pero también en otras formas de manipulación y sujeción política. Por lo demás, en esta relación clientelar, el gobierno y más específicamente el dirigente político se vuelve el proveedor indispensable de los bienes más básicos, sin los cuales la subsistencia material es imposible. Todo ello lleva a una infantilización de los sectores más marginados y socialmente frágiles, que se vuelven cada vez más dependientes de quien les da los medios para subsistir. De allí se pasa casi naturalmente a una postura paternalista, donde “el pueblo bueno” debe ser conducido y protegido de los entes malignos, que sólo le han causado daño. Por ello, en no pocas ocasiones, en América Latina se han forjado otros dos fenómenos conexos: el caudillismo y el mesianismo político-religioso. En el primer caso, a partir de la acumulación de poder militar o político, se genera un liderazgo personalista, que suele ser visto por las masas como necesario para afrontar situaciones de crisis, por lo tanto, excepcionales. Cuando dicho liderazgo apela a fuentes sagradas o religiosas para legitimar su poder, se convierte en mesianismo político. En ese caso, con distintas variantes, el líder político suele transformarse en una especie de supremo sacerdote, que emite juicios morales sobre el bien y el mal, al mismo tiempo que maneja los aspectos civiles del gobierno. La mezcla entre religión y política, a través de una especie de cesaropapismo contemporáneo, tiene frecuentemente efectos nocivos para las libertades de las personas, sobre todo aquellas que, compartiendo o no una preferencia religiosa, no necesariamente coinciden en las visiones morales que éstas generan. El Estado laico, construido para garantizar las libertades del conjunto de la población, incluyendo las minorías de todo tipo (religiosas, por supuesto, pero también de concepciones filosóficas, de preferencia sexual, étnicas, de género, etc ), se ve atacado desde adentro por quienes tendrían la obligación de defenderlo. Es, en suma, una traición a la laicidad y sus fines.

En todo caso, una lección importante que se desprende de esta descripción es que, en la medida en que los liderazgos populistas tienden a establecer “gobiernos morales”, basados en vagos ideales de corte religioso, y que los regímenes populistas terminan por estar, por lo menos parcialmente, legitimados por elementos sagrados o religiosos, se puede afirmar que los populismos son nocivos y contrarios a la laicidad, al Estado laico y a las libertades que éste pretende garantizar. De esa manera, aquella idea de que no hay laicidad sin democracia y democracia sin laicidad, aquí adquiere todo su sentido. Porque, en la medida que los populismos inciden negativamente sobre los regímenes democráticos al afectar el funcionamiento correcto de las instituciones mediante el uso personalista del poder, afectan también y de manera directa el entramado jurídico-político que permite garantizar la libertad de conciencia, la igualdad y la no discriminación. La introducción de elementos religiosos en la gestión pública distorsiona completamente la labor del funcionario, quien debe, por un lado, mantener una neutralidad en su gestión y, por el otro, no permitir que una moral particular se imponga sobre el conjunto de la población. Por eso mismo, la idea de un gobierno con una moral pública, impuesta a todos, se vuelve peligrosa. Y, sin embargo, estas características se han vuelto comunes en determinados momentos de nuestra historia, a pesar incluso de sólidas trayectorias laicas.

Hay países como México, Francia y Uruguay, donde la laicidad se da por sentada y está establecida en la cultura política, aun si no todo mundo está de acuerdo en su significado y sus alcances. Incluso quienes en realidad quieren cuestionarla, lo hacen a partir de su aceptación general, aunque luego introduzcan matices, salvedades o una abierta oposición; pero entienden que la idea de la laicidad ha penetrado en la cultura y está presente de diversas formas, por lo que su cuestionamiento suele partir de una confirmación de su aceptación y validez. Por otro lado, sin embargo, en las décadas recientes ha surgido un nuevo tipo de político, comúnmente identificado como “populista”, que suele ignorar completamente tanto la trayectoria histórica de su entorno como las instituciones que han sido creadas alrededor de un determinado régimen. Ellos llegan para rechazar el modelo jurídico-político institucional existente y, en teoría, construir uno nuevo, sobre las cenizas del anterior. Lo cual no siempre es compartido por quienes han llevado con su voto a estos populistas, ni es mucho menos factible en términos políticos, pues dicha transformación requiere una verdadera revolución del poder, la cual no siempre acompaña dichos cambios. En suma, aun si un líder populista logra obtener una victoria en las urnas, eso no lo capacita ni lo habilita para transformar al Estado. De allí que surjan, naturalmente, contradicciones importantes entre las posiciones del gobierno en turno y la estructura del Estado, del partido en el poder, o las muy personales del dirigente y los dirigentes máximos de dicho gobierno.

Los políticos populistas “de nuevo cuño” no son comparables a los clásicos políticos conservadores, que veían en la religión un fundamento central de la sociedad e incluían su defensa e introducción en la cosa pública como parte de una estructura basada en el orden “natural” y en estamentos sociales diferenciados. Las iglesias constituían para ellos parte central de la legitimación de ese orden social. En cambio, los políticos populistas, sobre todo los nuevos, ya no creen en ese orden ni en esas instituciones eclesiásticas o religiosas. Buscan un orden social igualitario, conducido por un nuevo liderazgo, legitimado por las masas. Pero perciben que el elemento religioso sigue siendo significativo entre éstas y buscan domesticarlo y manipularlo para sus propios fines políticos. De allí que suelan entrar en tensión con las autoridades religiosas, pues éstas perciben que los liderazgos políticos tienden a adquirir por lo menos parte de su propia legitimidad y autoridad proveniente de lo sagrado1. En este panorama, no es extraño, por lo tanto, que en ocasiones incluso los liderazgos conservadores y los eclesiásticos tradicionales revaloren y pugnen por una institucionalidad más laica, en el sentido de menos intervencionista por parte del Estado en materia religiosa.

Los políticos populistas no son nuevos en el paisaje latinoamericano. Surgieron como producto de la caída del régimen liberal, que aconteció a partir de la debacle financiera de 1929. Durante por lo menos seis décadas (las tres últimas del siglo xix y las tres primeras del xx), en la mayoría de los países latinoamericanos gobernaron élites ilustradas prolaicas, que, basadas en un modelo agroexportador, establecieron los rudimentos de estados civiles autónomos respecto a las instituciones religiosas. Pero ya desde principios del siglo xx las nacientes clases medias y las clases populares, con la introducción del sufragio universal, se inclinaron paulatinamente hacia formas menos aristocráticas de gobierno y en última ins-tancia, después del crack de 1929, se volcaron hacia regímenes de corte populista, generalmente apoyados o abiertamente liderados por sectores militares. Fue el caso del Estado Novo, establecido por Getúlio Vargas en Brasil en la década de los años treinta del siglo y del gobierno de Juan Domingo Perón (otro militar) en Argentina en la década posterior2. Estos políticos populistas establecieron inicialmente una alianza con la Iglesia católica, predominante en esa época en la región. Sin embargo, como ya se ha señalado, posteriormente dichas relaciones se volvieron más complejas y difíciles. De cualquier manera, en ambos casos la Iglesia católica pudo reinstalarse como parte esencial de la cultura política del país. Sea a través de lo que en Brasil algunos calificaron como “concordato moral”, una especie de implícita alianza moral conservadora, sea a través de la inserción de la doctrina y el personal eclesiástico en las propias estructuras gubernamentales, militares y sociales, el catolicismo se volvió parte intrínseca de la cultura política de estas naciones3. En ambos casos, las iniciales alianzas con los regímenes populistas se convirtieron en apoyos a los gobiernos golpistas de militares que los sucedieron. Y no fue sino hasta la instalación de los regímenes democráticos, en la década de los años ochenta del siglo xx, que se establecieron algunas medidas laicizadoras del Estado, tendientes a eliminar la abierta influencia de la Iglesia católica en las políticas públicas, particularmente en los ámbitos de la moral social. Dicho proceso, que venía aparejado a la democratización de las instituciones políticas y al reconocimiento de la creciente pluralidad en materia de creencias, no duró más de un cuarto de siglo. Para los inicios del tercer milenio de nuestra era muchos signos del regreso de la religión a la esfera pública en América Latina eran ya evidentes. Ello vino aparejado con el reconocimiento de una creciente pluralidad religiosa y con la incorporación al mundo político de nuevos contingentes de creyentes que hasta ese momento se habían mantenido alejados del mismo. Los evangélicos, en particular, comenzaron a volcarse a la vida pública, reivindicando sus derechos y sus espacios políticos, convirtiéndose así, de manera paulatina, en objeto de atención, de interés y de cortejo por parte de los partidos y movimientos políticos. Las minorías religiosas y en especial el fragmentado mundo protestante-evangélico se volvió así parte del mercado político, codiciado por muchos y al mismo tiempo ofertado por algunos líderes que pretendieron arrogarse su representación. El resultado ha sido en muchos casos no sólo el sobredimensionamiento de algunas posturas sociales provenientes de lo religioso, que en general reforzaron las posturas más conservadoras en la arena pública, sino, sobre todo, el abierto retorno de expresiones religiosas en la política, avaladas por todo tipo de líderes populistas, e incluso funcionarios públicos, que ven en ello la oportunidad de limpiar o santificar su propia imagen, legitimar sus muchas veces cuestionados gobiernos, e incorporar nuevos contingentes de afiliados o seguidores a sus organizaciones políticas. La ganancia política, que todavía está por medirse realmente en términos electorales, ha significado, de entrada, un retroceso para el Estado laico y las libertades que éste garantiza

Notas

1 Un ejemplo de este tipo de experiencias se puede apreciar en Roberto Bosca, La Iglesia nacional peronista: factor religioso y poder político (Sudamericana, Buenos Aires, 1997) Véase también Susana Bianchi, Catolicismo y peronismo: Religión y política en la Argentina, 1943-1955 (Instituto de Estudios Histórico-Sociales “Pro Juan Carlos Grosso”, Tandil, 2001).

2 Juan C Esquivel, Igreja, Estado e política: Estudo comparado no Brasil e na Argentina (Editora Santuario, Aparecida, SP, 2013).

3 Al respecto, véase Kenneth P Serbin, Secret Dialogues; Church-State Relations, Torture and Social Justice in Authoritarian Brazil (university of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 2000).