Opinión

13 · Steve Cavanagh

El asesino no está en el banquillo de los acusados, está entre el jurado.

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ADELANTOS EDITORIALES

«A su entender, ¿hay algún impedimento para que usted forme parte de este jurado

El asesinato no fue la parte más complicada. Fue tan solo el inicio del juego. Joshua Kane se ha preparado toda su vida para este momento. Ya lo había hecho antes, pero esta vez será la más importante. Este es el juicio por asesinato del siglo, y Kane ha asesinado para obtener el mejor asiento en la sala. Pero hay alguien al acecho, alguien que sospecha que el asesino no es el acusado. Kane sabe que el tiempo se agota y lo único que quiere es el veredicto de la condena antes de ser descubierto.

13 razones por las que debes leer este libro:

«Cavanagh es, sin duda, el mejor escritor de thrillers legales de nuestros días.» Craig Sisterson

«El John Grisham para una nueva generación.» Sarah Pinborough

«Cavanagh es de lo mejor del momento. Créanme.» Lee Child

«Inteligente y original. Qué maravilla de libro.» Clare Mackintosh

«Este libro es simplemente espectacular.» Emma Kavanagh

«Fantástico, cautivador. Culpable de todos los cargos.» Angela Clarke

«Una montaña rusa repleta de giros adictivos. Impresionante.» Cass Green

«Gran libro. Engancha. 13 es realmente adictivo.» Simon Kernick

«Un thriller lleno de giros brillantes.» Ruth Ware

«Un viaje absolutamente compulsivo.» Michael Connelly

«Un éxito absoluto. Maravilloso.» Susi Holliday

«Una brillante manipulación al lector.» Mason Cross

«Sencillamente merece ser un gran bestseller.» Mark Billingham

La Silla Rota te regala un capítulo del libro 13 de Steve Cavanagh con autorización editorial de Penguin Random House.

Steve Cavanagh es abogado y autor de la aclamada serie protagonizada por Eddie Flynn. 13 es su primera novela publicada en español, con la que ha conquistado a más de 250,000 lectores en Inglaterra.

13 | Steve Cavanagh

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento 13 de Steve Cavanagh

Prólogo

Eran las cinco y diez de una cruda tarde de diciembre. Joshua Kane estaba tumbado sobre un lecho de cartón delante del edificio de los Juzgados de lo Penal de Manhattan. Estaba pensando en matar a un hombre. No a «cualquier» hombre. A alguien concreto. Era cierto que, a veces, cuando iba en el metro u observaba a los transeúntes, Kane pensaba en matar a algún neoyorquino anónimo, a cualquiera que entrase por casualidad en su campo visual. Podía ser una secretaria rubia que estuviera leyendo una novela romántica en la línea K, un banquero de Wall Street que basculara el paraguas mientras ignoraba sus peticiones de limosna, o incluso un niño agarrado a la mano de su madre en un paso de peatones.

¿Cómo sería la sensación de matarlos? ¿Qué dirían con su último suspiro? ¿Cambiaría su mirada en el momento de abandonar este mundo? Al pensarlo, Kane sentía un escalofrío placentero recorriendo su cuerpo.

Miró su reloj.

Las cinco y once.

Angulosas e imponentes sombras inundaban la calle a medida que el día se disolvía con el crepúsculo. Miró al cielo y agradeció que se atenuase la luz, como si alguien hubiera colocado un velo sobre una lámpara. La media luz convenía a su propósito. El cielo se oscurecía devolviendo sus pensamientos a la idea de matar.

Apenas había pensado en otra cosa durante las últimas seis semanas que había pasado en la calle. Hora tras hora, se debatía silenciosamente consigo mismo acerca de si aquel hombre debía morir. Más allá de la vida o la muerte de ese tipo, todo lo demás había sido cuidadosamente planeado.

Kane corría pocos riesgos. Era la forma más inteligente de hacerlo. Si quieres que no te descubran, tienes que ser precavido. Lo había aprendido hacía mucho tiempo. Dejar con vida a su objetivo conllevaba riesgos. ¿Qué pasaría si sus caminos se cruzaban en el futuro? ¿Reconocería a Kane? ¿Sería capaz de encajar las piezas?

¿Y si Kane le matara? Siempre había una infinidad de riesgos unidos a una tarea así.

Sin embargo, eran riesgos que conocía: riesgos que ya había conseguido evitar muchas veces.

Una furgoneta de correos se detuvo junto a la acera y aparcó enfrente de él. El conductor, un hombre corpulento de cuarenta y tantos años y con uniforme, se bajó del vehículo. Puntual como un reloj. El cartero pasó por delante de él y entró por la puerta de servicio de los juzgados, ignorando a Kane, que yacía en la calle. Ni una ayuda para los sintecho. Ni hoy ni en las seis semanas que llevaba allí. Nunca. Y al verle pasar, Kane, puntual como un reloj, se preguntó si debía matarle.

Tenía doce minutos para decidirlo.

El cartero se llamaba Elton. Estaba casado y tenía dos hijos adolescentes. Una vez por semana, se compraba la comida en una delicatessen artesanal de precios exagerados mientras su esposa creía que estaba corriendo; le gustaba leer novelas en rústica que compraba por un dólar en una pequeña tienda de Tribeca; llevaba pantuflas peludas cuando sacaba la basura, los jueves.

¿Cómo sería la «sensación» de verle morir?

Joshua Kane disfrutaba observando a la gente experimentar emociones distintas. Para él, las sensaciones de pérdida, dolor y miedo eran tan embriagadoras y dichosas como las mejores drogas del mundo.

Joshua Kane no era como otras personas. No había nadie como él.

Volvió a mirar su reloj. Las cinco y veinte.

Hora de ponerse en marcha.

Se rascó la barba, ya bastante espesa. Se preguntó si la suciedad y el sudor contribuirían a su color, mientras se levantaba del cartón y estiraba la espalda. El movimiento llevó su propio olor a las fosas nasales. No se había cambiado de pantalones o calcetines desde hacía seis semanas. Tampoco se había duchado. El hedor le dio arcadas.

 Necesitaba apartar la mente de su propia suciedad. A sus pies había una mugrienta gorra de béisbol con un par de dólares en monedas.

Era gratificante llevar a cabo una misión hasta el final. Ver tu visión hecha realidad, tal y como la habías imaginado. Y, sin embargo, a Kane le parecía emocionante introducir el factor suerte. Elton nunca sabría que su destino se iba a decidir en ese momento. Lo echaría a cara o cruz. Kane cogió un cuarto de dólar, lo lanzó y eligió en voz alta cuando estaba en el aire. Lo cogió y lo dejó plano sobre el dorso de su mano. Mientras la moneda giraba en la fría niebla de su aliento, había decidido que cara significaba que Elton moriría.

Miró el cuarto nuevo y brillante sobre la mugre incrustada en su piel, y sonrió.

A tres metros de la furgoneta de correos había un puesto de perritos calientes. El vendedor estaba sirviendo a un hombre alto y sin abrigo. Probablemente, acababa de salir bajo fianza y estaba celebrándolo con comida de verdad. El vendedor cogió sus dos dólares y le señaló el cartel en la parte inferior del puesto. Junto a las fotos de salchicha kielbasa a la parrilla, había un anuncio de un abogado con un teléfono debajo.

¿Le han detenido?

¿Le acusan de un delito?

Llame a Eddie Flynn.

El hombre alto dio un mordisco a su perrito caliente, asintió y se alejó mientras Elton salía del edificio de los juzgados cargando tres sacos de arpillera gris llenos de correo.

Tres sacos.

Confirmado.

Hoy era el día.

Normalmente, Elton salía con dos sacos, o incluso con uno solo. Pero cada seis semanas eran tres. Aquel saco de más era lo que Kane había estado esperando.

Elton abrió las puertas traseras de la furgoneta y arrojó la primera bolsa en su interior. Kane se acercó lentamente, con la mano derecha extendida.

El segundo saco siguió al primero.

Cuando estaba cogiendo el tercero, Kane aceleró el paso hacia él.

—Eh, amigo, ¿le sobra algo suelto?

—No —contestó Elton, que arrojó el último saco dentro de la furgoneta.

Cerró la puerta derecha, luego agarró la izquierda y dio un portazo como si no fuera suya. Era fundamental elegir el momento oportuno. Kane estiró rápidamente la mano con la que pedía. El movimiento de la puerta se llevó su mano por delante y la inercia hizo que se cerrara sobre su brazo.

Kane lo había medido perfectamente. Oyó el ruido de las bisagras de metal cortando la carne, aplastando el miembro. Agarrándose el brazo, soltó un grito y cayó de rodillas. Vio que Elton se llevaba las manos a la cabeza, con los ojos abiertos de par en par y la boca abierta del shock. Con la fuerza con la que había cerrado la puerta y su simple peso, cabía poca duda de que el brazo de Kane estaba roto. Una fractura fea. Fracturas múltiples. Un traumatismo masivo.

Sin embargo, Kane era especial. Eso es lo que le decía siempre su madre. Volvió a gritar. Era importante armar un buen escándalo: lo menos que podía hacer era fingir que estaba herido.

—Jesús, cuidado con las manos. No he visto su brazo ahí... Usted... Lo siento —farfulló Elton.

Se arrodilló al lado de Kane y volvió a disculparse.

—Creo que está roto —dijo Kane, sabiendo que no lo estaba. Hacía diez años, le habían sustituido el hueso con placas de acero, barras y tornillos. Lo poco que quedaba de hueso estaba muy reforzado.

—Mierda, mierda, mierda... —soltó Elton, mirando la calle a su alrededor, sin saber qué hacer—. No ha sido culpa mía —dijo Elton—, pero puedo llamar a una ambulancia.

—No. No me atenderán. Me llevarán a Urgencias, me dejarán toda la noche en una camilla y luego me mandarán otra vez a la calle. No tengo seguro. Hay un centro médico, a diez manzanas..., como mucho. Ellos sí tratan a los sin techo. Lléveme allí —dijo Kane.

—No puedo llevarle —respondió Elton.

—¿Cómo? —contestó Kane.

—No está permitido llevar pasajeros en la furgoneta. Si alguien le ve en el asiento de delante, podría perder mi trabajo.

Kane suspiró aliviado viendo los esfuerzos de Elton por respetar las normas del trabajador del Servicio de Correos. Contaba con ello.

—Póngame en la parte de atrás. Así no me verá nadie —dijo Kane.

Elton miró hacia la parte trasera de la furgoneta, la puerta lateral abierta.

—No sé...

—No voy a robar nada. ¡Si ni siquiera puedo mover el brazo, por Dios! —exclamó Kane, y siguió gimiendo mientras se acunaba el brazo.

Tras un momento de duda, Elton dijo:

—De acuerdo. Pero no se acerque a los sacos de correo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió Kane.

Volvió a gemir cuando Elton le ayudó a levantarse del asfalto, y soltó un grito al pensar que las manos de Elton se acercaban demasiado a su brazo herido, pero, poco después, ya estaba sentado sobre el suelo de acero de la parte trasera de la furgoneta, haciendo todos los ruidos adecuados para acompañar el balanceo de los amortiguadores mientras la furgoneta se dirigía hacia el este. La parte de atrás estaba separada de la cabina, de modo que Elton no podía verle; probablemente, tampoco podía oírle. Aun así, Kane creyó conveniente seguir haciendo ruidos por si acaso. La única luz entraba por el techo, por una trampilla de vidrio aburbujado de sesenta por sesenta.

Apenas habían dejado los alrededores de los juzgados, cuando Kane sacó un cúter de su abrigo y cortó los lazos en lo alto de los tres sacos.

El primero fue una decepción: sobres comunes.

El segundo también.

A la tercera fue la vencida.

Los sobres del tercer saco eran distintos, y todos ellos, idénticos. Tenían una franja roja impresa en la parte inferior, con letras blancas que decían: «correspondencia para abrir de inmediato. Contiene citaciones judiciales importantes».

Kane no abrió ninguno de ellos. Los colocó uno por uno sobre el suelo. Al hacerlo, fue apartando los que iban dirigidos a mujeres, y volvió a meterlos en el saco. Medio minuto después ya tenía sesenta o setenta sobres colocados ante sí. Les hizo fotos de cinco en cinco, utilizando una cámara digital que luego guardó entre su ropa. Más tarde podría ampliar las imágenes para ver los nombres y las direcciones escritas en cada uno.

Una vez acabada la tarea, Kane devolvió todos los sobres al saco, y los ató de nuevo poniéndoles unas etiquetas de autocierre nuevas que había traído consigo. No eran difíciles de encontrar y eran idénticas a las que utilizaban en la oficina del juzgado y en correos.

Viendo que tenía tiempo de sobra, estiró las piernas sobre el suelo y empezó a mirar las fotos de los sobres en la pantalla de su cámara. Ahí, en algún sitio, estaba la persona perfecta. Lo sabía. Lo «presentía». Su corazón se estremeció de la emoción. Como una corriente eléctrica subiéndole desde los pies y abriéndose paso directamente a través de su pecho.

Con tanto parar y arrancar en medio del tráfico de Manhattan, Kane tardó unos instantes en darse cuenta de que la furgoneta había aparcado. Guardó la cámara. Las puertas traseras se abrieron. Kane se agarró el brazo que fingía tener lesionado. Elton se inclinó hacia el interior de la furgoneta, tendiéndole una mano. Con un brazo pegado al pecho, Kane estiró la otra mano y cogió el brazo extendido de Elton. Se levantó. Qué fácil y rápido sería... Lo único que tenía que hacer era plantar bien los pies... y tirar. Solo un poco más de presión y el cartero se vería arrastrado al interior de la furgoneta. El cúter le atravesaría la parte trasera del cuello en un movimiento suave; después, seguiría la línea de la mandíbula hasta la arteria carótida.

Elton ayudó a Kane a bajarse de la furgoneta como si estuviera hecho de hielo y le acompañó al interior del centro médico.

Había salido cruz: no le había tocado a Elton.

Kane le dio las gracias a su salvador y le vio marchar. Tras unos minutos, salió del centro médico a la calle para comprobar que la furgoneta no había vuelto para asegurarse de que estaba bien.

No se veía por ningún sitio.

Horas más tarde, aquella misma noche, Elton salió de su tienda delicatessen favorita vestido con su ropa de correr. Bajo un brazo, llevaba un sándwich Ruben a medias; en el otro, una bolsa de papel marrón llena de comida. De repente, un hombre alto, afeitado al ras y bien vestido apareció en su camino, obstaculizándole el paso y obligándole a detenerse en la oscuridad, bajo una farola rota.

Joshua Kane estaba disfrutando de aquella noche fría, de la sensación de un traje bueno y un cuello limpio.

—Volví a tirar la moneda —dijo.

Disparó a Elton en la cara, salió con paso enérgico hacia un callejón oscuro y desapareció. Kane no sacaba ningún placer de una ejecución tan rápida y fácil. Lo ideal habría sido pasar unos días con Elton, pero no había tiempo que perder.

Tenía mucho trabajo que hacer.

Seis semanas después

Lunes

1

No había periodistas sentados en los bancos del juzgado detrás de mí. Tampoco espectadores en la parte del público. Ni familiares preocupados. Solo estábamos mi cliente, el fiscal, el juez, una taquígrafa, una oficial del juzgado y yo. Ah, y un guardia de seguridad sentado en una esquina, viendo a escondidas un partido de los Yankees en su teléfono móvil.

Me encontraba en el número cien de Center Street, en el edificio de los Juzgados de lo Penal de Manhattan, en una pequeña sala del piso octavo.

No había nadie más, porque a nadie más le importaba una mierda. De hecho, al fiscal tampoco le importaba demasiado el caso; el juez, por su parte, había perdido todo interés en cuanto leyó los cargos: posesión de estupefacientes y parafernalia de drogas. El fiscal, un tal Normal Folkes, estaba condenado de por vida en la oficina del fiscal del distrito. A Norm le quedaban seis meses para recibir la pensión. Era evidente. Tenía el botón superior de la camisa desabrochado y su traje parecía de los tiempos de Reagan. La barba de dos días que llevaba era lo único que parecía mínimamente aseado.

El honorable Cleveland Parks, el juez que presidía la sala, tenía cara de globo desinflado, con la cabeza apoyada sobre la mano e inclinado sobre el estrado.

—Señor Folkes, ¿cuánto más vamos a tener que esperar? —preguntó.

Norm miró su reloj, se encogió de hombros y contestó:

—Disculpe, señoría, el testigo debería llegar en cualquier momento.

La oficial del juzgado hizo ruido al mover unos papeles delante de ella. El silencio volvió a adueñarse de la sala.

—Señor Folkes, permítame que le diga que, como letrado experimentado que es, asumo que sabrá que no hay nada que me irrite más que la demora —dijo el juez.

Norm asintió. Se disculpó otra vez y volvió a estirarse el cuello de la camisa, viendo cómo cambiaba el color de las mejillas del juez. Cuanto más tiempo pasaba allí sentado Parks, más rojo se ponía. Aunque eso era a lo máximo que se animaba. Nunca alzaba la voz ni agitaba un dedo acusador: simplemente se quedaba sentado, echando humo. Todo el mundo sabía cuánto detestaba los retrasos.

Mi clienta, una exprostituta de cincuenta y cinco años llamada Jean Marie, se inclinó hacia mí y susurró:

—¿Qué pasa si el poli no aparece, Eddie?

—Vendrá —le respondí.

Sabía que el policía aparecería. Pero también sabía que llegaría tarde.

Me había asegurado de ello.

Solo podía funcionar si Norm era el abogado de la acusación. Había presentado la moción para que se desestimaran los cargos hacía dos días, justo antes de las cinco, cuando el oficial responsable de las listas ya se había ido a casa. Los años de experiencia me habían dado una buena idea de la rapidez con que la oficina tramitaba el expediente y fijaba una vista. Con todo el trabajo atrasado en la oficina, probablemente no nos darían fecha hasta hoy. Además, la oficina del juzgado tendría dificultades para encontrar una sala libre. Las mociones suelen celebrarse por la tarde, sobre las dos, pero ni la acusación ni la defensa sabrían en qué sala estaríamos hasta unas horas antes. No importaba. Norm tendría cosas que hacer por la mañana, en la sala para la lectura de cargos. Y yo también. Lo habitual era acudir al secretario de la sala donde uno estuviera y pedirle que consultara en el ordenador dónde se celebraría la vista de la tarde. Una vez que nos confirmaran la sala, cualquier abogado de la acusación cogería su móvil y llamaría a su testigo para decirle adónde debía dirigirse. Pero Norm no. Él no llevaba móvil. No creía en ellos. Pensaba que emitían toda clase de ondas nocivas de radio. Esa misma mañana había intentado encontrarme con Norm en la sala para la lectura de cargos, con el fin de decirle qué juzgado nos correspondía por la tarde. Norm confiaría en que su testigo haría exactamente lo que él mismo hubiera hecho si yo no le hubiera dicho dónde era... O sea, que miraría en el tablón qué sala era.

El tablón está ubicado en la sala 1.000 del edificio de los juzgados, el despacho del secretario del juzgado. Además de las colas de gente esperando para pagar multas, hay una pizarra blanca con una lista de juicios y mociones que deben celebrarse en esa fecha. El panel está ahí para informar a testigos, policías, fiscales del distrito, estudiantes de Derecho, turistas y abogados en qué parte del edificio está la actividad judicial en todo momento.

Una hora antes de comenzar la vista, subí a la sala 1.000. Dando la espalda al secretario, busqué mi vista en el panel, borré el número de la sala y escribí uno distinto. Un pequeño ardid. No como las operaciones largas y arriesgadas en las que trabajé durante diez años, cuando era un artista del timo. Desde que me había hecho abogado, de vez en cuando me permitía recaer en las viejas costumbres.

Teniendo en cuenta el tiempo de espera para coger un ascensor en los juzgados, creía que mi distracción bastaría para retrasar unos diez minutos al testigo de Norm.

El inspector Mike Granger entró en la sala veinte minutos tarde. Al principio, no me volví cuando las puertas se abrieron. Me limité a escuchar los pasos de Granger sobre el suelo de baldosas, avanzando tan rápido como los dedos del juez Parks tamborileaban en su mesa. Pero entonces oí otros pasos. Y ahora sí que me di la vuelta.

Un hombre de mediana edad vestido con un traje caro entró en el juzgado detrás de Granger y se sentó en la parte trasera. Le reconocí al instante, con su flequillo rubio, su dentadura blanca digna de la televisión y la palidez de alguien atado a una oficina. Rudy Carp era de esos abogados cuyos casos aparecían en los telediarios de la noche durante meses. Salía en el canal judicial, conseguía que su rostro figurase en portadas de revistas y tenía todas las habilidades como letrado. Un litigante estrella.

No le conocía personalmente. No cazábamos en el mismo círculo social. Rudy cenaba en la Casa Blanca un par de veces al año. El juez Harry Ford y yo bebíamos whisky barato una vez al mes. Hubo un tiempo en el que me dejé ganar por el alcohol. Ahora no. Solo una vez al mes. Y no más de dos copas. Lo tengo bajo control.

Rudy saludó con la mano dirigiéndose hacia donde yo estaba. Al volverme, vi que el juez estaba mirando fijamente al inspector Granger. Me giré de nuevo y Rudy saludó otra vez. En ese momento, comprendí que me saludaba a mí. La verdad, no se me ocurría qué podía estar haciendo en mi sala.

—Todo un detalle que haya venido, inspector —dijo el juez

Parks.

Mike Granger era el típico policía veterano de Nueva York. Se acercó contoneándose, quitándose el arma de mano, escupió el chicle y lo pegó en la cartuchera antes de dejarla bajo la mesa de la acusación. No estaba permitido entrar con armas en el juzgado. Los agentes de los cuerpos de seguridad debían depositarlas en el control. Los oficiales del juzgado solían dejar pasar a los policías, pero hasta los más veteranos evitaban subir al estrado con un arma.

Granger intentó explicar su retraso. El juez Parks le interrumpió sacudiendo la cabeza: «Guárdelo para el estrado».

Oí suspirar a Jean Marie. Las raíces negras le asomaban a través del tinte oxigenado y sus dedos temblaban al llevárselos a la boca.

—No te preocupes. Ya te he dicho que no vas a volver a la cárcel —le dije.

Para la vista, se había puesto un traje de pantalón negro nuevo. Le quedaba bien, le daba algo más de confianza.

Mientras intentaba tranquilizar a Jean, Norm comenzó el espectáculo llamando a Granger al estrado. Le tomaron juramento. Norm repasó con él los puntos básicos de la detención de Jean.

Aquella noche, Granger pasaba por la calle 37 con Lexington. Vio a Jean delante de un salón de masajes con un bolso en la mano. Granger sabía que Jean tenía antecedentes por prostitución. Paró y se acercó a ella. Se presentó y le enseñó su placa. En ese momento, dice que vio «parafernalia de drogas» asomando de la bolsa de papel marrón de Jean.

—¿Y en qué consistía esa parafernalia de drogas? —preguntó Norm.

—Una pajita. Los drogadictos suelen utilizarla para esnifar estupefacientes. La vi con toda claridad asomando de su bolsa —dijo Granger.

Al juez Parks no le sorprendió, pero puso los ojos en blanco. Por increíble que pueda parecer, en los últimos seis meses la policía había detenido a media docena de jóvenes afroamericanos por posesión de parafernalia de drogas, porque llevaban pajitas, generalmente metidas en un vaso de gaseosa.

—¿Y qué hizo entonces? —dijo Norm.

—Si veo que una persona lleva parafernalia de drogas... Para mí eso es causa probable. La señorita Marie tiene antecedentes por delitos relacionados con estupefacientes, así que registré la bolsa y encontré drogas en su interior. Cinco bolsitas de marihuana en el fondo. Por lo tanto, la detuve.

Parecía que Jean iba a ir a la cárcel. Segundo delito por drogas en doce meses. Esta vez no le darían la condicional. Probablemente, le caerían entre dos y tres años. Es más, como bien nos recordaron, ya había estado en la cárcel por el mismo delito. Después de ser detenida, pasó tres semanas en la sombra, hasta que conseguí que un fiador de fianzas pagara la suya.

Sin embargo, yo sabía que Jean me había dicho la verdad cuando le pregunté sobre la detención. Ella siempre me decía la verdad. El inspector Granger se detuvo junto a ella buscando un poquito de acción gratis en la parte trasera de su coche. Jean le dijo que ya no ejercía. Así que Granger se bajó del coche, le cogió el bolso y, cuando vio la maría dentro, cambió el rollo: le dijo que quería el quince por ciento de sus ganancias a partir de ese momento; de lo contrario, la detendría ahí mismo.

Jean contestó que ya le había pagado el diez por ciento a dos agentes de patrulla en el distrito 17, y aparentemente no estaban haciendo su trabajo. Conocían a Jean y no les costaba hacer la vista gorda. A pesar de sus antecedentes, Jean era una patriota. Su mercancía era cien por cien marihuana cultivada en Estados Unidos, que venía directa de granjas con licencia estatal en Washington. La mayoría de sus clientes eran ancianos que querían mitigar sus dolores de artritis o aliviar el glaucoma fumando. Eran clientes habituales y no daban problemas. Jean mandó a Granger a paseo. Así pues, la detuvo y se inventó esa historia.

Evidentemente, yo no podía demostrar nada de esto en el tribunal. Ni siquiera iba a intentarlo.

Mientras Norm tomaba asiento, me puse en pie, me aclaré la garganta y me recoloqué la corbata. Separé los pies a la altura de los hombros, di un trago de agua y me relajé. Era como si me estuviese poniendo cómodo, preparándome para dar caña a Granger durante un par de horas, al menos. Cogí una hoja que había sobre mi mesa y le formulé la primera pregunta.

—Inspector, en su declaración, dijo que la acusada llevaba la bolsa en la mano derecha. Sabemos que era una bolsa grande de papel marrón. Difícil llevarla en una sola mano. Imagino que la llevaría agarrada por las asas de la parte superior...

Granger me miró como si estuviera robando su valioso tiempo con preguntas estúpidas y banales. Asintió y una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Sí, llevaba la bolsa cogida por las asas —dijo.

Entonces miró confiado hacia la mesa de la acusación, dejándoles ver que lo tenía controlado: era evidente que Norm y Granger habían hablado largo y tendido sobre el uso legal de las pajitas con vistas al juicio. Granger estaba más que preparado para esto. Esperaba discutir conmigo sobre la paja, y si Jean solo la estaba utilizando para beber su refresco, bla, bla, bla.

Sin decir una sola palabra más, me senté. Mi primera pregunta también fue la última.

Granger me miraba con recelo, como si le hubieran robado la cartera, pero no estuviera seguro. Norm confirmó que no quería repreguntar al testigo. El inspector se bajó del estrado y le pedí a Norm que me dejara tres pruebas.

—Señoría, la prueba número uno de este caso es la bolsa. Esta bolsa —dije, levantando una bolsa de pruebas transparente y sellada con una bolsa de papel marrón con el logo de McDonald´s en la parte delantera. Me incliné y cogí otra bolsa de McDonald´s que había traído conmigo. La levanté para compararlas.

—Estas bolsas son del mismo tamaño. Esta bolsa tiene cincuenta centímetros de profundidad. Me la dieron esta mañana al comprar mi desayuno —dije.

Dejé ambas bolsas y cogí la siguiente prueba.

—Este es el contenido de la bolsa de la acusada, que le fue requisada la noche de su detención. Prueba número dos.

Dentro de la bolsa de pruebas sellada había cinco bolsitas pequeñas de marihuana. Entre todas no habrían llenado un cuenco de cereales.

—La prueba número tres es una paja común para refrescos del McDonald´s. Mide veinte centímetros —dije, levantándola—. Es idéntica a la que me dieron esta mañana. —Mostré mi pajita y la puse encima de la mesa.

Metí la marihuana en mi bolsa de McDonald´s y la levanté hacia el juez. Luego cogí la pajita, sosteniéndola en vertical, y la metí con una mano mientras agarraba las asas con la otra.

La paja desapareció.

Entregué la bolsa al juez. La miró, sacó la paja y la volvió a dejar dentro. Repitió el gesto varias veces e incluso puso la paja en vertical dentro de la bolsa sobre las bolsitas de marihuana. La paja quedaba más de doce centímetros por debajo del borde de la bolsa. Lo sabía porque ya lo había probado.

—Señoría, dependo de la taquígrafa de la sala, pero, según 27 mis notas, el inspector Granger ha declarado: «La vi con toda claridad asomando de su bolsa». La defensa coincide en que es posible que la paja quede a la vista si la parte superior de la bolsa está doblada y se agarra desde más abajo. Sin embargo, el inspector Granger confirmó en su testimonio que mi clienta tenía la bolsa cogida por las asas. Señoría, parece que estamos viendo la paja en el ojo ajeno.

El juez Parks levantó una mano. Ya me había escuchado bastante. Se giró en el asiento y dirigió su atención hacia Norm.

—Señor Folkes, he examinado esta bolsa, y la paja, con los artículos en el fondo de la misma. No me convence la explicación de que el inspector Granger pudiera ver la paja asomando por la parte superior de esta bolsa. Sobre esa base, no había causa probable como para realizar el registro, y toda la evidencia reunida como resultado es inadmisible. Incluida la pajita. Me preocupa, por no decir otra cosa, la tendencia que se ha extendido recientemente entre algunos agentes de clasificar pajas de refresco y otros artículos inocuos como parafernalia de drogas. Sea como fuere, no tiene usted pruebas para fundamentar una detención. Así pues, retiro todos los cargos. Estoy seguro de que tenía muchas cosas que decirme, señor Folkes, pero no le veo sentido: me temo que ya es demasiado «tarde».

Jean se abrazó a mi cuello, asfixiándome un poco. Le di unas palmaditas en el brazo y me soltó. Puede que no le apetezca abrazarme cuando reciba mi factura. El juez y sus oficiales se levantaron y abandonaron la sala.

Granger se fue hecho una furia, señalándome con el dedo índice al salir. No me importó, ya estaba acostumbrado.

—Bueno, ¿cuándo puedo esperar que presentes la apelación? —le dije a Norm.

—No será en esta vida —contestó—. Granger no detiene a operadores de pacotilla como tu clienta. Probablemente, haya algo más detrás de la detención. Y ni tú ni yo sabremos nunca qué es.

Norm recogió sus cosas y salió de la sala detrás de mi clienta. Ahora solo quedábamos Rudy y yo. Empezó a aplaudir, con una sonrisa que parecía sincera.

Se levantó y dijo.

—Enhorabuena, ha sido... impresionante. Necesito cinco minutos de su tiempo.

—¿Para qué?

—Quería saber si le gustaría ir de segundo en el mayor juicio por asesinato en la historia de esta ciudad.